Lunes 11 de agosto: Rabanal del Camino-Molinaseca
Me desperté a las 5,45 de la mañana. Como me encontraba bastante
despejado, no tuve pereza para levantarme, asearme y disponer mi equipaje.
La dificultad apareció al recoger la ropa lavada la tarde anterior.
Es una dificultad que he tenido casi siempre. La causa principal estaba
en que por más que escurriera la ropa, siempre quedaba un elevado
porcentaje de humedad y, por otra parte, eran pocas las horas de secado.
Para colmo la noche pasada había sido húmeda y fría.
No obstante, el peregrino pone pocas pegas a las contrariedades de cada
jornada, así que me puse las prendas lavadas, como si tal cosa y
bien &laqno;fresquito» me dispuse a salir del Refugio.
Cuál no sería mi sorpresa al ver que el comedor se hallaba
ya dispuesto para los desayunos. Me acomodé en una mesa y gocé
de un espléndido café con leche y tostadas de pan de pueblo
con mantequilla y miel del Bierzo. Bendito sea Dios que así protege
a quienes confían en Él.
Con el saludo de rigor me despedí del encargado y subí calle
arriba, para meterme en el Camino.
Por mi izquierda se incorporó una familia completa, bien equipada
y acompañada de perro. Nos saludamos y caminamos juntos un buen
trayecto. Antes del cruce con la carretera se detuvieron para descansar
y comer unos bocadillos; les deseé Buen Camino y, al poco, salí
a la carretera en el PK 24.
El panorama era maravilloso. Soplaba el Cierzo y hacía frío;
los rayos del sol aún no habían superado la altura. Me encontraba
por encima de los 1.300 m y durante seis kilómetros seguí
ascendiendo.
En esta ascensión el peregrino se encuentra en un plano de igualdad
con las cimas de las montañas que esconden Galicia.
Las vistas sobre Astorga son magníficas. El frío de la mañana
ayudaba en la ascensión del monte Irago.
En el Km 27 llegué a Foncebadón. ¡Qué tristeza
me dio ver convertido en un montón de ruinas y deshabitado un pueblo
que, en el medievo, tuvo tanta importancia que se celebró en él
un Concilio (s.X), cien años antes de que el eremita Guacelmo fundase
un Albergue y Hospital!. El Camino lo atraviesa; me paré a beber
y comer una de las barritas energéticas, que me regaló mi
hijo Juanjo.
Sentado en una de las piedras, que pudieron pertenecer al portalón
del Albergue medieval, cerré los ojos con la ilusión de sentir
la caricia del pasado, de lo desconocido, de lo misterioso y, quizás,
de lo sublime. ¡Cuántas gestas, cuánta misericordia
y amor se habrían dado en aquellos siglos tan alejados del nuestro!
Rompiendo el encanto de ese momento, me incorporé para continuar
la ascensión, metido en una auténtica vereda de montaña.
A cada paso la pendiente se pronunciaba más y más, hasta
desembocar, nuevamente, en la carretera. En este punto ya se divisaba la
Cruz de Ferro; aún faltaban unos 800 metros.
Busqué afanoso una piedra, no una cualquiera sino una, la mía;
ni grande ni pequeña. De pedernal, redondeada por las lluvias y
los vientos. Una que, entre todas, fuera la mejor, para unirla a los miles
de piedras buscadas, como la mía, y dejadas en el cerro que sirve
de peana a la gran Cruz.
Al llegar y cumplir con el rito de arrojar mi piedra, me despojé
de la mochila y me acerqué a la Ermita de Santiago, erigida en este
lugar en el Año Santo Compostelano de 1982.
En torno a la ermita hay una bancada de piedra sobre la que descansaban
varios peregrinos, que llegaron antes que yo. Nos saludamos y gozamos,
medio en silencio, de la belleza que nos ofrecían el Teleno y los
montes Aquilanos, que descienden sobre Ponferrada. La verdad es que nadie
deseaba apartarse de este balcón sobre El Bierzo. Nos encontrábamos
a 1.504 m de altitud.
Saturados de la belleza contemplada, reemprendimos la marcha. Al poco de
caminar por la carretera, me pareció oír el tañido
de una campana. Se me abrió el corazón, pensando que era
toque de Misa de alguna Iglesia o Ermita cercana. La sorpresa fue mayúscula
al descubrir que se trataba de una campanilla agitada por Félix,
un Hospitalero que, con su túnica de Cruzado, hace guardia en un
rincón de la montaña, junto a Manjarín, para dar hospedaje
y frugal alimento a los peregrinos.
Vive como un Robinsón, acompañado de perros. Son muy escasas
las condiciones de alojamiento, pero es el único Albergue que se
encuentra desde Rabanal.
Nos acercamos todos y cogimos lo que pudimos para servirnos leche caliente.
Allí nos sellaron las credenciales y, dejando un donativo, continuamos
nuestra marcha.
Media hora más adelante tuve que sentarme en la barrera de protección
de una curva para poder culminar la cota más alta de este recorrido.
A partir de ahí, todo era descenso.
Si la subida del Irago había mermado mis fuerzas, ahora la bajada
machacaba, literalmente, todos los músculos de mis piernas.
A través de cerros de escasa vegetación, en pronunciado descenso,
salvando matojos e insectos, con un sol implacable sobre las espaldas,
se hacía interminable el recorrido.
Al cruzar el Camino por uno de estos cerros, cuajado de tomillo, espliego
y romero, pensé no poder contarlo, ya que la senda pasaba justamente
a través de innumerables enjambres de abejas. Atravesar por medio
de ellas, sin ser atacado, sólo podía ser fruto de la casualidad
o de un milagro. Sinceramente, creí que caería víctima
de las abejas. A pesar de ello y encomendándome al señor
Santiago, me introduje en el camino.
Miles, cientos de miles, millones de abejas, volaban al rededor de mi cara,
manos y piernas, acompañando su presencia con el abrumador zumbido
de sus alas, como alertándome de que eran las propietarias del terreno
y yo un incómodo intruso, que destrozaba el ritmo de su intenso
trabajo.
Hubo un momento en que empecé a hablar con ellas, invitándolas
a que siguieran tranquilas en su labor, que yo seguiría mi camino
y no deseaba crearlas ningún problema. Ahora que lo recuerdo, me
río y me encuentro ridículo; sin embargo, puedo asegurar
que la situación no era para menos, sobre todo por la tremenda extensión
de su territorio. Creo que tardé unos veinte minutos en atravesarlo.
La miel del Bierzo debe ser excelente a juzgar por la copiosidad, tanto
de flores de intenso aroma como de los enjambres allí instalados.
Por suerte, al seguir bajando, su territorio quedó arriba y así
me libré de su compañía.
