
Año Santo Compostelano.
A UNOS 600.000 PASOS (1)
Por Juan José Alonso Escalona
Preámbulo
No sé si esto que voy a escribir podrá llegar a interesar
a alguien. Es más, posiblemente ni yo me sienta destinatario de
su narración. Pero lo cierto es que algo, en mi interior, me está
pidiendo que lo haga; más tarde espero comprender el porqué
de esta inquietud.
Hace tres o cuatro meses, entre el mes de Marzo y Abril, comuniqué
a mis hijos mi deseo de hacer el Camino de Santiago &laqno;a pie».
Me miraron entre incrédulos y sorprendidos y dejaron pasar los días.
Según avanzaba el tiempo, yo iba haciendo la previsión de
cosas necesarias, entre otras la mochila y prendas adecuadas a tal fin.
Irene, la esposa de mi hijo Juanjo, me hizo la oferta de su mochila. Fui
a su casa para ver si podía valer. La examinamos y la única
objeción que encontré era la de que no disponía de
arnés para que el dorso no se apoyara directamente contra mi espalda.
Yo tenía la dura experiencia de la que llevé a los Picos
de Europa y que, por carecer de este accesorio, me hizo sudar de lo lindo.
De todas maneras, la llevé a casa.
Fui comprando una esterilla, un saco de dormir, calcetines, botas, linterna,
pilas, etc. Todo ello lo iba acondicionando en la mochila que, a su vez,
iba tomando la forma característica de las que llevan los aventureros.
Mi hija Cristina, conforme iba viendo mis preparativos, mostraba cierta
preocupación. Creía que era una locura lo que me disponía
a hacer. Así que, ya cercana la fecha de mis vacaciones, procuró
comentar con Rafa, su novio, con el Sr. Vargas, su jefe y con otros amigos
mi propósito de viajar a pie hasta Santiago, con el fin de quedarse
más tranquila si todos ellos opinaban que no me pasaría nada
y que les parecía bien mi decisión.
Marcos, un amigo suyo y compañero de la Facultad había hecho
el Camino desde Astorga y le pidió que me aconsejara para que todo
fuera más seguro. No tuve ningún inconveniente; antes, al
contrario, le agradecí su interés y, además, me facilitó
una Guía del Camino editada por el País/Aguilar del año
93. Era evidente que en 4 años podía haber cambios notables,
pero básicamente era un documento muy válido para establecer
las Jornadas o Etapas.
Por dónde empezar
&laqno;El Año Santo Jacobeo del 93, a finales del mes de Agosto,
mi esposa Mercedes y yo habíamos pensado hacer el Camino en coche
desde Roncesvalles. Cuando llegamos a Santo Domingo de la Calzada, donde
comimos y visitamos una Exposición en la Catedral, Mercedes me preguntó
si aún faltaba mucho para llegar a Roncesvalles. Le dije que sí,
pero que llegaríamos por la tarde, nos alojaríamos en Jaca
y al día siguiente saldríamos para Santiago. Se quedó
muy triste y me pidió que nos fuéramos aproximando a Santiago,
ya que no estaba buena y temía no poder ganar el Jubileo. Nos dirigimos
a Burgos y allí le pregunté si quería hacer noche
y continuar al día siguiente hacia Santiago. Me rogó que
nos acercáramos lo más posible pero por los pueblos del Camino
de Santiago. Así llegamos a Castrojeríz. Nos hospedamos en
el Mesón de Eduardo, hijo de José Mª Francés.
Por la noche dimos un pequeño paseo y nos fuimos a la cama pronto.
Estaba muy triste y se encontraba muy incómoda. Me dijo: vamos a
dormir y quizás mañana me encuentre mejor. Estuve despierto
toda la noche. Estaba realmente preocupado. Por la mañana temprano,
ella se levantó antes que yo; tenía náuseas y ganas
de devolver. Se arregló un poco y me rogó que regresáramos
a Madrid. No se encontraba con ánimos para seguir».
Punto de partida
Hecho este paréntesis, mi propósito de Peregrinar a pie hasta
Santiago presuponía empezar en Castrojeríz. Hasta allí
llegó Mercedes, con dificultad y auténtico sacrificio, con
la esperanza de llegar hasta Compostela. No pudo; su mal (todavía
desconocido) le impidió ganar su Jubileo. La Gracia le vendría
por otra vertiente, la del dolor más profundo. Un cáncer
la estaba &laqno;purificando» para llegar con paz por el Camino más
seguro al abrazo del Santo de los Santos. A mí me quedaba hacer
el resto, pero esta vez viajaría sólo.
Desde Castro, como dicen los lugareños, hasta Santiago. Un Camino
en solitario, inexplicable, ni yo mismo, al hacerlo, he llegado a comprender
su valor ni alcanzar toda su dimensión.
Un voluntario que me lleve a Burgos
A finales de julio pedí a mis hijos que me acercaran a Castrojeríz.
Mi ilusión hubiera sido haber ido todos juntos, haber celebrado
una comida familiar y desde allí comenzar mi andadura. La fecha
en la que tenía previsto ir a Burgos era el lunes 28 de julio. El
único de mis hijos que para esa fecha estaba de vacaciones era Yago,
así que fue él quien se prestó gustosamente para acompañarme.
Un compromiso comercial me hizo cambiar de fecha. Por fin, el día
31 de julio salimos de Madrid mi hijo Yago, Cuqui, su esposa, y Almudenita,
mi tercera nieta. Comimos en el Mesón del Cid. Una comida exquisita,
de buen paladar y gran gusto. Por la tarde llegamos a Castrojeriz. Me dejaron
en el Albergue de Peregrinos y nos despedimos.
Como un intruso
Allí quedé solo con mi mochila y un grupo de gente desconocida.
Traté de dialogar con los de la entrada. Me recibió el Hospitalero,
Restituto Rodríguez, Resti para los amigos. Me asignaron la cama
10, donde deposité mi mochila. Resti me ayudó a buscar un
Bordón; el elegido por mí fue todo un acierto. Después
subí a la calle principal, donde compré un sombrero de paja,
tipo flexible, que me dio un servicio inestimable.
Me acerqué a las Clarisas, cuyo Convento dista de la población
algo más de un kilómetro. Por el torno pedí que me
abrieran la Iglesia para encomendarme a la Virgen, ya que iba a empezar
desde allí el Camino de Santiago a pie. La monjita me dijo que fuera
por el jardín hasta el final; que podía pasar porque estaba
abierta. Aún no había empezado mis jaculatorias cuando los
acordes del órgano, en un &laqno;tutti» solemne, inundaron
la nave con el Himno a Santiago, Patrón de las Españas...
