When you're caught by the gale and you're full under sail
Beware of the dangers below
The song that you sing should not be too sad
And be sure not to sing it too slow
Be calm in the face of all common disgraces
And know what they're doing it for
And the house you live in will never fall down
If you pity the stranger who stands at your door

Gordon Lightfoot

 

CAMINO FRANCÉS 2000

Prólogo

Dice Gabriel García Márquez que la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.
El Camino siempre se ha dicho que es como la vida y hemos de reconocer que son los recuerdos que de él quedan los que le dan forma cuando ya en el futuro lo rememoramos.
Aquí no hago sino tratar de contar, con mayor o menor fortuna, lo que de una experiencia quedó grabado en mi memoria, en mí. Quizá sea una historia diferente de la que vivieron mis compañeros, porque diferente la recuerdan.
Mi pequeña realidad es la que aquí sigue.

Introducción
Disfrutamos tanto Txemari, Lukas, Sergio y yo, aquellos que en marzo y abril del 99 coincidimos en el Camino, que decidimos repetirlo ajustándonos lo mejor que pudiéramos a los días libres de los que cada uno podía disponer. Afortunado yo, que siendo dueño de mi tiempo, esa es mi riqueza, podía volver a hacer el Francés entero y sin interrupciones, durara lo que durara, me llevara los días que me llevara, llegar de nuevo a Compostela. Lukas tenía la misma fortuna, por ser estudiante. No así Txemari, tampoco Sergio. Pero, a pesar de todos los inconvenientes y obligaciones profesionales, pudimos en la distancia decidir un lugar para iniciar la peregrinación y sobre todo, una fecha que permitiera reunirnos a todos para empezar con buen pie y mejor humor la aventura de un nuevo Camino.

09.03.00. A Roncesvalles
Cojo un autobús en la ciudad en la que resido a una hora en que si hiciera frío no habría ni lobos por la calle. Es tan temprano que el bar situado frente a la estación está medio abierto. O medio cerrado, que ya no sé. Pero esto me da igual ya que consigo tomar un café con leche caliente y tres donuts.
Si, soy de buen comer, lo he dicho muchas veces.
Cuando el autobús arranca y salimos, cuando la polución lumínica disminuye según nos aproximamos al extrarradio de la ciudad, puedo admirar las estrellas. La noche es límpida, maravillosa. Y de momento no hace nada de frío. Quizá al llegar a Navarra el clima sea algo más fresco. Pero creo que va a ser más quizá que otra cosa, porque según avanzamos por la carretera, mientras nos aproximamos a destino, el sol va luciendo primero y calentando después. Hasta que ya en Pamplona, hace bastante calor para estas tierras. Un regalito de la naturaleza para empezar con alegría.
En la misma estación de autobuses me reúno en un abrazo con Lukas, que se ha venido desde Alemania con Christian, un compañero de universidad. Y allí mismo nos comemos cada uno, tres en total, un bocadillo de tortilla española de los que crean precedentes si no jurisprudencia. Maravilloso, delicioso. De verdad, seguimos con buen pie.
De allí vamos a saludar a una amiga de Lukas que siendo de aquí, estudia en Manheim, no sé si lo digo bien, en Alemania. Tras pasearnos por todos los bares de la ciudad, nos despedimos de ella en fila y muy ordenados, de uno en uno, con besos sonoros en la mejilla, que es de las que cuando besa te deja sordo por un rato. Y casi sin oír, que ya estoy bastante teniente sin que me insonoricen a besos, pido tres billetes para subir a Roncesvalles. Que Lukas ya habla mucho castellano pero Christian de momento solo chapurrea, y poco.
Mientras subimos por la carretera hacia nuestro destino, algo más tranquilos tras nuestro encuentro, un poco al día ya de las aventuras y avatares que durante el año hemos vivido y a veces sufrido cada uno, medito cómo me siento física, mental, espiritualmente.
Las taquicardias que me han atacado casi a diario durante los últimos meses parece que están más calmadas. Bueno, lo que está más calmado es el corazón. O quizá las emociones, los nervios.
El hecho de que repita el Camino hace que sin querer tenga un sentimiento de soberbia, de creer que ya sé, si no mucho, sí algo más que los demás. Fútil pensamiento, que no soy mejor ni más guapo por hacerlo por segunda vez. Que no está en el número la calidad, sino solo la cantidad. La profundidad con la que lo realice, el esfuerzo que me exija, la alegría con que lleve mi penar cuando éste encuentre, son lo que tendrá sentido al final. Que los record son para los deportistas de élite.
Al llegar a Roncesvalles nos instalamos. Ellos duermen en el refugio con permiso especial, porque pasado mañana intentaremos dormir de nuevo aquí. Yo en el Hostal Sabina, que por una vez me doy un lujo.
Tomamos un café con un par de hermanos, ciclistas de San Sebastián y nos vamos a la bendición. Esto de pasar dos veces por aquí, pues es nuestra intención ir mañana en taxi a Ostabat, en Francia, nos confunde ¿Deberíamos pasar por la bendición a nuestra llegada de Saint Jean o ahora que realmente iniciamos la peregrinación? Al final, entre risas, decidimos que vamos hoy y pasado mañana y así vamos más servidos.
Como Txemari y Sergio llegarán mañana desde San Sebastián, probablemente también en taxi, nos vamos Lukas, Christian y yo a cenar al Hostal Sabina. Nos sientan en la mesa a un sacerdote francés que viene de vuelta de Santiago, andando. En buen castellano, pues estuvo muchos años destinado en una parroquia de Perú, nos cuenta que ha empleado dos meses aproximadamente en ir a Compostela y volver a casa.
Debe ser raro hacer la vuelta andando. Y sin embargo es así como durante diez siglos han hecho los peregrinos del mundo. Bendito este tiempo, que ha hecho el mundo pequeño.

10.03.00. Ostabat-Saint Jean Pied de Port
Con un madrugón como el de ayer, ya estábamos los tres desayunando, con buen apetito por cierto. Mientras, esperábamos el taxi que nos había de llevar hasta Ostabat, prácticamente en donde se juntan tres de los cuatro grandes caminos jacobeos en Francia.
No hace frío a pesar de ser un amanecer en los Pirineos. La temperatura debe andar alrededor de los 20ºC, una barbaridad para la estación y la hora. Si esto sigue así se nos van a calentar los pies si no otra cosa.
Nos viene a recoger Pedro Mari, taxista de Burguete que el año pasado nos llevó a Fernando y a mí a Saint Jean. Sigue tan dicharachero como siempre, un encanto, hombre majo en donde los haya. El trayecto hasta el Ayuntamiento de Ostabat es un paseo que hacemos en agradable charla. Aunque aún no haya amanecido, no callamos. Mientras nos transporta, que con todo el mochileo que llevamos creo que es el verbo mas apropiado a usar, arreglamos el mundo y dice que me recuerda del año pasado. Le pregunto qué hice para que no me haya olvidado y entre risas me recuerda un par de anécdotas. Y pensar que las mujeres me olvidan tan pronto...
Como Txemari y Sergio tardan en llegar, nos vamos a esperarlos a una boulangerie que allí cerca encontramos. Y volvemos a desayunar, sí, otra vez. Cosas nuestras, que siempre estamos con hambre y palabra que no es gula. Debe de ser que lo consumimos con tanto movernos.
Mientras llegan nuestros amigos, me entretengo dibujando en mi cuaderno. Esto es algo que siempre hago. Es una especie de esclavitud a la que me obligo cuando voy de viaje, una disciplina. Después, cuando vuelvo a casa, recojo el resultado del trabajo de muchos ratos y a veces, hasta yo mismo me sorprendo del resultado. Que no solo es estético o interesante, sino que expresa maravillosamente la experiencia vivida.
Pero bueno, eso son cosas mías.
Finalmente llegan nuestros amigos, excitados por la aventura y contentos del reencuentro. Nos liamos a abrazos, que sumamos cinco y somos muchos y mucha amistad a repartir. Rematamos el encuentro con otro café au lait con croissant, claro y nos vamos derechito y casi en fila hacia el Ayuntamiento, en donde una amable funcionaria nos pone dos sellos en la Credencial. Con el de Roncesvalles de ayer ya llevamos tres y no hemos empezado a andar. Y uno más que me han estampado en mi cuaderno, los de la boulangerie. Así que cuatro si no me confundo en las cuentas.
Todos suponíamos que el trayecto de hoy hasta Saint Jean, por la verde Francia, tierra hermosa en donde las haya, iba a ser por veredas maravillosas. Pues no, ha resultado, casi desde el principio, un caminar por arcenes de carreteras plenas de tráfico con temperatura casi de verano. Todos han aprovechado una parada para ponerse unos shorts. Yo que no llevo, he seguido con pantalón largo, eso sí, muerto de envidia al verles las pantorrillas a mis amigos y no por una tentación homosexual, que no soy sarasa para nada, sino por lo fresquitos que debían ir.
En la paradita que hemos hecho para tomar una cerveza, que el día lo pedía, Txemari se ha dado cuenta de que había perdido la bolsa en la que llevaba todo el arsenal de cámaras de fotos que acostumbra a usar. Ha pedido un taxi y ha vuelto a la carrera a por ellas. Hemos quedado en el refugio si no nos alcanza antes.
Al levantarme tras este descanso he sentido un tremendo dolor en los pies. Al tratar de caminar siento que los pies gritan desesperados. Algo pasa. Paro, me quito las botas y estudio el problema. Tras un rato de mirarme y tocarme los dedos y no ver nada, ninguna herida, llaga o ampolla, me doy cuenta que lo que falla, lo que duele, y lo hace rematadamente fuerte, son las uñas de los dos dedos pequeños. Supongo que el calor que hace ha dilatado mis pies y estas uñas han ido rozando con los laterales de la bota. Que de tanto rompérmelos por ir descalzo por las rocas y playas en mi vida surfera, se me han quedado un poco desviados. Y nunca mejor dicho, porque tienden a ir hacia fuera, el del pie derecho hacia estribor y el del izquierdo hacia babor, como si estuvieran enfadados con el resto.
Así que a grandes males, grandes remedios. He sacado del botiquín un montón de algodón con el que he protegido las uñas laterales y lo he sujetado con esparadrapos. Y tras ponerme de nuevo las botas he visto que podía caminar, que el dolor era soportable. La pregunta que me hago es saber si este pequeña lesión a menos de diez kilómetros del inicio me permitirá llegar. Queda mucho, más de novecientos kilómetros y todo puede pasar, que el Camino es largo y sobre todo muy suyo.
Al llegar a Saint Jean, ya reunidos con Txemari que afortunadamente ha recuperado todo el equipo, nos vamos para el refugio. Allí encontramos a un peregrino extranjero tímido y retraído que huye de nuestra presencia en cuanto nos ve.
Tras una ducha y nueva cura de uñas, nos vamos de paseo por esta maravillosa villa llena de historia. Paso por una farmacia para comprar más algodón, para gastar a gusto y aunque el gremio de boticarias se me da bastante bien, en este ya culmino un éxito memorable al hacerla reír desaforadamente con el francés que le chapurreo, casi tan chapucero como mi euskera.
Nos vamos a cenar a un local agradable y nos ponemos tontos, rematando la cena y el día con una tabla de quesos, muy francesa y exquisita. Tras una larga sobremesa, que no es muy tarde, nos vamos de vuelta hacia nuestros sacos, felices de estar otra vez reunidos y en Camino.
Y los sueños, sueños son.

