Viernes 15 de agosto: Alto do Poio-Triacastela-Samos
La etapa de este día la decidí durante la noche, si bien
en Triacastela tuve serias dudas sobre el término de la misma, que
luego cuento.
La mañana se presentaba con niebla y el Hostelero do Poio, durante
el desayuno, me comentó que esa noche había helado y que
el termómetro marcaba 2 bajo cero. La madrugada anterior había
llegado a nevar. Estas advertencias me vinieron muy bien para salir abrigado
con el jersey.
Conforme avanzaba la mañana, la niebla iba subiendo del valle hasta
donde yo me encontraba. En mi caminar, tanto el bordón como el sombrero
de paja se empaparon de agua y ésta caía por delante de mí
como si estuviera lloviendo.
A eso de las once empezó a aclarar, dejando ver el azul del cielo,
enjaretado con crespones de blancas nubes.
El descenso era cómodo y en menos de una hora pasé por Fonfría;
poco que ver o lo acostumbrado a ver, es decir las vacas, saliendo del
establo. La niebla, todavía, era espesa y me costaba adivinar lo
que se escondía tras la bruma.
A pocos metros adivinaba bultos oscuros, que iban apareciendo al ritmo
de mi marcha. A veces creía ver un grupo de personas, que finalmente
resultaban ser unos matorrales de la cuneta; lo que pensaba ser un camión,
parado en mitad de la carretera, era un recodo del camino rematado por
un árbol; lo que me parecía una carreta, que se acercaba
lentamente, se convertía de pronto en una majada de vacas caminando
hacia el prado.
Por lo demás, este marchar entre la niebla era tan auténtico
en aquella tierra galaica, que me sentía identificado con &laqno;la
Santa Compaña»; esperaba que, de un momento a otro, surgiera
de entre las sombras, en procesión gimiente y con las antorchas
encendidas. (Puede que sea un romántico, pero yo disfruto mucho
dando rienda suelta a la imaginación).
Un poco más adelante, un cartel anunciaba la entrada en el Concejo
de Triacastela. Desviándome a la derecha, me adentré en el
Camino descendente hasta llegar a Viduedo, pequeña aldea de cuatro
casas. Ahora el descenso, por una pista en buen estado, rodea la montaña,
pasando por encima de arroyuelos y vegetación típica de monte
bajo, para dejar a la izquierda la sierra de Ouribio. Al quedar el barranco
oculto por la niebla no pude disfrutar de su imponente belleza.
Me sorprendió encontrar en aquel paraje, pegado a Filloval, frente
por frente a la bajada del Camino, una máquina expendedora de bebidas.
Aún me faltaban tres kilómetros para Triacastela.
Entre Filloval y As Pasantes se ve la cumbre del monte Ouribio de 1.443
m. Como a doscientos metros de la salida de Filloval se cruza la carretera
para hundirse el peregrino en una corredoira, encerrada entre bosque muy
húmedo, que le conduce en poco menos de kilómetro y medio
a As Pasantes.
Seguí por la izquierda, con gran dificultad a causa del agua y barro;
salvando charcas a través de rocas y piedras, colocadas para facilitar
el paso, y saliendo por fin a espacio abierto en cuyo entorno aparecieron
las casas, que forman el poblado Ramil.
A pesar de ser una mañana gris el verdor del prado en el que se
encuentra el Albergue de Triacastela, resultaba gratificante y acogedor.
Desde la carretera ofrecía al peregrino un reclamo de relevante
atractivo.
Está construido al final de una extensa pradera. La nobleza de los
materiales de construcción le otorga el aspecto de un gran Parador
de Turismo. Bajo esta percepción me dirigí al Albergue.
Antes de llegar a la puerta me saludó una pareja, sentada sobre
la mullida hierba. Me acerqué y reconocí a los hijos del
matrimonio con quienes compartí la mesa en Alto do Poio.
Tenían los pies con bastantes ampollas y se los estaban curando.
El Hospitalero les había proporcionado todo lo necesario para la
cura y conversamos un largo rato. Ellos habían bajado andando ayer
por la tarde y se quedaron en el Albergue a dormir.
Reconocieron que sus padres tenían razón al pensar que no
estaban preparados, porque en tan pocos kilómetros ya se les habían
formado ampollas.
Yo traté de animarles y hacerles ver que aquello era normal, si
no se tenía costumbre de andar. Era cuestión de que se quedaran
en el Albergue descansando y, al día siguiente, ya verían
cómo se encontraban en forma. Me miraron muy seriecitos y con cara
de duda.
A continuación busqué al Hospitalero, que me selló
la Credencial y me preguntó si iba a pernoctar en el Albergue; le
dije que no, que iba a seguir camino.
La parejita hizo lo posible para que me quedara, pero al verme tan decidido,
sólo añadieron que ellos se quedarían, porque apenas
podían andar.
Al preguntarme por dónde iba a continuar el camino, les dije que
no tenía claro si ir por Samos o continuar por el antiguo camino
a San XII.
El Hospitalero me preguntó si conocía Samos y, al decirle
que no, añadió que entonces no lo dudara. El no se perdería
la oportunidad de conocer Samos.
Le expliqué que me parecía más jacobeo el ir por San
XII, pero que, por otra parte, tenía necesidad de hospedarme en
el Monasterio para disfrutar del rezo y canto gregoriano.
Tanto el Hospitalero como la parejita, me recomendaron lo último.
Así es cómo se decidió mi etapa de hoy. Deseándonos
lo mejor, me despedí.
Mi descenso hacia la salida de Triacastela lo hice lento, tratando de sentir
su historia y meterme en ella. Por la calle principal, por donde transcurre
el Camino, fui recordando lo que tenía leído sobre esta población.
Nadie supo decirme dónde se encontraba el monasterio-castillo, dedicado
a San Pedro y a San Pablo, fundado por el Conde Gatón, ni tampoco
dónde se encontraba la cárcel para peregrinos díscolos.
Según tengo entendido, en su interior existen numerosos grafitos
pintados por los reclusos, entre los que destacan varios gallos. Este símbolo
hacía referencia a los francos.
Un poco triste por no poder visitar estos vestigios, fui hacia la Iglesia;
la estaban arreglando. Es la Iglesia Parroquial de Santiago. Conserva la
cabecera románica. Se reconstruyó en 1790 y en su torre se
conserva la heráldica de los tres castillos.
En su interior puede verse la talla del Apóstol en el retablo Mayor
y una cruz procesional del San XII.
En la salida de Triacastela se encuentra un notable monumento, erigido
el Año Compostelano de 1965, con fondo de pallozas y a orillas del
río Ouribio.
Este monumento se hizo en conmemoración de los peregrinos, que al
pasar por Triacastela, cogían una piedra que transportaban hasta
Castañeda, donde estaban los hornos de cal, que proveían
para la construcción de la catedral compostelana.
Dice el Codex Calixtinus: &laqno;Triacastela, en la falda del mismo monte,
ya en Galicia, donde los peregrinos cogen una piedra y la llevan hasta
Castañeda para obtener la cal destinada a las obras de la Basílica
del Apóstol».
Esta anécdota histórica me gustó tanto que, si bien
no hice yo lo mismo que aquellos peregrinos, entre otras cosas, por no
ser necesario, prometí dejarlo escrito para recordarlo siempre que
leyera este diario.
En este mismo punto me encontré un señor, más bien
grueso, que por su forma de calzar las zapatillas supuse que se trataba
de otro peregrino con los pies lacerados. Le saludé y pregunté
por su estado de salud. Efectivamente, le habían tenido que hacer
una cura en el Hospital ya que las ampollas se habían complicado
con el hongo de &laqno;pie de atleta» y le estaban tratando con antibióticos.
Le dije que tuviera paciencia y que lo importante era llegar. Le encomendaría
para que pudiera continuar cuanto antes su Camino.
Crucé un afluente del Ouribio y en compañía de este
singular río caminé por la carretera LU-634 . Hacer el camino
por carretera nunca es agradable, pero, al tratarse de una local, el tráfico
es menos intenso.
Discurre por medio del desfiladero de Pena Partida, cuyo paisaje es de
lo más hermoso. Continúa entre montañas y curvas hasta
volver a pasar el río. A mi derecha e izquierda fui dejando poblaciones
como San Cristobo do Real, Renche, San Martiño do Real, donde hice
una breve parada para apagar mi sed.
Esta ruta pasa rozando la Casa Grande de Lusio. Llama poderosamente la
atención, ya que se asemeja a castillo-fortaleza-pazo y palacio.
Su construcción es muy sólida y de muy bella factura, toda
en piedra de sillería y tejados de pizarra.
En el cruce con la carretera, que conduce al parque natural de Lóuzara
me detuve para ver el cartel turístico del Camino, realizado en
azulejos. La carretera iniciaba el descenso a Samos, pero yo preferí
bajar por el camino de Lóuzara, que me pareció más
rústico y solitario.
Desde la altura se divisa la vieja urbe de Samos y la Abadía Benedictina.
Esta panorámica bien merece una foto.
Entré a Samos por el puente de los peregrinos sobre el río
Ouribio, mi fiel compañero de esta etapa. Gozoso y con una energía
que a mí mismo me extrañó, recorrí la calle
principal hasta el Monasterio.
Había una boda y un benedictino, que estaba en la puerta, no me
permitió entrar. Ante mi insistencia y aclarándole que lo
que yo quería era unirme a la celebración eucarística
ni me lo permitió ni me lo impidió.
Por supuesto que entré. Lo único que resultaba chocante era
ver mi vestimenta, llena de polvo y sudor, con la etiqueta de los invitados
a la boda.
Ocupé un sitio en un banco lateral y Dios me premió, una
vez más, con su Banquete divino. Me venía a la mente la parábola
del invitado, que entró al banquete sin el vestido adecuado; pero
sentí, como si una mano acariciase mi torso sudado, y en mi rostro
el cálido aliento de Jesús que, sentado junto a mí,
sonreía.
Finalizada la Misa, todavía me entretuve admirando la imaginería,
retablo y arquitectura de la Iglesia. Como hay mucho escrito sobre este
Monasterio, sus claustros, sacristía e incendios y reconstrucciones,
prefiero dejar mi llegada a Samos con la celebración de la Misa
y continuar con la vivencia de mi estancia en este lugar de belleza, paz
y reposo.
Salí de la Iglesia con una alegría especial y, pasando por
medio de los invitados a la boda, que ocupaban toda la calle, me acerqué
al Albergue.
Éste forma parte del Monasterio. Parece que se ha habilitado en
las caballerizas del mismo. Dentro estaba el Hospitalero, Javier, curando
los pies a una joven. Me dijo que tendría que esperar, porque no
quedaba ni una sola cama, pero que no me preocupara porque enfrente mismo
había un Hostal con el que se mantenía muy buena relación
y que me atenderían muy bien y, casi seguro, me harían un
precio especial.
Salió para indicarme dónde estaba y me dijo que por la tarde
había vísperas a las que se podía asistir. Le dije
que volvería luego para que me sellara la Credencial.
La verdad es que en el Hostal Victoria, así se llamaba, a pesar
de que estaban sirviendo las comidas y había mucha gente, me atendieron
enseguida. Me entregaron las llaves y me dijeron que por la puerta central
subiera a la primera planta; a la izquierda estaba el recibidor y mi habitación.
Subí y, aunque me había parecido un tanto extrañas
sus indicaciones, pude comprobar que era verdad. Primero se abría
una puerta que daba a un hall y, al fondo, otras dos puertas; la de la
derecha correspondía a mi habitación.
Al abrir quedé gratamente sorprendido tanto por las dimensiones
como por el lujo de detalles, servicio y decoración. Aire acondicionado,
grandes ventanales con doble cristalera, cortinaje para aislamiento total
de la luz, visillos y cortinas de pasamanería, televisor, nevera,
teléfono inalámbrico, amplio armario empotrado; un lujo.
Pero lo que ya me dejó atónito fue al abrir la puerta del
cuarto de baño.
Espacioso, todo en mármol blanco, lavabos de dos senos, grifería
dorada y sanitarios de última generación; y en la esquina,
rodeada por dos peldaños del mismo mármol y empotrada, la
bañera con todos los elementos de masaje, burbujas, ducha de seis
posiciones, asientos... En fin, sin pensarlo demasiado, puse en marcha
todas las opciones de ducha-masaje con baño de burbujas incluido,
del que gocé por espacio de media hora. Al salir del baño,
me parecía mentira que llevara caminados más de trescientos
kilómetros.
Hasta ese momento, lo referente al Hostal estaba saliendo tal y como había
pronosticado Javier. Sólo me quedaba la duda de cual sería
su comportamiento a la hora de presentarme la factura.
Recogí la ropa sucia y la entregué para que me la lavaran.
Me preguntaron que cuándo me iba a marchar y, al decirles que sobre
las 7 de la mañana, me aseguraron que no daría tiempo a secarse
y mucho menos a plancharla. Les dije que no se preocuparan, porque la única
exigencia del peregrino sobre su indumentaria era la de que estuviera limpia.
Pregunté si aún me podrían dar de comer algo. Dijeron
que tendría que esperar mucho; que mirara en el Mesón de
al lado o, si no, al final de la calle. El Mesón estaba completo,
así que me dirigí hacia la salida de Samos.
