
A mi madre, libre al fín
a mi padre, que descansa en paz
a mi familia, siempre en el corazón
Prologo
Nevaba.
Hacía frío, mucho frío, aquel atardecer de enero.
Tenía el corazón helado y la galerna del Cantábrico
congelaba mis huellas. Caminando por la orilla del mar, recordaba. Había
sido un año dificil, duro, muy duro. Mis padres, ambos, acababan
de morir tras sufrir largas y penosas enfermedades, prolongadas agonías.
Meditaba sobre el misterio de la muerte, la tristeza del presente, la soledad
del futuro.
Las flores que acaba de llevar a la tumba de ambos en aquél pequeño
pueblo costero, eran las mismas que mi madre, tan alegre siempre, traía
a casa. La misma casa que había pasado el último mes vaciando,
despidiendome de los restos de mi infancia. Al día siguiente volvería
a mi pequeño piso de gran ciudad, fría y lejana, donde nadie
saluda, nadie conoce, nadie recuerda. Decía adios una vez más
al mar de mi orilla, a las olas que me vieron crecer, con las que compartí
las mejores horas, los peores momentos.
Fué entonces cuando comprendí lo que tenía que hacer
para dejar que el milagro de la vida continuara, floreciera entre la tristeza
y la nostalgia.
Hacer el Camino de Santiago.
Intro
Los siguientes meses los pasé buscando información, seleccionando
material. Nunca antes me había tirado al monte, mi vida había
sido el mar. Descubrí un mundo en el que puse ilusión, casi
pasión. Leí libros, muchos, localicé guias, miré
planos, compré equipo y dejé que mi corazón soñara
de nuevo. Poco a poco me fuí perdiendo en todo aquello que rodea
al Camino, en el origen, historia y leyendas, los Santos y sus milagros,
la arquitectura y el arte, los peregrinos y sus rutas por el occidente.
Las muchas horas preparandome, intelectual, psíquica, físicamente,
crearon en mí una energía, una voluntad, una fuerza, sólo
comparable a la que tuve en algunos momentos de mi juventud.
Así empecé lo que antes de salir llamé "camino
interior por las estrellas"
12.03.99. Viernes. (0)
A Pamplona y Roncesvalles (004.73km):
Mientras desayuno en el bar próximo a la estación, pienso
en el madrugón que me he dado para coger el autobús que me
ha de llevar a Pamplona. Llego a la conclusión que hacer el Camino
de Santiago es una idea peregrina y me pido otro donut. Tengo tiempo y
mucha hambre. Quizá es la ansiedad, pero he de reconocer que soy
de buen comer, aunque de momento nadie se explica en donde lo meto, que
soy poquita cosa. Quizá en producir calor, que nunca tengo frío.
Bueno, tampoco paro.
Llega Fernando, se toma un café y nos subimos al bus.
Al rato, aburrido, saco mi cámara. Es de usar y tirar, con carrete
para 36 disparos. He pensado que puede ser interesante hacerme un autoretrato
cada día, para ver cómo cambia mi cara con el paso del tiempo,
el espacio recorrido y las experiencias vividas a lo largo del Camino.
Con los negativos que me sobren, haré fotos en Santiago. Inauguro
la colección con la de hoy, ahora.
Nos morimos de nervios encerrados hasta que llegamos a Pamplona. Allí,
nada más llegar, nos tomamos unas alubias de Tolosa, un bistec con
patatas fritas y un vinazo de taberna, que nos saben a gloria. Nos vamos
a pasear el menú por la ciudad hasta las seis de la tarde que cogemos
el autobús a Roncesvalles.
Llegamos y la magia del lugar me sobrecoge. Había soñado
con este momento pero nunca pensé que me impresionaría tanto.
Los ojos se me llenan de lágrimas ante tanto silencio, tanta historia.
13.03.99. Sabado. (I)
Roncesvalles/Saint Jean Pied de Port-Roncesvalles (032.13km):
Hemos dormido bien, pero yo diría que poco. A las 7 de la mañana
estabamos esperando a Pedro Mari, taxista de Burguete que nos habría
de llevar a Saint Jean.
Hacemos el camino hablando y se ríe cuando al decirme que se está
haciendo una casa y no saber qué nombre ponerle, le explico una
anecdota que mi madre contaba siempre. Dado que en el norte se acostumbra
a poner nombres tipo "Toki Eder" (lugar bonito), "Toki Alai"
(lugar alegre) etcetera, hubo quien puso a su casa Toki Eltimbre, es decir,
toque el timbre. Y así, en un momento, entre risas y agradable conversación,
llegamos.
Nos deja junto a las murallas y nos vamos a desayunar, porque yo en ayunas
no me cruzo los Pirineos por muchísima ilusión que lleve.
Chapurreando francés y euskera lo conseguimos y nos vamos a buscar
a Madam Debril para que nos ponga su sello, un clásico del Camino.
Como la sacamos de la cama, nos echa una bronca memorable. Todo muy francés.
Finalmente nos perdona, nos pone el sello inaugurando la Credencial y nos
dice que ni se nos ocurra ir por la ruta de Napoleón, porque hay
nieve y no vamos a poder pasar.
Y claro, Fernando lo primero que me dice tras despedirnos de ella es que
lo podemos intentar y que si no podemos, ya nos espabilaremos. Creo que
no es muy buena idea, poco prudente de cualquier forma.
Me relajo cogiendo una piedra que llama mi atención. Me la guardo
y cuando llegue a la Cruz do Ferro la depositaré. Dice la leyenda
que cuanto más tiermpo se lleve, cuanta mayor distancia recorra
en tu compañía, más fuerza adquiere.
Así que despacito, porque los primeros repechos son de verdad, empezamos
a subir. Empieza a llover. Primero txirimiri que pasa a aguacero al cabo
de un rato. Fernando protesta. Le cuesta seguir. A mí la ilusión
me lleva adelante como un tiro, no puedo seguir su lento paso y me adelanto.
Y vuelvo a él para comentarle lo que viene. Y otra vez y una vez
más. Así hasta la Virgen, aproximadamente media etapa, en
donde lo espero dibujando en la nieve. Viene enfadado. Va roto, agotado
y dice que lo engaño, que continuamente le estoy diciendo que ya
está, que se acaba la cuesta. Menos mal que llevo yo la pequeña
bolsa con el agua y los bocadillos, que sino allí mismo me mata,
y además me deja sin comer y eso si que sería grave.
Seguimos y clavamos nuestras cruces al llegar a la de Carlomagno. Hay bastante
nieve y la niebla se nos está echando encima. Como no vayamos rápido
vamos a tener problemas, y de los gordos. Y Fernando cada vez va más
lento, peor.
Al pasar por el ventisquero, justo antes de llegar a Navarra, el viento
me tira tres veces al suelo. No se me lleva de milagro. Ya decía
que peso poco. Lo paso muy mal. Domino el miedo y como puedo llego a la
protección. Fernando, por su corpulencia, pasa mejor. Allí
nos comemos los bocadillos y me hago la foto del día. La pinta que
tengo es de superviviente. Empapado, sudado, y tirando a cansado, que la
climatología no ayuda.
Pero lo que se puede ver a través de la bruma, de la lluvia, es
extraordinario. En mi interior el paisaje es inenarrable, maravilloso.
Porque ya lo decía al principio, hay dos caminos, dos paisajes.
Y el arte está en ver ambos, en valorarlos, recordarlos, admirarlos.
En el hayedo final la nieve nos llega casi a la rodilla. Así que
me tiro y deslizo como un trineo. Bajo como un tiro mientras oigo cómo
Fernando se queja a mis espaldas. Se ha debido dar con un árbol,
hoy no es su día. Terminamos en un lodazal memorable. Lleno de barro
hasta las orejas, agotado por el esfuerzo, que me he hecho la etapa casi
dos veces volviendo a por Fernando, animandolo, empapado de sudor pero
con una ilusión como pocas veces he sentido, repentinamente se me
aparece la Abadía de Roncesvalles. Se lo grito a Fernando y me contesta
que no se lo cree, que llevo diez horas engañandole con la misma
mentira. Pero no lo oigo, estoy llorando de emoción.
Extáticos por haber llegado, nos vamos a tomar algo caliente al
hotel Casa Sabina y nos dicen cariñosamente pero sin opción
a discusión, que si no nos quitamos las botas y el pantalón,
no nos dejan entrar, que lo vamos a poner todo perdido, que parece que
nos hayamos metido en una piscina de barro. Y es verdad, vamos que damos
pena. Así que nos sacan un café con leche a la puerta y me
voy disparado para la Misa y Bendición. Fernando se va a duchar,
está derrotado. En la iglesia, otros peregrinos que mañana
empezarán su Camino me miran aterrados. Se asustan al verme cómo
voy, se miran y temen por su futuro.
Cuando al final de la ceremonia piden los oficiantes que los peregrinos
se acerquen al altar para la Bendición medieval, casi no puedo respirar
por la emoción. No creo que haya que ser creyente para disfrutar
de este momento mágico, del primer misterio iniciático del
Camino. Y como a muchos otros peregrinos antes, las lagrimas me resbalan
por las mejillas, mezclando el barro del esfuerzo, con la energía
del sentimiento.
No dejo de pensar que me estoy metiendo en algo muy importante, fuera del
tiempo y del mundo. En algo que no sé a dónde me va a llevar.
Pero es precisamente eso lo que he venido a buscar.
14.03.99.Domingo. (II)
Roncesvalles-Larrasoaña (059.75km):
Fernando se vuelve. Ha tenido bastante con la etapa de ayer. Así
que desayunamos juntos y mientras Pedro Mari se lo lleva a Pamplona, me
cargo la mochila y me echo a andar. Dicen las Guias que ya sólo
me quedan unos 750 kilómetros. No me lo planteo. Vivo el momento
hechizado por la belleza del lugar, por la paz que me llega al caminar
solo, por la sensación de libertad y de alegría que siento.
Voy tan perdido en mi mismo que no veo el crucero de Roncesvalles. Busco
los Pasos de Roldán, pero no tengo ni idea de por dónde caen.
Así que sigo adelante, feliz, lleno de fuerza vital.
Cruzo un pequeño arroyo y valoro la compra de mis botas de Gore
Tex. No me lo puedo creer, en el agua y seco. Deberían hacer trajes
de goma de este material. Pasaríamos menos frío haciendo
surf. Una maravilla.
Camino deprisa y antes de llegar a Burguete veo a dos peregrinas. Las alcanzo
en un pequeño y artesanal puente ante el que tienen problemas. Una
no está muy ágil. Les echo una mano, nunca mejor dicho, y
seguimos juntos.
En la primera cuesta una de ellas se rezaga y me llevo tras de mí
a la otra. Tiene un caminar alegre y buena conversación. Hablando
y escuchando, vamos haciendo camino por unos bosques maravillosos.
En Biscarreta paramos a comer algo. Aquí no se andan con chiquitas
y me hacen un bocadillo de tortilla de txistorra que es una barra entera,
de las de pueblo, de las de verdad. La tortilla debe de ser de seis huevos.
Pero en el comer yo no me corto, que para otras cosas puedo llegar a ser
muy tímido, y así entre risas me la liquido en un santiamén.
Me pido un café con leche y claro, es de desayuno, un perol de casi
medio litro. Pues qué le vamos a hacer. Me lo tomo y una vez más
oigo la eterna sentencia:
-Pues tu, gloria da verte comer.
A la que siempre contesto:
-Mi madre, que me tiene bien educado.
Así que pagamos y seguimos con energías renovadas.
Hay mucho barro, muchísimo. Las lluvias y el paso de los peregrinos
que nos han precedido los días anteriores han dejado la senda hecha
un verdadero barrizal. A veces es muy dificil avanzar e incluso otras es
difícil hasta mantener el equilibrio.
Parece mentira la cantidad de kilómetros que ya llevo hechos en
dos días y todavía no me siento cansado.
En Zubiri nos entretenemos en el Puente de la Rabia. Le cuento a Carmen
la historia, hacemos fotos y nos vamos a una pastelería a darnos
un caprichito.
La dueña nos mete un paquete enorme por entrar con las mochilas
a la tienda. Las sacamos, pedimos disculpas, le compramos un poco de todo
y ni así se le pasa el mal humor. Así que salimos comentando
que podría ir a dar una vuelta por el ojo del puente si la leyenda
es cierta, para que se le pase la rabieta.
Al salir de la villa coincidimos con un grupo de peregrinos que están
llegando. Tenían pensado parar aquí, pero al vernos tan decididos
a seguir, se animan y hacemos el camino hasta Larrasoaña juntos.