De un salto gané la calle principal de El Acebo, justo al lado de
una fresquísima fuente. En ella volví a encontrarme con los
peregrinos de la Cruz de Ferro.
Conversamos mientras degustábamos la fresquísima agua y frutos
secos, que ellos llevaban. Me recomendaron llevar siempre almendras, avellanas,
higos secos o algún preparado energético, ya que en trayectos
difíciles, como el que estábamos realizando hoy, ayudaban
a recuperarse rápidamente.
El Acebo es el único pueblo de estos parajes montañosos que
aún conserva vida.
Me llamó poderosamente la atención un rótulo en la
entrada de una casa en el que se leía: Campañas de Publicidad,
Prensa, Radio, Anuncios TV. No pude por menos de sonreír y admirarme
o, más bien, envidiar a quien era capaz de sacar partido de mi profesión
en tan apartado lugar.
Al comentar esta anécdota, me informaron que los habitantes de El
Acebo estaban exentos de impuestos a cambio de mantener plantadas, durante
el invierno, quinientas estacas señalizadoras del itinerario hasta
el Puerto. ¿Podría explicar este privilegio tan osada pretensión
de mi colega?
El Camino desciende entre las balconadas de madera de las casas. A la salida
del pueblo se encuentra la rústica Ermita del Cementerio. Frente
a ella se contempla un sencillo monumento de hierro forjado figurando una
bicicleta, adosada a un bordón con su calabaza y venera. Se ha erigido
en memoria de un alemán que se despeñó por estos abismos
cuando descendía en bicicleta.
Por la carretera, como a unos 3,5 km hay un desvío en el que un
cartel anuncia: Por aquí no ofrece dudas de la dirección
a seguir.
En diez minutos me encontré en Riego de Ambrós. Es esta una
pequeña población, que por su situación y belleza
paisajística, se la ve crecer.
La reconstrucción de casas antiguas, así como la edificación
de chalet, evidencia su atractivo para quienes vivimos tan alejados de
la naturaleza y, a no mucho tardar, se convertirá en un lugar de
veraneo y descanso.
Desde su entrada hasta la salida hay aproximadamente un Km. A partir de
ahí comienza un atajo de tres kilómetros en fuerte descenso
hacia un valle.
Con gran trabajo, y apoyándome en el bordón, fui bajando
sobre un terreno desigual, entre cantos, riachuelos y desniveles. Según
me adentraba en el valle, la humedad hacía más insoportable
el calor.
En una de las curvas, abajo y al fondo vi a un señor, sentado a
la sombra, en actitud de observador. Al pasar junto a él, le saludé,
y quitándome el peso de la mochila, me tumbé a descansar
a su lado. Mantuvimos una larga charla.
Me dijo que se llamaba Félix. Me contó que todos los días
bajaba a este punto y, desde ahí, saludaba a los peregrinos, les
animaba y hacía amistades. Para confirmar cuanto me decía,
sacó de su faja unos cuantos sobres que abrió y me enseñó
su contenido.
Eran cartas de peregrinos, que se habían fotografiado con él
y que le mandaban una copia recordando el momento.
Me preguntó si yo llevaba cámara. Le dije que no la había
traído por no aumentar el peso de la mochila. Lo comprendió,
pero me di cuenta de que se puso triste. Le hubiera gustado tener una foto
conmigo, me dijo, porque él conocía a las personas y sabía
que yo no era uno más. &laqno;Saltaba a la vista que yo no iba de
turismo sino que me asomaban otras intenciones». Le di las gracias
y un abrazo. Se echó a llorar y me pidió: &laqno;cuando vea
usted a Santiago, le pida por Félix». Se lo prometí.
Me ayudó a cargarme la mochila y se quedó de pie, despidiéndome
con la mano, hasta que un recodo del camino ocultó nuestras figuras.
Este encuentro me ha dejado bastante &laqno;tocado». ¡Cuánta
gente buena está en el Camino, esperando que alguien le hable de
Dios!
Un poco más adelante hay una casa hexagonal, a la izquierda de la
carretera, que, en este punto, cruza el Camino. Seguí por la senda
de la pradería.
Ésta sube y baja con frecuencia y, cada vez presenta más
dificultades. De aquí a Molinaseca, se hace axioma aquello de que
&laqno;si mala fue la subida, peor, mucho peor, será la bajada».
El extremo de los dedos de los pies golpea constantemente con la puntera
de las botas. La fuerte pendiente obliga a una tensión máxima
de los músculos de las pantorrillas. Este ir frenando por entre
piedras y desniveles, saltando de un lado a otro para evitar las grietas
del terreno, por espacio de hora y media, puede agotar al montañero
más avezado.
El camino se hacía eterno. En cada curva esperaba ver el final,
pero sólo era el arranque de un nuevo trazado. Al cabo de un rato,
me pareció que la pista se terminaba en el fondo del valle al cual
descendía en pronunciada pendiente. Lo presumible no era lo que
yo pensaba; desde el fondo arrancaba un nuevo ascenso hacia la cumbre del
cerro, es decir, una nueva prueba para el maltrecho peregrino.
Cuando ya había dejado de pensar y de calcular, alcancé a
ver la Cruz, que la Guía sitúa cerca de Molinaseca. Su imagen
borró mi aturdimiento anterior y recuperada la confianza, mi paso
se hizo más firme y ligero.
Estaba a punto de culminar la hazaña de este día. Abajo se
oía el ruido de una corriente de agua. Cuando llegué a la
última curva del Camino, vi a gente bañándose en el
río Meruelo. ¡Qué envidia! Aún estaba lejos,
a más de 20 minutos de la entrada a la población.
Seguí bajando, sin control, hasta la carretera; a mi derecha estaba
la ermita de Nuestra Señora de las Angustias. Me acerqué
tambaleante y, desde la reja, traté de darle gracias y pedirle que
me acompañase.
Crucé el río Meruelo por el puente de los Peregrinos; es
de origen románico. Desde el centro del puente, Molinaseca presenta
una panorámica espléndida, si bien yo no me sentía
con ánimos para saborear su belleza.
Al enfocar la Calle Real vi el letrero de un Hostal. A él me encaminé,
preguntando por posada y fonda. Me dijeron que la habitación valía
4.000 pts y la comida aparte. Dije que me parecía cara, pero que
si tenía ducha o baño, aceptaba. Me dijeron que la ducha
era compartida para cuatro habitaciones. Me pareció un abuso y me
retiré, buscando un sitio donde sentarme y descansar un rato.
Un señor, que había oído la conversación, me
dijo que no lo tomara en cuenta, que esa gente era así. Me llevó
a un banco y pidió que me esperase.
Al poco oí la voz de una mujer que discutía con este señor
y le venía diciendo que no se podía uno fiar de los peregrinos;
que casi todos eran unos vividores. El señor argumentaba que yo
parecía distinto y que rara vez se equivocaba.
