
Abrid camino, señores míos, y dejadme volver
a mi antigua libertad:
dejadme que vaya a buscar la vida pasada,
para que me resucite de esta muerte presente.
Sancho Panza.
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.
Capítulo LIII. Segunda Parte.
Miguel de Cervantes.
(Continuación
de La Vía de la Plata. 2001)
08.03.01. Fuente de Cantos - Sevilla - Madrid (117+006km):
No ha amanecido cuando ya estoy en la carretera, allí en donde me
han dicho que para el bus que había de llevarme a Sevilla. Naturalmente
está lloviendo a cántaros. La nube que me persigue desde
hace más de una semana estaba esperándome cuando he salido
del refugio y me ha dado todo lo que tenía. Es generosa de por sí,
si lo sabré yo a estas alturas...
Cuando el autobús para, me moja con el salpicón de un charco.
Ya da igual, que a estas horas ya estoy empapado, calado hasta los huesos.
Echo de menos las frescas mañanas luminosas de una primavera del
sur.
El chofer, cuando me abre la puerta y ve que voy con mochila, baja y me
abre el departamento de bultos. En un aparte me pregunta si he desayunado.
Le digo que no y sin decir nada, sube al bus y grita al pasaje:
"To' er mundo fuera. Dies minuto pa desayuná y oriná"
y me guiña un ojo.
Así que me voy para el bar feliz y contento. Porque puedo desayunar,
porque me voy a Roncesvalles y sobre todo, por el detalle del buen hombre,
que viendo la lastimosa imagen que presento, mojado hasta el tuétano,
me ha dado la alegría de entrar en calor.
En el bar, mientras me como un bocadillo y bebo un café lo más
deprisa que puedo, noto como el chofer me observa. Espera a que termine
para decir:
"To' er mundo pal autobú, que'nseguidita nos vamo"
Cuando subo y arranca me pregunta que a dónde voy para darme el
billete. Y luego se extiende en aquello de que de dónde vengo, que
voy hecho un "esehombre" (sic). Le cuento por encima y
se lleva las manos a la cabeza. Menos mal que vamos por una recta porque
si no nos matamos. Acabamos riendo.
El viaje es agradable, aunque el tiempo es asqueroso. Sentadito, caliente
y a cubierto, se viaja muy bien. Que nos hemos olvidado en el Primer Mundo
lo bien que vivimos, las comodidades que gozamos, que las exigimos en vez
de valorarlas y disfrutarlas.
Ya en Sevilla, me acerco a una Agencia de Viajes y pregunto las posibilidades
de ir a Madrid y Pamplona. Estudio las respuestas y opto por probar el
AVE en el que no he ido nunca y me permite hacer gestiones con el teléfono,
anular reservas, llamar a amigos de Madrid, etcétera. Mañana
tendré que coger otro tren a Pamplona. Me voy a pasar dos días
viajando. Pero a mí esto de ir de aquí para allá,
me gusta.
En Madrid me espera David, extraordinario ilustrador y queridísimo
amigo. Nos vamos a comer juntos, nos hacemos mil risas y pasamos la tarde
tan ricamente. Luego besos a Marta y a Gus, hijo de ambos, cuando los vamos
a buscar a la salida del parvu , que con dos años ya dibuja mejor
que yo. Me quedo en su casa a dormir. Nos acostamos pronto para ser Madrid,
porque mañana el tren a Pamplona sale a las siete en punto.
09.03.01 Madrid - Pamplona - Roncesvalles (117+010km):
Nunca podré agradecer lo suficiente a David y a su familia que me
hayan acogido durante un día, que me hayan ofrecido su casa, una
cama y un plato, que me hayan dado su amistad y su cariño. Nunca
podré olvidar que David me haya acompañado a la estación
cuando todavía no había amanecido. Sé el esfuerzo
que esto representa para él, que no está acostumbrado a madrugar,
que es de despertar lento y tardío.
Me meto en mi vagón en el que ya hay una señorona, oronda
y arreglada. Al poco llega un extranjero, bajito y compacto, con una mochila
de diez mil kilos, enorme. Se le ve perdido. Después unos cuantos
señores grises y discretos y finalmente, casi cuando el tren arranca,
un brasileño parlanchín acompañado de otra buena mochila.
Arranca el tren y me duermo con el traqueteo. Me paso el viaje dando cabezadas,
no puedo más de cansancio. La semana pasada me está pasando
factura.
Pasamos por Guadalajara, Sigüenza, Calatayud, Zaragoza, Tudela, Castejon
de Ebro, Tafalla y finalmente llegamos hacia las dos a Pamplona. Está
despejado. Es la primera vez que veo el azul del cielo desde hace casi
diez días. Parece que he despistado a la nube que me perseguía.
Pero todavía no me lo creo, que es muy constante y tozuda.
Hace fresquete y se agradece el polar que llevo. Me subo el cuello y me
voy hacia la parada de autobús para ir al centro. Allí están
los dos guiris que con sus mochilones iban en el vagón. Oigo como
el brasileño en un ingles muy macarrónico trata de entablar
conversación con el otro. Desde fuera, la situación es cómica.
Presto atención y me entero que son peregrinos que quieren subir
a Roncesvalles. Pero están absolutamente perdidos. Me presento y
hablando a uno en inglés y al otro en castellano les explico que
yo también voy hacia allí, que no sufran, que sé como
ir y que los guío. Como es tarde, tenemos hambre y el autobús
de la Montañesa no sale hasta las seis, me los llevo a comer a una
tasca que conozco por el barrio viejo. Felices ambos, se me tiran al cuello
y se presentan. Uno se llama Ademir y es de Santa Caterina, Brasil, tiene
unos cuarenta años, El otro, Derren, es de Melbourne, Australia.
No llega a los 30 y está cuadrado. Es pequeño de altura pero
es muy fuerte. Acaba de terminar la carrera de Teatro y se va a pasar un
año viajando por Europa. Los hay con suerte.
Dicen que soy su ángel de la guarda. Digo que a tanto no llego,
que justo justo peregrino con un poco de experiencia. Así que andando.
En la taberna, nos hacen esperar un poco, pero nos sirven unas alubias
con morcilla buenísimas y después un filete con patatas caseras.
A mí todo me sabe a gloria, pero es que soy de buen comer. Derren
también disfruta. Ademir es más fino y además se cuida
mucho, que es de origen italiano. La chica que nos sirve es guapa y pícara.
Coquetea con nosotros y yo le sigo. Quedamos en volver en un par de días,
cuando pasemos de nuevo por Pamplona. Dice que allí estará.
Nos despedimos con un "Hasta entonces, michica"
De allí me los llevo al Iruña a tomar un café para
ir matando la tarde. Ademir está muy excitado, con una ilusión
enorme por hacer el Camino. Dice que ha soñado muchos años
con vivir esta experiencia. No deja de hacer fotos.
Paseamos la tarde hasta que subimos al bus. No hay más peregrinos.
Puede ser una peregrinación agradable con la pareja de guiris que
llevo detrás, que me siguen a todas partes allí a donde voy.
La llegada a Roncesvalles es siempre agradable, gratificante. El silencio,
el olor a monte y bosque, la magia, la historia. En la oficina nos sellan
la credencial (con la fecha equivocada) y nos mandan para el refugio. Antes
de eso, me coge el sacristán y me tiene allí contándome
mil historias hasta las tantas. Le compro un libro que ha escrito. Es interesante.
Cuando llego al refugio me encuentro con Ademir y Derren ya instalados
y tratando de entenderse con una pareja de peregrinos de Alicante, muy
jóvenes y agradables, Celia y Héctor. El refugio está
un poco en ruinas y hace un frío pelón. Nos vamos para la
Bendición, emocionante como siempre.
De allí llevo a los cuatro al Hostal Sabina a cenar el menú
del peregrino. Puré de verduras y trucha, otra vez. Riquísimas
como siempre. Parezco un pastor con sus ovejas. Me falta el perro, que
bastón ya llevo. Y la nube, que se ha quedado en el sur. No sufro
por ella, que ya encontrará a alguien a quien dar todo su cariño.
De vuelta en el refugio, cuando ya todos estamos en el saco, llega un peregrino.
Es grande y fuerte y lleva una especie de machete en la mano, un cuchillo
enorme. Da un poco de miedo. Se presenta y entre sueños nos enteramos
de que se llama Noni, es brasileño, de Sao Paulo y Capitán
de bomberos.
Mañana sabremos más.
10.03.01.Roncesvalles - Larrasoaña (117+037km):
Apenas la blanca aurora había dado lugar a que el luciente
Febo con el ardor de sus calientes rayos las líquidas perlas de
sus cabellos de oro enjugase*, cuando
ya estábamos los seis desayunando en el Hostal. Ademir con su cámara
sin parar de hacer fotos. Derren y yo metidos de lleno en las tostadas
y el café. La pareja preparándose y Noni presentándose
y contándonos en brasileiro e inglés su peripecia para venir
hasta aquí. Llegó en taxi tras muchísimas horas de
avión, tren, viaje. Es un tiarrón con unos kilos de más
y tiene un aspecto muy nórdico. Es de origen alemán. Por
lo que brevemente nos cuenta, viene en un viaje interior "Ha de vaciar
la copa para volverla a llenar" según define a su peregrinación.
Nos dice cariñosamente que prefiere caminar solo en busca de sí
mismo. Que nos vemos en el refugio y allí hablamos y comentamos.
Salimos y ya está lloviendo. Pero aunque apenas se ve, el agua que
cae es mansa y agradable y no el temporal que por poco acaba conmigo en
el sur.
Salgo y Derren se me pega como un perrillo. Creo que me considera su tabla
de salvación porque, consideraciones de amistad aparte, en castellano
sólo sabe decir hola.
Enseguida nos enfrentamos al barro. Hay mucho en las partes más
secas. A los humedales es peligroso acercarse. Vamos avanzando poco a poco.
Derren me sigue, bamboleando su enorme mochila. Está eufórico
de verse en un lugar tan bonito. Y me habla de su tierra, con pasión.
