
A mi madre, libre al fín
a mi padre, que descansa en paz
a mi familia, siempre en el corazón
Prologo
Nevaba.
Hacía frío, mucho frío, aquel atardecer de enero.
Tenía el corazón helado y la galerna del Cantábrico
congelaba mis huellas. Caminando por la orilla del mar, recordaba. Había
sido un año dificil, duro, muy duro. Mis padres, ambos, acababan
de morir tras sufrir largas y penosas enfermedades, prolongadas agonías.
Meditaba sobre el misterio de la muerte, la tristeza del presente, la soledad
del futuro.
Las flores que acaba de llevar a la tumba de ambos en aquél pequeño
pueblo costero, eran las mismas que mi madre, tan alegre siempre, traía
a casa. La misma casa que había pasado el último mes vaciando,
despidiendome de los restos de mi infancia. Al día siguiente volvería
a mi pequeño piso de gran ciudad, fría y lejana, donde nadie
saluda, nadie conoce, nadie recuerda. Decía adios una vez más
al mar de mi orilla, a las olas que me vieron crecer, con las que compartí
las mejores horas, los peores momentos.
Fué entonces cuando comprendí lo que tenía que hacer
para dejar que el milagro de la vida continuara, floreciera entre la tristeza
y la nostalgia.
Hacer el Camino de Santiago.
Intro
Los siguientes meses los pasé buscando información, seleccionando
material. Nunca antes me había tirado al monte, mi vida había
sido el mar. Descubrí un mundo en el que puse ilusión, casi
pasión. Leí libros, muchos, localicé guias, miré
planos, compré equipo y dejé que mi corazón soñara
de nuevo. Poco a poco me fuí perdiendo en todo aquello que rodea
al Camino, en el origen, historia y leyendas, los Santos y sus milagros,
la arquitectura y el arte, los peregrinos y sus rutas por el occidente.
Las muchas horas preparandome, intelectual, psíquica, físicamente,
crearon en mí una energía, una voluntad, una fuerza, sólo
comparable a la que tuve en algunos momentos de mi juventud.
Así empecé lo que antes de salir llamé "camino
interior por las estrellas"
12.03.99. Viernes. (0)
A Pamplona y Roncesvalles (004.73km):
Mientras desayuno en el bar próximo a la estación, pienso
en el madrugón que me he dado para coger el autobús que me
ha de llevar a Pamplona. Llego a la conclusión que hacer el Camino
de Santiago es una idea peregrina y me pido otro donut. Tengo tiempo y
mucha hambre. Quizá es la ansiedad, pero he de reconocer que soy
de buen comer, aunque de momento nadie se explica en donde lo meto, que
soy poquita cosa. Quizá en producir calor, que nunca tengo frío.
Bueno, tampoco paro.
Llega Fernando, se toma un café y nos subimos al bus.
Al rato, aburrido, saco mi cámara. Es de usar y tirar, con carrete
para 36 disparos. He pensado que puede ser interesante hacerme un autoretrato
cada día, para ver cómo cambia mi cara con el paso del tiempo,
el espacio recorrido y las experiencias vividas a lo largo del Camino.
Con los negativos que me sobren, haré fotos en Santiago. Inauguro
la colección con la de hoy, ahora.
Nos morimos de nervios encerrados hasta que llegamos a Pamplona. Allí,
nada más llegar, nos tomamos unas alubias de Tolosa, un bistec con
patatas fritas y un vinazo de taberna, que nos saben a gloria. Nos vamos
a pasear el menú por la ciudad hasta las seis de la tarde que cogemos
el autobús a Roncesvalles.
Llegamos y la magia del lugar me sobrecoge. Había soñado
con este momento pero nunca pensé que me impresionaría tanto.
Los ojos se me llenan de lágrimas ante tanto silencio, tanta historia.
13.03.99. Sabado. (I)
Roncesvalles/Saint Jean Pied de Port-Roncesvalles (032.13km):
Hemos dormido bien, pero yo diría que poco. A las 7 de la mañana
estabamos esperando a Pedro Mari, taxista de Burguete que nos habría
de llevar a Saint Jean.
Hacemos el camino hablando y se ríe cuando al decirme que se está
haciendo una casa y no saber qué nombre ponerle, le explico una
anecdota que mi madre contaba siempre. Dado que en el norte se acostumbra
a poner nombres tipo "Toki Eder" (lugar bonito), "Toki Alai"
(lugar alegre) etcetera, hubo quien puso a su casa Toki Eltimbre, es decir,
toque el timbre. Y así, en un momento, entre risas y agradable conversación,
llegamos.
Nos deja junto a las murallas y nos vamos a desayunar, porque yo en ayunas
no me cruzo los Pirineos por muchísima ilusión que lleve.
Chapurreando francés y euskera lo conseguimos y nos vamos a buscar
a Madam Debril para que nos ponga su sello, un clásico del Camino.
Como la sacamos de la cama, nos echa una bronca memorable. Todo muy francés.
Finalmente nos perdona, nos pone el sello inaugurando la Credencial y nos
dice que ni se nos ocurra ir por la ruta de Napoleón, porque hay
nieve y no vamos a poder pasar.
