
27.03.00. Carrión de los Condes-Terradillos de los templarios
No han dado las 6 de la mañana y ya estoy recogiendo el saco en
la soledad de mi rincón. Sé que va a haber problemas cuando
la hospitalera se presente, seguramente muy de mañana, a sacar a
todo el mundo de sus sueños. Sé que los va a haber porque
Christian y Rosa duermen uniendo sus sacos y un par de literas. Y ella
eso no lo va a comprender ni lo va a aceptar. Y yo no soy responsable de
los que otros, en su madurez hagan si no molestan a los demás, si
respetan su libertad y sus derechos. Que no soy quien para imponer mi ley,
si algo no me parece correcto. Cada uno, su vida. Y todos en armonía.
Abro el bar de la parada de autobuses. Entro detrás del encargado
que lleva los croissants y espero a que se caliente la máquina de
café. Que una señora que tenga un comportar histérico
no me va a mí a privar de desayunar para enfrentarme con alegría
a la Vía Aquitania, 18 kilómetros de recta infinita que transcurren
por la nada
Amanece a la altura de San Zoilo y cuando llego a la famosa recta, el viento
me azota con una llovizna casi de aguanieve. Me gustan estas pruebas. Me
siento como Miguel Strogoff luchando contra adversidades que sé
que puedo vencer y dominar con facilidad. Bueno, con bastante facilidad.
Paro un momento a colocarme nuevas protecciones de algodón en mis
uñas negras. Que no las he podido cambiar con las prisas por evitar
otro problema, del que hubiera sido muy difícil salir sin decir
cuatro verdades sin crear una crisis.
Cuando me pongo en marcha de nuevo, siento el frío hasta en los
recuerdos. Oyendo mis pasos, meditando acompañado por el sonido
de mis botas al caminar, pongo altas las revoluciones para entrar en calor
y avanzo por este sin ser del paisaje.
Disfruto. Gozo de la soledad absoluta en un paisaje tan minimalista en
el que solo hay línea del horizonte, que el resto hoy es gris, cielo
y tierra. Dejo que el viento y la lluvia me acompañen en este vagar.
Medito sobre el ayer y el mañana, sobre el hoy que cual línea
recta que avanza por los campos, deja atrás el ahora. Me pierdo
en mí y quizá encuentro una parte de mi esencia.
Son muchos los kilómetros en este estado, muchas las horas, no menos
de tres, que lleva recorrer esta distancia. Muchas las ideas, sentimientos,
recuerdos, sueños, demonios y deseos que pasan por mi mente. Mucha
disciplina, mucha voluntad. Mucho camino, mucho.
Mucho vivir.
Cuando llego a Calzadilla de la Cueza vuelvo a la realidad. Me sorprende
cómo el cuerpo actúa perfecto, andando, respirando, tomando
la dirección correcta, dando los pasos adecuados, sin recibir ordenes
concretas por estar mi mente en otro lugar, en otro mundo o estado. Y cómo,
al llegar a la meta, la conciencia vuelve y recupera la voluntad del cuerpo
que abandonó.
Y cómo mi estómago, que no mi mente, me recuerda la maravillosa
tortilla de patatas que aquí sirven, probablemente la mejor del
mundo. O es que a la meditación, a la perdida de uno en sí
mismo le va bien la tortilla española. Pues no lo sé. Que
habría que habérselo preguntado a los místicos del
Siglo de Oro, que no dejaron nada escrito al respecto. Una lástima.
Pasado lo más interesante de la etapa, considero el resto un mero
paseo. Me dejaré ir hasta Terradillo de los Templarios, que allí
estaré tranquilo y la etapa tendrá una medida adecuada a
mi físico. Probablemente llegue alguien a dormir allí, alguien
que me cuente la que se ha liado esta mañana cuando la hermana del
párroco haya ido a sacar a todos del saco. Que seguro que ha habido
tomate.
Sigue el frío y el viento, aunque ya apenas llueve. Estas etapas
son las bonitas, las que te desarrollan hacia el final. Que el Camino hasta
Burgos es puro disfrute y tranquilo entrenamiento físico. Castilla
te da la tercera dimensión, que hasta ahora caminábamos en
un plano. Así es como lo entiendo, que en mi pequeña experiencia
del año pasado pude comprobar. Una parte para el físico,
otra para la mente y una tercera para el espíritu, las tres para
un mismo individuo.
Suena como del Señor de los anillos. Pero así es como lo
siento. Que salimos con una dimensión y terminamos con cuatro. Y
no le demos más vueltas a la verdad del Camino o nos liaremos.
Cuando llego a Terradillo de los Templarios, he de buscar a la hospitalera,
que el refugio está cerrado. Esperando a que me abra me hielo. Cuando
viene me encuentra hecho un polo de lágrimas y mocos, tieso en el
quicio de la puerta. Me invita a entrar, me da una manta, un brandy y me
enciende la estufa.
Cuando me recupero me dice que ahora que me he deshelado me recuerda del
año pasado (la segunda mujer que lo hace, algo está cambiando)
Y recuerda el mal ambiente que aquí se creó. Me pregunta
como acabó todo y entre tiritonas le respondo lo mejor que puedo,
que la sangre no llegó al río, que simplemente la distancia
puso fin a un mal momento.
Con la estufa y un libro, en amable conversación en ocasiones con
la hospitalera, paso la tarde. Tranquila, agradable, relajada. En paz conmigo
y mis demonios, hoy un poco más arrinconados, allá en mis
tinieblas.
Llega Lukas a última hora, que ya está anocheciendo. Me dice
entre risas que la hospitalera de Carrión me está buscando,
que ha liado una enorme cuando ha encontrado a Rosa y Christian juntos.
Que allí siguen, discutiendo, gritando y buscándome, que
yo era el responsable. Entre sonrisas recordamos a las víctimas
del día. Deben estar agotadas y llorando de la risa en cualquier
lugar tranquilo de esta hermosa y fría Castilla, en donde los cielos,
aunque no se vean porque las nubes te los ocultan, rozan tus sueños,
tus alegrías.
28.03.00. Terradillo de los Templarios-El Burgo Ranero
He dormido a gusto, que caliente entre sábanas y mantas se descansa
mucho y bien. Que ha debido de hacer un frío inaudito, tremendo.
No me atrevo a mirar por la ventana, seguro que está todo helado
y si no lobos, seguro que sí habrá esquimales.
Exageraciones aparte, hace mucho frío. Las paredes están
heladas, los cristales se empañan en cuanto te acercas. Cuando termino
el café me armo de valor y con todo el armario puesto, me despido
de la hospitalera. Me pregunta que a dónde voy con pantalón
corto con la helada que está cayendo. Le digo que al Burgo Ranero,
que no sufra por mí, que de esta salgo.
Y en efecto, cojo la puerta y salgo. Y el frío me entra por donde
puede hasta el alma. Si no encuentro hielo, en cuanto me ponga en marcha,
reacciono. Pero aprendo la lección, Castilla es fría en primavera,
muy fría si tienes la suerte de encontrar cielos despejados y una
brisa que degüella. Vamos a ver quién puede más, si
esta mínima temperatura o yo.
Lukas viene como mi sombra, tras de mí. No abre la boca. Quizá
piensa, o quizá protege su garganta, que hablar y coger un mal enfriamiento
es todo una. Así, juntos hasta Sahagún en un caminar alegre
por un camino fácil, demasiado fácil ya para quienes venimos
de tan lejos.
Paramos al llegar al centro a tomar algo caliente que alegre nuestros estómagos.
Cuando encontramos un bar y entramos, ya está nevando. Unos parroquianos
que nos toman por extranjeros se apiadan de nosotros. Entre ellos y pensando
que no les entendemos comentan el frío que debemos estar pasando.
Me miran las piernas, morenas ya y se aterran. Si ellos supieran. Es la
única parte de mi cuerpo que no tengo aterida.
Cuesta volver a la estepa en que se ha convertido esta tierra con la nevada.
Aquí quisiera yo ver al correo del Zar, que él iba a caballo
y nosotros en el de San Fernando, unas veces a pie y otras andando.
La verdad es que el Camino te cura de espantos. Quién me iba a mí
a decir que iba a estar perdido por esta tierra de campos, pegándome
unos hartones de andar en medio de nevadas y sin embargo feliz. Que no
está la felicidad en la comodidad sino en la alegría de vivir.
Y señores, esto es vida. Quien no la conoce, no la puede valorar.
Llegamos pronto al Burgo Ranero, a comer. Es esta una etapa fácil
que bien dosificada se hace en un santiamén. Un día de silencio
aunque sea compartido. Pedimos una sopa castellana, que es lo que nos pide
el cuerpo y esperamos al calor del hogar que abran el refugio.
Instalados, duchados y curados de las magulladuras que los pies sufren,
nos sentamos al sol, en silencio, en paz. Se acerca un abuelete y nos pregunta
de dónde somos. Nos saca una agenda arrugada y sudada, la abre por
un pequeño mapamundi y nos pregunta. Nos pide que le señalemos
de qué parte somos y que si allí de donde somos no está
marcado, la rayemos. El hombre, que tiene ya casi toda Europa marcada,
grandes áreas de la América hispana, partes de Asía
y Oceanía, nos sonríe con una satisfacción infantil
y maravillosa. Dado que con nosotros viene Tore y no se va a entender con
él, le marco Noruega que la tiene en blanco y le digo que es de
allí. Una pequeña licencia no hace mal a nadie e ilumina
a este buen hombre. La alegría que le damos nadie la imagina si
no ve sus ojos de ilusión. Como un niño por Reyes.
Hacemos un fuego en la chimenea del refugio en el que nos reunimos a hablar
y reír, a escuchar y pensar, a leer y a escribir, mientras llega
la hora de la cena y con ella rematar otro maravilloso día. Otro
más a cerrar con la cremallera del saco, perdidos en el descanso.
29.03.00. El Burgo Ranero-León
Amanece con un sol extraordinario. Pero a ?5ºC, que nadie se llame
a engaño. Cuesta salir del saco, que tan caliente se está.
Pero la vida, el Camino, está ahí afuera, esperando, llamándonos.
El desayuno nos templa. Las gentes del campo que en el bar están,
me miran las piernas y me sonríen. No me están tirando los
tejos, no. Están llamándome loco, como muchos otros antes.
Pues la verdad, yo voy encantado.
El campo está blanco, da miedo mirarlo. Que son más las veces
que nos coge el frío psíquico que el metereológico.
La escarcha ha dejado su huella y le va a llevar rato al sol sacar adelante
los colores naturales. Todo llegará.
Veo una cigüeña en una charca buscando el desayuno, supongo.
Si ella aguanta el agua helada por qué no voy a soportar yo el llevar
las piernas al aire. Tiene ella las patas rojas, las mías van blancas.
No lo puedo evitar, me muero de la risa cuando pienso estas estupideces.
La llegada a Mansilla de las Mulas la celebramos con una comida de menú
grasiento. Se agradece un momento de reposo, un poco de calor, darse un
lujo mínimo pero sustancioso. Nos va a costar levantar el cuerpo
con esta comida tan indigesta. Pero algo que he aprendido del Camino es
que las cosas te matan o las liquidas tú. Este menú que en
la ciudad me hubiera dejado inútil para toda la tarde, tan solo
me molesta hoy en el momento de tomar la decisión de levantarme
de la mesa.
Nos vamos reuniendo peregrinos según nos acercamos a León:
Rosa, que dejó a Christian en Carrión, había de volver
a Alemania, tras la bronca con la hospitalera. Ella seguirá mientras
el cuerpo le aguante.
Tore, personaje extraño entre los raros. Aparece y desaparece cuando
uno no lo espera. Es así, va y viene. Pero siempre amable. Dice
que de León se va casi hasta Santiago en bus o tren, que no le queda
ya tiempo para terminar completo el Camino. Ha de hacer una trampa y bien
que le duele.
Lukas, que sigue camino. Aunque no sea la relación como la del año
pasado, seguimos siendo amigos entrañables. Llegaremos por segunda
vez a Compostela. Seguro.
Al llegar a Valdelafuente les propongo una trampa a la que enseguida se
adhieren todos. Dado que lo que falta no es más que un sinfín
de autovías y arcenes, sugiero tomar un café y esperar un
bus que nos lleve directos a León. En la misma Estación Central
de autobuses podemos recolocar a Tore en uno que le acerque a Santiago
y nosotros nos vamos a buscar una pensión para quedarnos un día
de descanso en León y disfrutar de la alegría y del arte
de esta maravillosa ciudad.
