Lunes 11 de agosto: Rabanal del Camino-Molinaseca
Me desperté a las 5,45 de la mañana. Como me encontraba bastante despejado, no tuve pereza para levantarme, asearme y disponer mi equipaje. La dificultad apareció al recoger la ropa lavada la tarde anterior.
Es una dificultad que he tenido casi siempre. La causa principal estaba en que por más que escurriera la ropa, siempre quedaba un elevado porcentaje de humedad y, por otra parte, eran pocas las horas de secado. Para colmo la noche pasada había sido húmeda y fría.
No obstante, el peregrino pone pocas pegas a las contrariedades de cada jornada, así que me puse las prendas lavadas, como si tal cosa y bien &laqno;fresquito» me dispuse a salir del Refugio.
Cuál no sería mi sorpresa al ver que el comedor se hallaba ya dispuesto para los desayunos. Me acomodé en una mesa y gocé de un espléndido café con leche y tostadas de pan de pueblo con mantequilla y miel del Bierzo. Bendito sea Dios que así protege a quienes confían en Él.
Con el saludo de rigor me despedí del encargado y subí calle arriba, para meterme en el Camino.
Por mi izquierda se incorporó una familia completa, bien equipada y acompañada de perro. Nos saludamos y caminamos juntos un buen trayecto. Antes del cruce con la carretera se detuvieron para descansar y comer unos bocadillos; les deseé Buen Camino y, al poco, salí a la carretera en el PK 24.
El panorama era maravilloso. Soplaba el Cierzo y hacía frío; los rayos del sol aún no habían superado la altura. Me encontraba por encima de los 1.300 m y durante seis kilómetros seguí ascendiendo.
En esta ascensión el peregrino se encuentra en un plano de igualdad con las cimas de las montañas que esconden Galicia.
Las vistas sobre Astorga son magníficas. El frío de la mañana ayudaba en la ascensión del monte Irago.
En el Km 27 llegué a Foncebadón. ¡Qué tristeza me dio ver convertido en un montón de ruinas y deshabitado un pueblo que, en el medievo, tuvo tanta importancia que se celebró en él un Concilio (s.X), cien años antes de que el eremita Guacelmo fundase un Albergue y Hospital!. El Camino lo atraviesa; me paré a beber y comer una de las barritas energéticas, que me regaló mi hijo Juanjo.
Sentado en una de las piedras, que pudieron pertenecer al portalón del Albergue medieval, cerré los ojos con la ilusión de sentir la caricia del pasado, de lo desconocido, de lo misterioso y, quizás, de lo sublime. ¡Cuántas gestas, cuánta misericordia y amor se habrían dado en aquellos siglos tan alejados del nuestro!
Rompiendo el encanto de ese momento, me incorporé para continuar la ascensión, metido en una auténtica vereda de montaña. A cada paso la pendiente se pronunciaba más y más, hasta desembocar, nuevamente, en la carretera. En este punto ya se divisaba la Cruz de Ferro; aún faltaban unos 800 metros.
Busqué afanoso una piedra, no una cualquiera sino una, la mía; ni grande ni pequeña. De pedernal, redondeada por las lluvias y los vientos. Una que, entre todas, fuera la mejor, para unirla a los miles de piedras buscadas, como la mía, y dejadas en el cerro que sirve de peana a la gran Cruz.
Al llegar y cumplir con el rito de arrojar mi piedra, me despojé de la mochila y me acerqué a la Ermita de Santiago, erigida en este lugar en el Año Santo Compostelano de 1982.
En torno a la ermita hay una bancada de piedra sobre la que descansaban varios peregrinos, que llegaron antes que yo. Nos saludamos y gozamos, medio en silencio, de la belleza que nos ofrecían el Teleno y los montes Aquilanos, que descienden sobre Ponferrada. La verdad es que nadie deseaba apartarse de este balcón sobre El Bierzo. Nos encontrábamos a 1.504 m de altitud.
Saturados de la belleza contemplada, reemprendimos la marcha. Al poco de caminar por la carretera, me pareció oír el tañido de una campana. Se me abrió el corazón, pensando que era toque de Misa de alguna Iglesia o Ermita cercana. La sorpresa fue mayúscula al descubrir que se trataba de una campanilla agitada por Félix, un Hospitalero que, con su túnica de Cruzado, hace guardia en un rincón de la montaña, junto a Manjarín, para dar hospedaje y frugal alimento a los peregrinos.
Vive como un Robinsón, acompañado de perros. Son muy escasas las condiciones de alojamiento, pero es el único Albergue que se encuentra desde Rabanal.
Nos acercamos todos y cogimos lo que pudimos para servirnos leche caliente. Allí nos sellaron las credenciales y, dejando un donativo, continuamos nuestra marcha.
Media hora más adelante tuve que sentarme en la barrera de protección de una curva para poder culminar la cota más alta de este recorrido. A partir de ahí, todo era descenso.
Si la subida del Irago había mermado mis fuerzas, ahora la bajada machacaba, literalmente, todos los músculos de mis piernas.
A través de cerros de escasa vegetación, en pronunciado descenso, salvando matojos e insectos, con un sol implacable sobre las espaldas, se hacía interminable el recorrido.
Al cruzar el Camino por uno de estos cerros, cuajado de tomillo, espliego y romero, pensé no poder contarlo, ya que la senda pasaba justamente a través de innumerables enjambres de abejas. Atravesar por medio de ellas, sin ser atacado, sólo podía ser fruto de la casualidad o de un milagro. Sinceramente, creí que caería víctima de las abejas. A pesar de ello y encomendándome al señor Santiago, me introduje en el camino.
Miles, cientos de miles, millones de abejas, volaban al rededor de mi cara, manos y piernas, acompañando su presencia con el abrumador zumbido de sus alas, como alertándome de que eran las propietarias del terreno y yo un incómodo intruso, que destrozaba el ritmo de su intenso trabajo.
Hubo un momento en que empecé a hablar con ellas, invitándolas a que siguieran tranquilas en su labor, que yo seguiría mi camino y no deseaba crearlas ningún problema. Ahora que lo recuerdo, me río y me encuentro ridículo; sin embargo, puedo asegurar que la situación no era para menos, sobre todo por la tremenda extensión de su territorio. Creo que tardé unos veinte minutos en atravesarlo.
La miel del Bierzo debe ser excelente a juzgar por la copiosidad, tanto de flores de intenso aroma como de los enjambres allí instalados.
Por suerte, al seguir bajando, su territorio quedó arriba y así me libré de su compañía.