A la mitad de la calle me encontré con gran parte de los jóvenes
peregrinos con los que ya había coincidido en varias zonas del Camino.
Estaban sentados en el bordillo de la acera, comiendo bocadillos y al lado
de una fuente, porque tampoco ellos habían encontrado sitio donde
acomodarse.
Mis jóvenes peregrinas me invitaron a que subiera con ellas al prado
que estaba al otro lado del puente y que allí podíamos descansar.
Les dije que, si no encontraba sitio en el bar de más abajo, volvería
para comer algo con ellas.
El Bar-Casa de Comidas, estaba lleno, pero la dueña se compadeció
de mí y me preparó una mesa a la entrada. A continuación,
sin mediar palabra, me trajo un primero, luego el segundo y tan solo al
postre me preguntó si prefería helado. Después del
café, volví al Hostal.
A eso de las seis de la tarde, bajé al Albergue, y tras informar
a Javier sobre lo extraordinario del alojamiento, le pedí que me
sellara la Credencial.
Cuando me dirigía al Monasterio a visitar los claustros, comprar
postales y un CD de canto gregoriano, salió tras mí corriendo
para ratificarme que las vísperas serían a las 7,30 por si
quería asistir.
Puntualmente nos abrieron las puertas traseras para subir a la Capilla
de los monjes, donde celebran las vísperas. Nos dieron un Liber
Usualis y empezaron a entrar. Primero se hizo la Exposición mayor
del Santísimo y rezadas las últimas preces, dio comienzo
el canto de Vísperas.
Me chocó ver más jóvenes que personas mayores.
Por fin había logrado uno de mis sueños, participar en la
alabanza al Altísimo, fundido en las oraciones oficiales de la Iglesia,
dichas y cantadas, como antiguamente se hacía. Con devoción
y fervor religioso, sabiendo a Quién nos dirigimos y quiénes
somos ante su Divina Majestad.
Cuando entré me pareció reconocer al Sr. Cano, sacerdote
de Madrid, por lo que intenté abordarle a la salida. Al principio
no me reconoció, pero al hacerlo mostró una gran alegría.
Me preguntó si estaba haciendo ejercicios o retiro espiritual. Al
enterarse de que era peregrino me animó muchísimo y prometió
encomendarme al día siguiente en la Misa.
Me contó que todos los años venía a Samos para llenarse
de Dios en el recogimiento y oración del Monasterio. Nos despedimos
con un abrazo muy sincero y emotivo.
Luego paseé por los caminos y senderos naturales del bosque y, sentado
a la orilla del río, estuve cerca de una hora contemplando cómo
las truchas nadaban corriente arriba y abajo. El río Ouribio circunda
Samos y el Monasterio. Durante la noche arrulló mi sueño;
sus aguas discurrían rumorosas por debajo del mirador de mi habitación.
Recé el rosario y antes de volver al Hostal, me acerqué al
Albergue para invitar a Javier a cenar. Aceptó muy complacido y,
durante la cena, dialogamos mucho sobre el espíritu de la Peregrinación,
sobre las anécdotas que le habían sucedido desde su dedicación
a Hospitalero y sobre lo maravilloso que era el entregarse a esta causa.
Trató de convencerme para que, también yo, dedicara mi vida
al servicio y atención de los albergues del Camino; hicimos una
buena amistad.
Una vez en mi habitación, pensé en la etapa del día
siguiente, vi un poco de televisión y, dando gracias a Dios por
todo, quedé profundamente dormido.
Sábado 16 de agosto: Samos-Sarria
La etapa de este día iba a ser inevitablemente por carretera, a
no ser que, en algún punto de ésta, pudiera incorporarme
a la ruta que dejé al salir de Triacastela.
El marchar por carretera me deprimía un poco, pero con el recreo
de un buen baño y la urgencia de recoger la colada volví
a ponerme a tono.
No sin cierta nostalgia dejé la habitación; a saber cuándo
podría encontrar otra semejante.
El hijo del dueño me pidió que le acompañara al tendedero,
ya que él no conocía la ropa que les di para lavar. Como
siempre, aún estaba húmeda, pero le dije que no me importaba;
por el camino terminaría de secarse.
Bajamos a la Cafetería y allí liquidé mi cuenta y
desayuné. La verdad es que, al entregarme la factura, lo único
que realmente sentí fue agradecimiento, tanto por la atención
recibida como por la valoración de los servicios: habitación,
cerveza y agua de la llegada, las dos cenas, el desayuno, lavado de ropa
y teléfono, IVA incluido 7.030 pts.
Al pasar por el Albergue, Javier estaba en la puerta esperándome,
para despedirse. Nos dimos un fuerte abrazo y, con el deseo de volvernos
a ver, inicié mi 16ª etapa.
Por la izquierda, junto al arcén, fui saliendo de Samos. Estuve
tentado de ir por la orilla del río, pero me pareció una
aventura injustificada, así que preferí continuar por lo
seguro. A mi derecha quedaban las verdes laderas de los montes Da Albela,
al otro lado iba dejando atrás la Sierra Do Oribio y el Valle de
Lóuzara. Iba metido en un valle de suaves colinas y verdes prados.
La carretera, según se abría el panorama, restaba poco encanto
a tanta fertilidad. La mañana era más bien fresca y esto
ayudaba a caminar.
El tránsito de vehículos crecía según avanzaba
el reloj. Al poco avisté un cruce a mi derecha que señalaba
Pascais. Dudé un momento, pensando que, quizás, por ahí
daría con la otra ruta jacobea; sin embargo continué por
donde iba.
Más adelante, cuando llevaba hora y media de camino, decidí
probar fortuna por otro cruce a la derecha, que tenía todo el aspecto
de ser una pista o camino rural. Al principio, me encontré a gusto;
era como volver a sentirme vinculado al Camino. Al cabo de otra media hora
me detuve al ver un ramal, que salía por la derecha en franco ascenso.
Lo tomé, pensando que, con seguridad, me conduciría a la
alternativa dejada. Entre castaños y maizales seguí ascendiendo,
cada vez en pendiente más pronunciada; no se veía a nadie.
Por fin, al coronar la fuerte pendiente, me encontré en Lier; allí
interrogué a una moza sobre lo acertado o equivocado de mi camino
por la Ruta Jacobea en dirección a Sarria.
Como me vio muy fatigado dijo: &laqno;¡ay, pobriño!; no era
falta que se desviara de la carretera. Ahora debe volver a ella. De todas
formas, ya todo es bajada».
Le di las gracias y renegué de mi osadía: la ignorancia es
atrevida. Mi error supuso 6 kilómetros más de esforzada marcha.
Di gracias a Dios de haber encontrado a alguien que me sirviera de guía,
ya que de otro modo ni sé a dónde habría ido a parar.
Aproveché el momento para continuar hablando con Dios.
El último promontorio, tras el cual se ocultaba la LU-634, fue también
una dura prueba, pues en poco trecho subía casi cien metros. Al
salir a carretera, volví a notar la nostalgia de los senderos y
corredoiras entre los verdes prados y bosques de castaños.
Un poco más, tan sólo a un par de kilómetros, ya avisté
Sarria. Mi primera impresión fue la que se siente al entrar en una
gran ciudad. Semáforos, coches, mucha gente, edificios altos, comercio,
terrazas, bares, cafeterías, restaurantes,... al final la estación
de ferrocarril. No me hizo muy feliz esta primera toma de contacto.
Como me encontraba con una pinta muy poco noble, decidí buscar el
Albergue. Para llegar a él tenía que ascender a la parte
antigua de la ciudad, encaramada en un otero que, en mis circunstancias,
se me antojó poco menos que inexpugnable.
Según me adentraba por la calle principal de Calvo Sotelo, me paré
en el Hostal Londres, por ser el más próximo a la entrada.
Ajusté el precio para habitación individual y subí
para ducharme y cambiar de ropa. Con otra presencia bajé al comedor
y pedí el menú. No lo recomendaría a nadie, que me
pidiera opinión; posiblemente la Carta mejorara la cantidad, calidad
y servicio.
Necesitaba descansar, por lo que subí de nuevo a mi cuarto y traté
de dormir un poco. No fue posible; hacía bastante calor y tenía
que mantener la ventana abierta. El ruido de la calle y un fuerte dolor
de muelas me impidió relajarme.
Decidí salir a comprar algo de comida para la cena y desayuno y
algún calmante para el dolor. Si lograba recuperarme subiría
para ver la ciudad antigua y saludar a los peregrinos que estuvieran en
el Albergue.
En mi recorrido, al llegar a la rúa Real, me encontré con
el matrimonio joven del Alto do Poio. Se alegraron de verme. Les felicité
por haber logrado una nueva etapa, cosa que yo nunca dudé. Era cuestión
de programar el Camino en &laqno;pequeñas dosis» y la práctica
e ilusión hacían el resto.
Con cierta tristeza, que se adivinaba en sus rostros, me dijeron que los
pies los tenían peor y que creían conveniente regresar a
su punto de partida. Ya habían telefoneado a sus padres y lo más
seguro sería que vinieran a buscarles.
Dije que lo sentía muy de veras, pero que estaba convencido de que,
más adelante, volverían a intentarlo; ahora bien, que se
entrenaran por lo menos una semana antes. Nos dimos un abrazo y yo continué
subiendo por la escalinata del Peregrino.
A su término está la iglesia de Santa Mariña; ésta
fue edificada a finales del siglo pasado en el mismo solar de otra del
s.XII. Estaba cerrada, pero me enteré de que a las 17,30 se iba
a celebrar un funeral. La noticia me alegró, ya que me aseguraba
el poder unirme a la Eucaristía.
Salí a la Calle Mayor por donde llegué a la iglesia de El
Salvador con ábside románico y nave y portadas de transición
(s.XIV). Enfrente está el hospital de San Antonio, pero como ya
se terciaba la hora de la Misa, regresé a Santa Mariña.
Se rezó el Rosario y a continuación se celebró la
Eucaristía, concelebrada por tres sacerdotes.
Hecha la acción de gracias me fui al Albergue; allí me recibieron
gozosas mis &laqno;nietas» y animaron para que me quedara.
Les hice ver que era preferible reservar mi litera para otro que lo pudiera
necesitar más que yo. Sellé la Credencial y bajé hacia
mi Hostal.
En el trayecto compré pan, plátanos, uvas y una botella grande
de Cacaolat. En la Farmacia adquirí Tonopan y un tubo de Signal
especial, que me recomendaron como muy eficaz para eliminar el dolor de
encías y dientes.
En mi habitación hice mi primera cura de boca y me administré
la dosis de Tonopan; me tumbé un rato para ver si mejoraba. Los
gritos, voces y cantares de la muchedumbre que circulaba por debajo del
Hostal, impidieron que me durmiera. Bajé de nuevo a la calle y merodeé
por todo el entorno.
Tambaleantes y con aspecto cansino vi llegar a la familia francesa. Nos
saludamos; se encontraban muy fatigados. Me preguntaron por el Albergue
y si habría plaza para ellos. No les prometí nada, pero les
dije que me iba a adelantar para que les reservaran espacio, aunque fuera
en el suelo.
Subí todo lo deprisa que pude. Efectivamente, el Albergue estaba
completo. Le dije a la Hospitalera que venían los tres franceses
casi a rastras. Mis nietas y otros ofrecieron generosamente sus literas;
ellos dormirían en el suelo.
Les esperé en la puerta; arriba en el balcón estaban las
&laqno;oferentes» para darles la bienvenida. Muy lentamente, pasito
a pasito, haciendo el último esfuerzo, ganaron la pendiente de la
calle donde se encuentra el Albergue. Les dije que tenían reservadas
literas; al padre casi se le saltaron las lágrimas. Le ayudé
a entrar y allí les dejé.
Como aún era temprano para recogerme, di una vuelta por la ciudad.
Toda la población estaba en la calle. Los bares atestados, las terrazas
llenas, los paseos abarrotados de gente. Al ser fin de semana, todo el
mundo había salido de sus casas.
Me acerqué hasta la Estación. Junto a ella está el
Hostal Roma. Realmente cometí una torpeza al no haberme hospedado
aquí. Se respiraba un ambiente de Balneario de los años veinte,
que invitaba al descanso y prometía paz y reposo.
Me tomé un agua de Mondariz y pedí una tarjeta por si tengo
que volver algún día. De allí subí de nuevo
por la Calle Mayor para visitar el Monasterio de la Magdalena-Convento
de la Merced. Tuvo su origen, según parece, en un albergue para
peregrinos. Se transformó en Hospital en el s.XII. En 1256 las distintas
comunidades de ermitaños aceptaron vivir bajo la misma regla de
San Agustín, con lo que comenzó a formarse la Orden Agustina.
En el año 1568 este Monasterio fue incorporado a la federación
de Monasterios de la Provincia Agustina de Castilla hasta el 1836 en que
los frailes hubieron de abandonarlo a causa de la desamortización
de Mendizabal.
El Obispo de Lugo, D. Benito Murúa, previo consentimiento de los
Agustinos, ofreció el Convento con la Iglesia a la Orden de la Merced,
el día 2 de Agosto de 1896.
