
30.03.99. Martes. (XVIII)
Terradillo de los templarios-El Burgo Ranero (421.50km):
A primera hora ya estoy desayunando mano a mano con la hospitalera.
Me comenta que dado lo bordes que pueden llegar a ser algunos, también
entre los peregrinos se puede dar algún mal nacido. Coincidimos
en que es parte de la vida, parte del Camino, y que hay que tener paciencia
cuando con ellos te encuentras.
Van apareciendo en fila india los que aquí hemos dormido y cuando
oigo otra barbaridad, una tontería más, me levanto, pregunto
por dónde sigue el Camino, me despido y me voy. Que mejor estoy
solo que mal acompañado.
Dado el desequilibrio que me han creado las estupideces que he tenido que
oir, voy como un tiro. Supongo que la velocidad a la que avanzo es un desahogo
físico al mal humor. De esta forma llego a la vista de Sahagún
en un momento. El camino era agradable en un día frío y sin
viento, de buena luz.
Me desvío para visitar la ermita de la Virgen del Puente y doy un
rodeo espectacular sin conseguir llegar a ella. Veo a lo lejos cómo
todos me adelantan al seguir la ruta bien derechitos. Bueno, quizá
me he hecho unos tres kilómetros más y he pasado de ir el
primero y de mal humor a ir el último y muerto de la risa. Alcanzo
a Lukas y le convenzo para ir al centro de Sahagún y tomarnos algo.
Encontramos un bar en la plaza en el que nos tomamos unos huevos fritos
con patatas ricos de verdad. De allí a visitar las iglesias. En
la de San Tirso nos encontramos una chica encargada de la venta de tickets
y postales que al oirnos hablar en inglés y comprarle las entradas
en castellano nos pide ayuda con la traducción que está haciendo.
Entre risas, porque mira que era difícil, se la dejamos lista y
se brinda por agradecimiento y coquetería a ayudarnos para conseguir
permiso para que nos enseñen la imagen de la Peregrina y sobre todo
la de la Virgen del Garrote, que en realidad se llama nuestra Señora
del Amparo. La seguimos. Es una mujer guapa, abierta, simpática
y de buena conversación. Un placer pasear con ella, mucho mejor
que con Txemari o con Lukas, que os voy a contar que no sepais. Gracias
a sus buenas maneras y a que la conocen, podemos ver las imagenes. Somos
unos afortunados, por su ayuda y compañía y porque son pocos
los que lo logran. Verlas, me refiero a ver las tallas.
Cruzado el río y tras recordarle las leyendas del lugar a Lukas,
seguimos tranquilos. En un principio no es un discurrir agradable ya que
se va junto a la carretera. Se pasa luego por un arcén muy puesto
y ordenado, con arbolitos muy jovenes que cobijarán bajo su sombra
a los peregrinos del XXII, que ahora, recién iniciada la primavera,
justo dibujan lineas rectas cual las de los centímetros en las reglas,
que de tan recto que todo es aquí, tal parece. Me entretengo en
calcular la distancia que marcan y con ello la velocidad a la que avanzo.
Pero no estoy para pensamientos tan matemáticos y poco estimulantes
en un lugar tan minimalista y bello como este, en el que el horizonte se
pierde en el cielo con unas lejanísimas montañas que rompen
la horizontalidad. El andadero es cual moderna frontera africana, recta
de tiralineas y sólo los ocasionales bancos rompen la pureza de
la linea. Es un lugar casi zen si así lo quieres ver. La belleza
de la nada, el valor del no ser. Es un buen lugar para meditar mientras
el sonido de mis pasos recita un mantra largo y sereno.
No sé quien me dijo que el Camino es como la vida. Caminamos hacia
una tumba. Y nos enseña la lección de que cuanto menos peso
llevemos, más ligeros avanzamos. Es verdad, hay un parecido increíble
entre ambos, son como una imagen reflejada en un espejo que la reduce o
amplía según se mire desde el existir o desde la ruta a Santiago.
Visto desde este concepto, todo tiene explicación, todo tiene una
razón en nuestro caminar, en nuestro vivir. Todo.
Me pierdo en mi mente y cuando me doy cuenta veo que Lukas ha desaparecido.
Perdidos en nuestras cosas hemos caminado a ritmos diferentes y el correr
del tiempo ha hecho el resto. La verdad es que no sé si va delante
o detrás, que tan perdido iba en mis cavilaciones.
Al rato, pasado Bercianos, nos reunimos y seguimos juntos. Otra recta junto
a la carretera comarcal por la que no pasa nadie. Cuando más serenos
vamos, me da una taquicardia. Desde que empecé a cuidar a mis padres,
desde que enfermaron y fueron marchitandose, empecé a sufrir alteraciones
del ritmo cardiaco, taquicardias, arritmias. Llevaba unos meses con el
pulso bastante estable hasta que hoy me ha dado otra vez el patatús.
Me quito la mochila, la uso como almohada y me tumbo sobre la hierba. Me
relajo. Parece mentira que después de estar casi veinte días
en el campo, casi tres semanas sin estrés, me pase esto. Pero no
hay nada salvo la muerte que no tenga solución y al cabo de unos
minutos y con un gran extrasístole, todo vuelve a la normalidad.
Me calzo la mochila y le explico a Lukas lo que pasa. Y tan ricamente seguimos
hasta El Burgo Ranero.
Me sorprende la belleza de la calle mayor, con edificios maravillosos de
adobe. El conjunto es sensacional. Le explico a Lukas lo poco que sé
de construcción en este primitivo e importante material. Tengo muchas
lagunas, he de reconocerlo y por ello no paro de mirar las casas, la estructura,
las soluciones adoptadas, las entregas, los resultados obtenidos y la forma
de envejecimiento de este material. Mucho para ver y aprender para una
mente curiosa. Mucho para admirar por la belleza de su sencillez.
El refugio es sensacional. Está abierto aunque el hospitalero no
ha llegado aún. Nos inscribimos e instalamos. Si de algo me quisiera
quejar, sólo lo podría hacer de la estética del sello.
Pero gracias a que no hay nada perfecto, disfrutamos de lo bueno. Es como
las sombras, que nos ayudan a ver las formas y a admirar la luz.
Nos vamos para el bar y nos tomamos una cañita. La tabernera es
picarona y divertida. Le compramos patatas fritas y pipas y nos volvemos
al refugio a tomar el sol de una agradable tarde de primavera. Nos damos
cuenta de que el cuerpo nos pide sal. No sé demasiado de medicina,
pero supongo que se debe a que la necesitamos para retener los pocos líquidos
que nos quedan. Porque sudar, sudamos mucho a pesar de ir en camiseta.
Estamos en Semana Santa y se empieza a notar. Aparecen turistas, peregrinos
de tres días y sobre todo ciclistas, muchos ciclistas. Supongo que
se hacen el camino entero en las vacaciones. Van en grupos, algunos muy
numerosos, De alguna forma nos desequilibran ya que al reunirse tantos
amigos, la excitación, la alegría, la necesidad de gritar
para oirse produce mucho ruido. Son como ajenos al Camino que hasta ahora
hemos conocido. Seguramente también es otra forma de hacerlo, mental,
psíquica, fisicamente. Son dos mundos que se reunen en los refugios,
con fluidez en ocasiones, con roces otras.
Todos los que vamos por el Camino a Santiago somos peregrinos. Cada uno
lo entiende de una forma, como puede, como quiere. Todas son respetables,
muchas interesantes, algunas admirables.
31.03.99. Miercoles. (XIX)
El Burgo Ranero-Leon (458.70km):
Amanece el día con buen sol. Cielo despejado y nada de aire.
No hace frío temprano en la mañana lo que nos hace pensar
que será un día de calor. Las cigueñas andan por las
charcas. No sé si en busca de ranas o refrescandose.
La etapa será larga, ya que los tres hemos decidido llegar hasta
León y pasar allí un día de descanso, de turistas.
La ciudad lo merece.
Hasta Reliegos vamos como una rosa. La temperatura es primaveral, muy agradable,
y vamos frescos después de haber descansado bien. La verdad es que
ha sido una buena noche en un excelente albergue, con muchos peregrinos
pero todos respetuosos con los demás.
En Mansillas repetimos desayuno. Un croissant y un café con leche
para tapar agujeros. Tras ello, en la plaza, tomando un rato el agradable
sol, se nos acerca la hospitalera del lugar. Quiere que nos quedemos allí.
Bueno, en realidad quien quiere que se quede es Lukas, que me parece que
le ha gustado. Nuestro amigo se deja querer un rato, que a nadie le amarga
un dulce, y al cabo seguimos, que nos queda mucho y el calor empieza a
apretar.
Nos pasan muchos ciclistas durante estos kilómetros. A saber hasta
dónde llegarán hoy. Caminando todo parece que fluye a tu
alrededor a una velocidad vertiginosa.Vamos tan despacito, paso a paso,
metro a metro, que el mundo nos adelanta. Este concepto Einstein me lo
rebatiría, que a mayor velocidad el tiempo discurre más lentamente
según afirmaba, pero la sensación es justo la opuesta.
Vamos pasando colinas y valles, sudando la gota gorda porque empieza a
hacer calor de verdad, de verano. Nos hemos quedado sin agua y paramos
allí donde podemos para beber algo. Pero lo sudamos enseguida. Vamos
empapados. Es un día duro, de sufrimiento. Pero si hacemos caso
a Dostoievski, sufrir es el único origen de la conciencia. Si es
así, hoy nos vamos a enterar.
Llega un momento en el que el cansancio se apodera de nosotros y seguimos
por voluntad, que las fuerzas se nos están iendo. Es la maldición,
la erótica la definen algunos, del kilómetro 30. En los marathones
es en este punto en el que te enfrentas a la pared, en donde las fuerzas
se te van, en donde el glucógeno se acaba y empiezas a metabolizar
grasas. Es la muerte, es el sufrimiento absoluto, el éxtasis.
La mente es más fuerte que el cuerpo y dice que sigamos. Estoy acostumbrado
al esfuerzo, a sufrir sin darle demasiada importancia, pero hoy he de realizar
un ejercicio de voluntad para continuar. Tenemos a la vista las torres
de la Catedral pero nos cuesta avanzar. El entorno es desagradable al entrar
a esta maravillosa ciudad por nudos de carreteras.
Creo que cuando acompaño a Lukas al refugio de las Benedictinas
ya no nos queda ni sangre en el cuerpo. Me sellan y sigo, que todavía
he de cruzar toda la ciudad hasta San Marcos, antiguo hospital de peregrinos
y magnífico Parador hoy en día. Al igual que hice en Santo
Domingo, elegí este lugar por ser la verdadera historia del Camino.
Y los lujos son más cuando uno lleva tantos días de austeridad.
Me cuesta llegar. No me miran con muy buena cara en recepción, supongo
que porque voy sucio y desastrado. En el cuarto me tiro a la nevera y me
bebo cuatro botellines de refresco, uno detrás de otro, seguidos.
Me doy cuenta de que he llegado deshidratado y de que quizá me he
forzado demasiado. Con un último esfuerzo me hago la foto del día.
No acabo de recuperarme y llega un momento en el que me pregunto si debería
llamar a un médico. Pero poco a poco voy volviendo a la normalidad,
voy recuperando el bienestar perdido en un enorme cansancio.
Paso quizá una hora con los pies en alto hasta que estoy listo para
la ducha. Ahí me pierdo disfrutando. Es de dos alcachofas, una fija
y otra tipo teléfono, que me permiten masajear todo mi cuerpo durante
un prolongadisimo rato. Gloria bendita.