Sólo se queda en este refugio una chica muy guapa que dice que hace
muy pocos kilometros cada día pues va mirando las flores y los pájaros.
Al ir en grupo nos ayudamos en las zonas que hay más barro. De haber
ido sólo seguramente hubiera tenido problemas.
Llegamos a Larrasoaña cuando prácticamente ha oscurecido.
Santiago Zubiri nos espera en el puente, preocupado pues sabía que
habíamos de venir y no acabábamos de llegar. Según
nos pone el sello en la Credencial, nos coge y no deja de hablar. Nos regala
a cada uno un metro de cinta amarilla que pone Camino de Santiago y que
atamos orgullosamenter de nuestras mochilas. A mí me lía
y he de pintarle un cuadro en el cuaderno de firmas de peregrinos. Pero
lo que hago es demasiado moderno para su cultura, no le gusta.
Así que me ducho y me pongo a curar los pies de los demás.Cuando
termino me voy a tomar un café al bar del pueblo en donde coincidimos
todos los peregrinos.
De momento, la impresión que recibo de todos ellos es que tienen
bastante poca información sobre el Camino. O quizá que yo
me he pasado estudiandolo.
Como en nutrición también los veo bastante despistados, les
sugiero unos spaghetti que son fáciles y rápidos de hacer
y contienen carbohidratos que es lo que nos hace falta. Así que
nos metemos en faena y nos hacemos una olla enorme con tomate, cebolla
y atún de la que no queda nada. Nada de nada. Llevabamos hambre.
El resto del tiempo hasta que me meta en el saco lo paso escribiendo este
diario y haciendo mi cuaderno de viaje. Los demás ya duermen y alguno
ya ha empezado a roncar.
15.03.99.Lunes. (III)
Larrasoaña-Cizur Menor (078.85km):
Amanece agradable y aunque van cayendo pequeños chubascos, la
cosa no va a más. El barro me espera y hacemos juntos gran parte
del camino, ya empiezo a estar acostumbrado a él. Hasta me gusta
y me río cuando resbalo o cuando veo la huella larga y limpia de
quien ha pasado y por poco se mata en un resbalón.
El Arga va crecido por las lluvias y nieves del último temporal
de la semana pasada. La senda a su vera, el bosque, el rumor de la naturaleza,
todo es maravilloso, pleno de belleza y paz. Los equilibrios interiores
se establecen, los ojos vuelven a sonreir.
Paso por pueblos pequeños con gente amable. Un perro me da un susto
de muerte en Zuriaín. Es un profesional del terror, me esperaba
escondido. Se lo debe pasar genial con tanto peregrino distraido por la
belleza del lugar. Me gusta cómo vuelve a su escondite, con una
medio sonrisa. Menuda joya, debería estar señalizado en las
guías:
Pero ladrador. Disfruta dando sustos. Inofensivo, más o menos.
Los peregrinos que adelanto se me quejan. No están muy en forma
y van sufriendo. Una chica ya no da mucho más de sí, no sé
si podrá seguir. Yo también empiezo a notar el esfuerzo de
los días pasados. Me duelen los músculos de las piernas.
No son agujetas, es cansancio, lactosa supongo. Pero todo pasará,
no me preocupan estas pequeñas molestias físicas. Estoy acostumbrado
a los esfuerzos y esto es una tontería cuando pienso en las marathones,
cuando te vacías y todavía quedan diez kilómetros.
Y llegas.
Los pies los llevo bastante bien, solo doloridos de tanto pisar. Los demás
van llenos de ampollas y alguno ya tiene principio de tendinitis por caminar
diferente para evitar el dolor. Esta noche voy a tener que montar el hospital
de campaña si quiero sacarlos adelante.
La primavera está al caer. Los árboles están llenos
de brotes, las plantas de capullos a punto de abrirse. Debe ser maravilloso
este entorno un mes más tarde. Y también en otoño
cuando las hojas tomen colores cálidos, desde el amarillo hasta
el marrón, pasando por los rojos y ocres. Estoy seguro que este
lugar es bello todo el año, en todas las estaciones. Cada una en
sus formas y tonos. Pero he de volver a reconocer que la belleza está
allí en donde queramos verla. Son nuestras amarguras y frustraciones,
nuestros traumas y tristezas lo que nos la oculta. Porque el mundo es bello,
equilibrado, perfecto.
Me como un menú en una tasca de Pamplona y tranquilo me llego hasta
Cizur. El último trozo se me hace pesado. Hace calor y los pies
se me calientan con tanto asfalto.
El albergue es humilde tirando a cutre. Así que me instalo y me
voy a visitar la villa que tiene unos cuantos monumentos dignos de verse.
Cenamos en el bar Kaioba, que no son famosos por su amabilidad. Allí
conozco a Gonzalo quien con una maravillosa sencillez dice que como es
cartero y está acostumbrado a buzonear, se hace cada día
casi 80 kilómetros. Y me cuenta el por qué se ha venido a
hacer el camino. Y a Lukas, alemán que hoy ha venido desde Pamplona,
donde le ha dejado el tren. Como no habla una palabra de castellano le
ayudo en inglés en lo que puedo.
Después de las palizas de los dos últimos días, la
etapa de hoy ha sido un paseo. Corta, prácticamente plana, urbana
a partir de Trinidad de Arre. Pero nos ha cansado a todos.
A media noche debo estar roncando y me despierta el peregrino de la litera
de abajo. Me cojo el colchón y el saco y me voy a la cocina. Allí
no molesto a nadie salvo a las ollas, que no se quejan. Y yo descanso tranquilo.
16.03.99. Martes. (IV)
Cizur-Puente la Reina (104.34km):
Salgo temprano y me sumerjo en el barro de la etapa que promete muchas
emociones.
Miro al frente y veo a Gonzalo que ya está casi en el Alto del Perdón.
Es cartero de Urgentes, seguro. Sonrío y le deseo buen Camino pues
no lo volveré a ver si sigue caminando a esta velocidad.
Me molesta un pie. Me quito la bota, el calcetín y ahí está,
una soberbia ampolla. La curo y me vuelvo a calzar. Es maravilloso qué
rápido ha sido todo, ya no duele, no molesta.
Sorprendido por la belleza de las ruinas de Guendulaín me paro a
observarlas. Cuanto más las miro más me atraen. Estoy a punto
de ir a ellas y sólo el campo que es un barrizal impracticable me
hace desistir. Camino hacia delante con la vista atrás. Decía
Kierkegaard que la vida se comprende hacia atrás pero se vive hacia
adelante.
Paso por Zariquiegui y admirando el portal románico de la iglesia
gótica de San Miguel me alcanza Lukas. Seguimos juntos y me cuenta
su secreto. Hace el Camino para olvidar a una novia. La gran mayoría
de peregrinos tienen una razón oculta para caminar hasta Compostela.
Si les das tiempo y confianza, se desahogan y te la cuentan. Ello me hace
comprender que se puede ir hasta Santiago de muchas formas. Aislado y encerrado
en tus penas y egoismos o abierto al mundo y a los demás, dejando
que te ayuden o ayudando a los que no pueden con su carga. Cada pergrino
arrastra su personalidad, sus sombras, su forma de vivir, porque el camino
es como la vida misma, avanzando en el tiempo hacia una tumba.
El sendero hasta el Alto del Perdón es menos duro de lo que pensaba.
La Fuente de la Reniega casi no la veo de sencillita que es. Pero los gigantes
de viento me impresionan por su tamaño, por su rumor. Trato de ver
desde el alto el origen de mi caminar tres días atrás, pero
las nieblas y nubes no me lo permiten. Mirando al valle me doy cuenta de
que poco a poco voy avanzando y que al final de cada etapa he dejado atrás
muchos pueblos.
Hago la foto del día y me tiro al valle.
Y me encuentro con un mundo de cantos rodados que me hace caminar como
Dios me da a entender. Es una bajada mala, muy mala, y ha de ser temible
para los que sufren de las rodillas.
Aparecen las primeras moscas. No me extraña, debo empezar a oler
a pesar de intentar ir lo más limpio que se puede. Que mi esfuerzo
me cuesta, que por estas fechas no es fácil ducharse con agua fría
que es lo que hay en la mayoria de los refugios.
Pero la vista de estas tierras fértiles y ricas es memorable. Poco
a poco se va alcanzando el primer pueblo, Uterga, en un agradibilísimo
paseo por el sendero. Me tomaría un café, pero no hay ningún
bar, así que seguimos adelante hablando de nuestras cosas, de los
maravillosos espárragos del lugar y del clarete navarro. Y de muchas
otras características de la región. Es mi obligación
educar a Lukas en las tradiciónes y cultura de las tierras por las
que pasamos. Que el Camino no sólo es arrastrar penas y glorias,
sino también disfrutar de lo que hay, Y aprender la lección.
Y así, poco a poco llegamos a Muruzabal en donde nos tomamos un
cortado que nos sirve una navarra guapa y simpática, amable. De
allí hasta Obanos por la comarcal, agradable y solitaria.
Algo que estoy aprendiendo mientras camino por estas tierras es que todos
los pueblos y villas están en lo alto de una colina. Lógico
si tuvieron que defenderse en otros tiempos. Cuando se viaja en vehículo,
uno no lo aprecia, pero andando y con la carga de la mochila y la suma
de kilómetros uno se acuerda de todos los santos.
Tras el subidón y contarle a Lukas lo que sé de la leyenda
de Santa Felicia y su hermano Guillaume, preguntamos por la ermita de Eunate
y allá nos vamos, chino chano.
Cuando llegamos está cerrada pero en la arcada exterior, protegidos
de la brisa y con el solecito se está muy bien. Van llegando peregrinos
mientras voy dibujando columnas, detalles de los capiteles y marcas de
los maestros canteros.
Es interesante el desarrollo octogonal a medio camino entre el cuadrado
y el círculo, entre las dos dimensiones y el infinito, de la que
se pueden hacer muchas lecturas. Al igual que de su nombre, de la linterna
que la corona, de la arcada exterior, de su situación en medio del
prado. Sus razones tendrían los contructores, pero estas se han
perdido en el trancurso de los siglos y ahora son todo teorías,
que las hay para todos los gustos.
La chica que ya iba mal el primer día llega en auto stop. No sé
si va a llegar a Puente la Reina. Mañana cogerá el autobús
y se volverá a casa. Pero mientras, aprovecha. Como cree en las
energías ocultas, se sitúa en el centro de la capilla con
los brazos extendidos y los dedos de las manos apuntando a la bóveda
y exclama que una corriente la atraviesa. Probamos los demás y nos
miramos con cara de extrañeza, de no entender nada, porque sentir,
lo que se dice sentir, solo sentimos cansancio.
Ya sólo, medito un rato y salgo hacia Obanos. Otra vez la cuestecita
por el cementerio del pueblo, haciendo bueno aquél refrán
que decía:
"Que no quieres sopa, pues toma dos tazas"
En Puente la Reina localizo una pensión en busqueda de un poco de
soledad. Vivo solo, trabajo solo y viajo solo. Y ya llevo con el viaje
en autobús a Pamplona y el día de hoy cinco jornadas rodeado
de personas, de voces, de preguntas. Necesito paz , silencio, para ordenar
mis pensamientos, mis dudas, mis tristezas, mis alegrías.
Lavo la ropa, me ducho, curo las ampollas que van apareciendo y salgo a
hacer turismo. Unos kilómetros más de apacible paseo no me
van a matar a estas alturas.
Así es cómo visito esta villa nacida a la sombra del Camino,
con sus leyendas y su arquitectura. Con un puente inenarrable en belleza
y fortaleza, esbelto con el conjunto que forman las capillas sobre cada
tajamar. Absolutamente admirable, maravilloso, en donde permanezco hasta
que el frío y el hambre me llevan a cubierto.
17.03.99. Miercoles. (V)
Puente la Reina-Estella (123.65km):
Desayuno y cruzo el puente. Hace buen día, el romero está
en flor. La primavera está aquí para quien la quiera ver,
sentir, vivir. En el cielo las nubes escasean y desde muy de mañana
hace calor. Me pierdo en una piedra que se ha movido y la flecha señala
hacia las zarzas. Salgo arañado pero no me he ido demasiado lejos.
Vuelvo, coloco bien la señal y sigo avanzando, hacia arriba, claro.
En camiseta, en paz con el mundo, la naturaleza y conmigo mismo, camino
mientras medito, recuerdo, sueño. Antes de llegar a Mañeru
alcanzo a Carmen. Su amiga ha vuelto a casa, no podía continuar
llena de llagas, de tendinitis. También se ha perdido en las zarzas,
ambos llevamos las manos arañadas. Nos reimos cuando comentamos
que ha sido una pena que no hubiera moras, que habríamos podido
aprovechar.