Goza de un extraordinario Claustro del s.XIV al XVI y una Iglesia en la
que aún se encuentra una puerta románica del XIII-XIV. La
Capilla del Cristo es la más antigua de la Iglesia. La Capilla Mayor
es del año 1485. En ella fue sepultado el canónigo y maestrescuela
de Orense D. Nuno Álvarez de Guitan. Sobre el arcosolio figura un
escudo de los Balboa, los Somoza y los Valcarcel. Al norte de la Capilla
se abre una ventana de estilo manuelino. Sobre ella los escudos de los
Castro y patronato de los Condes de Lemos. El Retablo pertenece a diversos
estilos en sus varios añadidos. La imaginería ostenta a San
Agustín, la Virgen de la Merced, San Pedro Nolasco y San Ramón
Nonato. Lo restante del edificio antiguo fue edificado a costa del Obispo
Armañá, agustino, en el siglo XVIII.
Regresé hasta el río. A su paso por la Ciudad, está
canalizado y se le han practicado desniveles y pequeñas represas,
lo que aumenta su encanto. Desde los puentes puede contemplarse el ir y
venir de las truchas por su corriente.
Este paseo o rambla se llama Rúa do Peregrino. Al otro lado del
río está el Hotel Alfonso IX de tres estrellas, pero que
tanto por su entorno, como por su edificio e instalaciones, está
a la altura de uno de cinco. Hablé con el Director, quien me presentó
a su Directora de Marketing para una posible colaboración.
A eso de las 22 h volví al Hostal. El ruido de la calle era infernal
y, nunca mejor dicho, ya que tanto las conversaciones como los cánticos
y gritos no podían ser más soeces, inmorales y blasfemos.
¡Dios mío, la cantidad de blasfemias a voz en grito, como
si se tratara de un concurso a ver quién podía decir la mayor
barbaridad contra Dios y su Bendita Madre! Las palabrotas y obscenidades
quedaban sofocadas por la blasfemia continuada a lo largo de más
de diez horas.
Por supuesto que me fue imposible dormir. Era como si la ciudad entera
de Sarria estuviera poseída por el demonio. ¡Una noche infernal!
Domingo 17 de agosto: Sarria-Ferreiros-Portomarin
A eso de las siete ya estaba preparado para ponerme en camino, pero el
bar del Hostal se encontraba completamente lleno y yo tenía que
entrar para liquidar mi cuenta.
En vista de que la gente no se movía, decidí pasar como fuera.
Abriéndome camino con los codos, pude acercarme a la barra. Allí
no había quien pudiera entenderse.
A mi lado estaba otro peregrino, que pretendía desayunar. Al verme
dijo: &laqno;estos gallegos son paranoicos».
Yo asentí con la cabeza. Levanté mi brazo, mostrando el dinero,
y el dependiente lo cogió y dijo: &laqno;en paz».
Salí para respirar el aire fresco de la mañana.
Por la Rúa Mayor subí hasta el alto de La Magdalena; me paré,
y quitándome el sombrero, ante el Crucero, pedí perdón
a Dios, diciendo: no les tengas en cuenta su pecado. Te ofrezco el sacrificio
de esta noche y los esfuerzos y trabajos de esta jornada en reparación
de todos nuestros pecados. Madre Santísima, conoces lo mucho que
te amo y lo mucho que he padecido con los insultos a tu Virginidad. Madre
querida, alcanza de tu Divino Hijo el perdón para este mundo desorientado
y enfermo y para mí las palabras de amor y reparación, que
consuelen vuestro Corazón de Madre y el lacerado Corazón
de mi Señor Jesucristo. Amén.
Mientras rezaba, pasó el peregrino del comentario en el bar, me
deseó Buen Camino y bajó por la cuesta, junto a las paredes
del Cementerio, que era el punto de arranque de la etapa de hoy.
Hice lo mismo y, como a unos 200 m, me desvié a la derecha por una
carreterilla que enseguida abandoné para tomar una pista que cruza
el río Celeiro. Ahora iba en paralelo con la vía del tren,
que quedaba a mi derecha.
Al fondo veía caminar con cierta dificultad al peregrino que me
pasó. En menos de un kilómetro la pista pasaba por debajo
del ferrocarril. Cerca está el mojón 109,5 para Santiago.
Por un puente artesanal de troncos crucé un arroyo y me adentré
en el bosque. Un centenario roble en medio del camino indicaba la proximidad
de una fuente.
Al poco di alcance al que me precedía. Nos saludamos y al observar
que andaba con dificultad, me interesé por su salud. Entre tacos
y alguna que otra blasfemia, me explicó que tenía los pies
muy mal. Además de ampollas había cogido la enfermedad del
&laqno;pie de atleta» y no creía que pudiera continuar mucho
más allá del próximo Refugio.
Yo le dije que llevaba botiquín y podía hacerle alguna cura,
pero él pensaba que era mejor llegar a algún sitio donde
hubiera sanitario y, quizás, quedarse allí hasta su completa
curación. Añadió que tal como iba era mejor que yo
siguiera mi ritmo. Le dije que no me importaba ir al suyo y anduvimos un
rato juntos, mientras le comentaba la &laqno;paranoia-gallega de Sarriá».
Aproveché para decirle lo absurdo de la blasfemia y la degeneración
y empobrecimiento del lenguaje que suponía el abuso de los tacos.
Como la pista encaraba una subida, él me pidió que continuara
sólo, ya que en las subidas y, sobre todo en las bajadas, sufría
mucho y tenía que ir más despacio. Nos separamos y le animé
diciendo que se le veía fuerte no sólo por su constitución
física sino también por su gran temperamento. Que pensara
en que iba a llegar a Santiago y que poco importaba el cuándo.
Al salir del bosque seguí por la pista a la derecha; pasado el mojón
108,5 salí a la carretera en las inmediaciones de Vilei.
Antes de entrar en Barbadelo, me paré en el cementerio, que queda
a la izquierda, para contemplar su ermita románica del s.XII. Una
pequeña maravilla y en muy buen estado. Recé por los difuntos
allí enterrados y por mis familiares y amigos.
El Camino cruza este pueblo; en las antiguas escuelas se ha construido
un Refugio. Pensé en el peregrino de pies lacerados y me acerqué
para preguntar si disponían de atención médica, pero
no vi a nadie.
Pasado el mojón 107, la traza histórica vuelve a meterse
por medio de las cuatro casas de Rente. A menos de un kilómetro
me encontré de cara con el Mercado de Sarria; no me detuve por no
tener necesidad de comprar nada. Si hubiera necesitado algo, aquí,
en esta población, hay una tienda que lo mismo despacha bebidas
que tabaco, ropa, tornillos, etc. La ruta continúa de frente.
Siguiendo mi marcha, a ambos lados fui dejando casas; no se sabe a punto
cierto si son agrupaciones con carácter de pueblos o continuidad
de una población mayor, pero ¿cuál?, ¿la anterior
o la siguiente?
Este tipo de dispersión es muy característico de las tierras
gallegas. Tras este laberinto, y ante unas hermosas praderas, crucé
la carretera que une Sarria con Portomarín. La siguiente agrupación
de casas ya corresponde a Peruscallo.
Como a medio kilómetro localicé el mojón 102 y, pasado
Cortiñas, me ocurrió lo que, a continuación narro.
Antes de llegar a Cortiñas hay unas casas de reciente construcción.
A la derecha queda Lavandeira y enseguida la aldea de Casal. Tras ellas
se inicia una pista, que acorta el recorrido hasta Brea.
En aquella zona, los ladridos de varios perros amenazaban a quienes se
atrevieran a circular por ella. La pista bordea vallados y cercas de casas
de labranza y huertos.
Al fondo de una de ellas pude ver atados a unos perros mastines que ladraban
furiosamente a mi paso por el camino entre cercas.
De pronto, de soslayo advertí que uno de los mastines se había
soltado y en veloz carrera se dirigía, saltando setos y cercas,
hacia mí. Sentí cómo un escalofrío recorría
mi espalda y, encomendándome a mi Ángel y al Apóstol,
traté de mantenerme sereno, sin acelerar el paso y esperar con paz
la llegada de mi atacante.
Los ladridos eran atronadores y la carrera, que traía, frenética.
En unos segundos le tuve a mi espalda y, en su frenada, me cubrió
de polvo y tierra, mientras con su hocico golpeaba mis piernas y mano izquierda;
en la derecha llevaba mi bordón del que seguí valiéndome
sólo para apoyarme en él.
Sus roncos gruñidos, el continuo golpear con su boca mi mano y muslo,
la humedad de sus mandíbulas salpicando mis piernas, eran el presagio
de un ataque inminente. Pero mi frialdad y desprecio ante su fiereza y,
sin lugar a dudas, la ayuda de Santiago y de mi Ángel, apaciguaron
al mastín, que se quedó parado en mitad del camino, totalmente
desconcertado y, me atrevería a decir, con sensación de haber
hecho el ridículo.
Bien, ¡gracias sean dadas a Dios, que tan bien cuida de sus hijos!
Un poco más adelante iba otro peregrino en el que se apreciaban
su cansancio y dificultad para andar. Iba despacio y pisando con mucho
cuidado. Me aproximé a él y me interesé por su problema.
Efectivamente, tenía los pies lacerados y, como la pista, en ese
trayecto, era muy irregular y el descenso se hacía entre piedras,
debía bajar mirando bien dónde pisar.
Le ofrecí mi bordón para que se apoyara y me dijo que no
sabía cómo usarlo y le supondría un estorbo más.
Insistí y aceptó.
Yo le iba indicando cómo debía cogerlo, según los
desniveles a salvar, y poco a poco se fue familiarizando, hasta reconocer
que era de bastante utilidad. Le dije que se quedara con él y que
yo buscaría otro. Se negó en redondo a aceptar mi oferta.
Me lo devolvió y me aseguró que él buscaría,
más adelante, uno acorde con su estatura.
Dijo que iba a hacer una parada, para cambiarse de vendas y descansar un
rato; que, por favor, yo siguiera mi camino. Así lo hice.
A través de una vaguada y terreno pantanoso, pisando por encima
de las piedras para evitar el barro y agua estancada, pasé por delante
de los mojones 101 y 100,5.
Sobre una cerca del camino estaban sentados un matrimonio ingles, que también
estaban haciendo el Camino. Ella era de Escocia. El paisaje que bordeaba
la cerca era muy semejante al de su tierra.
Se estaban cuidando mutuamente los pies. Les ofrecí mi botiquín,
pero ellos iban bien preparados. Se extrañaron de que a mí
no se me hubieran hecho ampollas en los pies.
Les comenté que estaba acostumbrado a andar. Se interesaron por
mi soledad, mis hijos, trabajo, etc. Es decir, que entablamos una sincera
amistad.
Ellos se quedaron todavía un poco más descansando y yo reanudé
mi camino hacia Brea.
En medio del laberinto de esta etapa, la ruta ahora se dirigía hacia
un caserón, el de Morgade, donde está el mojón 99,5
y una fuente.
Me detuve a beber; ahora debía descender por una estrecha y difícil
corredoira, que me llevaría hasta un arroyo, que salvé manteniendo
el equilibrio entre las piedras naturales y otras, puestas como ayuda al
viandante.
Es esta una zona de prados en los que pasta el ganado plácidamente.
En la corredoira también había que salvar la abundante suciedad
que, tras de sí, deja el paso del ganado. Por supuesto que, una
vez más, debía ascender. Todo lo que se baja, al otro lado
hay que subirlo.
La ruta por Galicia es como un tobogán dentro de un laberinto. De
hecho aquí es más fácil perderse que por la zona de
Castilla. Yo ya lo había probado una vez y, como se verá
más adelante, tampoco sería la última.
Cerca ya de Ferreiros, localidad de mayor presencia, con casas monumentales
y evidentes vestigios de un afortunado pasado, vi a una señora con
una rebeca en el brazo y que subía hacia la carretera. Su aspecto
me hizo pensar que iba a Misa y así se lo pregunté. Me dijo
que ahora a las 12 había Misa en la Parroquia.
Esta se encuentra ubicada en el Cementerio de Ferreiros, como a unos 300
m Quedé sorprendido de su belleza. Se trata de una pequeña
ermita románica del s.XII, dedicada a Santa María.
Mientras nos acercábamos, le dije a la señora que íbamos
a llegar tarde, pues eran las 12,15 h; me tranquilizó diciendo que
no me preocupara, que el Cura siempre rezaba primero el Rosario, para dar
tiempo a la gente que venía de lejos.
Cuando llegamos el sacerdote estaba terminando el rezo del Rosario, pero
ya revestido para oficiar la Misa.
La ermita estaba llena, si bien no creo que cupieran más de veinte
o treinta personas, vestidos de domingo. Fui rigurosamente analizado por
las miradas de todos.
He de reconocer que sentí un poco de vergüenza, aunque también
era verdad que mi indumentaria era la apropiada para hacer un largo camino
a pie. Esto fue al principio, porque inmediatamente me embargó la
emoción al comprobar cómo el Señor salía todos
los días a mi encuentro para darme su Cuerpo y Sangre en alimento
espiritual para mi alma. La Misa, con este pensamiento, fue una inmensa
acción de gracias de mi alma a mi buen Pastor, Padre y Amigo, Jesús
nuestro Salvador.
Al salir me esperaba la gente para despedirme; yo les correspondí
saludándoles con el sombrero en la mano y dándoles las gracias.
Ahora el peso de mi mochila parecía más ligero y mi andar
más cómodo. Aún me quedaban unos nueve kilómetros
para llegar a Portomarín.