Aparecieron por la esquina de la casa donde me encontraba sentado. La señora
me pidió que la siguiera y me condujo a una casa antigua restaurada,
con tres habitaciones, salón, cocina, baño, etc. Me dijo
que eligiera la cama, que más me gustase, para hacérmela
y me dio las llaves. Le pregunté si no iba a venir nadie más
a dormir. Me dijo que no, que toda la casa era para mí.
Me enseñó el armario del cuarto de baño donde había
toallas, jabón, colonia, etc. Me pidió que, cuando me marchara,
le dejara las llaves en el montante de la puerta de entrada.
Le pregunté que cuánto debía pagarle y me dijo que
lo que quisiera, ya que, aunque me pidiera mucho, no le iba a compensar
del alquiler que cobraba por día para seis personas. No era muy
simpática, pero no cabe la menor duda de que su comportamiento no
pudo ser más honesto y cristiano.
Relajado por una buena ducha y recuperado de mi cansancio, salí
en busca de algún sitio donde pudiera comer. Entré en el
Mesón &laqno;Casa Marcos», que conserva su arquitectura de
casa solariega y, junto a la chimenea, en la mesa 1, me sirvieron el menú.
Creo que, entre la espera y durante la comida, consumí más
de dos litros de agua.
En la barra tomé un café exprés, bastante bueno y
volví a casa para echarme la siesta. Dormí como dos horas
y me levanté totalmente nuevo. En el salón me senté
para ver algo de televisión, pero fui incapaz de aguantar ni un
cuarto de hora.
A eso de las siete bajé al Albergue, que se encuentra a la salida
de Molinaseca. En él pude conectar con mis amigos peregrinos; me
sellaron la credencial y compré un bocadillo de chorizo y una cerveza.
Al poco vinieron a buscar al hospitalero para atender a unos peregrinos
que se encontraban muy mal y con fiebre. El comentario de todos fue: otro
más. Con éste ya van siete.
Pedí que me informaran sobre lo que estaba pasando y se extrañaron
de que a mí no me sucediera lo mismo. Me preguntaron si yo había
bebido de la fuente de Manjarín. Al decirles que estuve a punto,
pero que lo evité, porque había una vaca bebiendo y no me
apeteció ponerme junto a ella; me dijeron: &laqno;pues eso te ha
librado. Nosotros lo hicimos y todos estamos que damos pena».
A continuación, busqué una cabina desde donde llamar a mis
hijos. Luego recorrí las calles y, realmente, Molinaseca es como
un oasis.
Su conjunto da la impresión de Villa medieval, de gran señorío
y riqueza. La piedra y la pizarra de sus tejados, unidas a la madera de
las solanas genera paz y seguridad.
El río esta canalizado de forma que los habitantes pueden gozar
bañándose en sus límpidas aguas, como en pocas partes
puede lograrse.
Existen Fondas y Bares, que mantienen ese aire de antigüedad.
En fin que, a pesar de la dureza de esta etapa, paseé hasta casi
las once de la noche, disfrutando de sus casonas barrocas, del Hospital
de Peregrinos, de su historia y de su belleza.
Martes 12 de agosto: Molinaseca-Ponferrada-Cacabelos
Estaban dando las 6 en el reloj de la Iglesia, que estaba frente a la casa.
Di gracias a Dios por el nuevo día y encomendándome a Jesús,
a la Virgen y a mi Ángel custodio, me levanté para asearme
y consultar en la Guía la etapa, que me proponía comenzar.
A Ponferrada hay más de 5 kilómetros, si bien la ruta es
bastante confusa. Al final decidí hacerlo por carretera.
Al pasar por delante del Albergue, me detuve y me ofrecieron café
con leche y sobados. Con mucho gusto lo acepté, y tras dialogar
con los más jóvenes y dejar mi donativo, seguí camino.
La mañana era clara y a esas horas fresquita; sin embargo el recorrido
resulta un tanto anodino y ni motiva para la oración ni para gozar
del contacto con la naturaleza.
Además, conviene ir atentos porque la circulación es intensa,
la carretera estrecha y sin cuneta. Todo esto hace que, principalmente
en las curvas, se vea uno obligado a detenerse para no ser arrollado por
los conductores de coches y motos.
Por fin, en una última curva, atravesé el río Boeza,
de poco caudal y muy maltratado; hasta olía a cloaca. Aparecieron
enseguida unas naves industriales.
Inicié mi entrada en la ciudad, cuesta arriba y por la parte moderna
del ensanche. Su aspecto me producía sensación de tristeza
y fracaso. Las típicas aglomeraciones urbanas de casas-colmena,
avenidas y semáforos. Tenía a mi favor el que todavía
era temprano y la ciudad aún dormitaba.
Estaba desorientado, ya que mis notas me hablaban de auténticas
joyas arquitectónicas de los siglos XII, XV, XVI y XVII, así
que busqué a alguien que me pudiera informar.
Puesto en buen camino, no tardé en fundirme con todo lo que venía
buscando. ¡Qué maravilla! La Puerta y Torre del Reloj, el
Ayuntamiento, el Hospital de la Reina -fundado en 1498 por Isabel la Católica-,
la Basílica de la Virgen de la Encina -Patrona de la Ciudad y de
todo El Bierzo- en la que se conserva la preciada cruz románica
de Santo Tomás de las Ollas, la Iglesia de San Andrés en
la que se venera el Cristo de las Maravillas o de los Templarios (s.XIII),
y cómo no, el Castillo-Convento del Temple... A continuación
me dirigí hasta el Albergue, muy próximo al castillo.
En él me atendieron dos Hospitaleras, que se interesaron mucho por
mi opinión e ideas sobre el espíritu peregrino. Una de ellas
se emocionó tanto que apenas podía pronunciar palabra. Me
pidieron que me quedara más tiempo y me invitaron a pastas y leche.
Fue muy difícil separarme de ellas.
Me rogaron que las escribiera, que las tuviera presente ante el Apóstol
y, así, me acompañaron hasta la basílica de la Virgen
de la Encina.
Entraron conmigo a la Iglesia y juntos rezamos, dando gracias a Dios por
habernos puesto en su Camino y habernos regalado esta Fe, por la que gozamos
de su presencia notoria y gratificante.
Estos momentos de goce espiritual muy pronto se iban a desvanecer ante
el calvario que supone atravesar esta ciudad.
Al otro lado del casco antiguo hay un Parque muy bonito y apacible por
el que me adentré para, a escasos metros, encontrarme otra vez en
medio de la calle. Fui bajando hasta llegar a una plaza, donde tenía
que dirigirme hacia la N-VI.
Una señora, desde la acera de enfrente, me gritó: ¡Peregrino!
