A mi madre, libre al fín
a mi padre, que descansa en paz
a mi familia, siempre en el corazón

Prologo
Nevaba.
Hacía frío, mucho frío, aquel atardecer de enero. Tenía el corazón helado y la galerna del Cantábrico congelaba mis huellas. Caminando por la orilla del mar, recordaba. Había sido un año dificil, duro, muy duro. Mis padres, ambos, acababan de morir tras sufrir largas y penosas enfermedades, prolongadas agonías. Meditaba sobre el misterio de la muerte, la tristeza del presente, la soledad del futuro.
Las flores que acaba de llevar a la tumba de ambos en aquél pequeño pueblo costero, eran las mismas que mi madre, tan alegre siempre, traía a casa. La misma casa que había pasado el último mes vaciando, despidiendome de los restos de mi infancia. Al día siguiente volvería a mi pequeño piso de gran ciudad, fría y lejana, donde nadie saluda, nadie conoce, nadie recuerda. Decía adios una vez más al mar de mi orilla, a las olas que me vieron crecer, con las que compartí las mejores horas, los peores momentos.
Fué entonces cuando comprendí lo que tenía que hacer para dejar que el milagro de la vida continuara, floreciera entre la tristeza y la nostalgia.
Hacer el Camino de Santiago.

Intro
Los siguientes meses los pasé buscando información, seleccionando material. Nunca antes me había tirado al monte, mi vida había sido el mar. Descubrí un mundo en el que puse ilusión, casi pasión. Leí libros, muchos, localicé guias, miré planos, compré equipo y dejé que mi corazón soñara de nuevo. Poco a poco me fuí perdiendo en todo aquello que rodea al Camino, en el origen, historia y leyendas, los Santos y sus milagros, la arquitectura y el arte, los peregrinos y sus rutas por el occidente.
Las muchas horas preparandome, intelectual, psíquica, físicamente, crearon en mí una energía, una voluntad, una fuerza, sólo comparable a la que tuve en algunos momentos de mi juventud.
Así empecé lo que antes de salir llamé "camino interior por las estrellas"

12.03.99. Viernes. (0)
A Pamplona y Roncesvalles (004.73km):
Mientras desayuno en el bar próximo a la estación, pienso en el madrugón que me he dado para coger el autobús que me ha de llevar a Pamplona. Llego a la conclusión que hacer el Camino de Santiago es una idea peregrina y me pido otro donut. Tengo tiempo y mucha hambre. Quizá es la ansiedad, pero he de reconocer que soy de buen comer, aunque de momento nadie se explica en donde lo meto, que soy poquita cosa. Quizá en producir calor, que nunca tengo frío. Bueno, tampoco paro.
Llega Fernando, se toma un café y nos subimos al bus.
Al rato, aburrido, saco mi cámara. Es de usar y tirar, con carrete para 36 disparos. He pensado que puede ser interesante hacerme un autoretrato cada día, para ver cómo cambia mi cara con el paso del tiempo, el espacio recorrido y las experiencias vividas a lo largo del Camino. Con los negativos que me sobren, haré fotos en Santiago. Inauguro la colección con la de hoy, ahora.
Nos morimos de nervios encerrados hasta que llegamos a Pamplona. Allí, nada más llegar, nos tomamos unas alubias de Tolosa, un bistec con patatas fritas y un vinazo de taberna, que nos saben a gloria. Nos vamos a pasear el menú por la ciudad hasta las seis de la tarde que cogemos el autobús a Roncesvalles.
Llegamos y la magia del lugar me sobrecoge. Había soñado con este momento pero nunca pensé que me impresionaría tanto. Los ojos se me llenan de lágrimas ante tanto silencio, tanta historia.

13.03.99. Sabado. (I)
Roncesvalles/Saint Jean Pied de Port-Roncesvalles (032.13km):
Hemos dormido bien, pero yo diría que poco. A las 7 de la mañana estabamos esperando a Pedro Mari, taxista de Burguete que nos habría de llevar a Saint Jean.
Hacemos el camino hablando y se ríe cuando al decirme que se está haciendo una casa y no saber qué nombre ponerle, le explico una anecdota que mi madre contaba siempre. Dado que en el norte se acostumbra a poner nombres tipo "Toki Eder" (lugar bonito), "Toki Alai" (lugar alegre) etcetera, hubo quien puso a su casa Toki Eltimbre, es decir, toque el timbre. Y así, en un momento, entre risas y agradable conversación, llegamos.
Nos deja junto a las murallas y nos vamos a desayunar, porque yo en ayunas no me cruzo los Pirineos por muchísima ilusión que lleve. Chapurreando francés y euskera lo conseguimos y nos vamos a buscar a Madam Debril para que nos ponga su sello, un clásico del Camino. Como la sacamos de la cama, nos echa una bronca memorable. Todo muy francés. Finalmente nos perdona, nos pone el sello inaugurando la Credencial y nos dice que ni se nos ocurra ir por la ruta de Napoleón, porque hay nieve y no vamos a poder pasar.
Y claro, Fernando lo primero que me dice tras despedirnos de ella es que lo podemos intentar y que si no podemos, ya nos espabilaremos. Creo que no es muy buena idea, poco prudente de cualquier forma.
Me relajo cogiendo una piedra que llama mi atención. Me la guardo y cuando llegue a la Cruz do Ferro la depositaré. Dice la leyenda que cuanto más tiermpo se lleve, cuanta mayor distancia recorra en tu compañía, más fuerza adquiere.
Así que despacito, porque los primeros repechos son de verdad, empezamos a subir. Empieza a llover. Primero txirimiri que pasa a aguacero al cabo de un rato. Fernando protesta. Le cuesta seguir. A mí la ilusión me lleva adelante como un tiro, no puedo seguir su lento paso y me adelanto. Y vuelvo a él para comentarle lo que viene. Y otra vez y una vez más. Así hasta la Virgen, aproximadamente media etapa, en donde lo espero dibujando en la nieve. Viene enfadado. Va roto, agotado y dice que lo engaño, que continuamente le estoy diciendo que ya está, que se acaba la cuesta. Menos mal que llevo yo la pequeña bolsa con el agua y los bocadillos, que sino allí mismo me mata, y además me deja sin comer y eso si que sería grave.
Seguimos y clavamos nuestras cruces al llegar a la de Carlomagno. Hay bastante nieve y la niebla se nos está echando encima. Como no vayamos rápido vamos a tener problemas, y de los gordos. Y Fernando cada vez va más lento, peor.
Al pasar por el ventisquero, justo antes de llegar a Navarra, el viento me tira tres veces al suelo. No se me lleva de milagro. Ya decía que peso poco. Lo paso muy mal. Domino el miedo y como puedo llego a la protección. Fernando, por su corpulencia, pasa mejor. Allí nos comemos los bocadillos y me hago la foto del día. La pinta que tengo es de superviviente. Empapado, sudado, y tirando a cansado, que la climatología no ayuda.
Pero lo que se puede ver a través de la bruma, de la lluvia, es extraordinario. En mi interior el paisaje es inenarrable, maravilloso. Porque ya lo decía al principio, hay dos caminos, dos paisajes. Y el arte está en ver ambos, en valorarlos, recordarlos, admirarlos.
En el hayedo final la nieve nos llega casi a la rodilla. Así que me tiro y deslizo como un trineo. Bajo como un tiro mientras oigo cómo Fernando se queja a mis espaldas. Se ha debido dar con un árbol, hoy no es su día. Terminamos en un lodazal memorable. Lleno de barro hasta las orejas, agotado por el esfuerzo, que me he hecho la etapa casi dos veces volviendo a por Fernando, animandolo, empapado de sudor pero con una ilusión como pocas veces he sentido, repentinamente se me aparece la Abadía de Roncesvalles. Se lo grito a Fernando y me contesta que no se lo cree, que llevo diez horas engañandole con la misma mentira. Pero no lo oigo, estoy llorando de emoción.
Extáticos por haber llegado, nos vamos a tomar algo caliente al hotel Casa Sabina y nos dicen cariñosamente pero sin opción a discusión, que si no nos quitamos las botas y el pantalón, no nos dejan entrar, que lo vamos a poner todo perdido, que parece que nos hayamos metido en una piscina de barro. Y es verdad, vamos que damos pena. Así que nos sacan un café con leche a la puerta y me voy disparado para la Misa y Bendición. Fernando se va a duchar, está derrotado. En la iglesia, otros peregrinos que mañana empezarán su Camino me miran aterrados. Se asustan al verme cómo voy, se miran y temen por su futuro.
Cuando al final de la ceremonia piden los oficiantes que los peregrinos se acerquen al altar para la Bendición medieval, casi no puedo respirar por la emoción. No creo que haya que ser creyente para disfrutar de este momento mágico, del primer misterio iniciático del Camino. Y como a muchos otros peregrinos antes, las lagrimas me resbalan por las mejillas, mezclando el barro del esfuerzo, con la energía del sentimiento.
No dejo de pensar que me estoy metiendo en algo muy importante, fuera del tiempo y del mundo. En algo que no sé a dónde me va a llevar.
Pero es precisamente eso lo que he venido a buscar.

14.03.99.Domingo. (II)
Roncesvalles-Larrasoaña (059.75km):
Fernando se vuelve. Ha tenido bastante con la etapa de ayer. Así que desayunamos juntos y mientras Pedro Mari se lo lleva a Pamplona, me cargo la mochila y me echo a andar. Dicen las Guias que ya sólo me quedan unos 750 kilómetros. No me lo planteo. Vivo el momento hechizado por la belleza del lugar, por la paz que me llega al caminar solo, por la sensación de libertad y de alegría que siento.
Voy tan perdido en mi mismo que no veo el crucero de Roncesvalles. Busco los Pasos de Roldán, pero no tengo ni idea de por dónde caen. Así que sigo adelante, feliz, lleno de fuerza vital.
Cruzo un pequeño arroyo y valoro la compra de mis botas de Gore Tex. No me lo puedo creer, en el agua y seco. Deberían hacer trajes de goma de este material. Pasaríamos menos frío haciendo surf. Una maravilla.
Camino deprisa y antes de llegar a Burguete veo a dos peregrinas. Las alcanzo en un pequeño y artesanal puente ante el que tienen problemas. Una no está muy ágil. Les echo una mano, nunca mejor dicho, y seguimos juntos.
En la primera cuesta una de ellas se rezaga y me llevo tras de mí a la otra. Tiene un caminar alegre y buena conversación. Hablando y escuchando, vamos haciendo camino por unos bosques maravillosos.
En Biscarreta paramos a comer algo. Aquí no se andan con chiquitas y me hacen un bocadillo de tortilla de txistorra que es una barra entera, de las de pueblo, de las de verdad. La tortilla debe de ser de seis huevos. Pero en el comer yo no me corto, que para otras cosas puedo llegar a ser muy tímido, y así entre risas me la liquido en un santiamén. Me pido un café con leche y claro, es de desayuno, un perol de casi medio litro. Pues qué le vamos a hacer. Me lo tomo y una vez más oigo la eterna sentencia:
-Pues tu, gloria da verte comer.
A la que siempre contesto:
-Mi madre, que me tiene bien educado.
Así que pagamos y seguimos con energías renovadas.
Hay mucho barro, muchísimo. Las lluvias y el paso de los peregrinos que nos han precedido los días anteriores han dejado la senda hecha un verdadero barrizal. A veces es muy dificil avanzar e incluso otras es difícil hasta mantener el equilibrio.
Parece mentira la cantidad de kilómetros que ya llevo hechos en dos días y todavía no me siento cansado.
En Zubiri nos entretenemos en el Puente de la Rabia. Le cuento a Carmen la historia, hacemos fotos y nos vamos a una pastelería a darnos un caprichito.
La dueña nos mete un paquete enorme por entrar con las mochilas a la tienda. Las sacamos, pedimos disculpas, le compramos un poco de todo y ni así se le pasa el mal humor. Así que salimos comentando que podría ir a dar una vuelta por el ojo del puente si la leyenda es cierta, para que se le pase la rabieta.
Al salir de la villa coincidimos con un grupo de peregrinos que están llegando. Tenían pensado parar aquí, pero al vernos tan decididos a seguir, se animan y hacemos el camino hasta Larrasoaña juntos. Sólo se queda en este refugio una chica muy guapa que dice que hace muy pocos kilometros cada día pues va mirando las flores y los pájaros.
Al ir en grupo nos ayudamos en las zonas que hay más barro. De haber ido sólo seguramente hubiera tenido problemas.
Llegamos a Larrasoaña cuando prácticamente ha oscurecido. Santiago Zubiri nos espera en el puente, preocupado pues sabía que habíamos de venir y no acabábamos de llegar. Según nos pone el sello en la Credencial, nos coge y no deja de hablar. Nos regala a cada uno un metro de cinta amarilla que pone Camino de Santiago y que atamos orgullosamenter de nuestras mochilas. A mí me lía y he de pintarle un cuadro en el cuaderno de firmas de peregrinos. Pero lo que hago es demasiado moderno para su cultura, no le gusta.
Así que me ducho y me pongo a curar los pies de los demás.Cuando termino me voy a tomar un café al bar del pueblo en donde coincidimos todos los peregrinos.
De momento, la impresión que recibo de todos ellos es que tienen bastante poca información sobre el Camino. O quizá que yo me he pasado estudiandolo.
Como en nutrición también los veo bastante despistados, les sugiero unos spaghetti que son fáciles y rápidos de hacer y contienen carbohidratos que es lo que nos hace falta. Así que nos metemos en faena y nos hacemos una olla enorme con tomate, cebolla y atún de la que no queda nada. Nada de nada. Llevabamos hambre.
El resto del tiempo hasta que me meta en el saco lo paso escribiendo este diario y haciendo mi cuaderno de viaje. Los demás ya duermen y alguno ya ha empezado a roncar.