Nos entretenemos un rato en el cementerio. Los de pueblo pequeño
son intimos y se pueden leer las historias de vidas que ya no son. Respira
paz junto al sendero, que agradable, nos lleva hasta Cirauqui. Allí
paramos a comernos un poco de pan con chocolate, a beber un poco de agua.
Aprovecho para dibujar la estela que junto al arco, a su derecha, indica
el camino. Sorprendente y maravillosa, tiene fecha de 1658.
Cruzado el pueblo nos dejamos caer hasta la Calzada Romana y el puente.
Cuántos siglos viendo pasar peregrinos, cuántas leyendas
se recuerdan. Dudamos un momento y se nos cruza una mariposa amarilla.
La seguimos y nos lleva a la ruta correcta. Impresionados, continuamos
en silencio mientras mariposea unos metros delante nuestro, cual guía
que la naturaleza nos envía. Finalmente se desvía. No acabamos
de creernoslo, ha sido como algo mágico. Cruzando otro puente nos
encontramos con otro peregrino. Salió de Roncesvalles un día
después de nosotros e iba solo. Ayer se pegó una paliza y
se hizo unos 35 kilómetros para encontrar compañía.
Paramos tras pasar otro puente, este medieval, el cuarto del día.
Allí, antes de enfrentarnos con la subidita que nos llevará
a Lorca, nos sentamos al sol. Txemari saca un artefacto y me pregunta si
sé qué es, que un amigo se lo ha metido en la mochila. Es
un silvador australiano. Lo desenrollo y lo hago girar hasta que consigo
sacarle sonido. Y allí estamos los tres, como niños con juguete
nuevo, con aquello de dejame ahora a mí.
Al rato, Carmen y yo seguimos, mientras él se queda haciendo fotos,
lleva un montón de cámaras. Si ve mi equipo fotográfico
le va a dar la risa.
En Lorca aprovecho para beber de la fuente y llenar la botella. Hace calor
y vamos sudando a pesar de ir en camiseta. Nos alcanza Txemari y hablando
pasamos la zona de perros encerrados que nos comen a ladridos. Impresiona
tanta fiera. Comentando la perrería nos despistamos y nos vamos
a una huerta. Una señora nos dice que vamos mal, como casi todos
los peregrinos que por allí pasan. Que va a poner una señal
porque anda cansada de reconducir almas en pena. En Villatuerta nos tomamos
una cola y Txemari se queda haciendo fotos. Seguimos Carmen y yo. Las señales
en esta zona no están muy claras. Vamos caminando y hablando por
un paraje muy agradable hasta que el camino, cada vez más estrecho,
acaba desapareciendo entre zarzas y pinos. Buscamos la salida pero si la
hay, no la encontramos. Vaya día llevo hoy. Optamos por salir a
la carretera que la oímos a nuestra izquierda. Casi a machetazos
llegamos a un terraplen de unos doce metros por el que hemos de ir si la
queremos alcanzar. Según bajamos, la pendiente se hace cada vez
más pronunciada, convirtiendose en una pared casi vertical. Clavando
el bastón en la tierra puedo apoyar un pie y sujetar a Carmen que
viene detrás. Quedan unos cinco metros pero es una locura seguir.
Si nos caemos, vamos directos al asfalto y los coches pasan como tiros.
Carmen se asusta y se atasca. No puede ni subir ni bajar. Trato de calmarla
pero cada vez está más nerviosa. Ya no sé que hacer
cuando pasa un coche de la Guardia Civil que nos ve y se para a ayudarnos.
Nos hacen tirar las mochilas para que vayamos más cómodos
y nos indican cómo volver a subir y por dónde bajar. Desde
abajo se debe ver todo muy fácil. Cuando llegamos a ellos, uno nos
trata con mucho cariño mientras el otro nos mira condescendiente,
seguramente preguntandose qué harán este par de abueletes
en estas aventuras. Me hago la foto del día, es el momento, y ya
muertos de la risa, seguimos por el arcen hasta Estella. Al cruzar el quinto
puente de la etapa me sobrecoge la belleza de la villa. No me esperaba
semejante cantidad de arte en una población tan pequeña.
Me inscribo en el refugio que es sensacional, me ducho, y salgo a ver todas
estas maravillas. Termino el tour turístico ante el capitel de Roldan
y Ferragut, maravillosa narración de la leyenda de su torneo.
A las diez de la noche el hospitalero nos apaga las luces. Nos trata como
a niños pequeños. A alguien se le ocurre llamarlo "Terminator"
y con el mote se queda mientras nos dormimos entre risas.
A media noche me despierto. Me encuentro mal. El estómago me duele
mucho y tengo "pirri" (cagalera, descomposición) Probablemente
es por el agua que he bebido en la fuente de Lorca. Si no mejoro me veo
en casa. Me quedaría deshidratado y sin fuerzas en una noche. Así
que me obligo a devolver y trato de descansar. Mañana tendré
la respuesta.
18.03.99. Jueves. (VI)
Estella-Arcos (142.22km):
He dormido, he descansado y cuando despierto me encuentro bien. Parece
ser que todo ha pasado. Pero tengo hambre, mucha hambre, tengo el estomago
vacío. Así que me ducho, preparo los trastos y me voy a tomar
algo. Procuro no abusar, pero me quito el gusanillo.
Al salir de la villa me molesta mucho un pié. Me descalzo y encuentro
un par de ampollas. Las curo, me vuelvo a poner el calcetín y la
bota y sigo. Al poco, noto escozor en el otro, el izquierdo. Vuelvo a repetir
el proceso. Sigo, pero hay algo que me molesta en el derecho, algo no va
bien.
En la Fuente del Vino me encuentro con Carmen y Lukas. Nos tomamos un chupito
y ya animados seguimos hacia Azqueta. Intentamos visitar el monasterio
de Irache. La iglesia está cerrada pero el portero, muy hablador
él, nos pone un sello y no nos deja seguir. Disfruta contandonos
cosas. Finalmente nos libramos de él y por un agradable sendero
entre encinas nos acercamos al siguiente pueblo. Lukas se va a pedirle
a Pablito una vara de avellano, un bordón, mientras nosotros nos
sentamos un momento a la sombra, que el calor aprieta y el pie duele. Aparece
nuestro aleman con un palo descomunal, como de tres metros y no se cuantos
miles de kilos de peso. Ha debido de coger el más grande que había,
seguro. Nos reímos mucho, pero el hombre está encantado.
Así que tiramos los tres hacia Monjardin mientras el aprende a manejarlo.
Antes de llegar nos detenemos hechizados por la fuente medieval. El sonido
de las gotas cayendo sobre el agua embalsada, ampliado por la sonoridad
del recinto, es refrescante y relajante. Se está bien y en paz.
Descansamos un rato y hablamos de nuestras cosas. No tenemos prisa.
Aprovecho para ver qué pasa con mi pie derecho que me duele tanto.
No encuentro nada, pero al pisar me estremezco entero. No entiendo nada.
Me pregunto entre risas si será por esto aquello de llamar al Camino
de Santiago el Camino de las Estrellas. Es otra lectura, una más,
poco seria.
Como la fuente se está llenando de peregrinos, vamos desfilando.
La pista forestal que llega hasta Arcos es fácil y agradable si
no te duele nada y vas relajado. Pero es larga y solitaria. Algunos hacen
trampas, buscan atajos pasando por sembrados. Otros, perdidos en nosotros
mismos, en nuestras cosas, seguimos religiosamente el camino indicado.
Al final , cuando ya tienes ganas de llegar, cuando el maldito pie derecho
me está matando, pero que por mucho que me duela no va a poder conmigo,
aparece el pueblo al caer de una colina. Largo e interesante, lo cruzo
hasta llegar al refugio que está al final, una vez cruzado el rio.
El hospitalero es un sacerdote cariñoso, alegre y dicharachero.
Se interesa por nuestro material y nos enseña los zapatos con los
que hizo el Camino hace muchos años. Realmente la tecnología
ha avanzado muchísimo. Al inscribirme le pregunto si hay cuarto
de roncadores. Dado que lo soy, no quiero molestar a los demás peregrinos.
Y me gusta dormir tranquilo, sin sufrir pensando que desvelo a alguien.
Me abre un cuarto pequeño y agradable sólo para mi. Un lujo.
Al cabo de un rato, mientras preparamos la cena, llega un peregrino nuevo.
Parece agradable y tiene ojos de buena persona. Se presenta, es de Jaen
y se llama Alfonso, en realidad Ildefonso, al igual que yo. Dicen que los
de este Santo, que se celebra el 23 de enero, son los auténticos
Alfonsos. Como los Iñakis, que son de verdad cuando son del 31 de
julio, San Ignacio de Loyola. Hablando me dice que trabaja en un hospital.
Le comento lo de mi pie y se ofrece a mirarmelo. Y en ello está
cuando me dice que tengo una enorme ampolla entre los dedos y la planta
(no se cómo podría llamar a esa zona) y que el abundantísimo
liquido que en ella hay posiblemente produce presión sobre los huesecillos
y por ello el intenso dolor. La cura, la limpia, que yo ahí llego
mal, y sobre todo no veo bien, y cuando lo pruebo no me lo puedo creer,
ya no me molesta nada. Nada de nada. Es como un milagro. Le doy un abrazo
y le digo que se ha ganado un amigo para el resto de la vida. Y es verdad,
pues no tengo palabras para agradecer lo que ha hecho. Estoy feliz. Así
que en buen ambiente y camaradería nos comemos un arroz a la cubana
de los peores que he probado, pero que me sabe a gloria.
Al poco, el sopor nos va robando la luz de los ojos y el hospitalero, amable
y cariñoso, se va quedando solo, sin nadie con quien seguir conversando.
Son los riesgos de quien da hospitalidad a peregrinos de a pie.
19.03.99. Viernes. (VII)
Arcos-Logroño (165.76km):
Madrugo y salgo al campo. Me encuentro bien después de los males,
inconvenientes físicos ya superados. Llueve y hace frío.
Caminando hacia Sansol alcanzo a un peregrino que no había visto
antres. No sé de dónde ha salido.
El día no es agradable pero la compañia sí. Es de
Bilbao, así que paisano y se llama Joseba. Pues felicidades que
hoy es San José. Me dice que en Logroño, si llegamos, lo
vamos a celebrar. Y en el aguacero que nos está cayendo encima me
abre su corazón para contarme la razón oculta que lo ha traido
al Camino, a peregrinar a Santiago. Los pelos se me ponen de punta. No
nos damos cuenta de lo felices que deberíamos ser con lo que tenemos.
Ha de ser siempre una tragedia frente a nuestra realidad lo que nos haga
comprender lo afortunados que somos.
En Torres del Rio paro a desayunar. No hay nada, ni tienda ni bar, no hay
servicios y la fuente de la entrada del pueblo pone que no es potable.
Sigo en ayunas, es decir, me estoy muriendo de hambre.
Mientras espero a la señora Mercedes para que me abra la Iglesia
del Santo Sepulcro, llega una furgoneta dando bocinazos. Abre las puertas
y es una tienda ambulante. El cielo me ha escuchado, se ha compadecido
de mí. Compro pan, chorizo de Pamplona, que es una de mis debilidades
y un par de naranjas y me organizo un manjar de dioses. O así a
mí me lo parece. Mientras reconforto a mi estomago, recuerdo a Chopín
(leído tal cual como se escribe, con í y acento) el panadero
de mi querido pueblo, al que así llaman por los bocinazos que da
cuando hace el recorrido por las casas al amanecer para repartir su maravilloso
pan. Lo que me habré reido con mi madre cuando en vacaciones me
sacaba de la cama para que fuera a comprarle para desayunar antes de que
se escapase a bocinazos. Gratos recuerdos que hacen feliz mi comer.
Llega la señora encargada en esta quincena de la iglesia, con las
llaves. Me abre, paso dentro y admiro obra tan interesante por su estructura
y distribución, acogedora por sus dimensiones. Y cuando miro al
ábside se me encoge el corazón al ver el maravilloso Cristo
de cuatro clavos que preside el altar. Nunca antes había visto algo
tan hermoso. En su serena sencillez románica cargada de simbolos
me pierdo hasta que me llama al orden la cuidadora, que ha de ir cerrando.
Fuera me encuentro con una italiana que ha montado un albergue. Hablamos
un rato, me cuenta sus dificultades y me pone su sello en mi Credencial.
Amablemente se despide y yo sigo mi camino acompañado de lejos por
su perro, que gusta de acompañar peregrinos.
El frío reinante me despeja. El rompepiernas me hace entrar en calor.