Es agradable su compañía, es un cómico y tiene muchos
recursos.
Pasado el alto de Mezkiritz nos paramos en Biscarreta a tomar algo, ambos
somos de buen comer. Nos dan un bocadillo de tortilla de chistorra que
hace las delicias de nuestros paladares y estómagos. Entre bocado
y bocado y con la boca llena, Derren me dice que esto de la omelette
de sistora es buenísimo, que tenemos que repetirla. Y se muere
de risa y felicidad. Nos bebemos cada uno un café con leche de los
de desayuno y nos tiramos al bosque.
Subiendo el Alto de Erro me da una taquicardia. Cuento entre 185 y 195
pulsaciones. Me tumbo, y espero a que pase. No consigo dominarla pues mi
compañero se asusta, está muy preocupado y no puedo relajarme.
Le digo que haga el favor de seguir, que en cuanto se me pase lo alcanzo.
Se va, pero no muy convencido. Creo que va pensando que de esta no salgo,
que canto el gori gori. Pasan los minutos y no me recupero. Nunca
me había durado tanto. Me empiezo a asustar. Para tranquilizarme,
porque sé que no es más que un problema de nervios, me provoco
el llanto. Cuando las lágrimas empiezan a fluir, mi corazón
se estabiliza con un gran extrasístole. Recuperado ya, me levanto
y me doy cuenta de que me encuentro muy cansado y además frío,
por haber estado tumbado en la húmeda vegetación durante
unos buenos veinte minutos. Me cargo la mochila y enseguida entro en calor.
El cansancio se me olvida por la alegría de sentirme otra vez bien,
en la admiración de la belleza que me rodea.
Al llegar al Alto encuentro a Derren. Salta de alegría al verme.
Se ha quitado un peso de encima y no precisamente el de la mochila. Me
comenta que estaba muy preocupado, que estaba pensando en volver a por
mí, a ayudarme. Gracias amigo.
Seguimos a buen paso, evitando los barros, a veces en amena conversación,
a veces en profundo silencio, enfrentándonos a la naturaleza, al
cansancio, a nosotros mismos.
En Zubiri le cuento del significado del nombre del pueblo y la leyenda
del puente. Me mira con los ojos como platos, pues al ser su tierra un
país joven le emocionan todas estas historias del pasado.
Llegamos a Larrasoaña, saludamos a Santiago Zubiri y esperamos charlando
con él a los demás. Llegan los brasileños en pareja.
Ademir dice que está muerto, que mañana se va a casa, Noni
serio, pero sus ojos hablan de felicidad. Al rato llega nuestra parejita.
Ya todos reunidos, tras la ducha, les miro y curo los pies, y me los llevo
al bar del pueblo. A Ademir hay que arrastrarlo, que ya no puede. Pero
allí, al entrar en calor y al darle cuerda Sangalo, se anima y vuelve
a ser el latino histriónico que es.
Disfrutamos de la tarde, de la conversación y de unas potxas
riquísimas. Derren vuelve a decir que de esto también hay
que repetir. Le escribo la receta en su cuaderno de viaje. Cuando se da
cuenta que se lo he hecho en castellano me llama de todo. Me río
y se la explico en inglés para que vaya anotando sus observaciones.
He de decir que desde el primer momento, los seis que estamos en camino,
hemos establecido una agradabilísima relación, aceptando
la personalidad propia de cada uno y las razones por las que ha venido.
Un placer peregrinar entre buenas gentes.
Al volver al refugio creo que no duramos ni cinco minutos despiertos, que
todos caemos dormidos en el más dulce y reparador de los sueños.
*El ingenioso hidalgo
Don Quijote de la Mancha.
*Capítulo
XX. Segunda Parte.
*Miguel de Cervantes.
11.03.01 Larrasoaña - Cizur Menor (117+058km):
Tras una noche de descanso y un buen desayuno, las cosas se ven diferentes.
Ademir que ayer cuando llegó al refugio renunciaba a seguir, hoy
volvía a estar eufórico y no podía retrasarse a empezar
la etapa, el ansia lo devoraba. Quedamos en Cizur Menor y cada uno a su
ritmo empezamos a caminar, Derren junto a mí. O yo con él,
que ya no sé.
En un día como el de hoy es cuando se puede afirmar que de barro
estamos hechos, porque aparte de la belleza incomparable de la vera del
río Arga y del bosque por el que se hace la primera parte del día,
sólo hay lodos. Y blandos, por los que es prácticamente imposible
caminar. No quiero imaginar lo que Ademir estará sufriendo y diciendo
con lo exagerado que es. Con Derren voy muerto de risa pues entre resbalón
y resbalón hace como resbala y es de verdad gracioso. Y como ambos
somos surfistas, pues aquí nos tienes, disfrutando. Ya vamos de
marrón. Bueno, yo ya iba, que me traje a este Camino todo el barro
de Andalucía.
En Zuriain, Irotz y Arleta nos ladran perros. Es el único sonido
que oímos hasta llegar a Arre. De allí a Pamplona caminamos
en silencio y resignados. Cruzar Villaba y Burlada no es muy entretenido
después de haber pasado por parajes tan maravillosos como los recorridos
ayer y durante la primera parte de la mañana de hoy.
Cerca del Puente de la Magdalena a mí ya me hacen ruido las tripas.
Derren me dice que podríamos aprovechar para ir a ver a la tabernera
de cuando llegamos del tren. Le pregunto si lee el pensamiento o es telépata.
Dice que es australiano y se muere de la risa. Por el recorrido por la
parte vieja de la ciudad le explico lo de los San Fermínes y cómo
mi madre contaba que mi abuelo se libró una vez de milagro, que
acabó colgado de un balcón. Llegamos a la Plaza del Castillo
y buscamos por las callejuelas adyacentes el bar del otro día. Pero,
oh tragedia, está cerrado, que hoy es domingo. Nos consolamos comiendo
en un restaurante algo bastante más elegante que hay en las cercanías.
De allí, tranquilamente nos vamos paseando a Cizur.
Cuando llegamos ya hay un peregrino, Cesar, que empieza mañana aquí.
Es villartino (él dice que libertino) es decir, de Villarta Quintana
que está junto a Santo Domingo de la Calzada El verano pasado hizo
desde Roncesvalles y va ahora a intentar llegar hasta Burgos, que no tiene
más tiempo. Si tuviera que definirlo, diría que es buena
persona, buenísima. Le delatan sus ojos, su hablar, su cortesía.
Está muy ilusionado con hacer el Camino. He de reconocer que este
año me estoy encontrando una gente maravillosa, todos. Que en los
otros Caminos el personal estaba como el jamón, entreverado.
Ademir vuelve a llegar moribundo. Es su personalidad. Lo reanimamos, lo
mandamos a la ducha y nos lo llevamos a tomar un txikito. Al rato vuelve
a la exuberancia a la que nos tiene acostumbrados. Derren feliz, no calla.
Noni, serio y reflexivo, nos ilumina con sus ojos, Celia y Héctor
hacen de la tarde un momento agradable. Y Cesar la remata con su bonhomía.
Un momento mágico de camaradería entre gentes de diferentes
tierras y culturas.
Tras la cena, volvemos al magnífico y acogedor refugio de Maribel.
Cuando me voy a meter en el saco, en la otra esquina del cuarto para evitar
que mis ronquidos les molesten, me obligan a ponerme con ellos. Les agradezco
de corazón que a pesar de mi defecto, involuntario eso si, me acepten.
Gracias amigos.
12.03.01 Cizur Menor - Puente la Reina (117+077km):
Cesar nos despierta. Está deseoso de empezar, le ha ganado a
Ademir. Nos vamos todos a desayunar y al poco de salir ya nos hemos distanciado,
que cada uno camina a su ritmo. Va delante de líder, nuestro buen
riojano, que es una máquina. Le seguimos en el pelotón de
cabeza Derren y yo, que ya tácitamente nos juntamos al salir. Atrás
quedan los brasileños, cada uno a su ritmo y en la cola, la parejita.
Desde primera hora la lluvia nos acaricia. Según pasan los kilómetros
nos vamos adentrando en un barrizal sin nombre. No es camino, es lodazal.
Por los campos no se puede pasar pues están recién labrados
y con el agua son como arenas movedizas. Mejora un poco al sobrepasar la
laguna aunque volvemos al chocolate al llegar a Guenduláin. En Zariquieri
la niebla nos sorprende. No se ve mucho. Quizá es porque me he quitado
las gafas por la lluvia. Pero no, Derren me confirma que no ve nothing
at all, o sea, nada de nada.
Estoy preocupado por la pierna. Con el esfuerzo del barro está empezando
a molestarme. La tendinitis que sufrí en la Vía de la Plata
puede repetirse y ello me mandaría a casa. Espero que no, porque
este año estoy disfrutando mucho con esta gente tan maravillosa.
Ellos no lo saben, pero me están ayudando mucho en mi lucha interior,
personal. El Camino hace el resto.
Subimos con enormes resbalones el Alto del Perdón. Es un par de
pasos adelante y desliz hacia atrás. En uno, Derren cae sobre mí
y me voy al suelo. Le digo que me quite su mochila de encima, que me está
matando. Se deshace en excusas y a mí me da la risa. Se hace larga
la subida, pero con buen humor no hay nada imposible. Arriba hay algo más
de claridad y podemos ver y oír a los gigantes. Si don Quijote levantara
la cabeza iba a tener mucho trabajo por esta sierra. Si llegaba, claro,
que dudo que el pobre Rocinante tuviera fuerzas para luchar contra tanto
barro.
Le prometo a Derren un buen bocadillo cuando lleguemos a Muruzabal y veo
como a pesar de la bajada por cantos rodados, sonríe ampliamente.
Vaya dos nos hemos juntado. Si fuera vino lo que tomáramos en vez
de comida, iríamos todo el día piripis.