De un salto gané la calle principal de El Acebo, justo al lado de una fresquísima fuente. En ella volví a encontrarme con los peregrinos de la Cruz de Ferro.
Conversamos mientras degustábamos la fresquísima agua y frutos secos, que ellos llevaban. Me recomendaron llevar siempre almendras, avellanas, higos secos o algún preparado energético, ya que en trayectos difíciles, como el que estábamos realizando hoy, ayudaban a recuperarse rápidamente.
El Acebo es el único pueblo de estos parajes montañosos que aún conserva vida.
Me llamó poderosamente la atención un rótulo en la entrada de una casa en el que se leía: Campañas de Publicidad, Prensa, Radio, Anuncios TV. No pude por menos de sonreír y admirarme o, más bien, envidiar a quien era capaz de sacar partido de mi profesión en tan apartado lugar.
Al comentar esta anécdota, me informaron que los habitantes de El Acebo estaban exentos de impuestos a cambio de mantener plantadas, durante el invierno, quinientas estacas señalizadoras del itinerario hasta el Puerto. ¿Podría explicar este privilegio tan osada pretensión de mi colega?
El Camino desciende entre las balconadas de madera de las casas. A la salida del pueblo se encuentra la rústica Ermita del Cementerio. Frente a ella se contempla un sencillo monumento de hierro forjado figurando una bicicleta, adosada a un bordón con su calabaza y venera. Se ha erigido en memoria de un alemán que se despeñó por estos abismos cuando descendía en bicicleta.
Por la carretera, como a unos 3,5 km hay un desvío en el que un cartel anuncia: Por aquí no ofrece dudas de la dirección a seguir.
En diez minutos me encontré en Riego de Ambrós. Es esta una pequeña población, que por su situación y belleza paisajística, se la ve crecer.
La reconstrucción de casas antiguas, así como la edificación de chalet, evidencia su atractivo para quienes vivimos tan alejados de la naturaleza y, a no mucho tardar, se convertirá en un lugar de veraneo y descanso.
Desde su entrada hasta la salida hay aproximadamente un Km. A partir de ahí comienza un atajo de tres kilómetros en fuerte descenso hacia un valle.
Con gran trabajo, y apoyándome en el bordón, fui bajando sobre un terreno desigual, entre cantos, riachuelos y desniveles. Según me adentraba en el valle, la humedad hacía más insoportable el calor.
En una de las curvas, abajo y al fondo vi a un señor, sentado a la sombra, en actitud de observador. Al pasar junto a él, le saludé, y quitándome el peso de la mochila, me tumbé a descansar a su lado. Mantuvimos una larga charla.
Me dijo que se llamaba Félix. Me contó que todos los días bajaba a este punto y, desde ahí, saludaba a los peregrinos, les animaba y hacía amistades. Para confirmar cuanto me decía, sacó de su faja unos cuantos sobres que abrió y me enseñó su contenido.
Eran cartas de peregrinos, que se habían fotografiado con él y que le mandaban una copia recordando el momento.
Me preguntó si yo llevaba cámara. Le dije que no la había traído por no aumentar el peso de la mochila. Lo comprendió, pero me di cuenta de que se puso triste. Le hubiera gustado tener una foto conmigo, me dijo, porque él conocía a las personas y sabía que yo no era uno más. &laqno;Saltaba a la vista que yo no iba de turismo sino que me asomaban otras intenciones». Le di las gracias y un abrazo. Se echó a llorar y me pidió: &laqno;cuando vea usted a Santiago, le pida por Félix». Se lo prometí.
Me ayudó a cargarme la mochila y se quedó de pie, despidiéndome con la mano, hasta que un recodo del camino ocultó nuestras figuras.
Este encuentro me ha dejado bastante &laqno;tocado». ¡Cuánta gente buena está en el Camino, esperando que alguien le hable de Dios!
Un poco más adelante hay una casa hexagonal, a la izquierda de la carretera, que, en este punto, cruza el Camino. Seguí por la senda de la pradería.
Ésta sube y baja con frecuencia y, cada vez presenta más dificultades. De aquí a Molinaseca, se hace axioma aquello de que &laqno;si mala fue la subida, peor, mucho peor, será la bajada». El extremo de los dedos de los pies golpea constantemente con la puntera de las botas. La fuerte pendiente obliga a una tensión máxima de los músculos de las pantorrillas. Este ir frenando por entre piedras y desniveles, saltando de un lado a otro para evitar las grietas del terreno, por espacio de hora y media, puede agotar al montañero más avezado.
El camino se hacía eterno. En cada curva esperaba ver el final, pero sólo era el arranque de un nuevo trazado. Al cabo de un rato, me pareció que la pista se terminaba en el fondo del valle al cual descendía en pronunciada pendiente. Lo presumible no era lo que yo pensaba; desde el fondo arrancaba un nuevo ascenso hacia la cumbre del cerro, es decir, una nueva prueba para el maltrecho peregrino.
Cuando ya había dejado de pensar y de calcular, alcancé a ver la Cruz, que la Guía sitúa cerca de Molinaseca. Su imagen borró mi aturdimiento anterior y recuperada la confianza, mi paso se hizo más firme y ligero.
Estaba a punto de culminar la hazaña de este día. Abajo se oía el ruido de una corriente de agua. Cuando llegué a la última curva del Camino, vi a gente bañándose en el río Meruelo. ¡Qué envidia! Aún estaba lejos, a más de 20 minutos de la entrada a la población.
Seguí bajando, sin control, hasta la carretera; a mi derecha estaba la ermita de Nuestra Señora de las Angustias. Me acerqué tambaleante y, desde la reja, traté de darle gracias y pedirle que me acompañase.
Crucé el río Meruelo por el puente de los Peregrinos; es de origen románico. Desde el centro del puente, Molinaseca presenta una panorámica espléndida, si bien yo no me sentía con ánimos para saborear su belleza.
Al enfocar la Calle Real vi el letrero de un Hostal. A él me encaminé, preguntando por posada y fonda. Me dijeron que la habitación valía 4.000 pts y la comida aparte. Dije que me parecía cara, pero que si tenía ducha o baño, aceptaba. Me dijeron que la ducha era compartida para cuatro habitaciones. Me pareció un abuso y me retiré, buscando un sitio donde sentarme y descansar un rato.
Un señor, que había oído la conversación, me dijo que no lo tomara en cuenta, que esa gente era así. Me llevó a un banco y pidió que me esperase.
Al poco oí la voz de una mujer que discutía con este señor y le venía diciendo que no se podía uno fiar de los peregrinos; que casi todos eran unos vividores. El señor argumentaba que yo parecía distinto y que rara vez se equivocaba.