Tomamos el café y cogemos el bus. Al llegar a León colocamos
a Tore en otro que se lo lleva a Pontevedra. Y chino chano, nos vamos al
centro a buscar un lugar barato en el que dormir.
Tras dar dos o tres vueltas encontramos una pensión muy céntrica.
Nos instalamos y nos vamos a tomar un chocolate con churros para recuperar
energías, hacer risas y matar el tiempo hasta la hora de la cena.
Llegada esta nos vamos a cenar al barrio húmedo. Buscamos el restaurante
en el que quedamos tan satisfechos el año pasado y repetimos.
Tras una abundante y exquisita cena, nos damos un paseo por la ciudad bien
abrigados. Tomamos un café y cuando todavía es muy temprano,
estamos en nuestros cuartos, roncando unos, soñando otros.
30.03.00. León - León
Los días de fiesta son para descansar. Pero los hábitos del
Camino son difíciles de cambiar. Así que ya muy temprano
estoy desayunando en la cafetería en donde ayer merendamos. Me doy
el gusto de pedir un café con leche de los grandes y doble ración
de churros que tomo tranquilamente, disfrutando del tiempo de que dispongo.
Al salir compro el periódico y lo leo mientras me tomo otro café.
El mundo sigue igual de violento y egoísta, nada ha cambiado en
estos días en los que gracias al Camino he salido de aquél.
Da mucha tristeza encontrarse con las mismas tragedias tras haber vivido
ajeno a ellas durante dos semanas.
Parece ser que el centro de gravedad del ser humano está en el ombligo.
Bueno, esto es muy general, porque para aquellos que son paticortos o culibajos
hay que suponerlo algo más alto, naturalmente. Pues yo lo que creo
que tengo en ese punto, en el mismísimo ombligo, es el centro de
inversión térmica, porque nunca tengo frío en las
piernas mientras que cada vez soy más friolero en pecho y brazos.
Lo digo porque sigue el frío, pero yendo abrigado voy contento.
Y las piernas al aire y tan felices
Me acerco a San Isidoro y visito el panteón. Puedes perder mil horas
sentado en una de sus tumbas admirando la maravilla que dejaron los pintores
de frescos medievales. Cada pintura es inacabable en belleza y símbolos.
Muchas son, pero no sería capaz de elegir una entre ellas, todas
me parecen extraordinarias.
Salgo al sol y visito la Catedral, arquitectura de la luz. Se me va el
resto de la mañana en ella. Hay demasiado para ver, para admirar,
para resolverlo en una visita de médico, de turista de grupo debería
decir.
Me reúno con mis amigos y nos vamos a comer un menú barato
y rico. Se nos van las horas hablando y disfrutando de que no hemos de
caminar, de llegar a ninguna parte.
Rosa tiene una lesión en el pie. La bota le roza y le hace daño.
Y a la larga se le ha producido una tendinitis por no andar como debe.
Finalmente decide ir a comprarse unas botas nuevas que no le molesten.
Pasamos por todas las tiendas de deporte de la ciudad y terminamos en unos
grandes almacenes, en el departamento de montaña. Allí se
prueba casi todas las botas que hay y finalmente elige unas en las que
se siente a gusto y camina bien. Pero el calzado nuevo es muy peligroso
en el Camino, hay que educarlo y así se lo hacemos saber. Caminará
poco a poco, dejando descansar la tendinitis dos o tres días. Aquí
perdemos a la única chica que teníamos en la compañía
peregrina.
Terminamos la tarde en San Marcos, tomando tranquilamente un té
después de haber visitado todo el arte que en León hay, al
menos del que tenemos noticia. De vuelta hacia la pensión hacemos
un desvío estratégico para cenar. Probamos otro restaurante,
para no repetirnos tanto. Y lo lamentamos, que el de siempre era mejor
y más barato. La curiosidad mató al gato, dicen.
Mientras tomamos un café, planificamos el día de mañana.
Rosa se queda, para recuperarse de la tendinitis. Lukas y yo seguimos,
hacia Villar de Mazarife, en donde en principio dormiremos.
Mi familia me llama para preocuparse cómo voy y en dónde
paro. Les cuento y les tranquilizo. Les digo que si no me comen los lobos,
regresaré. Me dicen que no diga tonterías, que ha dicho el
hombre del tiempo que está haciendo una primavera muy fría
y que los lobos están bajando al valle. Que ande con cuidado. Y
me cae una bronca de las de verdad, de las de cuando era niño. Trato
de calmarlos y les prometo seriedad. Que vuelvo seguro. No les digo que
voy con las piernas al aire, tentando a los hambrientas fieras que por
la nieve corren, porque me matan, seguro.
La cama, con sabanas, mantas y almohada nos espera. Es una alegría
poder disfrutarla, aunque hoy ni nos la hemos ganado ni estamos cansados.
Pero la rutina, el horario peregrino, nos deja dormidos cuando las gentes
de la ciudad están todavía disfrutando de sus amigos.
31.03.00. León-Villar de Mazarife
Me levanto con la ilusión de volver a caminar, de recorrer nuevos
espacios, de ver otros horizontes. Me gusta avanzar en este circuito hacia
el abrazo al Santo. Por la progresión en si misma y por encontrarme
con Él otra vez.
Trato de desayunar churros de nuevo, pero es demasiado temprano. Me conformo
con un par de tostadas con mantequilla y un buen café con leche.
Con éste, creo que llegaré hasta la Virgen del Camino con
buen paso y alegría.
La salida de la ciudad es el tributo que hemos de pagar por disfrutar de
un tiempo en una ciudad maravillosa. El extrarradio, los suburbios y la
zona industrial de las urbes son las peores zonas para un caminante, ávido
de los placeres del campo y del monte.
Paro a tomarme una tortilla de patatas al llegar a la Virgen. Allí
me encuentro con Lukas. Hemos salido a diferentes horas, caminado a diferentes
velocidades, pero sin embargo, acabamos coincidiendo. Es el Camino, tiene
sus ritmos, sus puntos, sus encuentros. No hay que forzarlo, él
va marcando los tempos.
Salimos cada uno a nuestro aire. Sabemos que salvo que hagamos algo raro,
vamos a volver a coincidir en Chozas de Abajo. Ya ni quedamos, pero podría
apostar una fortuna a que allí, tarde o temprano, acabamos.
Como hace sol, el sendero es agradable y apenas hace aire, paro un momento
a mitad de etapa, pasado ya Oncina de la Valdoncina, a dibujar un rato
en mi cuaderno. Miro a un lado, miro al otro y me quedo con el lápiz
en la mano y sin ideas. No hay nada, en esta tierra no hay árboles,
montañas, rocas, elementos a destacar. Es suave, mínima,
preciosa. Acabo dibujando el horizonte y cuatro nubes que me imagino en
este cielo perfecto.
Unas hormigas me deciden a seguir. Han conseguido subirse a mi pierna y
me cosquillean por ella. Las echo lo mejor que puedo, sin herirlas y sigo
antes de que me invadan. La parada ha durado lo suficiente como para integrarme
en esta paz campestre sin ruidos.
Casi sin darme cuenta, con mi cabeza en las nubes y mi corazón en
el horizonte, llego a Chozas. Me acerco al local social en el que por poco
nos envenenan el año pasado y entro. Allí está Lukas,
tranquilo, leyendo su guía. Me acerco, le pregunto si quiere una
limonada como la que tomamos el año pasado y nos morimos de la risa.
Prefiero tomar una cola inocente, que lo del año pasado fue demasiado.
Al rato estamos en el camino. Nos quedan unos cuatro kilómetros
hasta Villar de Mazarife en donde dormiremos hoy. Vamos en amena charla,
recordando las aventuras que vivimos por aquí el año pasado.
Echamos de menos a Txemari.
Nos instalamos en el refugio que ya amenaza ruina. Está lleno de
gatos que han hecho de él su hogar. Nos repartimos con ellos las
mantas y una vez organizados, con las linternas nos vamos a tomar una cerveza
por el pueblo.
A la hora de cenar nos bajamos al Mesón, en donde el pasado año
nos trataron tan bien. Cuando me ve la señora Rosi, me da un par
de besos. Dice que me recuerda. Algo está cambiando, señores,
que ya son tres las mujeres que no me han olvidado.
Nos sienta en una mesa y nos vuelve a sorprender con una cena que necesitamos
rematar con un chupito de orujo para digerirla. Nos hemos comido un cocido
enorme y riquísimo, con sus partes, es decir, garbanzos, patatas
y toda la carne que le da el remate asesino.
Subimos al refugio como podemos, que esta noche nos pesa más la
tripa que la mochila cada día. Vamos alumbrados por las linternas
y por el segundo chupito de orujo al que ha sido imposible negarse.
Llegamos con buen pie, nunca mejor dicho
01.04.00. Villar de Mazarife-Astorga
Ha sido una noche interesante, rodeados de gatos que buscaban calor en
un refugio semi en ruinas. Cuando me despierto al amanecer, recojo todo
y decido salir en busca del desayuno, a aprovechar el día y la vida.
Lukas sigue dormido cuando cierro sigilosamente la puerta. Ha debido de
tener una noche emocionante, pues al pasar por el cuarto en el que se había
instalado se le ve en un sueño pesado, y él duerme ligero.
Quizá ha tenido más gatos que yo, o menos paciencia.
No encuentro lugar abierto en todo el pueblo. Me resigno y comienzo a andar
en serio. Para abrir boca me enfrento a la recta de 10 kilómetros
que lleva a Villavante. Una línea que solo tiene un ligero giro
a la derecha de no más de 15º cuando te has merendado unos
cuatro. Y sigue derecho, contra el viento, que hoy sopla.
No hace frío. El tiempo ha templado algo o quizá ya estoy
curado de espantos, adaptado. Porque con un buen entrenamiento, todo es
posible. Por ejemplo, dicen que hay maestros en la India que entran en
un estado cataléptico al que llaman shamadi y permanecen bajo las
aguas de una piscina cuanto ellos quieren. Hay estudios científicos
realizados por universidades americanas sobre ello. Suena a chino mandarín,
pero si curioseas por internet, puedes leer mucha fantasía pero
también cosas muy interesantes.
Pero es que se me va la cabeza. O quizá la lengua, mejor dicho.
Que estaba hablando del frío al que ya me he adecuado, que camino
tan feliz en este gélido ambiente. Recuerdo aquellos días
en que llegué a Roncesvalles y haciendo calor, tenía fresco.
La verdad, el camino dicen que te ennoblece, pero además te hace
resistente a la naturaleza. Y si no, que nos miren.
Llego a Villavante y allí tampoco puedo desayunar. Las tripas me
van haciendo un ruido que asusta a las aves. Parezco un tractor de los
que veo laborando por los campos. La verdad es que no sé a dónde
ha ido a parar la cena de anoche. Y mira que llegamos a comer.
Sigo hasta Hospital de Orbigo. Allí, tras admirar el maravilloso
puente, lo cruzo y me meto en el primer bar que veo, que está allí
mismo, al otro lado. Cuando entro ya sé lo que voy a pedir, otra
tortilla de patatas, que la he visto con el rabillo del ojo. Y debo llevar
un millar. No, tantas no, pero si llevo 24 días fuera de casa, al
menos he comido unas 20. Y esta tiene buena pinta, aunque ninguna como
la de Calzadilla de la Cueza. Debía salir en la Guía Michelín.
Con mil estrellas.
Ya más tranquilo, me quedo disfrutando del café mientras
leo un rato. Mato un poco la mañana, esperando a ver si Lukas aparece
por el puente. Pero nada, hoy se ha dormido de verdad.
Tras un buen rato de sosiego me tiro al Camino de nuevo. Recuerdo esta
etapa como bonita, pasando por lugares maravillosos a partir de Santibañez
de Valdeiglesias. Y así es, no me engañan mis recuerdos.
Disfruto mucho de este caminar en soledad.
Más allá de la laguna estoy tentado de sentarme un rato a
dibujar aquellos extraordinarios paisajes mientras espero a que aparezca
la figura de Lukas por entre las encinas. Pero el frío que hace
me convence de que siga.
Antes de llegar al crucero de Santo Toribio paso por un corral de ovejas.
Me salen dos mastines talla XXL, los más grandes que he visto en
mi vida. Me enseñan los dientes, pero ya he pasado por la granja
y según avanzo se van calmando. Por si acaso voy con el bastón,
arrastrándolo con fuerza sobre la tierra para hacer ruido y que
entiendan que hace daño. Pero me siguen, a prudencial distancia
por si acaso, que tampoco ellos lo tienen muy claro. Pero reconozco que
he pasado porque estaban distraídos y me han visto cuando ya me
alejaba. Si no, me hubieran comido de intentarlo. Y con las piernas al
aire creo que no me iba a atrever.