Cuando me seco ya me encuentro bien. Necesito algo dulce así que
salgo como un tiro a por una pastelería. En recepción me
encuentro a Txemari que está preguntando por mí. Ha alquilado
un cuarto en un hotel muy próximo. Así que juntos, comentando
las anecdotas del día, nos vamos a tomar un chocolate con churros
y a hacer una rápida visita a la Catedral, que mañana ya
nos la miraremos bien a gusto.
Buscando un lugar por el Barrio Húmedo para cenar, nos encontamos
con Lukas que intenta lo mismo. Nos quedamos sorprendidos de la atmosfera
que hay por las calles. Nos impresiona la belleza y desparpajo de las chicas.
O llevamos muchos días por el monte viendo ovejas o las mujeres
de esta tierra son guapísimas. Y no nos hemos tomado ni un clarete,
ni una cañita. Nos hacen olvidar la etapa de hoy y nos dibujan una
sonrisa en los ojos.
Terminamos tomandonos una morcilla del país que está para
morirse de rica y un chuletón descomunal en un lugar en donde la
amabilidad de camareros y dueño, el buen precio y el excelente ambiente
nos dejan plenamente satisfechos.
Es al pagar cuando nos entra la ñoña.
Así que cada mochuelo a su olivo y rapidito, que casi no llegamos.
01.04.99. Jueves. (XX)
Leon-Leon (465.95km):
Disfruto del día de descanso. Dormir solo es un lujo tras tres
semanas de hacerlo con desconocidos en salas comunales. Me despiertan con
sus trinos los mirlos que anidan en los jardines del hotel. Aprovecho la
ocasión y me tomo mi tiempo en el despertar. La maravillosa ducha
me deja listo para disfrutar de otro día de vida. El desayuno siendo
buffet como el del Parador de Santo Domingo, no me motiva tanto. Termino,
me lavo las manos de mermelada y me voy al centro. Me compro un periodico
y lo hojeo mientras me tomo otro café. Un lujo que no valoramos
en nuestro diario discurrir. Cuánto he de aprender de este Camino,
cómo voy a valorar las cosas sencillas a partir de ahora. No he
de olvidar la lección.
Me voy hacia la oficina de turismo y pido información. Una azafata
encantadora me indica todo lo muchísimo que se puede visitar en
esta maravillosa ciudad. Empiezo por la Catedral que la tengo enfrente.
Me lleva un rato entrar porque hay mucho que ver fuera, mucho que leer.
No me canso de admirar tanta belleza. El sol empieza a calentar, así
que me voy para dentro, que supongo que se estará fresquito. No
me lo puedo creer, tanta luz, tanto color en una catedral aérea,
un milagro de la arquitectura. Me siento como si estuviera dentro de un
caleidoscopio. Paso mucho tiempo admirando las soluciones que los maestros
adoptaron para sostener tal maravilla. Admiro su sabiduría para
construir una maravillosa estructura que además de ser funcional
es inenarrablemente formal y extraordinariamente sutil.
Tras pasearme las naves, y vidrieras una y otra vez, me meto en el Museo
de la Catedral. Tanto arte me llega a embotar. Siempre lo he dicho y lo
vuelvo a repetir, no comprendo cómo los turistas se pueden pegar
semejantes panzadas de arte. Viviendo de él, trabajando en él,
no puedo a partir de un punto, me saturo. Quizá el románico
y el gótico me permitan, por su simplicidad aparente, aguantar más.
Pero en llegando al plateresco, renacimiento, barroco, etcetera, me empacho
y he de salir o lo aborrecería. Soy de los que piensan que hay que
ver poco y saberlo valorar, admirar, disfrutar.
Así que me voy fuera antes de que me de el ataque y me calmo a la
luz del sol de primavera. Aprovecho para pasear por la ciudad, tomar algo
y admirar fachadas relajadamente. Llamo a Txemari y quedamos en encontrarnos
en la cafetería del San Marcos. Así le enseño la parte
que los turistas no pueden ver.
Me entretengo hasta que llegue la hora dibujando en mi cuaderno detalles,
entregas, soluciones, secciones del claustro. La temperatura es agradable
y la paz completa. El silencio lo alegran los trinos de los gorriones.
Qué momento tan delicioso. Siempre me han gustado los patios por
lo que supone de recogimiento interior. Semióticamente se podría
hacer una lectura interesante, Cuando en mis sueños diseño,
proyecto mi casa ideal, la dibujo cerrada al exterior con un amplio espacio
interior lleno de luz. Quizá es expresión de individualidad,
de mundo interior, que soy solitario.
Txemari me saca de mis ensueños y entre risas me trae de vuelta
a la realidad. Ha cazado a Lukas por la calle y no puedo hacer otra cosa
que sonreir al oir el idioma que hablan, un chapurreo entre castellano,
euskera, inglés y alemán, todo mezclado y revuelto, con un
punto de francés, para darle un algo elegante, me dicen (Txemari
habla castellano, euskera, francés y algo de inglés, más
bien poco. Lukas, alemán, inglés y un poquito de francés.
Y las cuatro palabras que le hemos enseñado de castellano) Parece
increíble pero se entienden. Otro milagro del Camino.
Se nos acercan en la cafetería una pareja de turistas y nos preguntan
si somos peregrinos. Les invitamos a sentarse con nosotros y acabamos en
amena y entretenida conversación. Les sorprende nuestro mundo, admiran
el valor de ponerse en camino. Creo que ninguno de nosotros le damos importancia
a este hecho, que la sarna con gusto no pica. Creo que los tres estamos
disfrutando, aprendiendo mucho en esta pequeña aventura que es el
peregrinar.
Cuando nos vamos a cenar comentamos y coincidimos los tres en que nos sorprende
el actuar de los demás, los que siguen viviendo en la normalidad.
Qué lejos estamos ya del mundo, cómo han cambiado nuestras
vidas, nuestros puntos de vista. Y sólo llevamos tres semanas perdidos
por los campos, sin otra preocupación que la de caminar y dejar
que la mente avance.
Repetimos el restaurante de anoche porque quedamos plenamente satisfechos.
Se mueren de la risa cuando nos ven volver. Dicen que hemos hecho trampa,
que hoy no hemos caminado. Cuando les respondemos que esta ciudad es demasiado
bonita como para pasar de largo se inflan de satisfacción y nos
invitan a una copa de vino. Buena gente y excelente cocina.
Y así, entre risas y algún comentario serio y profundo, pasamos
agradablemente la velada. Cuando se nos hace tarde, y ya parecemos gallinas
porque le llamamos tarde a las diez, vamos desfilando hacia nuestros hoteles,
que mañana volveremos a nuestra realidad.
02.04.99. Viernes. (XXI)
Leon-Villar de Mazarife (487.55km):
No salgo pronto, la etapa no es muy larga. A estas alturas del peregrinaje,
veinte kilómetros es un corto paseo. El clima es agradable. No hace
ni frío ni calor y no hay aire que moleste.
Ayer quedamos que iríamos los tres a Villar de Mazarife. Porque,
aparte de otras consideraciones, el camino que allí nos lleva no
va por la carretera.
En el puente que cruza el Bernesga me quedo un rato viendo su fluir. Me
atrae su movimiento, las formas que toma. Al igual que hay quien se pierde
en la contemplación de un fuego, yo me ensimismo en la de las aguas.
Hay gente para todo.
Toda ciudad tiene sus arrabales y polígonos. Es el peaje a pagar
por recobrar la libertad del campo, los espacios abiertos. León
no es una excepción y hasta la Virgen del Camino es un discurrtir
entre bloques, talleres y almacenes.
He caminado unos siete kilómetros urbanos, así que me meto
en el primer bar que veo y me pido un bocadillo y un café. Al poco
entra Lukas. Es increíble cómo acabamos coincidiendo habiendo
tantas posibilidades. Txemari aparecerá por algún otro lugar,
no hay cuidado.
Al girar por la opción de la izquierda, hacia Oncina de la Valdocina
se entra en un paisaje suave y agradable. Las guías lo definen como
páramo leonés, pero el sendero que recorre este campo de
suaves colinas se me hace placentero. Iendo descansados tras nuestra jornada
turística por León, esto es un paseo. Corto, suave, agradable
y con buena temperatura y compañía. No se puede pedir más.
Es temprano y ya hemos llegado a Chozas de Abajo. No queda nada hasta nuestro
destino de hoy así que decidimos parar a tomar un refresco y descansar
un rato. Vamos al único bar del lugar que es más bien un
local social y tras descargar los mochilones nos pedimos un refresco. Vamos
sedientos así que optamos por la oferta de limonada del lugar. Tiene
un color bonito, tirando a rojizo. Suponemos que tiene algo de cola. La
chica que nos las sirve es picarona pero tiene a todos los clientes firmes.
Nos la empezamos a beber con un trago largo, prolongado, que entra bien,
fresquita. En ello estamos cuando un fuego nos quema la garganta y ambos
empezamos a toser, a llorar. Los lugareños nos miran con cara de
sorna. Preguntamos qué le han puesto para que sea tan fuerte y nos
dicen que la receta de la casa, es decir, orujo, vino y un poquito de limonada.
Para matarlos. Todos se rien de nosotros mientras los abuelos del local
se beben unos vasos enormes que contienen una bebida color butano que debe
ser gas mostaza con ginebra, por lo menos.
Le pido a Lukas que me haga la foto del día, es el momento. Cuando
acabamos lo que nos han dado nos entra la ñoña. La hora,
la temperatura y el hartón de alcohol que nos hemos metido nos dan
sueño. Y allí nos quedamos los dos, amodorrados como los
jubilados, en un duermevela de hora de la siesta, al que no le faltan ni
las moscas de pueblo, pesadas, para completar la imagen costumbrista. En
estas estábamos cuando aparece Txemari. Anda sediento y se pide
una limonada. Lukas y yo nos callamos como muertos y, como todos los presentes
en el lugar, esperamos a ver qué sucede, con la malicia brillando
en nuestros ojos. La escena se repite. Tos, llanto, exclamaciones y la
consabida pregunta sobre de qué diablos está hecho esto.
Todo exagerado por el punto histriónico que tiene nuestro amigo.
Tras las risas le entra el sueño, pero no le dejamos caer en la
tentación, le hacemos levantarse y seguir, más por hacerle
rabiar que por otra cosa. Ya lo decía hace unos días, nos
comportamos como niños, y como ellos vivímos, aparentemente
felices, que la procesión va por dentro.
En un momento llegamos a Villar de Mazarife. Ha sido un paseo agradable.
Nos miramos el mural que levantaron los ceramistas del lugar a la entrada
del pueblo y buscamos el refugio. La hospitalera es amable y cariñosa,
el albergue humilde y sencillo, pero sería precioso si se restaurase,
con su patio y balconada interior.
Nos vamos a visitar el museo de Monseñor, artísta del lugar.
Me comenta que por aquí pasó Silvia, la guapa periodista
que me entrevistó en Belorado. Me persigue su recuerdo. En estas
estamos cuando ve mi cuaderno de viaje y lo admira. Creo que no es para
tanto, pero valora mi mano. Me pide una acuarela o dibujo. Quedo en que
se lo hago y nos vamos al Mesón Rosi.
Allí nos recibe la señora del local. Cariñosa, maternal
la definiría, amable y servicial, nos sirve unos refrescos mientras
nos promete una cena en la que nos vamos a chupar los dedos. Los tres nos
miramos con alegría porque el Camino da hambre y nos estamos acostumbrando
a hacer sólo una comida fuerte al día, a la que llegamos
como lobos, casi perdiendo las formas.