Aparecieron por la esquina de la casa donde me encontraba sentado. La señora me pidió que la siguiera y me condujo a una casa antigua restaurada, con tres habitaciones, salón, cocina, baño, etc. Me dijo que eligiera la cama, que más me gustase, para hacérmela y me dio las llaves. Le pregunté si no iba a venir nadie más a dormir. Me dijo que no, que toda la casa era para mí.
Me enseñó el armario del cuarto de baño donde había toallas, jabón, colonia, etc. Me pidió que, cuando me marchara, le dejara las llaves en el montante de la puerta de entrada.
Le pregunté que cuánto debía pagarle y me dijo que lo que quisiera, ya que, aunque me pidiera mucho, no le iba a compensar del alquiler que cobraba por día para seis personas. No era muy simpática, pero no cabe la menor duda de que su comportamiento no pudo ser más honesto y cristiano.
Relajado por una buena ducha y recuperado de mi cansancio, salí en busca de algún sitio donde pudiera comer. Entré en el Mesón &laqno;Casa Marcos», que conserva su arquitectura de casa solariega y, junto a la chimenea, en la mesa 1, me sirvieron el menú. Creo que, entre la espera y durante la comida, consumí más de dos litros de agua.
En la barra tomé un café exprés, bastante bueno y volví a casa para echarme la siesta. Dormí como dos horas y me levanté totalmente nuevo. En el salón me senté para ver algo de televisión, pero fui incapaz de aguantar ni un cuarto de hora.
A eso de las siete bajé al Albergue, que se encuentra a la salida de Molinaseca. En él pude conectar con mis amigos peregrinos; me sellaron la credencial y compré un bocadillo de chorizo y una cerveza.
Al poco vinieron a buscar al hospitalero para atender a unos peregrinos que se encontraban muy mal y con fiebre. El comentario de todos fue: otro más. Con éste ya van siete.
Pedí que me informaran sobre lo que estaba pasando y se extrañaron de que a mí no me sucediera lo mismo. Me preguntaron si yo había bebido de la fuente de Manjarín. Al decirles que estuve a punto, pero que lo evité, porque había una vaca bebiendo y no me apeteció ponerme junto a ella; me dijeron: &laqno;pues eso te ha librado. Nosotros lo hicimos y todos estamos que damos pena».
A continuación, busqué una cabina desde donde llamar a mis hijos. Luego recorrí las calles y, realmente, Molinaseca es como un oasis.
Su conjunto da la impresión de Villa medieval, de gran señorío y riqueza. La piedra y la pizarra de sus tejados, unidas a la madera de las solanas genera paz y seguridad.
El río esta canalizado de forma que los habitantes pueden gozar bañándose en sus límpidas aguas, como en pocas partes puede lograrse.
Existen Fondas y Bares, que mantienen ese aire de antigüedad.
En fin que, a pesar de la dureza de esta etapa, paseé hasta casi las once de la noche, disfrutando de sus casonas barrocas, del Hospital de Peregrinos, de su historia y de su belleza.

Martes 12 de agosto: Molinaseca-Ponferrada-Cacabelos
Estaban dando las 6 en el reloj de la Iglesia, que estaba frente a la casa. Di gracias a Dios por el nuevo día y encomendándome a Jesús, a la Virgen y a mi Ángel custodio, me levanté para asearme y consultar en la Guía la etapa, que me proponía comenzar. A Ponferrada hay más de 5 kilómetros, si bien la ruta es bastante confusa. Al final decidí hacerlo por carretera.
Al pasar por delante del Albergue, me detuve y me ofrecieron café con leche y sobados. Con mucho gusto lo acepté, y tras dialogar con los más jóvenes y dejar mi donativo, seguí camino.
La mañana era clara y a esas horas fresquita; sin embargo el recorrido resulta un tanto anodino y ni motiva para la oración ni para gozar del contacto con la naturaleza.
Además, conviene ir atentos porque la circulación es intensa, la carretera estrecha y sin cuneta. Todo esto hace que, principalmente en las curvas, se vea uno obligado a detenerse para no ser arrollado por los conductores de coches y motos.
Por fin, en una última curva, atravesé el río Boeza, de poco caudal y muy maltratado; hasta olía a cloaca. Aparecieron enseguida unas naves industriales.
Inicié mi entrada en la ciudad, cuesta arriba y por la parte moderna del ensanche. Su aspecto me producía sensación de tristeza y fracaso. Las típicas aglomeraciones urbanas de casas-colmena, avenidas y semáforos. Tenía a mi favor el que todavía era temprano y la ciudad aún dormitaba.
Estaba desorientado, ya que mis notas me hablaban de auténticas joyas arquitectónicas de los siglos XII, XV, XVI y XVII, así que busqué a alguien que me pudiera informar.
Puesto en buen camino, no tardé en fundirme con todo lo que venía buscando. ¡Qué maravilla! La Puerta y Torre del Reloj, el Ayuntamiento, el Hospital de la Reina -fundado en 1498 por Isabel la Católica-, la Basílica de la Virgen de la Encina -Patrona de la Ciudad y de todo El Bierzo- en la que se conserva la preciada cruz románica de Santo Tomás de las Ollas, la Iglesia de San Andrés en la que se venera el Cristo de las Maravillas o de los Templarios (s.XIII), y cómo no, el Castillo-Convento del Temple... A continuación me dirigí hasta el Albergue, muy próximo al castillo.
En él me atendieron dos Hospitaleras, que se interesaron mucho por mi opinión e ideas sobre el espíritu peregrino. Una de ellas se emocionó tanto que apenas podía pronunciar palabra. Me pidieron que me quedara más tiempo y me invitaron a pastas y leche. Fue muy difícil separarme de ellas.
Me rogaron que las escribiera, que las tuviera presente ante el Apóstol y, así, me acompañaron hasta la basílica de la Virgen de la Encina.
Entraron conmigo a la Iglesia y juntos rezamos, dando gracias a Dios por habernos puesto en su Camino y habernos regalado esta Fe, por la que gozamos de su presencia notoria y gratificante.
Estos momentos de goce espiritual muy pronto se iban a desvanecer ante el calvario que supone atravesar esta ciudad.
Al otro lado del casco antiguo hay un Parque muy bonito y apacible por el que me adentré para, a escasos metros, encontrarme otra vez en medio de la calle. Fui bajando hasta llegar a una plaza, donde tenía que dirigirme hacia la N-VI.
Una señora, desde la acera de enfrente, me gritó: ¡Peregrino! Yo me detuve y me acerqué a ella.