Reunidos con Ademir y César hacemos el último trozo hasta
Puente la Reina por el senderito que va a la izquierda de la carretera,
sin pasar por Obanos. La lluvia no ha parado en todo el día y cuando
llegamos al refugio estamos completamente empapados.
El albergue está cerrado, por lo que tras un rato de espera bajo
el agua, nos vamos a un hotel rural de nombre Bidean (En el Camino
en vasco) que tiene muy buena pinta, sito en la Calle Mayor. Alquilamos
tres habitaciones. En una individual se mete César, en otra Ademir
y a Derren y a mí nos colocan en una doble. Normal, vamos siempre
juntos. Qué lujo, calientes, camas con sábanas. Parece mentira
qué pronto se olvidan en el Camino las comodidades a las que estamos
acostumbrados a diario.
Ponemos todo a secar. Cuando terminamos con las duchas nos reunimos los
cuatro en nuestro cuarto y decidimos ir a buscar a Celia, Héctor
y Noni, que los hemos perdido. Cuando Ademir va a buscar algo de abrigo
se da cuenta que ha dejado la llave puesta por dentro y ha cerrado la puerta.
Muy amables, los del hotel vienen a ayudarnos. Les lleva un buen rato abrir.
Salimos dándole coscorrones al culpable. Hoy que no se queja del
cansancio hay que aprovechar.
Encontramos a los otros tres en un bar, comiendo. Han conseguido que les
abran el refugio y se han instalado allí tan ricamente. Nos apuntamos
a la mesa aunque la camarera no es nada amable. Paseamos el menú
viendo el puente y las iglesias. Volvemos pronto al hotel, pues sigue lloviendo
y ya no nos queda ropa seca. Y hace fresquete. Salimos justo para cenar,
en el mismo restaurante a pesar de la camarera, que nos trata a escobazos
pero que finalmente se porta correctamente. Quedamos en reunirnos mañana
en Estella en el albergue, que es estupendo.
13.03.01 Puente la Reina - Estella (117+104km):
Qué bien hemos dormido. En cuanto nos duchamos ya estamos Derren
y yo corriendo para desayunar, llorando de la risa. Qué hambre tan
tremenda llevamos. Mientras estamos devorando un bocadillo, aparece Ademir.
Cesar debe estar ya a punto de llegar a Estella. Con la velocidad a la
que camina debería meterse a profesional de Marcha Olímpica.
Ganaría medallas y batiría records. De los demás no
sabemos nada, pero ya irán apareciendo. Lo bueno del Camino es que
cada uno va andando en soledad y hay momentos en los que te reúnes
con otros peregrinos y puedes hablar, reír, meditar. Las cenas son
divertidas, cuando cada uno comenta las vicisitudes del día, cuando
todos están relajados. Pero es cuando a solas por el sendero alguien
te cuenta su razón oculta, te habla de sus infiernos o paraísos,
cuando este errar adquiere sentido. Son los momentos que hacen que estos
días pasen por tu espíritu.
La etapa de hoy se me ha hecho pesada las dos veces que he hecho el Francés.
Así que supongo que hoy no va a ser diferente. Me anima pensar que
voy a pasar por lugares bonitos e interesantes, que voy a ver vías,
estelas, villas y edificios admirables.
Tras cruzar el esbelto puente y arrastrar a Derren que se ha quedado como
alelado mirándolo, nos enfrentamos a unos repechitos que me recuerdan
a los del principio de la subida a O Cebreiro. No sé quien es el
gracioso que ha calificado esta etapa con una bota. Aquí me gustaría
verlo. Y servidito de barro, para que vaya disfrutando.
Pasamos Mañeru y antes de llegar al cementerio nos sale una loca.
Da un poco de miedo. Viene como escondiéndose, toda de luto riguroso.
Nos hace gestos raros, como contra el mal de ojo o alguna maldición.
Nos dice algo al pasar, pero no la entiendo. Nos da como repelús
y escalofríos. Me gustan los camposantos de pueblo pequeño,
pero hoy pasamos junto a este ligeritos y sin mirar.
El sendero que lleva a Cirauqui nos serena. En la entrada del pueblo nos
rodea un rebaño de ovejas, los perros y un par de pastores que nos
saludan. El pestazo que echan los animales nos deja sin aire. Vaya mañana
llevamos.
Ante el arco, admirando la estela, comemos un poco de pan con chocolate
y bebemos agua. Ya repuestos, atacamos la cuesta y bajamos por la calzada
romana. Tengo que coger a mi australiano y arrastrarlo, que se me queda
en donde la historia le desborda. Luego no calla hablando de Gladiator,
la peli. Le explico que en ella se supone que es de Emérita Augusta,
es decir, de Mérida y a partir de ese momento camina un rato con
la boca abierta. Amazing es el adjetivo que repite varias veces.
Alucinante, traduciría un moderno.
Tras cruzar el puente romano, la carretera y un desvío, llegamos
a donde la calzada continúa por muchos metros, quizá kilómetros.
Pasamos otros dos puentes, uno de ellos medieval y llegamos a Lorca. La
subidita se las trae ¿Dónde estará el que dice que
la etapa es de una bota?
Al salir se nos come la jauría de perros que hay en las perreras.
Seguro que si abren las jaulas no dirían esta boca es mía,
pero así, tantos y tan ladradores, impresionan un poco.
Tiramos por el senderito que ya lo han señalizado bien después
de tanto peregrino perdido por la huerta y poco a poco nos acercamos a
Villatuerta. Desde allí, por la carretera, hasta Estella. Nos llegamos
al refugio, que ya está abierto y nos inscribimos. El hospitalero
que me reconoce del año pasado, me pregunta si no voy a decir nada.
Le digo que más vale ser discreto. Entonces me señala el
cuadro que les pinté y mandé como agradecimiento por el caldo
de verduritas que me dieron el año pasado cuando llegué muy
justito.
Cesar ya está instalado y duchado, claro. Debe de llevar dos horas
aquí. Otra particularidad que tiene este hombre es que no lleva
saco, solo una funda de algodón. Y yo que cada noche me muero de
frío en la cama.
Aprovecho el rato hasta que lleguen todos, para ir a la farmacia. Bueno,
no sé la razón cual es, pero las boticarias se me dan bien.
O les caigo en gracia. La verdad es que siempre me dan cuerda y me sonríen.
Debería dedicar más horas a este gremio y mejor me iría
con los amores. Pero es que ya se sabe, no aprendo.
Una vez limpios y organizados, una vez que ya nos hemos reunido los siete,
llevamos a nuestros guiris a visitar la villa. Pasamos por una tienda de
deportes y nos hacen entrar Ademir y Derren. Este se compra un pantalón
de aguas, que no llevaba y un bastón. Le daba mucha envidia el mío.
Ahora me la da él, que el suyo es con suspensión, o amortiguamiento.
Ademir se compra una mochila más pequeña, y decide mandar
la otra con muchas cosas a Santiago. Iba de elegante y lo está pagando.
De allí vamos a ver monumentos, a contarles la historia de Roldan
y Ferragut y a enseñarles el capitel que narra la batalla. Para
que cierren la boca, los llevamos a tomar unos pinchos y un vinito. Con
aquello de ahora me toca a mí pagar, acabamos todos un punto entonados.
Como era vino bueno, baja bien mientras volvemos al refugio a cenar. Hemos
de hacerlo a la carrera porque a las diez en punto cierran el albergue
y me conozco a Carlos el hospitalero. Así entramos en calor, que
hace mucho frío. Llega el último Ademir, que va medio cojo
gracias a las ampollas. Hoy es Derren quien se lia y nos cocina unos spaghetti
con verduritas que le salen buenísimos. Pero se nos acaba la cuerda
rápido, así que buenas noches a todos y good night
a nuestro aussie.
14.03.01 Estella - Torres del Rio (117+132km):
Nos despierta la música. Es pronto pero hemos descansado bien.
Como es muy temprano, hace fresco y lo que es peor, va a ser difícil
encontrar algún sitio para desayunar. Salimos y damos un par de
vueltas por el centro de la villa. Estamos de suerte, una cafetería
está abierta y tienen unos croissants grandísimos con una
pinta extraordinaria. Derren me mira con el rabillo del ojo y se echa a
reír. No ha de decirme nada, que ya lo entiendo, le pido un café
con leche y le elijo los dos más grandes. Lo mismo para mí.
Empezamos el día felices. Cesar dice que no entiende donde lo metemos,
uno bajito y otro delgado, y los dos payasos. Nos reímos los tres,
nosotros con la boca llena.
Ademir está muy nervioso pues le hace mucha ilusión lo de
la Fuente del Vino. Dice que va a llenar la cantimplora , que se la va
a beber y la va a volver a rellenar. Espero que no le siente mal. Pero
antes hemos de acompañarlo a facturar la mochila grande en donde
manda a Santiago la mitad de la ropa que lleva. Así que nos da el
tiempo justo para pagar y seguirlo.
En correos, mientras Cesar y yo le ayudamos con los trámites, este
aprovecha para mandar el mando de la tele de su cuarto del hotel de Puente
la Reina. En qué estaría pensando. Derren nos espera. Los
demás van arrancando. Noni va a su aire, como siempre. Lo más
gracioso es que va con un paraguas en la mano que usa para protegerse de
la lluvia y del sol. Es un espectáculo verlo con él desplegado,
caminando solo, dando gritos y hablando con la naturaleza que le rodea.
Parece un loco. Pero no, es una bellísima persona en una profunda
lucha interior.
Llegamos a Ayegui y en vez de coger la desviación a Azqueta nos
vamos hacia Irache para pasar por la Fuente. Allí nos hacemos las
fotos típicas, probamos el vinazo y algunos guardan un poco. Cuenta
la leyenda que San Juan de Ortega hizo en una ocasión un pozo para
calmar la sed de los habitantes del lugar. Cuando lo terminó les
preguntó qué querían que saliera de él ¿agua
o vino?
Vamos hacia el Monasterio de Irache. Intentamos visitarlo pero está
cerrado.
