Miércoles 6 de agosto: El Burgo Ranero-Mansilla de las Mulas
El Albergue disponía de un lavabo, dos duchas y dos retretes. Por
supuesto, todo un lujo. De todas formas yo procuré madrugar para
poder asearme antes de que todos nos encontráramos en los servicios.
Como siempre, la mayoría pensó lo mismo, por lo que tuve
que esperar mi turno. César no solía madrugar, así
que se quedó durmiendo, mientras yo terminaba de empacar mis enseres
y disponía todo para retomar el Camino.
Antes de salir fui al bar, que se encontraba abierto. Tomé un café
con leche con tostadas. Ya en la calle levanté mis ojos al cielo
para dar gracias a Dios y empecé a caminar.
Me dio alegría meterme de nuevo en el andadero, esta vez más
estrecho. Eran las 7,10 de la mañana. A mi izquierda seguía
la hilera de árboles. Dentro de unos cinco años es probable
que ya den sombra; hoy por hoy sólo sirven como promesa del mañana
y alegres acompañantes de quienes acostumbran a mirar más
allá del horizonte.
Un día más los mosquitos siguieron martirizando mi cuerpo.
Es increíble el número de ellos apostados en el camino.
Durante más de dos horas el paisaje es aburrido y monótono.
No supe calcular bien la distancia, pero creo que, aproximadamente, cada
kilómetro y medio se pueden encontrar bancos a lo largo de todo
el andadero; estos se alternan con zonas de descanso aprovechando valles
y lugares de vegetación más o menos espesa. Estas áreas
disponen de mesas y bancos de piedra muy amplios y poco usados.
Al cabo de una media hora se cruza el ferrocarril, quedando la vía
a la izquierda. Recuerdo que hasta Reliegos me sentí acompañado
por el paso de varios trenes. A las 10,45 entraba en esta población.
El calor era intenso y el esfuerzo del caminar exigía mayor tesón
y voluntad.
Tan sólo me faltaba algo más de 5 km. hasta el término
de la etapa, así que con nuevos bríos ataqué la recta
final.
Pasado el tendido eléctrico, junto al cementerio nuevo, hay una
pequeña capillita dedicada a la memoria de una peregrina que falleció
en el Camino. Estos recuerdos son frecuentes, según pude comprobar
a lo largo del mismo.
Pasado el canal y leídas todas las advertencias de prohibido bañarse,
me encontré metido en Mansilla de las Mulas.
Fui derecho al Albergue, que aún permanecía cerrado. Me dirigí
entonces a la Iglesia de Santa María. Allí me recibió
el Párroco a quien me presenté. No recordaba para nada ni
a mi madrastra ni a mi padre. Sólo hacía 6 años que
había tomado posesión de la parroquia. De todas maneras,
al decirle que mi padre había hecho una Fundación de misas
cogió el libro de Donaciones y estuvo mirando sin que apareciera
nada bajo el nombre de mi padre ni de mi madrastra. Al final pensé
que, quizás, se habría hecho a nombre de mi tía Rosa;
y así fue cómo pude contactar con el pasado.
Me dio la bendición y me dijo que a las 20 horas había Misa.
Me despedí hasta la tarde.
De vuelta al Albergue, ya lo encontré abierto, e inmediatamente
el Hospitalero me dijo que subiera y ocupara la litera que estuviera libre.
El local es un tanto destartalado y no muy bien cuidado, pero por lo menos
ya podía ponerme cómodo. Frente a mi litera se instaló
César, que acababa de llegar.
En un Hostal de la esquina servían comidas. Como carecía
de viandas por no haber encontrado dónde comprarlas y ser casi las
tres y media de la tarde, decidí entrar y comer lo que hubiera de
menú. El comedor estaba lleno y tardaron bastante en servirme.
A continuación fui al Albergue a descansar un rato. Informé
al Hospitalero de que a la cama de encima de mi litera le faltaban unas
cuantas lamas, lo que representaba un claro peligro para los usuarios de
la misma. Quedaron en arreglarlo, pero cuando estaba yo acostado vino el
vecino de arriba.
Le dije que tuviera cuidado, pues podía colarse por el hueco y caer
encima de mí. Lo miró, no lo dio gran importancia y subió
a su cama. Yo con las manos sujeté el colchón, que evidentemente
se hundía. Le grité para que se levantara porque corríamos
peligro.
Se bajó, miró, me hizo un gesto como de incomprensión
y en vista de que no lograba nada le pedí que se acostara con la
cabeza al otro lado.
Como no reaccionaba y seguía mirándome con cara de sorpresa,
me levanté y le dije cómo debía acostarse para que
su cuerpo no se colara entre las lamas. Dijo un ¡Ah! que nos hizo
soltar la carcajada a todos.
La siesta fue corta; a las 17 horas ya estaba en la calle buscando dónde
comprar un reloj.
El Festina que llevaba y que cogí de casa para la Peregrinación
no había forma de mantenerle en hora. Tan pronto adelantaba 10 minutos
como media hora o una hora. Otras veces atrasaba o se paraba. Es un gran
reloj sumergible, pero que llevaba más de 20 años sin funcionar.
Lo quise arreglar antes de ponerme en camino, pero la casa Festina me dijo
que no podía hacerse cargo de su arreglo hasta mediados de Septiembre.
Me comentaron que al ser automático y llevar tanto tiempo sin funcionar
debía estar muy sucio y que posiblemente, durante el viaje, se normalizaría,
cosa que no sucedió. Solucionado el tema del reloj, me dediqué
a la visita turística.
Esta ciudad posee un recinto amurallado del siglo XII; corre paralelo al
Esla. Tiene 6 torres cilíndricas y otra prismática. Visité
San Martín donde han hecho una exposición de lo que era Mansilla
y la incongruencia de urbanismo de los últimos años. A la
vez es Biblioteca y Salón de Actos. Admiré los vestigios
de San Nicolás y San Lorenzo y, cerca de las ocho, me dirigí
a la Parroquia para asistir a Misa.
Ya de noche, fui a la Pastelería Alonso, donde me tomé un
chocolate con pastas y bollos; esa fue mi cena.
En el Albergue encontré a César en abierta tertulia con sus
amigos y otros cuantos peregrinos. Me senté junto a ellos en el
patio y mantuvimos una animada conversación hasta cerca de las diez.
El Hospitalero pasó con el propósito de recoger los donativos.
Me despedí y subí al dormitorio.
Mi vecino de arriba roncaba plácidamente, acostado tal y como yo
le había indicado, así que procuré meterme en la cama
sin hacer mucho ruido.
Jueves 7 de agosto: Mansilla de las Mulas-León
Bajé muy temprano a los servicios del patio; aún no había
nadie. Me aseé y subí a recoger mi equipaje. Lo puse fuera
del cuarto para no despertar a los menos madrugadores y pasé a desayunar
a la cocina. Café con leche y bollos. Me eché la mochila
a los hombros y con optimismo acometí la nueva jornada.