La emoción se agolpó en mi pecho y sienes, y aún no
me había repuesto, cuando a continuación interpretó
con idéntica solemnidad el Himno a Nuestra Señora del Pilar:
&laqno;Virgen Santa...». Creí encontrarme en el Cielo. Caí
de rodillas con la cara llena de lágrimas dando gracias al buen
Dios que, de forma tan patente, me mostraba su &laqno;plácet»
a mi proyecto. En ese momento tuve la seguridad de que era Dios quien me
había invitado a realizar la Peregrinación.
Mi primera noche de Albergue en Castrojeriz
Era mi primer contacto con el &laqno;Camino». Ahora podía
ver, experimentar, valorar todo cuanto me habían comentado sobre
el mismo. Lo primero, los protagonistas: quiénes eran y cómo
se comportaban los peregrinos; lo segundo, cuál era la forma de
vida a la que obligaba el Camino: las comidas, los Albergues y Refugios,
las dificultades de cada etapa, los peligros que tendría que afrontar,
etc.
En este primer contacto quedé confundido en cuanto al primer punto
ya que Resti, al comprobar mi Credencial del Peregrino y ver que estaba
avalada por el Arzobispado de Madrid, soltó unos cuantos vocablos
despectivos para todo lo que sonaba a curas, iglesia y obispos. En ese
Albergue no se quería saber nada relacionado con la Iglesia.
Me selló la Credencial y me asignó la cama 10. Esta era una
de las 4 literas ubicadas en un espacio de no más de 2'40 de ancho
por 1'90 de largo, es decir un espacio de unos 4 m2. La estructura de las
literas era de obra incluida la superficie de descanso; sobre ella había
un jergón sin apoyo para la cabeza. Para ser mi primer contacto
con el Camino no suponía un pronóstico alentador y sí,
por el contrario, hacía prever la aspereza e incomodidad de todo
el recorrido. A pesar de ello, me tranquilicé pensando que no todos
serían iguales y que el espíritu del Peregrino debía
ser el de aceptar con alegría y agradecimiento cuanto pudiera ofrecérsele
en cada lugar.Por primera vez saqué de la mochila la esterilla,
saco de dormir y el neceser de aseo. No se me ocurrió coger la linterna,
lo que fue un error, puesto que la luz se apaga a las 11 de la noche y
todo queda a oscuras.
Mi &laqno;cama» era la de abajo, entrando a la izquierda de la camarilla;
en la de encima un peregrino se curaba pacientemente los pies llagados.
Además el pobre tuvo que levantarse cuatro o cinco veces durante
la noche, por lo que me fue imposible dormir.
En la litera de mi derecha otro peregrino, más adaptado, dormía
plácidamente según se deducía por lo profundo de sus
ronquidos.
Dejé que el tiempo transcurriera; por lo menos estar tumbado me
ayudaría a descansar. Sin saber la hora que era, pero no encontrando
una postura en la que me sintiera cómodo y relajado, me levanté
y me dirigí a tientas, guiándome por los huecos de las camarillas,
hasta llegar donde supuse haber visto por la tarde el único aseo
disponible. Después de tropezar con la escalera pude atinar, al
final, con lo que buscaba. Tampoco me fue fácil encontrar el interruptor
de la luz. La encendí y allí me quedé, esperando que
fueran las 6 de la mañana para asearme y vestirme convenientemente.
No llevaba ni diez minutos, cuando entró una peregrina en &laqno;paños
menores», que tenía una necesidad ineludible. Le dije que
yo ya me iba, a lo que replicó que por ella no me preocupara, que
estaba acostumbrada a compartir las &laqno;comodidades» de los Albergues
con todo &laqno;género de peregrinos». A pesar de ello, salí
y esperé a que dejara libre el lavabo. En el mismo cuarto había
un lavabo, una ducha y un retrete.
Ya empezaba a clarear y noté cierto movimiento en las camarillas,
así que me afeité y aseé lo más rápido
que pude. Al momento empezaron a entrar peregrinos para todo servicio.
De regreso a mi cama observé, con envidia, la agilidad con que todo
el mundo recogía sus útiles y preparaban sus mochilas para
la marcha.
Con el fondo musical de un canto gregoriano bastante primitivo apareció
Resti, diciendo que para desayunar había manzanas, café con
leche o colacao y magdalenas. Nos recordó que el Albergue se mantiene
gracias a los donativos de los que hacen uso de él.
Mi donativo le impresionó y dio ocasión a confidencias. Al
enterarse de que yo trabajaba en Publicidad, me abrazó explicándome
que él era publicitario y que había dejado todo por unirse
al Camino.
Le hice la observación de que sus comentarios de la tarde no me
habían parecido ni justos ni oportunos, ya que, a mi juicio, hacer
el Camino a pie suponía una cierta espiritualidad y búsqueda
religiosa. Se disculpó alegando que no todos los que se albergan
son creyentes y que muchos ni siquiera creen en Dios. De esa forma él
trataba de ganarse la amistad de todos. Yo le hice ver que, si el Apóstol
Santiago hubiera seguido la misma estrategia, aún continuaríamos
adorando al Sol o al buey Apis. Añadí que Cristo envió
a sus discípulos a predicar la Buena Nueva y no el engaño
ni lo Viejo Conocido. Me dio la razón y me pidió disculpas.
Sentado a mi derecha había un peregrino plagado de tatuajes y tostado
por el sol, quien me felicitó por mis argumentos en una mezcla de
español e italiano. Se lo agradecí en su idioma y me dijo
llamarse Luigi.
Viernes 1 de agosto: Castrojeriz-Frómista
Eran las 6'30; estaba amaneciendo. Me cargué la mochila y con el
sombrero, el bordón y la medalla de Santiago en el pecho, salí
al exterior. Resti me dijo que tenía el aspecto de un auténtico
y veterano peregrino. Luigi, por su parte, me recomendó que fuera
pendiente de las flechas amarillas, indicadoras del Camino. Nada más
salir advertí en la pared de enfrente la primera de esas señales.
Me paré para atarme mejor las botas y, estando en ello, me dio alcance
otro peregrino, que también pernoctó en el Albergue. Nos
presentamos. El se llamaba Oscar y también empezaba el Camino en
Castrojeriz. Mientras nos dirigíamos a la primera prueba, la subida
de Mostelares, 1.400 mts de continua ascensión, me hizo el comentario
de que él sólo haría el trayecto hasta Carrión.
Otro año vería de continuar hasta Santiago. Fuimos juntos
hasta Frómista. Nació una sincera amistad.
Coronado el alto de Mostelares, como a unos 3 kms encontramos la fuente
del Piojo. En una pequeña plataforma había una mesa de piedra
y unos bancos a la sombra de unos árboles, recientemente plantados;
allí descansaban una parejita de jóvenes a quienes saludamos.