Muy cariñosa, viendo mi medalla de Santiago en el pecho, me puso su mano sobre ella y me dijo: &laqno;podía haberte dejado continuar por donde ibas y, también hubieras llegado a Santiago, pero es mucho mejor que vayas por la antigua ruta jacobea. Tú eres un auténtico peregrino y me creo en la obligación de indicarte el mejor camino».
Yo le di las gracias y le comenté que Dios siempre ayuda a quienes se dejan aconsejar. Crucé la calle en la dirección que me había indicado y al volverme para despedirme de ella, no vi a nadie. Miré a derecha e izquierda y nada. Alcé los ojos al cielo y sonreí. Recordé que aún no había hecho la jaculatoria a mi Ángel de la Guarda. Fuertemente motivado, me disculpé y le pedí que no se apartara de mí.
Durante un par de kilómetros la calle transcurrió entre montones de escoria y carbón, lo que no era grato a la vista, pero fue apareciendo una urbanización de chales preciosos en cuyo centro estaba la Iglesia de Santa María del Camino y unos indicadores de la Ruta Jacobea. Perfectamente señalizada, continué por ella hasta llegar a Cuatro Vientos.
El Camino sigue por detrás de la zona industrial. No se puede decir que este trayecto sea agradable y, menos cuando el sol de mediodía aprieta lo suyo.
Estaba deseando encontrarme en plena naturaleza y aún debía atravesar un larguísimo pueblo, con aceras muy estrechas, que obligaban a mirar constantemente hacia atrás, para evitar que algún coche te llevara por delante. Se llama Camponaraya y tiene mucha industria vinícola.
Antes de entrar en él, un paisano se quedó mirándome y dijo: &laqno;¡hala, hala! Al camino de los tontos».
Sin querer dar demasiada importancia al insulto, le contesté: ¿de los que van o de los que se quedan?, y añadí: Gracias a los millones de peregrinos, que por aquí han pasado, se ha hecho grande su tierra. Se han necesitado más de mil años y el paso de millones de &laqno;tontos» para que a Ud. se le abriera la mente y el corazón. Pero no hay peor ceguera que la del alma.
Grandes carteles, vallas y anuncios invitan a detenerse en la Cooperativa X en la que ofrecen vino para comer tu bocadillo.
Al cabo de 1.600 m dejé la carretera tomando una pista, que arranca a la izquierda y pasa junto a la Cooperativa Viñas del Bierzo; no me detuve porque era tarde y me quedaba más de hora y media de camino a Cacabelos.
A lo largo del recorrido había viñedos, dos o tres ríos que no sé cómo se llaman, quizás no fueran tres y a lo mejor se trataba del mismo; no era importante.
Cuando ya pensaba que nunca llegaría el momento de poder descansar, al final de una amplia curva apareció Cacabelos.
En la Gasolinera de la entrada pregunté por &laqno;Prada A. Tope», famoso industrial, que atiende divinamente a los peregrinos. Me indicaron el camino, si bien no acerté en la elección del más correcto.
Una funcionaria de Correos, que repartía en Vespa las cartas, me dijo que iba mal, pero que si pasaba entre los huertos, saldría frente al Hostal de Prada. Así lo hice y, nada más empezar, todos los perros de los diversos huertos comenzaron a ladrar y a perseguirme, lo que me obligó a portarme como un delincuente acosado, que corre salvando alocadamente las dificultades del terreno, por encima de acequias y sembrados, hasta alcanzar un lugar seguro donde protegerse.
Sudoroso y polvoriento me presenté a Prada, quien me acogió como si me conociera de toda la vida.
Me hizo dejar la mochila en la entrada de la tienda/almacén/bodega, que de todo tiene y muy bueno por cierto, y me invitó a lomo, jamón, chorizo, queso, pan, agua y vino.
Me dijo que lo tomara tranquilo y que luego me enseñaría el resto de su Palloza-Restaurante. Desde luego merece la pena visitarse y poder hablar con tan noble personaje.
Villafranca del Bierzo aún distaba unos siete kilómetros y yo no me encontraba en condiciones de continuar, sobre todo por el enorme calor que hacía, así que busqué un sitio donde alojarme y acerté al elegir el Hostal Santa María. Bien es verdad que me atrajo el nombre.
En una habitación abuhardillada, pero muy bien acondicionada, pude examinar cómodamente mi situación.
Traía bastante ropa sucia y necesitaba renovar mi ajuar, así que lo primero sería lavar todo lo aprovechable, ducharme y salir a comprar lo que fuera preciso. Dicho y hecho.
Por la calle de los peregrinos bajé hasta la Parroquia de Nuestra Señora de la Plaza. Entré y pude ver a la derecha un ábside románico, que debió pertenecer a la primitiva iglesia y a la que, sin duda, también correspondería una pequeña imagen románica del s.XIII de la Virgen sedente, situada en el centro del óculo de su portada meridional. Me enteré de la hora de la Eucaristía y salí a comprar una camisa.
En la Plaza hay una mercería y lencería. Pregunté si tenían camisas de hombre. Una señora muy amable me dijo que sí y, entre los dos, buscamos la que mejor me iba.
Entablamos una amena conversación sobre el tema religioso, las peregrinaciones y la tristeza que daba ver como, hoy en día, todo esto suena a raro.
Recordaba que, no hacía tanto tiempo, Cacabelos era un lugar de acogida y de un gran espíritu religioso. Me despedí asegurándola que pediría por ella ante el Apóstol Santiago.
Fui a la Parroquia y me uní al rezo del Rosario. A continuación se celebró la santa Misa; la seguí con gran devoción.
Me quedé un buen rato dando gracias, hasta que el sacerdote me invitó a salir, porque iba a cerrar.
En la puerta hablamos de todo un poco y le pedí su bendición para la nueva etapa de mañana.

Miércoles 13 de agosto: Cacabelos-Villafranca del Bierzo-Vega de Valcarce
Son las 6 de la mañana; la atmósfera se presenta transparente y luminosa. La ropa, tendida en el alféizar de la ventana, aún está húmeda.
No había dormido más de cinco horas, pero después de la ducha, me encontré sin pizca de sueño.
A veces pienso que es un milagro que ni siquiera se me hayan hecho ampollas en los pies. Mi estado físico era de lo mejor; me sentía joven y optimista.
Con la mochila a cuestas, bajé la escalera.
En el vestíbulo se encontraba un muchacho joven, que me atendió con respeto y cariño. Le pedí la cuenta y me preguntó si iba a desayunar. Me quedé un poco extrañado, ya que normalmente antes de las siete me ha sido difícil encontrar a alguien que me ayude.