Es realmente hermoso el puente de ocho arcos u ojos de diferentes siglos.
Desde él se divisa una magnífica panorámica del recinto
amurallado. Por debajo corre el Esla, caudaloso y bastante limpio. Sus
orillas son auténticas riberas rematadas por prados y árboles.
A esas horas de la mañana, con la niebla aún pegada a su
cauce, más parecía un cuadro romántico que una auténtica
realidad.
El resto de la andadura hasta Villamoros se hace por el arcén de
la carretera, pero después de haber tenido la anterior experiencia,
preferí seguir por la izquierda de la carretera, entre huertos y
matorrales. Hubo un momento en que creí que tenía que dar
la vuelta, ya que entré en un terreno pantanoso, muy resbaladizo
y encharcado. Al final encontré una estrecha repisa menos húmeda
por la que pude superar el obstáculo.
En Villamoros salí de nuevo a la N-601. El tráfico era muy
intenso y la cuneta muy estrecha; este tramo desde luego no invita a rezar.
Al llegar al Puente de Villarente, sobre el caudaloso río Porma,
la dificultad crece por la longitud del mismo -consta de 17 ojos o bóvedas-,
y por lo angosto de su trazado. Hubo momentos en los que tuve que refugiarme
contra el pretil para que pasaran los camiones. Es una lástima,
pues el río Porma ofrece un espectáculo muy parecido al del
río Esla.
Abajo, en sus orillas, existe una gran pradera bajo un espeso arbolado,
digno de ser visto y gozado.
La densidad del tráfico y lo peligroso de circular por él
no permitía el detenerse ni recrearse con su vista. El Codex Calixtinus,
al nombrar este Puente, lo califica de &laqno;enorme».
La población de Puente Villarente se tarda en atravesar un cuarto
de hora.
César, al que ya le viene tirando su tierra -desde Burgo Ranero-
me ha dado alcance en el Puente. Ahora, juntos, empezamos a subir hacia
el alto del Portillo. Pasamos por detrás de Arcahueja y, al llegar
a una fuente, descargamos las mochilas y sentados en un banco sacamos las
piedrecillas que se han metido en nuestras botas.
Yo siento hambre y me acerco a un bar donde me sirven un pincho de tortilla
y un vaso de vino. Vuelvo con César y reemprendemos la marcha.
En el alto de El Portillo admiramos la panorámica de León.
El descenso es rápido y en menos de diez minutos cruzamos la circunvalación
para entrar por Puente Castro a León.
César decidió encaminarse al nuevo Albergue, pero yo preferí
continuar hacia el de las Benedictinas.
Tras un largo recorrido por la parte antigua de León llegué
a mi destino. Aún no estaba abierto el Albergue y tuve que esperar.
En la Plaza de Santa María del Camino hay una fuente; allí
descansé y bebí hasta saciarme. El agua es muy fresca y fina.
Abierto el Albergue entramos y fuimos entregando nuestras credenciales.
La Hospitalera daba la impresión de seria y un tanto distante. Me
indicó dónde estaban las duchas y el lugar para dormir.
En el gimnasio del Colegio, regido por las Benedictinas, había unas
cuantas colchonetas. Elegí una y deposité encima mi saco
de dormir para reservar mi espacio. Me duché y lavé toda
mi ropa, tendiéndola al sol. A continuación salí para
comer.
Por la calle de la Rúa, llegué hasta la Catedral. Una vez
más, me detuve para rezar ante la Virgen y Santiago y admirar sus
arquivoltas, perfecta catequesis del dogma cristiano. Como se hacía
tarde, seguí caminando en busca de un lugar donde saciar mi apetito
y que estuviera de acuerdo con mi bolsillo. Al fin, junto a la Catedral,
en la calle Cardenal Landázuri, encontré el Restaurante Marian
que me pareció de buen nivel. Así fue en efecto.
De regreso hacia el Albergue tuve ocasión de gozar de esa maravillosa
calle de la Rúa, calle obligada de todos los peregrinos (los Francos),
cuya denominación, en su día, fue la de Rúa de los
Francos, quedando abreviada con el paso de los años.
En el patio continuaba la Hospitalera dando cobijo a los peregrinos, que
seguían llegando. Me senté junto a ella para ayudarle en
su tarea.
Me encontraba cansado y somnoliento por lo que decidí descansar
un rato. No habría transcurrido un cuarto de hora cuando entraron
cuatro chicos y dos chicas, que habían venido en bicicleta. También
una señora italiana con su hija, que se acomodaron cerca de mí.
Todos buscamos la oscuridad de nuestros sacos, pero los gritos de socorro
y ayuda de uno de los ciclistas nos sacaron de la &laqno;penumbra».
El local era un gimnasio, Salón de Actos y cancha de Baloncesto.
Del suelo a las ventanas podría haber una distancia de cinco o seis
metros. Uno de los ciclistas, tratando de abrir una de las ventanas, había
trepado hasta el alféizar y, una vez arriba, el vértigo le
atenazó y se quedó agarrotado. El pánico le hacía
gritar pidiendo ayuda.
Salí precipitadamente de mi saco y corrí hacia él
sin saber bien qué era lo que se debía hacer. Aún
quedaban colchonetas por ocupar, así que cogí seis de ellas
y las amontoné debajo de donde se encontraba subido.
Me dirigí a él sonriente y tranquilo, tratando de infundirle
confianza e invitándole a saltar. Las piernas le temblaban y comenzó
a llorar. Le tranquilicé diciendo que yo era de Protección
Civil (?) y que no le iba a pasar nada; que confiara en mí y que
siguiera mis indicaciones. Este argumento le tranquilizó un poco.
A continuación le pedí que observara cómo yo me tiraba
desde el escenario a las colchonetas y no me pasaba nada. Él podía
hacer lo mismo, porque yo estaría junto a él en su caída
e impediría que cayera fuera; es más le frenaría en
su caída.
Entre risas forzadas y atención de todos, ya que al final todos
le animaban para que me hiciera caso, se decidió, no sin antes insistir
en que me acercara a las colchonetas y que no le dejara caer fuera. Se
lo prometí y... saltó. Yo hice lo que pude, si bien lo único
que pude hacer fue sujetarle para que, tras el golpe amortiguado por las
colchonetas, no cayera de bruces al duro suelo. Un estruendoso ¡Bien!
y sonoro aplauso remataron la &laqno;operación rescate».
Cuando volvía a mi jergón me quedé atónito
al ver que la italiana y su hija seguían durmiendo como si nada
hubiera pasado.
Totalmente despabilado, me vestí para dar una vuelta por León.
Realicé la Ruta turística, incluido un paseo por los Monumentos
y calles principales de la ciudad en un típico vehículo arrastrado
por un tractor, simulando un trencito a vapor. Resultó muy agradable
e interesante.