Llegando a Azqueta vemos a Pablito trabajando en un campo. Le saludo y
le pregunto por su salud, ya que me habían dicho que había
estado muy enfermo, incluso algunos afirmaban que había muerto.
Nos invita a un café. Le seguimos Derren y yo.
Como no me recuerda le comento que el año pasado por las mismas
fechas, me invitó como ahora a pasar a su casa. Estuvimos hablando
sobre el cuadro del Ejercito Carlista que tiene en la pared con un especialista
en el tema, el cual me estampó en el cuaderno de viaje el sello
del Cura de Santa Cruz, pieza curiosísima. Mientras piensa, le digo
que soy quien le ha diseñado, hecho y mandado un sello. Y entonces
me echa una amable bronca. Dice que no lo puede usar pues pone Pablo cuando
él es Pablito. Me defiendo diciendo que no lo entendí bien
y prometo enmendar el error. Y consigo, que como excepción, me ponga
el sello que le envié. Nos despedimos, pues algún día
volveré a pasar, aunque el próximo año intentaré
de nuevo la Vía de la Plata. Antes de salir nos regala unas conchas
ya que preferimos el bastón telescópico que ambos llevamos,
a sus afamadas varas de avellano. Es difícil irte de su casa sin
un detalle de su gentileza.
La etapa a partir de Azqueta es muy agradable. Son las primeras soledades
y empiezan a agradecerse. No hace mala mañana y hablando primero,
en silencio a partir de Monjardin, meditando después, vamos avanzando
paso a paso, poco a poco hasta Arcos. Descansamos un rato allí y
seguimos hasta Sansol y Torres del Río en donde hemos quedado con
los demás.
Hoy vamos últimos, pues hemos pasado un buen rato hablando con Pablito.
Cuando llegamos al refugio ya están todos instalados, duchados y
curados. Saludo a Carmen, que me recuerda del pasado año y le pido
permiso para instalarme en el piso superior, pues el pequeño dormitorio
de abajo ya está lleno. Me abre y me organizo. Un lujo tener un
inmenso cuarto, fresco y aireado, dos duchas y dos baños para mí
solito.
La cena la hace hoy Noni, que ha comprado un montón de alubias para
todos. Ya es de agradecer. Derren nos monta un espectáculo de mimo
para entretener la velada. Es muy gracioso. Y siempre está sonriendo.
Amazing, ya lo decimos todos. Y nos reímos.
Lo escribía el otro día, la gente que este año he
encontrado en el Camino es extraordinaria, cada uno con su personalidad.
El disfrutar de su compañía hacen de este peregrinar un placer
añadido.
15.03.01 Torres del Rio - Logroño (117+153km):
Salimos en ayunas pues no encontramos nada abierto en donde tomar algo.
Si es que en este lugar hay algún sitio en donde poder hacerlo,
claro. Deren camina en silencio. Debe de ser el hambre que no le deja hablar.
El día es maravilloso, luminoso. El cielo está azul, el campo
precioso. Todo es una invitación a la fiesta de la vida. Serpenteamos
por los senderos, por nuestras dudas. Vamos caminando, avanzando por el
rompepiernas que es la etapa de hoy hasta Viana. En nuestro interior el
camino tampoco es fácil y también hay que hacer un esfuerzo.
En el silencio de la naturaleza, oímos los gritos de Noni mientras
lucha contra sus fantasmas.
En Viana pisamos la losa de la tumba de César Borgia. Derren disfruta
mucho cuando oye la historia. La medio representa. Y ya directamente a
tomar un buen desayuno, que llevamos muchas horas con el estómago
vacío. Ya ni hablábamos,
Tras tomar un par de bocadillos pequeños y un café con leche,
seguimos camino adelante. Ademir, Noni, César, Célia y Hector
deben ir por delante, no sé dónde los hemos perdido.
Al llegar a casa de Doña Felisa, tras saludarla, le pregunto si
ha pasado algún peregrino. Muy profesional, me informa de que ya
van cinco, tres hombres y una parejita. Ya tranquilos, con todo el equipo
situado, seguimos adelante tras agradecer a esta bellísima mujer
su amabilidad y el par de higos que nos hemos comido.
Pasado el cementerio nos encontramos con el puente de piedra en obras.
Así que nos colamos por ellas pues si no, nos teníamos que
ir hasta Cuenca para cruzar el Ebro y a estas horas ya no estamos para
mucho paseito extra.
Al llegar al magnífico refugio nos encontramos con que la hospitalera
está desesperada porque hay tres yankies que se están haciendo
el longuis y no se van tras haber pasado ya varias noches
en el refugio. Como no habla inglés y ellos no saben decir ni gracias
en castellano, he de ayudarla traduciendo lo que me dice. Finalmente conseguimos
que salgan y sigan hasta Navarrete.
Una vez instalados y duchados, hago una lavadora. Me pide Noni meter un
par de camisetas de bombero en ella. Cuando sacamos la ropa, está
toda roja. Lo asesino allí mismo aprovechando que el color del agua
disimula la sangre.
Nos manda el buen César a Derren y a mí al mercado a comprar
para hacer una ensalada. Mientras, él va a preparar unas tortillas
de patata y fresas de postre.
Pasamos un rato admirando los productos de la huerta de esta maravillosa
tierra. Nos cargamos de bolsas y en el refugio pongo a todo el mundo que
no tiene César ocupado a cortar. Cuando todo el material está
bien troceado, lo echamos en un perol enorme y con las manos, hundidas
hasta los codos, lo remuevo bien, a la vez que lo vamos aliñando.
Una vez listo hacemos que Derren. nos diga si está bien. Lo aprueba
con un amazing en suspiro. Como el équipo que dirige César
ya ha terminado con las tortillas, servimos y nos tiramos como leones a
comer. No queda nada, ni migas de pan. La verdad es que todo estaba buenísimo.
Hacemos unas risas mientras decimos que podríamos montar un restaurante
para peregrinos. Cada día el mismo menú, pues nadie se queda
más de una noche. Ademir dice que podría hacer de bailarina.
Y Derren sugiere camareros que no hablen sino que se expresen como los
mimos y así resolvíamos el problema de los idiomas. Lo que
hace el sentirse bien y en paz con uno mismo. Y en compañía
de buena gente.
Cuando se nos acaban las risas y empezamos a cantar el gori gori,
desfilamos hacia las literas con una sonrisa todavía en los labios,
pues los ojos ya los llevamos como los chinos, semicerrados.
16.03.01 Logroño - Nájera (117+181):
Amanece bonito, con un maravilloso cielo azul. Se agradece el buen
tiempo en una etapa que no es de las que más me gustan. siempre
se me hace larga y a veces aburrida, a pesar de pasar por lugares muy interesantes.
Empiezo a caminar acompañado de Derren y César, que va dando
tirones, no sé si para probarnos o porque sin querer se le escapa
la velocidad. Como él es de esta tierra, nos va contando cosas de
la huerta que yo traduzco.
Al llegar a Navarrete, paramos en el bar Los Arcos y volvemos a desayunar,
que el hambre va apretando. Además la tortilla de patatas del lugar
siempre ha estado riquísima. Acabamos con toda la que hay. Mientras
vamos pagando, la posadera me da su teléfono y dirección.
Derren me mira y nos entra la risa a los tres. No sé cómo
lo hago que siempre me meto en líos.
Al seguir camino nos encontramos con los americanos que ayer no se querían
ir de Logrono. Son tres y a cual más pícaro. César
y yo seguimos a buen ritmo mientras Derren se queda con ellos. Creo que
necesitaba hablar largo y tendido en perfecto inglés con alguien.
Estar con gente de cultura más próxima a la suya, anglosajona
de alguna forma.
César va con la toalla en la cabeza a guisa de turbante, pues el
sol le está quemando la piel y se le está poniendo roja.
Parece un tuareg tapado lo mejor que puede. Vamos, que va embozado.
Pero aprieta el paso, tira como un loco. Vamos a muchísima velocidad.
Llegando a la gravera nuestro andar ya es pura competición, ya no
hablamos y creo que ni pensamos. Estamos deseando llegar y vamos poco a
poco acelerando.
Cruzando el puente doy un tirón y lo dejo unos metros atrás.
Creo que me deja ganar, pues es amable hasta para esto. La verdad es que
nos separa un suspiro, pero a este ritmo una centésima es una eternidad.
Saludo a Pablo, hospitalero amable en donde los haya, que me recuerda del
año pasado. Cuando aparece César yo ya estoy inscrito y al
mirarle a los ojos nos entra la risa. Dice que luego hablaremos. Para que
la sangre no llegue al río, que por cierto lo tenemos muy muy cerca,
le presento a Pablo. Como ambos son riojanos tienen lugares y conocidos
comunes. Me quedo mirándolos mientras hablan y me pregunto cuál
es mejor persona. No encuentro respuesta a mi duda, que a cual mejor.
Cuando llegan todos, salimos a dar un paseo Pablo y yo. Me enseña
un arco muy interesante que está escondido en un lateral de Santa
María. La verdad es que no me he portado bien con él y mira
que se lo merece. No le he hecho el sello que me encargó el año
pasado.
Me reúno con los demás y nos tomamos un aperitivo mientras
dejamos que el tiempo pase hasta la hora de cenar. Hoy va a cocinar Héctor
y Celia le ayuda. Tocan fusili con pimiento y jamón. Le salen buenísimos.
Mientras cenamos me llama Txemari dos veces. Ya está nervioso pues
se reunirá con nosotros en Belorado para terminar su segunda peregrinación.
Entre que quedamos y le cuento cuatro aventuras, se nos hace tarde y me
voy directamente al saco, pues hace frío en el refugio y todos se
han acostado ya.
Ya en la litera me doy cuenta que no he ayudado a fregar. Me he distraído
hablando por teléfono y buscando cobertura y sin querer me he escaqueado.
Bueno, mañana limpiaré lo que me toque, aunque sea lo del
desayuno, ahora ya no puedo hacer nada.