11.03.00. Saint Jean Pied de Port-Roncesvalles
No ha amanecido y ya estamos todos despiertos, metiendo el saco en la mochila. Estamos con ganas de liarnos con un buen desayuno y con el Pirineo después. Para todo el grupo será la primera vez que se enfrentan a las endiabladas pendientes de la cordillera por la Ruta de Napoleón. Yo ya me di el gusto el año pasado, tirando de Fernando y pasando de milagro entre la nieve, el viento y el barro.
Hace un día maravilloso. No ha amanecido pero el cielo está inmaculado, sin una sola nube y muchísimas estrellas. Y no hace nada de frío. Si aún sudaremos.
A las 7.30h Pedro Mari ha aparecido con el taxi para llevarnos las mochilas a Roncesvalles. Vamos a caminar con las manos en los bolsillos, llevando por turnos la bolsa de las cámaras de Txemari. Nos estamos aburguesando. No sé de quién ha sido la idea de esta perversión.
El desayuno lo realizamos entre risas y en francés. Algunos con más estilo que otros. Pero como dice la 2ª Ley de Benito:
"Cuanto más te aprietan, más gritas"
es decir, que como todos tenemos hambre, nos espabilamos en chapurrear francés o euskera lo mejor que podemos y si no, abusar de la amistad de los que bien los hablan y poder desayunar a gusto.
Del peregrino extranjero que ayer encontramos en el refugio no hemos vuelto a saber nada. Ha desaparecido. O fue una aparición. El primer misterio de este Camino.
Cuando salimos a la calle nos encontramos con una mañana soleada y sofocante. Hace ya un calor increíble, más de 25ºC y acaba de amanecer. Todos siguen en short mientras que yo me he arremangado un poco los pantalones para ver si me entra un poco de fresco por los bajos. Hoy vamos a sudar de lo lindo.
Antes de liarnos con los repechos, vamos a comprar pan, fiambres, fruta y agua para hacer unos bocadillos y poder sobrevivir a lo que nos espera. Así que repartimos las dos bolsas, la de las cámaras y la de las vituallas y enfilamos hacia arriba.
Los primeros kilómetros son los más duros, lo recuerdo del año pasado. Les digo que no se me asusten, que este inicio es el tramo más empinado y además vamos muy frescos. Y cuando esto digo me refiero a que vamos muy descansados, que vamos empapados en sudor en este maravilloso día de luz y sol.
Cuando llegamos a la Virgen, nos tumbamos en la hierba según vamos llegando, que las cuestas han hecho como el Tour, ponernos a todos en fila de a uno y con cara de no tenerlas todas con nosotros.
Llega último Txemari preguntando si queda mucho todavía. Yo miro para otro lado y los demás lo animan contándole que estamos a un paso de la Cruz de Carlomagmo, para distraerlo de su preocupación y animarlo.
Sacamos los bocadillos y la verdad es que nos saben a gloria. Que entre el ejercicio y la amistad el hambre hace de las suyas. Que no sé si lo ha dicho algún Premio Nobel de medicina, pero no hay nada para sentirse mejor que el cariño, la amistad y el ejercicio.
Adelantamos a un peregrino que camina descalzo y con cara de iluminado. Va a su ritmo, muy tranquilo. No se si alcanzará Roncesvalles hoy. Si se queda por el monte, frío no ha de pasar, que seguro que hace una noche estrellada y templada, preciosa.
Todos llevamos ramas que hemos cortado y adecuado mientras subíamos. Tengo cuerda para que todos puedan hacer sus cruces. Con las navajas les sacamos una buena punta en la base. A llegar a la de Carlomagno, clavamos las nuestras en silencio, perdidos cada uno en sus pensamientos.
Desde allí y dado el buen día, intentamos ver el Golfo de Vizcaya. Salvo Txemari que dice que se ve perfectamente, los demás sólo podemos afirmar que creemos vislumbrarlo, pero no tenemos muy claro si es ilusión o realidad.
Pasado el desfiladero, al entrar ya en Navarra, empezamos a notar el cansancio. Hemos subido a buen ritmo y el calor nos está haciendo sufrir. Y no saben todo lo que todavía falta hasta llegar al último alto antes de bajar en picado por el hayedo a Roncesvalles. Mejor les cuento un par de leyendas y algún chiste para animar un poco.
Sufrimos. Sufrimos mucho. Justo antes de que empiece la bajada nos sentamos un rato y esperamos a que lleguen los rezagados. Parece mentira, pero se me ha hecho mucho más dura esta etapa con calor que con frío, con sol que con viento y nieve. Vamos agotados. Menos mal que no hemos cargado con las mochilas. Hubiera sido tremendo, insuperable. Y blandengues no somos, de verdad.
En la vertiginosa bajada las rodillas me tiemblan, casi me fallan. Llevo una pájara histórica. Los demás van demacrados, así que tampoco deben ir muy allá. Menos mal que no hay barro que nos frene.
La aparición de la Colegiata nos ilumina los ojos. Parece mentira lo que puede la ilusión, pues yendo rotos, los últimos metros los hacemos en un suspiro y sonriendo. Para que aprendamos, que cuando el cuerpo no puede, la mente sí.
Mientras todos se dirigen al refugio, Txemari y yo nos vamos al Hostal Sabina en donde tenemos reservado un cuarto. Nos damos una maravillosa ducha y cuando él se va a tomar una cañita con los demás yo me acerco al Museo de la Colegiata.
Debe ser la curiosidad la que me da fuerza en estos momentos. Porque rotos como hemos llegado me he dado otro hartón de andar y mirar. Pero no he conseguido encontrar la tumba de Sancho el Fuerte. Mira que es grande y no la he visto.
Cuando cierran me reúno con mis amigos y volvemos a la bendición. Los oficiantes nos miran con una sonrisa, que ya les dijimos que si los lobos no nos comían, volveríamos en un par de días.
De allí a cenar el puré de verduras y las truchas con patatas del Hostal. Riquísimos como siempre. Cena agradabilísima por lo que comemos y por las risas que hacemos. Hay cerca de nosotros una pareja que parecen también peregrinos. Nos miran con una cara que apetece decirles que se sienten en nuestra mesa. Cuando se van nos comentan lo felices que se nos ve.
Mañana Txemari ha de volver a casa. Tiene que hacer, hay elecciones en el País Vasco y naturalmente quiere votar, que ya está el asunto demasiado revuelto como para que para colmo no se vote. Intentará volver el martes.
Sergio se irá muy temprano pasado mañana, desde Larrasoaña. Ha votado por correo con lo que ha ganado un día de Camino. Pero no sabe si podrá volver. Nos quedamos solos Lukas y yo del gran equipo que formamos el pasado año. Los vamos a echar de menos. Seguro.

12.03.00. Roncesvalles-Larrasoaña
Txemari se va de madrugada. Es antes que temprano y ya está en la ducha. Le sigo y nos vamos para el bar del Hostal a desayunar. Mientras van llegando Sergio, Lukas y Christian, se lo lleva Pedro Mari prometiéndonos que vuelve el martes.
Mientras tomamos café y tostadas me comentan que un peregrino muy raro se ha levantado a las 5h, ha encendido las luces y ha despertado a todos al ir hacia las duchas. Y ha tardado más de una hora en salir. Cuando les pregunto si era hombre o mujer me responden que no saben, que era un poco de todo, que podía ser cualquier cosa. Muy muy raro. Lo único que han averiguado es que se llama Tore o algo así y es noruego.
Mientras comentamos esta historia salimos al Camino. Acaba de amanecer y ya hace muchísimo calor, más que ayer. Hoy sí que vamos a sudar. Y lo repito, ellos con short y yo con pantalón largo. Para morirse. De envidia y de calor.
Al pasar por el crucero de Roncesvalles, cruzamos la carretera y le hacemos unas fotos. Es el primero en este largo caminar hasta Compostela. Maravilloso, creo que es del siglo XVIII, pero la verdad, no estoy seguro.
Buscamos por la zona la Fuente de Roldan, pero tras perdernos por unos senderos laterales que nos llevan a espacios maravillosos, lo dejamos por imposible. Una pena, pero no tenemos datos fiables y no podemos meternos por todos los caminos secundarios que encontremos.
No hemos llegado a Burguete y ya vamos con hambre. Decidimos esperar un poco hasta llegar a Biscarreta para tomar algo. Pero mientras subimos el alto de Mezkiritz parecemos reactores, por lo deprisa que vamos y por el ruido que hacen nuestras tripas.
Parece ser que Beethoven decía que la música había que hacerla con el estómago. Quizá por eso su obra es tan poderosa. Me pregunto si nosotros hacemos el Camino como él decía, con aquél, porque parece que no pensamos en otra cosa.
Otro que lleva hambre es el perro pastor que nos ha ladrado al pasar por Espinal. Pero se le ha notado que era de padres alemanes porque ha dicho WAU WAU en vez de GUAU GUAU como aquí se acostumbra. Se le ha escapado el acento. Porque ladran diferente según el país en el que viven. Que lo sé por tener muchos perros amigos en varios países. Por ejemplo en Holanda dicen WARF WARF y en la bella Turquía HAV HAV, mientras que en el Reino Unido no pasan de un correcto WOOF WOOF. En euskera, dado que sólo lo chapurreo no me atrevo a afirmar, pero diría que hacen un ZAUNK ZAUNK. En catalán un discreto BUP BUP. Parece ser que ellos también tuvieron su Babel.
En Biscarreta paramos como habíamos planeado. Mientras nos comemos unos maravillosos y enormes bocadillos a la sombra en la plaza del pueblo y bebemos una cola de lata, me entretengo en dibujar claves de arcos y escudos de las fachadas en mi cuaderno.
Seguimos Camino adelante y vamos de fuente en fuente. El calor es sofocante. Como tengo miedo de que el agua me siente mal, le echo una aspirina efervescente en el botellín, sabe a gloria y evita que me dé una pirrilera (diarrea) como la que por poco me manda el año pasado a casa desde Estella.
A mediodía coincidimos con quienes cenaron anoche junto a nosotros. Ella se llama Rosa, de Madrid y él Ben, de Londres y habla muy bien castellano. No son pareja, tan sólo han coincidido en el refugio. El sólo puede hacer el Camino hasta Burgos, mientras que ella seguirá mientras el cuerpo le aguante.
La paliza de ayer nos pasa factura y a mitad de etapa vamos despacio. No creo que pasemos de 4km/h cuando no solemos bajar de los 5km/h. Los cuadriceps, gemelos y el músculo que corre a lo largo de la espinilla y que no sé cómo se llama, me pinchan. Los llevo, suponga o, agotados. Las uñas me duelen a pesar de toda la protección que les he puesto.
Llegar Larrasoaña nos lleva un buen esfuerzo. No es una distancia excesiva y alcanzar el puente nos lleva todo el día. Un desastre. Llegamos al refugio arrastrándonos. Santiago Zubiri nos anima ¡Cómo no, si no calla! Y eso que estamos de elecciones y tenemos el colegio electoral en el refugio.
Cuando me quito las botas, calcetines y toda la aparatosa protección de algodón veo que las uñas se me están poniendo negras. Si las toco veo las estrellas. Supongo que antes de llegar a Santiago las perderé.
En el bar del pueblo, que está allá en donde terminan las casas, por la ermita de San Lejanio, nos espera Sangalo, quien lo regenta. Es cómico que quienes a este pueblo llegan, la mayoría todavía no preparada y adecuada para soportar los rigores del Camino, se hayan de dar un paseito extra para tomar algo caliente. Más de uno dirá aquello de
¿no lo podían haber puesto más lejos...?
Cuando llego, me reconocen. Sólo he pasado una vez en mi vida por aquí y no creo haber hecho nada raro ni haber contado ninguna de mis batallitas. No he roncado ni me he emborrachado. Entonces ¿por qué me recuerdan?
Y las chicas ¿ellas por qué me olvidan?
Sentados alrededor de un plato de cena, nos presentamos. Además de Rosa y Ben hay otro inglés, David, que vive en Pamplona, Tomás que camina con su perra Tanka y Tore, que como bien decían esta mañana mis tres amigos, es muy raro y podría ser tanto hombre como mujer. Y nosotros tres, que ya nos conocemos.
Cuando de vuelta en el refugio nos metemos en el saco, le pedimos a nuestro noruego que si se levanta a las 5h otra vez, no encienda las luces por favor. Que tantee un rato y se vaya a la ducha dejándonos en el más dulce de nuestros sueños.
Y no hemos acabado de pedirle este favor cuando la mitad de los presentes duermen y la otra mitad bosteza. No vamos a durar despiertos ni un suspiro.