Compré jabón y útiles de afeitar. Llamé desde
una cabina telefónica a mis hijos sin poder conectar con ninguno.
Al final encontré en casa a Cuqui con quien mantuve una larga conversación.
Se interesó mucho por mi salud y me pidió que llamara todos
los días, si me fuera posible, porque se inquietaban por la andadura
que estaba realizando.
Me preguntó si había perdido muchos kilos de peso; esto me
hizo reír y la tranquilicé y prometí llamar por lo
menos cada dos días.
Me dirigí a Santa María del Camino para oír Misa;
me dijeron que se celebraba a las 20,30 horas. Aún faltaba media
hora y me entretuve charlando en la calle con las personas que me hacían
preguntas sobre mi caminar: desde dónde, cuántos días
llevaba de peregrinación, por qué había decidido hacer
el Camino a pie, etc.
Entré en la Iglesia. Es un templo románico del siglo XII.
Se edificó sobre el solar de otro del X. Es de planta basilical
de tres naves con otros tantos ábsides semicirculares. Lo más
destacable son varias rejas románicas de espirales y los absidiolos.
La portada meridional, conocida como Puerta del Perdón, es por la
que entraban los peregrinos.
A eso de las 20,20 horas empezaron a entrar feligreses, que se afanaron
en retirar los primeros bancos, situar una alfombra en el centro así
como un atril. A continuación el Sacerdote saludó a unos
y a otros pasando a la Sacristía.
Revestido con casulla blanca salió, y tras dedicar unas palabras
de afecto a todos los que nos encontrábamos allí, se sentó
en el Presbiterio frente al público.
Uno de los asistentes avanzó hacia el centro de la Iglesia, se acomodó
una guitarra sobre el pecho y con una magnífica voz cantó
no sé qué poemas. A continuación, salió otro,
que hizo lo mismo, pero con menos gusto y menos voz. Tampoco supe lo que
cantó.
Llegó otro Sacerdote, que se situó en los bancos laterales
de la nave derecha. Fueron saliendo al &laqno;estrado» varias personas,
que leyeron epístolas de San Pablo y de otros Libros del Antiguo
Testamento.
El celebrante se levantó y bajó al ambón para leer
el Evangelio. A todo esto yo no tenía ni idea de lo que se estaba
celebrando. En la Homilía dijo que el tema a desarrollar ese jueves
era el de Iglesia y que por supuesto no se trataba del aspecto físico
del templo sino del Cuerpo Místico de Cristo. Pidió que participaran
todos sobre este misterio. Yo seguía sin salir de mi asombro y esperando
a que por fin se celebrara el Rito de la Eucaristía. Pero no fue
así.
Los feligreses insistieron una y otra vez en que cuando entraban en una
Iglesia se sentían con paz y alegría; que el único
sitio donde se encontraban a gusto era en el templo. El celebrante repitió,
una vez más, que no estábamos tratando sobre el edificio
de ladrillo, sino sobre que &laqno;todos éramos iglesia».
El otro sacerdote, que se integró más tarde, dijo que él
no quería quitar la oportunidad de que otros participaran y que
procuraría decir sólo dos palabras. Habló por espacio
de más de 15 minutos.
Ya eran las 21,30 cuando el celebrante, levantándose, dio las gracias
a todos por su presencia y les invitó a que el próximo jueves
asistieran, para seguir tratando temas relacionados con la Doctrina y Dogma
cristianos. Los asistentes se levantaron y se fueron charlando sobre asuntos
personales.
Yo, un tanto aturdido, pregunté si a continuación habría
Misa y me dijeron que los jueves sólo se celebraba la Palabra. En
fin, un tanto triste me fui al Albergue para asistir a las Vísperas
de las monjas.
La Hospitalera seguía recibiendo a los más rezagados. Me
saludó muy contenta de verme y me pidió que le ayudara, porque
estaba viniendo gente un tanto rara. Le pregunté sobre si habría
Vísperas a las diez y me dijo que las monjitas habían salido
a hacer unos ejercicios... ¡Qué se le va a hacer!
Un nutrido grupo de ciclistas, con muy malos modos, pidieron albergarse.
Les pedimos las Acreditaciones y ninguno las llevaba. Entre tacos y blasfemias
dijeron que ya estaba bien de bromas, que ellos tenían tanto derecho
como el que más para alojarse. Les hice ver lo absurdo de su postura
y que nadie les había impedido entrar ni tratado con malos modos
como para sentirse discriminados. Las normas de Albergue piden la identificación
de los peregrinos, ya que la gratuidad va unida al esfuerzo y a la precariedad
económica del peregrino, pero con un mínimo de exigencia
en cuanto a la conducta, para que la convivencia se haga con respeto y
agradecimiento.
La Hospitalera les dijo que se sentaran y rellenaran los impresos de Acreditación
y con gran paciencia se las fue sellando y entregando.
Las protestas continuaron, porque los ciclistas que habían entrado
en el gimnasio ya no encontraron colchonetas. En fin, que se pronosticaba
una noche verdaderamente toledana. El comportamiento, tanto de los últimos
incorporados como el del ciclista que subió a abrir la ventana,
fue insoportable. Creo que tan sólo lograron dormir la madre y la
hija italiana.
Yo, por mi parte, no paré toda la noche de espantar mosquitos y
de sentir picotazos como de pulgas.
A eso de las 6 de la mañana me levanté para asearme y salir
de aquella incomodidad cuanto antes. Nunca olvidaré aquella desagradable
convivencia con el grupo de ciclistas, que más parecían posesos
que deportistas y peregrinos. Este episodio me situó en los relatos
del Codex Calixtinus sobre los salteadores del Camino y endemoniados al
acecho.
Viernes 8 de agosto: León-Villadangos
La Hospitalera nos había preparado leche caliente, café,
cacao, galletas, pan y fruta de la huerta de las monjas. Comenté
todo cuanto tuvimos que soportar a lo que ella añadió que
siempre suceden problemas relacionados con el comportamiento de los peregrinos,
pero que nunca había padecido tanto como en esta noche. A pesar
de ello, no mostró ningún gesto áspero, al contrario
trató a todos con dulzura y caridad.
Tras un frugal desayuno me despedí y &laqno;calzándome la
mochila» salí de nuevo al Camino. Este me condujo primero
a la Catedral; allí hice mis primeras oraciones, encomendándome
con gran fervor a la Santísima Virgen.
Siguiendo las huellas de las conchas de bronce, incrustadas en la calzada,
llegué a San Isidoro. Hice un rato de oración ante el Santísimo
expuesto, pedí la ayuda del Santo, de Santiago y de todos los ángeles
y santos de Dios. Me encomendé a mi ángel de la Guarda y...
a devorar kilómetros.