Mientras me voy durmiendo oigo gritos en el piso de abajo. Son los yankies
que tienen una discusión de las gordas. Espero que sea sobre poesía.
17.03.01 Najera - Santo Domingo (117+204):
Cuando me despierto, César ya no está. Ha de haber salido
de noche. Como llega a casa, quizá quiere comer con sus padres y
así llega con tiempo. A menos que quiera vengarse del tirón
que dí ayer y haya decidido sacarme una buena ventaja para luego
tomarme el pelo.
Cuando bajo a la cocina está todo limpio y ordenado. Alguien fregó
anoche lo que yo no hice. Pregunto y nadie ha hecho nada. O hay brujas
o César ha vuelto a demostrarnos su bonhomía. Le voy a echar
de menos cuando en Burgos deje el Camino por falta de tiempo.
Me despido de Pablo y le repito mi promesa de hacerle el diseño
del sello que me pidió el año pasado. La verdad es que es
un encargo difícil de resolver, pues quiere muchas cosas en él
y todas no caben. Así que me voy a tener que espabilar.
Nos vamos a desayunar al bar que nos recomienda y aunque no hay mucho para
tomar, nos lo pasamos genial hablando con los señores de la manguera
y otro vecino. Así que ya salimos contentos.
Luce un sol maravilloso y la luz del campo es sensacional. Pero hace un
frío que ni en los inviernos de las épocas glaciares de Vitoria/Gazteiz.
Así que vamos tapados hasta arriba. Nadie habla. He salido con Derren
y Ademir y sólo se oye el sonido de nuestros pasos, lo cual es de
lo más sorprendente pues nos hemos juntado los más dicharacheros
del Camino. Al poco rato empiezo a oír el ruido de mis tripas. Es
que voy medio desayunado. Le miro a Derren y me responde con los ojos,
se está muriendo de hambre, como yo. Ademir tiene los ojos vidriosos,
osea que también va muerto.
Llegamos a Azofra con viento en contra fuerte. A mí esto me mata
pues peso muy poco y se me lleva. Me protejo detrás de Derren, que
como es muy ancho, me tapa bien. Sin decir nadie nada, nos hemos encontrado
acodados sobre la barra del bar del pueblo. Naturalmente nos ha dado la
risa. El señor del bar nos mira como si fuéramos tontos.
Les organizo, que no se entienden al pedir y pasamos a mayores. La verdad
es que las tostadas con mantequilla y el café con leche de desayuno
entran muy bien en las lomas de estos campos.
La etapa es muy fácil y bonita, al menos a mí así
me lo parece. Poco a poco vamos avanzando. A mí me duelen los pies
y me noto el cansancio de tantos días por el campo. Ya he perdido
la cuenta, pero con los que pasé por la Vía de la Plata,
ya deben de ser más de quince fuera de casa cruzando lomas y montes,
bajo el sol o la lluvia. No soy de azúcar, pero acaricio la idea
de una buena ducha y una cama limpia.
Mientras avanzo, sonrío al recordar la historia que alguien me contó
de un peregrino alemán que tuvo la fortuna de conseguir, no sé
cómo, un huevo de la gallina que está en la Catedral. Huevo
que primorosamente conservó y cuidó hasta su llegada a Compostela.
Dicen que desde allí se lo llevó a casa y lo incubó.
Nació un gallo al que puso por nombre Domingo.
Cuando llego paso a saludar al Santo y me acerco al Parador. Pregunto si
hay una habitación libre y me sorprende que me digan que para mí
siempre la hay. Me recuerdan de otros años y me dan una con vistas
a la plaza. Me ducho, mando a la lavandería toda la ropa sucia y
me voy a buscar a los demás.
Comemos juntos y les ofrezco la ducha de mi cuarto para que se den el gustazo.
Así que me dedico a ir subiéndolos al cuarto distraídamente
para que disfruten y de allí me los llevo al patio para tomarnos
un vinito todos juntos. César se reúne con nosotros y nos
quiere llevar a un par de sitios, haciendo de guía. Pero ya hemos
estado en todos ellos. De allí a cenar.
Con enorme tristeza nos despedimos de Celia y Héctor que mañana
vuelven a casa. La verdad es que los vamos a echar mucho de menos, pues
todos les habíamos cogido mucho cariño. Celia no puede evitar
echarse a llorar amargamente. Se nos parte el alma
18.03.01 Santo Domingo - Belorado (117+228):
Tras desayunar el buffet del hotel, una de mis grandes debilidades
y despedirme del Santo en la Catedral, salgo para Grañón
en donde he quedado con César. A los demás ya los iré
encontrando.
Al llegar, César me lleva a una panadería que le conocen.
Nos meten en el obrador y nos invitan a croisant y café con leche,
un lujo asiático. Y además calentitos, que hace frío
en el campo.
El fortísimo viento en contra que nos encontramos al salir del pueblo
es lo peor que nos podía pasar. Cuesta avanzar. Yo sufro mucho por
ser el más ligero, así que voy muy poco a poco. El barro
que hay por los caminos, sobre todo en los últimos metros antes
de llegar a la provincia de Burgos hace que sea durísimo este recorrido.
Vaya despedida nos hace La Rioja. Con tantas dificultades no creo que haya
ido a más de 2 km/h en ese trozo.
Discutimos César y yo durante horas sobre metereología. Argumenta
él con su sabiduría de hombre de campo, que cuando hace viento,
no llueve. Le rebato su teoría con mi experiencia de mar y costas
recordándole las galernas del Cantábrico. El dale que te
pego. Y yo que no me rindo. El caso es que hace viento, frío y chispea.
Derren, al que hemos encontrado entre los barros nos propone un juego.
Dice que si le cantamos la banda sonora de Indiana Jones, Superman y La
Guerra de las Galaxias nos invita a cenar todos los días hasta que
lleguemos a Santiago. César dice que no hace el esfuerzo por dos
noches, que él se queda en Burgos. Yo le pregunto que si vale desafinar.
Me responde que eso es lo de menos. Le contesto que César hace de
testigo. Así que cuando quiera empiezo.
-Superman:
-Tatarata Tatará...
me interrumpe, me dice que eso es Indiana, pero que vale, que ya tengo
una.
- Next one, please (la siguiente por favor)
-Tatarata Tatará...
me repito.Lo intento de nuevo:
-Tatarata Tatará...
es increíble, son casi iguales, es dificilísimo cantar ya
no las tres sino sólo dos. Derren, muerto de la risa, intenta hacer
una demostración y casi lo consigue. César nos mira como
si fuéramos tontos. La verdad es que estamos dando un espectáculo.
Si alguien nos viera...
Cuando llegamos al refugio hay ya varios peregrinos. Unas alemanas van
con un perro, y no son muy agradables. La verdad es que nos reciben a bufidos.
Es una pena, pero es su problema. Derren y yo nos vamos a un hotel de carretera
y alquilamos un par de cuartos. Allí he quedado con Txemari que
continuará su peregrinaje en donde lo dejó el año
pasado. Llega cargado de cámaras, con tres moviles y no calla. Cuando
se lo presento a los demás, se quedan todos boquiabiertos de lo
eléctrico que es. Pero enseguida congenian con él.
Como es pronto, vamos a comer a un bar de la plaza. Se nos pegan los yankies
e intentan que los invitemos. Pero no lo logran. De allí vamos a
dar una vuelta y a ver la iglesia. Al salir no sé que hago y me
voy rodando escaleras abajo. Bajan a ayudarme pensando que me he matado
y me encuentran llorando de la risa. Es milagroso que no me haya roto nada
ni me haya dado un mal golpe.
Txemari y yo pasamos la tarde poniéndonos al día. Ha pasado
un año desde que tuvo que volver a casa por razones laborales y
hay mucho para contar. Pena que no estén aquí también
Lukas y Sergio, pero la vida es así y es difícil repetir
los momentos mágicos.
Les tomamos el pelo a todos con lo de los vampiros del refugio. Desde que
pasamos por aquí hace ya dos años, siempre hemos dicho que
por la noche debe haber baile. La verdad es que es un lugar muy lúgubre.
Nos encontramos con un peregrino que vuelve de Santiago. Nos dice que han
abierto un refugio en Atapuerca. Nos da una alegría pues el refugio
de San Juan de Ortega nos han dicho que estaba cerrado y no sabíamos
qué hacer para dormir mañana. Alargar la etapa 5km más
no nos pesa y además les recuerdo que es casi todo bajada suave,
sin problemas. Un paseito.
Al rato, mientras estamos tomando una cervecita en un bar para protegernos
del frío que hace en la calle, llega una pareja que dicen ser los
propietarios del refugio al que habíamos decidido ir a dormir mañana.
Tranquilos, con la certeza de que el lugar existe, cenamos y nos vamos
a dormir. Derren, Txemari y yo al hotel y los demás al refugio.
19.03.01 Belorado - Atapuerca (117+255):
Desayunamos juntos Derren, Txemari y yo en el bar del hotel. No son
muy amables, pero al menos salimos con algo caliente en el estómago.
Fuera hace frío, mucho frío y viento, muy fuerte. Y llovizna.
Como pille a César le voy a pasar su teoría por las narices.
Txemari acelera y por las ruinas de San Felices ya lo hemos perdido de
vista. Derrent me protege del viento con su cuerpo y mochila. O me espabilo
o no llego.
En Villfranca nos metemos a tomar un café y un bocadillo en el bar.
La verdad es que está buenísimo y llevamos hambre. Nos quedamos
un rato para entrar en calor y descansar del esfuerzo de luchar contra
el huracán que se está desatando.
La subida con el estómago lleno se hace pesada, pero la belleza
del lugar hace que todo sea agradable, hasta el esfuerzo. Aunque César
diga otra cosa, a más viento, más lluvia. Es lo que hoy vamos
sufriendo. Derren me da la razón, así que por Nueva Zelanda
y Australia es más como yo digo que como afirman algunos riojanos.
Cuando llegamos a San Juan de Ortega, la iglesia y el refugio están
cerrados, así que nos vamos al bar de Marcela y nos tomamos un par
de platos calientes. Al menos por dentro tendremos el cuerpo caliente.