En menos de diez minutos llegué a Mirallos, sólo unas pocas
casas en torno a la Iglesia. En poco más salí de Pena, localidad
situada a 600 m de la anterior.
Cogí una corredoira a la derecha en la que se encuentra el mojón
96,5 y, a partir de aquí, inicié el descenso hacia unas casas
en la zona denominada Moimentos. Nada especial que ver, por lo que continué
hasta Mercadoiro. Esta es una población formada por las casas de
Cotarelo y las de Moutrás. Esta circunstancia le da el aspecto de
mayor importancia que las anteriores, si bien carece de servicios de atención
públicos. Alcanzado el mojón 94 seguí mi marcha hasta
Parrocha.
Son poblaciones netamente rurales, que principalmente viven del ganado.
Sus tierras son fértiles y en ellas abundan los maizales, castaños
y frutales. El paraje es muy hermoso y digno de contemplarse.
En dirección a Vilachá, el panorama se abre ante la progresiva
inclinación hacia el valle del Miño, ya próximas las
laderas de la otra margen, donde se encuentra Portomarín. En medio
de Vilachá se encuentra el mojón 91,5.
Puede resultar curioso estas referencias a los mojones del Camino, mas,
para el que lo ha hecho a pie, le es fácilmente comprensible.
A estas alturas de la Ruta Jacobea, el peregrino siente que está
muy cerca del final de su peregrinación. Cada paso que da, cada
metro que avanza, cada minuto que cae, cada curva, cada recta, cada aldea
que gana, siente que en su interior nacen nuevas esperanzas. Son muchas
las horas, son miles los pasos, son cientos los kilómetros andados
¿cuánto le falta aún?; ¿cumplirá su
promesa?; ¿podrá alcanzar el perdón y la Gracia, prometidos
a los que responden a la llamada?
Desde el momento en que coronó con éxito el paso del Cebrero,
comenzó su cuenta atrás ¿a qué distancia se
encuentra ahora?
Al iniciar este diario lo justifiqué con un título un tanto
extraño: &laqno;a unos 600.000 pasos». ¿De dónde?,
¿de qué?, ¿de quien? Con este título trataba
de comunicar que el peregrino tan sólo consulta el mapa y la guía
para no desviarse o desviarse lo menos posible del Camino. Para él
no cuenta ni el tiempo ni el espacio. Cada día es una oportunidad
que Dios le da para acercarse a Él, la meta última de su
Peregrinación. Dios le dará el tiempo necesario para cumplir
el proyecto divino sobre su persona.
Este pensamiento, que se lleva en el peregrinar diario sobre el trayecto
físico, viene advertido en repetidas ocasiones a través de
monumentos, lápidas y pequeños altares, levantados a lo largo
del Camino, en los que se leen epitafios como éste: &laqno;Prosper
Charles Remmy Hic peregrinationem suam peregrinans finivit».
Enseguida apareció el mojón 91 y una serie de curvas; sentía
muy próximo el final de esta etapa y la necesidad de poder descansar
la alargaba de tal forma que llegué a pensar en que me había
vuelto a equivocar. Pero no; ahí, al final de una fuerte pendiente
apareció el embalse de Belasar.
Al otro lado, Portomarín ofrecía la más bella panorámica
de Ciudad histórica, cuya visión invitaba a pasar rápidamente
el viaducto, que une las dos orillas.
Nada más cruzar el puente, a la izquierda, vi una gasolinera y a
ella dirigí mis pasos para que me orientaran en cuanto a un hospedaje
limpio y económico. El encargado del Servicio Estación se
veía que no quería comprometerse, recomendando uno en lugar
de otro, así que, como buen gallego, me lo puso para que yo eligiera
el mejor entre dos, pero sin que pudiera decir que el otro era peor.
Elegí el mejor, efectivamente, por trato y economía: Taberna-Fonda
Perez.
Crucé y subí por la escalinata a San Joan y desde allí
aún tuve que salvar un formidable desnivel hasta la plaza Aviación
Española, al lado del Ayuntamiento.
Entré en la Taberna y el propio José Pérez López
me atendió y llamó a un zagal para que me condujera a la
casa donde alquilaba las habitaciones.
Dejadas mis cosas en la habitación, me preparé para ducharme.
El cuarto de baño lo tenía enfrente y allí hice mi
cambio de imagen. Como nuevo bajé para comer en la Taberna, pero,
al ser domingo, había que esperar turno.
Pedí una botella grande de agua, bien fría, y me la fui despachando
mientras me hacían sitio para la comida. La espera pudo ser del
orden de una hora. Evité mirar el reloj. Me sentó muy bien
y, despacito, me encaminé a mi habitación, esperando que
aflojara un poco el calor. El sol a esas horas abrasaba. Dormí hasta
las 18 h.
Como cada tarde, bajé a visitar el pueblo y a los peregrinos del
Albergue. Por la calle de Santiago, la Rúa Nueva, Santa Isabel,
entré en la gran Plaza, donde se encuentra la Iglesia de San Juan
(hoy Parroquia de San Nicolas), Templo-Fortaleza de la Encomienda, románico
del s.XII.
Algo más al fondo está la de San Pedro. Detrás de
la Calle Mayor se han reconstruido también los Pazos del Conde de
la Maza (s.XVI) y de los Pimenteles o de Berbetoros (s:XVII).
Al lado de las escuelas está el Albergue, muy bien acondicionado
y allí encontré a mi amigo peregrino, compañero desde
Sarria. Se alegró muchísimo al verme. Nos sentamos para charlar
un rato. Me comentó que había pensado mucho en lo que le
dije durante nuestro corto recorrido por el Camino. Lo primero, sobre las
blasfemias y los tacos; él también blasfemaba y hablaba mal,
porque no creía en Dios. Era ateo y no daba importancia a las blasfemias,
pero que se le quedó muy grabado lo de que las blasfemias solían
decirse cuando algo salía mal, insultando a Dios como causante del
mismo. Pero si Dios no existía, era absurdo inculpar a alguien que
no es real, luego el blasfemo era un ser absurdo e irracional. Y lo de
que las palabrotas empobrecen el vocabulario y por lo tanto las personas
que abusan de ellas se hacen más incultas, también le había
hecho pensar. Es más, me dijo, desde nuestra conversación,
había empezado a corregirse.
Mientras me hablaba, como era de esperar, se le escapaban algún
que otro taco y alguna blasfemia.
Yo le indiqué que había quienes, al hablar, cada cinco palabras
pronunciadas, dos eran blasfemias y tres eran tacos, lo que no permitía
mantener una conversación de interés social y ni mucho menos
cultural. Se quedó muy pensativo, yo me reí y le dije que
no tenía importancia, que lo verdaderamente importante era su actitud
de querer cambiar.
Le propuse que fuéramos a algún bar a tomar unas cervezas.
Así lo hicimos y por el camino me aseguró que lo había
pasado muy mal, con muchísimo dolor en los pies y que pensaba no
continuar el Camino.
Nos sentamos en un bordillo para ver cómo tenía las ampollas
e infección. Las uñas de los dedos se la habían clavado
en la base y esto era lo que más le molestaba. Le recomendé
que con un frasco de Betadine, Yodo o Mercromina, separase un poco las
uñas de las yemas de los dedos y los regase generosamente. Luego,
que no se calzase y, al día siguiente, repitiera la operación.
Me preguntó si era médico. Yo me reí y le dije que
lo mío era la Publicidad y la Psicología. Continuamos andando
hasta que vimos un bar con menos gente.
Allí me insistió en que creía que debía dejar
el Camino. Yo le apunté que lo mejor era no pensar en ello y, según
tuviera mañana los pies, continuara o reposara un día más.
Le dije que no hiciera locuras, como la de hoy, porque, entonces, sí
podría tener consecuencias más graves.
Quiso que le explicara por qué le había dicho en el Camino
que él era también fuerte de temperamento.
Le comenté que, si bien no hay caracteres puros, sin embargo él
estaba incluido entre los de temperamento sanguíneo. Correspondía
a la categoría de Pícnico. Yo, en cambio, era Leptosomático.
Esto le encantó y estuvimos dialogando un gran rato.
Le acompañé hasta el Albergue y, al despedirnos, me dijo
que se encontraba bastante mejor, que iba a poner en práctica la
cura y que me agradecía mucho la atención que le había
dispensado.
Pasé por la Taberna, sin ánimo de cenar; a lo sumo tomaría
una ensalada. Sin embargo las atenciones que me dispensaron todos me hicieron
cambiar de opinión. Una sopa muy rica, tortilla y ensalada; de postre
un vaso de leche fría.
Pregunté a qué hora abrían por la mañana y
José me dijo que no me preocupara, que él madrugaba mucho.
Si no estaba abierto, que le diera una voz.
A la luz de la luna hice el camino de regreso a casa. ¡Gracias, mi
Dios, porque aún significo algo para Ti!
Lunes 18 de agosto: Portomarín-(Sexon)-Palas de Rey
La ventana de mi habitación daba al embalse, justo por encima de
la gasolinera. Ver amanecer sobre una panorámica, como la que estaba
contemplando, era un privilegio. Pero no debía entretenerme demasiado,
ya que la etapa de este día era fuerte y el calor iba a ser muy
recio.
Una vez todo en orden, me dirigí a la Taberna para liquidar mi cuenta.
Eran las 6,45 h y, aún, estaba cerrada. Hacía bastante fresco
y no era bueno sentarse, así que decidí llamar a la puerta.
Inmediatamente se asomó José a la ventana y bajó a
abrirme.
Le pedí disculpas por haberle hecho madrugar tanto y me dijo que
todo lo contrario, que le perdonara, pero es que ayer se acostó
muy tarde y se le olvidó poner el despertador. Dijo que entrara
y que me prepararía el desayuno.
A las 7,30 atravesaba el puente para empezar por donde había acabado.
Al llegar al final del mismo tuve la duda de si ir por la derecha o continuar
por la carretera a la izquierda. Esto último me pareció más
lógico, ya que a la derecha no había un rastro definido de
camino ni de carretera.
A eso de las 8 empecé a preocuparme debido a que no existía
ninguna señalización ni indicación que me orientara
sobre dónde me encontraba ni hacia dónde debía dirigir
mis pasos. Mi marcha en solitario, sin más compañía
que los ladridos lejanos de algún perro, sin encontrar casa, aldea
o pueblo donde informarme, me iba confirmando en la idea de que, nuevamente,
me había equivocado. De todas formas, ya había hecho un buen
tramo de camino, unos tres kilómetros y aún tenía
la esperanza de que apareciera alguien o algún poblado a no mucho
tardar.
La carretera subía en pendiente muy pronunciada; era más
bien una pista asfaltada. Iba metida entre bosque muy denso; a mi izquierda,
a través de algún claro, veía al fondo el embalse.
Tenía la sensación de estar dando la vuelta al mismo.
Entre la maleza notaba agitarse la vida. El camino subía y bajaba
en interminables curvas, que impedían la visión de lejanía
para poder orientarme.
Al cabo de una hora y media, la zona boscosa de mi izquierda se aclaró
y pude comprobar que seguía por la ladera del monte que bordeaba
el embalse. Con esta información visual pensé que estaba
dando la vuelta al embalse y retornando a Portomarín, pero por la
otra orilla. Adopté una actitud estoica y decidí continuar
hasta tener mayor certeza de mi situación. Aún estaba en
este razonamiento, cuando vi, al final del embalse, algo parecido a una
aldea o pueblo. Puedo asegurar que la alegría dio alas a mis pies
y, en menos de diez minutos, me encontré ante la primera de las
casas de Sexon, así me pareció que llamaban al poblado.
Me acerqué a una señora, que estaba tendiendo ropa en una
terraza. Se llevó las manos a la cabeza, cuando le pregunté
por dónde podía ir a Santiago. Me dijo: &laqno;por aquí,
desde luego, que no. Debe volver sobre sus pasos y, aproximadamente, a
unos 3 km coger una pista a la izquierda, que le llevará hasta una
bóvila y, por detrás de ésta, saldrá a la carretera
C-535».
Reacio en desandar todo lo andado, todavía insistí en preguntar
si no habría otra opción menos dura. Al decirme que no, di
las gracias y volví por donde había venido.
Pedí la ayuda a mi Santo Ángel y lo acepté, viendo
en ello un castigo a mi orgullo y presunción. Debía haber
preguntado, ante la duda, en lugar de haber confiado en mi lógica.
Al llegar al cruce, que me había indicado la señora, justo
en ese momento llegó ella en coche y me confirmó que esa
pista era la que debía tomar y que, hasta hacía poco, por
ella pasaba la auténtica ruta jacobea. Repetí mi agradecimiento
y, con optimismo, emprendí la subida.
Tal y como me había indicado, encontré la bóvila y
la carretera en un punto muy próximo al de arranque de esta etapa.
Es decir, me encontraba casi en el mismo punto de partida después
de tres horas de marcha dura y difícil.
A pesar de ello me sentí con bastante ánimo y energía,
previendo un final bonito y feliz.
Antes de llegar a Gonzar hay una fuente en un ambiente fresco, rodeada
de árboles. Descansé unos minutos y reanudé la marcha.