A mi paso por el Hospital de Peregrinos de San Marcos paré para
recrearme con toda la belleza de su fachada. Sus proporciones arquitectónicas
y sobria ornamentación detienen el paso de cuantos cruzan la plaza
en la que se asienta. Tuve que arrancarme de aquel lugar para poder continuar
camino.
Antes de entrar en el Puente de San Marcos, me paré y volví
la mirada hacia atrás. Dura fue la entrada en León; la salida
no ha sido más suave. El peregrino, acostumbrado a los trazados
rurales, se siente incómodo con los urbanos. León ha sido
una dura prueba en todos los sentidos.
Cruzado el río Bernesga, que llevaba un crecido caudal, busqué
escapar de todo lo que estaba relacionado con la vida ciudadana. A esta
altura del Camino resulta un fuerte choque confrontar los hábitos
y costumbres de la actual civilización con la natural sencillez
del peregrino. A pesar de ello y de tener mi mirada pendiente de las flechas
amarillas no acerté a cruzar Trobajo del Camino.
Volviendo sobre mis pasos para situarme en el punto desde donde equivoqué
el camino, descubrí, al fin, una flecha que señalaba la pasarela
a través de la cual se pasa al otro lado del ferrocarril.
El Camino ha sido devorado por la actividad industrial y la competitividad
empresarial. Por todas partes barriadas, corredores industriales, carreteras,
circulación masiva, semáforos, pasos cebra, gente adusta
y seria...; se puede asegurar que la travesía del páramo
leonés ha perdido su traza histórica. Al peregrino no le
queda otra alternativa que compartir y superar estas vías de comunicación
con espíritu de extranjero que busca el &laqno;más allá»,
¡Ultreya!
Como a unos 4 km. más arriba y a la derecha de la ruta, se alza
el Santuario de la Virgen del Camino. Es obra de Subirachs y justo, en
el momento en que me acercaba, daban el último toque para la celebración
de la Santa Misa en la festividad de santo Domingo de Guzmán.
El Santuario esta asistido por los dominicos, por lo que fue una Misa Solemne
y concelebrada por varios sacerdotes. Así me premió el Señor
la dureza e incomodidad de este tramo del Camino.
Al salir del Santuario me encontré con las que terminarían
siendo &laqno;mis nietas». Me miraban con ternura. En sus miradas
advertía cierta mezcla de curiosidad y cariño; como si me
analizaran, deseando descubrir algo que se les escapaba sobre mi persona.
Algo que se les ocultaba y que las mantenía cercanas y distantes.
Les deseé buen camino y continué subiendo por detrás
de la tapia del Cementerio.
En el cruce de la A-66, Madrid/Asturias, Valverde de la Virgen queda cortado
en dos. En San Miguel del Camino, me detuve en una pequeña plazuela.
Allí me dieron alcance dos peregrinos.
Curioseando el pueblo descubrí un diminuto bar en el que ofrecían
menú y desayunos para el peregrino. Les invité, pero no aceptaron.
Cuando salí del bar vi que aún seguían sentados en
un banco de la plazuela. Al decirme que ellos iban a descansar todavía
un rato, decidí continuar solo la marcha.
Desde que salí de León venía observando que mis piernas
se me habían hinchado por las picaduras de mosquitos y de otros
insectos; los hombros me picaban y escocían, lo que atribuía
a las sujeciones de la mochila, pero me di cuenta de que, también,
mis brazos tenían infinidad de erupciones causadas por picaduras
de diversos insectos.
El sol apretaba y se hacía muy dura la marcha por el páramo
leonés. Aún faltaban ocho kilómetros para Villadangos.
A corta distancia, por delante de mí, veía una pareja de
peregrinos que caminaban con mucha dificultad. Según me fui acercando
pude comprobar que eran muy jóvenes. Al darles alcance me detuve
y les pregunté cómo les iba.
Eran franceses; el chico se llamaba Michel y la joven Anne Marie. Ella
tenía los pies destrozados, apenas podía apoyarlos. Les dije
que yo tenía un buen botiquín y que podíamos remediar
algo su mal.
Nos sentamos y Anne Marie se quedó asombrada cuando miró
mis piernas. Michel me examinó las picaduras y ambos dijeron que
tenían muy mal aspecto y podían ser malignas. Les tranquilicé
diciendo que sólo me picaban y escocían, pero que en Villadangos
iría al médico.
Anne Marie se descalzó; toda la planta de su pie derecho estaba
en carne viva y en el izquierdo la anteplanta era un montón de ampollas.
Con el agua oxigenada hice primero un lavado, que sufrió valientemente;
a continuación le apliqué un buen tintado con Betadine; con
una gasa estéril para quemaduras cubrí toda la planta del
pie y se la vendé con un vendaje suave. Anne me miraba con ternura
y apretaba fuertemente la mano de Michel. Este me dio las gracias en español,
pero le dije que todavía quedaba por curar el pie izquierdo. Dijeron
que no me entretuviera, que ellos seguirían despacito hasta el pueblo.
Yo insistí y le pinché las ampollas tintando bien de Betadine
el pie entero, por encima de los dedos y por debajo. Hice la misma operación
de vendaje y se calzó.
Sonriente comentó que era un milagro; que ya ni le escocía
ni le dolía. Les di un abrazo y quedamos en vernos en el Albergue.
Anne Marie, además, me dio un beso. Se lo agradecí y continué
andando.
En el horizonte se advertían las fachadas de unos Hoteles. Esto
hizo que recuperara el optimismo y la alegría. Antes de llegar leí
con claridad &laqno;Hostal Avenida». Llamé y un señor
muy amable, al darse cuenta de que era un peregrino y que no debía
disponer de mucho dinero, me recomendó que fuera al Avenida III,
que era de la misma cadena, pero mucho más económico.
Llegado a este, pedí una habitación individual. Me dijeron
que sólo disponían de dobles, pero que ya les habían
avisado desde el Hostal para que me dieran una doble al precio de single.
Subí y sentí como si me hubiera tocado la lotería;
disponía de todo, hasta de mini-bar y TV. Lo primero que hice fue
ducharme y cambiarme y, a continuación, bajar a la cafetería
para pedir agua y ver si tenían menú.
En el porche me encontré con mis amigos franceses. Estaban descansando.
Se alegraron mucho al verme y me interesé por si habían pedido
algo para comer o beber. Me dijeron que no; que ahora seguirían
hasta el Albergue, que aún distaba algo más de un Km. Insistí
en invitarles y, al final, aceptaron. Repuestos, se levantaron para encaminarse
al Albergue.
Al preguntarle a Anne Marie cómo se encontraba, sonriente y señalándome
los brazos y las piernas, me dijo: ¿y tu?
Me quedé un largo rato viendo cómo se alejaban; en dos ocasiones
se volvieron para decirme adiós con la mano. No sé cómo
expresarlo, pero cada vez que atendía a alguien en el Camino sentía
que mi alma quedaba inundada de paz y alegría.