13.03.00. Larrasoaña-Cizur Chiqui
Hemos dormido bien. Quizá vamos tan cansados que no nos enteramos de los ronquidos de los demás, o mejor debería decir que los demás no se enteran de los míos, no sé. Tore, que aunque sea un híbrido extraño es buena persona, ha ido a la ducha allá hacia las 5 de la mañana, en donde se ha encerrado por dos horas. No sabemos lo que allí hace, pero tampoco nos va el morbo, con lo que lo dejamos hacer y todos tan contentos.
Desayunamos en el bar de San Galo. Tras el café y las tostadas Sergio coge el autobús de la Montañesa que lo llevará al despacho en San Sebastián. Quizá pueda volver algún fin de semana a hacer unos días de Camino con nosotros, pero mal lo tiene. Txemari ha de llegar esta tarde a Cizur tal como nos comentó. Así se salta esta etapa, que a él, eso de hacer trampas le encanta.
Hoy no hace tanto calor como ayer, aunque sigue haciendo una temperatura excelente, muy alta para el lugar y la estación. Todos siguen con shorts menos yo, claro. Esto me pasa por no querer llevar nada más que lo mínimo en la mochila. Así que no debo quejarme de nada. Me arremango los bajos según la costumbre desde el primer día y adelante, a sudar.
Vamos desfilando por el puente hacia la ribera del Arga. Sendero bonito en donde los haya. La pena es que este año han puesto hace muy poco grava gruesa, muy gruesa, y es difícil caminar. Al cabo de unos kilómetros encuentro a un hombre con su burro y las alforjas llenas de aperos con los que va colocando en el sendero la piedra que alguien le ha traído y ha dejado en montones a lo largo del Camino. Entablamos conversación, me pasa la bota y le comento que con este suelo se camina muy mal. Me dice que tengo razón, pero que en cuanto que pasen unos cientos de peregrinos y llueva un poco, va a quedar precioso y muy fácil de hacer. La verdad es que quizá lleva razón, que pensándolo bien, hay tramos al salir de Roncesvalles en los que el Camino así ha quedado y podría definirse como andadero maravilloso. Él es del lugar y sabe lo que debe de hacerse, que conoce la naturaleza. Pero ahora las botas van locas por un movedizo mar de piedra en el que la energía del impulso del caminar se va en resbalar.
Al pasar por Trinidad de Arre me encuentro con el sacerdote que lleva el refugio. Se ofrece a estampar el sello en mi credencial. Como no lo tengo del año pasado, acepto. Lo pone con cariño y queda muy limpio. Y es bonito, muy bonito. Gracias.
Lo que viene hasta Pamplona ya me lo conozco. Zona urbana hasta que llegue y me duche en Cizur. Así que mientras ejercito la paciencia, me pierdo en mis pensamientos y casi no me doy cuenta de lo que veo.
Llegando a Pamplona me encuentro con Ben. Caminamos un rato juntos y me admiro de su buen castellano y su perfecto acento, que no es normal. Arreglando el mundo llegamos al centro de la ciudad en donde decido parar a tomar algo. Lo dejo ir mientras me tomo un vasito de vino en la primera tasca del viejo que encuentro. De allí a comer algo, que ya me lo pide el cuerpo.
Contento y satisfecho, continúo Camino tras pasar a tomar un café por el Iruña. Queda muy poco hasta el refugio y me quedan muchas horas. Estoy en paz y me siento bien, que hasta las uñas van más adormecidas ¿Será por el vinazo que me han dado?
Los menos de 5 kilómetros que me faltan los hago despacito, disfrutando de la paz que voy adquiriendo en el caminar, de la poca naturaleza que queda entre arcenes, carreteras y vías, puentes y vallas.
Llego relajado y cuando voy hacia el refugio me encuentro con Txemari que me da la alegría de decirme que hay un albergue nuevo y precioso adonde me acompaña. Me presenta a Maribel, que es quien lo lleva por estar en el jardín de su casa. Vamos, la dueña.
Precioso sello y magnifico lugar en el que me doy una buena ducha antes de ir a cenar con todos mis compañeros, que ya nos está apretando el hambre. Debe de ser esto del caminar, que desboca estómagos y arrincona fantasmas. Nos preparan una mesa grande y allí cenamos todos juntos, muertos de la risa y en maravillosa comunidad.
Celebramos con buen clarete que aquí conocimos a Lukas algunos y los demás se apuntan al brindis como si un amigo de toda la vida también para ellos fuese ¿Es el cariño o es el vinillo, que está fresco y rico?
¿O es la alegría de existir en paz y armonía?
Cuando llegamos al saco todavía nos estamos riendo. Y así dormimos, yo en una esquina para evitar molestar a los demás con mis ronquidos, en la felicidad de la salud y la amistad, sin mayor preocupación que la de tener que caminar mañana.

14.03.00. Cizur Chiqui-Puente la Reina
Esta mañana Tore se ha encerrado de madrugada en una de las dos duchas y cuando nos hemos ido, tras pasar en fila india y de uno en uno por la otra, seguía allí. Le hemos preguntado si seguía vivo y bien. Cuando ha contestado que sí, que tiempo le ha llevado, lo hemos dejado que siguiera haciendo. Pobre, bastantes problemas tiene. Bueno, eso es lo que suponemos.
Con Txemari, aunque se camina despacio, se hace entretenido. Porque no calla. Y yo tampoco, lo reconozco. Así que hablando y riendo hemos llegado al Alto del Perdón en un momento. Bueno, algo hemos tardado, la verdad. Y hemos sudado, que calor sigue haciendo, pero se ha hecho corto. Pero para corto, los pantalones que llevan cada uno de los peregrinos que me rodean, que yo sigo al estilo pescador, arremangado y lleno de paciencia. Qué envidia. Voy a acabar dando un tijeretazo a los que llevo.
Al pasar por Uterga un buen hombre nos hace pasar a su casa para hacernos un bocadillo y un café. Admirados de la amabilidad y agradecidos por el hambre que arrastramos, entramos sin hacernos mucho de rogar, en el límite de la buena educación y también del desfallecimiento. Va haciendo entrar a todos y se queja de que hoy está solo, que su mujer y su hija han ido a Pamplona al médico y no puede atendernos como desearía. Nos hace un bocadillo de chistorra sensacional y un tazón de café con leche de calcetín que entona. Allí nos encontramos juntos todos los peregrinos que hemos coincidido en estos días, los que en principio han de pasar hoy, que no se le ha escapado ninguno.
Cuando satisfechos y encantados nos levantamos y le preguntamos por educación si se debe algo para dejar algo por agradecimiento, nos dice que son 1.500 pesetas por persona. Sí, el muy sinvergüenza nos ha hecho entrar en su casa engañándonos con una supuesta caridad al peregrino y nos ha clavado 300 duros. Precio increíblemente caro. Nos vamos indignados y pensando que hoy cenamos pan seco. Se va a hacer millonario en una semana. Txemari dice que nos ha dado un bocaluxus, por lo caro. Y razón no le falta.
Mientras caminamos pensamos en cómo avisar a los que mañana y en los días venideros por el lugar pasen y acabamos tomando la decisión de llamar a Maribel de Cizur para que avise a los que duerman en su refugio.
Al llegar a Muruzabal paramos en un bar, para hidratarnos que el calor aprieta, en el que una guapa y simpática camarera nos cuenta que quien nos engañó con la falsa caridad es un sinvergüenza que a todos confunde. Y que se está haciendo de oro porque al ser ilegal no paga ningún impuesto. Que ya le han puesto varias denuncias que esperan que acaben con sus trapacerías.
El Camino siempre ha sido un lugar de meditación, espiritualidad, picaresca y latrocinio. Todo junto y bien revuelto, por los siglos de los siglos.
De aquí cogemos el desvío y nos vamos hacia Eunate, que ya aprendí el año pasado que ir hasta Obanos es una vuelta en la que te regalas unos buenos kilómetros. Y con el solazo que pega a esta ahora no apetece nada. Entre viñas llegamos a la misteriosa capilla en la que tumbados a la fresca sombra y embutidos en sus sacos, mis compañeros se echan una siesta tipo las de verano, que sólo faltan los grillos
Mientras, siguiendo mi costumbre, voy dibujando la fachada, capiteles, bases de columnas, detalles y marcas de canteros. Protegido del tremendo viento que está soplando desde hace unas horas, lleno un par de hojas del cuaderno con croquis que mis compañeros critican cuando despiertan del sopor que les ha dado la hora, el sol y el bocadillo de lujo que nos hemos tomado. Es cuando los mataría allí mismo. O mejor aún, mientras dormían placidamente a la fresca.
Aparece un peregrino alemán, joven, dulce, y encantador. Viene solito, por el Camino Aragonés desde Somport, y anda el hombre con ganas de contar sus aventuras. No habla castellano pero en inglés con Ben, con David y conmigo y en alemán con sus paisanos, hace buenas migas. A Rosa le traduce Christian, que va chapurreando y que se han hecho muy amigos, siempre juntitos. A Tore no lo hemos visto en todo el día y Tomás con su perra van a su ritmo. Nuestro nuevo compañero lleva las dos rodillas hechas polvo. Debe de ser duro el recorrido, que todos los que de allí vienen y me he encontrado, van lesionados, arrastrando alguna parte del cuerpo cuando no el alma entera.
Cuando a las cuatro abren, visitamos la iglesia, meditamos y nos dejamos poner el sello en la credencial, que es bonito. Acabaré haciendo la colección.
De allí a Puente la Reina ya no queda sino unos breves dos kilómetros siempre que en vez de desviarte hasta Obanos te dejes llevar por el senderito que queda a la izquierda de la N-111. Yendo con Txemari, la trampa está asegurada.
Al llegar a la villa, Txemari y yo nos vamos a una pensión. El refugio está cerrado a la hora en que llegamos y él tiene aquí amigos que nos aconsejan dormir en cama privada e ir a cenar a una sociedad a la que nos invitan.
Tras gloriosa ducha, cura de pies, lavado de ropa y otros menesteres del peregrinar, nos vamos a pasear y a refrescarnos con una cañita con los demás. Después, a la sociedad, en donde cenamos como príncipes invitados por las fuerzas vivas del lugar. Descubro que Txemari es un especialista de la historia carlista y que todos le preguntan sobre las guerras de su historia.
Tras pasear un poco hasta el puente y reírnos de un par de anécdotas, nos vamos a disfrutar de sábanas y mantas en unas camas que prometen los mejores sueños.

15.03.00. Puente la Reina-Estella
No he dormido tan bien como esperaba. Algo me sentó mal en la cena a la que nos invitaron. Y mira que estaba todo bien rico. Una pena, porque para una vez que en el peregrinar se duerme en cama, da mucha pena no aprovecharlo.
Sigue el calor y recuerdo el año pasado que en esta etapa sufrí más de lo que la guía indicaba. Eso olvidando cuando me perdí con Carmen y nos rescató la Guardia Civil.
Hace viento, que nos hace luchar más en el avanzar. Hay algo de barro y todo junto se convierte en dificultades. Txemari se pierde y sigo solo. Paro en Mañeru a ver el cementerio, pequeño, rural y tranquilo. Entro y leo las lápidas y epitafios, resumen de muchas vidas de trabajo y sencillez.
Repetiría
Eso es lo que en mi tumba me gustaría que escribieran mis deudos, que la vida es un milagro único y maravilloso, un lujo que hemos alcanzado y del que no somos conscientes, que el tiempo que nos ha sido concedido es irrepetible. Creo que nos confundimos cuando perseguimos valores materiales y olvidamos que lo único importante es el tiempo que existe entre nuestro nacimiento y nuestra muerte. Y en lo que en él hagamos. Que tenemos la obligación de ser felices e intentar que lo sean los demás.
Pero el Camino sigue y no puedo perderme en filosofías propias que a nadie van a convencer si no son las que cada uno ha adquirido, que somos libres de pensar y comprender, cada uno, la vida como podamos. Y hacer con ella lo que mejor nos parezca. Con exquisito respeto por los demás.
Paro en Cirauqui, al igual que el pasado año, a tomar un poco de pan y chocolate y beber un poco de agua mientras dibujo la maravillosa estela que ante el arco se encuentra. Un poco de reposo en silencio es un lujo del que debemos disfrutar si somos capaces de gozar de la soledad.
Muy serio me veo. Si me distraigo con tanto pensamiento tan profundo la vamos a liar. Me voy a fijar bien en lo que me queda hasta Estella, porque yendo solo y tan sin vivir en mí que decía Santa teresa, hoy me rescatan los del SAR (Servicio Aéreo de Rescate).
El calor aprieta y cuando a las dos de la tarde llego a Estella, voy acabadito. Tengo suerte y el albergue, maravilloso, está abierto. Cuando me inscribo, le pregunto a Carlos, el hospitalero, en dónde podría tomar un caldo, que es lo que ahora necesito. Antes de que me dé cuenta, Mª Cruz, su mujer, me ha traído un tazón. De verduras. Resucito y lo agradezco. Todavía queda gente buena por el mundo. Les mandaré un regalo, un cuadro, que es de bien nacidos ser agradecidos.
Al rato llega Tomás con Tanka y poco después Txemari. Nos vamos los tres a instalar a la perra y a tomar algo. Luego nos reunimos con un periodista del Diario de Noticias de Navarra que le hace una entrevista a Txemari. Sobre temas carlistas, sus estudios, ensayos y guiones cinematográficos. Y sus películas. De rebote chupamos cámara Tomás y yo ya que salimos los tres en la foto y acaban citándonos en el artículo. Eso es robar espacio a un amigo en los medios. Vergüenza me da.
De allí me voy a visitar la villa, que me sorprende por todo el arte que posee. Tras recorrerme todas las iglesias, portadas, arcadas, patios, columnatas y museos, termino ante el capitel que narra el lance entre Roldan y Ferragut, maravillosa escenificación medieval de una historia.
Cenamos y a la cama, que este refugio es sensacional y Carlos nos va a hacer madrugar. Y voy cansado, que anoche no dormí bien. Además, como dice Txemari:
A mala cama, colchón de vino