El nombre de la fuente me dio pie para decir: &laqno;seguro que el agua
de esta fuente se sube a la cabeza». Al chico le hizo tanta gracia
que se atragantó con el bocadillo que estaba comiendo. Aligerados
de la mochila, bebimos agua hasta encharcarnos; estaba muy fresca y era
muy fina. Entonces vi llegar a Luigi, que venía sofocado en busca
mía. Me explicó que estuvo esperándome en el Albergue
para venir de compañero conmigo, y además quería regalarme
la Tau de San Francisco, porque yo era peregrino de verdad. Al decirle
Resti que yo me había marchado, él apretó el paso
para cumplir lo prometido. Le di un fuerte abrazo que le emocionó
y los tres juntos reanudamos nuestro caminar.
A poco más de un kilómetro apareció la Ermita de San
Nicolás, del siglo XIII. Es hermosa la imagen de Santiago Peregrino
que se venera en su interior. Allí se encontraba un pequeño
grupo de italianos, enviados por su obispo de Peruggia, para atender tanto
a los peregrinos como al mantenimiento y conservación de la ermita.
Es preciosa. Aquí oí hablar de un peregrino alemán
que hacía el Camino a caballo; le llamaban Freddi. Le fui viendo
por el Camino hasta Astorga, donde perdí su rastro.
Cruzando el Pisuerga hicimos de una tirada casi 11 kms, hasta Boadilla
del Camino. El sol era muy fuerte y llegamos escasos de fuerzas y con mucha
sed. A la entrada hay una noria manual, que, haciéndola girar, te
recompensa con una riquísima agua fría. Bebimos y llenamos
nuestras botellas para el resto de la etapa; aún quedaban 5 kms.
y medio bajo un sol asfixiante.
En Boadilla hice un breve recorrido para admirar el bellísimo Rollo
jurisdicional de piedra, gótico de finales del siglo XV. La Iglesia
parroquial, dedicada a la Asunción de Nuestra Señora, posee
un retablo renancentista con pinturas de Juan Villoldo (siglo XVI), rematado
por un Calvario gótico del XIV. A Pedro de Flandes, Juan de Cambray
y Mateo Lancrin se atribuye el retablo mayor realizado hacia el año
1548.
Luigi se adelantó con otros más jóvenes. Oscar se
detuvo porque se le habían comenzado a hacer ampollas en los pies;
me quedé con él. Se cambió de calcetines y calzado
y decidió continuar. Ahora andábamos más lentos; él
me pidió que yo siguiera a mi ritmo, pero me negué. Poco
a poco fuimos avanzando hasta llegar a la orilla del Canal de Castilla.
La humedad y los mosquitos hicieron más penosos los 4 últimos
Kms. Desfallecidos, agotada el agua de nuestras botellas, abotargados por
el intenso calor, logramos llegar al Albergue de Frómista. Allí
estaba Luigi, sus compañeros y otros para mí aún desconocidos,
todos descalzos, tumbados por el suelo, sin resuello, para darnos la bienvenida.
El Albergue estaba cerrado.
Despojado de mi mochila me tumbé sobre un banco de madera. Las avispas
zumbaban a nuestro alrededor. Me dieron de beber, cosa que agradecí
con toda mi alma, ya que no me quedaban fuerzas ni para andar los diez
metros que me separaban de la fuente de la Plaza.
El Hospitalero llegó a las 14'45.
Tumbado sobre mi litera, estuve esperando turno para ducharme. Sólo
había una ducha y éramos más de 30. Así que
opté por visitar, una vez más, la joya románica de
San Martín. Luigi me acompañó para escuchar mis comentarios,
y visitamos también la de San Pedro. Unas jóvenes peregrinas
me pidieron que les dejara seguir mis explicaciones, a lo que accedí
con sumo gusto.
En la de San Pedro se celebraba Misa a las 18 horas y me quedé con
Luigi y las chiquitas. El aspecto de Luigi inquietaba a unas señoras,
que se encontraban detrás de nosotros. Sus comentarios se cortaron
cuando vieron que también él se acercaba a comulgar. Salimos,
y después de invitar a todos a unos refrescos, volví al Albergue.
Logré ducharme pasadas las 7 de la tarde.
Luigi y yo dimos un paseo y busqué una cabina para hablar con mis
hijos. No pude contactar ni con Yago, ni con Juanjo. En nuestra casa tampoco
había nadie; así que decidí llamar a casa de Rafa.
Se puso su madre, simpatiquísima, a quien rogué que transmitiera
a todos que me encontraba bien y que al día siguiente iría
a Carrión.
Buscamos un Mesón para cenar y lo hicimos en uno muy próximo
a la carretera de Carrión.
Sábado 2 de agosto: Frómista-Carrión de los
Condes
La habitación en la que dormí esta noche constaba de 3 literas
(6 camas); encima de la mía se acomodó Oscar, enfrente Luigi
y en la de arriba la hija de la pareja que ocupaba la tercera litera.
Pasé mejor noche que en Castro y, a eso de las 6, me levanté
para asearme el primero, si bien lo tuve que hacer en un pequeño
servicio que había en la planta baja. Luigi me ayudó a empaquetar
de nuevo el saco de dormir; yo no era capaz.
Como en el Albergue no daban desayuno, Luigi y yo salimos prácticamente
de noche. Por recomendación suya no me puse las botas, sino las
deportivas, porque haría mejor el trayecto. Más tarde me
di cuenta de que no fue acertado, pues me dolieron mucho los pies.
Antes de llegar a Población de Campos, a mi izquierda pude ver la
Ermita de San Miguel, de una sola nave del siglo XIII. Cercana al puente
hay otra Ermita, la de Ntra. Señora del Socorro, del siglo XII.
Según iba amaneciendo eran más insistentes los ataques de
los mosquitos, fenómeno éste que tiene que sufrir todo peregrino
entre las 7 y las 9 de la mañana, principalmente por los sembrados
de Castilla y al borde de los caminos y carreteras.
No habíamos desayunado y empezábamos a sentir hambre. Ni
un solo establecimiento abierto. Al cabo de 7 Kms llegamos a Villovieco.
A su izquierda queda Revenga de Campos. Cruzamos el río Ucieza y
enfocamos a Villarmentero de Campos. La Iglesia de San Martín estaba
cerrada por lo que no pudimos contemplar su maravilloso retablo plateresco
del siglo XVI, obra de Francisco Giralte.
Aún no se divisaba Villalcázar de Sirga, y estando cerca
unas señoras del lugar, les preguntamos si íbamos en buena
dirección. Con una sonrisa un tanto picaresca nos dijeron: sigan
todo recto y como a unos 7 Kms. lo encontrarán. ¡Siete kilómetros!
Dios mío, si ya no podíamos con nuestra alma... Dejamos de
hablar y procuramos marcar un ritmo de marcha en fila de uno (Luigi me
dice que espere, pues necesita aligerar el peso de su cuerpo).
Por fin, a eso de las 9, llegamos en Villalcázar de Sirga. Había
un bar abierto frente a la iglesia de Santa María la Blanca. Entramos
y pedí que nos pusieran pan, queso, vino y café con leche.