La siguiente población, Castromayor, la encontré como deshabitada;
algunas gallinas y en un pequeño corral una niña tendiendo
ropa; la saludé y se metió corriendo a la casa. Recuerda
un poco a las pallozas del Cebrero, pero más sucio y descuidado.
En este entorno no esperaba ver una iglesia románica, pequeña
pero bellísima. La salida de Castromayor se hace remontando una
fuerte pendiente. Desde el alto se puede contemplar quizás la más
extensa panorámica que tiene Portomarín.
A dos kilómetros se anuncia un Refugio, entre Hospital de la Cruz
y Ventas de Narón. A él me acerqué; se ha construido
en la antigua escuela y está al borde de la carretera Lugo-Orense.
El mojón 77 sitúa al peregrino en la salida del pueblo Ventas
de Narón.
Ahora me encontraba a lomos de la sierra Ligonde; a mi derecha se veía
una gran antena de comunicaciones en todo lo alto.
Empecé a descender suavemente y en el mojón 75, pasé
por el grupo de casas que forma Prebisa.
Abunda la vegetación y el arbolado propio de esta sierra. En un
cuarto de hora me planté en Ligonde, capital del municipio.
Causa muy buena impresión por los vestigios del pasado y la importante
extensión urbana. En mi paseo peregrino pude recrearme con la visión
de una casa señorial con escudos nobiliarios de los Ulloa, los Traba,
los Montenegro y los Varela; con el cruceiro y el templo de Santiago de
Ligonde. Este templo dependía de la Orden de Santiago. De la primitiva
edificación sólo queda el arco toral y una piedra labrada,
situada en la parte baja, cerca de la puerta lateral. Estos restos son
románicos del XII o posiblemente anterior.
Al salir, hay un parque natural que invita al descanso; no obstante, yo
continué bajando a un vallecillo por el que transcurre el arroyo
Ligonde.
En esta etapa las poblaciones se encuentran a muy corta distancia las unas
de las otras. Así, nada más cruzar el Ligonde, me encontré
en Eirexe y en poco más de media hora en Lestedo.
El recorrido desde Eirexe a Lestedo se hace muy cómodamente y el
paisaje es muy abierto. El único inconveniente era el calor que,
a esas horas y llevando más de cinco horas de camino, se hacía
sentir sobre mis espaldas. Me encontraba totalmente empapado en sudor.
Así que, entre ambas poblaciones, y antes de llegar a Portos, me
paré en una especie de Fonda habilitada en lo que debió ser
un establo.
Dentro, sobre unos troncos, había un tablero que hacía de
mesa, y unos tablones al rededor que hacían el oficio de bancos.
Un humilde cartel decía &laqno;Menú de peregrino».
Entré y una señora me atendió con sencillez y agrado;
un perro se acercó y se tumbó bajo el banco. Una encantadora
niña, de unos seis añitos, me saludó y preguntó
si iba a comer. Le dije que sí y su madre, desde la cocina, la llamó
para que no molestara. Le dije que no sólo no me importaba el tenerla
conmigo, sino que me hacía ilusión poder hablar con ella.
Toda la comida estuvo preguntando: -¿Desde donde vienes? ¿Eres
peregrino? ¿Vas andando? ¿Cuántos días llevas
de camino? ¿Vas solo? ¿No tienes miedo? ¿ Me dejas
ver ese libro? -era la Guía, que dejé encima de la mesa-
¿Has estado aquí, en este bosque y no te ha dado miedo? -señalando
una de las fotografías. Bueno, era encantadora.
Una de las veces, en que le dije: -Sandra, dame el salero. Se quedó
atónita, mirándome fijamente. -Cómo es que sabes mi
nombre? Tú lo sabes todo. Solté una carcajada y ella, todavía
mirándome como si fuera un profeta, empezó a sonreír,
para terminar riendo abiertamente.
Su madre salió a regañarla. Le dije que hacía mucho
tiempo que no lo había pasado tan bien como en este rato de conversación
con su hija.
Cuando ya vio que me ponía la mochila para irme, volvió a
preguntarme cómo era que sabía su nombre. Yo, acariciándola,
la dije que se lo había oído a su madre; se quedó
un poco pensativa y, al final, me dijo que la diera un beso. Pregunté
a su madre si le parecía bien y se lo di. Me acompañó
hasta la carretera y se quedó diciéndome adiós con
la mano hasta que dejé de verla.
Reconfortado con esta paradiña, llegué a Valos. Desde aquí
la ruta cambia de dirección y por Lamelas, otra agrupación
de casas, coroné, en paralelo con la carretera N-547, el alto del
Rosario. En poco más de cinco minutos tomé contacto con las
primeras casas, tipo urbanización residencial, y pasado el Polideportivo
y el Campo de Fútbol en el que hay un albergue juvenil, entré
en Palas de Rey. Esta etapa es de unos 23 kilómetros, pero, a causa
de mi error, había caminado nueve kilómetros más.
Bajé hasta el Albergue, situado en el centro, en la Plaza frente
al Ayuntamiento. Dentro estaba la Hospitalera; en la puerta había
un grupo como de unos quince peregrinos esperando turno.
Entré para decirla que yo buscaría cama en alguna pensión
para dejar sitio a otros que pudieran necesitarlo más que yo; sólo
quería que me sellara la credencial.
La hospitalera me pidió que me sentara en el banco corrido del vestíbulo
y que no se me ocurriera marcharme. Yo más que nadie tenía
derecho por mi edad a la acogida. No me dio lugar a réplicas.
Al poco vino un joven que me dijo que le siguiera. Me abrió una
sala de cuatro literas, aún no asignadas, y me dijo que ocupara
la que más me gustara. Me enseñó el baño y
me pidió que lo dejara limpio y seco después de ducharme.
Le dije que esa era mi costumbre.
Limpito y aseado bajé a ayudarla. Me dijo que ya estaban ocupadas
y asignadas todas las camas. Ahora vería cómo acomodar al
resto de peregrinos, que seguro llegarían y a los que habían
avisado de su próxima llegada.
Entraron cuatro ciclistas pidiendo cama; les comentó la imposibilidad
porque todo estaba completo, pero ellos exigían que se les diera
espacio porque tenían tanto derecho o más que los de a pie.
-En eso -dijo la hospitalera- no estoy de acuerdo, porque para vosotros
es más fácil hacer 10 kilómetros que al que llega
con los pies destrozados y que le supondría hacer dos horas más
de camino.
Había allí una señora que salió en favor de
los ciclistas diciendo que para ella el esfuerzo que tienen que hacer los
ciclistas era muy superior al que hacen los peregrinos de a pie, y que,
por esa misma razón, creía que tenían preferencia
sobre estos.
Los ciclistas, al verse apoyados por la señora, se crecieron y del
diálogo pasaron a los insultos, palabrotas y blasfemias. Yo me levanté
para poner paz.
Al verme mayor y que con voz serena les pedía, en primer lugar educación
ya que nadie les estaba tratando mal, y en segundo lugar respeto hacia
todos los que allí estábamos, principalmente hacia la responsable
del Albergue, quien, desinteresadamente, atendía no sólo
a los que hoy habíamos llegado, sino a cientos de peregrinos que
se albergaban al cabo del año, guardaron silencio. Es más
continué-, si alguien debía conocer la normativa por
la que se rigen los Albergues del Camino era ella, que había recibido
un cursillo de formación antes de ser nombrada Hospitalera.
La señora quiso reemprender la discusión, pero la actitud
de los ciclistas había cambiado y tan sólo deseaban que les
dieran información: &laqno;si se esperaban, qué posibilidades
había de hacerles un hueco».
La hospitalera les dijo que muy pocas, pero que, de acuerdo con los que
iban a dormir en el suelo, se buscaría un espacio. Al final decidieron
marchar a Casanova o Laboreiro (4-6 km).
Me sellaron la Credencial y subí a la Parroquia de San Tirso. Allí
me encontré con mi peregrino de Sarria, a quien unas &laqno;piadosas
mujeres» le habían hecho una cura milagrosa. Nos saludamos
con gran afecto y él, muy feliz, me dijo que ya estaba seguro de
poder llegar a Santiago.
Como la iglesia estaba abierta, entré a preguntar si habría
Misa. Tuve el gozo de que, también este día podía
seguir contando con la fortaleza de la Eucaristía.
A continuación fui a una tienda para ver si me podían arreglar
el Cassio que compré en Mansilla. El sudor del brazo se había
introducido y se paró. En un Bazar cercano me lo arregló
un señor muy amable, que no me quiso cobrar nada; como tenían
calcetines, le compré un par.
Di una vuelta por el pueblo, para descubrir los vestigios de su antigüedad.
Tan sólo vi unas casas con escudos que tenían aspecto de
mansión palacio y poco más. Al mirar el reloj, me di cuenta
de que se había vuelto a parar. El relojero me dijo que tenía
humedad y que era muy difícil secarle totalmente.
Le pregunté si tenían alguno parecido, y me dijo que los
tenían idénticos y de varias marcas. Le pedí uno igual
al mío y, cuando le fui a pagar, me dijo que eran 925 pts.
Al ver que me extrañaba, me comentó: -supongo que este fue
el precio al que compró el suyo -Le dije que la señora de
Mansilla me había cobrado 1.850 pts. Se sonrió y me enseñó
la tarifa. Le pagué y le agradecí todas las atenciones que
había tenido conmigo.
Subí de nuevo a la Parroquia para que me sellaran la Credencial,
porque me había dicho la hospitalera que tenían unos sellos
muy bonitos. Me pusieron tres distintos.
Como ya faltaba poco para la Misa, salí fuera para esperar la hora.
Allí estaba mi amigo peregrino con el presidente de la Asociación
Riojana de Amigos del Camino de Santiago. Me lo presentó y me pidió
que fuéramos a tomar unas cervezas. Yo le dije que me iba a quedar
a Misa; entonces, añadieron, que me esperaban en el bar, que hay
al lado del Albergue.
La Iglesia de San Tirso parece ser la mencionada en el Caelicolae de Alfonso
III (873) y que sobre ella se edificó la Parroquial de San Tirso.
Sólo queda una portada con dos archivoltas de medio punto, asentadas
en dos parejas de columnas cuyos capiteles están decorados con estilizados
vegetales; su antigüedad puede ser del s.XII.
Por la noche cenamos juntos y, después de dar una vuelta por la
plaza y calle principal, me fui al Albergue a descansar.
No pude dormir en toda la noche por el frío y por el calor. Me explico:
en la litera de arriba había una peregrina, que no hacía
nada más que abrir de par en par la ventana, por la que se colaba
un vientecillo frío y húmedo de mucho cuidado. Entonces yo
cerraba bien el saco de dormir, y resultaba que el calor era excesivo.
Abría mi saco y cerraba con disimulo un poco la ventana; a continuación
la vecina la volvía a abrir de par en par. Así toda la noche,
amén de un excelente roncador a mi izquierda.
Martes 19 de agosto: Palas de Rey-Melide
A las 5 de la mañana la peregrina de la litera de arriba descendió
para ser la primera en arreglarse. Su compañero también bajó
de la litera contigua.
Yo estaba muy cansado, pero una vez empezada &laqno;la movida matutina»
es imposible recuperar sueño, así que también me levanté
y salí al exterior de nuestra habitación.
Todo el suelo del vestíbulo estaba ocupado por peregrinos, enfundados
en sus sacos de dormir.
Alumbrándome con mi linterna bajé a los servicios de la planta.
Allí encontré un lavabo y retrete, que todavía estaba
libre. Me arreglé rápidamente y subí de nuevo a la
habitación.
De los que dormían en el suelo, muchos habían levantado ya
el campamento y preparaban sus mochilas. Algunos estaban desayunando en
la cocina.
En nuestro dormitorio ya se habían levantado todos; eran las 5,45
h. Recogí mis enseres y, tras dejar mi donativo en la hucha, me
despedí.
En la calle se notaba el relente de la noche; el aire era húmedo
y más bien frío. Entré en un bar para desayunar; lo
hice frugal y rápido.
Con las oraciones de la mañana en mi boca y en mi corazón,
descendí hasta el río Roxan. Delante mío iba un grupo
de pequeños peregrinos, cuatro niñas y tres niños
cuyas edades debían estar entre los doce y quince años. Iban
equipados con sus mochilas y bastones y se les veía con una gran
ilusión.
Cerca del río se pararon para hacerse, supuse, la primera fotografía
de la jornada. Como vieron que iba hacia ellos, me pidieron el que yo se
la hiciera. Les dije que me pedían algo muy delicado, porque, si
salía mal, se iban a estar acordando de mí y no muy bien.
La que parecía mayor respondió que, &laqno;de todas maneras,
se iban a acordar de mí, así que lo mejor era hacérsela».
No me hice rogar. Les deseé Buen Camino y continué ruta.
A un kilómetro, aproximadamente, encontré una laguna que
salvé sin mayor dificultad gracias a las piedras situadas a lo largo
de la misma. Tras este obstáculo, una pista de excelente firme me
condujo a San Julián del Camino. La iglesia de esta pequeña
población conserva la cabecera de la primitiva construcción
(x.XII) en piedra de sillería.
Seguí por una carreterita que me llevó a La Pallota, núcleo
de casas habitado y, torciendo a la derecha, por una corredoira descendí
hasta el río Pambre.