Antes de que nos coja la ñoña nos tiramos al campo. Sigue
lloviendo aunque hace un poco menos de viento. Pasamos el bosque encharcado
de milagro, entre enormes barros en los que nos hundimos hasta casi la
rodilla. Nos hemos puesto perdidos, menos mal que ya queda muy poco para
llegar y secarnos bien tras una buena ducha.
Al caminar entre los pastos encontramos vacas merendando. A Derren le dan
miedo y se me pega a mí como una criatura. Como lleva una bandana
roja atada a la cabeza le digo que si se arrancan, corramos cada uno en
diferentes direcciones y así tenemos más probabilidades de
escapar vivos. Cuando veo la carita de terror que pone no puedo decir la
verdad, que son vacas mansas, que en principio estas no corren nunca.
Pasado el portillo comienza la bajada. Por ella nos dejamos caer tranquilamente
hasta Agés y luego por la carreterita hasta Atapuerca. Le explico
todo lo que sé del lugar, excavaciones, hallazgos y teorías
a Derren aunque he de reconocer que me faltan palabras en ingles y conocimientos
para hacerle una buena síntesis.
Al llegar al refugio encontramos a César sonriente y descansado.
Le amenazo con un cardo que había guardado para la ocasión.
Y empapado como voy le pido que me explique otra vez eso de que si hace
viento no llueve, que no acabo de entenderlo. Derren me apoya. Los hospitaleros
acaban con la discusión cuando lo teníamos ya en un rincón.
Se libra de milagro. Lo ha salvado la campana. Mientras se escabulle nos
ponen una firma en la Credencial en vez de sello porque hace tan poco que
lo han inaugurado que todavía no tienen tampón. Mientras
miramos torvamente al huido nos vamos para la ducha olvidando penas y silbando
canciones. Pero enseguida nos hacen callar los demás por aquello
de que desafinamos. Me huele a venganza trapera...
Reunidos todos nos vamos al restaurante La Paloma a merendar, que las vacas
nos han hecho pensar en ella. Allí están las chicas de la
oficina de los Yacimientos. Una, muy atractiva, está asediada por
un hombre del pueblo. Se le está poniendo pesado pero la escena
es muy graciosa. Le preguntamos si podemos visitar los escavaciones y para
librarse del admirador nos propone acompañarnos hasta la oficina
y abrirnos la tienda. Me compro un par de libros y una camiseta para mi
hermano, que vive intensamente esta investigación.
Volvemos al restaurante porque fuera hace un frío intensísimo.
Allí nos dan una sopa castellana que nos templa. El dueño
nos deja repetir con lo que llegamos a los segundos más templados.
Tenemos todos las mejillas coloradas.
En el refugio me ha tocado una cama al lado de un ventanal. Por él
se filtra un frío espantoso, espeluznante. Apenas consigo dormir
luchando con las tiritonas. Me voy a coger un catarro castellano de los
que hacen historia. Como empiece a estornudar voy a despertar a todos,
que están fritos, durmiendo como angelitos.
Este sería el momento de dejarle cerca el cardo a César...
20.03.01 Atapuerca - Burgos (117+276):
Tras una noche mala a rabiar salimos todos a la vez. Sigue haciendo
frío, viento y llovizna. Buscamos por todo el pueblo un bar para
desayunar y desgraciadamente no encontramos ninguno. Tampoco una panadería
para entretenernos con algo aunque no tengamos café. Así
que tiramos hacia arriba en ayunas.
Vamos todos muy cabizbajos. Cuando me los miro desde la cruz me entra la
risa, van todos desencajados. Según van llegando los voy animando
porque parecen almas en pena. Ademir ya no habla lo que quiere decir que
va fatal.
Pero en un suspiro llegamos a Orbaneja Rio Pico y Derren y yo paramos a
comer unas madalenas y sobre todo a tomar un café. Ya resucitados
seguimos en un verdadero paseo hasta Villafría. Al entrar en los
prolegómenos de Burgos nos encontramos con Txemari que está
tomándose una cañita y un pincho de tortilla mientras espera
el bus que lo llevará al centro. Dice que él no se vuelve
a hacer los nueve kilómetros que quedan hasta el refugio, cruzando
todo el casco urbano, largo como un chorizo. Se lo explico a Derren y le
dejo elegir. Decide hacer lo mismo que Txemari. Así que acabamos
los tres tomando tortilla de patatas y cerveza.
Ya en el autobús, cómodamente sentados, alcanzamos a Noni
y Ademir. Llevan cara de estar hasta la coronilla de este recorrido por
la periferia de la ciudad. Nos bajamos casi en el centro y en un momento
nos llegamos al refugio. Nos recibe Jesús "el Parralero"
cariñoso como siempre.
Tras las duchas y la comida, Ademir me pide que le ayude a comprarse una
trenka que ha visto al venir, que le ha gustado mucho. Aunque quiero ir
a visitar la Catedral y despedirme de César que ha debido ir a comer
a casa de su hermana, le acompaño.
Antes hemos pasado por Correos, para mandar más ropa de Ademir a
Santiago y los libros que compré ayer en Atapuerca más otros
dos que llevaba que ya he terminado. En una rápida visita a una
perfumería me compro carmín permanente, es decir, un lápiz
de labios de mujer. La dependienta me mira con estupor cuando se lo pido.
Le aclaro que no soy drag queen sino que parece ser que es anticancerígeno
y 100% protector, que ya no tengo la piel en cierto zona de la mejilla
para demasiados lujos.
Si lo llego a saber no me voy con Ademir. Me ha hecho desandar casi media
ciudad y luego vuelta hasta el centro. Seguro que nos hemos hecho diez
kilómetros extras, si no más. Y lo peor es que se nos ha
hecho tarde y no nos hemos encontrado con César tal como habíamos
quedado para despedirnos. Me da una tremenda pena que no siga con nosotros.
Quien sabe si nos volveremos a encontrar.
Visitamos la Catedral y nos reunimos con Noni y Derren para cenar una olla
podrida y morcilla de Burgos que al menos a mí me saben a gloria.
Con el estómago caliente y el corazón alegre nos vamos deprisita
para el refugio, porque hace mucho frío. Aunque en la ciudad se
nota menos. Ya lo veremos mañana, cuando nos enfrentemos a los primeros
páramos castellanos.
Ya en el saco medito sobre el vértigo de la vida y el devenir del
tiempo y el espacio. Cómo salimos seis peregrinos desconocidos de
Roncesvalles al que se unió César en Cizur y ya hemos dejado
atrás a casi la mitad, a tres amigos entrañables que no puedo
evitar recordar una y otra vez. Quedamos cuatro, como los tres mosqueteros,
que espero que lleguemos juntos a Santiago. Porque llegar está clarísimo
que vamos a llegar. Como sea. Para darle un abrazo al Santo en nombre de
los que dejamos en el camino y llevamos en nuestro memoria.
21.03.01 Burgos - Hontanas (117+306):
Salimos de Burgos huyendo del pelotón de peregrinos que llegó
ayer al refugio. No se sabe de dónde han salido, pero son muchísimos.
Tiramos hacia el frío. El viento se nos lleva pues hoy es fortísimo.
Y a pesar de las teorías de César, llueve bastante.
Al poco de salir, Txemari dice que va a adelantar, que no tiene muchos
días. Así que acelera y lo perdemos por el frente.
En Tardajos paramos los cuatro restantes, Noni, Ademir, Derren y yo. Además
de tomarnos otro café y un pincho de tortilla, les recuerdo que
si no nos organizamos, esta noche no cenamos, que en Hontanas no hay nada.
Nada de nada. Así que tras pagar en el bar nos vamos a la panadería.
Sigue de dependienta la misma chica de otros años, tan guapa y simpática
como siempre. Le doy un par de besos cuando me recuerda y le compramos
pan. De allí al super y ya hecha la compra, la repartimos entre
todos para no cargar apenas con más peso.
El páramo que a César no le gusta nada, nos acompaña
por kilómetros y kilómetros. También la memoria de
nuestro querido riojano. El barro blanco se nos pega a las botas y se viene
con nosotros, con los recuerdos.
Derren se sorprende de que haya cambiado tanto el paisaje en tan poco tiempo.
Le hablo de los climas de la península ibérica, de sus floras
y faunas, de la variedad de gastronomías y de los diferentes vinos
y quesos. Para él todo es nuevo, de una cultura ignota y lejana.
En Hornillos del Camino paramos a hacer un descanso. Nos refugiamos del
viento a la vera de la iglesia y les cuento lo que sé de la fuente
que adorna la plaza con un gallo. He contado tantas veces esta historia
que ya no me sale entretenida. Así que como no los emociono mucho,
les cuento la del Rey Efraín que dice como sigue:
Dice la leyenda que fueron cuatro los Reyes Magos. Melchor, Gaspar,
Baltasar y Efraín. Que este último, en su peregrinar hacia
Belén, se encontró con un humilde caminante enfermo en el
camino. Se detuvo a ayudarlo y curarlo.
Pasaron los días hasta que el pobre hombre se recuperó y
pudo dejarlo ya repuesto. Le dio unas monedas y cada uno partió
en la dirección que su destino había dibujado.
Cuando llegó a Belén, a la cueva en donde Jesús había
nacido, ya no había nadie. Desolado, comenzó a llorar. Es
entonces cuando se le apareció un ángel que le dijo que había
llegado tarde, que no podía entregar su regalo. Pero que como había
sido por hacer una buena obra, por ayudar a un enfermo, a partir de ese
momento y hasta el fín de los tiempos, haría pequeños
regalos a las gentes.
Es así que cuando algo grato nos sorprende es Efraín que
nos ha hecho un regalo.
Aplauden la historia y Derren hace unas cabriolas, de regalo, dice.
Cuando nos levantamos y calzamos las mochilas salimos al campo. Y cuál
no es nuestra alegría al sentir que el viento ha calmado. Los cuatro
coincidimos en que si es un regalo del Rey Efraín, no lo había
mejor. Gracias.