Y claro, Fernando lo primero que me dice tras despedirnos de ella es que
lo podemos intentar y que si no podemos, ya nos espabilaremos. Creo que
no es muy buena idea, poco prudente de cualquier forma.
Me relajo cogiendo una piedra que llama mi atención. Me la guardo
y cuando llegue a la Cruz do Ferro la depositaré. Dice la leyenda
que cuanto más tiermpo se lleve, cuanta mayor distancia recorra
en tu compañía, más fuerza adquiere.
Así que despacito, porque los primeros repechos son de verdad, empezamos
a subir. Empieza a llover. Primero txirimiri que pasa a aguacero al cabo
de un rato. Fernando protesta. Le cuesta seguir. A mí la ilusión
me lleva adelante como un tiro, no puedo seguir su lento paso y me adelanto.
Y vuelvo a él para comentarle lo que viene. Y otra vez y una vez
más. Así hasta la Virgen, aproximadamente media etapa, en
donde lo espero dibujando en la nieve. Viene enfadado. Va roto, agotado
y dice que lo engaño, que continuamente le estoy diciendo que ya
está, que se acaba la cuesta. Menos mal que llevo yo la pequeña
bolsa con el agua y los bocadillos, que sino allí mismo me mata,
y además me deja sin comer y eso si que sería grave.
Seguimos y clavamos nuestras cruces al llegar a la de Carlomagno. Hay bastante
nieve y la niebla se nos está echando encima. Como no vayamos rápido
vamos a tener problemas, y de los gordos. Y Fernando cada vez va más
lento, peor.
Al pasar por el ventisquero, justo antes de llegar a Navarra, el viento
me tira tres veces al suelo. No se me lleva de milagro. Ya decía
que peso poco. Lo paso muy mal. Domino el miedo y como puedo llego a la
protección. Fernando, por su corpulencia, pasa mejor. Allí
nos comemos los bocadillos y me hago la foto del día. La pinta que
tengo es de superviviente. Empapado, sudado, y tirando a cansado, que la
climatología no ayuda.
Pero lo que se puede ver a través de la bruma, de la lluvia, es
extraordinario. En mi interior el paisaje es inenarrable, maravilloso.
Porque ya lo decía al principio, hay dos caminos, dos paisajes.
Y el arte está en ver ambos, en valorarlos, recordarlos, admirarlos.
En el hayedo final la nieve nos llega casi a la rodilla. Así que
me tiro y deslizo como un trineo. Bajo como un tiro mientras oigo cómo
Fernando se queja a mis espaldas. Se ha debido dar con un árbol,
hoy no es su día. Terminamos en un lodazal memorable. Lleno de barro
hasta las orejas, agotado por el esfuerzo, que me he hecho la etapa casi
dos veces volviendo a por Fernando, animandolo, empapado de sudor pero
con una ilusión como pocas veces he sentido, repentinamente se me
aparece la Abadía de Roncesvalles. Se lo grito a Fernando y me contesta
que no se lo cree, que llevo diez horas engañandole con la misma
mentira. Pero no lo oigo, estoy llorando de emoción.
Extáticos por haber llegado, nos vamos a tomar algo caliente al
hotel Casa Sabina y nos dicen cariñosamente pero sin opción
a discusión, que si no nos quitamos las botas y el pantalón,
no nos dejan entrar, que lo vamos a poner todo perdido, que parece que
nos hayamos metido en una piscina de barro. Y es verdad, vamos que damos
pena. Así que nos sacan un café con leche a la puerta y me
voy disparado para la Misa y Bendición. Fernando se va a duchar,
está derrotado. En la iglesia, otros peregrinos que mañana
empezarán su Camino me miran aterrados. Se asustan al verme cómo
voy, se miran y temen por su futuro.
Cuando al final de la ceremonia piden los oficiantes que los peregrinos
se acerquen al altar para la Bendición medieval, casi no puedo respirar
por la emoción. No creo que haya que ser creyente para disfrutar
de este momento mágico, del primer misterio iniciático del
Camino. Y como a muchos otros peregrinos antes, las lagrimas me resbalan
por las mejillas, mezclando el barro del esfuerzo, con la energía
del sentimiento.
No dejo de pensar que me estoy metiendo en algo muy importante, fuera del
tiempo y del mundo. En algo que no sé a dónde me va a llevar.
Pero es precisamente eso lo que he venido a buscar.
*
Lamento tener que cortar aquí este diario, pero el contrato de derechos de autor que firmé con Ediciones Luciérnaga del Grupo Edicions 62 me obliga por diez años.
Sugiero a aquellos que hasta aquí han llegado y les ha gustado aquello que han leído y sentido, busquen en las bibliotecas y librerias el libro que narra en versión ampliada las aventuras, pensamientos y alegrías de mi peregrinar.
Para los interesados en ello, dejo aquí los datos:

Autor: Alfonso Biescas
Título: Una idea Peregrina
Editorial: Ediciones Luciérnaga
ISBN: 978-84-92545-04-9
A todos, muchas gracias.
Buen Camino
Home