Cruzado el río, al otro lado de la pista, dejé las casas
de Pontecampaña. Ahí se encuentra el mojón 61. Realmente
me parecía mentira encontrarme tan cerca del final. Pero era una
realidad y hasta Santiago, mojón tras mojón, me lo fueron
recordando.
Subí a Casanova. Visité el Albergue habilitado en las antiguas
escuelas Mato y, bajo este mismo nombre, se le conoce. Me sellaron la Credencial
y seguí adelante.
En mi juventud y en los largos recorridos a pie, cantábamos: &laqno;Entre
montes y valles un caserío está...». Es más,
en mi marcha por el Camino lo había venido cantando desde que entré
en tierras galaicas.
Subir y bajar por valles y montañas, entre verdes praderas y frondosos
bosques, y al final de este &laqno;tobogán gallego», siempre
una casa o varias te dan la bienvenida y se despiden hasta la próxima.
Y así, Porto do Bois, y cruzado el río Porto do Bois, Campanilla.
Todo ello me condujo a un cruce de carreteras.
Decidí encaramarme, tras un largo regate, dejando entre las dos
carreteras el Refugio de Laboreiro, para llegar a esta población.
En el regate me situé en la provincia de La Coruña.
Seguí ascendiendo hasta dominar el panorama. Ahí estaba Laboreiro,
Campus Leporarius (Campo de las liebres), como lo denomina el Codex Calixtinus.
La Iglesia de Santa María es románica de transición:
ábside de tambor, portada con archivoltas apuntadas y moldura de
puntas de diamante sobre pareja de columnas. Su tímpano descansa
en dos ménsulas con la escultura de la Virgen y el Niño y
dos Ángeles. Cerca hay una casona de los Ulloa.
Se conservan también algunos tramos enlosados del viejo Camino,
un Crucero y un Puente Medieval sobre el río Seco. Tras el Puente
sobre el río Seco están las casas de Disicabo, junto al mojón
56. Aquí me permití salir a la carretera para aprovisionarme
de agua en un Bar que se anunciaba a la entrada del poblado. En su interior
me encontré con varios peregrinos, entre los que se contaban &laqno;mis
nietas».
A media hora, aproximadamente, de marcha, tomé una pista que apareció
a mi derecha. Pasé por el mojón 53 y en poco más de
cinco minutos cruzaba por una zona de losas, junto a las márgenes
del río Furelos; allí se encuentra un albergue juvenil.
Descansé unos minutos, sentado a la mesa frente a otros dos peregrinos,
que degustaban unas magdalenas y un vaso de leche. Me ofrecieron, pero
decliné la invitación, diciendo que yo acababa de desayunar
hacía poco.
Entre Furelos y Melide apenas hay separación; este último
ha ido creciendo hacia el valle de Furelos por lo que, desde este punto
a Melide no acierta uno a saber dónde se encuentra. Esta falsa apreciación
y la dura ascensión hacen que el recorrido parezca más largo.
Ya en lo alto, una flecha señalizadora del Camino me condujo a la
calle principal. Aquí es desde donde comienza a apreciarse que Melide
es una hermosa ciudad.
A pesar de ser una población muy festera y de gran tránsito,
tanto peatonal como motorizado, está perfectamente cuidada y atendida.
Es grato deambular por sus calles, limpias y cuidadas. Conviven en perfecta
simbiosis la ciudad moderna con la monumental y antigua, lo que añade
un encanto más a esta población. En pocas partes se encuentran
ambos términos tan armoniosamente conjuntados.
Me llamó la atención, conforme avanzaba hacia el Campo de
San Roque, un grupo muy numeroso de gente en torno a un puesto callejero.
Al llegar allí pude comprobar que se trataba de un cocedero de pulpo,
que preparaban y aderezaban para comer en una inmensa nave llena de mesas
alargadas y bancos a uno y otro lado de las mismas.
Pregunté si esta actividad se debía a la celebración
de algún festejo local. Me dijeron que no, que todos los días
del año se hacía el pulpo a la feira y que Melide era famosa
por prepararlo mejor que en ninguna otra parte de Galicia.
Al otro lado de la calle vi una iglesia románica; se trataba de
la Iglesia de San Pedro, cuya fachada es del s.XII. Una preciosidad, que
no quise perderme. Nada más entrar, me di cuenta de que acababan
de empezar la Santa Misa. Mi alma se inundó de gozo interior. Dejé
mi mochila en un rincón, junto con mi báculo y sombrero.
La camisa y pantalón estaban empapados de sudor, lo que me iba a
suponer una vergüenza al ir a comulgar, pero el premio era tan grande
que anuló mi vanidad y orgullo.
Al poco entraron &laqno;mis nietas», que me animaron con su sonrisa.
Después de dar gracias, me entretuve en observar la arquitectura
y piedras, que esperaban una adjudicación a museo o a completar
restos arqueológicos. La portada principal es una maravilla a base
de cuatro arquivoltas de medio punto muy abocinadas y una moldura envolvente,
muy decoradas, sobre tres parejas de columnas con capiteles de cogollos
e impostas de roleos. A la izquierda de la portada se puede admirar un
precioso cruceiro del s.XIV.
Me quedaba muy poco dinero así que me detuve en un Cajero 4B y saqué
lo justo para alimento y bebida.
Me hizo mucha ilusión ver que uno de los guardias urbanos paró
la circulación para que cruzara. Supongo que fue una deferencia
al peregrino que yo, en ese momento, representaba; también pudo
ser porque me viera tan maltrecho que le inspirara lástima. En cualquier
caso, fue un gesto muy bonito que agradecí con un cordial saludo.
En plena Plaza, donde confluyen la carretera de Lugo a Santiago, la arteria
del núcleo monumental, la calle principal y otro ramal, está
el Bar Estilo, en cuyo balcón principal había un letrero:
&laqno;habitaciones». Entré para ver si disponían de
habitación sencilla. Me dijeron que sí y no lo dudé.
Subí a ella y creo que no tardé ni un minuto en meterme bajo
la ducha. Me sentó de maravilla y, a continuación, hice mi
colada que puse a secar en el balcón.
Me cambié y fui derecho a degustar &laqno;el mejor pulpo a la feira».
Aunque este plato típico gallego no alcanzara la categoría
que le adjudicaban, sí merecía la pena integrarse en la costumbre
y conducirse al modo usual. Tuve que hacer cola para que me sirvieran.
Los platos de madera eran de diversos tamaños y me preguntaron qué
tamaño quería; les dije que era para mí sólo.
Me dieron el tamaño pequeño y lo aderezaron con aceite, pimentón
y sal gorda.
Pagué allí mismo y les rogué que me dijeran dónde
podía comprar pan y vino: -Pase Ud. dentro y allí le darán
todo -me respondieron. Con mi plato en la mano me introduje en la nave
y busqué un hueco dónde sentarme.
Los gritos alborozados de &laqno;mis nietas» atrajeron mi atención.
Me hicieron un hueco y me dijeron que no comprara nada, porque a ellas
les sobraba de todo. Efectivamente, me acercaron su cestillo de pan, la
jarra de vino, además de otro plato con chorizo frito. Me hicieron
feliz.
Hasta ese momento apenas habíamos cruzado frases y palabras sueltas;
esta fue la primera ocasión en que departimos algo más nuestras
ideas e intereses comunes.
Tenían prisa y se marcharon, pero me dijeron que no dejara de pasar
por el Albergue; ellas se iban a hospedar en él.
Me quedé a solas con un señor mayor de Melide, quien se interesó
mucho por mis &laqno;nietas». -¡Qué suerte tiene Ud.
con sus hijas y nietas; se ve que le quieren mucho! -me dijo. Él,
por su parte, no tenía tanta suerte y me contó sus desventuras
familiares. Me dio mucha pena, y le tuve que abrazar y consolar, porque
se echó a llorar, con tanto desconsuelo, que a mí se me partía
el alma.
El sol picaba de lo lindo y subí a mi cuarto. Dormiría como
una hora, y a continuación me dispuse para ir al Albergue. Antes,
sin embargo, me dediqué a recorrer los monumentos.
La actual Iglesia parroquial conserva la Capilla antigua (1396), cubierta
con bóveda estrellada y con magníficos sepulcros del s.XV.
En el altar mayor preside la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe.
Es en recuerdo del fundador del Hospital de Sancti Spiritus, D. Segade
Bugueiro, Arzobispo de México. El Hospital linda con la Parroquial.
Me indicaron que no dejara de visitar el Museo, instalado en la Casa Consistorial,
&laqno;Pazo y Concello de Melide». Estaba cerrado por lo que bajé
al Albergue. Más tarde continuaría mi visita turística.
Sentadas a la entrada del Albergue descansaban mis niñas; se admiraban
de que yo siguiera caminando y no diera muestras de agotamiento.
Entré para que me sellaran la Credencial y esperé a que una
señora italiana dejara libre a la hospitalera. Me preguntó
ésta si iba a quedarme; le dije que había alquilado una habitación
en Bar Estilo, porque las noches anteriores de Sarria y Palas me fue imposible
dormir. Necesitaba llegar a Santiago si no con las fuerzas de un joven,
por lo menos con las de poder abrazar al Apóstol. Yo ya no tenía
la fuerza de los jóvenes del año 48, que estuvieron casi
diez días sin dormir.
La italiana, al oírme nombrar la Peregrinación del 48, me
dijo que le era muy importante hablar conmigo. Estaba haciendo un reportaje
sobre el Camino de Santiago y le habían informado de que se iba
a cumplir el 50 Aniversario de una magna peregrinación de la Juventud
de Acción Católica a Santiago. Estaría sumamente agradecida
si yo pudiera facilitarle datos de ese acontecimiento. Le dije que, con
mucho gusto y pasamos a un hall donde nos acomodamos para la entrevista.
Lo primero fue presentarnos: ella se llamaba Mariafrancesca Olivieri, vivía
en Roma y me pidió que la llamara Franca. Yo le di mis datos y,
a la recíproca, le dije que podía llamarme Juanjo; como le
resultaba muy difícil la pronunciación decidió, si
se lo permitía, llamarme Giovanni.
La hice una breve reseña tanto de la figura de Manolo Aparici como
de lo que recordaba de la Peregrinación. Además, prometí
mandarle todos los datos a finales de año o primeros del 98.
Al saber que yo era publicitario me habló de su hija, que era pintora
y que hacía, con una nueva técnica, dibujos y retratos que
a ella le parecían maravillosos. Como yo era entendido, le gustaría
enseñarme algunos de los dibujos de su hija, para que le diera mi
opinión. La dije que ahora iba a visitar el Museo de Terra de Melide
y que luego podíamos quedar en la terraza del Bar Estilo y tomar
una &laqno;birra». Insistió en que me acompañaría,
porque a ella le interesaba mucho todo lo relacionado con la historia y
el arte.
Fuimos juntos al Pazo-Concello, que ya estaba abierto, e hicimos una visita
cultural. Muy interesante y muy bien catalogado; es recomendable su visita.
Al salir, ella se dirigió a la casa donde se hospedaba, para recoger
los trabajos de su hija. En un cuarto de hora estaría en el bar
Estilo.
Ocupé una de las mesas de la terraza del Bar y esperé, tomándome
una cerveza; enseguida vino Franca con una carpeta. Le pareció espléndida
la idea de sentarnos en ese lugar. Pidió un Bitter Kas y hablamos
de todo un poco.
Los trabajos de su hija me parecieron bastante buenos y me dieron pie para
decirle que su hija tenía una gran vena artística; que la
cuidara y trabajara, porque podría llegar a ser famosa.
Como yo tenía mucho interés en visitar la Iglesia de Santa
María, que una buena señora me dijo que era muy importante,
&laqno;porque gente entendida decían que, además de ser muy
antigua, tenía pinturas de más de cien años y que
decían que eran como las que estaban en la capilla &laqno;justina»
(?) de Roma».
La Iglesia está a poco más de un kilómetro abajo,
ya en la salida de Melide.
Al pasar de nuevo por el Albergue, vi que aún seguían sentadas
algunas de mis &laqno;nietas»; les dije que iba a ver, si aún
estaba abierta, la Iglesia de Santa María.
Poco más o menos me dijeron que estaba loco; bajar para luego tener
que subir un kilómetro. Les manifesté que no tenía
inconveniente en que me acompañaran. Se echaron a reír y
me dijeron: Buen Camino.
Estaba cerrada y la llave la tenían en una casa blanca, que estaba
al otro lado de la carretera. Crucé y no tuve la suerte de encontrar
la persona encargada. Me dijeron que era más seguro buscarla mañana,
ya que tenía que pasar por allí para continuar el Camino.
De todas formas hice un examen desde el exterior.
Es románica del s.XII, con dos portadas muy decoradas; la meridional
de dos arquivoltas sobre dos parejas de columnas y tímpano liso;
la occidental, de tres arquivoltas sobre tres parejas de columnas con capiteles
historiados y tímpano también liso.
De regreso a la Fonda paseé por calles y callejas. En una de estas,
sin salida, había una Chocolatería. Me hizo ilusión
y me acerqué. Pregunté si el chocolate se podía tomar
con churros; se quedaron dudando un momento y me dijeron que sí,
pero que tendría que esperar una media hora para hacerlos.
Mientras, seguí dando una vuelta y vi anunciada una Exposición
de óleos de un pintor novel. Estaba patrocinado por la Xunta y el
Ayuntamiento.