Me siento un rato en el crucero. Desde aquí veo Astorga, pero todavía
queda un buen trozo y ya voy algo cansado. Llevo casi 30 kilómetros
y sé que más allá de los 25, lo noto. He de entrenar
más.
La bajadita al valle no me va a engañar. Recuerdo que Astorga está
en un alto y para llegar al refugio los últimos metros son un buen
repecho, como para descalabrar al mejor preparado. Pero no lo puedo evitar,
al llegar a ella fuerzo el ritmo y mientras sonrío llego arriba
empapado en sudor y con el pulso alterado.
Me instalo. Es temprano y no veo mucha mochila por las literas. Han llegado
pocos y los que hay no sé de donde han venido, porque llevo toda
la etapa completamente solo. Pero las apariciones y desapariciones son
el pan nuestro de cada día en el Camino.
Me voy a tomar un par de mantecadas y bien abrigado me pongo a dibujar
la fachada del ayuntamiento. Cuando lo termino y lo veo, sonrío,
que me ha quedado muy aparente, muy arquitectónico. En esto del
dibujo tengo días. Hay algunos que podría meterme a ladrón
en un país integrista musulmán, porque si me cortaran la
mano no se iba a perder nada. Pero hay otros en que no sé por qué,
hasta yo me sorprendo. Y son estos días los que hacen que siga pintando.
Porque para aburrir a todos e incluso a mí mismo, me podría
dedicar a una profesión menos emocionante.
Aparece ya muy tarde Lukas. Tras comentar lo vago que se sentía
hoy y tomarnos un vinito para hacer sangre que decían nuestras abuelas,
nos vamos a cenar. Nos cruzamos con un par de chicas jóvenes y bastante
atractivas, con cara de extranjeras. Una lleva el pelo con trenzas de colores.
Llevan escrito en la frente que son peregrinas Se les nota a mil leguas.
Nos sonreímos y seguimos camino al restaurante. A ver si se va a
repetir la historia del año pasado.
Tras la cena, al llegar al refugio que se ha medio llenado, entablamos
conversación con ellas. Una tiene el nombre más raro que
he podido llegar a oír, peor que el apellido de mi amigo Gastañazagogeaskoa,
alias Gas, claro. Dice que se llama Hjördis, de origen sueco aunque
ella es alemana. Me lo ha de escribir para memorizarlo. Y no puedo pronunciarlo.
La llamo como puedo y se muere de la risa con mi torpeza. La otra, Tina,
da la casualidad que nació el mismo día que yo, aunque bastantes
años después. Así está de guapa.
Mientras vamos hacia los sacos nos dicen que han hecho trampas, que en
Pamplona, como iban solas y aburridas, han cogido y se han venido a Astorga.
Así de fácil y rápido.
A media noche, cuando todos dormimos en el mejor de los sueños,
nos despierta un alarido y un ruido sordo. Una peregrina holandesa se ha
caído desde arriba de su litera metida en el saco y se ha dado un
golpe de muerte. La ayudamos como podemos pero hemos de llamar a una ambulancia
que se la lleva. Parece ser que se ha roto la clavícula y no sé
que otro hueso de un brazo. Sus compañeros recogen y se van a acompañarla.
Los demás tratamos de dormir sobrecogidos por el incidente.
02.04.00. Astorga-Rabanal del Camino
Al amanecer nos levantamos. Mientras hacemos cola para la ducha y aseo,
comentamos entre varios la tragedia de la pobre peregrina que ha visto
como todos sus sueños de llegar a pie a Santiago se esfumaban en
un vuelo corto y doloroso. No tenemos más noticias de ella ya que
sus compañeros no han vuelto, pero por lo que los enfermeros comentaron,
la pobre ha sufrido un duro accidente.
De camino hacia el desayuno, empieza a caer agua nieve. Me encuentro con
Hjördis y Tina que van en busca de un café y me las llevo a
un bar que ya conozco del año pasado y en el cual desayunamos muy
a gusto. Cuando hemos pagado, me despido de ellas, que van todavía
muy despacio, hasta esta tarde en Rabanal del Camino. Allí nos veremos
si no pasa algo extraño.
La etapa es fácil de verdad. Ningún repecho importante en
un paisaje agradable que varios pueblos jalonan. Es ir andando y dejar
que el tiempo marque el avance.
Cuando despeja y sale el sol sucede algo curioso. Aparecen escarabajos
voladores, no sabría decir a qué familia pertenecen, pero
son verde brillante. No es una plaga pero hay bastantes. Ello me permite
ver cómo vuelan, que parece que no pueden con la barriga, por no
decir con qué otra parte. Y lo mejor es cómo aterrizan, a
lo bestia, que se tiran. Caen como pueden, casi siempre patas arriba y
les lleva un rato enderezarse para dirigirse caminando a sus labores.
En este caso no es aplicable lo que los pilotos dicen:
Aterrizaje duro, aterrizaje seguro
Ayudo a algunos, que se van sin dar las gracias. No me sorprende, porque
con el golpe que llevan en los riñones y la vergüenza que debe
dar aterrizar así, es como para hacer un mutis por lo bajini.
Pero el Camino sigue, y este maravilloso entretenimiento se queda atrás.
Al llegar a Santa Catalina de Somoza paro un rato a descansar y a tomar
un café. Voy bien, pero hace frío, el agua nieve sigue y
parece que va a más.
Cuando descansado y reconfortado salgo del bar me encuentro con la nieve.
Cae mucha y está cuajando muy rápidamente. Si esto sigue
así, mañana será complicado pasar por la Cruz de Ferro,
el punto más alto del Camino en todo su recorrido.
Casi sin darme cuenta paso junto al roble del peregrino y en un momento
estoy en Rabanal. Un paseo me ha traído hasta aquí. Veinte
kilómetros ya no son nada a estas alturas.
Me meto en el mesón a comer algo mientras abren el refugio Gaucelmo.
Cuando me doy cuenta me estoy tomando una sopa de verduras que está
colosal. Me dejan la perola y repito tres veces. Sí, tres veces.
Y sigo con un bistec con patatas que está aún mejor que el
primer plato. Pero en este no hay opción a repetir. Una pena.
Una vez que he pagado me encamino hacia el refugio. Como es de la Confraternity
of Saint James, los hospitaleros son ingleses. Y estos no hablan apenas
castellano. Así que seguimos en inglés, que en este Camino
rodeado de alemanes, ya me siento en el extranjero. Es lo que hay.
Me quedo en el refugio junto a la chimenea tostando los pelos, rubios ya,
de mis piernas al aire. Fuera azota el invierno aunque sea primavera. No
pienso salir si no es para ir a cenar.
Hjördis que habla un inglés maravilloso les da cuerda a los
hospitaleros, que dado que hoy es el primer día que abren, tienen
mucha ilusión. La verdad es que se portan como santos, pero eso
sí, muy british.
La nieve va cuajando. Hay bastante cuando en una carrera salgo a cenar.
Pero el hambre, cuando aprieta, no se anda con tonterías. Así
que calentito en el mesón, disfruto del comer y hago tiempo a que
se haga tarde. Ya casi en la hora límite, vuelvo al refugio por
unas calles cubiertas de blanco. Si durante la noche la nevada no para,
mañana vamos a necesitar máquinas quitanieves para llegar
a Molinaseca.
03.04.00. Rabanal del Camino-Ponferrada
Pues no, no ha parado, no ha dejado de nevar durante toda la noche, porque
cuando vamos a desayunar todo está bajo una espesa capa blanca.
Bonito, muy bonito, pero da qué pensar.
Pero no hay que preocuparse de antemano, todo a su tiempo. Primero el café
y las tostadas que nos han preparado los hospitaleros. Con abundante pan,
blanco también. Si me pongo a pensar, todo es blanco hoy. El paisaje,
la leche, el pan y la mantequilla. Quizá la cara de mis amigas también,
preocupadas. Les digo que se me peguen y que no sufran.
Al salir, los hospitaleros, muy correctos, me preguntan si no sería
más oportuno ponerme pantalón largo para ir por la nieve.
Les respondo que quizá sí, pero que como no llevo, pues adelante
con lo que hay. Que voy acostumbrado.
Se me pegan como corderillos mis dos amigas. Camino despacio, que no están
tan fuertes como yo, son chicas finas. Les voy dando cuerda, contándoles
leyendas del Camino, historias y anécdotas que han ido sucediendo
desde Roncesvalles hasta aquí, de la alegría que da llegar
a Compostela y abrazar a Santiago. Lo importante es distraerlas para que
no piensen en la nevada que nos está cayendo.
El camino, de momento se puede hacer. Si las cosas se pusieran mal, nos
pasamos a la carretera, que siempre estará mejor. Pero de momento
la blancura tiene más de agradable que de negativo.
Al llegar a Foncebadón hay ya mucha nieve. Mucha. Pero las máquinas
han pasado y se puede caminar. A pesar de ello seguimos por el sendero,
que todavía se puede pasar. Y si nos salen lobos, yo libro por seco,
que ellas están más tiernas.
En la Cruz de Ferro hay más de un metro de nieve, pero las máquinas
han dejado la carretera impecable. Tras las fotos de rigor, tiramos tranquilitos
hacia Manjarín. La campana nos anuncia la proximidad. Se me alegra
el cuerpo, Un rato al abrigo, un café y un rato de charla con Tomás
el Templario.
Dentro ya, vemos que sólo hay una chica, muy guapa por cierto. Tirando
a impresionantemente guapa, que aquello está muy oscuro y en un
principio no se veía bien. Nos ofrece un café y nos comenta
que Tomás está en Madrid, que tenía cosas que hacer
allí.
Mientras vamos comentando historias del Camino, me pregunta si soy de Bilbao.
Le contesto que sí, y me intereso por saber cómo lo ha averiguado.
Me responde que muy fácil. Exactamente me dice:
- Por aquí, con un metro de nieve y pantalón corto, sólo
pasan los de Bilbao.
Y nos morimos de la risa de la ocurrencia que ha tenido. Además
de guapa, graciosa. Resulta que es de San Sebastián y a partir de
ahí ya es un tira y afloja entre guipuchis y vizcainos (sí,
sin acento, tal como se acostumbra en Bilbao)
Da pena seguir camino con una tertuliana tan agradable, pero como decía
mi madre, primero la obligación y después la devoción.
Así que a despedirse tocan, aunque duela. Que la nieve y la cuesta
abajo que viene después, nos esperan.
Sigo camino con mis amigas que ahora me miran celosas. Razón tienen,
que la donostiarra me ha robado el corazón con su encanto y buen
humor. Pero como la sangre no llega al río, bajamos las cuestas
tranquilos, como para llegar a comer al Acebo.
Allí nos acabamos reuniendo todos. Comemos bien aunque en alemán.
Soy el único que no lo soy y la verdad es que al final están
por lo suyo y nadie me hace caso. Aprovecho para irme y poder caminar solo.
Una alegría disfrutar de la soledad en un lugar tan maravilloso.
Llego a Molinaseca enseguida. La verdad es que he bajado como un tiro,
perdido en mis pensamientos. Me tomo un té para cargar azúcares
y sigo hacia Ponferrada.
El año pasado hicimos trampas tal como sugirió Txemari y
tiramos hasta el final por la carretera. Esta vez cumplo y sigo las flechas
amarillas religiosamente. Me lleva por un camino a zonas industriales y
tras un larguísimo recorrido llego derrotado al mismísimo
castillo de los Templarios. El desvío me ha matado. A quién
se le habrá ocurrido semejante senda. Subo a la ciudad y encuentro
el refugio cerrado. Al límite de mis fuerzas busco un hotel y me
doy una ducha reconfortante. Y me quedo un rato tranquilito. Lo necesito.
Al anochecer, cuando enciendo el movil para ver si hay algún mensaje
de la familia, me salta una llamada de Lukas. Están preocupados
porque no he aparecido por el refugio. Les digo que lo he encontrado cerrado
a cal y canto. Me dicen que es porque hay uno nuevo, maravilloso.
Y yo en babia.
Quedo con él y vamos a cenar. Luego, cada mochuelo a su olivo, él
al albergue y yo a mi hotel. Y mañana a Villafranca, tranquilitos,
preparándonos para lo que viene después, O Cebreiro.