Desayunamos con verdadero apetito. Pagué y nos dirigimos a la Iglesia,
que ya estaba abierta al público.
Antes de entrar me quedé maravillado al contemplar la riqueza escultórica
de sus arquivoltas y frontis con el Pantocrator, Evangelistas, Profetas...
Su construcción corresponde al siglo XIII, entre religiosa y defensiva.
Aquí, la Sirga o Camino, disponía de dos Hospitales, encomienda
del Temple, para defensa y acogida de los peregrinos. Su nombre hace mención
a este origen: &laqno;Villalcázar de Sirga».
La Iglesia consta de 3 naves y cubierta de crucería. A la derecha
se puede ver una de las capillas en la que se encuentran varias imágenes
de la Virgen; una de ellas se dice que es la que inspiró las Cantigas
de Alfonso X el Sabio. En el mismo lugar están los sepulcros, en
piedra policromada del siglo XIII, del Infante Don Felipe, hijo de Fernando
III el Santo y de Doña Leonor Ruiz de Castro. En el Presbiterio
se puede admirar un magnífico Retablo del siglo XVI con pinturas,
sobre tabla, del Maestro Alejo, en las que se narran escenas de la Vida
de Cristo, completándose con diversos Santos. En el centro se venera
una imagen de Nuestra Señora con el Niño en brazos, del siglo
XIII. El Calvario del remate es del siglo XIV.
Después de admirar con detenimiento los otros retablos e imaginería,
salimos para reemprender el Camino. En la puerta, el amigo Oscar me hizo
entrega de una postal del monumento visitado. Todo un detalle.
A unos seis kilómetros nos esperaba Carrión de los Condes.
El camino se hace por la carretera. Por ella caminamos, uno en pos de otro,
Luigi y yo. Al mediodía entramos en Carrión. Enseguida y,
en dirección hacia el Albergue, encontramos el Convento de Santa
Clara. En la puerta advertí que también ofrecían hospedaje,
y sin pensármelo dos veces, entré y conmigo Luigi.
Pedí información sobre el hospedaje, y el encargado, un muchacho
joven de apariencia sudamericana, me dijo que las habitaciones no tenían
cuarto de baño, pero que se podía disponer de varios servicios.
Tuvo que atender a otras personas y me pidió que esperase y que
enseguida me las enseñaría. Mientras descubrí una
máquina expendedora de refrescos, y me dispuse a sacar bebida para
Luigi y para mí. Oscar, que se había integrado a nosotros,
no lo consintió, y nos compró Aquarius y Coca Cola.
A Luigi no le hizo demasiada gracia quedarse en el Convento y se fue al
Albergue con Oscar. A partir de este momento no volví a verle hasta
el Monte del Gozo.
Dejado mi equipo en la habitación, y una vez recuperado con una
buena ducha, me acerqué al Albergue para saludar a los Peregrinos.
Allí me sellaron la Credencial y me indicaron que Luigi había
estado allí pero que había decidido seguir Camino.
Entablé amistad con un grupo de jóvenes capitaneados por
Cesar, un leones de Santa María del Páramo, y otros tres,
dos de ellos de Madrid. Cesar conocía bien al italiano y me dijo
que no me preocupara por él, ya que actuaba siempre así.
Decidí visitar la Iglesia de Santa María del Camino, donde
se gozaba de un fresquito muy agradable. Es del siglo XII. Está
enclavada en uno de los cubos de la antigua muralla. Ha sufrido muchos
avatares y ha quedado muy desfigurada su primitiva antigüedad. La
portada es de compleja iconografía, amén del Pantocrator
con Evangelistas y Apostolado. En su interior destaca la Virgen con el
Niño del siglo XIII y un Cristo del XV.
Los jóvenes escuchaban mis consideraciones, que atrajeron a otros
visitantes. Oscar, que también nos acompañaba, decidió
comprar en un &laqno;super» algo para comer; yo tenía tanta
sed que lo único que compré fue otro Aquarius.
Oscar me dijo que iba a comer en la Plaza bajo unas sombras muy majas.
Le animé, si bien yo aún no había decidido qué
hacer. Al final, volví a las Clarisas y me tumbé a dormir.
Creo que lo necesitaba más que comer.
A las 17'30 me levanté e hice mi visita histórico-artística.
La Iglesia de Santiago, destruida durante la guerra de la Independencia,
ofrece una extraordinaria fachada del siglo XII, joya del románico
palentino. Visité las de Belén, San Andrés, San Julián,
la ermita de la Vera Cruz y, por último, bajé hasta el Monasterio
de San Zoilo. Goza éste de un claustro plateresco, obra maestra
del Renacimiento castellano (siglos XVI/XVII). Hace poco se ha encontrado
una entrada a la Iglesia, que es del XII. Una maravilla digna de contemplar
de cerca y detenidamente. Nadie debiera pasar por Carrión sin admirar
la belleza de San Zoilo.
Al otro lado de la carretera existe una Calzada romana, inicio de la del
Camino a Calzadilla.
Como mañana, según me comentaron, sería una etapa
muy dura por el intenso calor y aspereza del terreno, decidí subir
de nuevo a la ciudad con la idea de comer algo y sobre todo de beber.
Enterado de que en Santa María del Camino se celebraba Misa a las
18 horas, me acerque hasta allí. Como de costumbre, se rezó
el Rosario y, a continuación, la celebración de la Eucaristía,
muy íntima y &laqno;clásica». Me recordó las
vividas en mi adolescencia.
Cerca de las Clarisas hay un bar. Allí encontré a Oscar con
Mariví, su mujer. Me la presentó, hablamos bastante y me
confirmaron que Oscar dejaba el Camino para volver con ella a Cabezón
de Pisuerga, donde viven.
Les deseé toda clase de dicha y les prometí que les tendría
presentes en el abrazo al Apóstol. Nos despedimos con evidentes
muestras de cariño.
Oscar me pidió la postal de Villalcázar de Sirga con la disculpa
de ponerme sus señas y en ella escribió: &laqno;Es bonito
encontrarse en el Camino personas tan honestas y profundas como tú.
Ya me contarás tus experiencias hasta Santiago. Gracias por compartir
tu persona conmigo. Oscar».
Domingo 3 de agosto: Carrión de los Condes-Calzadilla de la
Cueza
Me levanté muy temprano, ya que no deseaba &laqno;asarme»
en este tramo del Camino, pues hasta tal punto me lo habían dibujado.
Bajé a la cocina para tomar unas tortas que compré a las
monjitas. En la nevera encontré leche y me serví un buen
vaso. Dejé mi donativo y 4 tortas, para que otros peregrinos también
pudieran gozar de estas &laqno;exquisiteces». Al salir miré
el reloj: eran las 5'30 horas.