15.03.99.Lunes. (III)
Larrasoaña-Cizur Menor (078.85km):
Amanece agradable y aunque van cayendo pequeños chubascos, la cosa no va a más. El barro me espera y hacemos juntos gran parte del camino, ya empiezo a estar acostumbrado a él. Hasta me gusta y me río cuando resbalo o cuando veo la huella larga y limpia de quien ha pasado y por poco se mata en un resbalón.
El Arga va crecido por las lluvias y nieves del último temporal de la semana pasada. La senda a su vera, el bosque, el rumor de la naturaleza, todo es maravilloso, pleno de belleza y paz. Los equilibrios interiores se establecen, los ojos vuelven a sonreir.
Paso por pueblos pequeños con gente amable. Un perro me da un susto de muerte en Zuriaín. Es un profesional del terror, me esperaba escondido. Se lo debe pasar genial con tanto peregrino distraido por la belleza del lugar. Me gusta cómo vuelve a su escondite, con una medio sonrisa. Menuda joya, debería estar señalizado en las guías:
Pero ladrador. Disfruta dando sustos. Inofensivo, más o menos.
Los peregrinos que adelanto se me quejan. No están muy en forma y van sufriendo. Una chica ya no da mucho más de sí, no sé si podrá seguir. Yo también empiezo a notar el esfuerzo de los días pasados. Me duelen los músculos de las piernas. No son agujetas, es cansancio, lactosa supongo. Pero todo pasará, no me preocupan estas pequeñas molestias físicas. Estoy acostumbrado a los esfuerzos y esto es una tontería cuando pienso en las marathones, cuando te vacías y todavía quedan diez kilómetros. Y llegas.
Los pies los llevo bastante bien, solo doloridos de tanto pisar. Los demás van llenos de ampollas y alguno ya tiene principio de tendinitis por caminar diferente para evitar el dolor. Esta noche voy a tener que montar el hospital de campaña si quiero sacarlos adelante.
La primavera está al caer. Los árboles están llenos de brotes, las plantas de capullos a punto de abrirse. Debe ser maravilloso este entorno un mes más tarde. Y también en otoño cuando las hojas tomen colores cálidos, desde el amarillo hasta el marrón, pasando por los rojos y ocres. Estoy seguro que este lugar es bello todo el año, en todas las estaciones. Cada una en sus formas y tonos. Pero he de volver a reconocer que la belleza está allí en donde queramos verla. Son nuestras amarguras y frustraciones, nuestros traumas y tristezas lo que nos la oculta. Porque el mundo es bello, equilibrado, perfecto.
Me como un menú en una tasca de Pamplona y tranquilo me llego hasta Cizur. El último trozo se me hace pesado. Hace calor y los pies se me calientan con tanto asfalto.
El albergue es humilde tirando a cutre. Así que me instalo y me voy a visitar la villa que tiene unos cuantos monumentos dignos de verse.
Cenamos en el bar Kaioba, que no son famosos por su amabilidad. Allí conozco a Gonzalo quien con una maravillosa sencillez dice que como es cartero y está acostumbrado a buzonear, se hace cada día casi 80 kilómetros. Y me cuenta el por qué se ha venido a hacer el camino. Y a Lukas, alemán que hoy ha venido desde Pamplona, donde le ha dejado el tren. Como no habla una palabra de castellano le ayudo en inglés en lo que puedo.
Después de las palizas de los dos últimos días, la etapa de hoy ha sido un paseo. Corta, prácticamente plana, urbana a partir de Trinidad de Arre. Pero nos ha cansado a todos.
A media noche debo estar roncando y me despierta el peregrino de la litera de abajo. Me cojo el colchón y el saco y me voy a la cocina. Allí no molesto a nadie salvo a las ollas, que no se quejan. Y yo descanso tranquilo.

16.03.99. Martes. (IV)
Cizur-Puente la Reina (104.34km):
Salgo temprano y me sumerjo en el barro de la etapa que promete muchas emociones.
Miro al frente y veo a Gonzalo que ya está casi en el Alto del Perdón. Es cartero de Urgentes, seguro. Sonrío y le deseo buen Camino pues no lo volveré a ver si sigue caminando a esta velocidad.
Me molesta un pie. Me quito la bota, el calcetín y ahí está, una soberbia ampolla. La curo y me vuelvo a calzar. Es maravilloso qué rápido ha sido todo, ya no duele, no molesta.
Sorprendido por la belleza de las ruinas de Guendulaín me paro a observarlas. Cuanto más las miro más me atraen. Estoy a punto de ir a ellas y sólo el campo que es un barrizal impracticable me hace desistir. Camino hacia delante con la vista atrás. Decía Kierkegaard que la vida se comprende hacia atrás pero se vive hacia adelante.
Paso por Zariquiegui y admirando el portal románico de la iglesia gótica de San Miguel me alcanza Lukas. Seguimos juntos y me cuenta su secreto. Hace el Camino para olvidar a una novia. La gran mayoría de peregrinos tienen una razón oculta para caminar hasta Compostela. Si les das tiempo y confianza, se desahogan y te la cuentan. Ello me hace comprender que se puede ir hasta Santiago de muchas formas. Aislado y encerrado en tus penas y egoismos o abierto al mundo y a los demás, dejando que te ayuden o ayudando a los que no pueden con su carga. Cada pergrino arrastra su personalidad, sus sombras, su forma de vivir, porque el camino es como la vida misma, avanzando en el tiempo hacia una tumba.
El sendero hasta el Alto del Perdón es menos duro de lo que pensaba. La Fuente de la Reniega casi no la veo de sencillita que es. Pero los gigantes de viento me impresionan por su tamaño, por su rumor. Trato de ver desde el alto el origen de mi caminar tres días atrás, pero las nieblas y nubes no me lo permiten. Mirando al valle me doy cuenta de que poco a poco voy avanzando y que al final de cada etapa he dejado atrás muchos pueblos.
Hago la foto del día y me tiro al valle.
Y me encuentro con un mundo de cantos rodados que me hace caminar como Dios me da a entender. Es una bajada mala, muy mala, y ha de ser temible para los que sufren de las rodillas.
Aparecen las primeras moscas. No me extraña, debo empezar a oler a pesar de intentar ir lo más limpio que se puede. Que mi esfuerzo me cuesta, que por estas fechas no es fácil ducharse con agua fría que es lo que hay en la mayoria de los refugios.
Pero la vista de estas tierras fértiles y ricas es memorable. Poco a poco se va alcanzando el primer pueblo, Uterga, en un agradibilísimo paseo por el sendero. Me tomaría un café, pero no hay ningún bar, así que seguimos adelante hablando de nuestras cosas, de los maravillosos espárragos del lugar y del clarete navarro. Y de muchas otras características de la región. Es mi obligación educar a Lukas en las tradiciónes y cultura de las tierras por las que pasamos. Que el Camino no sólo es arrastrar penas y glorias, sino también disfrutar de lo que hay, Y aprender la lección.
Y así, poco a poco llegamos a Muruzabal en donde nos tomamos un cortado que nos sirve una navarra guapa y simpática, amable. De allí hasta Obanos por la comarcal, agradable y solitaria.
Algo que estoy aprendiendo mientras camino por estas tierras es que todos los pueblos y villas están en lo alto de una colina. Lógico si tuvieron que defenderse en otros tiempos. Cuando se viaja en vehículo, uno no lo aprecia, pero andando y con la carga de la mochila y la suma de kilómetros uno se acuerda de todos los santos.
Tras el subidón y contarle a Lukas lo que sé de la leyenda de Santa Felicia y su hermano Guillaume, preguntamos por la ermita de Eunate y allá nos vamos, chino chano.
Cuando llegamos está cerrada pero en la arcada exterior, protegidos de la brisa y con el solecito se está muy bien. Van llegando peregrinos mientras voy dibujando columnas, detalles de los capiteles y marcas de los maestros canteros.
Es interesante el desarrollo octogonal a medio camino entre el cuadrado y el círculo, entre las dos dimensiones y el infinito, de la que se pueden hacer muchas lecturas. Al igual que de su nombre, de la linterna que la corona, de la arcada exterior, de su situación en medio del prado. Sus razones tendrían los contructores, pero estas se han perdido en el trancurso de los siglos y ahora son todo teorías, que las hay para todos los gustos.
La chica que ya iba mal el primer día llega en auto stop. No sé si va a llegar a Puente la Reina. Mañana cogerá el autobús y se volverá a casa. Pero mientras, aprovecha. Como cree en las energías ocultas, se sitúa en el centro de la capilla con los brazos extendidos y los dedos de las manos apuntando a la bóveda y exclama que una corriente la atraviesa. Probamos los demás y nos miramos con cara de extrañeza, de no entender nada, porque sentir, lo que se dice sentir, solo sentimos cansancio.
Ya sólo, medito un rato y salgo hacia Obanos. Otra vez la cuestecita por el cementerio del pueblo, haciendo bueno aquél refrán que decía:
"Que no quieres sopa, pues toma dos tazas"
En Puente la Reina localizo una pensión en busqueda de un poco de soledad. Vivo solo, trabajo solo y viajo solo. Y ya llevo con el viaje en autobús a Pamplona y el día de hoy cinco jornadas rodeado de personas, de voces, de preguntas. Necesito paz , silencio, para ordenar mis pensamientos, mis dudas, mis tristezas, mis alegrías.
Lavo la ropa, me ducho, curo las ampollas que van apareciendo y salgo a hacer turismo. Unos kilómetros más de apacible paseo no me van a matar a estas alturas.
Así es cómo visito esta villa nacida a la sombra del Camino, con sus leyendas y su arquitectura. Con un puente inenarrable en belleza y fortaleza, esbelto con el conjunto que forman las capillas sobre cada tajamar. Absolutamente admirable, maravilloso, en donde permanezco hasta que el frío y el hambre me llevan a cubierto.