Me siento bien, voy recuperando la alegría interior que siempre
he disfrutado, que perdí en la agonía de mis padres. Salí
hace unos días de Saint Jean deshidratado de tanto llanto, perdido
entre mis tristezas y poco a poco el camino va haciendo el milagro.
No estoy bien, no quiero engañarme. Una profunda tristeza encoge
mi ánimo, pero el aire, la libertad, la naturaleza, el Camino en
soledad, alegran mi corazón. El mal tiempo, el frío, el viento,
y el barro, la nieve y la lluvia despiertan mis sentidos a la realidad
de un mundo lleno de belleza.
En Viana como no puedo visitar la iglesia por estar cerrada, me tomo un
café y paseo la vista por el exterior de todas las fachadas señoriales
y hermosas que admiro. Piso la tumba de Cesar Borgia mientras recuento
todas las maravillas que llevo vistas, visitado, admirado. Este Camino
es una lección magistral de arte, soberbia y plena, abundante. Lukas
comentaba el otro día su sorpresa por ver colosales iglesias de
una belleza inaudita en humildes pueblos de poquísimos habitantes.
Acostumbrados a ello no valoramos la riqueza artística que estas
tierras poseen.
Sigo caminando pero la senda se convierte casi en arcén y tras cruzar
la carretera, en asfalto. A la vista de Logroño, me encuentro con
Doña Felisa que, amable y cariñosa, me ofrece agua e higos.
Me siento y hablamos un rato. Me pregunta cuántos peregrinos vienen
hoy ya que soy el primero en pasar, cómo me encuentro y me cuenta
mil historias de la experiencia vivida a la vera del Camino desde hace
tantísimos años, cuando quizá no pasaba ningún
peregrino en muchos meses.
Cuando llega Txemari le paso el testigo y allí se quedan de palique
mientras me dejo llevar hasta el cementerio, el puente y el magnífico
refugio. Me instalo, me ducho y según van llegando los demás
organizamos las compras para cenar en la maravillosa cocina de la que dispone
el albergue.
Joseba va a por vino, Txemari se compromete a hacer unas patatas a la riojana,
y como soy el primero que está listo me manda a por pimentón
y material para una ensalada.
Aún nos da tiempo a Lukas y a mí de visitar una exposición
de arte flamenco sobre el Camino que hay en un caserón de al lado.
Maravillosa, me compro el catálogo que no es sino un magnífico
libro a un precio extraordinario. El hospitalero, que más amable
y alegre no puede ser, se compromete a mandarmelo a la dirección
que le doy en unos veinte días, cuando calcula que ya habré
llegado a Compostela y vuelto a casa. Y nos vamos a hacer las compras antes
de que los cocineros se den cuenta de que les hemos hecho una pirula, eso
sí, artística y cultural.
Cuando volvemos del mercado los dos Josés están ya un poco
achispados, tirando a piripis, celebrando su santo. Han comprado cada uno
seis botellas y somos unos diez, más dos señoras holandesas
que han aparecido nadie sabe de donde. Están un poco asustadas de
la que estamos liando. Hablo con ellas en spaans/nederlands, osea les chapurreo
en lo poco que de su idioma sé, lo que estamos haciendo para calmarlas
mientras preparo una ensalada con manzana, maiz, nueces, y mil frutos,
todo bien troceado en un perol descomunal. Y les explico a los presentes
por qué los catalanes llaman "amanida" a lo que estoy
haciendo, porque inmediatamente me remango y con manos y brazos remuevo
todo hasta que queda como debe ser. Las giris ya están pegandole
al rioja y se les ve más contentas. Entre risas Txemari dice que
las patatas ya están y nos servimos, que buen hambre llevamos. Y
no sé si será por ello o porque están buenísimas,
o por el buen ambiente que se ha creado, pero no queda nada de nada. Ni
un trocito de lechuga de la ensalada, ni una gota de salsa de las patatas.
Tampoco un culo de vino, nadie sabe quien se lo ha bebido. Solo queda alegría
y buen ambiente. Y cansancio, que hace que tras fregar y recoger todo nos
vayamos para el dormitorio. Eso sí, cuando uno se cae al subir a
la litera por aquello del vino, nos entra la risa floja a todos. Y así
estamos un buen rato, metidos en el saco, llorando de risa cual niños,
relajados, felices.
Y uno tras otro vamos cantando el gori gori, porque estamos muertos.
20.03.99. Sábado. (VIII)
Logroño-Najera (189.26):
No sé cuando acabó la juerga, no sé quien apagó
la luz, no sé cuando me dormí. El amanecer me despierta y
las ganas de vivir me llevan a la ducha. De allí a buscar un lugar
en donde desayunar. No hace mucho frío. Me tomo un par de croisants
calentitos y un café con leche, todo buenísimo. Admiro el
enorme Santiago Matamoros y cruzo la Puerta de Carlos V o del Camino al
igual que lo hacen los peregrinos desde hace muchos siglos. Me enfrento
a polígonos y largas y aburridas calles sin personalidad, sin caracter.
El sol aprieta desde muy temprano, pero el aire es fresco.
De camino hacia el parque un hombre me alcanza y me da una postal de una
Virgen.
Al pasar por la maderera me dejo el bastón cuando paro a aliviarme.
He de volver un par de kilómetros, pero qué es esto para
un peregrino a estas alturas. En estas estaba cuando me alcanza Carmen
y luego Lukas. Un tal Ignacio le ha regalado un crucifijo enorme. Lo hace
con todos los peregrinos que pilla. Nuestro alemán no sabe qué
hacer con el cristo. Es descomunal.
Adelantamos a Alfonso. Va cojo de las dos piernas, lleva los abductores
cargados.
En Navarrete nos tomamos una cola y un pincho de tortilla. Está
tan bueno que repetimos y nos la acabamos entera en un momento. Llega Txemari
que va un poco resacoso por el vino de anoche. Y así, cada uno a
su aire, vamos tirando, aunque nos vamos reuniendo y separando según
paramos para observar la portada del antiguo Hospital de peregrinos en
el actual cementerio, tomar el sol o simplemente descansar un rato.
Hay muchos trozos de arcén que se hacen difíciles y peligrosos.
Los coches y camiones pasan a grandes velocidades y se nos llevan varias
veces los sombreros. Algunos nos tocan la bocina, y aunque probablemente
lo hacen para animarnos, nos sobresaltan.
Antes de llegar al desvío que lleva a Ventosa, me tumbo a la sombra
de unos chopos y me como un par de naranjas. El paraje y el día
son muy agradables. Al fondo se ve el pueblo con su enorme iglesia sobre
una colina. Saco los trastos y la pinto en mi cuaderno de viaje. En ello
estoy cuando van llegando los demás que me van imitando, tumbandose
en la hierba de este idílico lugar. Estamos todos un poco aburridos
de la etapa que no es de las más entretenidas. Quedan kilómetros
y nos los tomamos con tranquilidad. Entre risas Txemari recuerda la cena
de ayer y posterior juerga. De las señoras holandesas nadie sabe
nada. Igual que llegaron se han ido. Son misterios del Camino.
Poco a poco vamos desfilando, enfrentandonos a interminables kilómetros
de arcén, con los TIRs rozandonos con sus innumerables ejes. Hoy
la etapa es de riesgo.
El alto de San Antón nos coge desprevenidos y nos desfonda. No vamos
hoy muy fuertes ni muy mentalizados. Al llegar arriba nos volvemos a sentar
a la sombra y discutimos sobre cuál de los pueblos que se ven es
Najera, si es que alguno lo es.
Se va haciendo tarde y no acabamos de llegar, así que apelo a las
fuerzas mentales que físicas hoy no tengo muchas y sigo sendero
adelante, carretera vieja y pista forestal.
Al rato me encuentro con un pastor y sus ovejas. Me acerco y me ofrece
la bota con un vinazo sencillo y rico. Hablamos un rato y deseandonos buen
andar seguimos cada uno nuestros respectivos caminos.
Al llegar a la granera, Lukas, Alfonso y Carmen desesperan y yo no voy
mucho mejor. Paramos a leer el poema escrito en la vieja pared de la fábrica
de harinas. De allí a la reflexión no queda nada sino caminar
en silencio.
La entrada a la villa se hace larga y aburrida, no ves el momento de llegar
al refugio. Este, situado junto a Santa María la Real es acogedor.
Pablo el hospitalero es amable y cariñoso. Hablamos un rato mientras
me inscribe. Cuando llegan los demás aprovecho para irme a la ducha.
Ya fresco, cuando vuelvo en paños menores a mi litera para ponerme
ropa limpia, me sorprende una voz femenina que me llama como sólo
los muy intimos me conocen. Sorprendido ante una mujer tan guapa y con
tanta clase, no acabo de comprender. Y al fín caigo, es Elisabeth,
una amiga de la infancia y juventud a la que no veia hacía muchísimos
años. Y allí nos encuentran Txemari, Lukas y demás,
dándonos besos y abrazos en toalla, casi en bolas. Lo que nos podemosa
reir de su cara de sorpresa y diría que de envidia, que Elisabeth
nos tuvo a todos los de nuestra generación enamorados con su belleza
y encanto.
Organizamos una cena. Txemari se compromete a hacer una paella para todos,
que hoy nos hemos reunido bastantes en este refugio. Y la verdad es que
le sale muy buena. Y como es sábado, el hospitalero que hace el
turno de noche nos deja salir a vivir un poco la noche. La verdad es que
no me apetece demasiado, pero para evitar problemas me voy a dar una vuelta
con los demás, hasta que a la primera oportunidad me vuelvo, me
acuesto y duermo como los ángeles.
21.03.99. Domingo. (IX)
Najera-Santo Domingo de la Calzada (208.76km):
Las guias dicen que esta es una etapa fácil. Vamos a ver si
es verdad. De momento empieza en cuesta, y no he podido desayunar como
me hubiera gustado. Pero aguanto bien aunque las tripas me hagan ruido.
Ya llevo con hoy nueve días caminando. Es decir, un tercio de lo
que calculo que tardaré en llegar a Santiago. Como el cuerpo agradece
el descanso, decidí hace muchos meses que haría dos días
de reposo. Elegí parar en Santo Domingo de la Calzada y en León.
La primera razón para escoger estas ciudades es geográfica,
casi estratégica, ya que dividen el Camino en tres partes casi exactas.
La segunda y fundamental, todo el arte e historia que acumulan y que permite
pasar el día de descanso entretenido visitando monumentos. Y no
olvido una tercera que es la gastronomía. Ambas gozan de una maravillosa
cocina con la que se puede disfrutar. Que los descansos bien comido, son
más y mejores. Hay que recuperar energía.
Con la perspectiva de una etapa fácil y corta, sabiendo que mañana
no voy a caminar sino pasear, todo parece más facil.
Al llegar a Azofra remato el medio desayuno que me he dado. Ya más
animado con este segundo café y las tostadas que me tomo, sigo hacia
las suaves lomas. El paisaje es agradable, los pajarillos cantan. Hace
un día bonito inaugurando la primavera que hoy empieza.
Mañana se va Carmen. Vuelve a casa. Se le ha acabado el tiempo,
las breves vacaciones que ha tenido. Desconsolada, confesaba ayer que le
ha atrapado el Camino. Debe de ser duro y dificil volver porque las obligaciones
te llaman.
Voy sólo, los demás se han dormido después de la salida
de anoche. Cuando llevo unos siete kilómetros comienzo a llorar.
No puedo explicar lo que me pasa. Simplemente lloro, sin una razón
aparente, sin una tristeza especial. Llego a Cirueña y sigo derramando
amargas lágrimas, una tras otra. Me siento bajo un roble y medito.
Me pregunto qué me está pasando, por qué este llanto
desconsolado. Bebo. El cuerpo me pide agua y no me sorprende ya que llevo
casi dos horas deshidratandome por los ojos.
Decido continuar y aunque siento una gran paz no dejo de llorar. Es tan
extraño.
El camino me serena y cuando llego a la vista de Santo Domingo ya no me
quedan lágrimas. Debo de tener una pinta espantosa, pero poco me
importa eso aquí y ahora.
Paso la zona industrial y llego al casco viejo. Allí busco el Parador.
Hace mucho reservé una habitación allí porque en su
momento fué el verdadero refugio, el verdadero hospital de peregrinos,
fundado además por Santo Domingo. Me reciben amablemente y me llevan
a una habitación que me parece un palacio tras nueve días
de albergues sencillos. Me doy una ducha histórica, mando mi ropa
a lavar y me voy a buscar un restaurante en donde comer.