A partir de aquí, cada uno va a su ritmo, con sus pensamientos,
con sus dudas y certezas, con sus infiernos, con sus alegrías dejando
que el mantra del sonido que nuestras botas hacen al caminar nos lleve
a los lugares más recónditos de nuestro ser y estar, de nuestro
soñar y recordar.
Una vez más la torre de la iglesia, apareciendo repentinamente entre
los campos, nos anuncia la llegada a Hontanas cuando ya empezábamos
a desesperar. Nos dejamos caer por la calle hasta el refugio en el que
nos organizamos. Hace un frío inaudito en él. Así
que cuando viene una señora a sellarnos la credencial, le pedimos
leña. Noni hace fuego y nos vamos templando. Derren cocina.
Mientras cenamos frente al hogar, llegan cuatro peregrinos alemanes tirando
a cincuentones. Van con coche de apoyo y no nos prestan la más mínima
atención o consideración. Cuando volvemos de fregar los trastos
nos damos cuenta de que han apartado las ropas que teníamos secando
y han puesto las suyas. Ante tamaña gentileza por su parte, correspondemos
dejando las cosas como estaban, es decir, retirando las suyas y colocando
las nuestras de nuevo. Cuando se las devolvemos y amablemente criticamos
sus formas, apreciamos que sólo hablan alemán y van a la
suya. Así que los ignoramos y seguimos animadamente nuestra charla
frente al fuego.
Es lamentable observar cómo aquellos que van con coche de apoyo
se comportan egoístamente en el Camino. Quizá he tenido mala
suerte y me he encontrado a lo peor. Pero por lo que cuentan muchos hospitaleros
este proceder se repite una y otra vez en este tipo de peregrinos, si tal
son. Una lástima.
Cuando el fuego se apaga por falta de leña, nos subimos al dormitorio
que hemos ocupado, antes de que el aterrador frío de las noches
de esta hoy recién estrenada primavera nos deje momificados para
ejemplo y curiosidad de los que nos sigan. Como el grupo de alemanes han
ocupado el otro cuarto, dormimos en la intimidad de nuestra amistad y camaradería.
22.03.01 Hontanas - Frómista (117+343):
Cuando salimos en ayunas, llueve y hace frío. Y el viento vuelve
a soplar. No es un día de clima muy agradable. Pero no nos va a
amargar. Sonrientes y descansados seguimos camino.
Esta parte del Camino, hasta Castrojeriz, siempre me ha gustado mucho.
La carreterita comarcal por la que vamos despide paz y tranquilidad y es
muy cómoda de hacer. Me recuerda mi infancia, con árboles
en la cuneta, con los troncos pintados.
Al llegar a las ruinas del monasterio de los Antonianos los perros se nos
quieren comer. Derren se pega a mí buscando protección y
Ademir los excita con gritos y saltos. Paso ligerito por si las moscas,
que sería una pena perder una pierna a estas alturas.
Tras sobrepasar la colegiata de Nuestra Señora del Manzano llegamos
a la población.
Antes de entrar me detengo un momento, como todas las otras veces, ante
el crucero con la cruz de Tau. Le cuento a Derren lo poco que sé
de ella y de cómo la eligieron los Antonianos como símbolo.
Desayunamos en "La Taberna" en la que amables y cariñosos
ofrecen unos deliciosos desayunos. No sé si nos pasamos, pero es
que íbamos en ayunas. Noni no ha parado, ha seguido camino.
Nos comentan que han de ir a Frómista más tarde, que si queremos
nos llevan. decimos que no, naturalmente. Cuando nos ofrecen llevarnos
las mochilas, flaqueamos y se las pasamos.
Ligeros de equipaje y pesados de estómago, seguimos felices adelante.
Al llegar al final del pueblo nos encontramos con Noni que está
meditando. Al vernos sin carga nos pregunta. Le decimos que van en coche
gracias a la gentileza de unos vecinos de Castrojeriz. Le decimos que está
a tiempo de que le lleven la suya también. Nos contesta amablemente
diciendo que no gracias, que sus pecados van con él.
Noni está luchando contra sus demonios quizá desde mucho
antes de que llegara a Roncesvalles. Nosotros sólo podemos ver el
exterior y sospechar sobre el interior, pero poco a poco está cambiando
su cara. A mejor.
De los alemanes que han dormido en el refugio no hemos sabido nada. No
los hemos visto al salir ni los vimos con anterioridad. Sospecho que no
los volveremos a ver. Supongo que van en coche, hacen muchos kilómetros
al día de los cuales sólo muy pocos, quizá los últimos,
a pie. Y se aprovechan de la red de refugios.
Subimos la cuesta de Mostelares ligeros como el viento, que por cierto
ha parado mientras desayunamos. Ya no hace tanto frío y ha dejado
de llover. Parece que viene mejor clima.
Quedamos en la fuente del Piojo y así cada uno camina a su ritmo.
No contamos con Noni, con el que sólo coincidimos en los refugios,
previamente pactados.
La bajada y la travesía del valle es deliciosa sin peso. Es un paseo
por las tierras de campos. La soledad, el silencio, la tranquilidad o el
sosiego del caminar sólo se ve interrumpido por alguna perdiz que
alza el vuelo asustada o por una liebre que sale como una flecha de entre
los matorrales.
Ya reunidos los tres, avanzamos hacia la ermita de San Nicolás,
ahora refugio. Cruzamos el puente sobre el Pisuerga y tras observar un
rato el devenir de las aguas bajo los arcos, de comentar que la tajamar
de los pilares corta al río como cuchillo sobre mantequilla y tomarnos
el pelo un rato, proseguimos hacia el límite de Burgos con Palencia.
Tomamos una cola al llegar a Itero de la Vega en el bar, que como vamos
ligeros vamos sudando. Subimos inmediatamente el otero Largo y desde lo
alto vemos la planicie definitiva. A partir de aquí es cuando me
siento como Miguel Strogoff.
Hasta Boadilla del Camino es un suspiro. Vamos muy descansados con tanta
parada y sin mochilas. Allí nos encontramos a los vecinos de Castrojeriz
que nos las llevan. Nos saludan a gritos y bocinazos. Paseando por la sirga,
nos vuela el tiempo hasta entrar en Fromista. Curioseamos por San Martín
antes de ir al refugio, que luego la cierran y nos la perdemos, lo cual
sería imperdonable.
El nuevo albergue, inaugurado hace poco supongo ya que el año pasado
todavía no funcionaba, es sensacional. Encontramos en él
a Txemari, que durmió anoche en Castrogeriz. Noni llegará
más tarde. Ademir ha preferido seguir adelante.
Instalados y duchados, nos acercamos al museo del queso a tomar algo. Hablando
con la chica que lo lleva resulta que también es del norte como
nosotros. Así que acabamos yendo a saludar a su familia que vive
allí cerca, los cuales nos enseñan la bodega. que es maravillosa.
Nos invitan a otra copa de vino y embutidos que ya nos dejan cenados.
Volvemos al refugio antes de que nos lo cierren y nos vamos directamente
al saco.
23.03.01 Frómista - Carrión de los Condes (117+363):
Paso muy mala noche. Me encuentro fatal. No sé por qué
de tres noches que he dormido en Frómista dos han sido espantosas.
Casualidad o es que el cuerpo se resiente de la distancia. No lo sé.
Salgo con Derren y nos regalamos un excelente desayuno de tortilla de patatas,
croissant con mantequilla y café con leche grande, de desayuno.
Comer nos pone siempre de buen humor y hace que me sienta bien. La tortilla
española nos encanta a ambos y no dejamos pasar una. En el Camino,
con tanto bar, vamos a batir algún record Guinness, ex aequo.
Txemari nos recoge cuando estamos acabando. Él es demasiado nervioso
para sentarse y desayunar tranquilo, disfrutando. Nos suelta la filípica
diaria por comer tanto. Le respondemos bailando. Derren ha creado una coreografía.
AfterBREAKfastDANCE (paradespuésdeldesayuno) la llama.
Dice que es mágica, que nos pone de buen humor. La verdad es
que nos desternillamos de risa con ella. Txemari se va diciendole al hombre
del bar que estamos zumbaos.
Hace un día precioso, maravilloso. El cielo de Castilla azul como
ninguno, próximo, nos cubre con su belleza. El aire es fresco pero
esta luz alegra al más triste.
Intentamos entrar a San Martín pero es demasiado temprano, Así
que suavecito vamos arrancando. La etapa hasta Carrión es corta
por lo que no nos forzamos. De cualquier forma, con tantos kilómetros
con la mochila a la espalda ya estamos curados de espanto y bastante en
forma. Así a ojo ya debo llevar más de 450 si cuento la aventura
por la Vía de la Plata. O sea que para mí ya he pasado de
la mitad hasta Santiago. Derren está a punto de alcanzar el ecuador
de la peregrinación que calculamos debe ser en Terradillo de los
Templarios, a donde llegaremos mañana.
En Población de Campos nos tomamos otro café. Hoy es un paseo
y lo estamos disfrutando.Txemari bebe agua con gas. Hablamos del maravilloso
día que hace y nos dice el dueño del café que nos
preparemos porque viene malo de verdad, invernal. Pues me parece estupendo
que nos regalen un poco de sol antes de que nos caigan los chuzos encima.
Es nuestra obligación disfrutar de esta bendición de los
cielos.
Preguntamos al hombre que nos ha servido por el camino rural alternativo
al andadero. Nos aconseja bien y tiramos por él. Hay un momento
en el que creemos que no podremos seguir adelante por el enorme charco
que hay. Pero superada la dificultad seguimos sin más problemas
aproximadamente hasta la altura de Revenga de Campos. Ahí la cosa
se complica y no puedo evitar estallar en carcajadas cuando cada uno de
los tres señala hacia una dirección diferente. Contagiados
todos por mí actitud y por lo cómico de la situación
pasamos un momento inolvidable, en una risa imparable que nos desternilla
a todos. Acabamos cada uno frente a un chopo, aliviándonos, que
ya no aguantábamos más.