Yo me detuve y me acerqué a ella.
Muy cariñosa, viendo mi medalla de Santiago en el pecho, me puso
su mano sobre ella y me dijo: &laqno;podía haberte dejado continuar
por donde ibas y, también hubieras llegado a Santiago, pero es mucho
mejor que vayas por la antigua ruta jacobea. Tú eres un auténtico
peregrino y me creo en la obligación de indicarte el mejor camino».
Yo le di las gracias y le comenté que Dios siempre ayuda a quienes
se dejan aconsejar. Crucé la calle en la dirección que me
había indicado y al volverme para despedirme de ella, no vi a nadie.
Miré a derecha e izquierda y nada. Alcé los ojos al cielo
y sonreí. Recordé que aún no había hecho la
jaculatoria a mi Ángel de la Guarda. Fuertemente motivado, me disculpé
y le pedí que no se apartara de mí.
Durante un par de kilómetros la calle transcurrió entre montones
de escoria y carbón, lo que no era grato a la vista, pero fue apareciendo
una urbanización de chales preciosos en cuyo centro estaba la Iglesia
de Santa María del Camino y unos indicadores de la Ruta Jacobea.
Perfectamente señalizada, continué por ella hasta llegar
a Cuatro Vientos.
El Camino sigue por detrás de la zona industrial. No se puede decir
que este trayecto sea agradable y, menos cuando el sol de mediodía
aprieta lo suyo.
Estaba deseando encontrarme en plena naturaleza y aún debía
atravesar un larguísimo pueblo, con aceras muy estrechas, que obligaban
a mirar constantemente hacia atrás, para evitar que algún
coche te llevara por delante. Se llama Camponaraya y tiene mucha industria
vinícola.
Antes de entrar en él, un paisano se quedó mirándome
y dijo: &laqno;¡hala, hala! Al camino de los tontos».
Sin querer dar demasiada importancia al insulto, le contesté: ¿de
los que van o de los que se quedan?, y añadí: Gracias a los
millones de peregrinos, que por aquí han pasado, se ha hecho grande
su tierra. Se han necesitado más de mil años y el paso de
millones de &laqno;tontos» para que a Ud. se le abriera la mente
y el corazón. Pero no hay peor ceguera que la del alma.
Grandes carteles, vallas y anuncios invitan a detenerse en la Cooperativa
X en la que ofrecen vino para comer tu bocadillo.
Al cabo de 1.600 m dejé la carretera tomando una pista, que arranca
a la izquierda y pasa junto a la Cooperativa Viñas del Bierzo; no
me detuve porque era tarde y me quedaba más de hora y media de camino
a Cacabelos.
A lo largo del recorrido había viñedos, dos o tres ríos
que no sé cómo se llaman, quizás no fueran tres y
a lo mejor se trataba del mismo; no era importante.
Cuando ya pensaba que nunca llegaría el momento de poder descansar,
al final de una amplia curva apareció Cacabelos.
En la Gasolinera de la entrada pregunté por &laqno;Prada A. Tope»,
famoso industrial, que atiende divinamente a los peregrinos. Me indicaron
el camino, si bien no acerté en la elección del más
correcto.
Una funcionaria de Correos, que repartía en Vespa las cartas, me
dijo que iba mal, pero que si pasaba entre los huertos, saldría
frente al Hostal de Prada. Así lo hice y, nada más empezar,
todos los perros de los diversos huertos comenzaron a ladrar y a perseguirme,
lo que me obligó a portarme como un delincuente acosado, que corre
salvando alocadamente las dificultades del terreno, por encima de acequias
y sembrados, hasta alcanzar un lugar seguro donde protegerse.
Sudoroso y polvoriento me presenté a Prada, quien me acogió
como si me conociera de toda la vida.
Me hizo dejar la mochila en la entrada de la tienda/almacén/bodega,
que de todo tiene y muy bueno por cierto, y me invitó a lomo, jamón,
chorizo, queso, pan, agua y vino.
Me dijo que lo tomara tranquilo y que luego me enseñaría
el resto de su Palloza-Restaurante. Desde luego merece la pena visitarse
y poder hablar con tan noble personaje.
Villafranca del Bierzo aún distaba unos siete kilómetros
y yo no me encontraba en condiciones de continuar, sobre todo por el enorme
calor que hacía, así que busqué un sitio donde alojarme
y acerté al elegir el Hostal Santa María. Bien es verdad
que me atrajo el nombre.
En una habitación abuhardillada, pero muy bien acondicionada, pude
examinar cómodamente mi situación.
Traía bastante ropa sucia y necesitaba renovar mi ajuar, así
que lo primero sería lavar todo lo aprovechable, ducharme y salir
a comprar lo que fuera preciso. Dicho y hecho.
Por la calle de los peregrinos bajé hasta la Parroquia de Nuestra
Señora de la Plaza. Entré y pude ver a la derecha un ábside
románico, que debió pertenecer a la primitiva iglesia y a
la que, sin duda, también correspondería una pequeña
imagen románica del s.XIII de la Virgen sedente, situada en el centro
del óculo de su portada meridional. Me enteré de la hora
de la Eucaristía y salí a comprar una camisa.
En la Plaza hay una mercería y lencería. Pregunté
si tenían camisas de hombre. Una señora muy amable me dijo
que sí y, entre los dos, buscamos la que mejor me iba.
Entablamos una amena conversación sobre el tema religioso, las peregrinaciones
y la tristeza que daba ver como, hoy en día, todo esto suena a raro.
Recordaba que, no hacía tanto tiempo, Cacabelos era un lugar de
acogida y de un gran espíritu religioso. Me despedí asegurándola
que pediría por ella ante el Apóstol Santiago.
Fui a la Parroquia y me uní al rezo del Rosario. A continuación
se celebró la santa Misa; la seguí con gran devoción.
Me quedé un buen rato dando gracias, hasta que el sacerdote me invitó
a salir, porque iba a cerrar.
En la puerta hablamos de todo un poco y le pedí su bendición
para la nueva etapa de mañana.
Miércoles 13 de agosto: Cacabelos-Villafranca del Bierzo-Vega
de Valcarce
Son las 6 de la mañana; la atmósfera se presenta transparente
y luminosa. La ropa, tendida en el alféizar de la ventana, aún
está húmeda.
No había dormido más de cinco horas, pero después
de la ducha, me encontré sin pizca de sueño.
A veces pienso que es un milagro que ni siquiera se me hayan hecho ampollas
en los pies. Mi estado físico era de lo mejor; me sentía
joven y optimista.
Con la mochila a cuestas, bajé la escalera.
En el vestíbulo se encontraba un muchacho joven, que me atendió
con respeto y cariño. Le pedí la cuenta y me preguntó
si iba a desayunar. Me quedé un poco extrañado, ya que normalmente
antes de las siete me ha sido difícil encontrar a alguien que me
ayude.