04.04.00. Ponferrada-Villafranca del Bierzo
Duermo como un niño. En cama con sabanas, calentito y solo. Un lujo
de los gordos, asiático. La ducha sin colas y con abundante agua
caliente también se agradece. Como no tengo nada que recoger salvo
lo de aseo, en un momento estoy buscando en donde desayunar. Y hete aquí
que descubro un lugar con churros. Ni lo dudo, entro y me pido un par de
raciones con un buen café con leche de desayuno.
De verdad que todo esto lo disfruto, que por ello lo recuerdo y lo cuento.
La vida está llena de placeres pequeños que la hacen deliciosa.
El desayuno es uno de ellos y hace que empecemos con buen pie. Aunque creo
que saldría casi igual de contento si hubiera tomado unas tostadas
o un croissant. Casi. Que los churros son una de mis debilidades.
Tengo tantas...
Me llego enseguida a la carbonera, las urbanizaciones de extrarradio, el
campo. En un momento me he metido un montón de kilómetros.
Pero es que voy descansado, bien alimentado y muy en forma. Al ir solo
puedo ir a mi ritmo, que de momento es bastante rápido.
En Fuentes Nuevas entro en un bar a tomar un café. La tentación
me puede y pido unas tostadas con mantequilla. Desayuno de nuevo, en paz
y alegre. Me tomo este reposo con alegría.
Sigo y cuando llego a Camponaraya entro a la farmacia de la boticaria guapa,
la que nos atendió el año pasado y nos dejó a todos
boquiabiertos. Pero no está. O tiene otro destino o se ha casado
con un millonario. O está en Hollywood haciendo carrera. Una pena,
el Camino ha perdido uno de sus encantos. De verdad.
Paso por Cacabelos como un tiro y enfilo la carretera. Alcanzo a Lukas
que va por ella. Juntos marcamos un ritmo muy muy duro, incluso en las
subidas. Nos pasa un peregrino ciclista, parece francés. Dice que
es difícil ganarnos incluso en bici, que lleva un buen rato tratando
de alcanzarnos y que por las cuestas, no podía. Finalmente pasa
y se pierde por el horizonte al llegar la cuesta abajo.
De vuelta al campo, Lukas me prueba. Va acelerando el paso hasta convertirlo
en una locura. Pero le sigo, no me deja atrás hasta llegar a un
sendero que pasa por un campo completamente encharcado. Ahí, por
el agua, me saca unos metros. Pero le cuesta.
En Villafranca, el refugio municipal del que tan buenos recuerdos tengo,
está cerrado. Nos vamos al de la familia Jato. Tras tomar un agua,
que venimos sudando, voy a instalarme. Mientras extiendo mi saco en una
litera de un rincón, se acerca el ciclista francés al que
hemos ganado, no sé como. Como se está situando justo en
la cama contigua le advierto de mis ronquidos diciéndole:
-Yo ronco
A lo que contesta
-Yo, Christian - y me tiende la mano.
Me da un ataque de risa y he de explicarle que no me llamo Ronco, sino
que hago ruido por las noches. Y ya aclarado el mal entendido, nos damos
las manos llorando de la risa, ambos.
Salimos a celebrar las risas con un vinito. Como el refugio se va llenando
de todo el grupo alemán, me bajo al pueblo a comer y visitarlo,
solo. Disfruto de mis recuerdos del pasado año y del gusto de estar
a solas. Y me vuelvo a reír de la confusión de Christian.
Y de todas las anécdotas divertidas que me han ido pasando a lo
largo de esta Camino.
Si, siempre es todo diferente. El clima, los compañeros, el estado
anímico. Todo, todo son variantes que hacen que cada momento sea
siempre diferente, que la vida sea siempre nueva y maravillosa, que sea
imposible aburrirnos y que sólo en muy contadas ocasiones vivamos
un deja vu, algo que sí es una repetición, un segundo exacto
a lo que fue.
Paseo por la Calle del Agua y admiro sus casonas y escudos. Curioseo por
el exterior de la iglesia de San Francisco, la colegiata de Santa María
y me acerco al antiguo Hostal del Comercio. Visito las murallas del Castillo
de los Marqueses de Villafranca y me subo al refugio. Como sigue toda la
hinchada alemana, me vuelvo a ir. Relajado, tomo algo para cenar y vuelvo
para acostarme.
Cuando lo estoy haciendo, se me acerca una señora danesa muy mayor
pero muy ágil. Me confiesa que tiene 80 años y que camina
sola. Me dice que como mañana nos enfrentamos a la subida de O Cebreiro,
se sentiría más tranquila si sabe que alguien se preocupa
de si llega o no. Le contesto que no sufra, que iré detrás
de ella por si necesita ayuda. Con una maravillosa sonrisa me lo agradece
y me desea buenas noches.
Otro día por el que debería dar gracias a la vida.
05.04.00. Villafranca del Bierzo-O Cebreiro
Amanece frío, con una semi llovizna que puede ser nieve en las alturas.
Al menos me refrescará del calor que he pasado esta noche en el
refugio. Un cuarto con demasiada gente y todo cerrado. No es para mí,
que duermo invierno y verano con todo abierto, aquí y en Islandia.
En Groenlandia no he probado todavía.
Este año no voy a hacer más trampas, que ya llevo muchas.
Así que cojo mi mochila, me despido de los que ya están vivos,
que hay muchos que no están todavía en este mundo, y me tiro
al valle. Me bajo al pueblo a desayunar. Así doy ventaja a la señora
danesa para que ponga distancia entre ambos y la siga a buen ritmo después.
Me siento fuerte, pero cuando pienso en la primera rampa, aquella que pone
SOLO PARA BUENOS CAMINANTES
me da la pereza. Este año, sólo y con mochila, va a ser una
buena prueba para el medio hombre que soy. A ver cómo acabo.
La mejor forma de vencer las dificultades es enfrentándose a ellas.
Así que con el sabor del cafelito en los labios me cuelgo el mochilón
y mirando adelante me voy para el repecho.
Bien hacen en avisar, que esto no es para cualquiera en sus primeros metros.
Casi asustan, pero como poco a poco va siendo menor el ángulo de
subida, uno se anima y sin querer se empiezan a ver las cosas más
claras, aunque el cielo cada vez esté más oscuro y cerrado.
Una vez más allá de esta primera subida, las cosas se ven
diferentes. La perspectiva del valle es aérea, y el espíritu
se reconforta ante tanta belleza. Debe ser terrible ser insecto o reptil,
animales que nunca podrán gozar de un panorama como este, pero quizá
no les preocupa mucho, que andan atareados con sus cosas. Que cada ser
vivo tiene sus preocupaciones y deleites y supongo que ellos en alguna
forma, algo les divertirá, entretendrá, maravillará.
Creo que la soledad hace que piense en cosas así. Quizá estoy
trastornado, quizá se me van las horas en tonterías. Quizá
es una forma de integrarse en la naturaleza con todos sus seres, que puestos
a pensar, todos somos parte de una primera célula primigenia.
Ahora resulta que las lagartijas y saltamontes son primos lejanos. Bueno,
según cómo lo miremos, pues sí. Y a mí no me
ofende, más bien me enternece. Y sobre todo, valoro la suerte de
haber nacido ser humano, con un cerebro desarrollado y una cultura heredada.
Rodeado de mis parientes, bichos que habitan el bosque de castaños,
bebo un poco de agua y me seco el sudor, que aunque haya subido entretenido
con mis cosas, la cuesta se las traía.
Desde aquí arriba veo a otros peregrinos caminando por la carretera.
Han preferido la ruta más dura, rodeados de camiones, por el asfalto.
Yo me he subido a los cielos, pero nada es gratuito, y me lo he sudado.
La bajada es como una pista negra de esquí, pero a lo bestia. Hay
que ir poco a poco, con el bastón y todos los frenos echados. Incluido
el de mano, porque he dado un par de resbalones y he frenado con los guantes.
De nuevo en la carretera sigo hasta el restaurante de la gasolinera. Me
tomo un plato de lacón con grelos para animar el espíritu.
Quizá ya se ha acabado el tomar a esta hora la diaria tortillita
de patatas. No sé si me habrá quedado adicción, pero
de ser así, no creo que sea demasiado dañina. Remato este
descansito con un buen café con leche.
Y a la calle me tiro. Supongo que la Señora danesa debe de estar
ya enfilando las primeras rampas de O Cebreiro. Voy a llegar el último
y casi de noche. Vergüenza me va a dar.
Según avanzo, el día se va poniendo peor, más feo.
La verdad es que ya por la mañana estaba regulón. Pero ahora
se está poniendo de decorado de tragedia griega. Sólo falta
Zeus liándose con los rayos.
Pero bromas y exageraciones aparte, el tiempo va para horrible. Ya no es
lluvia sino aguanieve y según avanzo, cada vez más nieve
y menos agua. Y va cuajando. Si se me hace de noche, va a ser digamos que
interesante la llegada. Veremos en qué acaba. Que lo bueno de las
películas de aventuras es no saber qué va a pasar después.
Bueno, en las de amores también es así. Pero no es lo mismo.
En cuanto me meto en el primer sendero endemoniado que tira para O Cebreiro,
el campo está completamente blanco. Y el camino también.
Siguiendo mi costumbre, doy un buen par de resbalones y uno me lleva al
suelo con mochila, bastón e ilusiones. Allí acabamos todos,
pero una vez más no ha sido más que un revolcón con
ligeras quemaduras de rodilla. Eso me pasa por torpe. Y por ir con pantalón
corto y sin rodilleras.
Cuando alcanzo las alturas, próximo ya al final de etapa, la nieve
cubre totalmente el camino y hay que adivinarlo. Da un poco de repelús
el perderse en un día como este y pasar la noche a la intemperie.
Sería un mal final de etapa. Así que esmero la atención.
Se me hiela la sangre cuando en un recodo del camino veo una oveja devorada.
Queda la cabeza, la columna y extremidades. Y las lanas. Todo ensangrentado.
Y huellas que no me atrevo a decir si son de perro, lobo o...
Recuerdo lo que mi familia me dijo, que por causa del frío las fieras
estaban bajando al valle. Se me vuelve a helar la sangre, pues como siempre
he afirmado, soy aventurero pero menos.
Recuerdo mis escasísimos conocimientos sobre los lobos y adopto
una postura triunfante, arrogante y de seguridad, pues parece ser que sólo
atacan al hombre en estados de extrema necesidad y siempre buscan al más
débil. Así que trato de adoptar la imagen más imponente
que puedo, yendo ya muy cansado. Me pongo a silbar, no sé si para
afianzar esa imagen o para vencer el miedo, que me pondría a correr
si la mochila no me pesara tanto a estas alturas.
La tarde cae deprisa, muy deprisa y es casi oscuro cuando llego a las primeras
casas de O Cebreiro. Me siento para respirar y suspirar. Respirar porque
me falta el aire dado el ritmo que he marcado desde la oveja. Suspirar
porque no puedo evitar pensar de la que me he librado.
Aunque puestos a pensar, yo de ser lobo, buscaría un peregrino menos
seco, aunque llevara las pantorrillas tapadas. O mejor aún, una
peregrina joven y tierna. Porque sin ser machista ¿cómo era
el cuento de Caperucita? Con una señorita.
Pues eso.
Al llegar al refugio me encuentro con que un colegio lo ha copado. Me quedo
un poco perplejo, pues tanta soledad en este bullicio me desconcierta.
Me sacan del shock mis amigas Hjördis y Tina, que dicen que han cogido
un cuarto y me han reservado litera. Gracias.
Pregunto por mi amiga danesa y me dicen que está en la ducha. Espero
a que salga y le guiño un ojo. Me sonríe con agradecimiento.
Si todos los favores fueran tan fáciles como este y te los pagaran
con una sonrisa tan maravillosa, mejores seríamos.
Me encuentro con Christian, que ha llamado un taxi para ir a Piedrafita,
al cajero, que se ha quedado sin dinero. Me dice de acompañarlo
y allí me voy con él. Mientras se entretiene en la máquina,
me quedo con el chofer en el 4x4 que hace de taxi por estas tierras. Se
está caliente y siempre se aprende algo de las gentes del lugar.
Al poco vuelve Christian y me comenta que no le va ninguna de sus tarjetas.
Me pide ayuda. No dudo en ofrecerle lo que pueda, pero sabiendo toda la
picaresca que por el Camino hay suelta, le digo que confío en él.
Que las 10.000 ptas. que le dejo no son nada en una vida, pero significa
mucho que quien crees que es tu amigo, te las quite. Que obre según
su conciencia, que la mía queda limpia.