16.03.00. Estella-Torres del Río
Carlos nos despierta con música gregoriana. No ha amanecido y ya estamos pasando todos por la ducha. Tore debe de llevar más de dos horas en ella, como cada día.
El clima sigue de primavera, que salimos de mañana en manga corta y shorts. Eso ellos, que yo sigo arremangado y a falta de unas buenas tijeras para cortar por lo sano.
Me voy a desayunar mientras los demás inician camino. Ya los alcanzaré, que van emparejados y caminan relajados mientras hablan. No entiendo cómo pueden salir con un agujero por estómago. De verdad que los admiro, que el café del alba es una bendición.
No he llegado a Azqueta y ya he alcanzado a más de la mitad. Rosa y Christian, en sus cosas, que andan muy juntitos desde hace unos días. Ben y David hablando en inglés. No sé lo que habrán hecho para ir tan despacio.
Subo el repecho de entrada al pueblo y me siento junto a la iglesia. No voy cansado pero a veces me gusta parar y saborear lo que de Camino he hecho. Se me acerca un hombre amable y cariñoso. Me pregunta cómo voy. Le respondo y hablando con él descubro que es Pablito, el famosísimo personaje del Camino que regala bordones de avellano a quien se lo pide. Al llegar Txemari, nos hace pasar a su casa a tomar un café, el mejor regalo que nos podía hacer. Mientras lo prepara, Txemari se lía con un cuadro de carlistas que ve en la pared. Dice que son no sé qué y a partir de ahí entablan una entretenidísima conversación sobre el tema. Txemari, no se sabe de dónde, saca el sello del Cura de Santa Cruz y nos lo estampa a cada uno en nuestros cuadernos, el suyo de cuentas, el mío de viaje. Saca Pablito su sello y nos lo pone en nuestras credenciales. Como yo no tengo sello que poner, le prometo al dueño de la casa que le voy a diseñar y hacer uno porque el que usa es lo más tosco que por la Ruta corre. Me da los datos, los apunto y nos despedimos con un Buen Camino, que se nos ha ido la mañana en amable charla.
Sigue el extraordinario día. El cielo se mantiene absolutamente azul, límpido, el aire en calma. Parece una deliciosa mañana de buen verano. En la pista forestal se nota el calor pero, para mí, es esta etapa una de las más agradables del Camino en su deambular por Navarra. Así que la hago con alegría, viendo a mis compañeros en la distancia, por delante y por detrás. Y alguno en la fresca sombra, disfrutando de la vida y del peregrinar.
En la de un pajar encuentro tomando un mate a quien se presenta como Martín. Es argentino, claro. Me sorprende verlo aquí y no antes en algún refugio. Me dice que ha dormido estos días a la fresca, viendo las estrellas, disfrutando de ellas gracias a la buena temperatura que nos acompaña. Mientras me echo a su lado y acomodo la mochila como almohada, me cuenta parte de sus problemas. Parece ser que va fatal de dinero, que no le llega el giro de su familia desde argentina y va viviendo mientras a base de mate. Dadas las circunstancias del encuentro, dudo. No sé si se trata de otro de los timos del Camino, que pícaros hay muchos. Pero dejo mi conciencia tranquila al ofrecerle mi ayuda. Con amabilidad, dignidad y una sonrisa de agradecimiento, la rechaza. Dice que sobrevivirá, que ya llegará, que no le van a fallar. Hay quien hasta en los momentos más difíciles sabe salir adelante con dignidad y alegría.
Al llegar a Arcos me tomo una cola bien fresquita, que voy empapado en sudor. Tras un momento de descanso, sigo hacia Torres del Rio como un tiro. Paso a Txemari que en un grito me pregunta a dónde voy a esas velocidades a lo que le respondo que me estoy probando.
Llego en un suspiro a destino y cuando me estoy inscribiendo en el refugio me da un tembleque de espanto. No quiero decir que me haya asustado la hospitalera, que es más bien atractiva, sino que empiezo a temblar en un sudor frío. Tengo una pájara olímpica. Esto me pasa por forzarme hasta el límite. Tenía razón Txemari cuando me ha gritado al pasarle.
Pero hay pocas cosas que no cure una buena ducha y una tableta de chocolate. Una vez repuesto, busco a quien tiene la llave de la iglesia del Santo Sepulcro que me abre y puedo visitar. Qué maravilloso lugar, qué extraordinario Cristo de cuatro clavos. Qué frío hace allí...
Poco duro cuando me acuesto. Razono el esfuerzo y el agotamiento con el que estoy pagando el haber sobrepasado mis límites. La naturaleza tiene leyes que hay que seguir, o sufres el castigo. Los excesos se pagan. Otra lección a aprender, que no soy superman.

17.03.00. Torres del Río-Logroño
Tras un buen descanso no hay nada que pueda con una ilusión. Así que corro en pos de la mía, encontrar un buen desayuno allí en donde lo haya, que por estas tierras la cosa es complicada. Un cafelito, sólo pido un cafelito, para ir tirando hasta donde buenamente el cuerpo me lleve.
El rompepiernas me arrastra hacia Viana. Voy avanzando con mis dos uñas negras, tres ampollas y un callo que se me está formando. La verdad, he de reconocer que las botas que este año estoy usando no me están dejando los pies muy enteros. Y mira que he hecho kilómetros con ellas en los pasados meses, educándolas.
Bien es verdad que el calor que está haciendo hace que los pies se dilaten y sufran más, pero quién podía suponer que haría este tiempo. Que no es el Camino una carrera de Formula 1 en la que dependiendo de las condiciones meteorológicas cambian los neumáticos usando los que más se adecúan al momento. Bueno, tampoco tengo sponsors.
Encuentro en el sendero una pluma de ave, enorme. La cuelgo de la mochila y al cargármela de nuevo a la espalda miro al cielo y veo una pareja de animales grandes y poderosos, volando en perfecto equilibrio, buscando al igual que yo, qué desayunar. Espero que no sean buitres carroñeros que esperan a que caiga en cualquier recodo.
En un cruce con la carretera me encuentro con la Guardia Civil. Me preguntan si viene conmigo un inglés que se llama David. Les digo que sí, que va unos kilómetros más retrasado pero que en un rato ha de pasar por aquí. Toman nota y les pregunto qué es lo que pasa, que por qué lo buscan. Me responden que hay un aviso de búsqueda por la muerte de su madre en el Reino Unido. Pobre David, vaya noticia le espera. Desde luego no valoramos la felicidad en la que vivimos cuando nada pasa.
Afectado por el encuentro, sigo hasta Viana. La verdad es que se me han quitado hasta las ganas de desayunar. Lamento no haberme quedado a esperarlo y quizá acompañarlo a donde haya de ir. Va a vivir un mal momento y me duele dejarlo solo. Pero ya es muy tarde para retroceder. A veces no reaccionamos como deberíamos aturdidos por el shock.
Llego a Viana. La verdad es que no me he enterado casi de lo caminado por ir perdido en mis tristezas, recuerdos y pensamientos. Me acerco al primer bar que veo y pido un bocadillo y un café. Y un vino. Brindo con él en recuerdo de David y de su madre.
Me reúno con Txemari cuando pasa por el bar, que está en medio. Comentamos la tragedia. Van llegando los demás, todos con la tristeza en la mirada. Pero la vida sigue y el Camino también, así que poco a poco vamos pasando por la puerta del bar, hacia el aire del campo que nos ventile de nuestros pesares.
Este trozo hasta Logroño no es de los más bonitos, que hay mucha carretera y arcén, pero el hecho de avanzar hace que positivicemos el día, que es de aquellos que dejan un amargo recuerdo.
Llegamos juntos a la altura de la casa de Doña Felisa. Con sus 90 años sigue al pie del cañón, con sus higos y agua, a pesar de que acaba de pasar una gripe. Txemari le hace unas cuantas fotos y un par de retratos. Mientras, yo me entretengo hablando con ella, con su hija y con la enfermera que ha venido a ponerle una inyección.
Seguimos hacia Logroño que aunque es muy pronto nos espera en el valle. El refugio está cerrado cuando llegamos, así que Txemari y yo nos compramos un chorizo, una barra de pan y una botella de vino, y sentaditos en un banco vamos dando cuenta de ellos, de los tres, en perfecto orden: chorizo, pan y vino y vuelta a empezar en un circulo casi sin fin. Nos reímos, porque no debemos dar muy buena imagen, sucios y mal afeitados, bebiendo a morro. Nos miran al pasar como si fuéramos homeless, vagabundos desheredados. Pero pensándolo bien, lo somos en cierta forma, que erramos por el Camino en busca de la paz que quizá no encontramos en nosotros.
De vuelta en el refugio, ya abierto, nos inscribimos, instalamos y duchamos. A partir de ahí Txemari empieza a ordenar el programa. Va a hacer patatas a la riojana y me manda al mercado para suministrarle el material. Aprovecho para comprar todo tipo de frutos con los que pueda hacer una perola de ensalada, que vamos a coger el escorbuto con tanta tortilla de patatas y bocadillo de chorizo.
De vuelta ya en el refugio, en un rato lo dejamos todo listo para tomar. Llamamos a los que en ese momento no están en el comedor y nos lanzamos a los platos. Una duda que tengo es si es que está todo extraordinariamente bueno o es que arrastramos mucha hambre, pero allí, en un momento, no queda nada. Nada de nada, que hemos dejado platos y ollas brillantes con el pan. A los que les toca fregar casi no han de hacer nada. Recoger un poco. Es la suerte de tener unas cuantas fieras sueltas por casa.