Fuera de la ciudad, frente al Monasterio de San Zoilo, me di cuenta de
que aún era noche cerrada. Saqué de la mochila la linterna,
y con su ayuda, me interné en la espesa oscuridad de la noche. Al
llegar al cruce, después de pasar la Cruz Roja y Gasolinera, seguí
hacia la izquierda, saliéndome del Camino. Ahora iba por carretera.
Procuré ceñirme bien a la cuneta y llevar constantemente
encendida la linterna; todavía no había demasiado tráfico,
pero era peligroso circular por un arcén tan estrecho que, a veces,
desaparecía. Hasta las 6'30 no comenzó a clarear.
Al otro lado de la carretera se adivinaba un cartel. Enfoqué con
mi linterna y pude leer: N-120 Sahagún. Su lectura me tranquilizó
un poco. De noche, por carretera y sin saber la dirección que había
tomado, me hacía sospechar un desvío importante. Ahora, por
lo menos, sabía que estaba en buena dirección.
Calculo que llevaría unos 4 kms andados cuando, después de
pasar Calzada de los Molinos, la lazada de mi bota izquierda se enganchó
con la fijación de la derecha, dando conmigo al suelo. La caída
fue tan violenta e inesperada que quedé como un sandwich entre el
piso y mi mochila. El bordón salió disparado así como
la linterna.
Me levanté con cuidado, dando gracias a Dios, ya que si hubiera
venido algún coche en ese momento, lo más seguro es que me
hubiera aplastado.
Aún sentado en la cuneta, advertí que sangraba por todas
partes; no era así, pero la profundidad de las heridas hacía
que sangrara en abundancia, manchando brazos, piernas, pantalón,
camisa y calcetines. Me inquietó sobre manera la herida en la espinilla
de la pierna izquierda.
De pie, recogido el bordón y la linterna, me di cuenta de que tendría
que buscar un sitio más seguro para curarme, ya que el tráfico
iba creciendo y el espacio de la cuneta era muy estrecho. Dejando un reguero
de sangre tras de mi, busqué un lugar donde poder curarme sin prisas,
dedicando el tiempo necesario para hacerlo bien. Al fondo, como a unos
300/400 mts y a la otra banda de la carretera, había una casa de
campo que parecía deshabitada. Sin prestar mayor atención
a las heridas, me dirigí a ella. A la derecha de la casa había
una era. Descargué mi mochila y saqué lo necesario para curarme.
Con el agua oxigenada limpié toda la sangre de brazos y piernas;
de esta forma pude advertir que el daño era inferior a lo que, en
un principio, había pensado. Me había herido en la espinilla
de la pierna izquierda. y también en la rodilla de la derecha. En
el dedo pulgar tenía un corte muy profundo y con gran hemorragia
de sangre, así que traté de curarle primero.
El agua oxigenada hervía produciendo gran calor en la mano; conprimiéndolo
con bastante algodón logré parar la hemorragia. Lo tinté
bien de Betadine y aprisioné con una tirita. A continuación
lavé bien las heridas de las piernas, pidiéndole a Santiago
que no me pasara nada en la herida de la espinilla; tenía temor
de que tardara en cicatrizar o que no cicatrizara bien. La tinté
también con Betadine y a continuación hice lo mismo con las
de la rodilla. Estas seguían sangrando bastante por lo que me vi
precisado de vendarlas con fuerza. Durante la cura oí cómo
se abría una ventana de la casa y la volvían a cerrar...
Recogido que hube todo el botiquín, de nuevo crucé la carretera
y continué el viaje.
Ya había salido el sol y empezaba a calentar. La circulación
también era más fuerte y el paso de coches y camiones hacía
bastante incómodo el caminar por el arcén. El vendaje de
la rodilla permanecía bien sujeto, lo que hizo que me sintiera orgulloso
de la habilidad con que había practicado las curas. La tirita del
dedo gordo se me caía con frecuencia, dando lugar a paradas para
secar la herida y reponerla.
Sobre las 10'30 llegaba a Cervatos de la Cueza. Allí pregunté
si había algo abierto para comprar cosas de comer. Me dijeron que
un poco más arriba abrirían un supermercado. Subí
y, en efecto, estaban metiendo mercancía en una tienda un poco grande
y con pretensiones de supermercado. Me acerqué y pregunté
si me podían vender alguna cosa. La encargada, un tanto contrariada,
me dijo que ya que me encontraba dentro cogiera lo que necesitase. Al final
sólo compré pan, una lata de sardinas y otra de mejillones
en escabeche.
Busqué una sombra en una pequeña plaza y me senté
a disfrutar de tan suculento manjar. Tenía sed y se había
acabado el agua de mi botellita.
A una señora, que pasaba por la plaza, le pedí que me indicara
dónde coger agua.
Me dijo: &laqno;esta Ud. sentado encima de la fuente».
Me sorprendí y miré a mi alrededor; ella sonriente añadió:
&laqno;debajo de Ud.».
Efectivamente, a ras del suelo había un grifo. Le abrí y,
aunque no salía fría, llené mi botella y la vacié
por dos veces. Rellena de nuevo y repuestas mis fuerzas, salí a
la N-120 para alcanzar la meta de esta jornada. La rodilla me dolía
bastante y la herida del dedo me molestaba y sangraba cada vez que apretaba
el bordón.
El sol y la temperatura estaban alcanzando su cenit. Me sentía desfallecer;
había consumido todo el agua, así que mi pensamiento se centraba
en encontrar una fuente.
A la derecha de la carretera quedaba Quintanilla de la Cueza. Vi algunos
árboles y arriba del pueblo una hermosa torre exenta y, al lado,
la Iglesia. Sin pensarlo más, me dirigí hacia allá.
Cuando llegué me di cuenta que la Iglesia estaba abierta y estaban
diciendo Misa. Entré, descargué la mochila y me quedé
al fondo de la nave. Sentía vergüenza del sudor que empapaba
mi camisa y pantalón. La gente se volvió para mirarme; yo
me limité a dar gracias a Dios porque, a lo largo de todo el Camino,
ha hecho posible que pudiera participar, cada día, de la Eucaristía.
Al finalizar la Misa, entré a la Sacristía para que el Sacerdote
me sellara la Credencial. No tenía el sello, pero me la firmó.
Tan sólo me faltaban unos 5 Kms para Calzadilla. Cuando me lo dijeron
me extrañó, porque la etapa de esa jornada era de unos 17
kms y yo los había hecho de sobra. Después pude confirmar
que mi equivocación en la salida de Carrión me había
supuesto 5 Kms de más.
Este último tramo de la etapa fue muy duro. El sol, un sol implacable,
se ajustaba al cuerpo, agotando las últimas energías de mí
peregrinar.
Mirando al horizonte nada asomaba que no fuera la inmensa planicie de Castilla.
Por fin, tras una curva y como a unos 2 Kms, apareció la torre de
Calzadilla.
El afán de llegar alejaba, como en un espejismo, el perfil del pueblo.