17.03.99. Miercoles. (V)
Puente la Reina-Estella (123.65km):
Desayuno y cruzo el puente. Hace buen día, el romero está en flor. La primavera está aquí para quien la quiera ver, sentir, vivir. En el cielo las nubes escasean y desde muy de mañana hace calor. Me pierdo en una piedra que se ha movido y la flecha señala hacia las zarzas. Salgo arañado pero no me he ido demasiado lejos. Vuelvo, coloco bien la señal y sigo avanzando, hacia arriba, claro.
En camiseta, en paz con el mundo, la naturaleza y conmigo mismo, camino mientras medito, recuerdo, sueño. Antes de llegar a Mañeru alcanzo a Carmen. Su amiga ha vuelto a casa, no podía continuar llena de llagas, de tendinitis. También se ha perdido en las zarzas, ambos llevamos las manos arañadas. Nos reimos cuando comentamos que ha sido una pena que no hubiera moras, que habríamos podido aprovechar.
Nos entretenemos un rato en el cementerio. Los de pueblo pequeño son intimos y se pueden leer las historias de vidas que ya no son. Respira paz junto al sendero, que agradable, nos lleva hasta Cirauqui. Allí paramos a comernos un poco de pan con chocolate, a beber un poco de agua. Aprovecho para dibujar la estela que junto al arco, a su derecha, indica el camino. Sorprendente y maravillosa, tiene fecha de 1658.
Cruzado el pueblo nos dejamos caer hasta la Calzada Romana y el puente. Cuántos siglos viendo pasar peregrinos, cuántas leyendas se recuerdan. Dudamos un momento y se nos cruza una mariposa amarilla. La seguimos y nos lleva a la ruta correcta. Impresionados, continuamos en silencio mientras mariposea unos metros delante nuestro, cual guía que la naturaleza nos envía. Finalmente se desvía. No acabamos de creernoslo, ha sido como algo mágico. Cruzando otro puente nos encontramos con otro peregrino. Salió de Roncesvalles un día después de nosotros e iba solo. Ayer se pegó una paliza y se hizo unos 35 kilómetros para encontrar compañía. Paramos tras pasar otro puente, este medieval, el cuarto del día. Allí, antes de enfrentarnos con la subidita que nos llevará a Lorca, nos sentamos al sol. Txemari saca un artefacto y me pregunta si sé qué es, que un amigo se lo ha metido en la mochila. Es un silvador australiano. Lo desenrollo y lo hago girar hasta que consigo sacarle sonido. Y allí estamos los tres, como niños con juguete nuevo, con aquello de dejame ahora a mí.
Al rato, Carmen y yo seguimos, mientras él se queda haciendo fotos, lleva un montón de cámaras. Si ve mi equipo fotográfico le va a dar la risa.
En Lorca aprovecho para beber de la fuente y llenar la botella. Hace calor y vamos sudando a pesar de ir en camiseta. Nos alcanza Txemari y hablando pasamos la zona de perros encerrados que nos comen a ladridos. Impresiona tanta fiera. Comentando la perrería nos despistamos y nos vamos a una huerta. Una señora nos dice que vamos mal, como casi todos los peregrinos que por allí pasan. Que va a poner una señal porque anda cansada de reconducir almas en pena. En Villatuerta nos tomamos una cola y Txemari se queda haciendo fotos. Seguimos Carmen y yo. Las señales en esta zona no están muy claras. Vamos caminando y hablando por un paraje muy agradable hasta que el camino, cada vez más estrecho, acaba desapareciendo entre zarzas y pinos. Buscamos la salida pero si la hay, no la encontramos. Vaya día llevo hoy. Optamos por salir a la carretera que la oímos a nuestra izquierda. Casi a machetazos llegamos a un terraplen de unos doce metros por el que hemos de ir si la queremos alcanzar. Según bajamos, la pendiente se hace cada vez más pronunciada, convirtiendose en una pared casi vertical. Clavando el bastón en la tierra puedo apoyar un pie y sujetar a Carmen que viene detrás. Quedan unos cinco metros pero es una locura seguir. Si nos caemos, vamos directos al asfalto y los coches pasan como tiros. Carmen se asusta y se atasca. No puede ni subir ni bajar. Trato de calmarla pero cada vez está más nerviosa. Ya no sé que hacer cuando pasa un coche de la Guardia Civil que nos ve y se para a ayudarnos. Nos hacen tirar las mochilas para que vayamos más cómodos y nos indican cómo volver a subir y por dónde bajar. Desde abajo se debe ver todo muy fácil. Cuando llegamos a ellos, uno nos trata con mucho cariño mientras el otro nos mira condescendiente, seguramente preguntandose qué harán este par de abueletes en estas aventuras. Me hago la foto del día, es el momento, y ya muertos de la risa, seguimos por el arcen hasta Estella. Al cruzar el quinto puente de la etapa me sobrecoge la belleza de la villa. No me esperaba semejante cantidad de arte en una población tan pequeña. Me inscribo en el refugio que es sensacional, me ducho, y salgo a ver todas estas maravillas. Termino el tour turístico ante el capitel de Roldan y Ferragut, maravillosa narración de la leyenda de su torneo.
A las diez de la noche el hospitalero nos apaga las luces. Nos trata como a niños pequeños. A alguien se le ocurre llamarlo "Terminator" y con el mote se queda mientras nos dormimos entre risas.
A media noche me despierto. Me encuentro mal. El estómago me duele mucho y tengo "pirri" (cagalera, descomposición) Probablemente es por el agua que he bebido en la fuente de Lorca. Si no mejoro me veo en casa. Me quedaría deshidratado y sin fuerzas en una noche. Así que me obligo a devolver y trato de descansar. Mañana tendré la respuesta.

18.03.99. Jueves. (VI)
Estella-Arcos (142.22km):

He dormido, he descansado y cuando despierto me encuentro bien. Parece ser que todo ha pasado. Pero tengo hambre, mucha hambre, tengo el estomago vacío. Así que me ducho, preparo los trastos y me voy a tomar algo. Procuro no abusar, pero me quito el gusanillo.
Al salir de la villa me molesta mucho un pié. Me descalzo y encuentro un par de ampollas. Las curo, me vuelvo a poner el calcetín y la bota y sigo. Al poco, noto escozor en el otro, el izquierdo. Vuelvo a repetir el proceso. Sigo, pero hay algo que me molesta en el derecho, algo no va bien.
En la Fuente del Vino me encuentro con Carmen y Lukas. Nos tomamos un chupito y ya animados seguimos hacia Azqueta. Intentamos visitar el monasterio de Irache. La iglesia está cerrada pero el portero, muy hablador él, nos pone un sello y no nos deja seguir. Disfruta contandonos cosas. Finalmente nos libramos de él y por un agradable sendero entre encinas nos acercamos al siguiente pueblo. Lukas se va a pedirle a Pablito una vara de avellano, un bordón, mientras nosotros nos sentamos un momento a la sombra, que el calor aprieta y el pie duele. Aparece nuestro aleman con un palo descomunal, como de tres metros y no se cuantos miles de kilos de peso. Ha debido de coger el más grande que había, seguro. Nos reímos mucho, pero el hombre está encantado. Así que tiramos los tres hacia Monjardin mientras el aprende a manejarlo.
Antes de llegar nos detenemos hechizados por la fuente medieval. El sonido de las gotas cayendo sobre el agua embalsada, ampliado por la sonoridad del recinto, es refrescante y relajante. Se está bien y en paz. Descansamos un rato y hablamos de nuestras cosas. No tenemos prisa.
Aprovecho para ver qué pasa con mi pie derecho que me duele tanto. No encuentro nada, pero al pisar me estremezco entero. No entiendo nada. Me pregunto entre risas si será por esto aquello de llamar al Camino de Santiago el Camino de las Estrellas. Es otra lectura, una más, poco seria.
Como la fuente se está llenando de peregrinos, vamos desfilando. La pista forestal que llega hasta Arcos es fácil y agradable si no te duele nada y vas relajado. Pero es larga y solitaria. Algunos hacen trampas, buscan atajos pasando por sembrados. Otros, perdidos en nosotros mismos, en nuestras cosas, seguimos religiosamente el camino indicado. Al final , cuando ya tienes ganas de llegar, cuando el maldito pie derecho me está matando, pero que por mucho que me duela no va a poder conmigo, aparece el pueblo al caer de una colina. Largo e interesante, lo cruzo hasta llegar al refugio que está al final, una vez cruzado el rio. El hospitalero es un sacerdote cariñoso, alegre y dicharachero. Se interesa por nuestro material y nos enseña los zapatos con los que hizo el Camino hace muchos años. Realmente la tecnología ha avanzado muchísimo. Al inscribirme le pregunto si hay cuarto de roncadores. Dado que lo soy, no quiero molestar a los demás peregrinos. Y me gusta dormir tranquilo, sin sufrir pensando que desvelo a alguien. Me abre un cuarto pequeño y agradable sólo para mi. Un lujo.
Al cabo de un rato, mientras preparamos la cena, llega un peregrino nuevo. Parece agradable y tiene ojos de buena persona. Se presenta, es de Jaen y se llama Alfonso, en realidad Ildefonso, al igual que yo. Dicen que los de este Santo, que se celebra el 23 de enero, son los auténticos Alfonsos. Como los Iñakis, que son de verdad cuando son del 31 de julio, San Ignacio de Loyola. Hablando me dice que trabaja en un hospital. Le comento lo de mi pie y se ofrece a mirarmelo. Y en ello está cuando me dice que tengo una enorme ampolla entre los dedos y la planta (no se cómo podría llamar a esa zona) y que el abundantísimo liquido que en ella hay posiblemente produce presión sobre los huesecillos y por ello el intenso dolor. La cura, la limpia, que yo ahí llego mal, y sobre todo no veo bien, y cuando lo pruebo no me lo puedo creer, ya no me molesta nada. Nada de nada. Es como un milagro. Le doy un abrazo y le digo que se ha ganado un amigo para el resto de la vida. Y es verdad, pues no tengo palabras para agradecer lo que ha hecho. Estoy feliz. Así que en buen ambiente y camaradería nos comemos un arroz a la cubana de los peores que he probado, pero que me sabe a gloria.
Al poco, el sopor nos va robando la luz de los ojos y el hospitalero, amable y cariñoso, se va quedando solo, sin nadie con quien seguir conversando. Son los riesgos de quien da hospitalidad a peregrinos de a pie.