Acepté y me dijo: &laqno;siéntese en la Cafetería,
y desayune tranquilo; eso es lo importante. Para pagar siempre hay tiempo».
Me sirvió un desayuno completo, zumo de naranja incluido.
Cuando salí a la calle de los Peregrinos, pasada la Parroquia de
Nuestra Señora de la Plaza, a quien saludé quitándome
el sombrero y haciendo una comunión espiritual, enseguida me topé
con el puente que cruza el río Cua.
Prada me había hablado muy bien de este paraje junto al puente y,
a la vista de él, yo diría que se quedó corto.
El Camino sigue por la carretera, por lo que crucé a la cuneta de
la izquierda. A las 7,40 pasaba por delante de Pieros y, no viendo nada
que me pudiera interesar, continué andando.
A unos 2 km ya se divisa Villafranca, encaramada en una ladera montañosa
y, enseguida, aparece un mojón indicando: A Villafranca 2,5 kilómetros.
Seguí la pista que conduce al alto del Burgo medieval, entre nuevas
edificaciones, que el asentamiento de nuevas familias ha realizado.
A la izquierda queda el Castillo-Palacio, que presenta enormes cubos ovalados
en sus esquinas y que, según me dijeron, pertenece a la familia
Álvarez de Toledo.
Mi deseo era llegar cuanto antes a la Puerta del Perdón. Esto suponía
algo así como alcanzar una Gracia especialísima, reservada
a los peregrinos de todos los tiempos.
Levantando la mirada del suelo, a mi derecha estaba la corta pero empinada
subida a la Iglesia de Santiago. Antes de pensarlo ya estaba en la Puerta,
pero se encontraba cerrada. Estaba yo solo. Di una vuelta alrededor de
la Iglesia; es maravillosa. Pequeña joya románica del s.XII,
erigida por D. Fernando, Obispo de Astorga, en el 1186. Se encuentra en
muy buen estado y su reconstrucción ha seguido fielmente las pautas
histórico-artísticas de este monumento. Su mayor interés
reside en la portada septentrional, que se conoce como la Puerta del Perdón.
Por ella entraban los peregrinos, imposibilitados de continuar hasta Compostela,
y en este Santuario podían beneficiarse de las mismas gracias, mediante
la Confesión de sus culpas y la recepción de la Eucaristía.
Mientras venían a abrir la iglesia me dediqué a examinar
detenidamente sus cuatro arquivoltas y su profusa decoración escultórica.
Me acerqué al Cementerio, anejo a la Iglesia; recé por mis
familiares, amigos y principalmente por Merche, que en ese día se
cumplían los 42 meses de su muerte.
Entré en el Albergue, improvisado albergue de peregrinos por iniciativa
de la familia Jato, que lo atiende gratuitamente. Lo han acondicionado
con plásticos y maderas en un antiguo invernadero de su propiedad.
Me ofrecieron café, un tomate ecológico y agua fresca. Me
sellaron la Credencial y me despidieron con el saludo de &laqno;Buen Camino».
Mientras ya había venido la joven que cuida de la Iglesia. En la
Puerta del Perdón, en ese momento, estaríamos unas diez personas,
de las cuales el único peregrino, con pinta de peregrino, era yo.
Los demás habían llegado en coche y en plan turístico.
Es triste que la joven encargada no diera ninguna explicación a
los visitantes; tan solo se acomodó delante de una mesa sobre la
que se ofrecían tarjetas postales, libros y recuerdos de Villafranca.
Recé ante el Cristo bizantino y el Apóstol Santiago y, encomendándome
a mi Ángel de la Guarda, bajé al centro de la población
para admirar sus palacios y casas blasonadas mientras recorría la
calle del Agua -vía de los Concheiros-. Merece destacarse la Colegiata
de Santa María del s.XVI de la escuela de Gil de Hontañón;
la Iglesia de la Anunciada del 1606, en la que se encuentra el Panteón
de Los Osorio; y el hospital de Santiago, único superviviente de
los cinco que se tiene noticia.
Cruzado el puente sobre el río Burbia llegué al final de
la calle. A la derecha sube un camino muy empinado, que dice ser el de
los francos, y va por la serranía. Siguiendo por la calzada, ésta
me conduciría a la N-VI.
En la Guía no se aclaraba cuál de las dos rutas era la mejor,
y decidí seguir por la carretera.
Llegado que hube al cruce con la N-VI, la mayor dificultad que encontré
fue el intenso tráfico de camiones y turismos; principalmente por
ser de doble sentido y que, inmediato al cruce se encuentra la salida de
un túnel. Esto me dificultó y obligó a circular por
la cuneta de la derecha con el peligro de ser arrollado.
Al existir múltiples curvas, debía esperar una recta que
coincidiera con menos tráfico y me permitiera cruzar al otro lado
sin grave riesgo. Creo que esta operación me llevó cerca
de una hora. Logrado esto, ya podía empezar a recrearme en el paisaje,
muy bello, mientras a mi izquierda sentía el armonioso murmullo
del río Valcarce. Durante 11 kilómetros fue mi inseparable
compañero de viaje.
Un cartel anunciaba &laqno;Pereje»; consultada la Guía y ver
que no ofrecía otra cosa que ser coto truchero, recuperé
mi ritmo y continué adelante.
En Trabadelo, me acerqué a un Hostal en el que pedí un bote
de Aquarius; me indicaron que lo sacara en la máquina de la entrada.
Dejando la mochila, adquirí un bote. Estaba helado; me senté
en una mesa para degustarlo despacio y relajarme de la tensión del
camino.
Este descanso me compensó un poco del agotamiento que traía.
Hasta ese momento llevaba recorridos más de 8 Km por una de las
carreteras de mayor densidad de tráfico. Consumí un segundo
bote y me puse de nuevo en camino.
En unos cincuenta minutos llegué a Portela, enclavado en este paraje
de gran vegetación y arbolado; por mitad de la población
pasa el río Valcarce. Todos estos pueblos son muy idóneos
para disfrutar de unas vacaciones y fines de semana.
En cinco minutos más, recuperé la serenidad al torcer el
Camino por una comarcal a la izquierda, en dirección a Vega de Valcarce.
Fue como entrar en el Paraíso; sin coches, escuchando el acompasado
ruido de mis pasos y el acariciante murmullo del río.
Todo esto acontece en el PK 419 de la N-VI, que sigue por el moderno y
gran Viaducto, construido para salvar el valle.
Al pasar por Ambasmestas, justo al lado de la fuente del Peregrino, donde
invitaban a sellar la Credencial y ofrecían bordones, me encontré
con Fernando Guerrero. Le costó un poco reconocerme. No era de extrañar
por la pinta que traía.