Y en verdad que cumple, que nos trae un perol de una sopina, como ella
dice, energética y rica como pocas a la que le sigue una enorme
fuente de filetes de lomo rebozados acompañados con una descomunal
ensalada de la huerta que no tiene precio. No nos lo podemos creer, pero
no queda nada de nada, ni agua en la botella. El postre casero es bueno
y para rematar nos ofrece un vasito de orujo de la casa. Lo aceptamos como
digestivo y de un trago va a cumplir sus funciones. Escribimos en el libro
que nos ofrece. No podemos hacer otra cosa que describir nuestro agradecimiento
al igual que muchos otros lo hicieron antes.
Nos despedimos y se ofrece a abrir el local a las siete de la mañana
para que podamos desayunar. No sabemos cómo agradecerselo y terminamos
dandole un beso cada uno. Se queda ella tan contenta y nosotros nos vamos
felices a nuestro humilde refugio, al que nos cuesta llegar, que la cuesta
que hay que subir para llegar a él se hace larga y dura después
de lo que hemos cenado.
El orujo nos salva y pasamos una noche en lo más dulce de nuestros
sueños.
03.04.99. Sabado. (XXII)
Villar de Mazarife-Astorga (517.85km):
Madrugamos y nos vamos a desayunar al mesón. Nos abre la señora
Rosi, casi en bata. Nos hace unos café con leche que son auténticos
peroles, que de otra forma no sabría llamarlos, y un montón
infinito de tostadas de pan fresco. Mantequilla, mermelada casera, un beso
y a la calle, a caminar. No nos lo podemos creer, es como un ángel.
Empezamos el día felices.
Hasta Villavante no hay nada salvo un par de rectas de armas tomar. Nos
vamos cruzando con agricultores que van en tractores a sus labores. Aunque
sea sábado da igual, la gente trabaja, que el campo es muy esclavo.
Txemari va encantado porque aparte del desayuno que nos han dado, gusta
de hacer muchos kilómetros a primera hora del día y dejar
para la tarde un paseito, para rematar.
En Hospital de Orbigo admiramos el puente. Le cuento la historia a Lukas
que se queda muy parado, que él empezó el Camino por un mal
de amores. Al menos no se lió a lanzas con todos los que pasaran
por su ciudad. Bueno, eran otros tiempos y los amores también distintos.
Nos tomamos el cafelito de media mañana que yo acompaño con
un trozo de tortilla, que se me va a hacer muy largo hasta que cate una
mantecada. Descansamos un rato y salimos. Encontramos el refugio y me dan
otra Credencial, que en la que tengo ya no me caben más sellos.
El Camino se va volviendo más interesante, más atractivo
a medida que avanzamos. En Santibánez de Valdeiglesias ya es precioso,
con un par de casas maravillosas. Por la senda pedregosa que sube el alto
entre vacas y perros se adivina lo que nos espera.
El paso por la laguna es para mí uno de los pasajes más idílicos
del Camino. Un lugar para parar, mirar y gozar en regocijo. Al rato nos
sentamos en un encinar, que vamos sudando. Hace un tiempo maravilloso.
La temperatura es muy agradable, pero como es natural, andando a buen paso,
que vamos a más de 5km/h, y subierndo cuestas con las mochilas a
la espalda, uno llega a sudar. Cómo debe ser este peregrinar en
los meses de verano, con sol de justicia y moscas cojoneras. Una cruz dificil
de llevar.
Al llegar al arroyo el agua nos llega a media pierna. O nos descalzamos
y cruzamos o inventamos algo. Pensando qué, decidiendo quién
va primero, vemos un tronco. Entre los tres lo colocamos sobre las aguas
y cruzamos haciendo equilibrios. Me obligan a pasar primero por aquello
de mis años con el surf, pero para mí que ha sido una venganza
corsaria por el trozo de tortilla que me he tomado y que me lleva tan contento,
que ellos no han querido comer y ahora les van haciendo ruido las tripas.
Al llegar al alto nos esperan dos mastines tipo tiranosauro rex. Guardan
una granja que está llena de ovejas y desde el principio nos dicen
que por allí no pasamos. No está claro el asunto. De momento
Lukas prepara el bordón, inmenso él, que Pablito le dió.
El mio poca cosa es, telescópico y ligero. Txemari afila el suyo
mientras nos dice en euskera algo así como gerrako kasua (casus
belli). Ya puestos, avanzamos despacito y nos vamos tirando hacia el
sembrado, alejandonos de lo que defienden. Le explico a Lukas, Txemari
ya lo sabe, que si nos agachamos y cogemos una piedra, probablemente recularán
un poco, pero que no se la tire porque si no les da, nos comen. Así
que poquito a poco y cada uno con el bastón en una mano y un canto
en la otra, pisando el sembrado, vamos pasando. Al volver a la senda nos
siguen un rato ladrando, pero van perdiendo fiereza hasta que se vuelven
para sus ovejas. No ha sido más que otra pequeña emoción
del Camino, pero tela, que parecían leones.
Llegamos a la Cruz de Santo Toribio y depositamos otra piedra, una más
¿Cuántas hemos colocados sobre cruceros, señales,
indicaciones, marcas o mojones a lo largo del Camino? Dicen que son como
oraciones, tradición comparable a las banderas de oración
tibetanas.
Desde el crucero se ve Astorga, pero aún queda un buen paseo. Llevamos
ya bastantes kilómetros y los pies nos empiezan a doler. Pero tenemos
las mantecadas al alcance de la mano, así que seguimos con alegría.
Al rato nos encontramos con otro perro, pero en cuanto nos ve a los tres
recoger una piedra se esconde entre unas casas, que nos ha visto muy decididos.
La verdad es que era poca cosa comparado con las fieras de antes.
El último tramo es un buen repecho, que lo han puesto ahí
para rematar, digo yo. Quien aquí llegue justo, lo tiene mal, que
es una cuesta corta pero dura.
Encontramos el albergue, sellamos y nos instalamos. Hay bastantes peregrinos,
no sé de dónde han salido. Pero esto de las apariciones es
uno de los misterios del Camino. Entre todos los presentes hay un holandés
con el que chapurreo su idioma un rato. Le veo la mochila y le pregunto
por su peso, que la veo enorme. Muy orgulloso me dice que pesa treinta
kilos. Si ¡treinta kilos! Y yo que sufro con seis... Lleva de todo,
hasta regaliz. Es un tipo grande pero va a sufrir lo suyo con semejante
carga, que mañana empieza su peregrinar. El discurrir del tiempo,
el vencer las etapas, le dirá lo que ha de hacer. La experiencia
es sabia consejera
Nos duchamos y nos vamos a visitar la ciudad aunque lo primero que hacemos
es probar las mantecadas, que no están nada mal, buenísimas
diría yo. Repetimos, que hay que reponer azucar.
Visitamos la Catedral, el Palacio Episcopal y las murallas. Tiene gracia
que después de meternos en el cuerpo unos treinta kilómetros,
tras haber acumulado ya unos quinientos en las últimas semanas,
nos hacemos unos pocos más de turistas. Lo que hace la curiosidad.
Cuando preguntamos a una chica por la ergástula, sale huyendo.
Quizá lo hemos dicho mal y ha sonado fatal. Nos da la risa. Al final
la encontramos.
Tras oir dar las horas a los maragatos en el Ayuntamiento nos vamos a cenar
a un barete próximo. Quedamos contentos y nos volvemos al refugio,
que empieza a refrescar.
04.04.99. Domingo. (XXIII)
Astorga-Rabanal del Camino (538.45km):
Ha hecho calor en el albergue con tanta gente, que es pequeño
y estaba prácticamebnte lleno. Cuando salimos vemos que el holandés
ha vaciado media mochila. Se lo ha debido pensar mejor la pasada noche
y ha abandonado una auténtica despensa de latas, quesos y salchichas.
Alguno le sacará partido.
Nos cuesta encontrar un lugar en el que desayunar, que es domingo y muy
temprano. Ya lo decía, parecemos gallinas. Cuando lo logramos, tras
las tostadas y los cafés, nos tiramos carretera adelante. Txemari
insiste en que hemos de ir bien separados, unos cincuenta metros, para
que si viene un loco no nos atropelle a los tres, que caiga sólo
uno. No es mal consejo, aunque suena dramático.
Al poco alcanzamos a un par de peregrinas jovenes y atractivas que van
por el arcén derecho. Txemari les recrimina su actitud, su ignorancia.
Les dice que así no llegan a Santiago, que antes las atropellan.
Obedientes, quizá asustadas, pasan a nuestro lado, pero las dejamos
enseguida atrás, que empiezan hoy y van muy despacito.
La etapa hasta Rabanal del Camino es corta. Si el paisaje es bonito y los
pueblos son medianamente agradables va a ser un paseo. He de reconocer
que vamos muy fuertes, que llevamos ya muchos días caminando, los
males quedan lejos, la meseta ha curtido nuestra voluntad, nuestro carácter.
Dejamos atrás las tristezas, se nota en los ojos.
Comentabamos anoche, cenando, que nos sentíamos liberados de las
amarguras que nos trajeron al Camino. Se ha obrado el milagro, la terapia
ha sido efectiva y podríamos volver a casa ya recuperados. Pero
no lo vamos a dejar ahora. Queremos llegar y saber qué se siente.
Queremos disfrutar de lo que queda, de la amistad que nos une, de la alegría
del vivir en bienestar, en libertad, gozando de una naturaleza sorprendente,
conociendo gentes, lenguas y culturas. Sabiendo de penas y ayudando, aprendiendo.
El Bierzo es bonito. No tengo palabras para comentarlo. Me queda la admiración
por una tierra de buenas gentes, con leyendas de trabajo y honradez.
Sigue el buen tiempo, calorcito. Lukas y yo nos paramos un rato, tenemos
tiempo. Txemari se adelanta, quiere aprovechar la mañana. Nos espera
en el refugio.
Nos alcanzan las peregrinas y hablamos un rato. Las invitamos a una cola
en el siguiente pueblo. Son un encanto y las pobres van cansaditas. Han
de pasar por este trago. Recuerdo mi primer día, tan lejano ya,
cruzando los Pirineos con Fernando. Qué lejos está ya todo.
Me cuesta recordar cómo era mi vida antes, he de hacer un esfuerzo.
Las dejamos descansando, que tiempo habrá de hablar, de ayudarlas,
si llegan al refugio. Seguimos lentamente, disfrutando del día.
Llegamos al Roble de los peregrinos y nos tumbamos un rato a su sombra.
Le cuento la historia a Lukas.
Cuando llegamos al refugio Gaucelmo, Txemari nos espera en la puerta. Los
de la Confratenity of Saint James lo están abriendo. Entramos los
tres y nos instalamos. Como el dormitorio es amplio me voy a la zona de
leprosos, a una esquina para evitar molestar a los demás con mis
ronquidos.
Duchados, salimos al sol de media tarde a tomarnos una bolsa de patatas.
Decidimos hacer la cena en la cocina del refugio. Cuando llegan las chicas
les comentamos que si se apuntan, han de ir al super a comprar. Las acompaño
y me tratan de usted. Son jóvenes y educadas, estudiantes de medicina.
Volvemos del super riendonos. Cuando Txemari se entera a qué facultad
van, se saca la bota, el calcetín y les pide consejo. Dice que ya
no se siente el pie. Nos miramos y muertos de la risa me confirman lo que
les había dicho. Todavía tenemos lágrimas en los ojos
con nuestro amigo descalzo cuando aparece otro peregrino. Viene cansado,
ha hecho muchos kilómetros. Va haciendo el Camino por trozos, cuando
el trabajo se lo permite. Quiere llegar ya a Santiago. Nos cae bien y lo
incluimos en la cena, aunque primero ha de pasar por el super.
Tras tomar algo en el mesón, que ha oscurecido y hace frío,
nos vamos al refugio y mientras Txemari cocina y los demás le ayudamos,
vamos contando de nuestras vidas. Sandra y Xana son de Alicante. Sergio,
de San Sebastián, así que ya somos tres paisanos. Y tenemos
a Lukas, nuestro alemán. La cena sale buena, fregando nos reímos
y la sobremesa es muy agradable.