Según salgo me encuentro con Alfonso. Viene descompuesto. Le pregunto
qué es lo que le pasa y me dice que no lo sabe, que lleva toda la
etapa llorando. Le cuento que a mí me ha pasado lo mismo y sin comprender
coincidimos en afirmar que es parte del milagro del Camino. En la tasca
me encuentro con Txemari y Lukas y comemos los tres un menu por cuatro
duros. Y quizá es el hambre, pero me sabe a gloria. Ellos saben
de mi plan de quedarme aquí un día y me imitan. Esta noche
dormirán en el refugio y mañana caminarán solo 6 kilómetros
hasta Grañón en donde pernoctarán. Así pueden
aprovechar toda la tarde de hoy y gran parte del día de mañana
para visitar todo lo mucho que hay aquí para ver.
Así que después de tomar un café que les invito en
el Parador, nos vamos a ver la Catedral con la tumba del Santo, el gallinero,
el retablo, el resto de la horca del milagro, el recién descubierto
ábside románico y el museo. Se nos va la tarde con tanta
belleza. Txemari se suelta con sus más atrevidas teorías
sobre la sociedad medieval y la iglesia y yo con las mías sobre
la transformación de los templos románicos y góticos
por el barroco, estilo degradado y mal comprendido que admiro profundamente
a pesar de sentirme minimalista en las formas. Según creo, no tiene
desperdicio si uno llega a comprenderlo. Algún día se revalorizara
ante los ojos de la sociedad, no solo por su abundancia sino por la belleza
multiple e intrinseca que aporta. Y así, discutiendo, aprendiendo
de tanta belleza, se nos va la tarde en un santiamén. Se van ellos
para el refugio, que están cansados y no tienen hambre y yo me voy
al parador a cenar, pues me han hecho una inmejorable oferta de media pensión
en la que no pienso desaprovechar la cocina típica de la zona.
Tras disfrutar un par de platos de la región, feliz y contento,
me quedo un rato en el salón que es lo que fué el antiguo
hospital. Y mientras lo admiro y voy haciendo mi cuaderno de viaje se me
acerca cariñoso Don Alfonso, el director que tiene la cortesía
de invitarme a un té mientras hablamos del Camino, de los peregrinos,
de la arquitectura del antiguo refugio, de su historia.
Cuando los ojos me empiezan a escocer, me excuso y me voy a dormir.
Bendita soledad.
22.03.99. Lunes. (X)
Santo Domingo-Santo Domingo (216.21km):
Me levanto temprano, no he sido nunca de mucha cama. Pierdo media mañana
en la ducha disfrutando de un placer sencillo y maravilloso como es el
de la higiene y me bajo a desayunar. Y aquí vuelvo a gozar. Un maravilloso
buffet me está llamando mientras encargo café. Los turistas,
muy comedidos pican un poco de aquí, un poco de allá. Yo
empienzo suavemente por las frutas y los zumos naturales. Qué ricos
están. Cojo pan, y me como varios platos de embutidos, sensacionales.
A veces combino jamón con, por ejemplo, tomates para quitarle el
punto de sal. Otras pongo un huevo frito a la morcilla para darle alegría.
Qué maravilla. Ya más tranquilo y tras servirme otra taza
de la jarra de café, me meto de lleno en los muslis, mantequillas
y mermeladas. Cuando estoy en ello, disfrutando, me doy cuenta que han
cambiado los turistas que me acompañaban en el restaurante y que
ahora ya son otros. Se me va a notar que soy peregrino más por lo
que como que por la pinta que llevo, y mira que me he esforzado en ir presentable.
Pero bueno, yo sigo. Con una taza más de café me pregunto
por qué no terminar alegremente con unos churritos, para despedirme
castizamente. No lo dudo y allí me tienen, en la gloria del untar
y saborear.
Sonrio a todos y me voy a lavar las manos, que la mermelada es muy traidora
y hoy voy impecable, limpio y reluciente en mis galas de peregrino. Si
me vieran aquellos que trabajaron conmigo en moda, no me reconocerían.
Salgo a la calle con mi cuaderno y mis colores. Y uno a uno me voy enfrentando
a los principales monumentos del lugar. Nunca conseguiré igualar
su belleza, pero en mi humildad trato de hacer que un conjunto de pequeñas
obras creen el milago de un objeto personal, vivo, precioso.
Me vuelvo a encontrar a Lukas y Txemari y hacemos unas risas con un café.
Acabamos comiendo antes de que se vayan para Grañon. La tarde la
paso en la plaza del Ayuntamiento dibujando la arcada, tranquilo y sereno.
La paz del lugar, el silencio que me rodea., la soledad que me acompaña,
la agradable temperatura de una tarde de primavera, me traladan a otros
estados de conciencia.
Meditando sobre el llanto de ayer y al habernos sucedido al menos a dos
peregrinos, llego a la conclusión de que es consecuencia de la liberación
del espíritu que el Camino produce. Como si todas las tensiones
acumuladas durante tanto tiempo se soltaran de la forma más rápida,
llorando. Desde ayer me encuentro en una especie de nube de paz y sosiego
y eso es algo que hacía mucho tiempo que no disfrutaba, no sentía.
Para aquellos que lo necesiten por la razón que sea, creo que hacer
el Camino es una extraordinaria terapia para el cuerpo y el espíritu.
Si alguna dolencia física nos acecha, va a acabar saliendo y dependiendo
de nuestra fortaleza, nos mandará a casa o la superaremos. Para
aquellos a los que el alma les atormenta, el aire, la libertad que se siente
y respira, el ejercicio continuado, el esfuerzo recompensado con la llegada
cada día al refugio, el arte para las personas sensibles o cultas
y los compañeros para los que necesitan compañía y
amistad, cariño, harán que la sonrisa aflore entre las lágrimas
y lo que ayer fué problema o tristeza quede en recuerdo. Es mi sencilla
opinión, de un propósito aún no terminado. La experiencia
real la obtendré si llego a Santiago, que me queda mucho y el mundo
y la vida dan muchas vueltas.
Termino con mis croquis y me voy al cuarto, a darme una ducha tras la que
bajo a tomarme un café al salón. Termino allí mi trabajo
diario en mi querido cuaderno de viaje y me voy a cenar.
Se me puede acusar que hablo en este diario más de comida que de
mis experiencias interiores, místicas, iniciáticas, pero
creo que todas ellas además de ser intimas no les interesan a casi
nadie. La gastronomía quiza trampoco, pero si dará una idea
de que si no te alimentas bien, no llegas. Ya decía que cuanto más
fuerte seas, menor va a ser el esfuerzo. Y cuando esto digo no solo me
refiero al cuerpo sino también al espíritu, al caracter,
a la psiquis.
Mañana volveré a la rutina del peregrino, al maravilloso
errar por los caminos, por los campos, visitando extraordinarias iglesias,
magníficas ruinas. Tomando café en sencillos bares de pueblo,
hablando con campesinos y pastores. Saludando a los pájaros, oyendo
la brisa entre las hojas y al agua en los arroyos.
Viviendo.
23.03.99. Martes. (XI)
Santo Domingo-Belorado (236.31km):
Madrugo, me ducho y repito la ceremonia del desayuno. Hoy hay un poco
más de todo que ayer. Igual me han cogido miedo. Para no desilusionarlos
paso por las diferentes fuentes, como acostumbro, cumpliendo. Y al final,
añado la picardía de hacerme unos cuantos pequeños
bocadillos para ir tirando por el camino. Porque si no me cuido yo, posiblemente
nadie lo va a hacer.
Voy a la Catedral a despedirme del Santo. Le saludo con cariño y
me despido. Nunca prometo, porque no sé si podré cumplir
lo que así deseo, pero sí le digo que me gustaría
volver a saludarlo, a pasar un rato junto a El. Espero que algún
día sea posible y me recuerde.
Estoy fresco, voy fuerte. Noto el día de descanso. En unos diez
días si todo va bien, llegaré a León y disfrutaré
de otro tiempo de reposo. Mientras, paso a paso, he de ir aproximandome.
Nada es gratuito y cuanto más esfuerzo nos cuesta, más satisfactoria
es su consecución. No es masoquismo, es simple realidad, experiencia.
Empiezo a estar en forma físicamente. Ya no me acuerdo de mis pies
y no siento nada ajeno a la normalidad de mi cuerpo. La psiquis va mejorando,
pero no puedo echar las campanas al vuelo. La vida da muchas vueltas, y
cuando uno cree que ha superado un problema, o empezado a hacerlo, resulta
que estaba ahí agazapado, esperando a que te relajes, a que bajes
la guardia para darte más fuerte. Así que tranquilito, sin
darle muchas vueltas, sin pensar demasiado en ello, camino adelante con
los ojos en el infinito.
La etapa de hoy no es de las más bonitas. Los casi siete kilómetros
que hay de arcén hasta Grañon no invitan a sonreir. Una vez
allí busco a Txemari y Lukas. Ya no están, han debido madrugar.
Me tomo un cafelito en un barete, más para descansar la mente que
el cuerpo. Hablo un rato con la dueña, arreglamos el mundo y sigo
adelante.
Tras un agradable paseo me enfrento a un barrizal impresionante. Es el
linde entre La Rioja y Burgos y es como si la primera no me dejara ir,
me agarrara. De cualquier forma me llevo media provincia pegada a las botas
y pantalón. Son muchos los kilos que cargan mis músculos,
que me hacen sudar. Llego a la provincia de Burgos destrozado. Me recuerda
la llegada a la abadía de Roncesvalles tras cruzar los Pirineos.
Pero este barro es mucho más denso, mucho más pesado y pegajoso.
Con el bastón limpio como puedo el equipo y hago una pequeña
montañita con lo que he sacado. Bebo, pues he sudado mucho y sintiendome
ligero por la diferencia de peso en mis pies, continuo caminando. Una maravilla.
Todo tiene su lado bueno, positivo. Sólo hay que tener el humor
para verlo. Merecía pasar por ello para sentirme como ahora me siento.
Inimaginable. Floto.
En Redecilla del Camino me espabilo para que me enseñen la pila
bautismal. Un abuelete majo y noble me la explica con sublime sencillez
mientras me la muestra. Otra maravilla, otro milagro del arte en un lugar
casi virgen. Lástima del pavimento que le han puesto al lugar.
Me tomo un cafelito y sigo adelante, tranquilo. Los campos son agradables,
de suaves lomas, cultivados y ricos. Pena de los kilómetros y más
kilómetros que hay que hacer por el arcén, junto a enormes
camiones. Da miedo.
En Viloria, cuna de Santo Domingo, me siento un rato al sol. Es un lugar
vacío y tranquilo, no veo un alma. Vienen a saludarme todos los
perros del pueblo, cariñosos y zalameros, mil leches todos, listos.
Me hacen los honores, me cuentan sus cosas y me hacen mil gracias. Me entretengo
con ellos, observo sus ojos y me hacen pensar en la nobleza. Cuando me
levanto y sigo camino, un par de ellos me siguen. Al rato sólo queda
uno, pero va diciendome que se viene conmigo. Le digo que no puede ser
y él insiste. Paro y me pongo serio. Pero él sigue erre que
erre, que va a seguirme. Finalmente, partiendoseme el alma, le pego un
par de gritos y le amenazo con una piedra que nunca podría tirarsela.
Da media vuelta y con el rabo entre las patas se va mientras me mira con
unos ojos que me hacen llorar. Me siento cruel y mezquino, rechazando una
noble amistad de quien me la ofrece gratuitamente.
La carretera, con el estruendo de los motores me devuelve a la realidad.
Remato los últimos kilómetros hasta Belorado y busco el albergue.
Es una especie de treatrillo junto a la iglesia, increíblemente
sucio, casi abandonado. Subo al piso superior en donde están las
camas y me quedo desolado. Un espanto. En un catre junto a la escalera
desenrollo el saco y obsevo las temibles pinturas de santos, martires y
calaveras. Aparece Txemari y llegamos a la conclusión de que allí,
en cuanto oscurezca, correrán los vampiros como locos. Va a ser
una buena nochecita. Igual hay baile. Me voy a duchar y el agua está
helada. Creo que estoy harto. En once días me he duchado sólo
dos días con agua caliente. No entiendo cómo no me da algo,
cómo sobrevivo, cómo lo consigo. Dicen que estoy loco. Para
templarme salgo al solecitio de primavera. Mientras curo mis pies junto
al río, una chica guapísima se me acerca. No es peregrina
pero tampoco debe de ser del lugar, su imagen no encaja, no pega. Tiene
un agradable deje gallego y mucho encanto, mucha gracia. La luz le sale
por todas partes, hasta por las orejas. Los ojos te desarman. Es como una
aparición.