18.03.00. Logroño-Najera
A veces los males se juntan con las alegrías. Y entonces se llevan mejor, pero te amargan el día. Lo digo porque me gusta pasar por Logroño en donde la gente es amable, tiene un magnífico refugio y un excelente mercado, reflejo de la extraordinaria huerta de la zona. Y del vino no hablemos, que mucho ha dado que escribir. Pero para desgracia mía, en vez de disfrutar de este paso, lo sufro, pues voy enfermo. Cómo, dónde y cuando empecé a flojear, no lo sé, pero hoy me encuentro fatal. Fiebre, debilidad y treinta kilómetros que me voy a echar al cuerpo teniendo los pies hechos polvo.
Me podría quedar, pero perdería la compañía de mis amigos, aquellos que ya conozco desde el año pasado y a los que este año he encontrado. Soy un solitario, vivo solo, trabajo solo, viajo solo y hago deporte solo. Pero también disfruto del cariño y la amistad, soy sociable.
Así que haciendo de tripas corazón, que no soy de azúcar que dicen los alemanes, salgo a enfrentarme a mis demonios, a mis uñas negras y a las ampollas que les acompañan, a la fiebre y al viento que se me lleva, que peso poco. A la mochila que me carga y al barro que encuentro, al horizonte que se me escapa.
Mientras camino por el extrarradio de la ciudad, mientras me acerco hacia las lomas que marcarán hoy el ritmo de mis piernas con sus ascensos y descensos, se me acerca un hombre y me da una estampa de la Virgen de Fátima. No le he dado las gracias y ya no lo veo, ha sido un visto y no visto.
Mientras guardo la imagen en mi cuaderno, me entra un calorcillo por el corazón que me va a ayudar mucho en estos primeros kilómetros. Si, lo reconozco, me gustan los actos de afecto humildes y silenciosos, entiéndalo cada cual como quiera.
Cuando paso por la maderera ya voy más entonado. La mente es poderosa y hace que un cuerpo educado la obedezca. Y cuando éste entra en calor, se desliza por el camino de la vida con más suavidad, sea en una carrera o bien en las penalidades que nos encontramos. El calor del afecto, de la amistad, son un bien extenso.
Pasado Navarrete, junto al cementerio, está el memorial a Alice de Graemer, muerta en accidente mientras peregrinaba a Santiago en el 86. Alguien ha sobrescrito sobre la placa:
Mucha suerte en tu nuevo camino
Es lo que ayer todos le deseamos a la madre de David.
Esta es una etapa que no me entusiasma. Se hace larga, porque lo es y porque lo parece. Pero paso a paso se avanza, poco a poco, educando la paciencia. Se suben cuestas y a veces se bajan, aunque en el Camino siempre subes, siempre. Es uno de los grandes misterios, que no hay bajadas en las que te dejas caer con alegría hacia el valle. Será que Santiago en su gloria está muy alto y cuesta llegar a su altura aunque sea a lo largo de muchos kilómetros de recorrido.
Pero ¿nos va a parar alguien? ¿Quién ha sido el que ha encontrado a un peregrino que se va a casa porque la cuesta a subir es muy dura o el camino muy largo? No sé de nadie. No tengo mucha experiencia ya que sólo he peregrinado a Compostela una vez y un poquito ahora, pero este tipo de gente no abunda por aquí. Antes veremos, tristemente, a aquellos que lloran por tener que abandonarlo porque sus cuerpos ya no les siguen o el tiempo del que disponían ha pasado. Pequeñas tragedias que muchos viven con lágrimas.
Meditando, perdido en mis ideas y mis dudas, avanzo por los campos y arcenes. Cuando me doy cuenta estoy en la gravera. A muchos este lugar les aterra y a mí me encanta. Me gusta. Desde el sonido de la grava al caer sobre los montones desde la cinta de transporte, hasta la estética de dunas grises que forman. Lo disfruto un rato. Y continúo adelante hacia Najera que ya está a la vista.
En el refugio me recibe Pablo, otra buena persona, todo entrega al peregrino. Me entretengo con él tras la inscripción. Van llegando otros, algunos de ellos con zapatitos de charol, como los llama nuestro amable hospitalero. Gentes que van con coche de apoyo y que hacen unos pocos kilómetros cada día y se alojan en los refugios por la voluntad. Y lo peor, se quejan de todo. Allá ellos.
Cuando me instalo en el rincón de los desheredados para roncar a gusto, que hoy voy tocado, me voy a pasear con Pablo. Le he contado que le he prometido un sello a Pablito de Azqueta y él quiere otro. Me lleva a ver un arco que quiere que salga en el diseño con la Virgen, el bordón y un par de cosas más. No sé cómo voy a meter tantos elementos en un diseño y que se entiendan, se lean. Vaya día llevo. Machacado físicamente y ahora intelectual y estéticamente por un cliente encantador pero difícil.
Aprovecho para visitar Santa María la Real, que el año pasado no pude. Otra maravilla que adorna el Camino. Es lo bueno que tiene este caminar, que además de la posible terapia que ejerce sobre nuestro espíritu y el regalo de la amistad con los peregrinos que en ella encuentras, existen rutas paralelas como la del arte o de la gastronomía de las que disfrutar.
De vuelta en el refugio, ya somos 14 peregrinos. Así que Txemari decide que va a hacer una paella para todos. Se mete en la cocina con un par de pinches y libera a los demás. Me entretengo con mi cuaderno de viaje mientras los demás no callan. No he avanzado mucho cuando nuestro cocinero llama a sus operarios a poner la mesa. La paella se ha convertido en un puchero de arroz con verduras que resulta buenísimo. Hay algún peregrino que lleva cara de no haber comido mucho en los últimos días y se puede ver en sus ojos la luz de la alegría.
Como siempre, no queda nada. A la hora de pagar a escote los gastos, unas 50 pesetas por cabeza y boca, alguno se hace el remolón con aquello de que no tienen o que no llevan suelto, pero el equipo de cocina aprieta y, salvo a un joven belga de ojos iluminados, no deja a nadie sin colaborar económicamente. Y además, a algunos les toca el fregoteo. Yo libro porque ayer lo hizo mi equipo, colaboré con la ensalada y ando pachucho. Tres buenas razones que me llevan al saco con la conciencia tranquila y la alegría del trabajo bien hecho.

19.03.00. Najera-Santo Domingo
¿Quien dijo enfermo? Me encuentro sensacional. Todos los males se han ido por donde han venido. Bueno, todos no, que las uñas negras, las ampollas y el callo siguen conmigo. Pero es lo que les digo cada tarde cuando las curo, cuanto más tarden en sanar, más van a sufrir. Y por las mañana, cuando aparecen por la boca del saco, las animo a seguir con alegría ya que ahí siguen. Conmigo no van a poder, eso bien lo saben.
Aunque he desayunado con brevedad, voy contento. Hace frío pero sé que en unas horas se convertirá en calor, que el cielo sigue azul impecable y el sol va a calentar en cuanto coja altura.
Pero esta etapa es muy agradable. Me parece fácil, sencilla y deliciosa para caminar en soledad. Recuerdo del año pasado cómo lloré en ella. Aún no tengo explicación a este fenómeno que se repitió en el mismo día y trayecto con otros compañeros que entonces me acompañaron. Así que voy preparado con el pañuelo a mano y un botellín de agua por si se repiten las situaciones.
Pero parece que no, que voy a permanecer sereno, como el día. Quizá ya lloré el año pasado todas mis lágrimas o es que ya no tengo tristezas que superar. Pero tengo igualmente sed y el agua se me ha acabado Así que según subo la cuestecita que conduce a Cirueña, me siento a la sombra de un roble a la espera de Txemari que viene detrás, por el horizonte
Cuando se me acerca, saco mi taza de campaña y le mendigo por caridad algo de agua. En tres idiomas se lo pido. Se apiada y entre risas nos bebemos su botella.
Permanecemos en agradable conversación durante un buen rato. Santo Domingo está a la vuelta de la esquina y es aún muy pronto. Tomándolo con mucha tranquilidad, llegamos para comer. Si apretamos nos hacemos un aperitivo, que naturalmente nos jugamos a el último, putxi
Llego y espero a mi amigo, que se va a pagar la cañita, que hace calor. Ya le invitaré a un rioja esta tarde para compensar. Resuelto el trámite se va él para el refugio y yo para el Parador, que he reservado un cuarto.
Se me puede llamar de todo, pero algún lujo de vez en cuando no hace daño a nadie si se hace con humildad. El Parador es lo que fue el hospital de peregrinos original, fundado por el mismísimo Santo Domingo, es decir, sigo en la más estricta pauta del Camino.
Los empleados que por recepción están, me recuerdan del año pasado. Me saludan amablemente y me preguntan por mi nuevo peregrinar. Atento, sale de su despacho el director a saludarme, invitándome a un rioja en el salón. Vuelvo a sentirme incómodo tan sucio en tan histórico lugar, pero amablemente me repite lo que el año pasado ya me dijo, que los peregrinos son aquí sagrados. Gracias.
Mientras me organizo en el cuarto me pregunto por qué me recuerdan todos en el Parador. No hice nada raro, ni monté ningún escándalo. Ni, desgraciadamente, dejo grandes propinas. La pregunta que me hago, que es doble y comparativa, es por qué siempre me recuerdan allí por donde paso y sin embargo, por qué las mujeres me olvidan tan rápidamente. Cuál es la explicación si es que alguna existe.
Olvidémoslo.
Me instalo, me ducho, mando todo a lavar y me voy a comer un menú. Allí me encuentro a todos. Me uno a ellos y muertos de la risa devoramos lo que nos ponen para salir a sentarnos al sol un rato antes de ir a visitar la catedral, que parece ser que el refugio está en obras y los han metido en un colegio en el que hace un frío aterrador.
Algunos de ellos harán como yo, quedándose a descansar un día aquí. Rosa y Christian me preguntan por un hotel o pensión tranquila. Ya llevan días formando pareja y quieren estar unas horas en paz e intimidad.
Vamos luego todos de visita, primero a la Catedral y luego al Museo de ésta tras saludar al Santo. Se nos pasan las horas viendo tanta historia y tanta belleza.
Invito a mis amigos a un café en el Parador hasta que llegue la hora de ir a dormir, que están preocupados por la noche de frío que les espera. Cuando se van, ceno, que hay que aprovechar ciertos lujos. Y me voy derecho al cuarto, a disfrutar de sábanas y baño limpio, completo y caliente.

20.03.00. Santo Domingo-Santo Domingo
Desayunando recuerdo una vieja leyenda. Cuenta esta que un monje estuvo durante muchísimos años rezando para que la Virgen se le apareciera. Un día, mientras oraba en su celda, María se le presentó en el preciso momento en que en el monasterio sonaban las campanas anunciando la comida de los pobres que él debía servir, era su deber. En un terrible dilema, gozar de la vista de la Virgen o cumplir con su obligación, el monje salió de la celda e hizo su trabajo. Cuando horas más tarde, cansado y desolado regresó, la aparición seguía allí y le dijo:
Si tu te hubieras quedado, yo me habría ido
Me hace meditar si hoy debería haber seguido camino. Llego a la conclusión de que no, que no es una obligación, que he no he hecho mal tomándome un día de descanso porque tal como lo entiendo, peregrinar no es una obligación sino un proyecto que diseñamos y que cumplimos como mejor nos parece y podemos según muchos parámetros, en cada individuo diferentes. Que es mi humilde opinión que tan peregrino es quien camina desde Bombay hasta Compostela como el que vuela en Business Plus desde una ciudad próxima y luego coge una limousine hasta la Plaza del Obradoiro. Que no está el mérito en el transporte sino en el espíritu con el que este se vive. Aunque personalmente, he de reconocerlo, admiro a quien es capaz de vivir más de mil kilómetros en las fatigas del Camino.
Un día de descanso después de haber caminado más de 250 kilómetros es algo inexplicable, hay que vivirlo para comprenderlo. Es un lujo paradisíaco, un goce pleno y sereno, sobre todo sabiendo que te quedan aún más de 500 kilómetros para disfrutar de la naturaleza y sobre todo, de ti mismo, persiguiendo demonios propios y expulsándolos. Que no es esto una caza de brujas sino una limpieza general que te deja en un estado de paz que ni el primer día de vacaciones de verano. Bueno, esa fue mi experiencia en el pasado año y por ello repito, sin olvidar el placer de reír y compartir con otros mi felicidad.
Paseo por la villa, visito monumentos e iglesias, admiro la historia y disfruto de todo aquello que los sentidos aportan a mi cerebro. Lentamente, a un ritmo que hemos olvidado en el Primer Mundo.
Cuando sentado en un banco o en un escalón de piedra dibujo lo que presente en mi hoy me lleva al pasado, me acerco a formas de vida que tuvieron que luchar para sobrevivir en un mundo más simple pero mucho más difícil, más duro que el nuestro. Trato de aproximarme a su modo de pensar, comprender y actuar. Es un ejercicio de reconocimiento a aquellos que fueron antes que nosotros y que hicieron posible lo que nosotros hoy somos. Hemos heredado mucho de aquellos a quienes ya no podemos agradecérselo de palabra. Aceptémoslo, no somos nada más que una pequeña parte de lo que vivimos. El resto nos lo han regalado. Y la vida también.
El hambre, una vez más, me trae a la realidad. Camino a buen paso hacia el Parador y ceno disfrutando de todo, que la verdad, no me privo de nada. Mañana volveré a vivir la austeridad del Camino con enorme alegría, pero hoy, aquí y ahora, me estoy dando el gusto de vivir como un rajá. Y lo valoro, porque conozco y no he olvidado el lado oscuro de la vida.

