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Para todos aquellos que disfrutan con las olas esta es la historia de los orígenes del surf en Guipuzcoa. Al menos la que yo conozco, la que he vivido. Bueno, la que recuerdo.
Se que hay un Surfer Magazine que cuenta la verdadera historia del surf en el pais, pero ahora estoy de mudanzas y de obras en mi piso, todo está en cajas y no consigo encontrarla. Pero en el futuro, cuando todo vuelva a la normalidad y al orden dentro del caos, añadiré una traducción del artículo a esta página.
La primera vez que yo ví una tabla de surf fué en julio de 1966 en Zarauz, a Carlos Pradera. Y fué la primera vez yo que intenté coger una ola, ya que tuvo la gentileza de dejarmela un rato. La impresión que me produjo fué la que todos hemos conocido ("only a surfer knows the feeling" es un famoso slogan de una no menos famosa marca de ropa surfera) y la que hizo que no me rindiera en mi intento de conseguir un tablón para mi.
Parece ser que para entonces los inolvidables y entrañables hermanos Arteche, Iñaki, Jose Mari y Javier, ya se habían hecho una tabla de 22 kilos (les había salido de unos 16, pero añadieron poliester hasta conseguir aquél peso, siguiendo a rajatabla las instrucciones que encontraron en un Mecánica Popular), e iban de aquí para allá en el tren, cogiendo olas por las playas de Guipuzcoa.
Fue el 2 de agosto de 1967, cuando mi madre me regaló una Barland/Rott, que aún conservo. Todavía recuerdo lo que costó: 7.000 pesetas, lo que para aquél entonces era una verdadera fortuna para un estudiante de la época. Nunca olvidaré el esfuerzo que ella hizo por darme esa alegría, origen de un movimiento que cambiaría las costunbres, mentalidad y hasta la estética de tantas y tantas personas en el futuro.
Y fué un Txirri, Juan Ignacio Aguirrezabala, quien me habló de la parafina de droguería y quien estrenó la tabla aquella misma tarde. A partir de entonces, la repartíamos entre los dos y los hermanos Sañudo, Sera y Juan. Cuando mi hermano Angel llegó de vacaciones, se añadió al grupo de los que disfrutábamos cogiendo olas. Seguíamos teniendo solo una tabla y cada vez éramos más. Aquello era realmente compartir. Pero siempre que quedaba libre, había alguien que nos la pedía. La guardabamos en villa Santillana. Un día cuando fuimos a por ella, no estaba, había desaparecido, nos la habían robado. Zarauz era por entonces un pueblo en el que prácticamente todos nos conocíamos, así que todo el mundo se movilizó. Recuerdo que la encontraron Milón Muguiro y sus amigos, que por aquellas fechas eran unos niños, en la calle que iba de villa Munda a la estación del topo. Parece ser que unos franceses la habían cogido, y como tuvieron problemas para facturarla, la dejaron allí abandonada.Pues, menos mal.
A los pocos días ya había una cierta afición, y algunos ya habíamos empezamos a ir a la playa por la tarde, cosa que en aquellos años solo hacían los turistas.Y vinieron a hablar con nosotros un grupo del Club Euromar. Andoni Eizmendi, Jose Carlos Goyeneche, Vicente Porta (que un día en el '68 me salvó), Gabriel Villegas, Jose Carlos Martinez de Aranguren, Juan Miguel Amunchastegui, y otros inolvidables, se interesaron por el deporte, por las tablas y por todo lo que ello conllevaba. Se estableció una muy buena comunicación desde el principio que terminó en una profunda amistad. A los pocos días habían conseguido tres tablones: una Barland azul, que siempre estaba llena de agua e iba a donde ella quería, otra blanca y una Hawaii con algo de rocket, novedad extraordinaria para aquellas fechas. A este grupo se unieron Jaime Prado y Luis Beraza que solían coger olas delante de su casa, lo que dió nombre a toda un area surfera.
En la cafetería La Marina, en el principio del malecón, nos invitaban a merendar churros y pan con mantequilla con chocolate si hacíamos surf frente a su terraza. Los turistas nos hacían fotos y películas de 8 y super 8. Y se descubrió nuestra utilidad al colaborar con los socorristas en los salvamentos de bañistas en apuros.
Y las chicas empezaron a invitarnos a fiestas. Todos eramos rubios y fuertes. El mar y el aire ponen rubios a los morenos y a los rubios les deja las puntas blancas y el pelo en mechas de mil colores. Y las olas te ponen como un torete. Además de un deporte maravilloso con el que disfrutabamos, empezaba a ser algo más, un fenómeno social en una sociedad tan estricta como la de la época.