Se presenta. Es una periodista de La Voz de Galicia que recorre el Camino
buscando entrevistas, noticias, sucesos y anecdotas para escribir sus artículos.
Me hace unas fotos y me tira de la lengua (ver artículo al final
de este diario) De allí me lleva a la plaza del pueblo y me
invita a un café. Hablamos de lo divino y de lo humano y le comento
la belleza de la pila de Redecilla. Tras intercambiar teléfonos
y direcciones y quedar en vernos en Compostela, se va a ver la maravilla
que le he recomendado. A veces estaría mucho mejor calladito.
Me siento muy solo cuando su coche se aleja. Guapa y simpática,
atractiva, ha llenado de luz mi tarde, mi soledad. Pero cuando recuerdo
lo maravilloso que ha sido este rato me lleno de alegría. Vuelvo
feliz a la sala de los vampiros y se me echan encima todos los buitres
para preguntarme quién era, qué quería. Se mueren
de envidia por haber sido yo el afortunado. De verdad que merecía
la pena.
Qué suerte he tenido.
Ya no me importa que me muerdan esta noche, tengo en qué soñar.
Hoy vuelvo a sonreir.
24.03.99. Miercoles. (XII)
Belorado-San Juan de Ortega (252.50km):
La noche ha tenido su emoción. Cada vez que alguien tenía
que ir al baño pasaba por donde estaba mi catre con una vela o una
linterna. Dado el lugar y decoración, era de lo más fantasmagórico.
La situación era entre aterradora y cómica. En fín,
que no he dormido demasiado bien a pesar de estar cansado.
Otro detalle a tener en cuenta es que el camastro tenía más
cortas las patas del lado derecho que las del izquierdo. Parecía
un barco aconchado a estribor. He tenido que luchar para no caer en la
tentación gravitatoria e ir a parar al frío y duro suelo.
Pero a estas alturas estas son pequeñeces en la vida del peregrino.
Mientras desayuno en un hotel de carretera con Txemari y Lukas, nos da
la risa cuando discretamente nos miramos los cuellos, por lo de los vampiros.
No hay nada como tener la conciencia tranquila y hacer ejercicio para sentirse
bien, alegre.
El día es bonito aunque hace fresco. Se nota que estamos en primavera,
pero sin exagerar, que estamos muy al principio. Pero a partir de Villambistia
se podía caminar en camiseta y disfrutar de este paseo por el campo
de suaves lomas, verde por los sembrados. Un placer.
Al pasar por las ruinas del Monasterio de San Felix las tripas ya me hacen
ruido. Todo llegará, así que disfruto del lugar que es apacible
y hermoso. Y paso a paso sigo hasta Villafranca.
En el bar de la carretera paro a comer un bocadillo y un refresco. Al rato
llega Lukas y tras él Txemari. Nos hacemos unas risas cuando llega
Alfonso y le pedimos que nos enseñe el cuello. No nos fiamos, que
la noche ha sido larga y difícil.
Salimos juntos y nos enfrentamos al repecho con el que se inicia el sendero
por el bosque de los Montes de Oca. Pobres de aquellos a los que les pese
el culo o no vayan bien preparados, porque el primer tramo es duro de verdad.
Si me coge sin desayunar, caigo muerto allí mismo, fulminado, desfallecido.
Cada uno sigue su ritmo y ello nos separa. La paz y el silencio crean una
atmosfera maravillosa. Los robles se suceden y el sendero produce un agradable
murmullo gracias a las hojas sobre él depositadas durante las pasadas
estaciones, quizá años. No hay barro, sólo un poco
en un recodo, en una humbría.
Es fácil perderse en uno mismo en este lugar. Poco a poco, el oído
se adapta al silencio y empiezo a percibir sonidos del bosque, murmullos.
Qué maravilla sentir que está vivo.
Tras unos kilómetros se pasa de senda a pista forestal y por ello,
más despejada. Se vuelve a ver el cielo de Burgos, limpio, azul,
próximo. El camino al hacerse practicamente recto es menos entretenido
si bien sigue siendo de una gran belleza.
En un claro al sol, protegido de la brisa, me paro a descansar y a observar,
a admirar la naturaleza que me rodea. Me entra la ñoña y
caigo en una dulce duermevela. Las risas de Txemari y Lukas me devuelven
a la realidad. Tras compartir lo que nos queda de agua, seguimos adelante.
Queda bastante hasta San Juan de Ortega.
He leído mucho sobre este santo y mágico lugar. La iglesia
y demás edificios prometen mucho arte, mucha historia, mucha leyenda.
Hacia las cuatro vemos aparecer el conjunto entre los árboles. Nos
acercamos y antes de nada hacemos una breve visita a la capilla y tumba
del Santo. Me sorprende el buen estado en el que se encuentra, supongo
que tras una buena restauración. Una maravilla.
Vamos a inscribirnos al refugio, a coger una litera y a tomarnos un refresco
en el bar de Marcela. Saludamos a Calixto, el perro peregrino y le cogemos
la medida para que no se nos pegue mañana, que dicen que te acompaña
hasta Burgos pero que como no sabe volver, hay que mandarlo a casa en taxi.
Tras visitar detenidamente la iglesia, panteón y tumba de San Juan,
de recordar las muchas leyendas e historias del lugar, nos sentamos a observar
y admirar el capitel sobre el que se realiza el milagro de la luz en los
equinoccios. Y esperamos. Falta poco para las seis y aunque no es la fecha
exacta, algo podremos ver. Pero no tenemos suerte, se nubla y nos quedamos
con las ganas. Otra vez será.
Nos sentimos bien. Volvemos al bar a esperar la misa de Don Jose María
y las posteriores sopas de ajo. Llegan Alfonso y otros. También
unas peregrinas mayores, muy gallegas ellas, divertidas y picaronas. Les
tiran los tejos a Lukas y a Txemari. Los Alfonsos nos libramos del acoso
y nos morimos de la risa. Los tienen arrinconados en una mesa de la esquina.
La misa los salva.
En la iglesia el aire está congelado. La noche va cayendo y Burgos
no es el trópico precisamente. Aquí si te descuidas te encuentran
por la mañana heladito, con los mocos tipo granizado. Acabamos todos
con los guantes puestos y es el mismo sacerdote quien en un aparte comenta
que dado el frío que hace va a terminar la ceremonia. Que la sopa
y las tortillas ya estarán listas.
Y allí vamos. Las gallegas cogidas del brazo de Lukas y Txemari,
que una de ellas va con las rodillas muy mal. Tanto es así que baja
las cuestas marcha atras con la ayuda de su amiga. Terrible debe ser.
La cena es un compedio de camaradería, buen ambiente y animación.
Unos sacan chorizo, otros sardinas en aceite y con las sopas, las tortillas
y buen pan de la tierra, cenamos muy a gusto de todos. Las peregrinas deciden
ir a dormir a Burgos porque no tienen saco y aquí se pueden congelar.
Sé de dos que ven el cielo abierto, pues ya se veían metidos
en un buen aprieto.
Cuando vamos al dormitorio, se nos hiela la sonrisa. Opto por meterme vestido
en el saco pues el frío es aterrador. Algunos me imitan.
Al cabo de un rato empiezo a sudar y he de ir desnudandome. Somos unos
sesenta y entre todos hemos templado la enorme sala en la que dormimos
en la paz de los inocentes.
25.03.99. Jueves. (XIII)
San Juan de Ortega-Burgos (280.50km):
Cuando salimos del albergue el cielo está muy nublado. Amenaza
lluvia y hace viento. El día es muy desapacible. Me despido de Don
Jose María y me reuno con los demás en el bar de Marcela.
Desayunamos brevemente, esquivamos a Calixto y nos metemos en el bosque.
Hay un barrizal impresionante. Más que barro hay agua encharcada
hasta que salimos al claro. Allí nos esperan las vacas. Tranquilas,
desayunan a su aire. Empezamos a bajar hacia Agés y nos encontramos
al ejercito de maniobras. Todos los reclutas sudando la gota gorda con
unos mochilones enormes, las armas, cascos y qué se yo que más.
Pobres, que paliza les están dando. Espero que no se lien a tiros
porque estamos en medio. Mal asunto, no saldríamos de esta.
El paisaje va cambiando. Los montes de Navarra, las colinas de la Rioja,
quedan atrás y se abren a la meseta castellana. La brisa corre ligera
y libre por estas planicies sin defensa, llenas de historia..
Al llegar a Atapuerca pienso en las escavaciones. Cómo me gustaría
visitarlas. Envidio al equipo de Arsuaga y Carbonell trabajando aquí.
Me encantaría estar entre ellos. Es otra de las profesiones que
me gustaría ejercer.
No me puedo quejar, mi vida profesional ha sido hasta el momento maravillosa.
He sido feliz trabajando en un despacho como arquitecto y después
en agencias de publicidad como director de arte. Cuando monté mi
estudio, mi trabajo como ilustrador primero, diseñador gráfico
después y en la moda más tarde, sólo me ha dado satisfaciones.
Ahora como pintor disfruto de mi hacer y soy muy afortunado por la libertad
que poseo. Pero me hubiera gustado ser del equipo de Atapuerca. También
haber llegado a ser restaurador de arte en un museo. No lo puedo evitar,
me atraen muchas actividades y procuro llegar a ellas, ejercerlas, disfrutarlas.
Veremos en qué acabo en el futuro. Todavía creo que el trabajo
enriquece, y no me refiero al bolsillo.
Cuando cruzamos el pueblo el bar está cerrado y el hambre empieza
a apretarme. Quizá en la siguiente población me pueda tomar
un cafelito para entonar el cuerpo, que el día no ayuda.
En los primeros repechos del alto empiezan a caer las primeras gotas. El
chaparrón tarda unos minutos en llegar.No me voy a quejar pues no
nos ha llovido demasiados días. En esta época del año
uno va expuesto a todo, así que paciencia.
Más de lo que me llovió en mi infancia es imposible que ahora
me caiga. Podría decir que tuve una infancia felíz, pero
encharcada. Cosas del norte. Así que alegría y buena cara,
que el agua es muy buena para el campo.
Vengo meditando en el cambio que nos está provocando el Camino.
Nos estamos empezando a comportar como niños, inocentes, alegres,
libres, infatigables. Caminamos durante ocho horas cada día, cargando
con un peso en la espalda y seguimos kilómetro tras kilómetro
adelante, felices, despreocupados.
Hemos recorrido un poco más de un tercio de lo que hemos de completar
para ver la catedral de Santiago, y no parecemos los mismos que hace un
par de semanas salieron pálidos y asustados, tristes, de sus casas.
El Camino nos está cambiando, nos está regalando la vida
que casi habíamos perdido. No veo los mismos y apagados ojos que
me saludaron en la primera etapa. Los que ahora me rodean tienen luz, brillan,
caras broceadas que me sonrien.
Orbaneja Rio Pico me recibe con un bar abierto. Entro feliz, dejo la mochila
y una gran sonrisa me saluda desde la barra. El dueño, alegre y
cariñoso como buen andaluz, me hace un café enorme y caliente
y un bocadillo grande y sabroso, con un maravilloso pan de pueblo, pan
castellano. Mientas me desahogo, me estampa, bien verde él, un enorme
sello en la credencial y repite en mi cuaderno de viaje. Hablamos de lo
divino y de lo humano. El habla más que yo, que se aprovecha que
tengo la boca llena. Me pone de buen humor.
Me despido y sigo ya contento y recuperado hasta Villafría y de
allí a Burgos.
Empieza la zona industrial, paso los polígonos y nuevos barrios
y sigo calles y avenidas. Lukas se para a tomar un café en un bar,
está harto de tantos kilómetros por una ciudad que nunca
termina.
Mientras me acerco al centro a través de infinidad de manzanas,
comienza a nevar. Ya se sabe que en Burgos hace frío, pero tampoco
hay que exagerar, que ya estamos en primavera.
Este fín de etapa es descorazonador. Es un nunca llegar. Te crees
que ya estás y no es verdad, que parece ser que hay nueve kilómetros
desde que empieza la zona urbana hasta el refugio. Si, nueve. Me lleva
unas dos horas llegar a la Catedral, maravillosa, y por fín al parque
del Parral, al albergue.
Al entrar me encuentro a dos corriendo y retozando como niños por
la nieve. Son Basia, la peregrina polaca, y Txemari, que parece que han
intimado. Otros dos a los que el Camino les está arreglando la vida.
Me sonrien y se me acercan con las mejillas rojas por el frío y
la felicidad.
Me instalo en el barracón que hace la función de albergue,
me ducho y me vuelvo a visitar el centro histórico, algo que no
he hecho desde que vine con el colegio a los quince años.