21.03.00. Santo Domingo-Belorado
Cuando desayuno, pulverizo el buffet del hotel. Pensándolo bien, quizá es por mis desayunos por lo que aquí todos me recuerdan. Ellas han preferido olvidar semejante personaje, seguro.
Quizás, pero no puedo evitar ir con una enorme sonrisa hacia el baño a lavarme las manos, perdidas de mermelada. Es la satisfacción de saber que todo estaba bueno además de ser bonito, que me va a sentar bien y que lo he disfrutado con deleite. De verdad, que no puedo olvidar ni los churros ni el maravilloso pan con mantequilla y mermelada. Ni todas las frutas y zumos que han dado paso a los embutidos y huevos que me han templado el estómago para los dulces. Y qué decir de esa jarra de café que ha puesto un punto de amargor al todo. Maravilloso. Como lo es disfrutar de un baño limpio en el que puedo sonreír a quien me mira desde el espejo. Que hay veces que no es feliz quien no sabe serlo.
Salgo y me enfrento a la senda que poco a poco me llevará a Belorado. Camino a buen paso, que voy fresco tras un día de descanso. Supongo que iré cerca de los 6km/h, que es una buena velocidad. No tengo prisa, pero me encuentro bien, la etapa es fácil y disfruto de que no me cuesta avanzar.
Perdido en mis cosas llego pronto a Grañón. Y no me lo creo casi ni yo, pero paro a tomar un café y claro, cae un croissant que, pobre victima, estaba confiado sobre la barra del bar en el que he entrado.
Sigo adelante, no he encontrado a nadie. Pero no importa. Estarán delante o detrás quienes en el Camino me acompañan. Se que los encontraré tarde o temprano y me alegrarán el corazón. Que es verlos y que mis labios dibujen una sonrisa. Puro arte el de la amistad y el afecto.
Ya no se sufre el terrible asfalto por el que había que caminar el pasado año. Con aquellos TIR de cien ejes que tocando el claxon al pasar te alborotaban el corazón y despeinaban la calva. Ahora existe un andadero, largo, recto y aburrido, paralelo a la N-120, pero que te salva de los peligros de un tráfico que te hacía temblar.
En un descuido, tropiezo y me voy por una zanja. Me doy un golpe de muerte y me quedo un rato allá abajo, analizando si me he roto algo y si voy a poder salir del agujero, que estoy solo. Como de costumbre en mis múltiples caídas, he debido de caer bien y salvo el orgullo no me duele nada. Y llamo orgullo a las posaderas, que en sabiéndome bien rompo a reír al pensar en el traspiés y volatín que he dado. Cuando consigo salir, primero yo y luego mi mochila, que con ella no podía, aprecio un soberano siete en el pantalón. Se me ve todo, calzoncillo, muslamen y parte del alma. Me lo medio saco y con tres imperdibles arreglo el desperfecto antes de que alguna automovilista me vea, se distraiga y se estrelle.
Cuando llego al refugio veo los cuadros de mártires y eremitas que me acompañaron durante la inolvidable noche que aquí pasé el pasado año. Los vampiros y demás monstruos de la oscuridad todavía no han salido a torturar a peregrinos e inocentes que aquí tratan de descansar.
Queda sin embargo el recuerdo de la aparición de la guapísima periodista gallega que mientras me curaba los pies apareció y me entrevistó. Inolvidable momento, delicioso café al que luego me invitó. Y no lo digo por el sabor y calidad, que era malo a rabiar. Que hay momentos que no los estropean las circunstancias, por mucho afán que en ello pongan. De verdad.
Encuentro al rato a todos mis amigos que a pesar de estar todos enfermos, por el frío pasado en el refugio la noche de Santo Domingo, se mueren de la risa del desperfecto que me he hecho. Nos vamos a un hotel pasado el pueblo, en la carretera ya, y allí los acuesto, hechos polvo. Están pagando lo que han sufrido.
Saco aguja e hilo y tras pedir a Rosa que me ayude a enhebrar, que se me da mal y además las vista no me alcanza, me lío a hacer un zurcido histórico. Estéticamente queda fatal pero me va a durar hasta que tenga la oportunidad de comprarme otro.
Doy una vuelta por el lugar, curioseo pantalones por las tiendas de ropa, mando un par de postales, escribo en mi cuaderno tras dibujar en él, ceno algo y vuelvo a ver cómo tengo el hospital. Siguen todos en la camita, recuperando la fuerza vital que han perdido. Mañana estarán bien, supongo. Tienen el frío dentro del cuerpo y nada más. Que se coge enseguida y tarda tiempo en irse. Justo lo contrario que las novias.
Pero de esta salen, y pronto.
Hoy ha sido el último día en el Camino de nuestro mejor cocinero, fotógrafo y gran amigo. Txemari ha de volver a sus obligaciones. Me quedo con Rosa, Ben, Tomás, Lukas y todo el grupo de alemanes que crece a su alrededor. Que ya son un montón, cada día añaden alguno nuevo
¿De dónde salen?

22.03.00. Belorado-San Juan de Ortega
Madrugo, que no hay nada como la luz de la mañana, sobre todo en Castilla. No hay cielos como estos en ninguna parte, aunque se dice que los de Persia son maravillosos. Pero mientras aquél siga siendo un país integrista no pienso ir, no estoy hecho para los fascismos, vengan de donde vengan. Lamentablemente, tenemos alguno próximo. La violencia no conduce a nada y a nadie va a convencer.
Sigue la maravillosa temperatura. No sé lo que harán mis compañeros, que están un poco pochos todavía pero, si pudiera, yo saldría con pantalón corto. Quizá en Burgos pueda resolver el problema de mi siete, que voy impresentable. Ahora sí tienen razones para no olvidarme.
Sin casi darme cuenta, paso por Tosantos, Villambistia y Espinosa del Camino. No he encontrado a nadie, amigo o enemigo. No sé en dónde estarán los peregrinos del día, porque he caminado en absoluta soledad y silencio, que no se oía nada ni a nadie salvo algún ladrido absolutamente castellano, guau guau.
Al llegar a Villafranca de Montes de Oca paro a tomar un refresco, que voy sudando. Aprovecho para sacar la piedra que me ha entrado en la bota y me estaba haciendo rabiar. Pequeña y traviesa, me ha traído loco un rato.
Para animar la espera, me pido un bocadillo que tomo con alegría. Está bueno o tengo hambre. O ambas cosas, quizá.
Mientras disfruto del descanso, entra el ejercito, que supongo que está de maniobras. O se ha declarado una guerra y yo en babia, que en el Camino no te enteras de nada, estás en otro mundo. Bueno, al bar han entrado los oficiales. Los soldaditos están afuera. Parecen todos contentos. Así que las maniobras van bien o estamos ganando la guerra. Lo que sea es positivo.
A la carrera tal como han venido se van. Que las batallas tienen esto, que no te puedes entretener con la camarera, que tiene un buen ataque. No acaban de salir y veo la cartera con todos los planos y la estrategia olvidada en un rincón. La cojo y corriendo se la llevo al ayudante, que no me besa en un aparte porque no es de hombres, pero me promete una mención especial y medalla al mérito y al valor. Pobre, de la que se ha librado. Menudo paquete le iba a caer. Al cuarto de banderas seguro que iba. Por lo menos.
Como no llega nadie conocido me tiro al monte. La subidita la recuerdo del año anterior. El bosque está precioso en absoluto silencio. El susurro de las hojas me acompaña. Unas hablan con la brisa, las otras con mis pies. Maravillosos sonidos.
Me impresiona tanta soledad. Acostumbrado a ella en mi vida, es muy diferente la que se vive en la naturaleza. Bien en el bosque o monte, bien en el infinito del mar, la soledad física absoluta sobrecoge. Se disfruta o se sufre, pero no creo que deje a nadie indiferente.
He de reconocer que voy feliz, gozo de este contacto absoluto con el bosque y sus sonidos. Sólo me preocupa que pueda aparecer algún animal salvaje, ante el cual poca defensa tengo. Pero seguro que él teme más mi presencia que yo la suya. Así que sigo mi camino disfrutando de la tremenda paz que se vive según me acerco, paso a paso, hacia San Juan de Ortega.
Cuando el ábside de la iglesia aparece en la lejanía, me alegra su imagen, belleza, magia. Mientras, percibo la tristeza de acabar esta etapa tan maravillosa. Lamento dejar el bosque, sus sonidos y olores.
Pero visitar este lugar es otro de los privilegios del Camino. Con o sin luz, con rayo milagroso o sin él, este lugar es mágico. Las dos veces que aquí he llegado me he sentido especialmente bien ¿Es mi imaginación o hay algo realmente especial aquí?
Me voy al bar de Marcela. Pido una sopa y me tomo un café. Y pienso. Es muy pronto para parar, muy tarde para seguir. Estoy solo y no tengo a dónde ir. Suena a bolero, pero es así.
Visito la iglesia. Me pongo guantes, que dentro de ella el frío aprieta. Este lugar es paz, la esencia de ésta está aquí. Quizá el Camino sosiega, relaja, pero aquí todo en mí está en calma, mi organismo, mi mente, mi alma.
Salgo y en el bar espero un par de horas a que lleguen mis compañeros, no les he podido sacar tantos kilómetros a pesar de que van tocados. Pero aquí no llega nadie. Cae la noche y empieza a hacer frío. Cuando voy al albergue a apuntarme está helando. Si no me abren pronto la temperatura me matará y conservará, que ni los microorganismos pueden sobrevivir a estas temperaturas.
Dentro no es mucho mejor. Me meto en una de las naves y allí, solo y helado debo de dar verdadera pena. Y si no viene alguien más debe dar hasta miedo pasar la noche aquí en estas circunstancias. Me he librado de los vampiros de Belorado, pero los fantasmas del pasado me van a dar la noche. Es tierra de espíritus, dicen.
Salgo a cenar mientras confío que alguna alma caritativa me haga compañía esta noche. Al calor del fuego y del guiso se está muy bien, pero me temo lo peor, allí no llega nadie. Si miro fuera sólo veo estrellas y oscuridad.
Cuando, perdida toda esperanza, camino hacia mi saco, me da un foco en la cara. Es un ciclista que me pregunta si esto es San Juan de Ortega y si el albergue está abierto, que se le ha hecho tarde y ya no llega a Burgos. Con mi mejor sonrisa le acompaño a inscribirse y le enseño lo que hay. Con alguien al lado, todo cambia y lo que en un momento era aterrador ahora ya no es más que de una austeridad espartana.
Instalado en la otra punta de la nave, que le he avisado de mis ronquidos, me lo llevo a cenar y a intercambiar historias, experiencias y anécdotas. No duramos mucho, que ambos estamos cansados y nos gusta madrugar.
Pero ¿en dónde están mis amigos?