19.03.99. Viernes. (VII)
Arcos-Logroño (165.76km):
Madrugo y salgo al campo. Me encuentro bien después de los males, inconvenientes físicos ya superados. Llueve y hace frío. Caminando hacia Sansol alcanzo a un peregrino que no había visto antres. No sé de dónde ha salido.
El día no es agradable pero la compañia sí. Es de Bilbao, así que paisano y se llama Joseba. Pues felicidades que hoy es San José. Me dice que en Logroño, si llegamos, lo vamos a celebrar. Y en el aguacero que nos está cayendo encima me abre su corazón para contarme la razón oculta que lo ha traido al Camino, a peregrinar a Santiago. Los pelos se me ponen de punta. No nos damos cuenta de lo felices que deberíamos ser con lo que tenemos. Ha de ser siempre una tragedia frente a nuestra realidad lo que nos haga comprender lo afortunados que somos.
En Torres del Rio paro a desayunar. No hay nada, ni tienda ni bar, no hay servicios y la fuente de la entrada del pueblo pone que no es potable. Sigo en ayunas, es decir, me estoy muriendo de hambre.
Mientras espero a la señora Mercedes para que me abra la Iglesia del Santo Sepulcro, llega una furgoneta dando bocinazos. Abre las puertas y es una tienda ambulante. El cielo me ha escuchado, se ha compadecido de mí. Compro pan, chorizo de Pamplona, que es una de mis debilidades y un par de naranjas y me organizo un manjar de dioses. O así a mí me lo parece. Mientras reconforto a mi estomago, recuerdo a Chopín (leído tal cual como se escribe, con í y acento) el panadero de mi querido pueblo, al que así llaman por los bocinazos que da cuando hace el recorrido por las casas al amanecer para repartir su maravilloso pan. Lo que me habré reido con mi madre cuando en vacaciones me sacaba de la cama para que fuera a comprarle para desayunar antes de que se escapase a bocinazos. Gratos recuerdos que hacen feliz mi comer.
Llega la señora encargada en esta quincena de la iglesia, con las llaves. Me abre, paso dentro y admiro obra tan interesante por su estructura y distribución, acogedora por sus dimensiones. Y cuando miro al ábside se me encoge el corazón al ver el maravilloso Cristo de cuatro clavos que preside el altar. Nunca antes había visto algo tan hermoso. En su serena sencillez románica cargada de simbolos me pierdo hasta que me llama al orden la cuidadora, que ha de ir cerrando.
Fuera me encuentro con una italiana que ha montado un albergue. Hablamos un rato, me cuenta sus dificultades y me pone su sello en mi Credencial. Amablemente se despide y yo sigo mi camino acompañado de lejos por su perro, que gusta de acompañar peregrinos.
El frío reinante me despeja. El rompepiernas me hace entrar en calor. Me siento bien, voy recuperando la alegría interior que siempre he disfrutado, que perdí en la agonía de mis padres. Salí hace unos días de Saint Jean deshidratado de tanto llanto, perdido entre mis tristezas y poco a poco el camino va haciendo el milagro.
No estoy bien, no quiero engañarme. Una profunda tristeza encoge mi ánimo, pero el aire, la libertad, la naturaleza, el Camino en soledad, alegran mi corazón. El mal tiempo, el frío, el viento, y el barro, la nieve y la lluvia despiertan mis sentidos a la realidad de un mundo lleno de belleza.
En Viana como no puedo visitar la iglesia por estar cerrada, me tomo un café y paseo la vista por el exterior de todas las fachadas señoriales y hermosas que admiro. Piso la tumba de Cesar Borgia mientras recuento todas las maravillas que llevo vistas, visitado, admirado. Este Camino es una lección magistral de arte, soberbia y plena, abundante. Lukas comentaba el otro día su sorpresa por ver colosales iglesias de una belleza inaudita en humildes pueblos de poquísimos habitantes. Acostumbrados a ello no valoramos la riqueza artística que estas tierras poseen.
Sigo caminando pero la senda se convierte casi en arcén y tras cruzar la carretera, en asfalto. A la vista de Logroño, me encuentro con Doña Felisa que, amable y cariñosa, me ofrece agua e higos. Me siento y hablamos un rato. Me pregunta cuántos peregrinos vienen hoy ya que soy el primero en pasar, cómo me encuentro y me cuenta mil historias de la experiencia vivida a la vera del Camino desde hace tantísimos años, cuando quizá no pasaba ningún peregrino en muchos meses.
Cuando llega Txemari le paso el testigo y allí se quedan de palique mientras me dejo llevar hasta el cementerio, el puente y el magnífico refugio. Me instalo, me ducho y según van llegando los demás organizamos las compras para cenar en la maravillosa cocina de la que dispone el albergue.
Joseba va a por vino, Txemari se compromete a hacer unas patatas a la riojana, y como soy el primero que está listo me manda a por pimentón y material para una ensalada.
Aún nos da tiempo a Lukas y a mí de visitar una exposición de arte flamenco sobre el Camino que hay en un caserón de al lado. Maravillosa, me compro el catálogo que no es sino un magnífico libro a un precio extraordinario. El hospitalero, que más amable y alegre no puede ser, se compromete a mandarmelo a la dirección que le doy en unos veinte días, cuando calcula que ya habré llegado a Compostela y vuelto a casa. Y nos vamos a hacer las compras antes de que los cocineros se den cuenta de que les hemos hecho una pirula, eso sí, artística y cultural.
Cuando volvemos del mercado los dos Josés están ya un poco achispados, tirando a piripis, celebrando su santo. Han comprado cada uno seis botellas y somos unos diez, más dos señoras holandesas que han aparecido nadie sabe de donde. Están un poco asustadas de la que estamos liando. Hablo con ellas en spaans/nederlands, osea les chapurreo en lo poco que de su idioma sé, lo que estamos haciendo para calmarlas mientras preparo una ensalada con manzana, maiz, nueces, y mil frutos, todo bien troceado en un perol descomunal. Y les explico a los presentes por qué los catalanes llaman "amanida" a lo que estoy haciendo, porque inmediatamente me remango y con manos y brazos remuevo todo hasta que queda como debe ser. Las giris ya están pegandole al rioja y se les ve más contentas. Entre risas Txemari dice que las patatas ya están y nos servimos, que buen hambre llevamos. Y no sé si será por ello o porque están buenísimas, o por el buen ambiente que se ha creado, pero no queda nada de nada. Ni un trocito de lechuga de la ensalada, ni una gota de salsa de las patatas. Tampoco un culo de vino, nadie sabe quien se lo ha bebido. Solo queda alegría y buen ambiente. Y cansancio, que hace que tras fregar y recoger todo nos vayamos para el dormitorio. Eso sí, cuando uno se cae al subir a la litera por aquello del vino, nos entra la risa floja a todos. Y así estamos un buen rato, metidos en el saco, llorando de risa cual niños, relajados, felices.
Y uno tras otro vamos cantando el gori gori, porque estamos muertos.

20.03.99. Sábado. (VIII)
Logroño-Najera (189.26):
No sé cuando acabó la juerga, no sé quien apagó la luz, no sé cuando me dormí. El amanecer me despierta y las ganas de vivir me llevan a la ducha. De allí a buscar un lugar en donde desayunar. No hace mucho frío. Me tomo un par de croisants calentitos y un café con leche, todo buenísimo. Admiro el enorme Santiago Matamoros y cruzo la Puerta de Carlos V o del Camino al igual que lo hacen los peregrinos desde hace muchos siglos. Me enfrento a polígonos y largas y aburridas calles sin personalidad, sin caracter. El sol aprieta desde muy temprano, pero el aire es fresco.
De camino hacia el parque un hombre me alcanza y me da una postal de una Virgen.
Al pasar por la maderera me dejo el bastón cuando paro a aliviarme. He de volver un par de kilómetros, pero qué es esto para un peregrino a estas alturas. En estas estaba cuando me alcanza Carmen y luego Lukas. Un tal Ignacio le ha regalado un crucifijo enorme. Lo hace con todos los peregrinos que pilla. Nuestro alemán no sabe qué hacer con el cristo. Es descomunal.
Adelantamos a Alfonso. Va cojo de las dos piernas, lleva los abductores cargados.
En Navarrete nos tomamos una cola y un pincho de tortilla. Está tan bueno que repetimos y nos la acabamos entera en un momento. Llega Txemari que va un poco resacoso por el vino de anoche. Y así, cada uno a su aire, vamos tirando, aunque nos vamos reuniendo y separando según paramos para observar la portada del antiguo Hospital de peregrinos en el actual cementerio, tomar el sol o simplemente descansar un rato.
Hay muchos trozos de arcén que se hacen difíciles y peligrosos. Los coches y camiones pasan a grandes velocidades y se nos llevan varias veces los sombreros. Algunos nos tocan la bocina, y aunque probablemente lo hacen para animarnos, nos sobresaltan.
Antes de llegar al desvío que lleva a Ventosa, me tumbo a la sombra de unos chopos y me como un par de naranjas. El paraje y el día son muy agradables. Al fondo se ve el pueblo con su enorme iglesia sobre una colina. Saco los trastos y la pinto en mi cuaderno de viaje. En ello estoy cuando van llegando los demás que me van imitando, tumbandose en la hierba de este idílico lugar. Estamos todos un poco aburridos de la etapa que no es de las más entretenidas. Quedan kilómetros y nos los tomamos con tranquilidad. Entre risas Txemari recuerda la cena de ayer y posterior juerga. De las señoras holandesas nadie sabe nada. Igual que llegaron se han ido. Son misterios del Camino.
Poco a poco vamos desfilando, enfrentandonos a interminables kilómetros de arcén, con los TIRs rozandonos con sus innumerables ejes. Hoy la etapa es de riesgo.
El alto de San Antón nos coge desprevenidos y nos desfonda. No vamos hoy muy fuertes ni muy mentalizados. Al llegar arriba nos volvemos a sentar a la sombra y discutimos sobre cuál de los pueblos que se ven es Najera, si es que alguno lo es.
Se va haciendo tarde y no acabamos de llegar, así que apelo a las fuerzas mentales que físicas hoy no tengo muchas y sigo sendero adelante, carretera vieja y pista forestal.
Al rato me encuentro con un pastor y sus ovejas. Me acerco y me ofrece la bota con un vinazo sencillo y rico. Hablamos un rato y deseandonos buen andar seguimos cada uno nuestros respectivos caminos.
Al llegar a la granera, Lukas, Alfonso y Carmen desesperan y yo no voy mucho mejor. Paramos a leer el poema escrito en la vieja pared de la fábrica de harinas. De allí a la reflexión no queda nada sino caminar en silencio.
La entrada a la villa se hace larga y aburrida, no ves el momento de llegar al refugio. Este, situado junto a Santa María la Real es acogedor. Pablo el hospitalero es amable y cariñoso. Hablamos un rato mientras me inscribe. Cuando llegan los demás aprovecho para irme a la ducha. Ya fresco, cuando vuelvo en paños menores a mi litera para ponerme ropa limpia, me sorprende una voz femenina que me llama como sólo los muy intimos me conocen. Sorprendido ante una mujer tan guapa y con tanta clase, no acabo de comprender. Y al fín caigo, es Elisabeth, una amiga de la infancia y juventud a la que no veia hacía muchísimos años. Y allí nos encuentran Txemari, Lukas y demás, dándonos besos y abrazos en toalla, casi en bolas. Lo que nos podemosa reir de su cara de sorpresa y diría que de envidia, que Elisabeth nos tuvo a todos los de nuestra generación enamorados con su belleza y encanto.
Organizamos una cena. Txemari se compromete a hacer una paella para todos, que hoy nos hemos reunido bastantes en este refugio. Y la verdad es que le sale muy buena. Y como es sábado, el hospitalero que hace el turno de noche nos deja salir a vivir un poco la noche. La verdad es que no me apetece demasiado, pero para evitar problemas me voy a dar una vuelta con los demás, hasta que a la primera oportunidad me vuelvo, me acuesto y duermo como los ángeles.

21.03.99. Domingo. (IX)
Najera-Santo Domingo de la Calzada (208.76km):
Las guias dicen que esta es una etapa fácil. Vamos a ver si es verdad. De momento empieza en cuesta, y no he podido desayunar como me hubiera gustado. Pero aguanto bien aunque las tripas me hagan ruido.
Ya llevo con hoy nueve días caminando. Es decir, un tercio de lo que calculo que tardaré en llegar a Santiago. Como el cuerpo agradece el descanso, decidí hace muchos meses que haría dos días de reposo. Elegí parar en Santo Domingo de la Calzada y en León. La primera razón para escoger estas ciudades es geográfica, casi estratégica, ya que dividen el Camino en tres partes casi exactas. La segunda y fundamental, todo el arte e historia que acumulan y que permite pasar el día de descanso entretenido visitando monumentos. Y no olvido una tercera que es la gastronomía. Ambas gozan de una maravillosa cocina con la que se puede disfrutar. Que los descansos bien comido, son más y mejores. Hay que recuperar energía.
Con la perspectiva de una etapa fácil y corta, sabiendo que mañana no voy a caminar sino pasear, todo parece más facil.
Al llegar a Azofra remato el medio desayuno que me he dado. Ya más animado con este segundo café y las tostadas que me tomo, sigo hacia las suaves lomas. El paisaje es agradable, los pajarillos cantan. Hace un día bonito inaugurando la primavera que hoy empieza.
Mañana se va Carmen. Vuelve a casa. Se le ha acabado el tiempo, las breves vacaciones que ha tenido. Desconsolada, confesaba ayer que le ha atrapado el Camino. Debe de ser duro y dificil volver porque las obligaciones te llaman.
Voy sólo, los demás se han dormido después de la salida de anoche. Cuando llevo unos siete kilómetros comienzo a llorar. No puedo explicar lo que me pasa. Simplemente lloro, sin una razón aparente, sin una tristeza especial. Llego a Cirueña y sigo derramando amargas lágrimas, una tras otra. Me siento bajo un roble y medito. Me pregunto qué me está pasando, por qué este llanto desconsolado. Bebo. El cuerpo me pide agua y no me sorprende ya que llevo casi dos horas deshidratandome por los ojos.
Decido continuar y aunque siento una gran paz no dejo de llorar. Es tan extraño.
El camino me serena y cuando llego a la vista de Santo Domingo ya no me quedan lágrimas. Debo de tener una pinta espantosa, pero poco me importa eso aquí y ahora.
Paso la zona industrial y llego al casco viejo. Allí busco el Parador. Hace mucho reservé una habitación allí porque en su momento fué el verdadero refugio, el verdadero hospital de peregrinos, fundado además por Santo Domingo. Me reciben amablemente y me llevan a una habitación que me parece un palacio tras nueve días de albergues sencillos. Me doy una ducha histórica, mando mi ropa a lavar y me voy a buscar un restaurante en donde comer.
Según salgo me encuentro con Alfonso. Viene descompuesto. Le pregunto qué es lo que le pasa y me dice que no lo sabe, que lleva toda la etapa llorando. Le cuento que a mí me ha pasado lo mismo y sin comprender coincidimos en afirmar que es parte del milagro del Camino. En la tasca me encuentro con Txemari y Lukas y comemos los tres un menu por cuatro duros. Y quizá es el hambre, pero me sabe a gloria. Ellos saben de mi plan de quedarme aquí un día y me imitan. Esta noche dormirán en el refugio y mañana caminarán solo 6 kilómetros hasta Grañón en donde pernoctarán. Así pueden aprovechar toda la tarde de hoy y gran parte del día de mañana para visitar todo lo mucho que hay aquí para ver.
Así que después de tomar un café que les invito en el Parador, nos vamos a ver la Catedral con la tumba del Santo, el gallinero, el retablo, el resto de la horca del milagro, el recién descubierto ábside románico y el museo. Se nos va la tarde con tanta belleza. Txemari se suelta con sus más atrevidas teorías sobre la sociedad medieval y la iglesia y yo con las mías sobre la transformación de los templos románicos y góticos por el barroco, estilo degradado y mal comprendido que admiro profundamente a pesar de sentirme minimalista en las formas. Según creo, no tiene desperdicio si uno llega a comprenderlo. Algún día se revalorizara ante los ojos de la sociedad, no solo por su abundancia sino por la belleza multiple e intrinseca que aporta. Y así, discutiendo, aprendiendo de tanta belleza, se nos va la tarde en un santiamén. Se van ellos para el refugio, que están cansados y no tienen hambre y yo me voy al parador a cenar, pues me han hecho una inmejorable oferta de media pensión en la que no pienso desaprovechar la cocina típica de la zona.
Tras disfrutar un par de platos de la región, feliz y contento, me quedo un rato en el salón que es lo que fué el antiguo hospital. Y mientras lo admiro y voy haciendo mi cuaderno de viaje se me acerca cariñoso Don Alfonso, el director que tiene la cortesía de invitarme a un té mientras hablamos del Camino, de los peregrinos, de la arquitectura del antiguo refugio, de su historia.
Cuando los ojos me empiezan a escocer, me excuso y me voy a dormir.
Bendita soledad.