Redescubro la Catedral y demás monumentos, me tomo una morcilla
y reventado me vuelvo al refugio. Hoy estoy cansado, me duelen los pies,
que no he parado de andar desde esta mañana a las ocho y ya han
pasado más de doce horas.
Me reuno con Lukas, Txemari, Basia, Alfonso y algún otro peregrino
y nos vamos a un bar próximo al Hospital del Rey a tomarnos una
riquísima y potente Olla Podrida. Volvemos felices y caemos muertos
en nuestros sacos.
26.03.99. Viernes. (XIV)
Burgos-Hontanas (309.50km):
Cuando salimos a desayunar hace muchísimo frío. Cae agua
nieve y sopla bastante viento. Nos tomamos el café tranquilos y
empezamos a andar. La ciudad se nos acaba enseguida, la cruzamos toda ayer.
Al principio el campo no es muy bonito por ser extrarradios con pequeñas
huertas.
Dudamos un momento en donde las señales no están muy claras.
Nos habíamos ido separando y esto nos reúne de nuevo. Comentamos
lo duro que va a ser la etapa con el viento que sopla en contra.
Al rato, pasando por un campo, nos sorprende la presencia de un corzo o
parecido. Nos quedamos quietos para verlo mientras él nos observa.
Está muy cerca. Al rato sale como un tiro y se pierde entre las
matas.
Poco a poco vamos avanzando hasta llegar a Tardajos. Repetimos desayuno
más que nada para entrar en algún lugar y calentarnos. Hoy
es un día muy muy duro de frío y viento.
Aprovechamos para ir a la panadería y a un colmado a comprar algo
para poder cenar esta noche. Las guías dicen que no hay nada en
Hontanas que es en donde queremos dormir. La panadera es guapa y simpatica.
Lo que era una sencilla compra se convierte en agradable reunión.
La comida la repartimos entre todos para no cargarnos la mochila con más
peso.
A partir de aquí el paisaje cambia. Poco a poco es cada vez más
plano, más meseta. La soledad nos va rodeando. El viento nos da
de cara y es muy fuerte, no nos pone las cosas fáciles. El barro
es pegajoso y muy blanco. No es una etapa fácil y además
es larga, muy larga.
La subida a la meseta se hace pesada. Nos vamos separando, cada uno perdido
en sus pensamientos, en sus dificultades para superar estos desniveles
que se hacen más duros por el barro que se pega a las botas. A la
vista del valle los ojos se nos iluminan con su belleza. A pesar de hacer
un clima tan desapacible, es de una gran belleza.
Nos paramos a hacer un descansito en Hornillos del Camino. Buscamos un
bar para tomarnos algo y protegernos del frío pero no hay ninguno.
Nos cobijamos a la sombra de la iglesia, junto al bonito albergue con hospitalero
amable, frente a la curiosa fuente, a medio camino entre el kitch rural
y el pop. En ella hay un gallo. Dice la tradición que el ejercito
francés al pasar por aquí, robó las gallinas y las
escondió en los tambores. Cuando los lugareños fueron a protestar,
ante las reiteradas negacionesde los oficiales de haberlo hecho, un gallo
cantó. Y nos les quedó otro remedio que aceptar la culpa
y devolverlas. Por ello es por lo que le dedicaron este pequeño
homenaje.
Descansados, decidimos seguir camino luchando contra el viento y el barro.
No paramos hasta la antigua leprosería de San Bol, hoy interesante
refugio. Retirado unos metros del camino, es un oasis en la soledad de
estos páramos. Lo visitamos, nos tomamos un café, descansamos
un rato y seguimos camino para rematar la etapa. Aunque queda muy poco,
se nos hacen larguísimos esos cinco kilómetros que faltan.
Por más que te acercas no ves Hontanas en la planicie. Te da el
desespero pues cansado necesitas de la ayuda visual, del saber que ya está
ahí. Pero nada, avanzas y avanzas y dudas si te la has pasado, de
si te has perdido. Subitamente aparece el pararrayos de un campanario entre
los campos. Poco a poco va emergiendo la torre, la iglesia y el pueblo
que está escondido en una vaguada. Cuando lo ves estás solo
a unos cien metros y el cielo se abre. No me quedaban ya ni esperanzas,
que se me ha hecho muy larga la etapa hoy con el viento en contra que se
me lleva, que peso muy poco.
El refugio es sensacional o quizá voy tan cansado que todo me parece
bien. Una restauración maravillosa a la que sólo le puedo
criticar los tapajuntas de plástico que han puesto a los azulejos
en esquina en vez de hacer un buen acabado, una buena entrega con inglete.
Pero es por hilar muy fino, que el albergue está muy bien.
Cuando estiro el saco en la litera veo a Txemari plácidamente tumbado
dentro del suyo en la cama de al lado. Algo se me hace extraño.
Recapacito. Se había quedado esta mañana en Burgos para acompañar
a la estación de trenes a Basia, que tenía que irse. Es decir,
ha salido bastante después que nosotros y no nos ha pasado nadie,
que somos los más rápidos. Y ya estaba aquí cuando
hemos llegado.
¡Ha hecho trampa!
Nos avalanzamos sobre él para que se explique y tras reconocer que
sí, que ha venido en taxi, nos cuenta la historia de que le ha mordido
en el tobillo un perro, traidor, canijo, canelo y mil leches. Se saca el
calcetín y nos enseña la herida, está muy preocupado.
Nos da la risa porque apenas tiene unas ligeras y pequeñas moraduras
allí en donde le ha intentado clavar los dientes. Le tomamos el
pelo pero se hace la victima, hasta cojea... Dice que caminaba tan feliz
cuando el muy traidor le ha atacado por retaguardia. Y sigue quejandose
y enseñandole el tobillo a todo aquél que encuentra. Los
demás, que ya sabemos de qué pie cojea y nunca mejor dicho,
le vacilamos y nos reímos mientras hacemos la cena. Y él,
que se deja querer, está feliz, radiante, con lo que llama herida
y su historia. Es como de sainete, pero le queda muy gracioso.
Tras comernos unos sencillos y energéticos spaghetti con tomate
y fregar los trastos, nos quedamos hablando hasta que el fuego de la chimenea
empieza a decaer y el frío nos obliga a irnos a descansar, yo con
dos mantas encima porque está cayendo una helada brutal y voy con
saco de verano. Inteligente que soy.
27.03.99. Sabado. (XV)
Hontanas-Fromista (344.10km):
Hemos dormido sensacional en la paz de un pequeño pueblo. Ningún
ruido nos ha molestado salvo posiblemente mis ronquidos a los demás.
Pero los que vamos ya me los perdonan por amistad e incluso se van acostumbrando.
Ya es de agradecer.
Con un café de máquina nos tiramos al monte, en donde hace
un frío que si no lo vives no te lo puedes creer. Es una exageración.
Llevo tapado todo el cuerpo, incluso los ojos con gafas de sol, porque
hace un día radiante de luz. Me hago la foto del día de esta
guisa y entre risas caminamos hacia Castrojeriz primero por un agradable
sendero y luego por una encantadora y solitaria carretera comarcal con
árboles en el arcén.
Al llegar a las ruinas del convento der San Antón no nos atrevemos
a parar mucho por las amenazas de tres perros enormes y feroces, que nos
ladran con verdadera rabia. Impresionan. Txemari no para ni a hacer fotos,
sigue disparado diciendo nosequé.
El arco por el que pasamos entre temibles ladridos es maravilloso, con
rosetones formados por cruces de Tau, simbolo de la orden.
Recuerdo lo que leí sobre el mal del fuego, que estos santos monjes
curaban, una especie de lepra que producía espantosos ardores, que
de ello le viene el nombre. Los peregrinos europeos que sufrían
esta terrible enfermedad circulatoria creada por el cornezuelo del centeno,
mejoraban al peregrinar a Santiago porque en la península comían
pan de trigo. Esto les hizo pensar que se debía a un milagro del
Santo Apóstol y acrecentó la leyenda por el mundo conocido.
Al llegar a Castrojeriz me paro para admirar el cucrero en Tau. Otra maravilla
del Camino. Dice la leyenda que era la marca que usaron los hebreos para
que el ángel exterminador no los aniquilase en Sodoma.
Como vamos con hambre buscamos un lugar en donde tomar algo. Hay suerte
y encontramos un bar maravilloso en donde hay unas tortillas sensacionales
y otros platos en los que se te va la vista. Devoramos con alegría
mientras Txemari enseña su herida a todos los presentes y cuenta
la historia del perro traidor que le atacó por retaguardia. No le
hacemos mucho caso porque estamos a lo nuestro, con una cotorra que anda
suelta por el bar y va diciendonos de todo. Es una escena medio surrealista
si mezclamos la comida, el pájaro, Txemari y su perro, el hambre
y el público que por allí pasa. Si cayera por aquí
un extraterrestre, seguro que se volvía a su estrella a la velocidad
de la luz, que esto ya no es muy normal.
Felices, nos enfrentamos a la subida del alto de Mostelares, en la que
el frío deja paso al sudor. Arriba nos hemos de tapar bien antes
de coger algo, de que nos de un pasmo. Al llegar a la vista del valle el
corazón palpita de alegría ante tanta belleza. Tras admirarlo
uno acepta que se ha de cruzar y que es muy amplio, muchos kilómetros.
Quedamos en reunirnos en la fuente del Piojo iendo cada uno a su ritmo,
en sus cosas.
Me da la risa al cruzar una pista forestal porque paro y miro a izquierda
y derecha antes de atravesarla. Por aquí el último vehículo
que pasó seguramente lo hizo ayer y sería un tractor, eso
con suerte y mucho tráfico. Pero cuando uno está en otras
cosas, es la rutina, los hábitos, los que la mente usa para seguir
abstraída.
Veo varias parejas de codornices y un conejo o liebre, ágil y precioso,
que se escabulle entre las matas. La pequeña fauna salvaje que nos
acompaña en nuestro devenir colabora en el desarrollo de la admiración
por la naturaleza que nos rodea. Nosotros, habitantes de gran ciudad, que
poco animal libre conocemos.
Mientras bebemos agua planteamos el recorrido y seguimos juntos. Al pasar
por la ermita de San Nicolás, como está cerrada seguimos
hasta el puente medieval sobre el Pisuerga para admirarlo. El río
va crecido. Entramos en la provincia de Palencia en donde deberemos enfrentarnos
a las grandes planicies.
Sigue el frío, el viento es gélido. Caminando se entra en
calor pero a la que paras te la juegas, te entra la helada por donde puede
y te deja sin moquita porque la hiela.
En Itero de la Vega encontramos un bar en el que nos dan unas alubias blancas.
Tienen para dos y somos tres. Quedamos en repartirnoslas para ir matando
el gusanillo. Cuando nos damos cuenta, Txemari se ha quitado la bota y
el calcetín y le está contando la historia del perrillo a
la chica de la barra. Lukas y yo nos ahogamos de la risa y le decimos que
haga el favor de dejar esa historia o se va a quedar sin comer.
Hasta Boadilla el camino es fácil. Vamos relajados, tranquilos,
hablando de nuestras cosas, pensando en todo aquello que nos bulle en la
cabeza. Cuando vemos el pueblo desde un alto, el caminar se nos hace más
alegre. Al cabo de un rato me doy cuenta que vamos como un tiro y aprieto
el paso para ver si Lukas me sigue. Así comenzamos una carrera en
la que devoramos los kilómetros. Esperamos a Txemari en la fuente,
que claro, nos dice que va lesionado por lo del mordisco y no puede hacer
semejantes salvajadas. Bebemos y nos vamos a admirar el rollo de justicia.
Intentamos visitar la iglesia de Santa María pero está cerrada.
Así que nos vamos al bar de la señora Maruja en donde yo
me tomo unas rosquillas de pueblo que están buenísimas y
un buen vaso de leche. Es la hora de la merienda y hay que reponer energías,
que esta etapa es muy larga.
A partir de ahí es un agradable paseo por la sirga original a la
vera del Canal de Castilla, maravillosa obra que quizá fuera ahora
utilizable en el mundo turístico. Las compuertas y esclusas son
un espectacular monumento a la ingeniería del XVIII.
Este lugar promete mucho con tanta iglesia, todas tan interesantes, pero
primero vamos a instalarnos al refugio, pues vamos muy cansados. No hay
nadie y está cerrado. Esperamos quizá un par de horas sentados
en un banco, congelados, mientras van llegando el resto de los peregrinos.