A la derecha, y por encima de unas eras, un cartel anunciaba &laqno;Hostal
Camino Real». Recuerdo que llegando pude apreciar un gran enjambre
de avispas negras o así me lo parecieron a mí.
Entré en el Hostal casi a rastras. Eran las 14'15 horas. Me acerqué
a la barra del bar y pedí una botella grande y fría de agua.
Me la dieron de litro y medio; me la bebí. Me dijeron que tenían
habitaciones y solicité una.
Subí, tropezando en los peldaños, porque me faltaban fuerzas
para levantar más los pies. Me duché; limpié las heridas,
repuse vendajes y bajé a tomar algo. De todas formas me encontraba
tan cansado que sólo pedí un pincho de tortilla. Descansé
hasta las 17'30.
Aunque el calor era sofocante, quise unirme a los peregrinos de Carrión;
así que subí al Albergue.
En la puerta estaban Cesar con los de Madrid, sentados y con los pies metidos
en unos barreños de plástico con agua. Habían llegado
deshidratados y, para colmo, el Albergue sólo tenía una ducha
y 6 camas. Todos iban a dormir en el suelo.
Sacaron un botijo que fueron pasando de mano en mano.
Creo que este es el peor Albergue de todo el Camino. El Hospitalero, sin
embargo, era bastante simpático y acogedor. Me apostilló
en la credencial: &laqno;Buen Camino, peregrino ¡ULTREYA! Miguel».
Mantuvimos una buena tertulia en la que hice el comentario de las avispas,
confirmándome que había muchísimas y que a Miguel
le habían picado el día antes. Enterados, por mí,
de que en el Hostal tenían Menú por 1.000 pts. bajaron todos
a cenar.
Yo, antes de unirme a ellos, subí hasta el cementerio donde hay
una torre de ladrillo, exenta, que por su arquitectura y formas no dudo
que es mudéjar, posiblemente de los siglos XIII/XIV.
En el Albergue se me presentó un señor que, al enterarse
de que yo trabajaba en Publicidad, me explicó sus habilidades en
el terreno de la Heráldica. Él dibujaba los escudos y, es
más, estaba dispuesto a sacarme los escudos de mi familia. Se llama
José Antonio Rueda y vive en Palencia. Quería, por todos
los medios, enseñarme sus dibujos, y al saber que yo bajaba al Hostal,
me acompañó &laqno;porque le era muy grato hablar con personas
que entendían de historia y de arte». Cuando llegamos, me
dijo que iba al coche para coger los dibujos que, siempre, llevaba consigo.
Sentados en una mesa, compartida por los otros peregrinos, J. Antonio me
fue enseñando sus escudos y ofreciéndome los que yo quisiera,
porque eran fotocopias y los originales los tenía en casa. Yo se
lo agradecí, pero le dije que los guardara y que se quedara con
mis señas. &laqno;Si algún día pasaba por Madrid,
con mucho gusto le acompañaría».
Saqué mi Guía y, entre todos, estudiamos la etapa del día
siguiente.
Antes de cenar, llamé a mis hijos y hablé con Marcos. Todo
iba bien y ya les seguiría llamando, para decirles por dónde
me encontraba.
Aquí, en este Hostal, empecé a darme cuenta de que la nueva
cultura del ruido había prendido con más fuerza en los pequeños
núcleos de población que en las principales capitales. Cuanto
más retirados de la gran Ciudad, tanto más gritos, golpes,
estentóreas carcajadas y más palabrotas y blasfemias.
En toda la noche no dejaron de hablar a gritos, de reírse y competir
en groserías, disputas y vaciedades. Por desgracia no sería
mi última experiencia.
Lunes 4 de agosto: Calzadilla de la Cueza-Sahagún
A pesar del griterío, el cansancio era tan grande que terminé
conciliando el sueño por espacio de unas dos horas.
A las 6 me levanté, y compitiendo con otros huéspedes dado
que sólo había un cuarto de baño y un aseo, pude componer
mi cuerpo.
Abajo desayuné unos sobados y café con leche. Pagué
y con mi equipaje a la espalda enfilé a la carretera.
En el Km. 218 de la N-120 crucé el río Cueza. Como a unos
2 Kms. a la izquierda está el antiguo Hospital de Santa María
de las Tiendas.
A esas horas de la mañana es fácil hablar con Dios; a Él
dirigía todos los días innumerables jaculatorias, algunas
sin final, agolpándose unas encima de otras, al Dios Todopoderoso,
al Amor Infinito, a Jesús Compañero y Amigo inseparable,
a María, la más hermosa de todas las criaturas, al Ángel
de la Guarda. Tenía como una desazón hasta llegar al Ángel
de la Guarda; no podía separarse de mi pensamiento. Le sentía
tan cerca de mí y sentía tan real su protección que
deseaba llegar a nombrarle &laqno;...bajo cuya custodia me puso el Señor
con todo su Amor de Padre». Tantas veces, cientos de ellas, quizás
miles, no lo sé, a él me encomendaba. Y al Espíritu
Santo para que me enseñara a amar a Jesús, a amarle hasta
la locura, pidiéndole que todo el amor de mi corazón se centrara
en su corazón.
A la hora y cuarto de haber emprendido la marcha, bordeé Lédigos
y me separé de la carretera para entrar por un camino de arena y
piedra relativamente cómodo.
A media hora de camino paré en Terradillos de Templarios. En el
Albergue volví a encontrar al alemán con su caballo. Entré
en el local y pedí que me sellaran la credencial. La Hospitalera
me dijo que &laqno;si quería sentarme a desayunar podía hacerlo».
Se lo agradecí, pero le dije que lo único que quería
era llenar mi botella de agua.
Entró un joven, bastante ebrio, quien comenzó a dirigir una
serie de requiebros soeces a la chica, mas, como vi que ya se conocían,
preferí dejarles solos y continuar por el Camino de Santiago.
Según me adentré, el olor a tierra mojada, recién
regada por la lluvia, hizo que mis ojos se posaran sobre unas humildes
flores silvestres, de color azul cielo, que habían brotado a lo
largo del borde del camino. Quedé como absorto durante un cuarto
de hora o algo más. Enseguida tuve que prestar atención,
porque me encontré en un pequeño barranco, que tuve que salvar
sin problemas. Por él, mansamente, discurría el agua del
Arroyo de Templarios.
La pista continuó cómoda hasta Moratinos. Allí, en
la Plaza, al lado de la Iglesia de Santo Tomás, que conserva una
imagen de la Virgen con el Niño del siglo XVI, dejé la mochila
y en la fuente bebí agua hasta quedar saciado. Rellené la
botella y pude saludar a Cesar, que con sus amigos llegaba para hacer lo
mismo. Sentado en un banco miró las heridas de mis piernas y me
enseñó su rodilla, operada ya dos veces de los ligamentos
cruzados. Precisamente se estaba portando bastante bien, aunque en ocasiones
se le hinchaba y tenía que parar para refrigerarla un poco.