Resuelto el problema y considerando que la dirección que Derren
señalaba era la mejor, vamos avanzando hacia Villarmentero de Campos.
De allí por el andadero nos llegamos a Villaalcazar de Sirga.
Intentamos visitar la iglesia de Santa María la Blanca pero nos
dicen que está cerrada porque el párroco está ingresado
en el hospital. Les contamos Txemari y yo a nuestro amigo todo lo poco
que sabemos de ella, desde las Cantigas de Alfonso X El Sabio dedicadas
a la Virgen Blanca, que Derren dice que se las cantemos, al terremoto de
Lisboa que la afectó, sin olvidar a los caballeros Templarios y
su encomienda.
Como entre risas y explicaciones se nos ha hecho tarde y ya no queda sino
un paseíto de menos de seis kilómetros hasta Carrión,
decidimos tomar algo para matar el gusanillo. Ya en el restaurante Txemari
le dice al camarero que nosotros no tendremos hambre porque no paramos
de picar aquí y allá. Saltamos Derren y yo, cada uno en un
idioma, diciendo que eso no es verdad. Bueno que es una verdad a medias,
pues sí vamos comiendo, pero que tenemos hambre. Txemarí
ataca a Derren pues sospecha que empieza a entender algo. Él dice
en inglés que voy traduciendo, que no entiende las palabras sino
los ojos y que ha sospechado lo que decía y ha querido aclararlo.
Tras tomarnos el café y un orujo que nos ofrecen, seguimos camino,
porque dice el poema que se hace camino al andar, que ganas no tenemos
hoy después de la comilona que nos hemos dado. Bueno, un día
es un día.
Al llegar nos vamos al refugio de las monjas. No me atrevo a ir al parroquial,
no sea que la hospitalera me recuerde y me eche la bronca que no pudo soltarme
el año pasado. Que es muy triste que te culpen de algo de lo que
eres inocente y de lo que no tienes ninguna responsabilidad. Y que además
es muy discutible que esté mal.
En el Monasterio de Santa Clara nos dan camas y sábanas. No nos
lo podemos creer, un lujo por cuatro duros. Nos damos una buena ducha y
salimos a visitar las iglesias, tan interesantes todas, que hay en la localidad.
Hemos pasado la tarde haciendo nada, como dice Txemari.
24.03.01 Carrión de los Condes - Sahagún (117+393):
Hemos dormido como príncipes. Tras un buen desayuno en el bar
en donde paran los autobuses y dejar que acabe de amanecer, salimos con
alegría a la que es la etapa más dura para algunos. Indudablemente,
la recta a la que te enfrentas al poco de empezar es para desanimar al
más templado. Son 18 kilómetros por una línea que
se pierde en el horizonte y que cuando la mente falla, te hunde.
El tiempo ha empezado a cambiar y no queda nada del maravilloso día
que fue ayer. Está nublado y empieza a soplar el viento, fuerte,
muy fuerte y casi de frente. Creo que si no llevara mochila se me llevaría.
Esto hace que me sea muy difcil avanzar. Txemari mucho más corpulento
va sacándome metros. Me protejo junto a Derren e intento caminar
exactamente como él lo hace. Eso me permite ir muy próximo
y engañar al aire que se me lleva. Con mochila debo andar alrededor
de los 55kg, osea, que me debían de hacer rebaja cuando voy en avión.
No sé, digo yo.
La llovizna va empapándonos poco a poco y ante tantas dificultades
es inevitable refugiarse en el interior de uno mismo. Esto hace que ésta
etapa sea una de las más interesante del Camino. Ya no es caminar
por fuera sino, especialmente hoy, por dentro.
Es el desarrollo del ser cuando el físico ya ha cumplido, se ha
fortalecido. Es el segundo estadio, un paso más allá en lo
que el Camino hace por el peregrino. Quizá es el más duro
para muchos, especialmente si esta parte se hace en soledad.
Llegarán días en los que Castilla, la Tierra de Campos, habrá
ejercido su influencia sobre aquellas almas que así lo hayan intentado
y se lleguen a tierras más dulces en las que habrá que dar
otro paso adelante en otro estadio. Pero eso está por venir. Luchemos
para superar y comprender la lección que hoy estamos recibiendo.
Meditando en nuestro interior las dimensiones cambian. El tiempo deja de
ser tal y el espacio varía. Y sin saber cómo, llegamos a
la vista de la encina que marca un punto en la ruta interminable de hoy.
Prácticamente hemos llegado a Calzadilla de la Cueza, el árbol
señala la proximidad. Así que hay que ir ordenando todo lo
desarrollado en estos kilómetros de profunda e intensa soledad,
para llegar en perfecto estado de revista, como decían en el ejercito.
Cuando vemos las estribaciones del pueblo, Derren empieza a correr. A mí
me deja desamparado ante el brutal viento que hoy hace. Difícilmente
puedo avanzar y no estoy exagerando. Poco a poco, encogido y ladeado para
ofrecer menor resistencia a este huracán, voy aproximándome
al muro de la casa en la que amigo y hoy protector se ha cobijado.
Llego hecho polvo, y sólo he caminado sin él unos cientos
de metros. Le abrazo en cuanto lo tengo a mano y le agradezco que de alguna
manera me haya traído hasta aquí. Sólo nunca habría
llegado.
Antes de entrar al bar en donde encontramos a Txemari descansando de la
paliza, valoro la dificultad de la prueba de hoy. El viento era superior
a mí en todos los órdenes y aprendo otra lección de
humildad, una más. No soy nada en este mundo, un átomo en
un universo infinito.
Que no se me olvide.
La tortilla de patatas de Calzadilla de la Cueza es la mejor del mundo.
Eso está clarísimo. Si además llegas cansado, hambriento
y medio deshidratado, comer una puede ser un regalo como no hay otro, bálsamo
de Fierabrás para cuerpos necesitados. La paladeamos con deleite,
despacito, trozo a trozo, por los mil pasos de hoy. Celebrándolos.
Recuperados, nos echamos al monte otra vez. Y esta si que es una frase
hecha, porque aquí montes sólo los que hay en mi imaginación.
El viento sigue, pero por esta parte vamos algo más protegidos.
No es una estepa hasta donde los ojos llegan. Vamos, que camino algo mejor.
Y no nos engañemos, la tortilla hace mucho.
En Lédigos esperamos a Txemari que se ha retrasado unos cientos
de metros. Es curioso, los peregrinos en el camino son como una trikitritxa,
como un acordeón, que se alejan y se acercan, pero que forman parte
de un cuerpo y que de alguna forma crean una armonía.
Reunidos los cuatro, seguimos hacia Terradillos..Allí nos reuniremos
con Noni tal como hemos quedado. Se me dan bien las partes finales de las
etapas. Me gusta apretar el paso según se me van acabando las fuerzas,
dejando claro que en mi cuerpo manda mi mente. Así que llego primero,
me acerco al refugio, llamo y me sale una jovencita muy joven y muy guapa.
Se me tira al cuello y grita:
-¡Mirad, un peregrino!
y me aparece un batallón de amigas de su edad y condición.
Me hacen mil preguntas, todas a la vez, que contesto como puedo. La verdad
es que no entiendo nada pero paso adentro con ellas. En el comedor está
la dueña. Me explica que está todo el albergue ocupado por
un colegio de niñas. Que no quedan camas. Pregunto si hay alguna
posibilidad de alojar a cuatro peregrinos y me dice que nones, que no.
Las chicas dicen que me quede. Les respondo que me expliquen cómo
y que además vienen tres detrás mío.
Y en estas estamos cuando llaman a la puerta y aparecen Derren y Txemari,
que viene más muerto que vivo. La cara que ponen al verme rodeado
de criaturas todas alborotadas es para morirse. Les explico como puedo
lo que pasa y llegamos a entendernos a pesar del guirigay que se ha formado.
Tras mucho deliberar y pensar, llegamos a la más simple de las soluciones.
Llamamos a un taxi cuando Noni llegue y nos vamos dormir a Sahagún,
pues a ninguno nos quedan fuerzas ya para hacer diez kilómetros
más, que el viento nos ha derrotado. Y mañana cogemos otro
y volvemos aquí.
Preguntamos si Ademir durmió anoche aquí y nos dicen que
no. A saber por dónde andará. Hablamos con las chicas, nos
morimos de la risa pues son encantadoras y muy cariñosas y nos tomamos
unas colas con ellas, que nos invitan. Pasan las horas y Noni no llega.
Anochece y no aparece. Suponemos que se ha quedado en Lédigos. Así
que no lo demoramos más y llamamos al taxi.
Nos viene a buscar un Mercedes increíble. Una maravilla de cochazo.
Tras tantos días andando, hemos perdido las proporciones y no nos
podemos creer lo cómodo, rápido y maravilloso que es. Y con
calefacción. El taxista está encantado de todo lo que le
decimos. Se va hinchando poco a poco. Le pedimos el teléfono para
llamarlo mañana.
El refugio de Sahagún es maravilloso. No puedo sino valorarlo y
agradecerlo a quien nos lo ofrece, que nos dice que luego hay un vernisage
al que podemos asistir.
Nos duchamos, nos ponemos ropa limpia y bajamos. Las mesas están
llenas de canapés y botellas de rioja. Derren me mira con picardía.
Y entre risas y saludos a todos, pasamos un rato maravilloso, picando de
todo con la alegría que da el ejercicio, la amistad y el seguir
adelante conscientes de nuestras vidas.
Como nos queda algún hueco por tapar, me voy con Derren al restaurante
de enfrente a ver qué hay. Txemarí nos sigue, por estar,
dice. Entre risas los tres nos pegamos una cena de menú de peregrino
de la que no dejamos ni el pan.
Felices y con la satisfacción de haber aprendido alguna que otra
lección hoy, nos vamos a dormir.
Y como dice Txemari, mañana taxi otra vez.
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