Cuando nos acostamos, Txemari me comenta si me he fijado. Le pregunto que
en qué y me dice que Lukitas anda muy contento, que algo está
pasando.
Me voy a mi esquina pensando en ello y se me dibuja una sonrisa en la oscuridad.
El refugio se ha llenado y procuro llegar a mi saco sin molestar. Han llegado
pelotones de ciclistas y algún turista. Una pareja de italianos
ha llegado en coche, suponemos que empiezan mañana. Al holandés
del mochilón nadie lo ha visto.
05.04.99.Lunes. (XXIV)
Rabanal del Camino-Ponferrada (571.15km):
La noche ha sido curiosa. Calculo que eramos unos sesenta peregrinos.
Unos cuantos roncában, supongo que yo entre ellos. Otros hablaban,
gemían o hablaban en sueños. Alguno suspiraba y también
estaba quien no paraba en el saco, haciendo mucho ruido. Y quien perdía
aire. También había de los que se levantan al baño
y tropiezan o los que con la linterna no paran, te despiertan. Mi vecino,
el italiano que había llegado en coche, no paraba de hacer "tstststs"
y no ha dejado descansar a ninguno. El solito ha conseguido que ninguno
pudiera dormir. Y lo más triste ha sido cuando por la mañana
hemos visto que cogía el coche con su pareja y seguían, es
decir, han ocupado dos plazas que no les correspondían, dejando
a peregrinos de verdad en la calle. Eso no se hace, no es noble. Un turista
no tiene dercho a albergue y quitarselo a quien viene andando y quizá
ha de seguir muchos kilómetros para encontrar una cama es miserable,
mezquino. No creo que se atreva a cruzarse con ninguno de nosotros cuando
ha visto la cara que le hemos puesto y oído lo que le hemos gritado
mientras se alejaba.
Espero a Lukas para salir, pero no aparece, así que empiezo a caminar
sólo. Quizá es mejor así. La etapa de hoy es muy especial
por muchas razones. Foncebadón, la Cruz do Ferro, Manjarín,
bien merecen del disfrute de la soledad con mi conciencia y la consciencia
del peregrinar.
Según subo va refrescando. Hay repechos duros, pero estoy muy en
forma, no pierdo el aliento. El paisaje es agradable aunque supongo que
lo mejor está por llegar. En Foncebadon me enfrento a las ruinas.
He leido mucho sobre este lugar. Lo miro con respeto. Abandonado, fantasmagórico,
recuerdo cómo algunos se enfrentaron aquí con el maligno,
con los perros del mal, con los lobos.
Lo cruzo y sólo un perro melancólico se cruza ante mi. Ni
me mira, simplemente se aparta de mi caminar, de mi avanzar. Trato de ver
significado en lo que sucede y he de sonreir, porque si esta era mi maldición,
mi demonio, mi tristeza, se aleja de mí lenta pero definitivamente.
Al llegar a la Cruz deposito mi piedra entre las que tantos miles de almas
lo hicieron antes. Ha venido conmigo desde los Pirineos, desde la tristeza,
desde otra vida. Disfruto del momento, del lugar, del significado, de la
liberación.
Van llegando los demás. Nos hacemos fotos y le pido a Sandra que
me haga el retrato del día. Le explico.
Admiro el horizonte, el cielo azul, las montañas y saboreo la compañía.
Monte abajo Sandra me sigue. Es agradable y amable. Mientras hablamos recuerdo
las mujeres que he ido encontrando desde que empecé a caminar, desde
que Madam Debril me echó una soberbia réprimande el
primer día. Hasta hoy que disfruto de la compañía
una joven atractiva y graciosa, inteligente.
En Manjarin nos tocan la campana al llegar. Entramos, saludamos a Tomás,
nos tomamos un café, arreglamos el mundo y seguimos.
Llegamos al Acebo, con la vista del valle a nuestros pies. Un lugareño
toma por francesa a quien me acompaña y se la quiere llevar. Nos
reímos mientras nos sentamos con nuestros refrescos al sol de mediodía,
a esperar a los demás para comer. Le miro los pies y se los curo.
Tiene ampollas sin más, sin complicaciones. Me llama bruto y alguna
otra cosa, pero acaba dandome un beso y las gracias.
Comemos los seis en perfecta armonía con cruce de miradas entre
Txemari, Lukas y yo. Aquí se cuece algo. Salimos y nos vamos separando.
Tengo la suerte de que nuevamente me acompañe Sandra mientras Lukas
va caminando con Xana. Txemari, silvando a la marcia. Sergio, a
su aire.
La bajada debe de ser dura para quien sufra de las rodillas. Pero nos habla
de la primavera. El campo está lleno de lavanda y tantas otras flores
que perfuman el ambiente. Qué afortunado soy de vivir este momento,
de haber llegado a él en buena compañía y libre de
infiernos.
En Molinaseca los cerezos están en flor. Es maravilloso, como un
sueño. Nunca había visto tantos, recibiendonos de gala, todos
a la vez. Nos tomamos una cola, que hemos sudado. Miramos los pies de las
chicas, que los nuestros ya parecen piedras, y seguimos lo que nos queda
hasta Ponferrada.
El refugio es humilde, piso sencillo y limpio, lleno a rebosar frente a
la basílica de Nuestra Señora de la Encina. Pregunto si hay
cuarto de roncadores y a él me destierran. Txemari que ve el panorama
alega que también ronca y se viene a la single room conmigo.
Dice que ya se ha acostumbrado y dormir los dos solos es un lujo.
El holandés no ha llegado. Quizá se lo ha comido la mochila.
Tras la ducha y después de admirar el castillo templario, entre
risas nos vamos los seis a la plaza a cenar en el restaurante La Fonda.
Disfrutamos la compañía, el ambiente, el lugar y el servicio
que nos deja repetir de los dos platos, que hambre aparte, están
buenísimos por un precio muy económico.
La velada es inolvidable.
Con los estómagos satisfechos y los corazones alegres volvemos al
refugio.
En el saco, Txemari se muere de la risa comentando lo que está pasando
con Lukas. Y ya a oscuras, me pregunta que a qué estoy jugando yo.
No sé si me hago el dormido o es que ya sueño.
06.04.99. Martes. (XXV)
Ponferrada-Villafranca del Bierzo (593.55km):
Me despierta Sandra, sentada en mi cama. Es temprano pero como no han
podido pegar ojo por ser tantos y estar amontonados, nos viene a buscar.
Nosotros hemos disfrutado de la paz del cuartito, un lujo.
Bajamos a desayunar, todos juntos. Sigue el buen ambiente entre los seis,
el buen humor, la camaradería. Txemari, el más nervioso,
termina y se prepara para salir. En un aparte, me dice que ya hablaremos,
que él va tirando, pero que ya hablaremos. Y me regala una amplia
sonrisa. Según sale comienza a silbar, andante/allegretto.
Le seguimos tres, que Xana y Lukas están a sus cosas y no nos hacen
mucho caso, se quedan. Al rato perdemos a Sergio y seguimos Sandra y yo,
otra vez juntos.
Hace un día bonito, azul y sin brisa. Vamos en camiseta, la temperatura
es muy agradable, no así esta primera parte de la etapa, por la
enorme carbonera. Poco a poco vamos pasando a pequeñas urbanizaciones
que hacen más agradable el caminar. De cualquier forma vamos entretenidos
hablando y escuchando, riendonos. La compañía es agradable
y la disfruto.
Entre bromas alcanzamos un pueblo en el que nos paramos a tomar un café.
Allí encontramos a Txemari y Sergio. Aquel me mira y sonrie. Me
dice algo en euskera que no pillo, parece picardía. Ya me dirá.
Seguimos juntos y paramos en una farmacia a comprar esparadrapo para enganchar
en mi cuaderno las flores y plantas que recojo, que no nos hace falta para
otra cosa, que ya hemos superado todos los males, los del corazón
creo que también. La boticaria que nos abre nos deja de piedra,
con la boca abierta. Guapa como hay pocas, expectacular. Cuando ya he hecho
la compra, Txemari se saca bota y calcetín y le enseña el
pie. A continuación Sergio se quiere pesar. Y yo le pido que me
tome la tensión. Sandra está muerta de la risa porque la
farmaceutica nos tiene atontados, hipnotizados. Entra una abuela, nos llama
caraduras y vagos. Y continúa diciendo que nos metemos a peregrinos
para no trabajar. La risa nos trae de vuelta a la realidad. Nos cuesta
salir y ya en la puerta llegamos a la conclusión que era una real
boticaria. Sensacional.
Hace calor y las distancias nos separan. Mientras ellos van rápidos
porque quieren arreglar una bota en el zapatero de Cacabelos, Sandra y
yo vamos disfrutando de la primavera y del campo, de la conversación
y de la compañía. Llevamos menos de dos días caminando
juntos y sin embargo hemos establecido una deliciosa relación. Ambos
sabemos que queda poco, mañana vuelve a casa. Llegamos pronto a
Villafranca, tras disfrutar de los campos de vides, de los paisajes todavía
verdes que el Bierzo nos ofrece.
Ha sido un paseo y aunque hacía calor, hablando se nos ha hecho
corto. Nos vamos a comer y allí encontramos a nuestros compañeros.
Nos reímos de que a Xana y Lukas no los hemos visto desde el desayuno,
están desaparecidos.
Volvemos al refugio que es un hotel de tres estrellas y nos cogemos un
cuarto para nosotros. Repartimos los trastos para ocupar las seis literas,
porque suponemos que tarde o temprano llegarán los que faltan.
Txemari dice que se va a echar una siesta, Sergio se va a cortar el pelo
con lo que nos quedamos de nuevo solos Sandra y yo. Nos vamos a hacer el
turista por la villa.
Nos pateamos la calle del Agua arriba y abajo y arriba otra vez. Visitamos
las iglesias de San Francisco, la colegiata de Santa María, y San
Nicolás el Real. Admiramos el hostal del Comercio, antiquísima
fonda e intentamos ver el interior de la iglesia de Santiago. Cerrada como
está, nos hemos de conformar con verla por fuera, tratar de leer
la Puerta del Perdón en donde terminamos sentados, hablando, viviendo,
mientras el sol cae.
Muy pocas tardes de mi vida han sido tan agradables. Quizá ninguna
tanto como esta.
Txemari y Sergio nos dicen que ya está bien y que todos juntos nos
vamos a tomar algo al refugio de la familia Jato. Nos reímos cuando
comentamos que la parejita no ha llegado. Sandra está preocupada.
Tarde, cuando nos disponemos a cenar rodeados de peregrinos, aparecen.
Vienen quemados por el sol, que ambos son muy blanquitos. Les tomamos el
pelo y nos tiramos al potage que nos dan. El que no ha llegado ha sido
el holandés del mochilón. Nos tiene intrigados
Nos proponen subirnos las mochilas a O Cebreiro. Mañana es la etapa
reina y no es mala idea. Lukas se niega, las chicas se van, pero los tres
restantes quedamos en dejarselas cuando vayamos a desayunar.
De vuelta al refugio nos volvemos a dividir en tres grupos, en tres parejas,
tal como ha venido sucediendo los últimos días. Es un paseo
agradable, la noche estrellada y la temperatura deliciosa. La vida merece
ser vivida.
Cuando todos duermen me bajo de la litera. Me encuentro mal y no puedo
dormir. Salgo a la balconada y respiro, miro las estrellas, tan luminosas
hoy.
Pienso en los dos últimos días de peregrinaje, tan diferentes
a los anteriores, en compañía. Ha sido un tiempo especial,
un paréntesis, un delicioso fluir en paz y armonía.