22.03.99. Lunes. (X)
Santo Domingo-Santo Domingo (216.21km):
Me levanto temprano, no he sido nunca de mucha cama. Pierdo media mañana en la ducha disfrutando de un placer sencillo y maravilloso como es el de la higiene y me bajo a desayunar. Y aquí vuelvo a gozar. Un maravilloso buffet me está llamando mientras encargo café. Los turistas, muy comedidos pican un poco de aquí, un poco de allá. Yo empienzo suavemente por las frutas y los zumos naturales. Qué ricos están. Cojo pan, y me como varios platos de embutidos, sensacionales. A veces combino jamón con, por ejemplo, tomates para quitarle el punto de sal. Otras pongo un huevo frito a la morcilla para darle alegría. Qué maravilla. Ya más tranquilo y tras servirme otra taza de la jarra de café, me meto de lleno en los muslis, mantequillas y mermeladas. Cuando estoy en ello, disfrutando, me doy cuenta que han cambiado los turistas que me acompañaban en el restaurante y que ahora ya son otros. Se me va a notar que soy peregrino más por lo que como que por la pinta que llevo, y mira que me he esforzado en ir presentable. Pero bueno, yo sigo. Con una taza más de café me pregunto por qué no terminar alegremente con unos churritos, para despedirme castizamente. No lo dudo y allí me tienen, en la gloria del untar y saborear.
Sonrio a todos y me voy a lavar las manos, que la mermelada es muy traidora y hoy voy impecable, limpio y reluciente en mis galas de peregrino. Si me vieran aquellos que trabajaron conmigo en moda, no me reconocerían.
Salgo a la calle con mi cuaderno y mis colores. Y uno a uno me voy enfrentando a los principales monumentos del lugar. Nunca conseguiré igualar su belleza, pero en mi humildad trato de hacer que un conjunto de pequeñas obras creen el milago de un objeto personal, vivo, precioso.
Me vuelvo a encontrar a Lukas y Txemari y hacemos unas risas con un café. Acabamos comiendo antes de que se vayan para Grañon. La tarde la paso en la plaza del Ayuntamiento dibujando la arcada, tranquilo y sereno. La paz del lugar, el silencio que me rodea., la soledad que me acompaña, la agradable temperatura de una tarde de primavera, me traladan a otros estados de conciencia.
Meditando sobre el llanto de ayer y al habernos sucedido al menos a dos peregrinos, llego a la conclusión de que es consecuencia de la liberación del espíritu que el Camino produce. Como si todas las tensiones acumuladas durante tanto tiempo se soltaran de la forma más rápida, llorando. Desde ayer me encuentro en una especie de nube de paz y sosiego y eso es algo que hacía mucho tiempo que no disfrutaba, no sentía.
Para aquellos que lo necesiten por la razón que sea, creo que hacer el Camino es una extraordinaria terapia para el cuerpo y el espíritu. Si alguna dolencia física nos acecha, va a acabar saliendo y dependiendo de nuestra fortaleza, nos mandará a casa o la superaremos. Para aquellos a los que el alma les atormenta, el aire, la libertad que se siente y respira, el ejercicio continuado, el esfuerzo recompensado con la llegada cada día al refugio, el arte para las personas sensibles o cultas y los compañeros para los que necesitan compañía y amistad, cariño, harán que la sonrisa aflore entre las lágrimas y lo que ayer fué problema o tristeza quede en recuerdo. Es mi sencilla opinión, de un propósito aún no terminado. La experiencia real la obtendré si llego a Santiago, que me queda mucho y el mundo y la vida dan muchas vueltas.
Termino con mis croquis y me voy al cuarto, a darme una ducha tras la que bajo a tomarme un café al salón. Termino allí mi trabajo diario en mi querido cuaderno de viaje y me voy a cenar.
Se me puede acusar que hablo en este diario más de comida que de mis experiencias interiores, místicas, iniciáticas, pero creo que todas ellas además de ser intimas no les interesan a casi nadie. La gastronomía quiza trampoco, pero si dará una idea de que si no te alimentas bien, no llegas. Ya decía que cuanto más fuerte seas, menor va a ser el esfuerzo. Y cuando esto digo no solo me refiero al cuerpo sino también al espíritu, al caracter, a la psiquis.
Mañana volveré a la rutina del peregrino, al maravilloso errar por los caminos, por los campos, visitando extraordinarias iglesias, magníficas ruinas. Tomando café en sencillos bares de pueblo, hablando con campesinos y pastores. Saludando a los pájaros, oyendo la brisa entre las hojas y al agua en los arroyos.
Viviendo.

23.03.99. Martes. (XI)
Santo Domingo-Belorado (236.31km):
Madrugo, me ducho y repito la ceremonia del desayuno. Hoy hay un poco más de todo que ayer. Igual me han cogido miedo. Para no desilusionarlos paso por las diferentes fuentes, como acostumbro, cumpliendo. Y al final, añado la picardía de hacerme unos cuantos pequeños bocadillos para ir tirando por el camino. Porque si no me cuido yo, posiblemente nadie lo va a hacer.
Voy a la Catedral a despedirme del Santo. Le saludo con cariño y me despido. Nunca prometo, porque no sé si podré cumplir lo que así deseo, pero sí le digo que me gustaría volver a saludarlo, a pasar un rato junto a El. Espero que algún día sea posible y me recuerde.
Estoy fresco, voy fuerte. Noto el día de descanso. En unos diez días si todo va bien, llegaré a León y disfrutaré de otro tiempo de reposo. Mientras, paso a paso, he de ir aproximandome. Nada es gratuito y cuanto más esfuerzo nos cuesta, más satisfactoria es su consecución. No es masoquismo, es simple realidad, experiencia.
Empiezo a estar en forma físicamente. Ya no me acuerdo de mis pies y no siento nada ajeno a la normalidad de mi cuerpo. La psiquis va mejorando, pero no puedo echar las campanas al vuelo. La vida da muchas vueltas, y cuando uno cree que ha superado un problema, o empezado a hacerlo, resulta que estaba ahí agazapado, esperando a que te relajes, a que bajes la guardia para darte más fuerte. Así que tranquilito, sin darle muchas vueltas, sin pensar demasiado en ello, camino adelante con los ojos en el infinito.
La etapa de hoy no es de las más bonitas. Los casi siete kilómetros que hay de arcén hasta Grañon no invitan a sonreir. Una vez allí busco a Txemari y Lukas. Ya no están, han debido madrugar. Me tomo un cafelito en un barete, más para descansar la mente que el cuerpo. Hablo un rato con la dueña, arreglamos el mundo y sigo adelante.
Tras un agradable paseo me enfrento a un barrizal impresionante. Es el linde entre La Rioja y Burgos y es como si la primera no me dejara ir, me agarrara. De cualquier forma me llevo media provincia pegada a las botas y pantalón. Son muchos los kilos que cargan mis músculos, que me hacen sudar. Llego a la provincia de Burgos destrozado. Me recuerda la llegada a la abadía de Roncesvalles tras cruzar los Pirineos. Pero este barro es mucho más denso, mucho más pesado y pegajoso. Con el bastón limpio como puedo el equipo y hago una pequeña montañita con lo que he sacado. Bebo, pues he sudado mucho y sintiendome ligero por la diferencia de peso en mis pies, continuo caminando. Una maravilla. Todo tiene su lado bueno, positivo. Sólo hay que tener el humor para verlo. Merecía pasar por ello para sentirme como ahora me siento. Inimaginable. Floto.
En Redecilla del Camino me espabilo para que me enseñen la pila bautismal. Un abuelete majo y noble me la explica con sublime sencillez mientras me la muestra. Otra maravilla, otro milagro del arte en un lugar casi virgen. Lástima del pavimento que le han puesto al lugar.
Me tomo un cafelito y sigo adelante, tranquilo. Los campos son agradables, de suaves lomas, cultivados y ricos. Pena de los kilómetros y más kilómetros que hay que hacer por el arcén, junto a enormes camiones. Da miedo.
En Viloria, cuna de Santo Domingo, me siento un rato al sol. Es un lugar vacío y tranquilo, no veo un alma. Vienen a saludarme todos los perros del pueblo, cariñosos y zalameros, mil leches todos, listos. Me hacen los honores, me cuentan sus cosas y me hacen mil gracias. Me entretengo con ellos, observo sus ojos y me hacen pensar en la nobleza. Cuando me levanto y sigo camino, un par de ellos me siguen. Al rato sólo queda uno, pero va diciendome que se viene conmigo. Le digo que no puede ser y él insiste. Paro y me pongo serio. Pero él sigue erre que erre, que va a seguirme. Finalmente, partiendoseme el alma, le pego un par de gritos y le amenazo con una piedra que nunca podría tirarsela. Da media vuelta y con el rabo entre las patas se va mientras me mira con unos ojos que me hacen llorar. Me siento cruel y mezquino, rechazando una noble amistad de quien me la ofrece gratuitamente.
La carretera, con el estruendo de los motores me devuelve a la realidad. Remato los últimos kilómetros hasta Belorado y busco el albergue. Es una especie de treatrillo junto a la iglesia, increíblemente sucio, casi abandonado. Subo al piso superior en donde están las camas y me quedo desolado. Un espanto. En un catre junto a la escalera desenrollo el saco y obsevo las temibles pinturas de santos, martires y calaveras. Aparece Txemari y llegamos a la conclusión de que allí, en cuanto oscurezca, correrán los vampiros como locos. Va a ser una buena nochecita. Igual hay baile. Me voy a duchar y el agua está helada. Creo que estoy harto. En once días me he duchado sólo dos días con agua caliente. No entiendo cómo no me da algo, cómo sobrevivo, cómo lo consigo. Dicen que estoy loco. Para templarme salgo al solecitio de primavera. Mientras curo mis pies junto al río, una chica guapísima se me acerca. No es peregrina pero tampoco debe de ser del lugar, su imagen no encaja, no pega. Tiene un agradable deje gallego y mucho encanto, mucha gracia. La luz le sale por todas partes, hasta por las orejas. Los ojos te desarman. Es como una aparición.
Se presenta. Es una periodista de La Voz de Galicia que recorre el Camino buscando entrevistas, noticias, sucesos y anecdotas para escribir sus artículos. Me hace unas fotos y me tira de la lengua (ver artículo al final de este diario) De allí me lleva a la plaza del pueblo y me invita a un café. Hablamos de lo divino y de lo humano y le comento la belleza de la pila de Redecilla. Tras intercambiar teléfonos y direcciones y quedar en vernos en Compostela, se va a ver la maravilla que le he recomendado. A veces estaría mucho mejor calladito.
Me siento muy solo cuando su coche se aleja. Guapa y simpática, atractiva, ha llenado de luz mi tarde, mi soledad. Pero cuando recuerdo lo maravilloso que ha sido este rato me lleno de alegría. Vuelvo feliz a la sala de los vampiros y se me echan encima todos los buitres para preguntarme quién era, qué quería. Se mueren de envidia por haber sido yo el afortunado. De verdad que merecía la pena.
Qué suerte he tenido.
Ya no me importa que me muerdan esta noche, tengo en qué soñar.
Hoy vuelvo a sonreir.