Nos parecía increíble que en un punto tan apartado de las
vías principales de comunicación, en un valle escondido y,
de forma tan imprevista, fuéramos a encontrarnos.
Cuántas batallas libramos juntos, impulsados por nuestra fe con
cuánto ardor y entrega, tanto en la Campaña del 60º
Aniversario de la Consagración de España al Sagrado Corazón
como en la defensa de la Familia, de la Vida, etc.
Le encontré bastante más mayor, y supongo que a él
le pasaría igual conmigo, ya que debía hacer del orden de
unos doce años que no nos veíamos.
Estaba de vacaciones con su hija y nietos, que no dejaban de tirarle del
pantalón para irse a comer. Nos dimos un fuerte abrazo y le prometí
tenerle presente ante el Apóstol.
Antes de llegar al final de mi etapa encontré un Albergue que tenían
el menú del Peregrino. Como ya eran las 14,30 h. entré a
comer.
La verdad es que el servicio deja mucho que desear y es una pena, porque
el sitio es bonito y no se come mal, pero se presta más atención
a los jóvenes del pueblo, que vienen en plan de alterne, que al
cansado peregrino.
Al entrar en Vega de Valcarce enseguida vi, en el mismo puente, un cartel
que decía: &laqno;Pensión Fernández» y decidí
hospedarme en ella.
Llamé y, por la ventana, una señora me preguntó qué
quería. Al ver que era peregrino, me abrió la puerta y me
pidió que subiera por la escalera.
Arriba me esperaba y me enseñó la habitación y el
cuarto de baño, que estaba enfrente. Me pareció bien y le
dije que primero me iba a duchar y luego descansaría un rato.
Me comentó que más tarde la encontraría sentada en
el banco de la entrada, tomando el fresco y ya hablaríamos.
Vega de Valcarce es la capital del Valle, en plenos Ancares leoneses. Estas
son tierras prehistóricas comunicadas por calzada romana.
Vega de Valcarce surgió a la vera de dos castillos: a la derecha
del río, el de Castro Sarracín, de los siglos XIV-XV, si
bien su origen se remonta a fines del X; al otro lado, se encuentran los
vestigios del de Castro de Veiga. Ambos castillos se recuerdan cargados
de misteriosas leyendas, entroncadas con la tradición celta.
Es Vega mercado en los Ancares, especialmente cuando se aíslan las
aldeas y se hace difícil la supervivencia en las pallozas.
Bajé sobre las seis de la tarde. La encontré, tal y como
había dicho, sentada en el banco de la entrada. Me hizo muchas preguntas
y al enterarse de que enviudé, hacía poco, se mostró
muy compasiva y dio rienda suelta a sus problemas. Acababa de salir de
una depresión y aún no se encontraba curada del todo.
Vino una hija suya, acompañada del yerno. Me presentó y amenizamos
la conversación. Su hija trabaja en una Funeraria y el yerno la
ayudaba. Parecía que les iba bastante bien. Yo les dejé en
animada charla y subí al Albergue a saludar a los peregrinos.
Esa tarde me encontraba optimista y como a los del Albergue les encontré
un tanto tristones, me dediqué a contar anécdotas e historias,
que les hicieron reír a carcajadas. Me decían que lo que
más admiraban en mí era verme siempre alegre y como si acabara
de empezar el Camino, por dura que fuera la etapa y en el punto en que
me encontraran.
Desde donde estábamos se divisaba, sobre un altozano, el Castillo.
Me puse en pie y dije que, para hacer tiempo, iba a visitar los castillos.
La carcajada fue general.
Con esa alegría les dejé y me fui a la Parroquia, que queda
muy cerca del Albergue. Allí había un corrillo de señoras
dialogando con el Párroco. Saludé y pregunté a qué
hora había Misa. El Párroco, un tanto sorprendido, dijo que
no iba a estar diciendo Misa a todas horas.
Me disculpé y entré a hacer un poco de oración. Entró
luego él y trató de justificarse diciendo que, si en lugar
de ser yo sólo hubiera habido más personas, entonces no le
hubiera importado celebrar una Misa. Yo le dije que no se preocupara y
que me encomendara en la primera Misa que celebrase.
Salí y me fui hacia la Pensión. La señora me había
avisado que ella, antes, daba también comidas, pero que desde que
se quedó sola y ver que sus hijos no querían saber nada de
la Pensión, tan solo ofrecía alojamiento. Por esta razón
me dirigí a un bar de la Plaza y allí consumí un poco
de cecina con pan y vino.
Todavía estuve un largo rato, sentado en la puerta de la Fonda,
contemplando cómo la espesura de los bosques iba cerrándose
con la obscuridad de la noche; mientras recé el Rosario.
Jueves 14 de agosto: Vega de Valcarce-O Cebreiro-Alto do Poio
Creo que esa noche soñé con alguna de las leyendas medievales
del Castro Sarracín y, sobre todo, con la dureza de la etapa que
debía realizar al día siguiente.
Me desperté, como siempre, a las 5,45 h. Sin pereza me duché,
aseé y acondicioné bien mi mochila. Me esperaban 10 kilómetros
de dura ascensión.
A las seis y media cruzaba el puente sobre el Valcarce. Me detuve para
echar un último vistazo sobre el pueblo.
Aún no había amanecido y el cierzo se empezaba a despegar
de la superficie del río. Al contemplar tanta belleza mi alma estalló
en una acción de gracias al Creador. ¡Todas su obras son maravillosas!
Hacía frío y al observar que la cafetería-pastelería
de la carretera estaba abierta, me dirigí hacia ella y dejando mi
mochila en el exterior, me introduje en el establecimiento.
Como me extrañó encontrar a una hora tan temprana un servicio
de hostelería abierto, lo comenté con la dueña. Ella
me aclaró que, siempre que ve peregrinos en el Albergue o por el
pueblo, procura abrir pronto, porque sabe que madrugamos mucho.
Pedí chocolate con ensaimada y un vaso de leche fría. Compré
dos botellitas de agua y, agradeciéndole su gentileza, me dispuse
a emprender mi ascensión con brío y coraje.
Al salir saludé a cuatro peregrinos que también habían
venido a &laqno;cargar sus pilas». ¡Buen Camino!
Como a unos veinte minutos pasé por Ruitelán, que conserva
una modesta pero encantadora Iglesia románica de ábside rectangular,
de gran tradición hispánica, que debe pertenecer a finales
del siglo XI o principio del XII. Se encuentra nada más cruzar el
río.
Entrando en Herrerías volví a encontrarme con una familia
francesa, padres y una hija de unos quince años. Los tres gozaban
de una vigorosa salud, y de bastante &laqno;humanidad».