Lo visité despacio, ya que no tenía prisa, y charlé
un buen rato con el pintor: José Manuel Quiño y Rodríguez.
Me dio su tarjeta y se mostró muy agradecido por mi visita y conversación.
Le animé para que no cejara en su empeño y vería cómo
acababa en el Catálogo de Pintores españoles.
Cuando llegué a la Chocolatería aún tuve que esperar
un buen rato. Pidieron disculpas, alegando que hacer la masa y preparar
todo llevaba su tiempo. Les dije que no se preocuparan y que mejor me sabría.
Los churros no fueron una gran cosa, pero el detalle de hacerlos solamente
para mí ya merecía un diez. El chocolate, en cambio, me supo
a gloria y esta colación me sirvió de cena.
A las 22,45 me retiré a dormir. La plaza y las calles estaban llenas
de gente, pero paseaban y disfrutaban del fresco de la noche de forma civilizada.
Pude dormir a gusto.
Miércoles 20 de agosto: Melide-Arzúa
Desayuné en el bar y, todo en orden, enfilé la calle abajo
hacia Santa María. Allí en la plazuela hay un cruceiro del
siglo XIV.
Me quité el sombrero y, como en otras ocasiones, hice mis oraciones
de la mañana; luego fui a buscar a la señora encargada de
la Iglesia para que me la dejara ver por dentro.
Salió por la ventana y me tiró la llave, rogándome
que, cuando terminara, le dejara la llave a la señora que vive en
la casa junto a la tapia de la iglesia.
Al entrar comprobé que constaba de una nave con techumbre de madera
y cabecera compuesta por presbiterio recto y ábside de tambor.
Hay varios sepulcros del s.XIV y una Virgen del XV-XVI. Las célebres
pinturas de la &laqno;capilla justina» pueden pertenecer al s.XV
y representan a la Santísima Trinidad, rodeada por los símbolos
del Tetramorfos y dos coros de ángeles, los Apóstoles, destacándose
la figura de Santiago, y grecas tanto en el ábside como en la bóveda
del presbiterio. Realmente son muy importantes y de una gran belleza.
No me extraña que gente &laqno;entendida» las haya comparado
con las de la capilla Sixtina, pero yo corregiría a mi buena señora
para decir que son comparables con las de la &laqno;capilla Sixtina»
de San Isidoro de León.
Cruzado el río Lázaro, cuyo nombre recuerda la existencia
de un lazareto o leprosería desaparecido, continué por entre
las casas de Carballar y adentrándome en un bosque de eucaliptos,
realmente de ensueño, pasé el puente sobre el río
Raído. Al salir del bosque estaban las casas de Raído.
Me desvié a la derecha para sesgar, a los cinco minutos, a la izquierda
y situarme frente a las casas de Parobispo.
Volví a introducirme en otro de los muchos bosques de eucaliptos
y descender hasta el arroyo Valverde.
Nuevamente en ascenso por una senda, a cuya vera, se han plantado árboles,
llegué a Peroxa. El mojón 46 es un nuevo hito que alienta
y hace más liviana la marcha del peregrino.
Llegado a Boente, primera población, como tal, desde que salí
de Melide, pude admirar la Parroquial, dedicada a Santiago, la fuente de
los Peregrinos y varias casas nobles (del señorío de los
Altamira).
Hay que cruzar la carretera para iniciar la salida por las calles enlosadas.
Ahí me encontré con una de mis nietas, que esperaba al resto
del grupo con el coche de &laqno;la Intendencia». Me ofreció
un croissant enorme, le di las gracias y comiendo tan suculento manjar
fui descendiendo por un magnífico andadero hasta el río Boente.
Lo cruza un antiguo puente.
Como siempre lo que se baja hay que subirlo, pero en esta ocasión,
la ascensión fue similar en pendiente a la de la Faba, si bien bastante
más corta, unos diez minutos.
Arriba salí a un andadero arbolado, paralelo a la carretera, donde
encontré el mojón 43,5. Tras otros diez minutos de marcha
en el altiplano, tomé el desvío a la izquierda, que indicaba
hacia Río y Pomar.
En un cruce en que desaparecen las flechas, erré nuevamente el Camino.
Al fondo de la carreterilla elegida vi un coche, que hacía señales
con los faros. No pensé que iban dirigidas a mí, así
que continué, impertérrito, mi marcha. Entonces me di cuenta
de que una señora se montaba en el coche y me hacía señas
de que me detuviera.
Se acercó y me explicó que llevaba el camino equivocado,
que tenía que haber cogido la carreterilla de la derecha.
Cerca del lugar donde estábamos había un sendero rural y
le pregunté si por él podría enlazar más adelante
con el Camino. Me dijo que sí, pero que daría más
vuelta.
Le di las gracias por su interés y le prometí tenerla presente
ante el Apóstol.
Me encaminé por el sendero y en una curva vi a un señor en
pleno trabajo con sus vacas. Me detuve, para confirmar si iba bien para
retomar el Camino.
Me dijo que sí; que abajo en Río confluían la senda
y el Camino.
Era la hora del ordeño e hice el comentario de lo mucho que el ciudadano
de hoy había perdido en cuanto a los alimentos frescos y naturales.
Yo, continué, por lo menos debía hacer unos 30 años
que no había vuelto a probar la leche natural, recién ordeñada.
Me dijo que, si me apetecía un vaso, me lo daba con mucho gusto.
Le pregunté si eso era posible. Tomó una medida de acero
inoxidable y la metió en un depósito del mismo metal, y me
la ofreció llena.
Al primer sorbo sentí que estaba fría, posiblemente a unos
cuatro grados, y le manifesté que era manjar de dioses. Él,
sonriente, observaba la cara de placer que yo debía poner. Creo,
le dije, que nunca he probado una leche tan rica como ésta, en el
pleno sentido de la palabra. Se lo agradecí efusivamente y, así
recuperado de mí sed y error -bendito error-, llegué al fondo
del bucólico valle. Por la derecha apareció el Camino abandonado
más arriba.
Encima y al otro lado se encuentra Castañeda, el pueblo donde los
peregrinos entregaban las piedras, recogidas en Triacastela, para convertirlas
en cal para la construcción de la Basílica de Santiago.
Pasado el mojón 42 en el trazado de la izquierda, crucé el
arroyo Ribeiral. Por la pista me encaminé al bosque, frontal a la
misma, y a su término, en descenso hacia el valle del río
Iso. Allí encontré el Albergue del Camino, que visité.
Lo estaban limpiando.
Creo que no existe en el Camino nada semejante. Lo conforman unas cuantas
casas de piedra con servicios de todo tipo: lavaderos, secaderos, duchas
y servicios en el exterior. Fogones para barbacoas, iluminación
en toda la pradería, muy extensa y a orillas del río. Escaleras
en la ribera, para poderse bañar, habitaciones con mobiliario rústico
y un máximo de seis literas. Salas con chimeneas, comedor, sala
de lectura... en fin, todo un lujo.
Si los peregrinos, allí hospedados, saben estar a la altura del
nivel, que se les ofrece, la estancia en el Albergue de Ribadiso puede
convertirse en un &laqno;Paraíso». Mi reconocimiento a la
Xunta de Galicia.
Un poco más arriba, un esfuerzo más y estaba en la carretera.
Por un andadero habilitado a la izquierda, me dirigí a la entrada
de Arzúa. Me encontraba a 600 m de la población. En mi marcha
llegué a un descanso, decorado con banderitas y en lo alto de un
mástil, pomposamente, un cartel: &laqno;O Retiro». Me pareció
muy acogedor y paré.
Tenían habitaciones y me agradó el trato, así que
reservé una sencilla. Muy confortable, limpia y con servicio completo.
Lo único, me aconsejaron, que debía mantener cerrada la persiana,
porque era época de mosquitos.
Me duché y puse cómodo. Bajé al comedor y pedí
el menú; terminé probando el exquisito queso de Arzúa.
A eso de las 17,30 salí para hacer mi visita turística. Hacía
todavía mucho calor. &laqno;O Retiro» estaba apartado del
centro de la Ciudad, como a un kilómetro.
Cerca de la Fonda hay una fábrica de brocal de pozos; de casetas
de perro, y otros complementos de casas y chales, todo en piedra artificial.
Así, despacio y tratando de descubrir todo lo histórico y
artístico, llegué a la Plaza. Allí se encontraban
bastantes peregrinos.
Visité la Parroquial de Santiago, donde estaba el Santísimo
expuesto solemnemente. Rezaban el rosario. Me quedé, y al término
del mismo, una joven, que parecía de alguna orden religiosa, subió
al altar y cerró el Expositor, dando por terminada la liturgia.
Entré en la sacristía para enterarme sobre la hora de Misa.
La religiosa, que dirigió el rosario, dijo que se celebraba por
la mañana a las ocho. Le pedí que me sellara la Credencial
y me indicó que el sellado lo hacían en la casa del Párroco.
Allí, una señora lo hizo.
Preguntando en la oficina de Turismo me informaron de que Arzúa
tuvo fuero y derechos de portazgo para la cerca de su Concejo y fue señorío
de la Mitra Compostelana.
Al sur quedan algunos restos del convento agustino de la Magdalena, con
hospital para peregrinos; sólo se conserva, pero en muy mal estado,
la capilla y algunos sepulcros.
De vuelta al Hostal entré a comprarme un pantalón, pero nada
de lo que vi me gustó.
Por la noche, sentado en la terraza del Hostal me sirvieron la cena.
Jueves 21 de agosto: Arzúa-Rua-Lavacolla
Me levanté temprano para poder desayunar antes de bajar a la Misa,
y a las 6,45 subí para recoger mi impedimenta; pagué y me
encaminé a la Parroquia.
Asistí a la santa Misa y, dando gracias a Dios y pidiendo la ayuda
de Santiago, salí a cumplir la penúltima etapa del Camino.
Como ya era habitual, bajé primero hacia el arroyo As Barrosas,
para subir, a continuación, a la pista, que me llevaría a
la carretera general.
Tras abandonar ésta, continué el consabido zigzagueo en
tobogán, pasando por Raido, Fondevila, Cartobe, Pereiriña,
Tavernella hasta Calzada; en su calle principal esta el mojón 31.1.
Desde aquí hasta más allá de un kilómetro,
anduve metido entre un maravilloso bosque, principalmente de eucaliptos,
si bien abundaban los castaños y manzanos.
Se me cruzó en el camino un zorrillo, que se quedó parado,
mirándome con descaro; al acercarme desapareció entre la
maleza. Me hacía muy feliz este contacto con la naturaleza.
A lo largo de todo el camino pájaros, águilas, perros, vacas,
lagartos, moscas, tábanos y mosquitos y, principalmente en Galicia,
babosas y sanguijuelas por los tramos húmedos y pantanosos, fueron
mis acompañantes y con frecuencia dialogaba con ellos.
En más de una ocasión, un graznido inesperado, el agudo piar
de una rapaz, el ruido de la maleza al huir un lagarto o alguna alimaña,
me sobresaltaron. Pero el silencio, en la soledad del Camino, era más
inquietante.
El siguiente pueblo, Calle, nada me ofreció que invitara a detenerme,
y, una vez más, ascendí a un andadero artificial, que me
adentró en un bosque de robles.
Al salir de él, encontré las casas de Boavista y, entre bosques
y zigzagueo me presenté en Salceda. En las primeras casas encontré
el mojón 26,3.
Pasado Salceda me sucedió una anécdota de grato recuerdo
para mí.
Hay que salir a la carretera, volver a entrar al Camino, para repetir nuevamente
la operación. En uno de estos desvíos, crucé a la
izquierda de la N-547, para introducirme por un ramal en el que había
visto la flecha amarilla.
Unas voces lejanas, en las que me pareció escuchar el grito de ¡Peregrino!,
me hicieron volver la cabeza y, como a unos doscientos metros, el grupo
de mis nietas me hacían señas de que iba por ruta equivocada;
una de ellas, la más pequeña, cargada con su mochila y, superando
un fuerte desnivel, venía corriendo hacia mí.
Bajé deprisa a su encuentro. Fatigadísima me dijo que, donde
estaban ellas, había la indicación del Camino y que me estaban
llamando al verme cruzar la carretera.
Sentí tanta ternura por mi pequeña, que había hecho
tan gran esfuerzo para que yo no tuviera que hacer kilómetros de
más, que la di un cariñoso beso, al tiempo que la acariciaba
y daba las gracias. Me dijo que el beso le había compensado de su
carrera.
Le señalé que también en el próximo ramal a
la izquierda se veía una gran flecha amarilla. Quedamos en que me
fuera por ese ramal, pero que, si al cabo de unos metros, no volvía
a ver otras señales, que retrocediera hasta ellas. ¡Qué
hermosas compensaciones tiene el Camino!
Evidentemente la ruta era correcta y así, por entre pinares llegué
a las casas de Xen, Ras y Brea, donde me senté en un tronco de una
serrería para quitarme las piedrecitas que habían entrado
en mis botas. En esta operación me alcanzaron mis inseparables compañeras.
Un poco más adelante, pasadas las casas de A Rabiña, salí
nuevamente a la N-547 en el Alto de Santa Irene. Miré la Guía:
Rúa se encontraba a unos tres kilómetros de Empalme. Con
muy buen talante me dispuse a ganar esa población, que hoy me había
marcado como parada y fonda.