De vuelta me meto en un mesón a cenar. Coincido allí con
cinco valencianos que van haciendo el Camino con coche de apoyo, durmiendo
en hoteles, fondas y pensiones. Sentados en mesas próximas, comentamos
vicisitudes y experiencias hasta que empieza un partido de fútbol.
Juegan el Valencia contra un equipo alemán. Me prometen un orujo
por cada gol de su equipo. Sigo cenando tranquilo, que a mí esto
del fútbol no me preocupa.
El problema es cuando, uno tras otro, he de beberme los cuatro chupitos
que me tocan por haber metido el Valencia cuatro golazos. Como los tomo
separados, según van marcando goles, la cosa es más suave,
pero cuando he de salir, llevo una tajada impresionante. Que se me han
subido y aunque puedo pensar, la cabeza y el equilibrio me flojean. Y para
colmo ha caído una helada impresionante. Así que llego al
refugio como puedo, tras varios resbalones y un 360º que ya lo quisiera
yo para mí en una ola.
Mañana voy a caminar con mochila y resaca, los tres juntitos.
06.04.00. O Cebreiro-Triacastela
He dormido de un tirón. No sé si han sido los orujos, el
cansancio, el calorcito o saberme en paz conmigo y con la vida. Pero cuando
voy a la ducha me siento lleno de vida y alegría. Cuando salgo,
fresco y limpio, me como el mundo. Así que me echo la mochila a
la espalda y trato de llegar a alguno de los mesones a pesar de la helada.
Bajo resbalando. Y naturalmente me voy al suelo. Pero con la mochila es
un placer caerse, que caes en blandito. El problema es levantarse, que
me acordaba de los escarabajos del otro día, que algo parecido pasaba.
Si, reírme me he reído y todavía no había desayunado.
En el mesón que cené anoche me hacen un buen desayuno. Tostadas
y un buen café. Cuando salgo me cruzo con los valencianos que me
invitaron a los orujos. Nos morimos de la risa al recordarlo. Ellos aún
más felices por la victoria de su equipo.
Con un buen Camino nos despedimos y me tiro hacia el valle.
El principio, por la carretera, está peligrosísimo pues es
puro hielo. Doy un par de buenos resbalones, pero sin mayores consecuencias.
Pero he de caminar con muchísima precaución o me voy al suelo.
Hace un frío inaudito. Voy bien abrigado y con el andar voy bien.
Pero lo noto en las piernas. Al rato, a la altura de Liñares, llego
a una gasolinera y me pongo las mallas bajo el pantalón. Supongo
que me protegerán del tremendo frío. Que soy duro de pelar,
pero todo tiene un límite.
Al cabo de un rato estoy muerto de calor. No he llegado a Hospital y ya
me las estoy quitando en un recodo discreto. Cuando me quedo en calzoncillos
me da la risa. Porque vamos a ver, qué hago yo en medio del monte,
con una helada histórica y con esta facha. Entre lágrimas
producidas por las carcajadas y por el fresco que me ataca por los bajos
y por los altos, me visto lo más deprisa que puedo y me pongo en
marcha otra vez. De verdad, qué bien se va con las piernas al aire.
Ahora entiendo el éxito de la minifalda.
Al llegar al Alto de Poio me meto a tomar algo caliente en el bar que allí
hay. Cuando pregunto si el caldo que se huele está ya listo, la
chica que sirve me dice que me recuerda del año pasado ¡Y
ya he perdido la cuenta de las que no me han olvidado! ¡Estoy arrollando!
La verdad es que su comentario me pone de mejor humor del que ya llevaba,
que era extraordinario.
Y extraordinario es el caldo que me sirven. Maravilloso como entra, calentito,
casero, vegetal. Levantaría a un muerto, así que a mí
me pone una sonrisa que no me cabe en la cara.
Mientras el día avanza, el sol con su calorcito, va iluminando de
colores la que fue blanca Galicia esta mañana, hasta convertirla
en una exposición de verdes. El milagro de la luz. Como decía
mi abuelo, el calor es vida, el frío muerte.
La temperatura templa y la etapa se convierte en un paseo delicioso. Voy
solo, voy en paz, lo vuelvo a repetir. Voy feliz. Este Camino no es el
del año pasado, que fue más terapia que experiencia. Este
es un caminar en soledad, con frío, pero en bendita paz conmigo
y con el mundo. Aquél fue superar tristezas, comprender, aprender
a vivir. Hoy todo queda atrás, todo lo que me rodea es belleza y
equilibrio, y en mí casi no encuentro fantasmas contra los que luchar.
Disfruto. Gozo de este mundo en un entorno incomparable. Ya pasó
el tiempo de las tristezas, el cuerpo se ha fortalecido y la mente equilibrado
en los planos de Castilla. Pasó el invierno para vivir la primavera.
Llego a Triacastela a la hora de comer. Bueno, horario europeo, porque
esta etapa era de juguete. Dudo por un instante en si continuar o no y
opto por comer mientras decido que hacer.
El relax de la sobremesa me decide a quedarme. No estoy pecando de pereza,
creo. Estoy disfrutando de la paz que en mí siento. Tengo tiempo
y lo vivo, desgranando los minutos mientras contemplo el entorno y oigo
mi interior.
Cuando abren el refugio, me instalo. Me quedo un rato hablando con el hospitalero,
hombre sencillo, amable y agradable. Buena persona. No me recuerda del
año pasado pero al igual que entonces me ofrece un chupito de orujo
de 92 grados. Acostumbrado como vengo ya después de los de ayer,
me lo tomo y lo disfruto. Y como el hombre lo nota, me vuelve a llenar
el vaso. Acabaré hecho un sinvergüenza si sigo aceptando todos
los que me ofrecen.
Paso la tarde de paseo, lectura, escritura y deleite de los sentidos. Cuando
llega la noche, como han llegado pocos peregrinos al refugio, me puedo
permitir el lujo de dormir solito en uno de los cuartos. Tina y Hjördis
me preguntan si no voy a dormir con ellas. Hoy declino, la soledad es un
bien absoluto para quien la conoce.
07.04.00. Triacastela-Barbadelo
Amanece un día maravilloso. Todo está como podría
desear. He dormido bien, relajado. He descansado. La meteorología
es perfecta, la temperatura deliciosa. El sol luce sobre un cielo azul
intenso. Tras la ducha, fría pero agradable, recojo el saco. Aquí
es donde cada mañana entro en calor, porque nunca cabe en su bolsa
¿Hacen éstas pequeñas? o ¿tan torpe soy? Pero
vuelvo a triunfar en mi primera pequeña lucha diaria. Todavía
no han hecho el saco que me gane a mí...
Cruzo la campa y desayuno con bollos industriales y café de pueblo.
Mejores he tomado por esos mundos de Dios, pero no me voy a quejar por
una tontería. Llegarán mejores tiempos, churritos y cafés
exquisitos. Todo a su tiempo.
Solo y de excelente humor enfilo la calle que poco a poco me llevará
hacia Barbadelo, que es a donde voy a intentar llegar para dormir. Quizá
me encuentre con alguno de mis amigos o al grupo de la Alemania nómada
que transita a mi alrededor. O yo al suyo, aunque más bien huyo
de esa masificación.
He de decirlo, no me gustan cómo actúan las personas cuando
forman un grupo en el extranjero. Ni los de otro país en el nuestro
ni nosotros en el suyo. Ni los esquimales ni ningún otro pueblo
en cualquier lugar que no es el propio. Parece que para defenderse de la
inseguridad que sienten por no estar en casa con sus hábitos y costumbres,
las ejercen en el lugar que de alguna forma invaden y desde luego ignoran.
No, si viajamos es para aprender, no para implantar nuestros rituales allá
a donde vayamos, que eso se llama conquista y está muy pasado de
moda. Admiremos lo que vemos, sentimos, aprendemos. Hagamos uso de un exquisito
respeto de lo que en cada lugar hay o encontramos. Allá a donde
fueres, haz lo que vieres.
Esta zona de Galicia es de una belleza deslumbrante, más en un día
de primavera como este. La vegetación, las suaves colinas, los riachuelos.
El cantar de las aves. El ganado, la paz y el sosiego que habitan en estos
lares. Quien no ha caminado por este lugar, apreciando poco a poco el olor
del campo, minuto a minuto, verde a verde, gota a gota de rocío,
no puede comprender lo que es, lo que significa, lo que implica. El Camino
tiene muchos valores, muchísimos, diferentes para cada cual. Pero
uno añadido es hacernos comprender el paso del tiempo a una escala
menor, despacio, dulcemente. Enseñarnos a valorar el mundo natural
con la sencillez de quien camina.
Es inevitable perderse en estas disertaciones cuando por un vergel como
este se pasa. Quizá con lluvia se vea de otra forma, muy distinta
seguro, pero quizá aún más intima. Pero hoy, en mí,
con esta luz de primavera en la atmósfera y en mi corazón,
muy difícil es pasar y no admirarte ante tanta belleza, paz y equilibrio.
Ahí está, para quien lo quiera encontrar.
Las colinas sobresalen verdes y luminosas de entre un mar de nubes allá
abajo, en el valle. Es un paisaje mágico además de bello.
En un lugar como este sólo puede haber elfos. O trolls. Aunque sean
éstos peregrinos, que los hay de todos los colores.
En efecto, según bajo, los colores se van disipando entre la niebla.
Lo que fue luz y color se convierte en místico velo que suaviza
los verdes hacia el azul gris, igualándolos. Si antes un pigmeo
vería doscientos verdes tal como se dice que tienen en su idioma,
ahora no pasaría de uno o dos. Y el jefe de la tribu, que seguro
que ve más que nadie, no pasaría de cuatro. Y eso porque
es quien es y exagera una barbaridad.
Pero aunque la luz ha casi desaparecido en la naturaleza, en mi corazón
sigue luciendo con enorme intensidad. Soy feliz, estoy feliz y se me nota,
lo siento, lo percibo, soy consciente de ello. Lo valoro. Camino feliz
en la soledad del campo, disfrutando de lo que veo fuera y dentro de mí.
Y sé que esto es un privilegio que valoro como tal. Sobre todo después
de haber conocido la tristeza de la oscuridad más profunda, perdido
por los calabozos tenebrosos de mi mente.
Pero eso ya pasó, encontré el camino y con él la salida
del laberinto.
Y pensando y disfrutando llego casi sin enterarme a Sarria en donde paro
a tomar algo fresco que voy sudando. Llevo buen paso al caminar a mi ritmo,
casi a mi límite y no hace nada de frío, sino más
bien todo lo contrario.
Y un descansito cuando la vida fluye es una aproximación al sosiego,
a la paz que tan a menudo perdemos. Así que sin forzarme, que es
muy temprano y casi he llegado a destino, disfruto del solaz de beber algo
con tranquilidad y alegría.
No puedo evitar pensar que si todos nos sintiéramos tan en equilibrio
como yo me siento ahora y aquí, tenderíamos a ser lo que
los griegos llamaron kosmu polites, es decir, ciudadano del mundo,
aquél que es uno con el mundo y la vida, lejos de pasiones y banderas,
de diferencias. Que algún día sea posible, que la humanidad
llegue a ser una, tal como lo fue en un principio.
Cuando me dejo ir por la cuesta del cementerio, vuelve el sol creando un
juego de luces que da vida a un lugar que la niega. O que la afirma, según
se mire. Si, hoy tengo un día místico, pero es que todo a
mi alrededor me lo provoca en una sucesión de equilibrios plenos
de belleza.
Pero como hay pensamientos que sólo conseguirían aburrir
a aquellos que lo leyeran si los escribiera, los dejo correr por mi mente
cual olas que llegan a la orilla mientras escucho el rumor de este mar
de hojas.
Y así llego a Barbadelo en donde me instalo. No hay nadie, ni peregrinos
ni hospitalero. Alguien llegará, que quedan muchas horas de luz
todavía. Mientras, aprovecho esta tranquilidad para dibujar en mi
cuaderno y pegar cuatro flores que he cogido. Y hablando de cuatro, decir
que encuentro un trébol de esas hojas mientras dejo vagar mi vista
por el prado y mi mente ni sé por donde.
Tarde ya, llegan al refugio Hjördis y Tina. Les dije anoche que seguramente
vendría aquí buscando paz, alejándome de las muchedumbres
que, según nos acercamos a Santiago acechan en los caminos y albergues.
No son para mí, no vengo aquí a tal menester sino a disfrutar
de la paz del campo y la mente.