Cuando conseguimos entrar se nos cae el alma. No he visto un albergue en
todo el Camino tan abandonado como este. Con catres de somieres destrozados
en los que es imposible dormir, colchones vergonzosamente mugrientos, aseos
impresentables en los que por no haber no hay ni espejo. Un terrible olor
remata el ambiente. Cuando vamos a visitar San Martín, en la que
hace tanto frío que no podemos quedarnos mucho tiempo, coincidimos
en que no nos hemos ido a una pensión u hotel porque, de puro cansados,
no hemos sabido reaccionar.
Cenando nos cuentan que el nuevo refugio está terminado hace tiempo,
pero que no se inaugura porque se dice que todos los hoteles y pensiones
del lugar son del alcalde y claro, no le interesa. Nosotros que ya llevamos
unas dos semanas fuera del mundo, nos parece una atrocidad que los intereses
puedan hacer que los peregrinos hayan de pasar por semejante experiencia.
En la sobremesa, una pareja de peregrinos comenta que no les ha gustado
la iglesia de San Martín. Que la restauración que se hizo
a finales del XIX (1895/1896 y 1901) por Ánibal Álvarez es
polémica lo sabe cualquiera que se haya interesado por el románico
palentino o por el arte en el Camino, pero de ello a decir que no te gusta
la iglesia hay un abismo. He oido pocas barbaridades como esta que no demuestra
sino una tremenda falta de sensibilidad artística, fruto de la vulgaridad
y mediocridad de la ignorancia.
De vuelta al refugio, tiro el colchón al suelo y trato de descansar,
que no de dormir, embutido en mi saco. Los demás se mueven mucho
por lo que supongo que aquí no duerme nadie a pesar de ir todos
muy cansados.
Vaya asco.
28.03.99. Domingo. (XVI)
Fromista-Carrión de los Condes (363.30km):
La noche ha sido asquerosa, repugnante. Quizá nadie ha dormido
bien.
Hemos salido disparados con el primer rayo de luz. Hemos desayunado tranquilos
y bien y dado que la etapa es corta, nos quedamos a visitar las iglesias
maravillosas. Sigue haciendo mucho frío pero el sol luce y no corre
el aire asesino que ayer andaba suelto por el valle.
El andadero es aburrido pero es una maravilla cuando recuerdo las etapas
por el arcén de la Nacional, con enormes camiones que te arrastraban
en su flujo. No hay mucho tráfico, es Dominmgo de Ramos y la gente
debe andar tranquilita, vagueando por casa.
Al llegar a Villalcazar de Sirga a no sé quién se le ocurre
decir aquello de cervecita el último con lo que nos ves corriendo
a los tres, con mochilas, bastones, botas y demás. Pierde Txemari
que, claro, va lesionado por lo del perrillo. Con ella nos tomamos un buen
trozo de tortilla de patatas. Nunca había comido tanta en mi vida.
Pero está buena si bien no creo que sea muy energética. Pero
reirnos, sí que nos reímos. Y mucho.
De allí nos vamos a visitar Santa María la Blanca ante la
cual le cuento a Lukas lo poco que de ella sé. Nos impresiona la
majestuosidad, su serena belleza y el hecho de haber sido afectada por
el terremoto de Lisboa, tan lejano.
El hecho de que fuera una de las encomiendas templarias en el Camino, de
que Alfonso X dedicara varias de sus cántigas a la Virgen Blanca
que se halla en su interior y la fama de sus milagros, hace que este lugar
tenga una gracia añadida a la de su magnífica estética.
Seguimos por el andadero y al cabo de una hora hemos llegado a Carrión.
Buscamos el refugio, que está muy bien y, tras la ducha, nos vamos
a visitar el lugar. Vamos muy frescos por haber andado hoy muy poco y muy
tranquilos.
Nos encontramos de nuevo con Alfonso, al que perdimos hace unos días.
El Camino es así, dejas atrás o te adelantan peregrinos que
al cabo de unos cuantos días o quizá semanas, vuelves a encontrar.
Podría ser que un sólo pueblo te separe hasta que la casualidad
o el destino nos reúna de nuevo.
Como es pronto organizamos una partida de parchís y allí
estamos, luchando por ganar, mientras Txemari le explica a Alfonso lo de
su tobillo entre grandes aspavientos y multiples risas.
El Camino nos va uniendo a la vez que vamos haciendo kilómetros.
Aunque muchas horas las pasamos en soledad, caminando ajenos a los demás,
hay un espiritu colectivo que de alguna forma nos hermana, profundamente.
Decía una peregrina alemana que el sufrimiento une a las almas.
Probablemente haya algo de razón en este pensamiento, aunque no
sepa dar una explicación racional al por qué.
Terminamos en misa en donde recogemos romero que se ha bendecido esta mañana.
Conocí una vez a un suizo, ateo profundo, que cuando peregrinaba
a Santiago acudía a misa todos aquellos días que podía.
Decía que le ayudaba en la catarsis personal que sufría en
el Camino.
La hospitalera, hermana del párroco, nos advierte de que ni se nos
pase por la cabeza llegar después de las diez. Cenando se nos hace
tarde y nos aparece en el bar y en jarras nos conmina a salir disparados
para el refugio. Muertos de la risa obedecemos mientras Txemari se queda
a medias explicandole su problema a la chica que nos cobra. Viene con un
calcetín en la mano y protestando.
Y hoy si que caemos dormidos pronto, aunque no vayamos muy cansados.
29.03.99. Lunes. (XVII)
Carrión de los Condes-Terradillo de los Templarios (389.50km):
Salgo temprano a desayunar. Me siguen Txemari y Lukas. Amanece un día
de sol, de cielos de Castilla, azules y próximos, hermosos. El aire
es transparente como en Persia, como en las tierras altas.
Al salir de la villa sentimos el aire, que hoy es fuerte. Al cruzar el
puente a la vista de San Zoilo, se le vuela la gorra a Lukas. Tras un trozo
urbano, llegamos al campo y allí si que se nota el viento. Parece
que viene de frente, así que a mi me va a costar caminar.
Al rato aparece la Vía Aquitania, famosa por ser la ruta original
y por ser una inacabable recta de 18 kilómetros en los que no hay
nada para entretenerse salvo una encina.
El cielo comienza a cubrirse y al rato cae una fina lluvia. Cuando las
gotas se hacen mayores ya hace frío y con la fuerza del aire hacen
daño en la mejilla. Y no para, parece que hoy no va a ser un paseo.
Quedamos en tomar algo en Calzadilla de la Cueza y seguimos cada uno a
nuestro ritmo. Enseguida me quedo rezagado porque el viento se me lleva,
he de luchar para avanzar. Ellos son más pesados y van mejor. Los
veo enpequeñecerse en el horizonte. Es una sensación extraña,
sintiendo la soledad de la meseta, la lluvia golpeando mi cara, el viento
que intenta llevarme hacia atrás. Hay un momento en el que me siento
como Miguel Strogoff, luchando por la estepa. Imaginación no me
falta.
Miro atrás y no veo a nadie, miro al frente y tampoco. Estoy solo
con mis alegrías, con mis problemas, con mis miedos y traumas, con
mis recuerdos y sueños. Pero lo importante es que estoy y que no
me rindo, que sigo avanzando por mucho que me cueste, por mucho que me
quede. En el Camino y en la vida.
Es inevitable en un espacio como este pensar, meditar, recordar. Creo que
pasado el tiempo en el que el cuerpo se iba fortaleciendo durante la primera
parte, quizá hasta Burgos, le ha llegado el momento al desarrollo
del carácter, de la voluntad. No son etapas difíciles estas
que se hacen por Castilla, pero son muy duras para los que no posean una
buena mente. Es la segunda fase, la segunda progresión.
Llega un momento en que he de parar a descansar, a beber un poco de agua
y a secarme la cara. Las gafas hace horas que las he tenido que guardar.
El viento me va quitando las fuerzas poco a poco, la lluvia sigue y el
frío me va rematando. Por algo sería que me he acordado de
la novela de Jules Verne cuando hace tantísimos años que
la leí.
Al no haber nada, es dificil tener referencias de avance. Da la sensación
de que andas y sigues en el mismo lugar. Si te abandonas a este pensamiento,
te agobias, te desesperas.
Veo aparecer la encina a mi izquierda. Me entretengo viendo cómo
me acerco, cómo sí que hago camino aunque no lo parezca.
Lamento que el viento no me deje oir el sonido de mis pasos sobre la calzada,
pues la soledad sería más absoluta, más interior.
Si sudo y hace frío, esto en verano debe de ser aterrador. Un sol
de justicia debe quemar desde primeras horas y ni la brisa de verano creo
que lo haga más llevadero.
La encina se queda atrás, sola, aislada. Me pregunto qué
sentirá en tan tremenda soledad, dias tras día quieta, firme,
anclada en el lugar en el que fué a nacer. Noche tras noche viendo
las mismas estrellas, el mismo cielo. Serena inteligencia la de los vegetales.
Ya no sé cuántos kilómetros llevo. El podómetro
me habla de muchos, pero no llego a ninguna parte. Pienso en que he podido
ser transportado a otra dimensión, a otro mundo. Me dan escalofríos
sólo de pensarlo.
Al rato, cansado pero entero de mente, llego a la vista de unas casas.
Supongo que es Calzadilla y aunque el viento no me lo pone fácil,
aligero el paso. Protegido por las casas parece que vuelo. Busco un bar
para beber algo y me encuentro con Txemari y Lukas. Este me cuenta que
Txemari ya les ha contado a todos los presentes lo del perro que le mordió
en Burgos.
Decidimos comer y hacer un descansito, que la mañana ha sido larga
y dura. Nos tomamos un menú en el que de primero hay unos garbanzos
que nos entran con alegría. Me va a dar la ñoña después
con tan abundante comida. Estamos desmedidos, hoy hasta café nos
tomamos.
Pero acabamos saliendo al Camino de nuevo. Es como un vicio, ya no sé
estar quieto, necesito caminar, avanzar, ver, conocer. Pienso en cómo
he viajado toda mi vida, deprisa, hoy aquí y mañana muy lejos,
de hotel en hotel sin apenas hablar con las gentes, sin haber un tiempo
y un mundo entre el aquí y el allá. Qué gran diferencia.
No sé si podré volver a ser el mismo, si podré ver
el mundo tal como antes lo hacía.
Sé que lo respetaré aún más, que lo admiraré
en toda la distancia, no sólo origen y final. Creo que a partir
de ahora me será muy dificil no viajar andando si tengo tiempo y
salud.
El viento ha calmado y puedo caminar mejor. Además la comida me
ha devuelto la enegía que había consumido por la mañana.
Antes de llegar a Ledigos oigo gritar a Txemari que viene por detrás.
Me dejo alcanzar y con cara de agobio me pregunta si me queda papel, que
tiene un apretón, que los garbanzos le piden libertad. Hay suerte,
le paso el rollo y se va hacia unas matas altas. Vuelve sonriente, feliz
y comenta lo traidor que le ha resultado el potaje.
Nos encontramos a la entrada de este pueblo con Alfonso y los peregrinos
a los que no les gustó San Martín de Fromista. Les oigo un
par de sandeces más y como no estoy aquí para tales menesteres
sigo hacia Terradillos de los Templarios. Un paseo agradable en soledad
en lo que ha quedado en una tarde de primavera. Pregunto por el refugio
a un amable abuelo que me lo indica. Hablamos un poco, me enseña
tres cosillas y tras despedirme me acerco y llamo. Me abren, pacto, acepto
y me enseñan un cuarto con sabanas y mantas. Un lujo por cuatro
duros.
Me ducho y bajo a tomarme un refresco. Al cabo de un rato van llegando
los demás. Somos diez al final, pero un par deciden dormir al raso
porque les parece caro. Me ofrezco a ayudarles para que puedan dormir en
una cama y a cubierto y he de oir otro par de barbaridades, ofensas gratuitas.
En vista de que ni en el Camino tienen algunos sensibilidad o gratitud
ya que no elegancia o al menos educación, les dejo a su aire y me
vuelvo a la cocina del refugio, en donde hay libros y ya han encendido
la chimenea, que empieza a caer la helada nocturna. Cenamos en un ambiente
enrarecido gracias al comportamiento de aquellos, mientras Txemari trata
de arreglarlo. Lukas como no habla castellano me pregunta con los ojos.
Alfonso tiene cara de paciente y resignado. Dada la situación, me
cojo el libro que he encontrado y me subo a mi cuarto. Al rato estoy muerto
de frío y de sueño, así que me pongo unas cuatro mantas
encima y me echo a dormir. Cuando se me pasan las tiritonas, caigo en el
más dulce de los sueños.
A media noche veo pasar un fantasma. Es Lukas que va al baño envuelto
en dos o tres mantas, porque el frío que hace es increíble.
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