Medito sobre los hechos, gentes, paisajes y climas que he ido encontrando
a lo largo de las últimas semanas, ya casi un mes. Son las piezas
que van construyendo el final de mi Camino, la puerta que se abre a otra
vida.
Acabo echando el colchón en el suelo e intento descansar entre Sergio
y Txemari, que duermen plácidamente.
07.04.99. Miercoles. (XXVI)
Villafranca del Bierzo-O Cebreiro (623.75km):
Cuando despiertan, ambos se dicen entre risas que creían que
el otro ya roncaba como yo. Recogemos todo y nos vamos a desayunar. Hoy
es un día especial. Se van las chicas, es la etapa reina y caminaremos
sin mochila. Txemari está preocupado, la mordedura del perro en
Burgos le molesta y tiene dudas sobre si será capaz de llegar. Trata
de enseñarle el tobillo una vez más a nuestras amigas, para
que le hagan el último diagnóstico, que ayer ya se lo vió
el Jato. Entre risas le obligamos a calzarse de nuevo la bota y vamos tomando
café.
Bajamos a la plaza. No me gustan las despedidas. Disfruto lo que me ha
sido concedido, su compañía, hasta el último momento
como si este no existiera, como si no hubiera un final. Llegado a él,
digo hasta luego, doy un par de besos y me meto por el camino que va por
arriba, el que está indicado como muy duro. Voy sin mochila y con
un vacío en el alma. Nadie habla, los cuatro vamos afectados por
la ausencia.
El Camino, como la vida, está lleno de encuentros y despedidas,
tiempo que hemos de saber aprovechar, disfrutar. El futuro nos traerá
el recuerdo de un día que fué, de lo que vivimos.
La dureza del recorrido nos aleja de la añoranza. El primer repecho
es duro como hay pocos. Volver la vista atrás significa ver el mundo
a tus pies. La inclinación es máxima. Desde la altura vemos
a los peregrinos que cual hormiguitas van en fila por la carretera que
discurre por el valle.
El clima es magnífico, quién diría que estamos entrando
en la lluviosa Galicia, la de las brumas. El sol es hoy el rey y nos hace
padecer. Ya en el alto, hemos de sentarnos a la sombra de los primeros
castaños, centenarios y bellos, a beber de nuestros botellines.
Miramos al horizonte y entre montañas, muy lejos, vemos un pequeño
pueblo. Si es O Cebreiro tenemos mucho camino, mucho monte por recorrer
hoy.
Llegamos a un punto en que el camino se bifurca y no hay ninguna señal.
Optamos por el de la izquierda, un poco al buen tuntun. Tras pasar unos
bosques maravillosos comienza a descender hacia la carretera. Parece que
vamos bien.
La bajada es durísima, peor que la subida. Ninguno de los cuatro
tenemos problemas de rodillas y sin mochila vamos muy cómodos. Lukas
va como un tiro y en silencio, no sabermos si por la gravedad o por la
tristeza de la soledad. O por ambas.
Pasado La Portela paramos a tomar algo en un motel de carretera. Un descansito,
que el trozo caminado era fuerte de verdad. Planteamos el resto, nos faltan
muchos kilómetros y los peores llegan al final. Hay que dosificarse.
Al salir, Txemari con un grito nos señala un autobús que
pasa. En él va el holandés del mochilón, que nos saluda.
Poco ha durado el pobre, pero es que aquella carga podía derrotar
al más fuerte, al más entero.
El Camino es muy suyo. He visto a deportistas de élite caer ante
las dificultades que en él encuentran y sin embargo recuerdo a una
abuelita danesa de ochenta y tantos años que iba como una rosa,
fresca y bella, haciendo etapas.
Al poco se deja la N-VI y se entra en Galicia. El paisaje, la arquitectura,
los campos, las gentes y el idioma han cambiado. El linde entre León
y Lugo está más adelante, pero no es más que una definición
burocrática. La realidad, la diferencia entre zonas es anterior.
Vamos pasando pueblos en silencio. En Las Herrerías nos tomamos
un refresco en un bar muy auténtico, muy de pueblo, con todos los
jubilados observandonos. Nos preparamos mentalmente para el tramo final,
para el repecho de unos siete kilómetros que nos llevará
a las alturas.
Descansados encaramos el sendero. Al igual que competimos a final de las
etapas para no pagar la cervecita, empezamos a acelerar en cuanto las cosas
se ponen difíciles. Txemari dice que estamos locos, forzando el
paso en lo más duro del día. Como en una carrera de larga
distancia, cambiando el ritmo la fila se alarga. Va en cabeza Lukas que
es el más joven y fuerte y a la rueda le sigo con Sergio.
Aparecen las primeras bostas. Mezcladas con barro nos acompañarán
hasta Santiago. El olor nos va invadiendo. El sol calienta, el clima es
espléndido, la vista del valle extraordinaria. Hemos perdido a Txemari
en un recodo, y Lukas da otro tirón. Sergio lo sigue pero a mí
ya me pesa el culo, o quizá los años. Camino solo hasta el
final, admirando el paisaje, disfrutando la luz y temperatura con la que
Galicia nos recibe. Somos muy afortunados de pasar por este lugar con tan
buen tiempo.
El pueblo es una preciosidad. Sus pallozas, la iglesia prerrománica
del milagro, los mesones y el magnífico refugio. Gratuito, con calefacción
y pequeños cuartos de cuatro literas, permite un poco de intimidad.
Duchados, instalados, nos vamos a reponer energías con un queso
del lugar y unas tazas de turbios. La camarera que nos sirve es de San
Sebastián. Por paisanos nos invita a una ronda. Menos mal que el
ejercicio hecho y lo en forma que nos encontramos impide que se nos suba
fácilmente. En ello estamos cuando llegamos a la conclusión
de que el pueblo que hemos visto en la lejanía esta mañana
es en el que ahora estamos.
Cenamos como lobos y, sin comentar el vacío que las chicas han dejado
en nuestro corazón y que se nota en nuestros ojos, nos vamos a descansar.
Ha sido un día duro, pero quizá lo peor ha sido la tristeza
de la ausencia.
Hace frío y tenemos el alma helada.
La vida y el Camino son así. Son estas experiencias las que nos
enriquecen, le dan sentido. Por lo que de ellas recibimos, por lo que las
valoramos cuando las perdemos.
08.04.99. Jueves. (XXVII)
O Cebreiro-Triacastela (644.25km):
He pasado calor esta noche. Los cuatro en un pequeño cuarto
con calefacción ha hecho que la temperatura fuera excesiva. Allá
a las tres he entreabierto la ventana. Por la mañana seguía
igual, lo que quiere decir que estábamos bien, que nadie se ha quejado,
en un ambiente más equilibrado.
Cuando salimos a desayunar hay una intensa niebla y el frío aprieta.
Así que abrigados y poco a poco, que hay hielo en las humbrías,
vamos vajando al valle.
El campo está precioso o así me lo parece entre lo que veo.
Recuerdo la meseta, seca y plana, prueba de fuego para el carácter
y esto me parece un paseo, puro goce de los sentidos.
Caminamos con extraordinaria facilidad, calculo que a unos 6km/h, en algunos
momentos a más. Llevamos muchos días de ruta y el cuerpo
se habitúa a todo.
El arcén primero y el sendero después nos obligan a caminar
en fila. Pero seguimos unidos aunque unos metros nos separen.
Adelantamos a peregrinos que han madrugado más, que han salido antes.
Algunos renquean por lesiones. Pobres que han de sufrir para avanzar. Buen
Camino es el saludo, el deseo de todos.
La espesa niebla que nos impedía disfrutar del horizonte, se disipa
lentamente.
En Hospital los perros se retiran del sol para dejarnos pasar. Comentamos
que son diferentes a los que hemos sufrido por otras comarcas, ladradores,
agresivos, mordedores, y sino que le pregunten a Txemari.
Es Galicia y sus pobladores, tierra de brumas.
En el Alto de San Roque nos paramos un momento, admiramos la escultura.
Podría ser de Ochoa, pero no encuentro la firma. El aire es más
humedo, se nota la proximidad del mar. Nos acercamos al fin del mundo,
al final de nuestra peregrinación.
Sudamos en el último repecho del Alto do Poio. El ascenso por la
senda es corto pero duro, el sol aprieta y sudamos. Llegamos con poco aire,
así que aquellos que no están en forma, que quizá
han empezado hace poco, deben de llegar arrastrastrandose. Con lesiones
debe de ser terrible. Aquí se ganan la gloria.
Paramos en el bar y mientras tomamos un café y nos ponen un sello,
otro, olemos a caldo. Preguntamos si podemos tomar un plato. Nos dicen
que le falta un hervor. Decidimos esperar y disfrutar de una comida caliente,
casera, sana y tradicional.
Es la primera vez que lo tomo y lo encuento maravilloso. Disfruto mucho
y me prometo tomarlo allá en donde pueda. Espero tener muchas más
ocasiones.
El día ha quedado completamente despejado, el camino es fácil
y agradable. Pasamos pueblo tras pueblo en una contínua bajada.
Vamos como tiros por una correidora en la que la luz juega con las
sombras creando un ambiente maravilloso. Galicia es hermosa. Los castaños
nos sorprenden por su tamaño, por su edad. Los supongo medievales,
como el Camino.
Llegamos a Triacastela en donde el refugio es magnífico. Construido
en pabellones en una espléndida campa, promete descanso idílico
a los que aquí decidan descansar. El hospitalero es amable y cariñoso.
Estamos solos y pasamos el rato conversando con él, oyendo de sus
vivencias. Nos saca un orujo casero y cuatro vasitos y nos sirve. Dice
que tiene 92 grados. Es gas mostaza puro, pero estrá riquísimo
y nos entona tras el paseo de la tarde, que nos ha dado la flojera, la
modorra, tras la ducha.
Llega un colegio y la paz que respirábamos hace un momento, se convierte
en escándalo, carreras, gritos. Qué ha sido del sosiego del
lugar, destruido en un momento por la alegría de la adolescencia.
Nos vamos a cenar donde nos recomienda el encargado del albergue. Coincidimos
con un matrimonio y dos hijas en estado de merecer que están haciendo
el Camino en coche. Nos preguntan desde donde venimos y acabamos conversando
con las mesas unidas tomando un té al que nos invitan. Son gente
educada y amable, inteligente e interesante y las jovenes muy guapas. O
así nos lo parecen después de ver tanta vaca, tanta bosta.
Hablamos de lo divíno y lo humano, de la naturaleza y de arte. Les
contamos anecdotas, experiencias. Txemari se saca la bota entre las risas
de todos. Les preguntamos sobre nuestro aspecto y sonrien. Jugamos a ver
si aciertan qué somos y de dónde y no dan una. Tan sólo
que somos del norte, Lukas más, claro. Cuando les hablamos de nuestras
vidas reales, de nuestras profesiones, del mundo en que nos movemos habitualmente,
se sorprenden del cambio que puede producir un mes de Camino.
Aprendemos la lección que nos ofrecen, agradecemos su invitación
y nos vamos a descansar tras guiñarle el ojo a las chicas.
La alegría que no falte.
09.04.99. Viernes. (XXVIII)
Triacastela-Barbadelo (667.15km):
Optamos por la ruta que va por San Xil, nos parece la opción
más auténtica.
Nada más salir del pueblo el Camino se pierde por un bosque de una
belleza extraordinaria. El sendero discurre junto a arroyos, campos y arbolados.
La luz de un día maravilloso de primavera hace el resto.
Me gustó muchísimo la parte de Navarra y Rioja hasta Burgos.