Comí en el restaurante del Avenida III el menú, muy rico
y abundante por cierto; subí a la habitación y después
de lavar mis camisas, calcetines y demás ropa, dormí hasta
las cinco de la tarde. Me dispuse a ver un poco la TV que, como siempre,
no me sedujo y, a pesar del calor, decidí ir al Albergue a conversar
con los peregrinos.
La Hospitalera me selló la credencial y preguntó si iba a
quedarme. Le dije que no y, a continuación, pregunté por
la parejita de franceses. Estos se habían hospedado en una Pensión,
que esta muy cerca del Albergue. Por lo visto habían llegado muy
fatigados y no se encontraban muy bien.
La hospitalera me recomendó ir al médico para que me viera
las picaduras; podía ser grave.
Me dirigí al centro del pueblo y pregunté por una Farmacia.
La farmacéutica me examinó y dijo que, si mañana continuase
la hinchazón, sería conveniente que me viera un médico.
De momento, me recomendó Alergical Crema para darme un suave masaje
tres o cuatro veces al día y, por la mañana y la noche, rociarme
todo el cuerpo con un spray ahuyenta insectos. Compré las medicinas
y me di una primera untada en brazos y piernas; sentí alivio de
la picazón. De camino hacia la Iglesia conversé largo y tendido
con unos paisanos.
Villadangos del Páramo es una población bimilenaria. Visité
la Parroquia de Santiago, cuyas puertas narran la batalla de Clavijo. En
el altar mayor preside la estatua de Santiago Matamoros.
Esperé a que llegara D. Antonio, el Párroco. Le saludé
y me informó un poco sobre la historia de Villadangos y de su Iglesia.
Se lo agradecí y volví hacia el Avenida III. Deseaba llegar
para repetir la cura por todo el cuerpo.
Al quitarme la camisa vi que el pecho, espalda y hombros eran un sembrado
de picaduras; a centenares y de todos los tipos. Agrupaciones de diminutos
puntos rojizos; abones esparcidos entre estas agrupaciones; granos enormes,
hinchazones amoratadas, ¡qué sé yo! Me apliqué
un suave masaje con la pomada por todas las zonas afectadas. Casi terminé
el tubo, pero mejoré notablemente. Después de cenar, repetí
la operación.
Sábado 9 de agosto: Villadangos del Páramo-San Justo de
la Vega
A las 5,40 me levanté, duché y vi con alegría que
habían mejorado las hinchazones y que las agrupaciones de picaduras
tenían mejor aspecto. Me rocié con el spray y bajé
a desayunar. Aún no eran las 7 de la mañana.
El Camino sigue por la derecha del Albergue, así que me dirigí
hacia él. Está como a unos dos Km. del Avenida III.
La carretera, que atraviesa Villadangos, queda a la izquierda. La crucé
y saludé a otros peregrinos que salían del Albergue en ese
momento.
Ellos iban al pueblo a comprar comida. No les dije nada, pero pensé
que lo tenían bastante difícil, ya que en todo lo que llevo
recorrido no he encontrado ningún establecimiento abierto antes
del mediodía, a excepción del de Villalcázar de Sirga.
La mañana prometía ser calurosa, como todas las que me habían
acompañado por Castilla; pero yo diría que el calor se hace
más insoportable por todo el Páramo Leonés. Quizás
se deba a que se encuentra más rodeado de montañas que, aunque
lejanas, forman una gran &laqno;olla» en la que se cuecen todos los
seres vivos: yo, entre ellos.
Cruzado un canal, que sirve de lavadero, y a unos doscientos metros más
allá, existe una fuente a la izquierda del sendero. No muy lejos,
el Camino vuelve a encontrarse con la carretera N-120, P.K. 325.
Procuré alternar este tramo cogiendo, siempre que podía,
las pistas que se encuentran a los lados. Esto hacía más
llevadera la ruta y se ajustaba más al estilo y espíritu
peregrino.
Al llegar a San Martín del Camino, de evidentes resonancias jacobeas,
busqué un sitio donde adquirir algo de comida. Vi el letrero de
una Panadería y me dirigí hacia él. Una vez más
comprobé que es inútil buscar apoyo logístico antes
de las 12.
Me acerqué al Refugio Alonso, con la esperanza de encontrar a alguien
que me facilitase algo de comida y también estaba cerrado. En ese
momento se oyó el reiterado sonido de un claxon y vi que varias
mujeres salían de las casas con bolsas y se detenían ante
una furgoneta-tienda.
Haciendo caso del refrán, que dice: a donde fueres, haz lo que vieres,
me puse a la cola. Una mujer dijo al &laqno;tendero» que me sirviera
a mí antes que a ellas. Yo iba sudoroso y cargado con mi mochila,
lo que, sin duda, la movió a compasión.
Compré una barra de pan, uvas y tres plátanos. El que me
atendió quería que llevara más, que sólo iba
a cobrarme 200 pts. por todo. Yo se lo agradecí, pero le hice ver
que no debía añadir demasiado peso a mi mochila.
Pregunté si había alguna fuente cercana. Me dijeron que al
otro lado de donde estábamos había una fuente abundante y
muy fresca.
Con mi nueva carga me encaminé por detrás de unos huertos.
Efectivamente, un hermoso chorro vertía su riqueza en el lavadero
público.
Una señora se encontraba haciendo su colada. La saludé y
le pregunté si el agua era potable. Me dijo que bebiera con toda
confianza, que era muy buena y muy fresca.
Sentado en el brocal, lavé un racimo de uvas y me puse a comerlas.
No eran muy dulces, pero estaban en su punto y muy sanas. Cogí un
plátano y, cuando me disponía a comerlo, una pareja de jóvenes
se acercó al lavadero e hizo la misma pregunta sobre la potabilidad.
Comenté que el agua era excelente.
Les invité a que se sentaran conmigo para comer y conversar un rato,
pero se les veía muy comedidos y con temor a importunar.
Les ofrecí un plátano logrando, tras un largo forcejeo, que
me lo aceptara la chica, muy joven, supongo que tendría unos dieciocho
años. Lo probó y alabó su buen sabor y lozanía.
Cuando se fijaron en mis brazos y piernas, se sorprendieron de que fuera
capaz de continuar mi andadura.
Yo les sonreí y pregunté sobre cuántos días
llevaban de camino. Me respondieron, con cierto rubor, que &laqno;era su
primer día y que habían salido de Santa María del
Camino. Estaban muy cansados y dudaban de poder hacer todo el recorrido
hasta Santiago».
Les animé, llenamos nuestras botellas de agua y, tras cargar con
nuestras mochilas, reemprendimos el Camino.
Anduvimos juntos unos dos kilómetros, pero me pidieron que yo siguiera
a mi ritmo, ya que para ellos resultaba todavía demasiado rápido.