A partir de ese momento, cada día se apuntaba alguien más. Los grupos de amigos, tan típicos de la tierra y de aquellos veraneos de tres meses se rompieron y empezó a haber algo común entre todos, fueran jovenes o no tanto, amigos o no: las olas, el mar, la playa. Y cada día aprendíamos algo más sobre las mareas, los fondos, las rompientes, corrientes, temporales, mar de fondo y brisas. Y fuimos descubriendo las fuerzas y la belleza de la naturaleza, su perfección. Coger olas al amanecer empezó a ser lo mejor del día, por la paz y el color de la hora, por la perfección de las olas en ese momento de brisas terrestres, por el impacto fisico y mental que supone pasar de la cama al ejercicio de un deporte tan duro como el surf. Acababa de aparecer la "beach society", significando un cambio brutal en los comportamientos sociales, culturales y deportivos de una parte de la juventud.
En el mágico verano del '68, año fundamental para el mundo, la revolución del surf se aceleró. Oscar Elizalde, encargado por aquellas fechas del Club Euromar, organizó el primer campeonato de surf del que se tiene constancia, el 8 de agosto. Fué la primera reunión de surfistas que hubo, si bien hubo más franceses que otra cosa que, aunque amablemente, nos trataron con paternalismo como a tercermundistas, ya que por aquél entonces para Europa, Africa empezaba en los Pirineos.
Y empezaron los surfaris. Aunque por aquellas fechas era muy raro tener coche, a los que ya cogíamos olas diariamente en Zarauz, salvaje de Guetaria (que aquél año rompía muy bien), Zumaya, Deva, Gros, la izquierda del tenis, etcetera, se fué añadiendo más y más gente. Personajes inolvidables como Txiki Illarramendi, Acuaman Urcelay, Gurru, los hermanos Bonet, Chuchi y toda la peña de Valladolid.
Y probamos todo tipo de máquinas, tablas, txamperos con y sin quilla, aspirinas, tablas de planchar, paipos y piraguas.
Lo que había empezado casi como un entretenimiento de verano, se había convertido en un movimiento sociocultural. Aquello había que canalizarlo, y es aquí donde los buenos contactos de Gabriel Villegas, la diplomacia de Perico Bonet y la ilusión de muchos hizo que se consiguiera en 1969 la Sección Nacional de Surf, dependiente de la Federación Española de Esquí Nautico, que fué durante muchos años envidia de todas las federaciones de surf de Europa por la ayuda que se nos prestaba.
Y aparecieron las miniboards. Ya habíamos visto alguna como la Hobie de los Bonet, que nadie quería porque era muy pequeña y medía unos 2,30 m. Pero fué en el 69 cuando poco a poco fuimos pasando a los nuevos y para entonces diminutos diseños. Y el mercado nos sorprendió con nuevos formas (Vbottom, diamond tail, pig, etcetera).
Y con el 69 llegaron nuevos surfistas, como un estudiante de turismo de San Sebastián que venía a Zarauz a coger olas y se llamaba Iñigo Letamendía. Y cada día habia más gente con tabla en el agua, cosa que por aquel entonces era hasta agradable, porque éramos tan pocos que era una alegría estar acompañados.
Pero todavía se respetaban las normas, las preferencias. Hacer surf seguía siendo un placer compartido.Todavía se cogía una misma ola por varios y todos disfrutaban de su espacio. Incluso aún había quien se acercaba, se ponía al lado y se pasaba a tu tabla para hacer tandem en dias de poco tamaño.
Y a mi no se me ocurrió mejor cosa que organizar un campeonato en memoria de mi hermano Enrique, para reunir a todos los surferos que por la península había. Y ganó Javi Arteche. Decía el inolvidable "Torito" que nunca la playa había estado tan bonita como aquél día. Campeonato que se celebró durante cinco años (Javier Arteche en el 69, Juan "Acuaman" Urcelay en el 70, Manel Fiochi en el 71 y Estanis Escauriaza en el 72 y 73), y que en su momento fué todo un fenómeno de masas, con las divertidísimas Fiestas Hawaiianas, en las que te pelabas de frio, que el Cantábrico no ha sido nunca el Pacífico.
Y Europa se enteró de que había un grupito de locos en Zarauz que también cogía olas. Porque aunque para entonces se hacía ya surf desde Fuenterrabía/Ondarribia hasta Finisterre, eramos nosotros los que más ruido metíamos. Y nos invitaron al Campeonato de Europa a celebrar en Jersey, Channel Islands a través de John Manning.
Y a partir de aquí todo fué una vorágine de crecimiento, hasta llegar a nuestros días en los que encontrar un pico al amanecer con poca gente es una especie de milagro.Y en donde hasta algunos, que no han visto una ola en su vida, van de surfers.

 

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