24.03.99. Miercoles. (XII)
Belorado-San Juan de Ortega (252.50km):
La noche ha tenido su emoción. Cada vez que alguien tenía que ir al baño pasaba por donde estaba mi catre con una vela o una linterna. Dado el lugar y decoración, era de lo más fantasmagórico. La situación era entre aterradora y cómica. En fín, que no he dormido demasiado bien a pesar de estar cansado.
Otro detalle a tener en cuenta es que el camastro tenía más cortas las patas del lado derecho que las del izquierdo. Parecía un barco aconchado a estribor. He tenido que luchar para no caer en la tentación gravitatoria e ir a parar al frío y duro suelo. Pero a estas alturas estas son pequeñeces en la vida del peregrino.
Mientras desayuno en un hotel de carretera con Txemari y Lukas, nos da la risa cuando discretamente nos miramos los cuellos, por lo de los vampiros. No hay nada como tener la conciencia tranquila y hacer ejercicio para sentirse bien, alegre.
El día es bonito aunque hace fresco. Se nota que estamos en primavera, pero sin exagerar, que estamos muy al principio. Pero a partir de Villambistia se podía caminar en camiseta y disfrutar de este paseo por el campo de suaves lomas, verde por los sembrados. Un placer.
Al pasar por las ruinas del Monasterio de San Felix las tripas ya me hacen ruido. Todo llegará, así que disfruto del lugar que es apacible y hermoso. Y paso a paso sigo hasta Villafranca.
En el bar de la carretera paro a comer un bocadillo y un refresco. Al rato llega Lukas y tras él Txemari. Nos hacemos unas risas cuando llega Alfonso y le pedimos que nos enseñe el cuello. No nos fiamos, que la noche ha sido larga y difícil.
Salimos juntos y nos enfrentamos al repecho con el que se inicia el sendero por el bosque de los Montes de Oca. Pobres de aquellos a los que les pese el culo o no vayan bien preparados, porque el primer tramo es duro de verdad. Si me coge sin desayunar, caigo muerto allí mismo, fulminado, desfallecido. Cada uno sigue su ritmo y ello nos separa. La paz y el silencio crean una atmosfera maravillosa. Los robles se suceden y el sendero produce un agradable murmullo gracias a las hojas sobre él depositadas durante las pasadas estaciones, quizá años. No hay barro, sólo un poco en un recodo, en una humbría.
Es fácil perderse en uno mismo en este lugar. Poco a poco, el oído se adapta al silencio y empiezo a percibir sonidos del bosque, murmullos. Qué maravilla sentir que está vivo.
Tras unos kilómetros se pasa de senda a pista forestal y por ello, más despejada. Se vuelve a ver el cielo de Burgos, limpio, azul, próximo. El camino al hacerse practicamente recto es menos entretenido si bien sigue siendo de una gran belleza.
En un claro al sol, protegido de la brisa, me paro a descansar y a observar, a admirar la naturaleza que me rodea. Me entra la ñoña y caigo en una dulce duermevela. Las risas de Txemari y Lukas me devuelven a la realidad. Tras compartir lo que nos queda de agua, seguimos adelante. Queda bastante hasta San Juan de Ortega.
He leído mucho sobre este santo y mágico lugar. La iglesia y demás edificios prometen mucho arte, mucha historia, mucha leyenda. Hacia las cuatro vemos aparecer el conjunto entre los árboles. Nos acercamos y antes de nada hacemos una breve visita a la capilla y tumba del Santo. Me sorprende el buen estado en el que se encuentra, supongo que tras una buena restauración. Una maravilla.
Vamos a inscribirnos al refugio, a coger una litera y a tomarnos un refresco en el bar de Marcela. Saludamos a Calixto, el perro peregrino y le cogemos la medida para que no se nos pegue mañana, que dicen que te acompaña hasta Burgos pero que como no sabe volver, hay que mandarlo a casa en taxi.
Tras visitar detenidamente la iglesia, panteón y tumba de San Juan, de recordar las muchas leyendas e historias del lugar, nos sentamos a observar y admirar el capitel sobre el que se realiza el milagro de la luz en los equinoccios. Y esperamos. Falta poco para las seis y aunque no es la fecha exacta, algo podremos ver. Pero no tenemos suerte, se nubla y nos quedamos con las ganas. Otra vez será.
Nos sentimos bien. Volvemos al bar a esperar la misa de Don Jose María y las posteriores sopas de ajo. Llegan Alfonso y otros. También unas peregrinas mayores, muy gallegas ellas, divertidas y picaronas. Les tiran los tejos a Lukas y a Txemari. Los Alfonsos nos libramos del acoso y nos morimos de la risa. Los tienen arrinconados en una mesa de la esquina. La misa los salva.
En la iglesia el aire está congelado. La noche va cayendo y Burgos no es el trópico precisamente. Aquí si te descuidas te encuentran por la mañana heladito, con los mocos tipo granizado. Acabamos todos con los guantes puestos y es el mismo sacerdote quien en un aparte comenta que dado el frío que hace va a terminar la ceremonia. Que la sopa y las tortillas ya estarán listas.
Y allí vamos. Las gallegas cogidas del brazo de Lukas y Txemari, que una de ellas va con las rodillas muy mal. Tanto es así que baja las cuestas marcha atras con la ayuda de su amiga. Terrible debe ser.
La cena es un compedio de camaradería, buen ambiente y animación. Unos sacan chorizo, otros sardinas en aceite y con las sopas, las tortillas y buen pan de la tierra, cenamos muy a gusto de todos. Las peregrinas deciden ir a dormir a Burgos porque no tienen saco y aquí se pueden congelar. Sé de dos que ven el cielo abierto, pues ya se veían metidos en un buen aprieto.
Cuando vamos al dormitorio, se nos hiela la sonrisa. Opto por meterme vestido en el saco pues el frío es aterrador. Algunos me imitan.
Al cabo de un rato empiezo a sudar y he de ir desnudandome. Somos unos sesenta y entre todos hemos templado la enorme sala en la que dormimos en la paz de los inocentes.

25.03.99. Jueves. (XIII)
San Juan de Ortega-Burgos (280.50km):
Cuando salimos del albergue el cielo está muy nublado. Amenaza lluvia y hace viento. El día es muy desapacible. Me despido de Don Jose María y me reuno con los demás en el bar de Marcela. Desayunamos brevemente, esquivamos a Calixto y nos metemos en el bosque. Hay un barrizal impresionante. Más que barro hay agua encharcada hasta que salimos al claro. Allí nos esperan las vacas. Tranquilas, desayunan a su aire. Empezamos a bajar hacia Agés y nos encontramos al ejercito de maniobras. Todos los reclutas sudando la gota gorda con unos mochilones enormes, las armas, cascos y qué se yo que más. Pobres, que paliza les están dando. Espero que no se lien a tiros porque estamos en medio. Mal asunto, no saldríamos de esta.
El paisaje va cambiando. Los montes de Navarra, las colinas de la Rioja, quedan atrás y se abren a la meseta castellana. La brisa corre ligera y libre por estas planicies sin defensa, llenas de historia..
Al llegar a Atapuerca pienso en las escavaciones. Cómo me gustaría visitarlas. Envidio al equipo de Arsuaga y Carbonell trabajando aquí. Me encantaría estar entre ellos. Es otra de las profesiones que me gustaría ejercer.
No me puedo quejar, mi vida profesional ha sido hasta el momento maravillosa. He sido feliz trabajando en un despacho como arquitecto y después en agencias de publicidad como director de arte. Cuando monté mi estudio, mi trabajo como ilustrador primero, diseñador gráfico después y en la moda más tarde, sólo me ha dado satisfaciones.
Ahora como pintor disfruto de mi hacer y soy muy afortunado por la libertad que poseo. Pero me hubiera gustado ser del equipo de Atapuerca. También haber llegado a ser restaurador de arte en un museo. No lo puedo evitar, me atraen muchas actividades y procuro llegar a ellas, ejercerlas, disfrutarlas. Veremos en qué acabo en el futuro. Todavía creo que el trabajo enriquece, y no me refiero al bolsillo.
Cuando cruzamos el pueblo el bar está cerrado y el hambre empieza a apretarme. Quizá en la siguiente población me pueda tomar un cafelito para entonar el cuerpo, que el día no ayuda.
En los primeros repechos del alto empiezan a caer las primeras gotas. El chaparrón tarda unos minutos en llegar.No me voy a quejar pues no nos ha llovido demasiados días. En esta época del año uno va expuesto a todo, así que paciencia.
Más de lo que me llovió en mi infancia es imposible que ahora me caiga. Podría decir que tuve una infancia felíz, pero encharcada. Cosas del norte. Así que alegría y buena cara, que el agua es muy buena para el campo.
Vengo meditando en el cambio que nos está provocando el Camino. Nos estamos empezando a comportar como niños, inocentes, alegres, libres, infatigables. Caminamos durante ocho horas cada día, cargando con un peso en la espalda y seguimos kilómetro tras kilómetro adelante, felices, despreocupados.
Hemos recorrido un poco más de un tercio de lo que hemos de completar para ver la catedral de Santiago, y no parecemos los mismos que hace un par de semanas salieron pálidos y asustados, tristes, de sus casas.
El Camino nos está cambiando, nos está regalando la vida que casi habíamos perdido. No veo los mismos y apagados ojos que me saludaron en la primera etapa. Los que ahora me rodean tienen luz, brillan, caras broceadas que me sonrien.
Orbaneja Rio Pico me recibe con un bar abierto. Entro feliz, dejo la mochila y una gran sonrisa me saluda desde la barra. El dueño, alegre y cariñoso como buen andaluz, me hace un café enorme y caliente y un bocadillo grande y sabroso, con un maravilloso pan de pueblo, pan castellano. Mientas me desahogo, me estampa, bien verde él, un enorme sello en la credencial y repite en mi cuaderno de viaje. Hablamos de lo divino y de lo humano. El habla más que yo, que se aprovecha que tengo la boca llena. Me pone de buen humor.
Me despido y sigo ya contento y recuperado hasta Villafría y de allí a Burgos.
Empieza la zona industrial, paso los polígonos y nuevos barrios y sigo calles y avenidas. Lukas se para a tomar un café en un bar, está harto de tantos kilómetros por una ciudad que nunca termina.
Mientras me acerco al centro a través de infinidad de manzanas, comienza a nevar. Ya se sabe que en Burgos hace frío, pero tampoco hay que exagerar, que ya estamos en primavera.
Este fín de etapa es descorazonador. Es un nunca llegar. Te crees que ya estás y no es verdad, que parece ser que hay nueve kilómetros desde que empieza la zona urbana hasta el refugio. Si, nueve. Me lleva unas dos horas llegar a la Catedral, maravillosa, y por fín al parque del Parral, al albergue.
Al entrar me encuentro a dos corriendo y retozando como niños por la nieve. Son Basia, la peregrina polaca, y Txemari, que parece que han intimado. Otros dos a los que el Camino les está arreglando la vida.
Me sonrien y se me acercan con las mejillas rojas por el frío y la felicidad.
Me instalo en el barracón que hace la función de albergue, me ducho y me vuelvo a visitar el centro histórico, algo que no he hecho desde que vine con el colegio a los quince años.
Redescubro la Catedral y demás monumentos, me tomo una morcilla y reventado me vuelvo al refugio. Hoy estoy cansado, me duelen los pies, que no he parado de andar desde esta mañana a las ocho y ya han pasado más de doce horas.
Me reuno con Lukas, Txemari, Basia, Alfonso y algún otro peregrino y nos vamos a un bar próximo al Hospital del Rey a tomarnos una riquísima y potente Olla Podrida. Volvemos felices y caemos muertos en nuestros sacos.