23.03.00. San Juan de Ortega-Burgos
Madrugamos, ambos. Al salir de la cama y del saco nos entra la risa porque en la cama han quedado las formas de nuestros cuerpos moldeados por las mantas y el frío. Como crisálidas.
Desayunamos y nos despedimos. Él con la bici se irá unos 70 kilómetros más allá de donde yo pueda llegar. El Camino, la vida, es así. Te cruzas con gentes que van a tu lado y el tiempo te separa. Hemos de aprender a no crear lazos que nos impidan avanzar.
Hace frío a primera hora por el bosque. Las vacas todavía no han salido, deben de estar al abrigo del establo, rumiando. Voy con el estómago vacío, que es muy pronto y el bar estaba cerrado.
Bajando hacia Agés el día va templando. Pero todavía no me quito nada, que hace fresco en estas alturas. Supongo que por Atapuerca la temperatura templará y calentaré el cuerpo con un buen café. Que la distancia a recorrer no es grande y la ilusión mueve montañas, como la fe. Que ésta también tengo, la de encontrar un bar o tasca abierta que me reconforte. Que no sólo de ideas y sueños vive el hombre. Al menos eso es lo que sucede con quien lleva mi mochila, o sea, yo.
Tanta soledad, tanto silencio con el ayuno, ayudan a pensar si no a meditar. Parece mentira, la tecnología ha hecho el mundo pequeño, pero el hacer el Camino es como una vuelta al pasado, ya que caminando le damos al mundo el tamaño que tuvo siempre. Es trágico constatar que el tremendo desarrollo ha permitido ir de un punto a su antípoda en horas, o la comunicación instantánea entre los dos extremos más opuestos de nuestro planeta y sin embargo, seguimos interactuando entre los individuos tan mal como en la Edad Media. O quizá peor, que es difícil saberlo. Es una pena que tanta ciencia no nos haya llevado a ser todos amigos y vivir como hermanos, a aproximar nuestros espíritus a pesar de distancias e ideas, a ser más tolerantes con aquello que no comprendemos en los demás. Como Gandhi dijo, el ojo por ojo nos volverá a todos ciegos.
Creo que necesito un café antes de que se me vaya la cabeza a ideas más perversas. Pero en Atapuerca está todo cerrado a cal y canto. Deben estar todos en las excavaciones. Y no es mi intención faltar, que no los estoy llamando prehistóricos sino trabajadores.
Aparece un chino en bici. Bueno, creo que es chino, pero no estoy seguro. Oriental, desde luego, pero no es japonés. Hablamos un rato en inglés y dice que sigue, aunque dormirá en Burgos, que allí nos vemos. Se despide y tiro por el monte arriba hacia la cruz. Ya voy sudando. Supongo que en la bajada encontraré algún lugar en el que tomar algo.
El tiempo sigue siendo maravilloso. Hace calor de primavera y la mochila me hace sudar. Llevo la espalda empapada y eso que voy en camiseta. El pantalón va aguantando, pero esta tarde he de ir a comprar otro. Es imposible mantenerlo con vida hasta Compostela. Yo no sé si llegaré a Santiago, pero este pantalón no pasa de Burgos. Justo va a llegar hasta el centro histórico.
Hasta Orbaneja Rio Pico no encuentro en dónde desayunar. Paro, me quito la mochila, comento con el del bar el calor que hace y me lío. Llevo hambre como para comerme lo que me pongan por delante. Acabo con un enorme pincho de tortilla acompañado de buen pan castellano y un café con leche de desayuno, de los de verdad.
Ya más entonado, me cargo la mochila al hombro y sigo camino. Al poco me encuentro con Rosa y Christian. Aprovechamos para ponerlos al día de las aventuras que hemos vivido en las últimas horas, que no sé que ha pasado que cada uno va por su lado. Hablando y riéndonos llegamos en un santiamén a Burgos. Paro a la entrada y les comento que quedan 9 kilómetros urbanos hasta el refugio. Que si los semáforos no te son favorables, aunque vayan a buen paso, no van a bajar de las dos horas en alcanzar el refugio. Que yo lo hice el año pasado y ya he tenido suficiente. Que me voy a tomar una cola y cuando venga el bus me subo hasta el centro. Deciden seguir y que luego comentamos.
La cola fresca, bien. El autobús, sensacional. La trampa, histórica. El paseo hasta el parque, agradable. El refugio es sencillo, pero la presencia de Jesús el Parralelo lo ilumina. Parece mentira cómo una persona puede dar carácter a un espacio, puede convertir la austeridad en algo acogedor.. Gracias amigo.
Me instalo allí en donde creo que molesto menos, saludo al chino y a un par de holandesas que han salido de la nada, y me voy a dar una vuelta por esta maravillosa ciudad.
Visito la Catedral y me acerco a unos grandes almacenes a buscar un pantalón nuevo. Tras revolver por la sección de caballeros acabo encontrando unos cortos que son baratísimos, de buenísima calidad y maravillosos. No lo dudo, me los pruebo, paso todo lo de los bolsillos del viejo al que ahora luzco y pago. Salgo ufano a la calle a disfrutar de llevar las piernas al aire, que con esta temperatura ya no podía más.
Me tomo un chocolate con churros para celebrarlo. A la española, bien espeso. No puede ser malo tomar algo tan energético cuando se consume tanto al ir de un lado a otro siempre andando. Esa es la disculpa que encuentro para lanzarme a él sin remordimientos.
De vuelta al refugio, las chicas alaban mis piernas. Ahora va a resultar que además de ir fresco voy a tener alguna otra satisfacción, como la del halago y los piropos. A mi edad.
Cenamos pronto. Despedimos a Ben que mañana vuelve a Inglaterra, ya no tiene más tiempo. Tomás y su perra han desaparecido. Hace días que no coincidimos con ellos. Cada vez somos menos los que salimos de los Pirineos y más los alemanes que van apareciendo.
Me cambio de lugar a requerimiento de mis amigos, que ya se han acostumbrados a mis ronquidos. No hay nada como el entrenamiento. Ahora pueden disfrutar de mi compañía y yo de su amistad.
Gracias

24.03.00. Burgos-Hontanas
Me levanto contento. Tengo muchas razones para estarlo. He descansado, mis compañeros de Camino me aprecian, estoy sano, estoy en camino y estreno pantalón. Cortos, que es lo que me gusta, que nunca tengo frío en las piernas.
Jesús, el Parralero, nos sirve el desayuno. Es casero pero está buenísimo. Pan recién hecho y mantequilla en abundancia. Café de calcetín y cacao para quien lo prefiera. Todo amenizado por sus chascarrillos y por las anécdotas que va contando. Una delicia. Me despido de él hasta Dios sabe cuando, que el próximo año voy a intentar hacer la Vía de la Plata. Ya se sabe, esto del peregrinar, engancha.
Y comienzo a andar, subiendo el ritmo según avanzo, contento de volver al campo tras pasar por una ciudad. Feliz de encontrarme con los campos de Castilla, puros y serenos.
El tiempo ha cambiado. Está semi nublado y parece que va a más. No puedo evitar una sonrisa. Ahora que llevo sólo pantalón corto es capaz de ponerse la cosa fea. Si es que no acierto nunca.
Las uñas cada día están más negras. Hace días que no hablo de ellas, pero a mejor no van. Bueno, según como se entienda. El cuerpo tiende a establecer el equilibrio y las que han sufrido el roce de la bota han, digamos, enfermado. Así que se las está quitando de encima. Las perderé y supongo que saldrán otras. Si va a doler o no, no lo sé. El tiempo dirá. Pero el cuerpo está actuando bien y con serenidad. Es un tipo competente.
Al llegar a Tardajos me voy al bar en donde he quedado en reunirme con mis compañeros. Dormiremos en Hontanas y hemos de comprar aquí para cenar esta noche. Hemos de organizarnos y repartir el peso de lo que compremos entre todos.
Pasamos antes por la panadería y la empleada, guapa y traviesa, coquetea con nosotros. Le seguimos el juego, le damos cuerda y pasamos un buen rato. El Camino nos llama y salimos a él no antes de ir al colmado para avituallarnos.
Sergio nos ha avisado que llegará en coche desde San Sebastián para hacer un par de etapas con nosotros. Va a ser una alegría volver a verlo, aunque no somos los mismos que salimos. Txemari ha vuelto a la realidad y Lukas está con sus paisanos. Se ha perdido parte de la magia que creamos el año pasado. No se debe intentar repetir una realidad porque nunca será igual.
El campo está precioso. Camino de nuevo solo, a mi ritmo. Recuerdo la etapa del año pasado y voy disfrutándola. Observo la naturaleza en este principio de primavera. Todo está a punto para el milagro de la vida. Los campos grises se colmarán de mieses, cambiarán los colores.
Perdido en mis pensamientos, en la admiración de la belleza del mundo hasta en este campo minimalista, me sorprende el movimiento de un bulto allá en la orilla del camino por donde he de pasar. Saco el bastón telescópico, lo armo y me preparo para lo peor, pues no acabo de entender de qué se trata lo que se mueve. Pero ese algo es grande y voluminoso y se mueve espasmódicamente. Me acerco con precaución, pero sin bajar el ritmo, hacia este nuevo misterio del Camino, preparado para la defensa y listo para la huida, que no sé de qué animal se trata. La verdad es que voy un poco asustado. Según me acerco, voy viendo las formas y cuando comprendo lo que es no me lo puedo creer, que no son sino una pareja de peregrinos haciendo el amor en la mismísima vera del camino. Paso a su lado y les saludo ¿Qué otra cosa se puede hacer en una circunstancia así? Y lo mejor es que me contestan con un buenas tardes que hace que me cueste verdadero esfuerzo mantener las carcajadas que finalmente suelto en cuanto me alejo un poco. Oculto por la colina, lloro de risa. Quizá como nunca lo he hecho.
Llego a la vista de Hornillos del Camino con lágrimas en los ojos. Todavía conservo en la retina la imagen y en la conciencia lo ridículo de la situación. Me siento al sol frente a la fuente, descanso un rato. Si me lo cuentan, no me lo creo ¿A quién se lo explico si nadie me va a creer?
Sigo al rato. Me da vergüenza que me alcance la parejita. Acelero hasta Arroyo de San Bol. Allí me desvío y me acerco al refugio. Está abierto y me doy el gusto de tomar un café, que ha sido un día muy emocionante. Se lo cuento al hospitalero y lloramos de risa, no podemos parar.
Para morirse.
Cuando llego a Hontanas estoy fresco y descansado. Sigo con la sonrisa en los labios, que no es para menos. Soy el primero. Me instalo y guardo un sitio para Sergio que quizá llegue tarde. Que hoy había mucha gente por el Camino, aunque no sé cuántos se quedarán aquí.
Al rato llegan a quienes sorprendí en faena. El hombre me guiña el ojo y he de hacer esfuerzos para que no se me escape la risa. Se me acerca y le pregunto cómo se les ha ocurrido semejante barbaridad. Me responde que le ha dado un apretón allí mismo. Me voy a las duchas a relajarme, porque cada vez es más cómico.
Hoy la gastronomía depende de nosotros. Me estoy riendo mientras escribo estas líneas, porque por un error tipográfico he puesto castonómico en vez de lo correcto cuando iba a hablar del menú. Y de verdad que esta es una ruta de castidad, aunque algunos hoy se han permitido algún recreo. Todavía me da la risa cuando lo recuerdo.
Van llegando todos y vamos organizando la despensa. Preparamos la cena y cuando está lista, llega Sergio. Abrazos, puesta al día rápida y de cabeza a por los spaghetti con atún y tomate. La sobremesa se desarrolla amable hasta que la pareja que he sorprendido esta tarde, se retira. Les cuento a los demás lo sucedido y se oyen las carcajadas más allá del estrecho. Me refiero al de Magallanes, porque no podemos parar de la risa.
Cuando nos calmamos, subimos a las literas e intentamos dormir. Aún se oye alguna risa aislada en el silencio de la noche. Alguno que recuerda la escena que les he contado y no puede evitar reír, se le escapa. No es para menos.
Qué mundo este.