Acepté y me dijo: &laqno;siéntese en la Cafetería, y desayune tranquilo; eso es lo importante. Para pagar siempre hay tiempo». Me sirvió un desayuno completo, zumo de naranja incluido.
Cuando salí a la calle de los Peregrinos, pasada la Parroquia de Nuestra Señora de la Plaza, a quien saludé quitándome el sombrero y haciendo una comunión espiritual, enseguida me topé con el puente que cruza el río Cua.
Prada me había hablado muy bien de este paraje junto al puente y, a la vista de él, yo diría que se quedó corto.
El Camino sigue por la carretera, por lo que crucé a la cuneta de la izquierda. A las 7,40 pasaba por delante de Pieros y, no viendo nada que me pudiera interesar, continué andando.
A unos 2 km ya se divisa Villafranca, encaramada en una ladera montañosa y, enseguida, aparece un mojón indicando: A Villafranca 2,5 kilómetros.
Seguí la pista que conduce al alto del Burgo medieval, entre nuevas edificaciones, que el asentamiento de nuevas familias ha realizado.
A la izquierda queda el Castillo-Palacio, que presenta enormes cubos ovalados en sus esquinas y que, según me dijeron, pertenece a la familia Álvarez de Toledo.
Mi deseo era llegar cuanto antes a la Puerta del Perdón. Esto suponía algo así como alcanzar una Gracia especialísima, reservada a los peregrinos de todos los tiempos.
Levantando la mirada del suelo, a mi derecha estaba la corta pero empinada subida a la Iglesia de Santiago. Antes de pensarlo ya estaba en la Puerta, pero se encontraba cerrada. Estaba yo solo. Di una vuelta alrededor de la Iglesia; es maravillosa. Pequeña joya románica del s.XII, erigida por D. Fernando, Obispo de Astorga, en el 1186. Se encuentra en muy buen estado y su reconstrucción ha seguido fielmente las pautas histórico-artísticas de este monumento. Su mayor interés reside en la portada septentrional, que se conoce como la Puerta del Perdón. Por ella entraban los peregrinos, imposibilitados de continuar hasta Compostela, y en este Santuario podían beneficiarse de las mismas gracias, mediante la Confesión de sus culpas y la recepción de la Eucaristía.
Mientras venían a abrir la iglesia me dediqué a examinar detenidamente sus cuatro arquivoltas y su profusa decoración escultórica.
Me acerqué al Cementerio, anejo a la Iglesia; recé por mis familiares, amigos y principalmente por Merche, que en ese día se cumplían los 42 meses de su muerte.
Entré en el Albergue, improvisado albergue de peregrinos por iniciativa de la familia Jato, que lo atiende gratuitamente. Lo han acondicionado con plásticos y maderas en un antiguo invernadero de su propiedad.
Me ofrecieron café, un tomate ecológico y agua fresca. Me sellaron la Credencial y me despidieron con el saludo de &laqno;Buen Camino». Mientras ya había venido la joven que cuida de la Iglesia. En la Puerta del Perdón, en ese momento, estaríamos unas diez personas, de las cuales el único peregrino, con pinta de peregrino, era yo. Los demás habían llegado en coche y en plan turístico.
Es triste que la joven encargada no diera ninguna explicación a los visitantes; tan solo se acomodó delante de una mesa sobre la que se ofrecían tarjetas postales, libros y recuerdos de Villafranca.
Recé ante el Cristo bizantino y el Apóstol Santiago y, encomendándome a mi Ángel de la Guarda, bajé al centro de la población para admirar sus palacios y casas blasonadas mientras recorría la calle del Agua -vía de los Concheiros-. Merece destacarse la Colegiata de Santa María del s.XVI de la escuela de Gil de Hontañón; la Iglesia de la Anunciada del 1606, en la que se encuentra el Panteón de Los Osorio; y el hospital de Santiago, único superviviente de los cinco que se tiene noticia.
Cruzado el puente sobre el río Burbia llegué al final de la calle. A la derecha sube un camino muy empinado, que dice ser el de los francos, y va por la serranía. Siguiendo por la calzada, ésta me conduciría a la N-VI.
En la Guía no se aclaraba cuál de las dos rutas era la mejor, y decidí seguir por la carretera.
Llegado que hube al cruce con la N-VI, la mayor dificultad que encontré fue el intenso tráfico de camiones y turismos; principalmente por ser de doble sentido y que, inmediato al cruce se encuentra la salida de un túnel. Esto me dificultó y obligó a circular por la cuneta de la derecha con el peligro de ser arrollado.
Al existir múltiples curvas, debía esperar una recta que coincidiera con menos tráfico y me permitiera cruzar al otro lado sin grave riesgo. Creo que esta operación me llevó cerca de una hora. Logrado esto, ya podía empezar a recrearme en el paisaje, muy bello, mientras a mi izquierda sentía el armonioso murmullo del río Valcarce. Durante 11 kilómetros fue mi inseparable compañero de viaje.
Un cartel anunciaba &laqno;Pereje»; consultada la Guía y ver que no ofrecía otra cosa que ser coto truchero, recuperé mi ritmo y continué adelante.
En Trabadelo, me acerqué a un Hostal en el que pedí un bote de Aquarius; me indicaron que lo sacara en la máquina de la entrada. Dejando la mochila, adquirí un bote. Estaba helado; me senté en una mesa para degustarlo despacio y relajarme de la tensión del camino.
Este descanso me compensó un poco del agotamiento que traía. Hasta ese momento llevaba recorridos más de 8 Km por una de las carreteras de mayor densidad de tráfico. Consumí un segundo bote y me puse de nuevo en camino.
En unos cincuenta minutos llegué a Portela, enclavado en este paraje de gran vegetación y arbolado; por mitad de la población pasa el río Valcarce. Todos estos pueblos son muy idóneos para disfrutar de unas vacaciones y fines de semana.
En cinco minutos más, recuperé la serenidad al torcer el Camino por una comarcal a la izquierda, en dirección a Vega de Valcarce. Fue como entrar en el Paraíso; sin coches, escuchando el acompasado ruido de mis pasos y el acariciante murmullo del río.
Todo esto acontece en el PK 419 de la N-VI, que sigue por el moderno y gran Viaducto, construido para salvar el valle.
Al pasar por Ambasmestas, justo al lado de la fuente del Peregrino, donde invitaban a sellar la Credencial y ofrecían bordones, me encontré con Fernando Guerrero. Le costó un poco reconocerme. No era de extrañar por la pinta que traía.