08.04.00. Barbadelo-Ventas de Narón
Cuando sigilosamente salgo del refugio, mis amigas duermen en el más
plácido de sus sueños. Me he duchado, vestido, recogido,
luchado contra el saco e ido sin que se enterasen. También ellas
van alcanzando el nirvana que el Camino produce.
La verdad es que es temprano, casi no ha amanecido. Aunque siendo temprana
primavera y estando tan al oeste, aquí lo hace tarde, muy tarde.
Pero es igual, estoy de nuevo en marcha, muy próximo a mi objetivo.
Al físico me refiero, a la llegada a la Catedral de Santiago. Porque
el otro hace días que ya lo he alcanzado, que ya aburro hablando
tanto de paz, sosiego, alegría y tranquilidad.
Lo de desayunar en esta etapa es complicado. Hasta Ferreiros no hay nada
y allí no estoy muy seguro de conseguir algo. Pero en el peor de
los casos, en Portomarín me desquitaría.
Hoy está más nublado que los días pasados. Acabará
lloviendo, sobre todo según nos acerquemos a Santiago, que casi
no lo reconocería sin lluvia. Este año he pasado por todos
las variantes meteorológicas. Calor, frío, lluvia, aguanieve,
nieve, viento a las que hay que añadir las causas y consecuencias,
es decir, sol, nubes, nubarrones y barro. Si todo mezclado. Me faltan los
rayos con sus consabidos truenos, pero quizá de aquí a que
llegue a la Plaza del Obradoiro me caigan un par.
De los lobos no quiero hablar. Los recuerdo. Sí, los recuerdo como
si los tuviera aquí al lado ahorita mismo, que todavía me
tiemblan las rodillas cuando recuerdo el momento. Pero parece que no me
han seguido, que han preferido quedarse allá arriba, con la despensa
llena de ovejas y variedad de peregrinos pasando por delante, por si les
da el apretón.
Para apretón, el de la pareja que pillé en mitad de la faena
por los llanos de Castilla. No sé qué habrá sido de
ellos. Prefiero suponerlos felices y haciéndolo más discretamente.
Que digo yo que habrán aprendido la lección.
Todavía me muero de la risa. Creo que pasarán muchos años
y todavía lo contaré como una de las anécdotas más
divertidas, curiosas y exóticas de mi vida. Si, he olvidado
la S voluntariamente.
Llego al kilómetro 100. Paro y medito. Han pasado tantas cosas desde
que salí de Ostabat, caminando a solas no puedes evitar recordarlas.
Es como ir hacia atrás mientras vas hacia delante, es como equilibrar
el recorrido. Si, como decía Kierkegaard:
La vida se comprende hacia atrás pero se vive hacia delante
Es una gran verdad.
Y continúo.
Estoy convencido de que el ayuno ayuda a meditar. No sé si lo dicen
los místicos, pero yo lo afirmo. Llevo mucho rato pensando mientras
las tripas me hacen ruido. Llevo un hambre enorme, atroz. Y ya lo sabía,
hasta Portomarín nada de nada.
Pero todo llega, que ver la villa y serenarse mi espíritu es todo
una. Paso el puente, admiro el embalse y me subo hacia la plaza. Me meto
en una cafetería y me pido un café con leche sin espuma,
de desayuno, y las tostadas más grandes que tengan por la casa,
que me he hecho casi veinte kilómetros en ayunas, con el azúcar
en mínimos en ambos tanques de combustible. Vamos, que he llegado
con los flaps desplegados al 30% y planeando, que ya no daba más
de mí.
Descanso un rato y cuando bajo hacia el puentecito de metal, miro desde
la altura si veo a mis amigas. Nada, han desaparecido. Pero también
lo han hecho todo el inmenso grupo de alemanes. No tengo ningún
interés en encontrarlos, pero no puedo evitar preguntarme por dónde
se habrán perdido.
Paso Gonzar, Castromaior y en Hospital paro un momento a descansar. Es
pronto y aquí no me voy a quedar. Pero tampoco tengo muy claro a
dónde ir. Me encuentro fuerte y fresco y podría seguir bastantes
kilómetros más, pero tampoco quiero pasarme. No tengo ninguna
prisa en llegar a Compostela, disfrutando como lo estoy haciendo del Camino.
Prefiero no apretar y hacer en tres días lo que quizá haría
fácilmente en dos.
Hay que aprender a dosificarse, como en los maratones o en los chupitos.
Los excesos se pagan y yo prefiero cobrar, es más mi estilo aunque
nunca lo consiga. Así que me levanto y suavecito, casi de paseo,
pegando patadas a los guijarros que me encuentro, disfrutando de la paz
de la tarde y de la soledad, me llego hasta Ventas de Narón.
Me instalo, que nadie hay y me pongo a escribir y dibujar tras pegarme
una ducha. No puedo evitar pensar en aquellos que hacen el Camino en épocas
de muchedumbres. Debe ser terrible la lucha por un camastro. Y yo aquí,
solito y tranquilo. Hay lujos que no se pagan. Porque no tienen precio.
Estos son los realmente valiosos.
09.04.00. Ventas de Narón-Mélide
Amanece lluvioso. Aunque hace día de quedarse en la cama y estoy
solo, me levanto a buena hora, tempranito. Dan ganas de vaguear en estas
circunstancias, que la paz es muy traidora, que aburguesa.
Paro un rato en el cruceiro de Lameiros. El pobre lo tienen hecho unos
zorros, casi abandonado. Podrían prestarle un poco más de
atención y de cariño, que se lo merece, que lleva mucho tiempo
aquí erguido, dando la talla, diciendo a los peregrinos que sí,
que van bien.
Antes de llegar a Eirexe ya llevo las piernas chorreando. Porque a lo tonto,
se ha puesto a llover en serio y me voy mojando. Pero esto tiene fácil
remedio. Al llegar a las cuatro casas que forman el pueblo y allí
en donde paro a desayunar, saco la toalla, me seco el muslamen y me pido
un buen café con leche con lo que haya.
Igual me dan vaca.
Ojalá fueran todos los males tan sencillos de resolver como secar
mis pantorrillas. Que cuando vivo estas menudencias recuerdo las llagas,
ampollas, tendinitis y demás lesiones que los peregrinos sufren.
Y que te mandan a casa con una tristeza infinita. Al menos es lo que supongo
que sienten quienes han de dejar el Camino por lo que veo en sus ojos.
Y si es la primera y única vez que lo intentan, frustrante.
Cuando estoy terminando mi desayuno, aparecen por la puerta Hjördis
y Tina. Me regalan una enorme sonrisa y un par de besos, uno cada una,
que no se pasan nada. Espero que se tomen algo mientras yo repito café.
Y salimos juntos a seguir camino.
Este es uno de los grandes misterios-alegrías del caminar. Te separas,
te reúnes, y te vuelves a distanciar. Pero no sé cómo,
siempre acabas coincidiendo. Sobre todo en los bares y tabernas. Dicho
así suena como reunión de borrachos, maleantes y sinvergüenzas
que van de procesión. Bueno, no es para tanto, que borrachos no
somos, que apenas bebemos, salvo algún chupito de orujo que nos
vemos obligados a tomar por las circunstancias.
Los demás, maleantes no son. Sinvergüenzas tampoco. De mi mejor
no hablar, dejémoslo estar, que no nos vamos a poner de acuerdo
En Palas a uno le entra la fiebre urbana. Tras un mes, exacto hoy, de andar
vagando por los caminos de este país, un par de casas, dos tiendas
y tres coches ya te dan la impresión de una ciudad descomunal, caótica,
acelerada.
Me da tanta risa pensar esta tontería que decido meterme a tomar
el peor café del mundo en un bar de esquina. Cuando pruebo lo que
me sirven recuerdo el que aquí tomamos el año pasado. Si,
es el peor del mundo, y mira que los he tomado malos rematados. Pero como
este, ninguno.
La verdad es que la etapa de hoy es de las más fáciles del
camino. Sin darte cuenta entras en la provincia de La Coruña, que
ya es la última. Que he cruzado unas cinco o seis, y la parte francesa,
que supongo que será otra.
Hoy me iré a un hotel aunque sea de carretera y barato. Recuerdo
la mala experiencia del año pasado en el refugio y no tengo ganas
ni de recordarla. Algo encontraré. La verdad es que he ahorrado
más de lo que esperaba y ahora puedo darme algún lujo.
Mis amigas alemanas han desaparecido. La verdad es que andando perdido
en mis cosas no sé en dónde las he perdido. Pero no hay cuidado,
seguro que aparecen por alguna parte. Y todo el grupo de amigotes alemanes,
también, aunque llevo un par de días sin verlos. Bendita
paz vivir este sosiego estando ya tan próximo a Santiago, que es
el Camino a partir de aquí un torrente de peregrinos.
En Mélide busco un hotel barato, en la misma carretera, me ducho
y salgo a visitar la ciudad, que tiene mucho para ver. Paso por el albergue
para que me pongan el sello, que a partir de aquí hay que ir con
cuidado, porque puedes venir de la Conchinchina pero si no haces y demuestras
que has hecho los últimos cien kilómetros, la Compostela
no te la dan ni por méritos ni por caridad. Cosas de Arzobispado,
cosas de la Xunta, cosas de Galicia.
Remato el día comiéndome un pulpo en Ezequiel. Me sabe a
gloria aunque lo tome en soledad. Tomo quizá algún turbio
de más, pero lo hago más por el placer de vivir esta tierra
que por otra cosa.
Y me voy a leer y escribir a mi cuarto. A gozar del lujo de la soledad.
Quedan dos días y empiezo a notar el vacío de la proximidad,
de cómo se acaba un mes de libertad y sosiego, del encuentro con
mis mundos y de aprender a reconocerlos, de admiración ante la naturaleza,
de vivir la vida en otras dimensiones.
10.04.00. Mélide-Arca
Sigue lloviendo. Pero la lluvia es menos si has dormido bien, en cama con
sábanas y te has podido dar una ducha caliente al levantarte. Un
lujo, todo esto es un lujo y en casa no lo valoramos.
Sintiéndome limpio, descansado y relajado, bajo a desayunar. Los
croissants están buenísimos y son grandes. Me tomo dos y
un buen café, que a saber en donde podré volver a tomar algo.
Y cuando.
En Galicia me pierdo. Hay tantos pueblecitos, tan juntos y tan parejos
que no los recuerdo bien. Pasé por aquí el año pasado,
pero iba distraído y muerto de risa con mis amigos, con los que
conocí en mi caminar. Fue un buen tiempo, maravilloso.
Ahora es diferente, completamente diferente. No he tenido que superar una
tristeza, no he luchado contra mis fuerzas, que estoy más habituado.
He caminado muchos días en absoluta soledad y hasta el clima ha
sido otro, que recuerdo el terrible calor del principio. Y camino con las
piernas al aire, que es como me gusta, piensen lo que piensen los demás.
Pero como decía, con tantos pueblos no me aclaro. Sólo sé
que he de llegar a Arzúa para tomar el pincho de tortilla. Aunque
me imagino que aquí va a ser más de queso que de otra cosa.
Sigo solo. No sé a dónde han ido a parar todos. Y mira que
el albergue estaba lleno. Al dormir en hotel y tener una buena ducha sólo
para mí voy limpio, así que por oler mal no será.
A menos que mi colonia espante. Pero no creo, porque se me acercan todos
los perros.
Una vez en Arzúa paro casi en el primer bar que veo. Llevo hambre,
mucha, aunque tras un mes de austeridad aguanto lo que me echen, que rayo
casi en lo espartano ya. Y como suponía antes, caigo en un plato
de queso del lugar, con aceitito para que pase más ligerito aún.
Sensacional. Que en esta tierra todo está o es bueno.
Mientras me dedico a disfrutar de lo que como, veo pasar a mis amigas.
Salgo corriendo y las invito a que me ayuden con las viandas. No se hacen
mucho de rogar y en el más puro estilo nórdico, dicen que
sí a la primera. Creo que llevaban tanta hambre como yo. Pero el
plato era generoso y da para todos.
Contento por el refrigerio y el descanso, salimos en alegre compañía
a liquidarnos la etapa. Ellas, al igual que yo, van a intentar ir a dormir
a Arca, dejando Santiago a un paso para el día siguiente.
Es ésta una etapa que mata. Al igual que el año pasado, la
cuesta del alto de Santa Irene me deja servido, me cansa y aburre. Y también
llueve a cántaros, como entonces. Cuando llegamos al refugio, ya
estoy muerto. Parece mentira que tras tantos días de ejercicio y
entrenamiento me cueste llegar. Es la mente lo que me está fallando.