A pesar de que aún distaban unos seis kilómetros, al fondo
de la interminable recta de carretera se divisaba el Hospital de Órbigo.
Esta visión de una meta tan rica en la historia del Camino resultaba
motivadora, pero conforme más me acercaba a ella, más distante
me parecía tenerla.
En este sentir cerca y lejos la meta, como a unos 600 m. del P.K. 333,
al final de una hermosa chopera, tomé el camino de la derecha. Un
cartel indicaba: &laqno;Puente de Órbigo - Santa María del
Páramo».
Desde siempre soñé con atravesar el Puente de Órbigo,
puente en que tuvo lugar el célebre &laqno;Paso Honroso».
El puente, propiamente dicho, construido en función del Camino,
es del siglo XIII, si bien en la actualidad tan sólo se conservan
cuatro bóvedas apuntadas de la construcción original.
Despacio, admirando y saboreando su historia, embelesado en las columnas
anteriores a la entrada de Hospital de Órbigo, en las que se describe
la hazaña caballeresca del leonés Suero de Quiñónez,
y leyendo con gran interés las inscripciones, no pude por menos
de sacar mi cuaderno y resumir la historia en ellas narrada.
&laqno;Deseo justo e razonable es, los que prisiones, o fuera de su libre
poder son, desear libertad; e como yo vasallo e natural vuestro, sea en
prisión de una señora de gran tiempo acá, en señal
de la cual todos los jueves traygo a mi cuello este fierro [...] yo he
concertado mi rescate, el qual es trescientas lanzas rompidas por el asta
con fierros de Milan, de mí e destos Caballeros, que aquí
son en estos arneses...» (me cautiva esta caballeresca narración).
Después de derrotar a enemigos tan señeros como el catalán
Per Davío y el leonés Gutierre de Quijada, marcharon todos
en peregrinación a Compostela y ofrecieron al Apóstol una
cinta dorada con una rimbombante leyenda que todavía lleva colgada
el conocido busto de Santiago. Todo esto acaeció en el Año
Santo Jacobeo del 1434.
Cumplido mi romántico deseo, me entretuve aún admirando la
belleza de este histórico paraje. Por debajo del puente corría
solemne el río Órbigo.
En una calle de la localidad, a mano izquierda, vi un rústico bar
con unas mesas en la acera. Dejando mi mochila en la puerta entré
y pedí una ensalada de tomate con cebolla y aceite y pan. Como bebida,
una botella de litro y medio de agua bien fría. Me lo sirvieron
en el exterior y me sentó de maravilla.
Una vez en la población, lo primero que hice fue entrar en el Albergue
para sellar la Credencial. Dio la coincidencia de que los Hospitaleros
eran un matrimonio catalán, muy atento y muy español.
Charlamos un buen rato, mostrándose muy interesados por cuanto había
hecho yo durante mi estancia en Barcelona.
En la plazuela, situada enfrente del Albergue, sentados en un banco, estaban
unos peregrinos reponiendo sus fuerzas. Me invitaron a coger de lo que
estaban comiendo. Les pedí disculpas por no aceptar, debido a que
había hecho mi colación y, dándoles las gracias, me
dirigí a la Iglesia de San Juan.
La visité con calma e, inclusive, me dejaron visitar la sacristía.
Más que el valor artístico de lo que queda era su valor histórico
el que me interesaba.
Ya en el Camino, como a kilómetro y medio, se vuelve a la carretera
en el P.K. 337. Ha cambiado el paisaje; ahora las ondulaciones del terreno,
que muestra la vegetación propia del monte bajo (matorrales, tomillo
y carrascosas), contribuyen a evitar la monotonía y a alegrar la
marcha, a pesar de que las pequeñas subidas y el creciente calor
terminan agotando las energías recobradas en la anterior parada.
Pasado el cruce a Santibáñez de la Calzada, que se encuentra
a una hora y media de marcha desde Hospital de Órbigo, se llega
al desvío para alcanzar la meseta. Es una subida suave, pero continuada
de más de un kilómetro. Arriba se encuentra el crucero de
Santo Toribio. Desde allí se puede ver al fondo Astorga.
Si la subida me supuso un gran esfuerzo, la bajada a San Justo no fue menor.
Es un descenso descarnado, entre piedras y tierra. Tuve que parar varias
veces para sacar las chinas de mis botas.
En San Justo de la Vega, lo primero que hice fue preguntar por el Hostal
Ideal. Estaba a unos quinientos metros, pero me parecieron kilómetros.
Disponían de habitación, que inmediatamente reservé.
Me atendió una señora mayor, muy amable, que me facilitó
toallas, me indicó el baño y se ofreció para lavarme
la ropa o cuanto pudiera precisar. Me duché, cambié de camisa
y bajé al bar a tomar una botella de agua de litro y medio. Subí
de nuevo a mi habitación y me acosté. Dormí por espacio
de dos horas.
Sobre las siete de la tarde bajé a la Iglesia, que estaba cerrada.
Pregunté por el horario de Misas y me dijeron que a las 20,30, después
del Rosario.
Paseé por el pueblo y a las 8 entré en la Parroquia de San
Justo. Allí saludé al párroco, quien me dijo que,
después de la Misa, si quería, me atendería con gusto.
Es una Iglesia moderna, pero aún conserva la espadaña del
siglo XIII. Es acogedora e invita a la oración. El mural del Presbiterio
no me llegó a convencer; no obstante, reconozco que es muy digno
y no distrae.
Al terminar la Eucaristía, el Párroco me invitó a
pasar a su casa. Allí me selló la Credencial y hablamos largo
rato sobre el Camino de Santiago y cómo se estaba perdiendo su carácter
penitencial y religioso, debido a la explotación comercial que del
mismo se estaba haciendo. Quedé en tenerle presente en mi abrazo
al Apóstol y subí al Hostal. Según subía, se
levantó un vendaval tremendo, que desencadenó en una fuerte
tormenta. Yo me alegré, porque eso suponía que refrescaría
la atmósfera.
Me sirvieron una abundante y sabrosísima cena, que degusté
junto a la ventana abierta, por la que entraban gruesas gotas de lluvia
y granizo. Me encontré muy a gusto y le di muchas gracias a Dios.
Domingo 10 de agosto: San Justo de la Vega-Astorga-Rabanal del Camino
Eran las siete de la mañana y yo totalmente dispuesto para acometer
la nueva andadura.
La noche anterior, antes de irme a la cama, la dueña del Hostal
me preguntó sobre la hora en que me marcharía. Al saber que
mi intención era la de madrugar, me dijo que para ellos suponía
un gran esfuerzo, ya que se acostaban muy tarde. Yo le dije que no sufriera
y que, si dejaban la puerta cerrada, me indicara donde encontrar la llave
para abrir y marchar. Se sintió muy aliviada con mis palabras y
me pidió que la acompañara para indicarme el sitio.