Valoré la belleza de Castilla. El Bierzo me enamoró, pero
esta etapa es la más atractiva por su desbordante naturaleza, por
los recodos por los que transita, por la paz que respira. Una maravilla
la mires por donde la mires. La mejor sin duda.
La primavera le da un color, un claroscuro, que me hace comprender por
qué los pigmeos tienen doscientas palabras para el verde. Deformado
por mi profesión, me faltan muestras de Pantone (catálogo
de color) para definir todo lo que veo.
El monitor de mi ordenador tiene dieciseis millones de colores, según
dicen. No creo que sea capaz de reflejar lo que tengo ante mis ojos.
Camino solo, que hemos salido separados. Ya nos encontraremos. Disfrutamos
mucho de la compañía de los demás, de la amistad que
este Camino nos ha regalado, pero es un lujo ir solo, estar con uno mismo
en un lugar como este. Creo que hay cosas que se han de disfrutar en soledad,
en intimidad.
Mientras me acerco al valle el sol me sonríe. Abajo la niebla lo
oculta todo en un mar de brumas. El efecto es sorprendente, los reflejos
iluminan las capas superiores. Es imposible describir lo que veo, lo que
siento. Otro regalo de este Camino.
Según desciendo me voy introduciendo en la nada. El sol se va disipando
en una nube de humedad. La luz que daba color al bosque desaparece y lo
que antes era una explosión de color, de verdes, pasa a ser casi
un blanco y negro, un tenue gris con sombras muy suaves. Extraordinaria
transformación. Sorprendente.
Alcanzo a Lukas en un recodo. Está con la vista perdida, ensimismado
ante tanta belleza. Se sobresalta al verme. Seguimos juntos aunque apenas
hablamos.
El sendero es un rompepiernas, arriba y abajo y hasta nosotros que llevamos
tantos kilómetros de entrenamiento, tantos montes, colinas y lomas
encima, además de nuestra mochila, nos cansamos. No nos falta el
aire, pero casi. También es verdad que vamos muy rápido,
que dudo que alguien nos pueda seguir a este ritmo. Aunque siempre hay
uno más guapo, siempre.
Los pueblos se suceden en medio del paisaje. La llegada a Sarria es una
especie de ruptura con la belleza que nos rodeaba. Alcanzamos a Txemari
al entrar en la ciudad. Nos dice que ha de ir al banco a sacar dinero.
Nos hace dar mil vueltas y al final nos pide que le esperemos en una esquina.
No sé si lo está atracando porque tarda muchísimo.
Tanto es así que pensamos que se ha olvidado de que estábamos
allí, esperándolo, y se ha ido por otro lado. Decidimos continuar
aunque hemos de preguntar por dónde sigue el Camino, que nos ha
perdido en el laberinto por el que nos ha traído.
Paramos a tomarnos unos frutos secos y un refresco. Y allí nos encuentra.
Viene tan feliz. Es increíble como el destino nos manda una y otra
vez al mismo lugar, nos reune. Como para tenernos manía.
Subimos la cuesta al barrio antiguo y desde el crucero vemos la ciudad
en el valle. Contentos de volver al campo bajamos la cuesta del cementerio
y nos metemos otra vez por un precioso sendero tras cruzar las vías
del tren. Un par de árboles centenarios nos indican por dónde
hemos de pasar. Las cuestas a las que nos enfrentamos nos hacen sudar porque
la tarde es muy templada.
Nos cruzamos con una campesina que ni nos ve. Txemari se muere de la risa
y hace unos cuantos comentarios muy graciosos en euskera. Lo que no entiendo
me lo traduce y todavía resulta más simpático. Me
queda el problema de transcribirselos a Lukas en inglés sin que
pierda el encanto. Creo que lo logro porque acaba llorando de risa con
nosotros.
Nos da la flojera con las risas, que nuestro amigo está inspirado,
y hemos de sentarnos en unas piedras a beber un poco de agua. Nos alcanza
Sergio. Parecemos los tres mosqueteros, que eran cuatro. Botas llevamos,
sombrero también aunque sin pluma. En vez de capa, mochila y la
espada es una humilde navaja que nos sirve para cortar pan o queso, que
hace tiempo que ninguno ha tenido la brillante idea de comprar un choricico
para alegrar el devenir.
Seguimos hasta Barbadelo en donde pensamos dormir. Visitamos la iglesia
de Santiago que nos la abre la hospitalera. Es amable y cariñosa.
Nos hacemos unas fotos con ella y se queda encantada, que la pobre es muy
feíta.
Sergio decide seguir hasta Ferreiros, que se le acaba el tiempo y no va
a acabar si no acelera. Nos despedimos con un fuerte abrazo. Lo vamos a
echar de menos, que le hemos cogido mucho cariño en los días
que hemos coincidido.
Ello me hace pensar en que nos queda poco para llegar y volver a casa.
Nos separaremos después de pasarnos prácticamente un mes
juntos. No va a ser fácil.
Tras la ducha, nos vamos a una casa rural que hay a un kilómetro.
Es cuesta arriba, para rematar. Allí nos tomamos unos quesos y unos
refrescos en la paz del campo. Las gallinas con un enorme descaro, se nos
suben a la mesa y tratan de quitarnos las migas que ven.
Durante la cena nos reímos mucho con algún otro comensal,
pero lo mejor está por llegar. Cuando salimos es noche cerrada y
la niebla ha caido. No nos hemos acordado de coger linterna y no va a ser
facil volver, no se ve nada, absolutamente nada y nos queda más
de un kilómetro de campo..
Tanteando y tonteando, llorando de la risa por los tropezones que damos,
vamos avanzando. No estamos muy seguros de si vamos bien, pero si no lo
intentamos no lo lograremos. Cuando llegamos al refugio casí nos
lo pasamos, que no lo veiamos. Entramos, nos relajamos y ya en el saco,
sólos los tres en el albergue, vamos marchitandonos hasta caer en
el dulce sueño de los inocentes.
10.04.99. Sabado. (XXIX)
Barbadelo-Hospital de Cruz (696.05km):
Salimos de buena mañana y en ayunas. Al menos hemos descansado.
El día amanece con nieblas que van dejando paso a un sol que calienta.
Al pasar por Brea vemos el mojón de los 100 kilómetros. Es
increíble, ya no queda nada. Qué son tres días más
después de casi treinta de Camino. Estamos tan próximos al
final que ya nos entran los miedos a terminar. Es un sentrimiento confuso,
doble, la ilusión por llegar, el vacío del final.
Disfrutamos el momento. Entre bostas y barro nos hacemos las fotos. Juntos,
por parejas, separados, uno a uno. Todo un rito. También me hago
el retrato del día. Tengo curiosidad por ver las veintiocho fotos
que me he hecho, que una me la hizo Fernando el primer día de Camino
y otra Sandra en la Cruz do Ferro.
En Ferreiros encontramos un bar abierto y nos tiramos a él. Es un
buen momento, llevamos casi dos horas de marcha y no hemos tomado ni un
mal café. El camarero es amable y silencioso, pero probablemente
el más lento que existe en Europa. Me recuerda a los de las islas
cuando éstas vivían aisladas y seguían sus propios
ritmos, más lentos cuanto menor fuera.
Finalmente nos sirve los cafés y unas madalenas sintéticas
que devoramos. Arriesgamos y pedimos otra ración de todo, incluídos
los cafés. Txemari dice que serán los de la merienda si esto
sigue así.
Aún es de día cuando terminamos de desayunar. Comentando
que la velocidad en cobrar ha sido paralela a la de servir, nos anima a
afirmar que será un record Guinness de lentitud. Ahora, eso sí,
amable y educado lo era. Ya es de agradecer.
Apretamos el paso para recuperar el buen rato que hemos pasado, que no
perdido, en el bar. El día va a más y el calorcito aprieta.
Quien nos lo iba a decir que nos iba a hacer este tiempazo. Estamos teniendo
mucha suerte, que estamos a principios de abril y vamos por Galicia en
camiseta desde casi primera hora de la mañana.
Por una senda muy agradable, pero no de la belleza de la de ayer, vamos
avanzando en agradable charla. Es curioso observar que cada vez vamos más
tiempo juntos en animada camaradería y menos en meditación
con nosotros mismos. Hemos cambiado mucho. Y también hemos intimado
una barbaridad.
Aparece en una bajada el embalse que anegó el antiguo Portomarín.
Vemos el nuevo asentamiento en lo alto de la colina. Cruzando el puente
no puedo evitar parar, desabrocharme la bragueta y aliviarme desde él
a las aguas. Que me perdonen los del lugar, pero es una travesura que me
llena de alegría. También dice mucho del cambio que se ha
operado en mí. Jamás lo hubiera hecho un mes antes. No es
que me haya vuelto gamberro, que las formas y educación no creo
haberlas perdido, Dios me libre, pero la alegría de vivir me permiten
tomarme pequeñas libertades que no creo que ofendan a nadie y que
me llenan de inocente gozo. En las escaleras de la Capilla de las Nieves
espero con Lukas a Txemari que se ha retrasado. Subimos al poblado, visitamos
la iglesia de San Nicolás, el pequeño refugio y nos vamos
a comer un rico menú.
Antes de que nos entre la ñoña nos echamos al Camino. Cruzamos
el puentecito y nos enfrentamos a la cuesta. Sudamos la comida entre castaños,
subiendo y subiendo, que no se acaba nunca, Finalmente acabamos llegando
al alto.
De allí a Gonzar es un paseo, un poco aburrido, pero paseo. Las
ranas croan en las charcas. La primavera está aquí y la naturaleza
explota de vida. Buscamos el refugio, nos tomamos un refresco en la máquina
y pensamos que es demasiado pronto, podemos seguir hasta el próximo
que debe estar en Hospital. No estamos muy seguros de si allí encontraremos
en dónde poder cenar.
Aunque no está muy lejos, se nos hace largo. El calor nos hace sufrir
y llegamos cansados. Por el camino encontramos a otro peregrino. Parece
buena persona y se nos une. En el refuigio estamos solos los cuatro. Nos
inscribimos y nos tumbamos un rato. Nos quedamos fritos. Descansamos una
media hora y vamos pasando por la ducha, el primero caliente, los siguientes
fría, el último helada. Es la ley de la fila, que el calentador
es eléctrico. Salimos a buscar en dónde tomar una cervecita
e informarnos dónde podemos cenar. Llega la hospitalera en ese momento
y nos dice que no hay nada. Nada de nada.
¿Qué hacemos?
Pues ni cortos ni perezosos, llamamos a un taxi y le decimos que nos lleve
a Portomarín a algún restaurante que sea bueno y barato y
si es casero, mejor. Tras un mes moviendonos andando, el coche es una especie
de máquina del tiempo maravillosa que en un instante nos traslada
de un lugar a otro. El taxista no cabe en sí de gozo cuando admiramos
su vehículo y le preguntamos por todo lo que en él vemos.
Nos deja en una fonda que son amables y nos dan muy bien de cenar. El buen
ambiente hace el resto. Al rato, vuelve el taxista y nos recoge para llevarnos
de vuelta al refugio.
Cómo cambia la vida, cómo cambia el Camino. Como niños
con zapatos nuevos, después de haber vivido un lujo inenarrable,
nos metemos en nuestros sacos plenamente felices.
11.04.99. Domingo. (XXX)
Hospital de Cruz-Melide (724.50km):
Salimos en ayunas. Ya lo sabíamos desde ayer tarde, con lo que
ya no se nos hace tan duro. Contentos no vamos, pues sabemos que esto no
lo vamos a poder solucionar hasta Palas, salvo que haya un milagro. Así
que despacito vamos caminando, mirando a las vacas con envidia, que ya
están desayunando por las campas,.