25.03.00. Hontanas-Frómista
Nos tomamos un café de máquina y cargamos las mochilas de todos en el coche de Sergio. Me voy con él y en un momento las llevamos a Frómista. Aparcamos bien el coche, las dejamos a guardar en un bar en el que aprovechamos para desayunar y nos cogemos un taxi para volver de nuevo a Hontanas y hacer la etapa. No puedo evitar recordar a Txemari, cómo disfrutaría con esta trampa.
El tiempo sigue empeorando, cada vez hace más frío. Una ligera nube cubre el cielo de Castilla y la temperatura sigue bajando. Pero yo sigo encantado con la compra de mis pantalones cortos. Voy en la gloria, fresquito.
He llegado a la conclusión de que soy un peregrino de pata negra. No lo digo por haber hecho ahora ya casi dos Caminos, ni por llevar las piernas al aire cuando todos ya se las han protegido con los pantalones largos, no. Sino por el color que van tomando mis uñas. Entre lo sucio que voy a estas alturas y el color de mis aquellas, parezco un cerdo ibérico. Bueno, de la península si soy. El resto, el saber a qué especie animal pertenezco, está por decidir. Pero más de uno que no me conozca bien, a tenor de mi apariencia, votaría por porcino. Aunque ande escaso de mantecas.
Disfruto de esta etapa. Sobre todo al principio, por la carretera comarcal hasta Castrojeriz. Es ésta una parte en la que disfruto mucho y más en la compañía de Sergio. Además, pasear sin mochilas es un lujo. A estas alturas ya estamos muy en forma y si te quitan la sobrecarga, vuelas.
Pero como dicen los pilotos, para un buen aterrizaje es fundamental una buena aproximación. Así que hacemos una paradita, una escala técnica, en la Taberna, para repostar queroseno. Que los aviones pequeños, los despegues los hacen al máximo de revoluciones. Porque el desayuno ya ha bajado y un cafelito alegra el cuerpo para la subida de Mostelares, en la que seguro que vamos a sudar
A la parejita que ayer sorprendí en plena faena no la hemos vuelto a ver. Quizá andan avergonzados o tan solo buscan un poco más de intimidad. Rosa y Christian ya nos han hecho participes a todos de su relación. El Camino une y desune y a estos dos los ha dejado bien contentos y apañados, que caminan de la mano, los ojos llenos de luz y una amplia sonrisa.
En el alto, al que hemos llegado casi en grupo, quedamos en la Fuente del Piojo y que cada uno vaya a su aire. El valle está precioso y es un placer caminar por aquí en compañía de un buen amigo, que hacemos Sergio y yo la etapa juntos. Hay mucho de lo que hablar, que han pasado unas dos semanas desde que se fue de Larrasoaña para reintegrarse al trabajo. Le pongo al día de los avatares e incidencias, anécdotas e historias, de aquellos que perdimos y de los que hemos encontrado. De cómo la relación con Lukas ha cambiado, de la invasión de alemanes que casi hacen que me sienta extranjero en mi país. De cómo este Camino no tiene nada que ver con el del año pasado y de cómo quizá es aún más interesante.
Porque a pesar de todo, todo siga siendo maravilloso, perfecto.
Comentamos, discutimos y dialogamos sobre el equilibrio del mundo, de la naturaleza, de la relación entre los seres humanos. De cómo siempre existe equilibrio a pesar de los continuos ajustes que se producen, de cómo todo cambia permanentemente y el equilibrio permanece. Deberíamos valorar más la Tercera ley de Benito, aquella que dice:
Todo, siempre, permanece en equilibrio.
Que incluso el caos sigue normas estrictas. No vamos a ser los humanos capaces de desequilibrar lo que por naturaleza permanece estable que no inamovible. No está en nuestra mano, no es posible, porque a cada acción responderá una reacción que re-equilibrará el todo.
En Boadilla del Camino paramos un momento a admirar el rollo de justicia. A más de uno se me ocurre que habría que atar aquí en estos tiempos en los que muchos han perdido la ética y el norte, cuando no la vergüenza. Intentamos ver la iglesia, pero está cerrada y no encontramos quien nos dé razón de quien tiene la llave.
El caminar relajado, sin peso, no hace que te canses menos, que la mente es muy traidora y te engaña. Cuando llegamos a la vista del Canal de Castilla ya vamos muertos.
¿Por qué hoy no podemos más de cansancio y otros días vamos tan frescos a pesar de la distancia, mochila y cuestas?
¿Es falta de concentración por ir distraídamente andando?
Debería ser del revés, acabando agotado aquellos días que luchas contra los kilómetros y los fantasmas en la soledad de tus pasos. Pues no, no es así, o al menos hoy no lo es, que llegamos a las esclusas derrotados, suspirando por un buen descanso, en un lugar agradable y calentito.
Como el refugio de Hontanas sigue siendo el peor del Camino, decidimos que nos vamos a una pensión. Al menos disfrutaremos de cama y calor. O al menos lo intentaremos, no nos vamos a quedar como el año pasado, anonadados por el shock, sin capacidad de reacción.
Recogemos las mochilas en el bar, nos tomamos un té caliente para templar el frío que fuera hace y preguntamos por algún lugar sencillo y limpio en el que pasar la noche. Nos mandan a una pensión, casi junto a la iglesia de San Martín, de gente amable y decoración kitch.
Cenamos allí mismo, muertos de la risa, que una buena ducha y un café hacen milagros. En el transcurso de la misma conocemos a un par de señoras holandesas de buen ver, que a pesar de tener cada una cinco hijos y marido, se han escapado a hacer el Camino. Tienen una maravillosa cara de felicidad por haber recuperado la libertad, Que tal como nos cuentan, adoran a sus maridos e hijos, pero que están pasándolo genial en esta escapada de más de un mes.
Como muchos antes, dicen que el Camino es maravilloso.

26.03.00.Frómista-Carrión de los Condes
Cuando amanece ya estamos por la ducha. La etapa es breve pero no somos de quedarnos en la cama cuando se puede vivir, ver, aprender, disfrutar.
Pero entre que nos organizamos, pagamos y desayunamos nos han dado las tantas. Aprovechamos Sergio y yo que están a punto de abrir la iglesia de San Martín para tomarnos otro café (yo lo acompaño de un croissant) y dar tiempo a que se permitan las visitas. Hay cosas, placeres, que bien merecen dejar que pase el tiempo hasta poder disfrutarlas.
Podríamos filosofar sobre lo que acabo de decir, según como se me interprete, pero es quizá muy de mañana para perderse en los vericuetos de la lengua cuando no de la mística. o la estética. Así que antes de que el camarero nos ofrezca el último croissant, que yace no sé si viudo o huérfano en la fuente, pagamos, salimos y entramos. No se me malinterprete, dejamos el bar y pasamos a ver San Martín.
No me atrevo a hablar de esta iglesia porque podría llenar cien páginas y me quedaría corto. Que es mucha la belleza que posee para solaz de los turistas, peregrinos, estudiosos y demás visitantes interesados en el arte y la historia.
Perdido en mi admiración, oigo una música casi celestial que me envuelve. Aunque doy por supuesto que un milagro no va a ser dado los años que corren y mi comportar pecador, me sorprende y atrapa en su belleza. Cuando vuelvo en mí, que el fenómeno es breve, veo a un peregrino con cara de monje bonachón haciendo entonaciones desde diferentes puntos del edificio. En alguno se entretiene y se extiende en sus cantos. Maravillosos los efectos que una sola voz consigue de este edificio que guarda más secretos de los que alguien normal como yo puede apreciar y valorar.
Fuera ya, nos confirmará nuestro cantante que es otro peregrino más en el Camino hacia Santiago, en busca del perdón de sus pecados y comprensión de la vida, del disfrute del existir en un tiempo que ya fue.
Vamos, que no hemos empezado a caminar y ya llevamos dos desayunos, una disertación filosófica y la apreciación de un milagro de las artes reunidas en la arquitectura con la música, de un nuevo amigo y de la confesión de su secreto.
Va a ser un día largo. Intenso.
No sabría decir si hace más frío en el campo cuando ya salimos de la ciudad o en el interior de San Martín. No creo que en ninguno de los dos lugares la temperatura sea muy superior a los cero grados y la mañana ya va entradita. Pero si bien es verdad que vamos abrigados y con el caminar no sentimos el cuchillo de este aire seco y duro, mis piernas descubiertas ventilan el exceso de calor que los benditos croissants han aportado. De verdad, creo que ya lo he dicho en alguna parte, nunca tengo frío en mis extremidades y si voy con pantalón largo en la vida diaria es más por el respeto al notario que quizá he de visitar que por protección de mi cuerpo.
Sergio camina a mi lado, sin mochila y hoy en silencio. Ha dejado el coche en Frómista y cuando llegue a Carrión cogerá un taxi o bus que lo traiga de vuelta a por él. Y a casa, que se ha acabado el breve tiempo que ha podido venirse a hacer unos kilómetros por Castilla.
El andadero es apacible aunque algo aburrido. No tiene el encanto de los senderos de Navarra ni la fuerza de la Vía Aquitania, espacio a recorrer mañana. Es una recta, paralela a la carretera, hoy vacía por ser fin de semana, que uno camina sin esfuerzo, sin tampoco un goce especial salvo el de ser libre en el Camino, del placer del aire frío en las mejillas, lagrimas de paz.
En Villalcazar de Sirga paramos a tomar algo. Las tripas hacen ruido, las mías al menos, que son las que oigo, siento y escucho. Una tortilla de patatas con un refresco para recuperar la poca energía consumida en este paseo hasta aquí. Intentamos ver la iglesia, hoy domingo, y no puede ser, está cerrada. El párroco está ingresado en el hospital en el postoperatorio de una dolencia y aquí nadie tiene llave. Así que a conformarse con verla por fuera, admirar su fortaleza, su historia, lo que fue. Y aceptar que no somos nada en la naturaleza cuando el terremoto de Lisboa, tan distante, afectó una mole tan poderosa y equilibrada.
De aquí a Carrión es un dejarse llevar. Cuesta abajo y sobrados de tiempo, nos entretenemos con los paseantes que encontramos, dándoles conversación si la desean.
Nada más llegar, antes de acercarnos al refugio, Sergio se despide y se vuelve a Frómista y a San Sebastián después. Posiblemente ya no vuelva al Camino este año, pues cada vez hay más kilómetros de distancia desde su despacho hasta donde nosotros nos encontramos. Lo voy a echar a faltar, es un amigo entrañable. Pero en esta vida hay que aprender que todo es breve y pasajero salvo el fin, que hay que disfrutar de aquello que nos ha sido concedido y con lo que nos encontramos en ciertos momentos. Y sin llegar a la nostalgia, recordar los buenos momentos con alegría.
Me acerco al refugio en donde la hospitalera, hermana del párroco, me recuerda del año pasado. Al fin una mujer no me ha olvidado, aunque con todos mis respetos ésta es como un sargento. Dice que me hace responsable de todo, por ser los demás peregrinos extranjeros y más jóvenes que yo. Le respondo amablemente que yo no soy responsable de nada ni nadie salvo de mí y mis actos, que lo siento pero que no acepto tamaña empresa. Se me pone en jarras y me suelta una filípica, que lamento decirlo pero me entra por un oído y me sale por el otro. Diplomáticamente aguanto el sermón y cuando termina le repito que conmigo no cuente para fiscalizar al resto de peregrinos. Ante sus gritos opto por retirarme a mis cuarteles de campo, es decir, salgo y me voy a visitar el Museo de las Madres Clarisas y un par de iglesias de este interesante lugar.
Ceno, me encuentro con el monje cantarín de San Martín, hablamos, reímos y corremos de vuelta al refugio antes de que nuestro sargento de guardia nos cierre la puerta y nos cree más problemas.
Cuando voy a dejar los trastos en el apartado fuera del dormitorio, en el que me he colocado para no molestar a los demás con mis ronquidos, me encuentro un chorizo colgado de la litera de encima, justo encima de donde debería estar mi nariz. Ya sé quienes han sido los que han cometido semejante travesura, que no otros que Rosa y Christian, a los que esta tarde les he dicho que si tomo una rodaja más de chorizo, me da el escorbuto galopante. Bajo a la cocina con el arma asesina en mi mano y allí me los encuentro, en donde nos morimos de la risa. Christian saca una botella de vino de no sé donde, saco yo una navaja suiza y con un poco de pan, nos comemos la prueba del delito, con lo que ya no puedo presentar una denuncia ante ningún juzgado.
Mientras reímos, comemos y le damos chupitos a la botella, se abre repentinamente la puerta de la cocina y con un grito desgarrador nos aparece la hospitalera. No morimos del susto gracias al vinito que ya hemos bebido. Nos cae otra bronca descomunal por estar a estas horas, las 22.15h, levantados y armando alboroto. Nos sentimos culpables de algo absolutamente inocente hasta que consigo reaccionar y le digo sosegadamente que ni es tarde, ni estamos haciendo ruido ni estamos haciendo nada malo. Que haga el favor de irse a descansar y dejarnos a nosotros hacer lo propio. Entre mil gritos se va mientras que nosotros optamos por irnos al saco para evitar más problemas, que bastantes ha creado esta señora de la nada. Creía que ya no quedaban ejemplares de estos en el mundo. Una reliquia.

Segunda Parte

 

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