Nos parecía increíble que en un punto tan apartado de las vías principales de comunicación, en un valle escondido y, de forma tan imprevista, fuéramos a encontrarnos.
Cuántas batallas libramos juntos, impulsados por nuestra fe con cuánto ardor y entrega, tanto en la Campaña del 60º Aniversario de la Consagración de España al Sagrado Corazón como en la defensa de la Familia, de la Vida, etc.
Le encontré bastante más mayor, y supongo que a él le pasaría igual conmigo, ya que debía hacer del orden de unos doce años que no nos veíamos.
Estaba de vacaciones con su hija y nietos, que no dejaban de tirarle del pantalón para irse a comer. Nos dimos un fuerte abrazo y le prometí tenerle presente ante el Apóstol.
Antes de llegar al final de mi etapa encontré un Albergue que tenían el menú del Peregrino. Como ya eran las 14,30 h. entré a comer.
La verdad es que el servicio deja mucho que desear y es una pena, porque el sitio es bonito y no se come mal, pero se presta más atención a los jóvenes del pueblo, que vienen en plan de alterne, que al cansado peregrino.
Al entrar en Vega de Valcarce enseguida vi, en el mismo puente, un cartel que decía: &laqno;Pensión Fernández» y decidí hospedarme en ella.
Llamé y, por la ventana, una señora me preguntó qué quería. Al ver que era peregrino, me abrió la puerta y me pidió que subiera por la escalera.
Arriba me esperaba y me enseñó la habitación y el cuarto de baño, que estaba enfrente. Me pareció bien y le dije que primero me iba a duchar y luego descansaría un rato.
Me comentó que más tarde la encontraría sentada en el banco de la entrada, tomando el fresco y ya hablaríamos.
Vega de Valcarce es la capital del Valle, en plenos Ancares leoneses. Estas son tierras prehistóricas comunicadas por calzada romana.
Vega de Valcarce surgió a la vera de dos castillos: a la derecha del río, el de Castro Sarracín, de los siglos XIV-XV, si bien su origen se remonta a fines del X; al otro lado, se encuentran los vestigios del de Castro de Veiga. Ambos castillos se recuerdan cargados de misteriosas leyendas, entroncadas con la tradición celta.
Es Vega mercado en los Ancares, especialmente cuando se aíslan las aldeas y se hace difícil la supervivencia en las pallozas.
Bajé sobre las seis de la tarde. La encontré, tal y como había dicho, sentada en el banco de la entrada. Me hizo muchas preguntas y al enterarse de que enviudé, hacía poco, se mostró muy compasiva y dio rienda suelta a sus problemas. Acababa de salir de una depresión y aún no se encontraba curada del todo.
Vino una hija suya, acompañada del yerno. Me presentó y amenizamos la conversación. Su hija trabaja en una Funeraria y el yerno la ayudaba. Parecía que les iba bastante bien. Yo les dejé en animada charla y subí al Albergue a saludar a los peregrinos.
Esa tarde me encontraba optimista y como a los del Albergue les encontré un tanto tristones, me dediqué a contar anécdotas e historias, que les hicieron reír a carcajadas. Me decían que lo que más admiraban en mí era verme siempre alegre y como si acabara de empezar el Camino, por dura que fuera la etapa y en el punto en que me encontraran.
Desde donde estábamos se divisaba, sobre un altozano, el Castillo. Me puse en pie y dije que, para hacer tiempo, iba a visitar los castillos. La carcajada fue general.
Con esa alegría les dejé y me fui a la Parroquia, que queda muy cerca del Albergue. Allí había un corrillo de señoras dialogando con el Párroco. Saludé y pregunté a qué hora había Misa. El Párroco, un tanto sorprendido, dijo que no iba a estar diciendo Misa a todas horas.
Me disculpé y entré a hacer un poco de oración. Entró luego él y trató de justificarse diciendo que, si en lugar de ser yo sólo hubiera habido más personas, entonces no le hubiera importado celebrar una Misa. Yo le dije que no se preocupara y que me encomendara en la primera Misa que celebrase.
Salí y me fui hacia la Pensión. La señora me había avisado que ella, antes, daba también comidas, pero que desde que se quedó sola y ver que sus hijos no querían saber nada de la Pensión, tan solo ofrecía alojamiento. Por esta razón me dirigí a un bar de la Plaza y allí consumí un poco de cecina con pan y vino.
Todavía estuve un largo rato, sentado en la puerta de la Fonda, contemplando cómo la espesura de los bosques iba cerrándose con la obscuridad de la noche; mientras recé el Rosario.

Jueves 14 de agosto: Vega de Valcarce-O Cebreiro-Alto do Poio
Creo que esa noche soñé con alguna de las leyendas medievales del Castro Sarracín y, sobre todo, con la dureza de la etapa que debía realizar al día siguiente.
Me desperté, como siempre, a las 5,45 h. Sin pereza me duché, aseé y acondicioné bien mi mochila. Me esperaban 10 kilómetros de dura ascensión.
A las seis y media cruzaba el puente sobre el Valcarce. Me detuve para echar un último vistazo sobre el pueblo.
Aún no había amanecido y el cierzo se empezaba a despegar de la superficie del río. Al contemplar tanta belleza mi alma estalló en una acción de gracias al Creador. ¡Todas su obras son maravillosas!
Hacía frío y al observar que la cafetería-pastelería de la carretera estaba abierta, me dirigí hacia ella y dejando mi mochila en el exterior, me introduje en el establecimiento.
Como me extrañó encontrar a una hora tan temprana un servicio de hostelería abierto, lo comenté con la dueña. Ella me aclaró que, siempre que ve peregrinos en el Albergue o por el pueblo, procura abrir pronto, porque sabe que madrugamos mucho.
Pedí chocolate con ensaimada y un vaso de leche fría. Compré dos botellitas de agua y, agradeciéndole su gentileza, me dispuse a emprender mi ascensión con brío y coraje.
Al salir saludé a cuatro peregrinos que también habían venido a &laqno;cargar sus pilas». ¡Buen Camino!
Como a unos veinte minutos pasé por Ruitelán, que conserva una modesta pero encantadora Iglesia románica de ábside rectangular, de gran tradición hispánica, que debe pertenecer a finales del siglo XI o principio del XII. Se encuentra nada más cruzar el río.
Entrando en Herrerías volví a encontrarme con una familia francesa, padres y una hija de unos quince años. Los tres gozaban de una vigorosa salud, y de bastante &laqno;humanidad».