Hace buen día pero más fresquito. No vamos en camiseta, que
no apetece. Quizá más tarde tengamos calor y tengamos que
parar para quitarnos ropa, pero no creo que sea posible antes del cafelito.
Admiramos el cruceiro de Lameiros, pero deprisita, que el estómago
nos pide algo caliente y con sólidos. En una bajada vemos un letrero
adosado a una fachada que pone muy artesanalmente, tirando a desastre,
BAR. Aceleramos y llamamos. Es una casa normal. Nos abre una niña
y cuando le preguntamos si podemos tomar un café, llama a su madre.
Baja esta en bata y rulos y nos hace pasar a la cocina. Nos sienta en la
mesa, pone un hule de flores y se lía a hacer un café de
calcetín en el puchero. Lukas no entiende nada y nos da patadas
por debajo de la mesa. Los demás estamos cortados, que tampoco comprendemos
mucho lo que se está cociendo. No nos da la risa de milagro. Nos
sirve el café, saca una bolsa medio rota de madalenas de un armario
y allí nos tiene, devorando como locos.
Pagamos, salimos y todavía no nos hemos recuperado del shock. Era
todo como muy raro, como negocio chapucero de pobres gentes a la vera del
Camino. Ojalá les vaya bien y vayan a más, que voluntad no
les falta.
En Palas paramos en el primer bar que vemos. Venimos con necesidad de un
café de verdad, de olvidar lo que nos ha pasado. No estamos de suerte,
porque el que nos sirven es el peor del Camino y por mucho. Tirando a asqueroso.
En fín, que no es nuestro día.
La etapa no es atractiva. Sin ser fea no tiene ninguna particularidad,
salvo las aventuras cafeteriles que son inolvidables. Vamos avanzando en
armonía con nosotros y con los demás, con el entorno. Cada
vez está más encapotado pero no acaba de llover.
En Furelos, al cruzar el río que da nombre al lugar por el puente
medieval, me pregunto cuántos hemos cruzado desde que salí
de Saint Jean hace ya treinta días. Qué dificil debía
de ser hacer el Camino cuando había que contratar a un barquero
para pasar, pagar peaje o nadar entre sus aguas, a veces crecidas, siempre
frías. No valoramos todo lo que la historia, el conocimiento, la
técnica, nos da a diario sin lo cual la vida sería mucho
más dificil. Pensando en ello, recuerdo a una amiga de mi madre,
mujer encantadora y optimista donde las hubo, que decía que Dios
nos quiere mucho, que nos ha dado lavadora, aspiradora, fregadora, frigorífico,
etcetera. Ella, en su inocencia, valoraba todo aquello que le hacía
más fácil la vida. Nosotros lo tenemos asumido y no recordamos
que hubo un tiempo que no disfrutó de tales comodidades.
Entramos a Melide a muy buena hora. Buscamos el refugio, nos inscribimos
y apuntamos. Está prácticamente vacío y es amplio
y está bien acondicionado. Si hay suerte dormiremos pocos y en paz.
Tras la ducha nos vamos a dar una vuelta por la villa, que tiene mucho
para admirar. Según salimos nos cogen dos abuelas del brazo a Txemari
y a mí y nos quieren llevar al baile que hay en la residencia. Son
un par de traviesas de mucho cuidado, muy graciosas. Finalmente nos sueltan
diciendonos picardías, como niñas. Caray con las mujeres
de la tierra, vamos tener que ir con cuidado.
Nos preguntamos por qué nos pasan todas estas cosas, tantas anecdotas.
La única explicación que encontramos es la la luz que desprendemos.
La alegría, naturalidad y despreocupación en las que vivímos
y que se nota en cada acto, en cada movimiento, en cada frase o palabra
que decímos. Es la obra del Camino, que salímos muy distintos
de nuestras casas un mes atrás.
Cumplidas las obligaciones turísticas y culturales, nos vamos para
Casa Ezequiel, la fasmosa pulpería, lugar cutre de lux, con
todo el encanto de lo popular. La señora que nos atiende nos ofrece
pulpo, empanada, y queso. Pedimos de todo y una jarra de turbio para ir
pasando. La comida está sensacional y el vino se nos sube por las
tazas hasta la cabeza, que acabamos muy piripis, bien alegres. Cuando nos
cobra nos sorprende. El precio es extraordinariamente bueno, por lo que
le preguntamos si no se ha confundido. Cuando nos da los cambios vemos
que lleva en los bolsillos del delantal más de tres millones de
pesetas. Si es la caja del día, bendito sea Dios. O es de aquellas
que no lo mete en el banco porque no se fía.
Volvemos al refugio entre risas comentando lo particular que son todos
los que trabajan en el local. Quizá son las costumbres del lugar
que no las conocemos y nos sorprenden, o es que son más bien tirando
a raros. Entre risas llegamos al albergue, cuando ya lo han cerrado, diez
minutos tarde. Nos echan una bronca y adentro. Pasamos al dormitorio y
está completamente lleno. Huele mal y hace mucho calor así
que opto por coger el colchón y el saco y salir a dormir al hall.
Además así no molesto a los demás con mis ronquidos,
que son nuevos y no están acostumbrados. En estas se lía
una increíble. Txemarí que va achispado hace un poco más
de ruido de lo normal, que suele hacer bastante. Se molesta uno y le recrimina.
Le responde nuestro amigo por aquello del vino y cuando nos damos cuenta
el peregrino ha sacado una navaja y le está amenazando, muy agresivo.
Conseguimos restablecer la paz y me voy para el hall.
A media noche me aparece el de la albaceteña como una fiera y casi
me da de patadas, yo en mi saco. Está muy agresivo. No sé
que está pasando en el dormitorio. Lo calmo y sigo durmiendo.
Hay gente para todo y en todo lugar. Es una pena que se pierdan las formas,
sea en donde sea. La violencia me parece la peor expresión del ser
humano, que deja de ser tal para convertirse en animal.
12.04.99. Lunes. (XXXI)
Melide-Santa Irene (754.55km):
Me levanto el segundo. El primer peregrino que sale del dormitorio
camino del aseo, me despierta. Recojo todo y voy a por los demás.
Salen un poco agobiados por la noche de violencia que han vivido. Qué
pena cómo una sola persona, quizá debería definirlo
de otra forma, puede destruir el equilibrio.
Salimos pitando a desayunar. Allí me cuentan. Inenarrable. Más
tranquilos, nos vamos hacia la soledad del campo, a los bosques de eucaliptos
que tan bien huelen a esta hora de la mañana.
Al rato nos adelanta el que anoche nos amenazó. Le deseo Buen Camino
y me enseña la navaja por respuesta. Se me hiela la sonrisa al fresco
de la mañana. Decidimos separarnos lo más posible de tan
terrible personaje parando en Boente un buen rato a tomarnos un segundo
café, a recuperar la serenidad, el buen humor. Cuanta más
distancia haya entre semejante tipo y nosotros, mejor.
El tiempo no acompaña. Hace fresco y está muy encapotado.
Una fina lluvia va calandonos. A veces llega a ser un verdadero chaparrón,
tirando ya a diluvio. Dicen que en Santiago si no llueve es que va a llover.
Estamos a un día de abrazar al Santo y es lo que toca. Demasiada
suerte hemos tenido con el clima, que hemos pasado más calor que
frío y más sol que nubes, que siendo principio de primavera
y llegando a donde vamos, demasiado bien nos ha ido.
La etapa es suave y, llena de bosques de eucaliptus, parece un paseo por
Australia. El campo es bonito y verde, con alguna cuesta endemoniada en
la que siempre adelantamos a alguien, en ocasiones a colegios enteros.
Pobres, van arrastrandose.
Pasamos por Arzúa como una exhalación. Ni probamos los quesos.
Lukas nos prueba. Es joven y fuerte y camina a un ritmo endiablado. Calculo
la velocidad a la que vamos con el podómetro y el cronómetro
y me sale que vamos a más de 6.55km/h. Una barbaridad. Me dice que
estoy muy en forma para mi edad y le respondo con otro tirón. Se
va a enterar a quien ha llamado abuelete.
Mientras tiro de él en un repecho, me recorre un escalofrío
a lo largo de toda la espalda cuando pienso que los marchadores van a 3
minutos kilómetro, es decir a 20km/h, durante muchísimos
más kilómetros que nosotros, una maravilla. Este pensamiento
tan competitivo me es útil como ejercicio de humildad. Ya lo decía
el otro día, siempre hay otro más guapo.
Empapados en sudor, pero de muy buen humor, esperamos a Victor y a Txemari
que se nos han rezagado. Este no viene hoy muy entero, que lo de la navaja
le ha dado muy mal cuerpo.
En el Alto de Santa Irene ya cae un chaparrón de los de verdad,
tipo tormenta mediterranea. No vemos nada con los plásticos, capuchas,
capas. Y sudamos de lo lindo sin transpiración.
Decidimos quedarnos en el albergue privado de Santa Irene. Después
de la nochecita anterior preferimos terminar el Camino bien. Es la última
noche antes de llegar a Santiago y ya empezamos a celebrarlo. Llamamos
y nos abren un par de chicas muy amables de acento muy dulce. Nos enseñan
el lugar y quedamos encantados. Además de duchas y servicios incríblemente
limpios y funcionales, el dormitorio es graciosísimo. Hay unas diez
camas con cabecera de madera, una al lado de la otra. Parece la casa de
los siete enanitos. Nos encanta.
Fuera hace fresco y está desapacible. En el interior, limpios tras
una maravillosa ducha se está en la gloria, los cuatro solos, tomando
una cervecita y viendo la tele, sentados en confortables sillones. Nos
encontramos raros, desplazados en un ambiente tan agradable, cómodo,
limpio y acogedor. Estamos un poco rígidos, que nos hemos vuelto
un poco salvajes.
La cena que nos hacen está sensacional, rica y casera. No nos lo
podemos creer, qué lujo. La sobremesa es agradable, con café,
rememorando tantos días de trajín, caminando durante un mes
entero. Mañana acabamos y se nos hace raro. Habremos de tomar decisiones,
volver a la realidad, salir de este mundo mágico en el que nos hemos
sumergido durante tantos días.
Estamos felices de pensar que llegamos, que lo vamos a conseguir, pero
hay una sombra de tristeza. Hemos sido felices, hemos compartido risas
y llanto, frío y calor y nos vamos a separar. No queremos darle
muchas vueltas. Estamos bien y somos felices. El futuro llegará
pero ahora es hoy y aquí.
Nos vamos a la cama y si el otro día parecíamos los tres
mosqueteros hoy somos los cuatro enanitos. Es la vida, que va cambiando.
13.04.99. Martes. (XXXII)
Santa Irene-Santiago (776.65km):
Madrugamos. Hemos dormido de un tirón. Las camas y el lugar
eran magníficos, ya no estamos acostumbrados a dormir con sabanas
y edredón en un ambiente tan acogedor. Nos dan un desayuno maravilloso
y el precio es ajustadísimo. Así como hay mucho ladrón
que se aprovecha de los peregrinos, de la riqueza que significa el Camino,
hay otras gentes, honestas y cariñosas, limpias y cumplidoras, que
son alegrías añadidas a las que el peregrinar te ofrece.
Fuera sigue lloviendo aunque algo menos que ayer, que diluviaba. Vamos
frescos y el sendero es fácil y agradable. Hasta llegar al colegio
y polideportivo, el recorrido lo hemos hecho por bosques de eucaliptos
que brillan a la tenue luz del encapotado día con la lluvia recibida
.