26.03.99. Viernes. (XIV)
Burgos-Hontanas (309.50km):
Cuando salimos a desayunar hace muchísimo frío. Cae agua nieve y sopla bastante viento. Nos tomamos el café tranquilos y empezamos a andar. La ciudad se nos acaba enseguida, la cruzamos toda ayer. Al principio el campo no es muy bonito por ser extrarradios con pequeñas huertas.
Dudamos un momento en donde las señales no están muy claras. Nos habíamos ido separando y esto nos reúne de nuevo. Comentamos lo duro que va a ser la etapa con el viento que sopla en contra.
Al rato, pasando por un campo, nos sorprende la presencia de un corzo o parecido. Nos quedamos quietos para verlo mientras él nos observa. Está muy cerca. Al rato sale como un tiro y se pierde entre las matas.
Poco a poco vamos avanzando hasta llegar a Tardajos. Repetimos desayuno más que nada para entrar en algún lugar y calentarnos. Hoy es un día muy muy duro de frío y viento.
Aprovechamos para ir a la panadería y a un colmado a comprar algo para poder cenar esta noche. Las guías dicen que no hay nada en Hontanas que es en donde queremos dormir. La panadera es guapa y simpatica. Lo que era una sencilla compra se convierte en agradable reunión. La comida la repartimos entre todos para no cargarnos la mochila con más peso.
A partir de aquí el paisaje cambia. Poco a poco es cada vez más plano, más meseta. La soledad nos va rodeando. El viento nos da de cara y es muy fuerte, no nos pone las cosas fáciles. El barro es pegajoso y muy blanco. No es una etapa fácil y además es larga, muy larga.
La subida a la meseta se hace pesada. Nos vamos separando, cada uno perdido en sus pensamientos, en sus dificultades para superar estos desniveles que se hacen más duros por el barro que se pega a las botas. A la vista del valle los ojos se nos iluminan con su belleza. A pesar de hacer un clima tan desapacible, es de una gran belleza.
Nos paramos a hacer un descansito en Hornillos del Camino. Buscamos un bar para tomarnos algo y protegernos del frío pero no hay ninguno. Nos cobijamos a la sombra de la iglesia, junto al bonito albergue con hospitalero amable, frente a la curiosa fuente, a medio camino entre el kitch rural y el pop. En ella hay un gallo. Dice la tradición que el ejercito francés al pasar por aquí, robó las gallinas y las escondió en los tambores. Cuando los lugareños fueron a protestar, ante las reiteradas negacionesde los oficiales de haberlo hecho, un gallo cantó. Y nos les quedó otro remedio que aceptar la culpa y devolverlas. Por ello es por lo que le dedicaron este pequeño homenaje.
Descansados, decidimos seguir camino luchando contra el viento y el barro. No paramos hasta la antigua leprosería de San Bol, hoy interesante refugio. Retirado unos metros del camino, es un oasis en la soledad de estos páramos. Lo visitamos, nos tomamos un café, descansamos un rato y seguimos camino para rematar la etapa. Aunque queda muy poco, se nos hacen larguísimos esos cinco kilómetros que faltan. Por más que te acercas no ves Hontanas en la planicie. Te da el desespero pues cansado necesitas de la ayuda visual, del saber que ya está ahí. Pero nada, avanzas y avanzas y dudas si te la has pasado, de si te has perdido. Subitamente aparece el pararrayos de un campanario entre los campos. Poco a poco va emergiendo la torre, la iglesia y el pueblo que está escondido en una vaguada. Cuando lo ves estás solo a unos cien metros y el cielo se abre. No me quedaban ya ni esperanzas, que se me ha hecho muy larga la etapa hoy con el viento en contra que se me lleva, que peso muy poco.
El refugio es sensacional o quizá voy tan cansado que todo me parece bien. Una restauración maravillosa a la que sólo le puedo criticar los tapajuntas de plástico que han puesto a los azulejos en esquina en vez de hacer un buen acabado, una buena entrega con inglete. Pero es por hilar muy fino, que el albergue está muy bien.
Cuando estiro el saco en la litera veo a Txemari plácidamente tumbado dentro del suyo en la cama de al lado. Algo se me hace extraño. Recapacito. Se había quedado esta mañana en Burgos para acompañar a la estación de trenes a Basia, que tenía que irse. Es decir, ha salido bastante después que nosotros y no nos ha pasado nadie, que somos los más rápidos. Y ya estaba aquí cuando hemos llegado.
¡Ha hecho trampa!
Nos avalanzamos sobre él para que se explique y tras reconocer que sí, que ha venido en taxi, nos cuenta la historia de que le ha mordido en el tobillo un perro, traidor, canijo, canelo y mil leches. Se saca el calcetín y nos enseña la herida, está muy preocupado. Nos da la risa porque apenas tiene unas ligeras y pequeñas moraduras allí en donde le ha intentado clavar los dientes. Le tomamos el pelo pero se hace la victima, hasta cojea... Dice que caminaba tan feliz cuando el muy traidor le ha atacado por retaguardia. Y sigue quejandose y enseñandole el tobillo a todo aquél que encuentra. Los demás, que ya sabemos de qué pie cojea y nunca mejor dicho, le vacilamos y nos reímos mientras hacemos la cena. Y él, que se deja querer, está feliz, radiante, con lo que llama herida y su historia. Es como de sainete, pero le queda muy gracioso.
Tras comernos unos sencillos y energéticos spaghetti con tomate y fregar los trastos, nos quedamos hablando hasta que el fuego de la chimenea empieza a decaer y el frío nos obliga a irnos a descansar, yo con dos mantas encima porque está cayendo una helada brutal y voy con saco de verano. Inteligente que soy.

27.03.99. Sabado. (XV)
Hontanas-Fromista (344.10km):
Hemos dormido sensacional en la paz de un pequeño pueblo. Ningún ruido nos ha molestado salvo posiblemente mis ronquidos a los demás. Pero los que vamos ya me los perdonan por amistad e incluso se van acostumbrando. Ya es de agradecer.
Con un café de máquina nos tiramos al monte, en donde hace un frío que si no lo vives no te lo puedes creer. Es una exageración. Llevo tapado todo el cuerpo, incluso los ojos con gafas de sol, porque hace un día radiante de luz. Me hago la foto del día de esta guisa y entre risas caminamos hacia Castrojeriz primero por un agradable sendero y luego por una encantadora y solitaria carretera comarcal con árboles en el arcén.
Al llegar a las ruinas del convento der San Antón no nos atrevemos a parar mucho por las amenazas de tres perros enormes y feroces, que nos ladran con verdadera rabia. Impresionan. Txemari no para ni a hacer fotos, sigue disparado diciendo nosequé.
El arco por el que pasamos entre temibles ladridos es maravilloso, con rosetones formados por cruces de Tau, simbolo de la orden.
Recuerdo lo que leí sobre el mal del fuego, que estos santos monjes curaban, una especie de lepra que producía espantosos ardores, que de ello le viene el nombre. Los peregrinos europeos que sufrían esta terrible enfermedad circulatoria creada por el cornezuelo del centeno, mejoraban al peregrinar a Santiago porque en la península comían pan de trigo. Esto les hizo pensar que se debía a un milagro del Santo Apóstol y acrecentó la leyenda por el mundo conocido.
Al llegar a Castrojeriz me paro para admirar el cucrero en Tau. Otra maravilla del Camino. Dice la leyenda que era la marca que usaron los hebreos para que el ángel exterminador no los aniquilase en Sodoma.
Como vamos con hambre buscamos un lugar en donde tomar algo. Hay suerte y encontramos un bar maravilloso en donde hay unas tortillas sensacionales y otros platos en los que se te va la vista. Devoramos con alegría mientras Txemari enseña su herida a todos los presentes y cuenta la historia del perro traidor que le atacó por retaguardia. No le hacemos mucho caso porque estamos a lo nuestro, con una cotorra que anda suelta por el bar y va diciendonos de todo. Es una escena medio surrealista si mezclamos la comida, el pájaro, Txemari y su perro, el hambre y el público que por allí pasa. Si cayera por aquí un extraterrestre, seguro que se volvía a su estrella a la velocidad de la luz, que esto ya no es muy normal.
Felices, nos enfrentamos a la subida del alto de Mostelares, en la que el frío deja paso al sudor. Arriba nos hemos de tapar bien antes de coger algo, de que nos de un pasmo. Al llegar a la vista del valle el corazón palpita de alegría ante tanta belleza. Tras admirarlo uno acepta que se ha de cruzar y que es muy amplio, muchos kilómetros. Quedamos en reunirnos en la fuente del Piojo iendo cada uno a su ritmo, en sus cosas.
Me da la risa al cruzar una pista forestal porque paro y miro a izquierda y derecha antes de atravesarla. Por aquí el último vehículo que pasó seguramente lo hizo ayer y sería un tractor, eso con suerte y mucho tráfico. Pero cuando uno está en otras cosas, es la rutina, los hábitos, los que la mente usa para seguir abstraída.
Veo varias parejas de codornices y un conejo o liebre, ágil y precioso, que se escabulle entre las matas. La pequeña fauna salvaje que nos acompaña en nuestro devenir colabora en el desarrollo de la admiración por la naturaleza que nos rodea. Nosotros, habitantes de gran ciudad, que poco animal libre conocemos.
Mientras bebemos agua planteamos el recorrido y seguimos juntos. Al pasar por la ermita de San Nicolás, como está cerrada seguimos hasta el puente medieval sobre el Pisuerga para admirarlo. El río va crecido. Entramos en la provincia de Palencia en donde deberemos enfrentarnos a las grandes planicies.
Sigue el frío, el viento es gélido. Caminando se entra en calor pero a la que paras te la juegas, te entra la helada por donde puede y te deja sin moquita porque la hiela.
En Itero de la Vega encontramos un bar en el que nos dan unas alubias blancas. Tienen para dos y somos tres. Quedamos en repartirnoslas para ir matando el gusanillo. Cuando nos damos cuenta, Txemari se ha quitado la bota y el calcetín y le está contando la historia del perrillo a la chica de la barra. Lukas y yo nos ahogamos de la risa y le decimos que haga el favor de dejar esa historia o se va a quedar sin comer.
Hasta Boadilla el camino es fácil. Vamos relajados, tranquilos, hablando de nuestras cosas, pensando en todo aquello que nos bulle en la cabeza. Cuando vemos el pueblo desde un alto, el caminar se nos hace más alegre. Al cabo de un rato me doy cuenta que vamos como un tiro y aprieto el paso para ver si Lukas me sigue. Así comenzamos una carrera en la que devoramos los kilómetros. Esperamos a Txemari en la fuente, que claro, nos dice que va lesionado por lo del mordisco y no puede hacer semejantes salvajadas. Bebemos y nos vamos a admirar el rollo de justicia. Intentamos visitar la iglesia de Santa María pero está cerrada. Así que nos vamos al bar de la señora Maruja en donde yo me tomo unas rosquillas de pueblo que están buenísimas y un buen vaso de leche. Es la hora de la merienda y hay que reponer energías, que esta etapa es muy larga.
A partir de ahí es un agradable paseo por la sirga original a la vera del Canal de Castilla, maravillosa obra que quizá fuera ahora utilizable en el mundo turístico. Las compuertas y esclusas son un espectacular monumento a la ingeniería del XVIII.
Este lugar promete mucho con tanta iglesia, todas tan interesantes, pero primero vamos a instalarnos al refugio, pues vamos muy cansados. No hay nadie y está cerrado. Esperamos quizá un par de horas sentados en un banco, congelados, mientras van llegando el resto de los peregrinos. Cuando conseguimos entrar se nos cae el alma. No he visto un albergue en todo el Camino tan abandonado como este. Con catres de somieres destrozados en los que es imposible dormir, colchones vergonzosamente mugrientos, aseos impresentables en los que por no haber no hay ni espejo. Un terrible olor remata el ambiente. Cuando vamos a visitar San Martín, en la que hace tanto frío que no podemos quedarnos mucho tiempo, coincidimos en que no nos hemos ido a una pensión u hotel porque, de puro cansados, no hemos sabido reaccionar.
Cenando nos cuentan que el nuevo refugio está terminado hace tiempo, pero que no se inaugura porque se dice que todos los hoteles y pensiones del lugar son del alcalde y claro, no le interesa. Nosotros que ya llevamos unas dos semanas fuera del mundo, nos parece una atrocidad que los intereses puedan hacer que los peregrinos hayan de pasar por semejante experiencia.
En la sobremesa, una pareja de peregrinos comenta que no les ha gustado la iglesia de San Martín. Que la restauración que se hizo a finales del XIX (1895/1896 y 1901) por Ánibal Álvarez es polémica lo sabe cualquiera que se haya interesado por el románico palentino o por el arte en el Camino, pero de ello a decir que no te gusta la iglesia hay un abismo. He oido pocas barbaridades como esta que no demuestra sino una tremenda falta de sensibilidad artística, fruto de la vulgaridad y mediocridad de la ignorancia.
De vuelta al refugio, tiro el colchón al suelo y trato de descansar, que no de dormir, embutido en mi saco. Los demás se mueven mucho por lo que supongo que aquí no duerme nadie a pesar de ir todos muy cansados.
Vaya asco.