Iban muy fatigados y, al saludarles, me pidieron que no retrasara mi ritmo, que ellos debían tener presente su condición y que irían haciendo paradas según se lo pidiera el cuerpo. Eran muy simpáticos y les animé con la tan manida frase de lo importante es llegar y añadí: Santiago está sentado y no tiene prisa; hace 20 siglos que nos espera. Les hizo mucha gracia y tomaron el cuaderno para apuntar la frase.
Al final de Herrerías, en las últimas casas, se dice que estuvo el Hospital de Ingleses. A unos trescientos metros volví a cruzar el río e iniciar, todavía por la comarcal, una pendiente que dudo mucho fuera capaz de superar un coche en primera.
A mis espaldas oí el resuello de un peregrino joven, que me dio alcance. Me volví para saludarle y poco más pudimos decir, porque necesitábamos toda la ventilación de nuestros pulmones para respirar.
Como a un kilómetro apareció a la izquierda un sendero, que bajaba al vallecillo. Cruzamos de nuevo el río y empezamos el colosal ascenso por la montaña.
Le dije al joven peregrino que él fuera a su paso, porque yo no era muy buen escalador. Me lo agradeció y se puso delante.
A pesar de que todos los días y, de forma especial éste, me rociaba con el spray ahuyenta-insectos, todos los tábanos, moscas y mosquitos de los Ancares arremetían contra mi piel y nada podía hacer para evitarlo. Esto suponía que, además de hincar el bordón en el sitio adecuado, agarrarme con fuerza a los matorrales y buscar el punto de apoyo para no resbalar, debía espantar, constantemente, con la mano que tuviera libre a los enemigos matutinos de cada etapa peregrina.
El camino, vereda o pista, como se quiera llamar, es más bien una pendiente que, para superarla, hay que escalar.
Procuraba no mirar hacia arriba, pues tan solo encontraba un camino cerrado por el bosque; en cada recodo esperaba ver alguna claridad, indicadora de haber superado la prueba, pero esto no sucedió hasta bien pasadas dos horas de continua ascensión.
A la entrada de la Faba, sentado en una roca y vaciando botella tras botella de agua, estaba mi predecesor. Me dijo que tan sólo hacia un cuarto de hora que había llegado. Le pregunté si eso me lo decía para consolarme y, sonriente, me dijo que era la pura verdad. También él había sentido la tentación de pararse y no continuar.
Despojándome de la mochila, empapada de sudor y no digamos nada de mi camisa y pantalón, saqué mi botellita de agua y empecé a vaciarla.
Enfrente de donde estábamos había una fuente de fresquísima agua y unos paisanos de la Faba nos indicaron que bebiéramos sin miedo de ella, porque era muy sana y &laqno;recuperadora». Llené mis botellitas y creo que metí dentro de mi estómago algo así como dos litros. Recuperado pude integrarme en la sorprendente belleza del paraje.
La Faba es un pueblo, casi como una aldea, cuesta arriba, cuesta abajo, muy de montaña y rodeado de frondosa y verde vegetación. Alguna casa guarda el empaque de mansión-palacio o casa solariega. Precioso; no me importaría vivir en él.
Cuenta la historia que el Obispo de León, San Froilán, se estableció como eremita por estas tierras. &laqno;La Faba y el Cebrero separan León de Galicia, donde se une el cielo y la tierra».
Ahora, juntos, reemprendímos la subida a Laguna de Castilla. El paisaje se abre ante la ausencia de vegetación.
Caminamos por una pista de arena y piedra, muy propia de alta montaña. Al llegar a Laguna, coincidimos con la salida de vacas de un establo y que se encaminaron por la misma pista en dirección hacia nosotros. Era evidente que no cabríamos todos, así que nos apartamos como pudimos para dejarlas pasar, pero ni así lo logramos.
El vaquero nos indicó que no las asustáramos, porque podían darnos una coz. ¡Lo que nos faltaba! Por fin, y con un potente olor a vaca en nuestra ropa, logramos continuar camino arriba.
A unos seiscientos metros, en una bifurcación, se toma la ruta de la derecha, que se convierte en pista y, enseguida, se encuentra un mojón indicador del kilómetro 152,5, que son los que faltan para Santiago. Muy próxima se halla una gran piedra con el escudo gallego, que señala la entrada en la comunidad a través de la provincia de Lugo.
El sol ya estaba en pleno cenit y el calor dificultaba más el ascenso; no obstante, como todo esfuerzo tiene su premio, de pronto me encontré en el asfalto de la carretera que circunda O Cebreiro.
La emoción embargó todo mi ser. Allí estaban las pallozas soñadas; allí estaba la iglesia de Santa María la Real; allí se encontraba el Relicario del Santo Milagro del Cebrero.
Aún no me lo creía y, sin embargo, ya me encontraba en el interior de la Iglesia, avanzando hacia el Relicario en el que se venera el Cuerpo y la Sangre de Cristo, encerrados en unas ampollas de cristal de roca.
Caí de rodillas ante el Santo Milagro. No puedo relatar el cruce de sentimientos que embargó mi alma. Lloré y lloré con incontenibles lágrimas de emoción. A sus pies estaba este peregrino, bañado en sudor, aferrado a su bordón, mientras el peso de su mochila le hundía, cada vez más, en el reclinatorio. No sé cuánto tiempo estuve mirando, con los ojos empañados por las lágrimas, el Sagrado Misterio.
Quise acercarme pero, con gran cariño, un franciscano me pidió que no lo hiciera; podía servir de ejemplo y los demás también lo harían y podía dañarse el relicario. Me dijo que le siguiera hasta la sacristía, para sellarme la Credencial y para que me explicaran el Milagro.
En la Sacristía estaban dos frailes más; mi acompañante me dejó con ellos. Se interesaron mucho por mi peregrinación. Al verme tan emocionado, uno de ellos me miró al pecho y dijo que había algo en mi persona que le evocaba la imagen de los peregrinos históricos.
En mi camisa, junto al corazón, llevaba una medalla de Santiago y al cuello la Tau, que me había regalado Luigi en Castrojeriz. Le pedí al franciscano que me aclarara el significado de esta cruz.
Me dijo que en el Antiguo Testamento fue la señal que los israelitas llevaban en la frente para que el Ángel exterminador no los matara. Luego el otro me explicó el Milagro del Grial.
Les pedí su bendición y ellos, a su vez, me pidieron que les tuviera presentes en el abrazo al Apóstol.
La Iglesia del Milagro es románica del s. XI sobre fundamentos de otra del s. IX. Tiene planta basilical de tres naves con bóvedas de cañón. La imagen de la Virgen titular es una talla del s. XII.