Pasamos el aeropuerto, cruzamos la carretera, y nos comemos en un santiamen
los pueblos hasta llegar a la Televisión Galega y tras ella el Monte
do Gozo. Nos quedamos horrorizados del lugar, del hacinamiento que aquí
se debe sufrir, acostumbrados a la soledad de muchos días. Subiendo
la cuesta el espanto aumenta al ver el tremendo monumento conmemorativo
de la visita del papa Juan Pablo II en 1992. Qué pena que un lugar
tan significativo como este, en donde los peregrinos han llorado de alegría
durante tantos siglos, quede afeado por semejante monstruosidad. Que me
perdone el autor y los que lo encargaron, pero es lo peor, por mucho, de
todo el Camino. Una lástima que te den algo así en el postre.
La bajada a Santiago es un planear porque vamos embalados, como tiros.
Ya en el casco urbano, una señora nos dice que si aceleramos llegamos
a la Misa del peregrino. Más ya no podemos correr, así que
mantenemos el ritmo.
Pasada la Porta do Caminho nos perdemos un poco. Finalmente llegamos a
la Plaza Quintana y maravillados ante semejante Catedral nos confundimos.
Hemos de preguntar a un policía por la Puerta Santa, que no la encontramos.
Es que nos hemos vuelto como de pueblo, atontados por tanto tiempo perdidos
por el monte. La traspasamos, abierta como está por ser Año
Santo.
Alucinamos.
Qué puedo decir de la Catedral, hermosa donde las haya.
No tengo palabras para explicar lo que siento.
Tengo la suerte de haber conocido el cielo del corredor y el día
perfecto de surf, amanecer inolvidable de una mañana de juventud.,
pero nada me ha estremecido como la llegada a este lugar. Quizá
el ultimo movimiento de la novena de Beethoven pueda dar una idea de la
alegría y fuerza que recorre mi alma.
Todavía afectados, salimos hacia la Oficina del Peregrino a que
nos echen el último sello, a que nos den la Compostela. Subimos
la escalera de madera corriendo, claro, siguiendo nuestra costumbre de
acabar así y entramos a la sala.
Hay más peregrinos recibiendo la última alegría de
su Peregrinación, pero todos se vuelven hacia nosotros.
Despedimos tal energía, luz, alegría, magnetismo, que atraemos
todas las miradas. En un momento estamos rodeados por todos los que hay
en la oficina, que han salido de detrás del mostrador. En el siguiente
estamos emocionados de alegría mientras todos nos preguntan. Unos
y otros conseguimos serenarnos un poco y alguien pone un poco de orden.
Nos piden los últimos datos y nos dan las Compostelas, Pietatis
Causa. Nos preguntan si vamos a ir a la Misa del Peregrino de mañana
y si queremos que digan que hemos llegado, a lo que respondemos que naturalmente
que sí. Alguien, muy amablemente, me pregunta si quiero leer el
evangelio en la ceremonia y declino. Soy muy tímido y me emociono
con mucha facilidad, especialmente tras el Camino.
Txemari se va plastificar su Compostela. Me quedo ayudando a Lukas con
los papeles. Cuando nos damos cuenta, nos han sentado en un pequeño
sofá de la oficina y nos están haciendo fotos y entrevistas.
Hay dos o tres periodistas que nos preguntan a la vez. Respondo por mí
y por él, traduciendo las preguntas, sus respuestas. No callo, pero
es que no me dejan.
Llega un colegio y la oficina se ve obligada a recuperar la normalidad.
Nos reunímos con Txemari y a Lukas lo requiere un equipo de una
cadena de televisión alemana. Se lo llevan.
Me voy para el Obradoiro. Tengo una reserva en el Parador de Los Reyes
Católicos, el último hospital de peregrinos del Camino. Además
de las consideraciones históricas, pensé que dormir en este
hotelazo después de andar un mes por el monte, descansando en humildes
refugios podía ser un shock brutal, maravilloso.
Paso a recepción admirando el maravilloso edificio y me reciben
muy fríamente, tirando a groseros. Me sorprende. Cuando me piden
los datos no me tratan correctamente. Quizá mi apariencia, posiblemente
mi olor a peregrino les repugna, no están acostumbrados. Educadamente
les recrimino su actitud diciendoles que nunca se sabe quién hay
detrás de un peregrino. Hay que tratarlos con respeto por educación
y porque podría ser al igual que ellos funcionario, posiblemente
perteneciente al cuerpo diplomatico, nivel 30 (el máximo) y cualquier
movimiento de queja por mi parte les supondría un buen susto si
no más.
Ante mis palabras, frías como cuchillos, se me cuadran y me acompañan
dos botones a mi habitación. Uno me guía, el otro me lleva
la mochila. Ya en la habitación me río del susto que les
he dado. Quizá hayan aprendido la lección y a partir de ahora
se olviden un poco de las apariencias y aprendan a ver más en los
ojos, en las formas.
Tras la monumental ducha y visita detenida por el recinto, incluidos espacios
creo que reservados o prohibidos, salgo a buscar a mis amigos para celebrar
la llegada con una buena cena.
Nos tomamos una mariscada, una de aquellas variaditas de un poco de esto
y también de aquello sin olvidarte de todo lo demás. Vaciamos
el escaparate, que un día es un día. Satisfechos nos vamos
a tomar un café. Alguien nos comenta que hay una tradición
en Compostela que es la de hacer el París-Dakar. Hay un bar que
se llama París y otro Dakar, y entre ambos hay unos 56 en los que
hay que tomar un chupito. De momento no se sabe de nadie que haya llegado.
Lukas se empeña en invitarnos a una cerveza alemana. Acabamos en
un pub bebiendo en unas jarras enormes algo oscuro y fuerte como un demonio.
Txemari se lía a bailar con una americana un son de gaita gallego,
no sé qué ritmo. Si digo que al salir del bar nos asaltan
unas veinticinco mujeres, creo que no miento, que tan piripi no voy. Son
médicas de Mallorca que están de congreso por Compostela
y con muchas ganas de juerga. Con la energía que llevamos les damos
cuerda hasta que los ojos se nos empiezan a cerrar. Además les digo
que quiero aprovechar que duermo en un hotelazo increíble, que eso
no me lo pierdo.
Es muy tarde, pero cuando pido la llave se me cuadra todo el personal de
noche. Les han debido de avisar. Me vuelve a acompañar un botones.
Me acuesto sonriendo del miedo que les he metido en el cuerpo.
14.04.99.Miercoles.
Santiago-Casa (Vuelta a casa):
Me pego un madrugón y me voy al garage. Quiero vivir una de
las últimas tradiciones del Camino. Presentando una fotocopia de
la Compostela que demuestre que has peregrinado a la tumba del Santo, el
Hostal de los Reyes Católicos invita a desayunar, comer y cenar
a los diez primeros que lleguen a cada una de estas comidas, un máximo
de tres días. Me reuno con un par de guiris y un botones muy uniformado
y orgulloso nos conduce cruzando dependencias hasta la cocina del hotel.
Allí nos dan una bandeja y nos sirven el desayuno. Café o
té, zumo de naranja, huevos fritos, croissant, churritos y pan.
Un lujo. Lo tomamos en un pequeño cuarto habilitado para el menester.
Recogemos todo y tratamos de encontrar la salida, que nos han traido por
un laberinto y aquí ya no hay flechas amarillas.
De allí me voy a visitar la Catedral detenidamente. A esta hora
no hay nadie y me entretengo admirando lo muchísimo que tiene por
ver. Acabo abrazando de nuevo a Santiago. Le digo que se cuide, maternalmente.
Luego lo volveré a ver en la Misa del Peregrino y si puedo pasaré
antes de volver hoy a casa. Salgo impresionado por tanto arte, tan maravilloso,
en lugar tan santo.
Me reuno en el Café Dakar con mis amigos. Tomando un café,
el camarero, amable y atento me ofrece la prensa del día. Cual es
mi sorpresa cuando en uno de los periódicos encuentro una foto nuestra
con una de las entrevistas que ayer nos hicieron en la oficína del
peregrino (ver artículo al final de este diario). Lo celebramos
con mil comentarios y nos vamos a sacar los billetes para volver a casa.
Los tres nos iremos esta tarde, cada uno a un lugar diferente, separado
por cientos de kilómetros de los otros dos. No nos queremos emocionar,
pero no nos va a resultar fácil perder a los otros miembros de tan
entrañable compañía .
Las campanas de la Catedral anuncian la Misa del Peregrino. La iglesia
está llena aunque no hay mucho caminante. La mayoría son
turistas o naturales del lugar. De pie en un lateral de la nave central,
seguimos la ceremonia con atención. Una señora mayor se levanta
del banco en que está sentada y me ofrece el sitio. Que debo de
estar cansado, me dice. Le doy un beso y la siento. Todavía hay
abuelitas maravillosas. Gracias.
Cuando nos citan, cuando dicen que hemos venido caminando desde Francia,
Roncesvalles y Pamplona se nos iluminan los ojos de alegría y nos
abrazamos.
Ya dije ayer que no es explicable todo lo que siente en este momento, en
este lugar, un peregrino que ha caminado durante tantos kilómetros,
padecido todo tipo de climas, sonreído a todo tipo de gentes y vencido
a sus demonios personales. Las lagrimas que se observan en los ojos de
los que han llegado no dicen nada de lo que en su interior siente, agradece.
La alegría del botafumeiro nos saca de nuestras reflexiones. Lo
admiramos, inspiramos, saboreamos el olor del incienso que cual niebla
de los pasados días va desdibujando las formas que nos rodean.
Salímos, comemos y nos fundimos en un enorme abrazo tras hacernos
la última foto. No importa lo que tardemos en reunirnos, los kilómetros
que nos separen, amigos para siempre, profundos.
Vuelvo a la Catedral a despedirme de Santiago. Le abrazo de nuevo. Le digo
que si puedo volveré, cariño obliga. Recuerdo a mi madre
cuando con afecto le digo al irme lo que ella me decía cuando era
niño, que se porte bien, pero que si no puede, que al menos se divierta.
Y le guiño un ojo mientras salgo por el Pórtico de la Gloria.
Ya en el avión trato de recordar cómo era mi vida, intento
volver al mundo del que salí hace ya más de un mes. No es
fácil. Pienso que voy a recorrer en algo más de una hora
el doble de trayecto de lo que me ha llevado más de un mes caminando.
Otra lección de humildad.
Cuando despegamos, cuando veo el sol aparecer sobre los nubarrones, lo
acepto como el último signo que me dice que el mal tiempo ha pasado,
que he superado la tristeza, que he vencido a mis demonios.
Y me duermo mientras vuelo.
EPÍLOGO:
He sufrido lluvia, nieve, granizo. Me ha soplado el viento por los cuatro
rumbos.
He pasado frío y calor, ambos, de día y también por
la noche.
Tengo una oreja quemada, un sabañón me adorna la otra.
Los pies me dieron ampollas, un dedo perdió la uña en el
avanzar.
Las plantas me dolieron, siguen haciendolo ahora que estoy en casa.
El frío, el aire y el sol han partido mis labios.
He padecido hambre, he sufrido sed.
He tenido contracturas en la espalda por cargar durante horas con la mochila.
Me ha castigado el dolor.
Sigo pensando que no es duro, que no he padecido nada que no se pueda aguantar.
Me he fortalecido.
He disfrutado del paisaje, naturaleza, gastronomía, y un sinfín
de vinos.
He conocido gentes de muchos lugares.
Con algunos he hecho una profunda amistad.
A los demás he aprendido a soportarlos, comprenderlos, ayudarlos.
He llorado. He reido
Comprendo y amo la vida, de nuevo.
Volveré al Camino.
Volveré una y otra vez a Compostela, a la Catedral.
Abrazaré a Santiago.
Volveré y aprenderé de las estrellas.
BUEN CAMINO, HERMANO
Alfonso
* Entrevistas
que se me hicieron y libros que hablan de mi Camino
alf@ibernet.com
http://www.biescasvignau.com

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