Ahora la traía hinchada; se la remojó con agua y yo, impresionado,
le pregunté dónde había comenzado el Camino. Al decirme
que en Roncesvalles, añadí que, entonces, era evidente que
podría llegar al final sin problemas. Se sonrió asintiendo,
&laqno;si bien -me dijo-, se quedaría en La Virgen del Camino, a
unos 3 Kms pasado León. Allí le recogería su hermano
para ir al traumatólogo, descansaría unos días y volvería
para finalizar el Camino». Como todavía iban a descansar un
rato, yo, deseándoles buen camino, continué por él.
En poco más de media hora llegué a San Nicolás del
Real Camino, que es el último pueblo de la provincia de Palencia.
Desde aquí se puede hacer el Camino por varios cruces y tramos.
Dicen que lo mejor es salir a la carretera y culminar la etapa por ella.
Yo no lo hice y sufrí lo intrincado del Camino con serias dudas
de si habría acertado en la elección. Pero como al final
todo se alcanza, también en esta ocasión llegué a
Sahagún, desfallecido, pero llegué. Poco después aparecían
los demás, todos igualmente desfallecidos y casi todos con los pies
maltrechos.
En el Albergue me sellaron la credencial y pude admirar su belleza arquitectónica.
Se encuentra en la Iglesia de la Trinidad con torre mudéjar y que,
reconstruido, ofrece al peregrino toda clase de comodidades.
En la Guía se daba razón de una Hospedería Benedictina.
Esto atrajo mi atención decidiéndome por ella para poder
gozar un poco de la vida monástica.
Llegado al Convento, me acerqué al locutorio. La monja me miró
un tanto confundida. Le pedí hospedaje y me contestó que
la Hospedería estaba completa; no había ni una cama. Había
que solicitarlo con mucha antelación y máxime en verano,
porque la tienen ocupada casi todo el año.
Como no podía más, le rogué que, por favor, me diera
un vaso de agua fría y que me dejara descansar un rato al fresco
del vestíbulo. Se fue y yo me quité la mochila y me senté
en un banco de la entrada.
Al cabo de un rato vino con una jarra de agua con hielo, un vaso y un bote
de naranjada. Me dijo que el bote estaba más frío. Lo bebí
de un trago. A continuación me sirvió dos vasos de agua.
Se lo agradecí con toda el alma, ya que me sentía sólo
y con la sensación de que mi presencia no era grata. En cierto modo
me sentía como un proscrito.
Salí sin rumbo, pasando de nuevo el Arco de San Benito. Me entretuve
en admirar la Iglesia de San Tirso, impresionante joya románico-mudéjar.
Casi de frente pude leer el rótulo de una Fonda, llamada La Asturiana.
Abrí la puerta y pedí una habitación. La acababan
de arreglar y me la asignaron. Les pedí que me lavaran un poco de
ropa, aunque no la plancharan. Se miraron, como dudando, pero al final
aceptaron. Se la bajé y ya, en mi habitación, me sentí
otro.
Dejado mi equipaje, con el neceser en la mano me dirigí al cuarto
de baño. Estaba vacío y recién limpio. Di gracias
al cielo por sentirme de nuevo persona y bajé a comer. El menú
costaba 1.000 pesetas.
Se llenó el comedor y el servicio era mínimo: la chiquita
que me había acompañado a la habitación. La pobre
no daba abasto, pero me puso una botella de litro y medio de agua para
que me fuera más leve la espera. Comí muy a gusto, abundante
y bueno.
De pronto aparecieron también Cesar con sus amigos. Les prepararon
una mesa redonda. Yo procuré acabar cuanto antes para que pudieran
acomodar a más gente que esperaba. Subí a la habitación
y me acosté hasta las 17'30. Por la tarde hubo conato de tormenta,
pero no terminó de descargar por lo que hacía un bochorno
insoportable.
Ya descansado, hice mi recorrido histórico-artístico. En
mi visita a la Iglesia de San Lorenzo actual, con su museo y acompañado
de Marianela, custodiadora tanto del Museo como de la Iglesia, me sentí
emocionado por lo maravilloso de sus esculturas así como por el
acogedor trato de la guía. (Para Marinela mi más cariñoso
recuerdo y agradecimiento. No sabe Sahagún la joya que tiene en
su persona). De esta forma, despacito, contemplando las maravillas de esta
ciudad leonesa, pasé la tarde.
Por la noche vinieron nuevamente los jóvenes peregrinos a cenar.
Nos saludamos y estudiamos la etapa del día siguiente. Cesar me
dijo que era bastante dura y que él, a lo mejor, se quedaba en el
Albergue de Burgo Ranero. A mí me pareció razonable y quedé
en parar allí.
A eso de las 12 de la noche me puse en contacto con Covadonga (la Asturiana)
para ver a qué hora abrían y poder liquidar mi cuenta. La
pobre estaba cansadísima y me dijo que ella se levantaría
para atenderme. Yo me negué; le dije que la pagaba en ese momento
y que me dijera dónde tenía la ropa tendida para que por
la mañana pudiera recogerla. Me enseñó el tendedero
y recogí toda la ropa, aún no muy seca pero se terminaría
de secar en el cuarto. Su marido le dijo que me dejara preparado el desayuno
y que yo mismo en el microondas podía calentarlo. Así quedamos.
Empezó a echar cuentas y, al final, me dijo: &laqno;bien; deme 2.600
pts y ya está».
Le dije que había comido, cenado, amén del desayuno, ropa,
habitación y contestó que &laqno;Dios ya se lo daría
por otro lado». Le tuve que rogar que se quedara con 3.000 pts.
A las 6'30 de la mañana bajé ya preparado para calentarme
el desayuno y marchar sin meter ruido. Covadonga salió de su habitación,
poniéndose la bata, para servirme el desayuno. En esta tierra todavía
quedan ángeles. Covadonga es uno de ellos.
Martes 5 de agosto: Sahagún-Burgo Ranero
En realidad la etapa podría plantearse Sahagún-Mansilla de
las Mulas, lo que supondría unas 9 horas de marcha, todo un maratón.
Sin embargo, consultada la Guía y saber que en Burgo Ranero había
Albergue y que era de los mejores del Camino, me pareció más
razonable plantear 2 etapas: una de 15 Km. aproximadamente, hasta Burgo,
y otra 18 km. para el día siguiente.
Salí de La Asturiana dando las 7 en el reloj de la torre de San
Tirso. Crucé de nuevo, el Arco de San Benito y, enseguida, apareció
la primera flecha amarilla indicándome el Camino a seguir. Es bastante
impersonal este arranque del Camino.
Pasado el puente del río Cea, lugar histórico de una de las
más cruentas batallas entre las tropas cristianas y musulmanas,
se sigue por la carretera en dirección a León, y llegados
al cruce de circunvalación, se accede al gran &laqno;andadero».