En la nave de la derecha se encuentra el Relicario. El franciscano me contó el relato del milagro de la siguiente manera: &laqno;Por el año 1300, en una mañana de violenta ventisca, llegó a oír Misa un pastor del vecino pueblo de Marxa Major. El monje, que celebraba la Misa, pensó para sus adentros: ¡Será burro, hacer este camino con este tiempo, sólo por un poco de pan y vino! Instantáneamente, las especies eucarísticas se convirtieron en carne y sangre». El hecho fue difundido por todo Europa y, hasta Wagner parece que se inspiró en él para su Parsifal.
El relicario, consistente en dos ampollas de cristal de roca, y dos estuches de plata para su protección fueron regalados por los Reyes Católicos, durante su peregrinación de 1486.
Me costaba trabajo apartarme de este acogedor lugar. A la salida de la Iglesia vi a un señor que vendía fruta, hortalizas, huevos y miel. Compré unos higos de hermoso aspecto y, sentándome junto a la carretera, los comí. Luego, continué el Camino.
Aún cuando los lugareños te animan, diciendo que lo peor ya ha pasado y que, a partir de ahora, se marcha por suaves pendientes, la verdad es que cada suave descenso supone una nueva cima a coronar y esto sobre un cuerpo que ya lleva más de 5 horas de penoso ascenso, termina agotando al más joven y fuerte de los peregrinos.
Al poco de coronar el Alto de San Roque, a la izquierda del camino existe un monumento en bronce del Apóstol Santiago de muy buena factura. Es imponente, y raro es el peregrino que no posa ante él para su álbum de fotos. A mi no me fue posible por no disponer de cámara ni de acompañante.
No llevaría más de hora y media andando cuando por Hospital de la Condesa me encontré con el joven peregrino, Javier creo que se llamaba, y que me dijo si sabía bien por dónde íbamos.
Estaba desfallecido y prefirió continuar conmigo hasta donde se pudiera recuperar. Comentamos la dureza de esta etapa, y procurando hablar lo menos posible para no perder el aliento, continuamos en fila de uno.
Desde el Camino veíamos muy por encima de nuestras cabezas la carretera LU-634 y el transitar veloz de los vehículos. Por nuestro desfiladero se hacía sentir con fuerza el calor, principalmente por la humedad del valle.
En Padornelo hicimos una parada, sentados en el brocal de una fuente. Allí repusimos fuerzas para atacar el último obstáculo de la mañana: la subida al Alto do Poio: trescientos metros de desnivel semejante al que habíamos acometido en la subida a La Faba. Creí morir.
Arriba está el Albergue; a la puerta había unas sillas y mesas con toldo. No hizo falta ningún comentario. Allí dejamos nuestras mochilas y sentamos nuestros cuerpos. Pedí un bote de Aquarius y luego otro.
Fueron llegando peregrinos a pie y en bicicleta. Hicieron lo mismo que nosotros, si bien con otro aire más mundano y de superioridad. Los de las bicicletas hicieron gala de su vocabulario soez y blasfemo, mientras denostaban las condiciones del Albergue.
Yo me acerqué para ver las posibilidades de alojamiento que ofrecía y, en verdad tan solo consistía en un almacén en el que se podían poner unas colchonetas con la garantía de que la bomba del agua la apagaban durante la noche para que no molestara (?).
Cuando se marcharon los peregrinos, vino hacia mí la Hospitalera a preguntarme cómo había llegado hasta allí. Al contestarle que por la pista que sube de Padornelo me dijo que la estaba engañando, que yo no tenía aspecto de haber venido andando. Que me habrían traído o habría venido en coche.
A pesar de asegurarle sobre mi condición de peregrino a pie, no se lo creyó. Entre que no veía espíritu de acogida ni ganas de servir, y para colmo no creía lo que le aseguraba, pagué y crucé al otro lado, donde estaba el Hostal de Santa María. Allí fui muy bien acogido y atendido. Decidí quedarme a comer y dormir. Subí a mi cuarto, me duché y cambié.
En el comedor una familia, compuesta de padres, abuelos, hija y yerno, me miró y saludó muy cariñosa. Su mesa estaba contigua a la mía, así que conversamos durante toda la comida. (En este Hostal he comido las patatas guisadas con carne más ricas de mi vida). Al acabar, me invitaron a café y me pidieron que cuidara de sus hijos.
Habían decidido hacer el Camino a pie y ellos creían que no estaban preparados para hacer tantos kilómetros hasta Santiago. Yo les dije que no era cuestión de hacer muchos kilómetros por día, sino de ir haciendo camino de acuerdo con sus fuerzas y que, por supuesto, si en algún momento necesitaban de mi ayuda, podían contar conmigo de mil amores.
La hija me lo agradeció, pero pensaba que sus padres estaban equivocados y que ellos podían perfectamente hacer el camino andando. Si por el contrario, vieran que no podían continuar, decidirían lo más conveniente. Le dije que me parecía bien y me retiré a dormir un poco.
A eso de las cinco y media, bajé a pasear por la carretera y rezar el Rosario.
Un matrimonio subía despacito hacia el Hostal; al pasar les saludé y el marido me dijo algo que no entendí. Pedí que me lo repitiera y la mujer me hizo señal de que no se encontraba muy bien. Tenía dificultad para hablar. Había sufrido una hemiplejia y tardaría mucho tiempo en recuperarse.
Me decía que yo era tan alto como su hijo y que él también había sido muy alto, como yo. Todo esto lo repetía con gran dificultad una y otra vez.
Ella lloraba mientras se lamentaba de porqué les pasaba eso a ellos, que no hacían daño a nadie y que además eran religiosos. Yo traté de animarla y, enseñándole el rosario, le prometí pedir mucho a Dios por los dos.
Como me pareció que tenían acento catalán les dije una frase en este idioma y la alegría fue tan grande que empezaron a hablarme todo en catalán.
Yo les comenté que viví 23 años en Barcelona y que Merche, que había fallecido en Madrid, era de Barcelona, sobre todo se sentía española y que nuestros cinco hijos todos habían nacido en Barcelona. Terminamos nuestra charla dándonos un fuerte abrazo y prometiéndoles que les tendría presentes ante el Apóstol.
Yo seguí paseando hasta la puesta del sol. La vista de estas montañas a esas horas de la tarde era maravillosa.
Hablé con la &laqno;Moreneta»; con mi Ángel de la Guarda y con mi Señor y Creador. Así regresé al Hostal en el que empezaban a dar la cena.

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