Iban muy fatigados y, al saludarles, me pidieron que no retrasara mi ritmo,
que ellos debían tener presente su condición y que irían
haciendo paradas según se lo pidiera el cuerpo. Eran muy simpáticos
y les animé con la tan manida frase de lo importante es llegar y
añadí: Santiago está sentado y no tiene prisa; hace
20 siglos que nos espera. Les hizo mucha gracia y tomaron el cuaderno para
apuntar la frase.
Al final de Herrerías, en las últimas casas, se dice que
estuvo el Hospital de Ingleses. A unos trescientos metros volví
a cruzar el río e iniciar, todavía por la comarcal, una pendiente
que dudo mucho fuera capaz de superar un coche en primera.
A mis espaldas oí el resuello de un peregrino joven, que me dio
alcance. Me volví para saludarle y poco más pudimos decir,
porque necesitábamos toda la ventilación de nuestros pulmones
para respirar.
Como a un kilómetro apareció a la izquierda un sendero, que
bajaba al vallecillo. Cruzamos de nuevo el río y empezamos el colosal
ascenso por la montaña.
Le dije al joven peregrino que él fuera a su paso, porque yo no
era muy buen escalador. Me lo agradeció y se puso delante.
A pesar de que todos los días y, de forma especial éste,
me rociaba con el spray ahuyenta-insectos, todos los tábanos, moscas
y mosquitos de los Ancares arremetían contra mi piel y nada podía
hacer para evitarlo. Esto suponía que, además de hincar el
bordón en el sitio adecuado, agarrarme con fuerza a los matorrales
y buscar el punto de apoyo para no resbalar, debía espantar, constantemente,
con la mano que tuviera libre a los enemigos matutinos de cada etapa peregrina.
El camino, vereda o pista, como se quiera llamar, es más bien una
pendiente que, para superarla, hay que escalar.
Procuraba no mirar hacia arriba, pues tan solo encontraba un camino cerrado
por el bosque; en cada recodo esperaba ver alguna claridad, indicadora
de haber superado la prueba, pero esto no sucedió hasta bien pasadas
dos horas de continua ascensión.
A la entrada de la Faba, sentado en una roca y vaciando botella tras botella
de agua, estaba mi predecesor. Me dijo que tan sólo hacia un cuarto
de hora que había llegado. Le pregunté si eso me lo decía
para consolarme y, sonriente, me dijo que era la pura verdad. También
él había sentido la tentación de pararse y no continuar.
Despojándome de la mochila, empapada de sudor y no digamos nada
de mi camisa y pantalón, saqué mi botellita de agua y empecé
a vaciarla.
Enfrente de donde estábamos había una fuente de fresquísima
agua y unos paisanos de la Faba nos indicaron que bebiéramos sin
miedo de ella, porque era muy sana y &laqno;recuperadora». Llené
mis botellitas y creo que metí dentro de mi estómago algo
así como dos litros. Recuperado pude integrarme en la sorprendente
belleza del paraje.
La Faba es un pueblo, casi como una aldea, cuesta arriba, cuesta abajo,
muy de montaña y rodeado de frondosa y verde vegetación.
Alguna casa guarda el empaque de mansión-palacio o casa solariega.
Precioso; no me importaría vivir en él.
Cuenta la historia que el Obispo de León, San Froilán, se
estableció como eremita por estas tierras. &laqno;La Faba y el Cebrero
separan León de Galicia, donde se une el cielo y la tierra».
Ahora, juntos, reemprendímos la subida a Laguna de Castilla. El
paisaje se abre ante la ausencia de vegetación.
Caminamos por una pista de arena y piedra, muy propia de alta montaña.
Al llegar a Laguna, coincidimos con la salida de vacas de un establo y
que se encaminaron por la misma pista en dirección hacia nosotros.
Era evidente que no cabríamos todos, así que nos apartamos
como pudimos para dejarlas pasar, pero ni así lo logramos.
El vaquero nos indicó que no las asustáramos, porque podían
darnos una coz. ¡Lo que nos faltaba! Por fin, y con un potente olor
a vaca en nuestra ropa, logramos continuar camino arriba.
A unos seiscientos metros, en una bifurcación, se toma la ruta de
la derecha, que se convierte en pista y, enseguida, se encuentra un mojón
indicador del kilómetro 152,5, que son los que faltan para Santiago.
Muy próxima se halla una gran piedra con el escudo gallego, que
señala la entrada en la comunidad a través de la provincia
de Lugo.
El sol ya estaba en pleno cenit y el calor dificultaba más el ascenso;
no obstante, como todo esfuerzo tiene su premio, de pronto me encontré
en el asfalto de la carretera que circunda O Cebreiro.
La emoción embargó todo mi ser. Allí estaban las pallozas
soñadas; allí estaba la iglesia de Santa María la
Real; allí se encontraba el Relicario del Santo Milagro del Cebrero.
Aún no me lo creía y, sin embargo, ya me encontraba en el
interior de la Iglesia, avanzando hacia el Relicario en el que se venera
el Cuerpo y la Sangre de Cristo, encerrados en unas ampollas de cristal
de roca.
Caí de rodillas ante el Santo Milagro. No puedo relatar el cruce
de sentimientos que embargó mi alma. Lloré y lloré
con incontenibles lágrimas de emoción. A sus pies estaba
este peregrino, bañado en sudor, aferrado a su bordón, mientras
el peso de su mochila le hundía, cada vez más, en el reclinatorio.
No sé cuánto tiempo estuve mirando, con los ojos empañados
por las lágrimas, el Sagrado Misterio.
Quise acercarme pero, con gran cariño, un franciscano me pidió
que no lo hiciera; podía servir de ejemplo y los demás también
lo harían y podía dañarse el relicario. Me dijo que
le siguiera hasta la sacristía, para sellarme la Credencial y para
que me explicaran el Milagro.
En la Sacristía estaban dos frailes más; mi acompañante
me dejó con ellos. Se interesaron mucho por mi peregrinación.
Al verme tan emocionado, uno de ellos me miró al pecho y dijo que
había algo en mi persona que le evocaba la imagen de los peregrinos
históricos.
En mi camisa, junto al corazón, llevaba una medalla de Santiago
y al cuello la Tau, que me había regalado Luigi en Castrojeriz.
Le pedí al franciscano que me aclarara el significado de esta cruz.
Me dijo que en el Antiguo Testamento fue la señal que los israelitas
llevaban en la frente para que el Ángel exterminador no los matara.
Luego el otro me explicó el Milagro del Grial.
Les pedí su bendición y ellos, a su vez, me pidieron que
les tuviera presentes en el abrazo al Apóstol.
La Iglesia del Milagro es románica del s. XI sobre fundamentos de
otra del s. IX. Tiene planta basilical de tres naves con bóvedas
de cañón. La imagen de la Virgen titular es una talla del
s. XII.