Que la etapa, a pesar de discurrir por maravillosos bosques de eucaliptos,
se me ha hecho pesada, aunque vaya en agradable compañía.
Cosas de la vida, del Camino. Misterios del físico y del espíritu.
Al llegar al refugio lo encontramos desbordado por un colegio de niños.
Ante la algarabía, caos y tontería propia de la reunión
de tanto adolescente, decido irme a un hotel, que alguno habrá.
Cuando lo comento con la hospitalera y mis amigas, un profesor me dice
casi a gritos y perdiendo las formas, que siempre somos los peregrinos
que vamos a pie los que creamos problemas. No lo mato allí mismo
porque la educación me lo impide. Es increíble que después
de hacer más de mil kilómetros andando, de llegar a los refugios
y dormir en ellos si hay sitio, de comportarnos, al menos yo, con exquisita
educación y respeto, me venga un señor que viaja en autobús,
que reserva plaza, que provocan el caos y con malos modos me recrimine
el que simplemente declino la gentileza de la Xunta y opte, tras conseguir
el sello, en ir a dormir en paz a un hotel que pago con mi dinero mientras
ellos gratuitamente ocupan el refugio de peregrinos. Sí, he dicho
bien, de peregrinos. Que así consta en la fachada.
La hospitalera, amablemente, se ofrece a abrirme un cuarto sólo
para mí. Se lo agradezco pero me niego, no quiero trato de favor.
Y me voy en busca de algún lugar en donde cenar y dormir. Junto
a la gasolinera hay uno y allí me voy. El precio es justo y garantiza
tranquilidad y paz. Allí me instalo y paso el resto de la tarde
leyendo, escribiendo y pensando. Y como no soy ni místico ni santo,
tomando cañitas.
Vienen mis amigas a cenar y comentan que en el refugio no se puede estar.
No me sorprende, con tanto niño no es fácil mantener la calma.
Y yo no pienso perderla ahora, tras tantos días de paz y alegría.
Cuando vuelven al albergue, subo a mi cuarto. Otra noche en cama con sábanas
y mantas. Todavía lo valoro aunque ya sea la segunda noche seguida
de lujos. Me estoy aburguesando. Y a partir de aquí ya es todo cuesta
abajo, que mañana en Santiago buscaré una pensión
en la dormir los días que me quede.
He caído en el lujo asiático, estoy echado a perder.
11.04.00. Arca-Santiago
Madrugo, hoy es un día importante, hoy llegaré a Compostela,
abrazaré a Santiago. No lo puedo evitar, la emoción me embarga
cuando recuerdo lo que sentí y cómo, el año pasado.
Es todavía de noche, aquí amanece tarde, es zona de hora
zulú aunque se use la europea. Me ducho despacio, lentamente, comprendiendo
y viviendo cada uno de mis movimientos. Trato de sentir cada instante del
día, desde el principio. Desde el placer del agua y el gel sobre
mi piel hasta el roce del algodón de la toalla cuando me seco. Presto
atención a los sonidos, a todo lo que me rodea. Trato de absorber
a través de los sentidos la realidad de un día especial.
Recojo despacio, muy despacio. Poco he de hacer por no haber usado el saco,
por no tener ya ropa limpia que usar. Huelo la que llevaba estos últimos
días, percibo el polvo del Camino, el sudor de largas horas andando.
Huele a días de esfuerzo e ilusión, tiempo de libertad. Horas
de soledad que no dejan huella en la ropa pero sí en el espíritu.
Bajo a desayunar, disfruto del croissant, del café, del cuerpo que
se despierta, de los músculos que se van tonificando. Pago, me cargo
la mochila, sonrío y me despido.
Voy al bosque de eucaliptos, allí mismo. Húmedo y perfumado,
rumoroso. Camino en silencio, en soledad. Sin forzarme, avanzo. Huelo,
miro, veo. Pienso, siento, recuerdo. Avanzo.
Me pierdo en mí y casi en el sendero. Busco y reencuentro. Recuerdo.
Recuerdo que hace más de un mes salí de casa camino de Francia,
a repetir con unos amigos del alma una experiencia inolvidable, irrepetible.
Nada es igual, nada puede de nuevo ser igual, todo cambia, todo evoluciona
en el tiempo y el espacio. No hay repetición. Cada momento es irrepetible.
Los lugares varían con el tiempo. Las emociones, sentimientos y
afectos también. Se matizan. Todo cambia con el tiempo, todo es
diferente, todo. No podemos intentar repetir algo porque siempre será
diferente, siempre.
Todo sigue en equilibrio porque éste permanece. La vida es equilibrio.
Es la incomprensión la que nos hace pensar que no es así.
A la altura del aeropuerto he aprendido otra lección, diferente
a la del año pasado.
El Camino es inteligente y nos enseña, nos da en cada momento lo
que necesitamos, de lo que carecemos. El Camino enseña humildad.
Aquella que es necesaria para comprender. Es un paso más, otro a
dar, hacia Santiago. Sencillez para ver lo que está ante nuestros
ojos y que en un estado normal, no vemos. Los árboles no dejan ver
el bosque. Es cierto, es así.
Ahora comprendo algo más, veo que de nada soy propietario, son las
aguas del río que pasan. Y sigue siendo el río, la vida.
Entro en la ciudad en menos de cuatro horas, un paseo a estas alturas.
Poco a poco me acerco a la plaza del Obradoiro, a la Catedral, a las escaleras.
Ahora ya no veo ni siento, ahora estoy en mí, profundamente perdido
en las reflexiones que me han traído aquí a través
de montes, valles y colinas, a través de la nieve y bajo la lluvia
y el sol.
El Pórtico de la Gloria, antesala del encuentro con el Santo. Poco
más allá voy, quiero oír, sentir, vivir este instante
que ya conozco. Hoy en soledad. Escucho. Oigo a mi alma llorando de alegría
abierta a un espacio infinito.
Cuánto tiempo lleva volver es algo difícil de saber. Pero
cuesta, no es fácil. Me acerco a Santiago, subo y le doy un abrazo.
Largo, fuerte, intenso, profundo. Y bajo a respetar sus restos. Aquellos
que hicieron de una noche una ciudad maravillosa, un sueño de la
humanidad.
Cuando vuelvo en mí, me acerco a la Oficina del peregrino. Sello
la Credencial y me dan la Compostela, la segunda. Quizá mejor, más
importante que la del año pasado.
Según salgo me encuentro a Hjördis y Tina. Las acompaño
y las ayudo. Tratan de traducir su nombre al latín, pero resulta
labor imposible. Nos reímos todos.
Las invito a un café en el Dakar y el dueño me reconoce.
Amablemente me saluda y nos sirve. Disfrutamos de haber llegado, de estar
aquí a través de kilómetros y experiencias, de deseos
y anhelos.
Buscamos una pensión. El año pasado fue todo muy rápido,
no disfruté de esta maravillosa ciudad, Patrimonio de la Humanidad.
Esta vez sí, quiero perderme por sus ruas y ruelas ahora que he
encontrado el camino en mí. Ahora puedo darme ese lujo porque he
hallado un centro...
Encontramos una casa que a ellas les ofrece una buena habitación
y a mí un estudio con cocina en el ático.
Salgo a pasear. Visito de nuevo la catedral, la admiro y la disfruto, me
pierdo por las callejuelas, me tomo un turbio y encuentro al grupo de alemanes.
Van a un fast food y me ofrecen acompañarles. Me niego. En Santiago
es un pecado ir a un lugar así, aunque se sea guiri. Y bastantes
pecados llevo en esta vida, aunque sean de otra índole.
Me voy a un restaurante entre los miles que hay y me tomo un caldo gallego
y un pescadito de la tierra. Y me voy a dar tumbos por la ciudad ya oscura,
iluminada por las farolas, por la alegría de haber llegado.
12.04.00. Santiago-Santiago
Amanece lloviendo. Pero esta ciudad es hermosa con lluvia, quizá
más que con sol. Me ducho y me pongo ropa limpia que ayer compré.
Me siento nuevo, no sólo por la higiene.
Me voy a desayunar al Dakar, frente a Correos, con su ciego cantando la
lotería, letanía de ciudad antigua y sabia. Me pido uno de
sus maravillosos croissants, grandes, sabrosos. Y repito. Un café
y dos tajadas que decía Pachi, un amigo pescador. Es verdad, que
una sola es poca cosa. Viuda o huérfana.
Salgo a pasear, curioseo y me pierdo. Y vuelvo a encontrar una salida que
me lleva de nuevo a Platerías. Admiro la Puerta Santa, este año
cerrada. Deambulo, disfruto del no hacer nada. Es como el primer día
de vacaciones, maravilloso por ser simplemente lo que es.
Sigue lloviendo, pero no molesta. Me he criado bajo la lluvia, en tierra
de helechos. Sé mojarme y llevarlo con paz. Disfrutar del diferente
sonido que las gotas producen según sobre qué caen, o de
dónde. Dejar que la lluvia resbale por mi cara, llevar el pelo mojado.
Recuerdos de infancia, naderías ante un mundo inmenso, poderoso.
Me acerco a la Oficina del Peregrino, no sé por qué. Curiosidad
supongo. Acaba de llegar un peregrino francés. Otro con luz en los
ojos y en la sonrisa. Todavía huele a Camino. Me sorprende lo rápido
que he olvidado lo sucios que íbamos, lo mal que olíamos.
Me acerco a la Misa del Peregrino y vuelvo a oír que he llegado
desde Francia. Peco de vanidad, de satisfacción y de alegría.
Y rematan el oficio con el botafumeiro en honor de no sé qué
excursión ¿Por qué no lo vuelan en honor de aquellos
que han llegado caminando?
Salgo a comer, tengo hambre. Y las ruas huelen a comida. Me meto en el
primero que se me ocurre y repito caldo. No soy muy sopero, pero este tiene
sustancia. Lo acompaño de segundos, postre y orujo que me invitan.
Me voy a tomar café, a meditar, recordar, dejar pasar el tiempo,
disfrutando del descanso, del sosiego que me embarga, de la ciudad maravillosa.
Veo a sus gentes pasar por el ventanal. Leo, escribo, pienso, sueño,
tomo café.
Pasa la tarde, vuelvo a pasear y perderme por las iglesias y calles. Admiro
la ciudad, su arte, su historia. Y me voy a cenar a los Reyes Católicos.
Como peregrino que soy, tengo derecho.
Allí me encuentro con Hjördis, Tina y un par de peregrinos
alemanes que acaban de llegar. Los ayudo, traduzco, acompaño. Cenamos,
ellos en animada conversación, a lo suyo, yo tranquilo, a lo mío.
Recojo y los dejo para perderme por las calles de nuevo.
Nunca he disfrutado tanto haciendo el turista, pero quizá es que
nunca me lo había ganado así. Ir a ver un lugar distante
más de mil kilómetros y hacerlo andando suena a un sueño
de locos. O de ilusos, e ilusión desde luego no me falta.
Vuelvo al Dakar a rematar el día. Con un vaso de leche y un libro
descanso de no hacer nada. Y no puedo decir que mato el tiempo sino todo
lo contrario, lo vivo, lo disfruto con la sensibilidad que el Camino me
ha regalado.
Cuando llego a mi cuarto estoy agotado y empapado. Cansancio del Camino,
del último mes sin parar, que se presenta y exige. Mojado de un
día en el que no ha parado de llover. Me acuesto y duermo en el
más dulce de mis sueños, yo que nunca puedo hacerlo, perseguido
por mis demonios, los nervios que me comen.
13.04.00. Santiago-Santiago
Repito el día. No me canso de ir haciendo, casi sin querer, lo mismo
que ayer hice. Dakar, paseo, lectura, Catedral, comida, café, lectura,
paseo, cena, paseo. Casi cada paso es el mismo aunque vaya por otras ruas,
tratando de conocer esta ciudad inmensa en secretos y rincones, en gentes
de todos los lugares. Obras maravillosas de la arquitectura que un milagro
ha salvado del mal gusto de especuladores. Ciudad antigua y peatonal, de
sonidos humanos, casi musicales para quien está acostumbrado a vivir
en el desenfreno de una ciudad motorizada. Dicen que la música existe
porque hay silencio. Qué gran verdad, que no hay polución
peor que la acústica.
Sigue lloviendo, como ayer, como posiblemente cada día desde hace
ya muchos meses. Eso me cuentan con quienes hablo. Que llevan muy mal año,
que no han visto el sol casi desde el verano.