El interés por el Camino de Santiago ha hecho posible el acondicionamiento
de este sendero, paralelo a la pista de servicio agrícola. A lo
largo de unos 30 Km. se han plantado árboles distanciados unos 10
m. el uno del otro y se han situado bancos a lo largo del trayecto, así
como mesas con bancos de piedra en sitios propicios para el descanso.
Dejando a mi derecha Calzada del Coto, me fui adentrando en el andadero.
Por la pista de servicio agrícola pasaban camiones, tractores y
coches dejando tras de sí una polvareda inmensa, que obligaba a
sacar el pañuelo para taparse boca y ojos. Un pequeño martirio
durante unos 4 km.
Antes de llegar a Bercianos está la ermita de Nuestra Señora
de Perales. Me paré para examinarla, sin tener posibilidad de entrar.
En este lugar hay una gran mesa de piedra blanca rodeada de bancos del
mismo material, así que descargué mi mochila y me senté
para tomar un pequeño refrigerio.
Al poco de estar sentado pasaron César y sus amigos. Nos saludamos
y les dije que, si querían compartir unas sardinitas, para mí
sería un placer. Me agradecieron la invitación pero prefirieron
continuar, pues habían decidido llegar hasta Mansilla. ¡Buen
camino!
En poco más de un cuarto de hora llegué a Bercianos, que
atravesé sin detenerme por no encontrar nada que mereciera la pena
de ser visitado.
Saliendo de esta población el andadero empezó a mostrar un
paraje más verde que me condujo a un vallecillo, muy bucólico
a esas horas de la mañana. En este punto existe otra de las áreas
de descanso. Fui encontrando a lo largo del andadero hitos o mojones jacobeos.
Esto ya sería muy común hasta cerca de Santiago.
A lo lejos se veía el enorme silo de El Burgo Ranero, pero aún
tardaría como una hora para alcanzar esta población.
Antes de llegar, por el mismo andadero, pero en dirección contraria,
venía hacia mí una joven con mochila por lo que pensé
que también era peregrina. Al pasar junto a ella la saludé
y pregunté cuál de los dos iba en dirección equivocada.
&laqno;¿Por qué?», me dijo. Porque yo quiero ir a Santiago
y supongo que tú también, le contesté.
Le hizo mucha gracia mi observación y aclaró que ella no
era peregrina, sino que iba de excursión. De todas formas se interesó
sobre el motivo de mi peregrinar. Le comencé a explicar el porqué
de mi decisión, desde dónde venía andando, cómo
había pedido a Dios que me fuera descubriendo, en el silencio y
soledad de mi peregrinación, en qué debía ocupar el
resto de mi vida; que me señalara el &laqno;camino» a seguir
en mi nuevo estado de viudo. Según le hablaba se mostraba más
confundida y llegó a decirme que me envidiaba. Ella no era capaz
de enfocar la vida así. Dijo que, por primera vez, había
encontrado a alguien que le hablaba distinto, y que todo le parecía
maravilloso. Le prometí tenerla muy presente ante el Apóstol.
Me lo agradeció y, dándome un beso, nos despedimos.
Al entrar en El Burgo Ranero, pueblo eminentemente agrícola, pasé
primero por delante de un gran frontón, donde jugaban a la pelota
unos cuantos jóvenes. A continuación había una era
inmensa con grandes parvas de cereales diversos. Unos pasos más
allá, se encuentra el Albergue.
Estaba abierto; saludé a unos peregrinos franceses, sentados a la
puerta, a César, que al final había decidido hacer la etapa
en dos jornadas, y a otros que acababan de llegar en bicicleta. Le pregunté
a César si había visto al Hospitalero. Me contestó
que no había aparecido nadie. Le dije que si estaba abierto era
porque nos dejaban entrar y que, de momento, podíamos ir viendo
las literas que estuvieran libres. Así lo hicimos y nos acomodamos
en las que no tenían nada encima. A continuación salí
para ver lo que hubiera de interés.
Descubrí una Fonda en la que entré; hablé con la dueña,
una señora de bastante edad, entrañable y cariñosa.
Le dije que olía de maravilla lo que estaba cocinando. Me dijo que
&laqno;daba comidas, si quería». Le pregunté por el
Hospitalero y me dijo que vivía al lado del Albergue, junto a la
farmacia; que quizás ya hubiera regresado del campo.
Fui hasta su casa y aún no había llegado. Me reuní
otra vez con César y le comenté que la señora de la
Fonda daba comidas. Le pareció una gran idea el hacer una comida
en regla y allí nos dirigimos. Nos preparó una mesa muy en
plan casero.
Dio la coincidencia de que un amigo de César había estado,
por un tiempo, trabajando en la zona y que comía en esta Fonda.
La señora se puso muy contenta, porque se acordaba mucho de él.
&laqno;Era muy trabajador y formal, como se veía que también
lo éramos nosotros».
Comimos unas excelentes judías pintas y unos filetes de ternera
fabulosos. Lo acompañó con una ensalada que nos supo a gloria
y un poco de fruta. Tuve el gusto de invitar a César, quien me lo
agradeció y dijo quedar deudor para otra ocasión.
De regreso al Albergue vimos llegar al Hospitalero. Muchos de los peregrinos
ya se habían acostado y estaban haciendo la siesta. A nosotros nos
selló la credencial y nos dijo que mejor darle a él un donativo
de 300 pts., porque si lo echábamos en la hucha, luego le resultaba
complicado el cálculo. A César y a mí nos pareció
que no era correcto, pero la verdad es que muchos se escapaban sin dar
nada.
Por la tarde, después de la siesta, salí a pasear por el
pueblo. Vi una casa tan llena de flores que parecía un vergel. Me
quedé entusiasmado mirando y la dueña me preguntó
si me gustaba. Le hice tantos elogios que me pidió que pasara, porque
dentro tenía un auténtico vivero. Dentro saludé a
su marido, quien también quiso competir en mostrarme todo lo que
él hacía. Me invitó a ir a su huerto donde tenía
más frutales y hortalizas que nadie; además también
tenía muchas flores.
Pasé un rato muy agradable con aquellos viejucos. Les di las gracias
y diciéndoles que cada día hicieran el propósito de
quererse mucho más, les prometí tenerlos presentes en mi
abrazo al Apóstol. Después me fui a un bar frente a las eras
a tomar un café.
Como hacía bastante calor aproveché para lavarme la ropa
y tenderla; hoy seguro que se secaría. Después fui hacia
el Frontón. Allí estaba César viendo jugar a los veraneantes.
Estuvimos más de dos horas dialogando sobre todo, principalmente
sobre religión.
A la puesta de sol -y ¡qué puesta!- regresamos para acomodarnos
en nuestras literas y esperar al nuevo día.
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