28.03.99. Domingo. (XVI)
Fromista-Carrión de los Condes (363.30km):
La noche ha sido asquerosa, repugnante. Quizá nadie ha dormido bien.
Hemos salido disparados con el primer rayo de luz. Hemos desayunado tranquilos y bien y dado que la etapa es corta, nos quedamos a visitar las iglesias maravillosas. Sigue haciendo mucho frío pero el sol luce y no corre el aire asesino que ayer andaba suelto por el valle.
El andadero es aburrido pero es una maravilla cuando recuerdo las etapas por el arcén de la Nacional, con enormes camiones que te arrastraban en su flujo. No hay mucho tráfico, es Dominmgo de Ramos y la gente debe andar tranquilita, vagueando por casa.
Al llegar a Villalcazar de Sirga a no sé quién se le ocurre decir aquello de cervecita el último con lo que nos ves corriendo a los tres, con mochilas, bastones, botas y demás. Pierde Txemari que, claro, va lesionado por lo del perrillo. Con ella nos tomamos un buen trozo de tortilla de patatas. Nunca había comido tanta en mi vida. Pero está buena si bien no creo que sea muy energética. Pero reirnos, sí que nos reímos. Y mucho.
De allí nos vamos a visitar Santa María la Blanca ante la cual le cuento a Lukas lo poco que de ella sé. Nos impresiona la majestuosidad, su serena belleza y el hecho de haber sido afectada por el terremoto de Lisboa, tan lejano.
El hecho de que fuera una de las encomiendas templarias en el Camino, de que Alfonso X dedicara varias de sus cántigas a la Virgen Blanca que se halla en su interior y la fama de sus milagros, hace que este lugar tenga una gracia añadida a la de su magnífica estética.
Seguimos por el andadero y al cabo de una hora hemos llegado a Carrión. Buscamos el refugio, que está muy bien y, tras la ducha, nos vamos a visitar el lugar. Vamos muy frescos por haber andado hoy muy poco y muy tranquilos.
Nos encontramos de nuevo con Alfonso, al que perdimos hace unos días. El Camino es así, dejas atrás o te adelantan peregrinos que al cabo de unos cuantos días o quizá semanas, vuelves a encontrar. Podría ser que un sólo pueblo te separe hasta que la casualidad o el destino nos reúna de nuevo.
Como es pronto organizamos una partida de parchís y allí estamos, luchando por ganar, mientras Txemari le explica a Alfonso lo de su tobillo entre grandes aspavientos y multiples risas.
El Camino nos va uniendo a la vez que vamos haciendo kilómetros. Aunque muchas horas las pasamos en soledad, caminando ajenos a los demás, hay un espiritu colectivo que de alguna forma nos hermana, profundamente. Decía una peregrina alemana que el sufrimiento une a las almas. Probablemente haya algo de razón en este pensamiento, aunque no sepa dar una explicación racional al por qué.
Terminamos en misa en donde recogemos romero que se ha bendecido esta mañana. Conocí una vez a un suizo, ateo profundo, que cuando peregrinaba a Santiago acudía a misa todos aquellos días que podía. Decía que le ayudaba en la catarsis personal que sufría en el Camino.
La hospitalera, hermana del párroco, nos advierte de que ni se nos pase por la cabeza llegar después de las diez. Cenando se nos hace tarde y nos aparece en el bar y en jarras nos conmina a salir disparados para el refugio. Muertos de la risa obedecemos mientras Txemari se queda a medias explicandole su problema a la chica que nos cobra. Viene con un calcetín en la mano y protestando.
Y hoy si que caemos dormidos pronto, aunque no vayamos muy cansados.

29.03.99. Lunes. (XVII)
Carrión de los Condes-Terradillo de los Templarios (389.50km):
Salgo temprano a desayunar. Me siguen Txemari y Lukas. Amanece un día de sol, de cielos de Castilla, azules y próximos, hermosos. El aire es transparente como en Persia, como en las tierras altas.
Al salir de la villa sentimos el aire, que hoy es fuerte. Al cruzar el puente a la vista de San Zoilo, se le vuela la gorra a Lukas. Tras un trozo urbano, llegamos al campo y allí si que se nota el viento. Parece que viene de frente, así que a mi me va a costar caminar.
Al rato aparece la Vía Aquitania, famosa por ser la ruta original y por ser una inacabable recta de 18 kilómetros en los que no hay nada para entretenerse salvo una encina.
El cielo comienza a cubrirse y al rato cae una fina lluvia. Cuando las gotas se hacen mayores ya hace frío y con la fuerza del aire hacen daño en la mejilla. Y no para, parece que hoy no va a ser un paseo.
Quedamos en tomar algo en Calzadilla de la Cueza y seguimos cada uno a nuestro ritmo. Enseguida me quedo rezagado porque el viento se me lleva, he de luchar para avanzar. Ellos son más pesados y van mejor. Los veo enpequeñecerse en el horizonte. Es una sensación extraña, sintiendo la soledad de la meseta, la lluvia golpeando mi cara, el viento que intenta llevarme hacia atrás. Hay un momento en el que me siento como Miguel Strogoff, luchando por la estepa. Imaginación no me falta.
Miro atrás y no veo a nadie, miro al frente y tampoco. Estoy solo con mis alegrías, con mis problemas, con mis miedos y traumas, con mis recuerdos y sueños. Pero lo importante es que estoy y que no me rindo, que sigo avanzando por mucho que me cueste, por mucho que me quede. En el Camino y en la vida.
Es inevitable en un espacio como este pensar, meditar, recordar. Creo que pasado el tiempo en el que el cuerpo se iba fortaleciendo durante la primera parte, quizá hasta Burgos, le ha llegado el momento al desarrollo del carácter, de la voluntad. No son etapas difíciles estas que se hacen por Castilla, pero son muy duras para los que no posean una buena mente. Es la segunda fase, la segunda progresión.
Llega un momento en que he de parar a descansar, a beber un poco de agua y a secarme la cara. Las gafas hace horas que las he tenido que guardar. El viento me va quitando las fuerzas poco a poco, la lluvia sigue y el frío me va rematando. Por algo sería que me he acordado de la novela de Jules Verne cuando hace tantísimos años que la leí.
Al no haber nada, es dificil tener referencias de avance. Da la sensación de que andas y sigues en el mismo lugar. Si te abandonas a este pensamiento, te agobias, te desesperas.
Veo aparecer la encina a mi izquierda. Me entretengo viendo cómo me acerco, cómo sí que hago camino aunque no lo parezca. Lamento que el viento no me deje oir el sonido de mis pasos sobre la calzada, pues la soledad sería más absoluta, más interior.
Si sudo y hace frío, esto en verano debe de ser aterrador. Un sol de justicia debe quemar desde primeras horas y ni la brisa de verano creo que lo haga más llevadero.
La encina se queda atrás, sola, aislada. Me pregunto qué sentirá en tan tremenda soledad, dias tras día quieta, firme, anclada en el lugar en el que fué a nacer. Noche tras noche viendo las mismas estrellas, el mismo cielo. Serena inteligencia la de los vegetales.
Ya no sé cuántos kilómetros llevo. El podómetro me habla de muchos, pero no llego a ninguna parte. Pienso en que he podido ser transportado a otra dimensión, a otro mundo. Me dan escalofríos sólo de pensarlo.
Al rato, cansado pero entero de mente, llego a la vista de unas casas. Supongo que es Calzadilla y aunque el viento no me lo pone fácil, aligero el paso. Protegido por las casas parece que vuelo. Busco un bar para beber algo y me encuentro con Txemari y Lukas. Este me cuenta que Txemari ya les ha contado a todos los presentes lo del perro que le mordió en Burgos.
Decidimos comer y hacer un descansito, que la mañana ha sido larga y dura. Nos tomamos un menú en el que de primero hay unos garbanzos que nos entran con alegría. Me va a dar la ñoña después con tan abundante comida. Estamos desmedidos, hoy hasta café nos tomamos.
Pero acabamos saliendo al Camino de nuevo. Es como un vicio, ya no sé estar quieto, necesito caminar, avanzar, ver, conocer. Pienso en cómo he viajado toda mi vida, deprisa, hoy aquí y mañana muy lejos, de hotel en hotel sin apenas hablar con las gentes, sin haber un tiempo y un mundo entre el aquí y el allá. Qué gran diferencia. No sé si podré volver a ser el mismo, si podré ver el mundo tal como antes lo hacía.
Sé que lo respetaré aún más, que lo admiraré en toda la distancia, no sólo origen y final. Creo que a partir de ahora me será muy dificil no viajar andando si tengo tiempo y salud.
El viento ha calmado y puedo caminar mejor. Además la comida me ha devuelto la enegía que había consumido por la mañana. Antes de llegar a Ledigos oigo gritar a Txemari que viene por detrás. Me dejo alcanzar y con cara de agobio me pregunta si me queda papel, que tiene un apretón, que los garbanzos le piden libertad. Hay suerte, le paso el rollo y se va hacia unas matas altas. Vuelve sonriente, feliz y comenta lo traidor que le ha resultado el potaje.
Nos encontramos a la entrada de este pueblo con Alfonso y los peregrinos a los que no les gustó San Martín de Fromista. Les oigo un par de sandeces más y como no estoy aquí para tales menesteres sigo hacia Terradillos de los Templarios. Un paseo agradable en soledad en lo que ha quedado en una tarde de primavera. Pregunto por el refugio a un amable abuelo que me lo indica. Hablamos un poco, me enseña tres cosillas y tras despedirme me acerco y llamo. Me abren, pacto, acepto y me enseñan un cuarto con sabanas y mantas. Un lujo por cuatro duros.
Me ducho y bajo a tomarme un refresco. Al cabo de un rato van llegando los demás. Somos diez al final, pero un par deciden dormir al raso porque les parece caro. Me ofrezco a ayudarles para que puedan dormir en una cama y a cubierto y he de oir otro par de barbaridades, ofensas gratuitas. En vista de que ni en el Camino tienen algunos sensibilidad o gratitud ya que no elegancia o al menos educación, les dejo a su aire y me vuelvo a la cocina del refugio, en donde hay libros y ya han encendido la chimenea, que empieza a caer la helada nocturna. Cenamos en un ambiente enrarecido gracias al comportamiento de aquellos, mientras Txemari trata de arreglarlo. Lukas como no habla castellano me pregunta con los ojos. Alfonso tiene cara de paciente y resignado. Dada la situación, me cojo el libro que he encontrado y me subo a mi cuarto. Al rato estoy muerto de frío y de sueño, así que me pongo unas cuatro mantas encima y me echo a dormir. Cuando se me pasan las tiritonas, caigo en el más dulce de los sueños.
A media noche veo pasar un fantasma. Es Lukas que va al baño envuelto en dos o tres mantas, porque el frío que hace es increíble.

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