Sigo en mi sueño. Recuerdo lo que alguien me dijo no recuerdo cuando:
No sueñes la vida, vive el sueño.
Qué gran verdad, qué tontos somos dejando los sueños
pasar, sin gozarlos, disfrutarlos, pasearlos, compartirlos. Si el Camino
me ha abierto los ojos a estas realidades, espero no olvidar su enseñanza.
Otro día ha pasado, probablemente vacío para algunos, por
el no haber hecho nada, por pasear sin rumbo, por existir. Me pregunto
si algunos llenan sus días de rumbos y ocupaciones y se olvidan
de que nacieron para vivir, para disfrutar de la vida, del vivir.
Pero quien soy yo para opinar o crear dudas.
Repetiría, eso es lo que pienso. Repetiría el día,
repetiría el Camino. Viviría de nuevo lo que ya conozco.
Aunque fuera diferente. Repetiría. Y creo que saberlo me alegra,
porque quiere decir que lo he disfrutado.
Vuelvo a casa mojado, claro. Pero ya he dicho que me da igual. Me ducho,
me acuesto. Mañana iré a Finisterre. Remataré el camino
con un paseo en autobús al fin del mundo. Entonces sí podré
decir que habré hecho el Trans-Iberiano, porque me he cruzado la
península de este a oeste por el paralelo 42, más o menos.
Y antes de dormir sonrío de la tontería que acabo de inventarme.
Pero sobre todo, sonrío porque me siento bien, porque estoy vivo
y lo comprendo.
14.04.00. Santiago-Finisterre
Madrugo, y veo que sigue la lluvia. Hace días que no veo el sol,
no más luz que la que pueda tener en mí. Desayuno, que aunque
voy justo me da tiempo. Voy a la estación de autobuses y me siento
en mi plaza. Arranca, salimos. Qué maravilla esto de viajar sentado,
calentito. Un lujo.
Nada más salir de Santiago empiezan a verse claros. Acaba despejando
y lo que era una mañana lluviosa y tristona se convierte en un día
pleno de luz y sol. Hace calor dentro del bus. Es una pena pasar un día
como este encerrado.
Pasamos la mañana de pueblo en pueblo. No llega nunca, se me hace
eterno el recorrido, tantas horas sentado. Me gusta más hacerlo
a pie. O en avión, que eso ya me pierde.
Cuando llego al hotel, cariñosos, dicen que me suben la mochila
al cuarto y que vaya corriendo al restaurante, que me están esperando,
que ya habrían cerrado de no saber que llegaba a esta hora. Un detalle
de agradecer, que voy muerto de hambre.
Como ya es muy tarde, les pido lo que tengan más a mano y les resulte
fácil, que tampoco quiero molestar, que bastante guerra he dado.
Me sirven de primero un caldo gallego riquísimo. Mientras espero
el segundo plato me como medio pan, que he llegado muy justito.
Me traen entonces una fuente de unos 60 centímetros de larga, con
no sé cuantas rodajas de merluza a la romana, con un montón
de lechuga y los restos del rebozado en una tortilla de 20ctms o más.
Me tiro a ello y señores, hagamos una pausa. Me he criado en el
norte, en la misma orilla del Cantábrico, en un pueblo de tradición
marinera y pesquera. Pero en mi vida había comido una cosa así,
nunca jamás había tomado una merluza como esta. Ni en casa
de mi madre. Sensacional, exquisita, extraordinaria, inolvidable.
Tanto es así que llamo a Douglas, un amigo del alma, amante de la
pesca y del buen comer para explicarle el momento glorioso que estoy viviendo.
Lo mato de envidia y lo dejo rabiando, que no paro hasta que no queda nada
en la fuente. Ni el aceitito, que lo rebaño con el pan.
Cuando vienen a recoger y a ofrecerme el postre se sorprenden de ver que
no he dejado nada. Nada de nada. Y hacemos unas risas y me deshago en halagos.
Me sonríen y me traen un postre casero rico, pero nunca comparable
al pescado que he tomado. Sensacional. Un hito importante en mi vida, de
verdad.
Salgo a bajar la comida, primero paseando el pueblo tras pasar por el hotel,
agradecerles su amabilidad y organizarme. Doy mil vueltas, me tomo un orujo
en una taberna. Es la costumbre ya. Y me tiro carretera arriba hacia el
faro.
Llego en un momento, sorprendido por la arquitectura que veo por el camino.
Interesante cementerio frente al mar, aunque estoy seguro de que casi nadie
de aquí piensa igual.
El cielo, lo he dicho antes, está azul, precioso. Veo el mar desde
la altura, pero no sé calcular el tamaño de las olas que
veo romper sobre las rocas. Podrían ser enormes, o no tanto. No
tengo puntos de referencia. Llamo a Txemari y a Sergio, los amigos que
empezaron conmigo y no pudieron por sus obligaciones llegar hasta aquí,
el tiempo les traicionó. Les cuento y les recuerdo desde el fin
del mundo.
Miro el atardecer, la caída del sol, rojo y tembloroso sobre el
horizonte. Lo admiro aunque me esperaba algo más fuerte, más
duro, más en el límite. No puedo evitar la comparación
con otros faros que conozco y que sí parecen del fin del mundo,
que te hacen sentir solo en los confines de la tierra.
Me tomo un café en el faro y me compro un par de libros, mi pasión.
Tranquilo, de noche ya, bajo como puedo, porque no me he traído
la linterna y está muy oscuro. Aún voy a acabar bajando por
la vía rápida, por los acantilados y al mar.
Llego de milagro, me tomo un turbio para celebrarlo y un poco de empanada
¿Dónde estará ya aquella maravillosa e inolvidable
merluza? Me acerco al restaurante y me pido un rodaballo. Está buenísimo,
pero no le hace sombra al pescadito del mediodía. Es imposible,
que aquello ha sido un hito.
Ya de vuelta en el hotel tras pasear la cena, pienso que sí, que
ahora sí he acabado el trans-iberiano y que ya puedo volver a Santiago
y a casa. Y mientras leo me voy quedando dormido en este agradable hotel,
en el que veo el mar desde uno de sus cuartos más altos, ya en las
buhardillas.
15.04.00. Finisterre-Santiago
Me levanto temprano pero sin exagerar. Recojo todo y me voy a desayunar.
No cogeré el autobús hasta la tarde, podré hacer alguna
excursión por los alrededores.
Paseando, me acerco a la playa de la Langosteira. Camino arriba y abajo
por ella y encuentro vieiras en su orilla. Recojo un par y recuerdo todas
aquellas leyendas que convirtieron esta concha en el símbolo del
Camino. Y aquellas otras de peregrinos que llegaron hasta aquí persiguiendo
una nueva vida y perdieron la que tenían, ahogándose en un
mar que desconocían. Y ante esta soledad frente al horizonte, recuerdo
una trágica experiencia.
Hace años, quizá muchos ya, mientras tomando un café
con un amigo pensábamos si entrábamos o no a coger olas,
un hombre se ahogaba en una mañana de octubre, gris y triste. Hubiera
sido fácil ayudarle, pero desgraciadamente no lo vimos por estar
en casa y nadie nos avisó.
Cuando llegamos a la orilla, la guardia civil había cubierto el
cuerpo con una manta, a la espera del levantamiento del cadáver
por el juez. A su lado, en la inmensa bajamar de luna llena, permanecían
su mujer y su hija, pequeña aún, repitiendo su nombre una
y otra vez en un monótono y terrible mantra. Una imagen en blanco
y negro de tremenda tragedia y tristeza, de soledad total ante el mundo.
Y entonces, cual en un milagro, las nubes se abrieron, lució el
sol y un enorme arco iris se extendió por el cielo cubriendo a aquella
familia en su desgracia.
De vuelta al hotel, recojo la mochila y me voy hacia el autobús.
Otra vez el camino pero esta vez de vuelta. Se me vuelve a hacer eterno,
pero ahora que sé de la duración del trayecto, me lo tomo
con más paciencia.
Al acercarnos a Santiago, el cielo va cubriéndose y poco a poco
lo que fue un día precioso se va convirtiendo en un atardecer gris
y triste. Me pregunto si es casualidad o es que en la ciudad no ha dejado
de llover y en la costa hacía bueno.
Cuando llego, voy a la pensión, dejo los trastos y como me cruzo
con Hjördis por la escalera, le pregunto qué tiempo ha hecho.
Y me dice que lloviendo, claro. Ahora comprendo por qué en Santiago
dicen que cuando no llueve, es que va a llover.
Ceno y paseo por la ciudad. Me empiezo a despedir de esta aventura que
he alargado ya más de cuatro días. Me estoy enviciando.
16.04.00. Santiago-Santiago
Vuelvo a repetir mis pasos, vuelvo a recorrer los mismos rincones en esta
ciudad en la que no deja de llover. Vuelvo a tomar los mismos croissants,
cafés y caldos allí en donde una vez ya los tomé.
Vuelvo a ir a donde me siento cómodo y querido.
Me he de reunir con una periodista que conocí el año pasado.
Está escribiendo un libro y quiere entrevistarme otra vez, tomar
algunas notas que le faltan. Quedamos en un bar, casi una cita a ciegas.
Espero que nos reconozcamos.
Cuando nos encontramos me dice algo que nunca olvidaré:
- Eres inconfundible e inolvidable. En pantalón corto, ajeno a la
meteorología y a la sociedad.
Hablamos muchas horas mientras tomamos un café tras otro. Me pide
permiso para tomar notas, que naturalmente le concedo. Pasa el tiempo,
anochece y tratamos de lo divino y lo humano.
Mucho más tarde, nos despedimos. Quedamos en que si no vuelvo por
aquí, me avisará cuando se publique el libro. Para comprarlo,
leerlo y pedirle que me lo dedique. Y que si habla bien de mí, le
invitaré a otro café. Más vale prevenir.
Lo que queda de tarde lo dedico a despedirme de la ciudad. Mañana
volaré a casa, volveré a una realidad que nunca volverá
a ser la misma.
17.04.00. Santiago-Casa
Sigue lloviendo, no ha parado de hacerlo sobre esta ciudad en los días
que en ella llevo. Menos mal del respirito que tuve al ir a Finisterre.
Pero hoy volveré a ver el sol al volar sobre las nubes camino de
casa.
He estado fuera más de un mes, errando por los caminos que me han
traído a Santiago. Salí pensando de una manera y vuelvo con
otra realidad. Esperaba una experiencia y encontré otra diferente.
Pero todo está bien, he conseguido comprender algunas verdades.
Espero no olvidarlas en el tiempo, cuando el presente sea pasado y el futuro
me ofrezca otras alegrías.
Las vueltas a casa son siempre deseadas y rechazadas, sentimiento ambivalente.
Se quiere volver a la comodidad de nuestros hábitos y sin embargo
quisiéramos seguir en la aventura muchos días más.
Pero una cosa es la realidad y otra los sueños.
Tras despedirme del Santo con otro abrazo, visitar de nuevo esta maravillosa
Catedral, decir adiós a la ciudad mientras camino por sus calles
hacia el taxi que ha de subirme al aeropuerto de Lavacolla, sonrío
al pensar que voy a volver a volar.
Me gustan los aviones, por muchos que haya cogido en mi vida. Me gusta
ir en ellos, sentir la sensación de estar ahí arriba, como
las aves. Ver el mundo desde el cielo, como en mi infancia imaginé
muchas veces que hacían los ángeles, acodados sobre las nubes.
El A320 Cañón del río Rubio de Iberia, vuelo IB1569,
despega puntual y en una hora y dieciséis minutos me deja en tierra.
Llegar a casa ya es un trámite, aunque siga con pantalón
corto.
Y una vez cerrado el circulo, acaba mi experiencia o, como dije en un principio,
lo que recuerdo de ella. Y además de que es importante cómo
la recuerdo, lo es también cómo la cuento y si lo hago bien.
Así deseo que sea.
Epílogo
Cuando ya en casa, paso por el banco para saber si ya estoy en rojos
o todavía me queda vida, encuentro una transferencia de algo más
de diez mil pesetas. El corazón se me hincha de alegría por
saber que Christian ha pagado su deuda. Y con esto quiero decir que ha
valorado mi amistad. Es esto lo que me llena de dicha. Que el dinero no
me interesa salvo porque sirve para poder comer.
Gracias Christian, gracias amigo.
Buen Camino a todos
alf@ibernet.com
http://www.biescasvignau.com
Home