En la nave de la derecha se encuentra el Relicario. El franciscano me contó
el relato del milagro de la siguiente manera: &laqno;Por el año
1300, en una mañana de violenta ventisca, llegó a oír
Misa un pastor del vecino pueblo de Marxa Major. El monje, que celebraba
la Misa, pensó para sus adentros: ¡Será burro, hacer
este camino con este tiempo, sólo por un poco de pan y vino! Instantáneamente,
las especies eucarísticas se convirtieron en carne y sangre».
El hecho fue difundido por todo Europa y, hasta Wagner parece que se inspiró
en él para su Parsifal.
El relicario, consistente en dos ampollas de cristal de roca, y dos estuches
de plata para su protección fueron regalados por los Reyes Católicos,
durante su peregrinación de 1486.
Me costaba trabajo apartarme de este acogedor lugar. A la salida de la
Iglesia vi a un señor que vendía fruta, hortalizas, huevos
y miel. Compré unos higos de hermoso aspecto y, sentándome
junto a la carretera, los comí. Luego, continué el Camino.
Aún cuando los lugareños te animan, diciendo que lo peor
ya ha pasado y que, a partir de ahora, se marcha por suaves pendientes,
la verdad es que cada suave descenso supone una nueva cima a coronar y
esto sobre un cuerpo que ya lleva más de 5 horas de penoso ascenso,
termina agotando al más joven y fuerte de los peregrinos.
Al poco de coronar el Alto de San Roque, a la izquierda del camino existe
un monumento en bronce del Apóstol Santiago de muy buena factura.
Es imponente, y raro es el peregrino que no posa ante él para su
álbum de fotos. A mi no me fue posible por no disponer de cámara
ni de acompañante.
No llevaría más de hora y media andando cuando por Hospital
de la Condesa me encontré con el joven peregrino, Javier creo que
se llamaba, y que me dijo si sabía bien por dónde íbamos.
Estaba desfallecido y prefirió continuar conmigo hasta donde se
pudiera recuperar. Comentamos la dureza de esta etapa, y procurando hablar
lo menos posible para no perder el aliento, continuamos en fila de uno.
Desde el Camino veíamos muy por encima de nuestras cabezas la carretera
LU-634 y el transitar veloz de los vehículos. Por nuestro desfiladero
se hacía sentir con fuerza el calor, principalmente por la humedad
del valle.
En Padornelo hicimos una parada, sentados en el brocal de una fuente. Allí
repusimos fuerzas para atacar el último obstáculo de la mañana:
la subida al Alto do Poio: trescientos metros de desnivel semejante al
que habíamos acometido en la subida a La Faba. Creí morir.
Arriba está el Albergue; a la puerta había unas sillas y
mesas con toldo. No hizo falta ningún comentario. Allí dejamos
nuestras mochilas y sentamos nuestros cuerpos. Pedí un bote de Aquarius
y luego otro.
Fueron llegando peregrinos a pie y en bicicleta. Hicieron lo mismo que
nosotros, si bien con otro aire más mundano y de superioridad. Los
de las bicicletas hicieron gala de su vocabulario soez y blasfemo, mientras
denostaban las condiciones del Albergue.
Yo me acerqué para ver las posibilidades de alojamiento que ofrecía
y, en verdad tan solo consistía en un almacén en el que se
podían poner unas colchonetas con la garantía de que la bomba
del agua la apagaban durante la noche para que no molestara (?).
Cuando se marcharon los peregrinos, vino hacia mí la Hospitalera
a preguntarme cómo había llegado hasta allí. Al contestarle
que por la pista que sube de Padornelo me dijo que la estaba engañando,
que yo no tenía aspecto de haber venido andando. Que me habrían
traído o habría venido en coche.
A pesar de asegurarle sobre mi condición de peregrino a pie, no
se lo creyó. Entre que no veía espíritu de acogida
ni ganas de servir, y para colmo no creía lo que le aseguraba, pagué
y crucé al otro lado, donde estaba el Hostal de Santa María.
Allí fui muy bien acogido y atendido. Decidí quedarme a comer
y dormir. Subí a mi cuarto, me duché y cambié.
En el comedor una familia, compuesta de padres, abuelos, hija y yerno,
me miró y saludó muy cariñosa. Su mesa estaba contigua
a la mía, así que conversamos durante toda la comida. (En
este Hostal he comido las patatas guisadas con carne más ricas de
mi vida). Al acabar, me invitaron a café y me pidieron que cuidara
de sus hijos.
Habían decidido hacer el Camino a pie y ellos creían que
no estaban preparados para hacer tantos kilómetros hasta Santiago.
Yo les dije que no era cuestión de hacer muchos kilómetros
por día, sino de ir haciendo camino de acuerdo con sus fuerzas y
que, por supuesto, si en algún momento necesitaban de mi ayuda,
podían contar conmigo de mil amores.
La hija me lo agradeció, pero pensaba que sus padres estaban equivocados
y que ellos podían perfectamente hacer el camino andando. Si por
el contrario, vieran que no podían continuar, decidirían
lo más conveniente. Le dije que me parecía bien y me retiré
a dormir un poco.
A eso de las cinco y media, bajé a pasear por la carretera y rezar
el Rosario.
Un matrimonio subía despacito hacia el Hostal; al pasar les saludé
y el marido me dijo algo que no entendí. Pedí que me lo repitiera
y la mujer me hizo señal de que no se encontraba muy bien. Tenía
dificultad para hablar. Había sufrido una hemiplejia y tardaría
mucho tiempo en recuperarse.
Me decía que yo era tan alto como su hijo y que él también
había sido muy alto, como yo. Todo esto lo repetía con gran
dificultad una y otra vez.
Ella lloraba mientras se lamentaba de porqué les pasaba eso a ellos,
que no hacían daño a nadie y que además eran religiosos.
Yo traté de animarla y, enseñándole el rosario, le
prometí pedir mucho a Dios por los dos.
Como me pareció que tenían acento catalán les dije
una frase en este idioma y la alegría fue tan grande que empezaron
a hablarme todo en catalán.
Yo les comenté que viví 23 años en Barcelona y que
Merche, que había fallecido en Madrid, era de Barcelona, sobre todo
se sentía española y que nuestros cinco hijos todos habían
nacido en Barcelona. Terminamos nuestra charla dándonos un fuerte
abrazo y prometiéndoles que les tendría presentes ante el
Apóstol.
Yo seguí paseando hasta la puesta del sol. La vista de estas montañas
a esas horas de la tarde era maravillosa.
Hablé con la &laqno;Moreneta»; con mi Ángel de la Guarda
y con mi Señor y Creador. Así regresé al Hostal en
el que empezaban a dar la cena.
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