Cuando salí a la calle noté el ambiente más fresco
lo que me animó y puso optimista. Al pasar por la Iglesia, me detuve.
Estaba cerrada. Me quité el sombrero y, junto a un crucero, hice
mis oraciones de la mañana. Continué la marcha y, enseguida,
encontré el río Tuerto. Cruzado el puente, al fondo se veía
Astorga.
A unos dos kilómetros encontré las vías del tren y
unos doscientos metros más allá, en el escalón de
una casa, me senté para sacarme unas piedrecitas de las botas.
Atravesé el segundo paso a nivel. Una empinada cuesta a mi derecha
dibujaba una calle, que parecía principal. A mi izquierda seguía
el Camino por el que me introduje en la población. Por el arrabal
de San Andrés, siguiendo las murallas romanas, Puerta Sol, llegué
al Albergue de Santa María Madre de la Iglesia. La subida, muy fuerte
y sin desayunar me agotó.
Cerca del Albergue está el Convento de San Francisco. Llamé
y al fraile, que me abrió, le pedí que me sellara la Credencial
y le pregunté si, ahora o un poco más tarde, iban a celebrar
alguna Misa. Me miró un tanto desconfiado y dijo que me esperara.
Al poco salió con la Credencial sellada y me indicó que quizás
en la Catedral habría Misa.
Se lo agradecí y fui por la Plaza Mayor, calle Pío Gullón,
San Crespo y Santiago hasta la Catedral de Santa María. Aún
estaba cerrada, pero al lado, en la Iglesia de Santa Clara iban a celebrar
la Santa Misa.
Es una Capilla pequeña, pero preciosa; en sus altares luce una imaginería
de gran belleza. Creo que todo esto me ayudó para asistir al Santo
Sacrificio del Altar con grandísima devoción y afecto.
Al terminar pasé a la Sacristía para pedir que me sellaran
la Credencial. El sacerdote había hecho el Camino a pie y me estuvo
comentando un poco la dureza y las compensaciones espirituales del esfuerzo.
Me dio la bendición y me animó a que pasara a la Catedral,
porque la abrían en ese momento. Es más, me acompañó
para que me facilitaran la entrada y sellaran la Credencial.
El sacristán puso el sello y me pidió que hiciera la visita
rápido, porque se iba a celebrar la Misa y no dejaban pasear por
la Iglesia.
Me asombró el soberbio Retablo del Altar Mayor, obra maestra de
Gaspar Becerra (siglo XVI); la Inmaculada de Gregorio Fernández,
la Sillería de Juan de Colonia, la Virgen de la Majestad del siglo
XI.
Los acordes del órgano y la indicación del Sacristán
me obligaron a dejar el Templo, pero hice la promesa de volver para recrearme
a gusto y visitar todo con detenimiento.
Busqué dónde poder desayunar, pero todo estaba cerrado. En
vista de eso decidí continuar hasta encontrar algún punto
donde reponer las fuerzas.
En menos de un cuarto de hora me encontré en la carretera comarcal
de Santa Colomba de Somoza. La carretera desciende hacia el valle del río
Jerga. A la derecha queda Valdeviejas. Un poco más allá,
a la izquierda esta la Ermita del Ecce Homo. Aquí me detuve para
ver y rezar.
Mientras rezaba se acercó un señor, que me saludó
con afecto y preguntó sobre mi destino y si iba a pie a Santiago.
Se encontraba un tanto fatigado, porque venía de hacer &laqno;footing».
Me explicó que lo hacía todos los días.
Yo, para que se recuperara, le conté un poco desde dónde
había empezado el Camino y sobre mi interés por todo lo que
era historia y arte. Me dijo que la Ermita sólo la abrían
una vez al año.
Cerca de allí hay un mojón sobre el que aparece una leyenda
para los peregrinos: &laqno;cuidado con los ladrones». Me sonreí
al leerlo, pero él me cortó diciendo que era la pura verdad.
No hacía un par de meses que, todavía, había bandas
de ladrones. Estos atacaban a los peregrinos y les robaban todo lo de valor.
La vigilancia de la Guardia Civil y de la Policía habían
logrado parar los atracos, pero aún se daba alguno que otro.
Le dije que no era muy consolador pensar que alguien podía atacarte
impunemente y robarte lo poco que llevaras. Asintió y coincidimos
en que la civilización del bienestar y de la calidad de vida estaba
muy por debajo de las promesas políticas.
De todas formas, añadí, en la edad media también había
salteadores de caminos, lo que nos identifica a los peregrinos de hoy con
los más auténticos peregrinos de entonces.
Cogiéndome por el hombro y mirándome con afecto me dijo que
yo no necesitaba compararme con aquellos, porque se veía que era
realmente peregrino. Lo que él sí tenía muy claro
era que la civilización actual estaba dando marcha atrás,
para identificarse con la barbarie de las civilizaciones primitivas.
Nos dimos un abrazo, prometí tenerle presente ante el Apóstol
y se despidió deseándome un buen Camino.
Desviándome a la izquierda, entré en Murias de Rechivaldo.
Cruzado el pueblo seguí por la pista por entender que se adecuaba
más con el Camino que la carretera de Castrillo de Polvazares, pueblo
que, luego me indicaron, merecía la pena visitarse por el singular
y cuidadísimo enlosado, que presentan sus calles y patios de las
casas.
Siguiendo el tendido eléctrico y en suave pero constante ascenso,
salí, al cabo de media hora, al cruce con la carretera, que abandoné
para seguir la pista. Allí me detuve para cerciorarme sobre la ruta
a seguir. Enfrente mismo nace otra que es la auténtica vía
a Santiago. Seguí ascendiendo por ella, con gran esfuerzo y sudor.
Conforme caminaba, iba mirando a izquierda y derecha en busca de una sombra,
bajo la cual pudiera descansar y recuperarme.
Sobre un altozano descubrí un roble centenario que me brindaba una
frondosa umbría. Era mediodía; el calor y la falta de alimento
habían hecho mella en mi ánimo, así que lo mejor era
que aceptara su invitación.
Subí penosamente, y dejando caer la mochila al suelo, me tumbé
a resguardo de su sombra.
El aroma del tomillo y romero, potenciado por lo reseco de la estación
y el viento que nos acariciaba, me reconfortó de tal manera que,
en menos de diez minutos, volví a sentir la necesidad de continuar
la marcha. En mi mochila aún quedaba una botellita de agua; bebí
despacio. Estaba caliente, pero me puso a punto. Desde el altozano se divisaba
en el horizonte una población no muy lejana. Consulté la
guía y vi que se trataba de Santa Catalina de Somoza.
En algo más de media hora me adentré por su calle Real, que
es la ruta jacobea. Aquí hubo un Hospital bajo la advocación
de la Virgen de las Candelas; el pueblo entonces se llamaba Hospital de
Santa Catalina. Hay un bar, pero estaba cerrado.
A la salida me detuve ante un sencillo crucero; como siempre, me descubrí
y saludé al Señor y a su bendita Madre.
El Camino seguía en ascenso y, al cabo de una hora, llegué
a El Ganso. Consta de dos alargadas calles (unos 400 metros) a través
de las cuales pueden apreciarse varios ejemplares de construcción
popular, denominadas teitadas, con su característica sobera o techumbre
de paja sobre muros de mampostería neolítica.
La Parroquia, dedicada a Santiago estaba cerrada y no pude admirar una
imagen del Apóstol de muy buena factura.
En el siglo XII existió un Monasterio premostratense y un Hospital
anejo al mismo.
No encontrando dónde adquirir algo de comer, seguí por la
angosta comarcal y como a un Km. divisé unas &laqno;barracas»,
no sé bien cómo definirlas, en las que se leía: sello
de la credencial y menú de peregrino. Sin más y, a pesar
de que el aspecto no invitaba a detenerse, me quité la mochila de
encima y entré pidiendo algo de comer y beber.
Me dijeron si quería chorizo y sidra a lo que asentí sin
dudar un momento. La sidra era natural y estaba fresca; el chorizo era
casero y picantón, así que tuve que alternarlo con mucho
pan y bebida.
No sé lo que me cobraron; lo que sí recuerdo es que me sentí
muy animado y con fuerzas para acometer los últimos cinco kilómetros
de etapa.
El paisaje cambia constantemente. A la izquierda se aprecia muy cerca la
cumbre del Teleno de 2.183 mts. En estos momentos el peregrino se encuentra
a más de 1.000 mts de altitud y el camino sigue subiendo.
Recuerdo que pasó una pareja de peregrinos en bicicleta y que se
les veía muy fatigados. Antes de diez minutos, los volví
a encontrar, pasado el ramal que lleva a Rabanal Viejo, en una curva de
fuerte pendiente.
Parados y con las bicicletas en la mano me dijeron que me envidiaban por
verme tan fresco a pesar de la dureza del camino y de llevar a cuestas
el peso de la mochila. Ellos ya no podían ni con su alma. Les di
el grito de ¡Ultreya! y se limitaron a mirarme sin tener fuerzas
para nada más.
Al cabo de media hora, cuesta abajo, me pasaron sonrientes dándome
las gracias.
Ahora el Camino transcurría entre bosques de encinas y robles.
A unos tres kilómetros antes de Rabanal del Camino se halla el Roble
del Peregrino. Por supuesto que yo me dirigí a él.
En el área de este descanso estaba una familia comiendo. Yo llegaba
exhausto de fuerzas y había vaciado por completo mi botellita de
agua. Les saludé, me miraron con curiosidad y compasión y,
pude escuchar a la abuelita que le decía a su nieta: &laqno;lleva
esta manzana a ese pobre señor».
La niña vino hacia mí y, con temor, me ofreció la
manzana. Le di las gracias y le pregunté cómo se llamaba,
porque si su nombre era Eva, yo no me atrevería a aceptar su regalo.
Los padres se rieron mucho y me dijeron que se llamaba Mari-Ángeles.
Le reiteré mi agradecimiento y volvió muy contenta con ellos.
El padre se acercó al ver que yo miraba mi botellita de agua vacía
y me ofreció de su botella llena y fría como el hielo. Rellené
la mía, una y otra vez, y las consumí casi sin parar. Estuve,
como media hora, charlando con ellos y les prometí tenerlos presentes
en mi abrazo al Apóstol.
Me calcé la mochila y continué mi ascenso hasta la Ermita
del Santo Cristo, que se encuentra a un Km., aproximadamente, del Roble
del Peregrino.
Un pequeño esfuerzo más y me interné en Rabanal del
Camino por la pista de la derecha.
La Hostería, de nombre &laqno;El Refugio» fue mi primer contacto
con el final de esta Etapa. Una vez dentro, me confirmaron tener alojamiento,
así que subí de inmediato a la habitación disponible
y tras despojarme de mis prendas, empapadas por el sudor, sometí
mi cuerpo a una meticulosa y pausada higiene, mediante una magnífica
ducha de agua templada. A continuación, me acosté dando gracias
a Dios por tanto bien como me había dado.
A eso de las 18 horas me vestí, lavé mi ropa y salí
a la calle para acercarme al Albergue que, por cierto, había dos,
y visitar la iglesia y el pueblo. La Iglesia de la Asunción estaba
cerrada, pero por los vestigios que quedan es románica del siglo
XIII; perteneció al Temple.
En el Albergue de los Ingleses, próximo a la Iglesia, no pude entenderme
ya que había bastantes peregrinos de habla inglesa y mi persona
no merecía mayor atención. Me dirigí al otro, llamado
Gaucelmo, donde me sellaron la Credencial.
Luego paseé por la calle de &laqno;El Refugio»; el atardecer
era muy agradable y me recreé con la panorámica que ofrecía
el Pueblo bajo la luz del crepúsculo.
Me encontré con un señor mayor, viudo, y trabé amistad
con él. Desde que su mujer había fallecido no había
vuelto a venir a Rabanal; de esto hacía cuatro años. Ahora
estaba con su hijo y nietos pasando unos días. Mañana volverían
a Madrid. Le dejé una tarjeta mía y quedamos en llamarnos,
cuando yo regresara de mi peregrinación.
En el Refugio ya se estaba dando la cena. La chiquita, que atendía
las mesas, me dijo que tenía que esperar, a no ser que quisiera
compartir la mesa con un señor. Le dije que, si él no tenía
inconveniente, me sentiría muy a gusto en compartir mesa y charla.
Volvió muy contenta diciendo que el señor le había
dicho lo mismo que yo, así que la seguí hasta donde se encontraba.
Al verle, enseguida supe quién era. Enfrente de mí tenía
a Paco Costas, el presentador del programa &laqno;Por una Conducción
más Segura».
Me le quedé mirando mientras le señalaba con mi dedo en señal
de duda, y él, quitándose las gafas, me alargó la
mano y me confirmó que era el mismo que yo pensaba.
Fue una cena realmente compartida. Él estaba haciendo el Camino
en bicicleta.
A nuestro lado cenaban dos jovencitas, que le habían pasado en una
cuesta arriba, cuando él estaba a punto de abandonar. Me hizo gracia
su frase de que &laqno;toda España es una cuesta arriba».
Las jóvenes se reían con sus comentarios y él apostaba
por la próxima etapa. &laqno;Iban a ver de lo que él era
capaz».
Hablamos de nuestra profesión, de mi paso por Estudios Moro, a quienes
conocía y admiraba. Le hizo mucha ilusión saber que eran
primos carnales míos.
Me dio sabios consejos y puedo resumir que me reconfortó mucho su
conversación y la clara amistad, que me ofreció. Quedamos
en vernos y charlar más ampliamente, cuando regresáramos
a Madrid.
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