Al otro lado de Rúa se encontraba Arca, que brindaba muy buenos
servicios, sin desviarse de la ruta. Guardé la Guía en mi
bolso y emprendí el descenso por un sendero que salía de
la cuneta derecha de la carretera. Al final de la bajada había un
bosque, que terminaba de nuevo en la carretera.
Al otro lado vi una Cafetería de construcción moderna, a
la que me dirigí para tomar un Aquarius. Dejé mis atuendos
de peregrino en la entrada.
El interior presentaba una gran barra y una decoración de aspecto
colonial. Sillas y sillones de mimbre, paredes pintadas de blanco y todo
tipo de bebidas alcohólicas en estanterías de madera. El
ambiente era acogedor, por lo que pregunté si daban comidas. Me
dijeron que sí, pero basándose en platos combinados. Pedí
la carta y decidí quedarme a comer.
El servicio no fue muy rápido, pero se suplía por la agradable
atención de quienes servían. Comí de maravilla, comida
casera y sana.
Estaba acabando de comer, cuando apareció el grupo completo de mis
nietas y de otros peregrinos ya conocidos. El encuentro fue motivo de alegría.
Se notaba en todos el gozo y optimismo que nos invadía ante la proximidad
de Santiago.
En la barra pedí un café y un zumo de piña bien frío.
Me despedí de todos, y, deseándoles Buen Camino, me dispuse
a culminar el último tramo de mi etapa.
Entré por el andadero que transcurre por un bosque de eucaliptos,
y allí apareció un mojón con la leyenda: ya falta
poco ¡Ultreya!
Para evitar el campo de fútbol la ruta gira a la izquierda y luego,
para salvar el colegio, vuelve a girar; Arca queda a la izquierda del Camino.
Por entre bosques y desvíos, unas veces evitando la carretera y
otras las zonas del aeropuerto, y en suave pero continua ascensión,
empecé a notar el peso de los kilómetros sobre mis piernas
y espalda.
Cruzado el río Amenal, a 100 m hay que cruzar la N-634, por un punto
en el que existen dos fuertes badenes, uno a la izquierda y otro a la derecha.
En el momento en que yo arribé a este punto, el tráfico era
continuo, principalmente de camiones de gran tonelaje.
El peso de la mochila, transportada a lo largo de unos 20 kilómetros,
la anchura de la calzada de unos veinte metros y la falta de visibilidad,
dado que desde el punto cero a lo alto de los badenes no habría
más de 50 m, convertía el momento de cruzar en una arriesgadísima
aventura.
El calor era asfixiante. Había consumido mis dos botellitas y empezaba
a sentir la deshidratación, pero aún tenía la esperanza
de que, en los seis kilómetros que me faltaban, hallaría
alguna fuente. No fue así y recuerdo que, según me iba acercando
a San Paio, iba encontrando más peregrinos con la misma necesidad
de agua que yo.
A la entrada de San Paio, vi a cuatro chicos jóvenes, tumbados a
la orilla de la carretera, con signos evidentes de agotamiento. Yo les
pregunté si sabían dónde encontrar agua y me ofrecieron
de su termo.
Me contaron que ellos venían a punto de no dar un paso más,
cuando vieron a un niño que estaba con una manguera regando el jardín.
Le llamaron y pidieron, por favor, que les llenara las cantimploras. Salió
el padre y les cogió los termos y cantimploras y, gracias a esto,
se encontraban ahí.
Bebí con cuidado, pero ellos me dijeron que no me cortara, que una
vez en el pueblo alguien les daría más, si se la pedían.
Me tumbé con ellos, ortigándome al caer sobre estas plantas,
pero el cansancio era muy superior al escozor de las ortigas.
Nos levantamos y continuamos hasta Lavacolla. Cuando entramos en esta población,
las calles eran un clamor: ¡agua, por favor! ¡Agua! Quince
o veinte peregrinos hubiéramos pagado auténticas fortunas
por un poco de agua.
Un señor, recuerdo que tenía un coche rojo, salió
cargado de garrafas y botellas de plástico, para regresar con ellas
llenas de agua. Fue como si viéramos a un ángel. Todos en
torno a él llenando nuestras botellas y bebiendo sin parar.
Nos animaba y decía que bebiéramos toda la que necesitáramos,
que él iría por más. Creo que esta página de
mi diario podría ser enviada a la Xunta.
Los más jóvenes ya no podían esperar otro día
más y se aventuraron hasta el Monte del Gozo, otros dijeron que
hasta Santiago.
Yo, junto con el matrimonio inglés, que coincidimos de nuevo en
este punto del Camino, nos hospedamos en el Hostal de San Paio.
Aseado bajé al bar y consumí dos botes de Aquarius, que estaban
deliciosamente fríos.
A continuación subí la escalinata, que sirve para salvar
la carretera por detrás del cementerio y quedar en la dirección
apropiada para acometer la última etapa del Camino.
Allí recé por todos, vivos y difuntos, bajé al puente
por debajo del cual discurre el río Lavacolla.
Ahí los peregrinos, hasta el s.XVII, paraban para limpiar sus cuerpos
y poder llegar al abrazo del Santo con buena disposición de alma
y cuerpo.
Desde una cabina, junto al puente, llamé a mis hijos. Se puso Cristina;
le dije que ya prácticamente estaba en Santiago, a unos ocho kilómetros,
un paseo.
Había querido pararme para meditar un poco y, aunque no iba a lavarme
en el río, como los antiguos peregrinos, sí quería
meditar sobre el gran paso que podía significar mi andadura de cara
al futuro.
Quería pedirle a Dios que todo el esfuerzo y oraciones de estos
veintidós días dieran, como fruto, mi santificación
para ejemplo y guía de otros, principalmente de los que Él
me había encomendado.
Que, si mi Camino había sido grato para Él, derramara su
Gracia sobre mí y sobre todos mis hijos y amigos, vivos y difuntos.
Cristina me preguntó si estaba bien, a lo que le contesté
que como nunca. Fuerte, moreno y joven, como un chaval.
Le comenté que me había enterado de que Iberia hacía
un descuento del 50% a los peregrinos poseedores de la Compostela. De ser
así, regresaría en avión. Yo la llamaría para
confirmar el vuelo.
¡Un abrazo, hija, mañana estaréis todos conmigo ante
el Apóstol Santiago!
A continuación fui a ver por dónde discurría el camino
y para visitar la ermita de San Roque.
Por último, en el Hostal tomé un delicioso menú de
judías verdes con jamón y un delicioso rodaballo con patatas
al vapor, especialidad de la Casa.
Soñando que Santiago me elegía para rehacer el Camino espiritualmente
y no sé cuántas maravillas más, descansé hasta
las 8 de la mañana.
Viernes 22 de agosto: Lavacolla-Santiago de Compostela
Me duché y bajé a desayunar. Allí estaba el matrimonio
inglés, que se despidió hasta Santiago. Ellos ya habían
desayunado y se les veía felices.
Entraron otros peregrinos, que me preguntaron si el bar estaba abierto;
por supuesto que sí, les dije. Ellos pensaban que sólo servían
desayunos a los huéspedes del Hostal.
Pedí la nota y subí a recoger mi equipaje.
Con mi &laqno;marchamo» de peregrino superé nuevamente la
escalera del Cementerio para ir por el lateral en busca del inicio del
Camino.
Por detrás de una casa, salvé el regato de Lavacolla, lugar
en donde los peregrinos se lavaban de pies a cabeza e inicié la
subida al Monte del Gozo.
Al ser todavía temprano, iba sólo en la ascensión,
soledad que me permitió entablar el diálogo amistoso de cada
día con mi buen Dios.
El Camino es muy estrecho y cerca de la ermita de San Roque, tuve que meterme
en el umbral de una casa para dejar paso al camión de la leche;
este pasó a menos de veinte centímetros de las casas.
En unos tres cuartos de hora coroné la cima (368 m) de Montjoy,
Monxoi o Colina de San Marcos, que todos estos nombres tiene.
El arzobispo Gelmírez mandó construir en lo alto de este
monte una capilla, dedicada a la Santa Cruz, a la que se iba en peregrinación
desde Santiago. Hoy existe una ermita de San Marcos.
Antes de llegar, por las instalaciones de TVE y en dirección hacia
mí, vi que dos peregrinos se acercaban; uno de ellos era Luigi.
Iban a los Estudios para que le hicieran una entrevista. Quedamos en vernos
en Santiago.
Crucé el poblado de San Marcos y subí al monumento, erigido
con ocasión de la visita de su Santidad, Juan Pablo II en agosto
de 1989.
Después comencé el descenso; a mi izquierda quedaban los
edificios de acogida a los peregrinos, el equivalente a los Albergues,
pero de enormes dimensiones.
Ya casi entrando en la Ciudad, el Camino baja hasta el pavimento de sus
calles a través de unas escaleras.
A partir de allí, empecé a notar una especie de nostalgia,
mezclada con ansiedad. Era como si el final del Camino enfriara mi ánimo
ante la ausencia de nuevas etapas; algo así como si, una vez ante
el Apóstol, se fueran a terminar mis ilusiones y proyectos.
Quizás, una vez conseguido mi propósito, la superficialidad
de la vida y la rutina del trabajo borrarían de mi alma todas las
vivencias y objetivos espirituales, logrados en el esfuerzo diario de mi
caminar.
Por otra parte, el vivo deseo de alcanzar la meta, unido a la angustia
de que me faltaría tiempo para subir a dar el abrazo al Santo, adquirir
la Compostela, asistir a la Misa del Peregrino, etc., me inquietaban y
mermaban la alegría ante la proximidad de mi llegada a la meta.
No me cabe la menor duda de que era una tentación del enemigo, que
ya veía próxima su derrota.
Según avanzaba por la Avenida de Concheiros, la rúa de San
Pedro, me sentía sólo, como un ser extraño en aquel
mundo que me rodeaba. Mis ilusiones y proyectos los tenía puestos
en otra dimensión.
Con estos pensamientos andaba cuando de pronto encaré la Puerta
del Camino. Por primera vez vi asomarse las torres de la Catedral. Podía
haberlas visto desde la carretera en lo alto del Monte del Gozo, pero la
niebla lo impidió.
La Porta Francígena, que así también la llaman. Aquí
me sentí seguro y comenzó a vibrar mi alma de alegría.
El elegante crucero de Bonaval, conmemorativo del peregrino, en cuya ayuda
acudió la Virgen dándole una muerte súbita, sin tener
que pasar por la horca a la que fue condenado. La calle de Las Casas Reales,
la calle de la Azabachería, la Vía Sacra y por fin la Plaza
de La Quintana, frente a la Puerta Santa.
Eran las 10,30 de la mañana, y preferí dirigirme primero
a la Oficina de Acogida del Peregrino. Había una gran cola para
la formalización de la Compostela.
Dejé mi mochila, bordón y sombrero a la entrada y en la escalera
esperé mi turno durante una hora.
Hechas las oportunas anotaciones, sellado y firmas, me la entregaron.
Cuando me levanté para salir de la oficina apenas podía pronunciar
palabra; todo yo estaba embargado por la emoción.
A mi derecha encontré a Franca, quien, también emocionada,
quiso acompañarme a dar el abrazo al Santo.
Entré por la puerta de Platerías y me dirigí derecho
a la Sacristía. Allí me saludó con mucho afecto el
encargado del Botafumeiro.
Me pidió que, después de Misa, volviera porque quería
conocer cómo me había ido todo.
Al suceder todo esto, tan inesperado y rápido, perdí de vista
a Franca, que con tanta ilusión quiso acompañarme. Lo malo
es que ya no la volví a ver más.
No tengo palabras para expresar lo sentido en el momento de abrazar la
imagen del Apóstol.
Eché mi limosna penitencial y la de dos gemelas de Madrid, que me
hicieron esa encomienda.
De nuevo en la Sacristía, pasé a un cuarto oscuro en el que
me cambié de camisa y dejé toda mi impedimenta.
Muchas veces he asistido a la Misa del Peregrino, pero esta vez sentí
la caricia de Dios tan cerca y perceptible sobre mi alma y cuerpo que creí
desfallecer; es más, pienso que perdí el sentido por unos
momentos.
Me confesé para ganar las indulgencias, que no el Jubileo, como
muy bien me aclaró el confesor.
Entré en la Capilla del Santísimo, que estaba solemnemente
expuesto y caí de rodillas de suerte que volvieron a abrirse las
heridas de mi pierna y sentí un agudo dolor; aproveché para
ofrecerlo junto con los sacrificios de la Peregrinación. Allí
di gracias a Dios por su infinita Misericordia y Amor.
Pedí por todos, creo que no dejé de pedir por ninguno de
mis familiares, amigos y enemigos. Por la Asociación de Peregrinos
de la Iglesia, por el Papa, por la Iglesia, por los sacerdotes, por las
vocaciones religiosas y sacerdotales.
Antes de comer busqué dónde hospedarme, ya que mi intención
era regresar a Madrid al día siguiente.
En la Plaza del Obradoiro me encontré con Enrique, el presidente
de Amigos del Camino en la Rioja. Me había estado buscando, porque
mi amigo el peregrino había tenido que marcharse y le había
dejado el recado de que me buscara y me diera una nota escrita en dos pequeños
trozos de papel. Con respeto y emoción la leí:
&laqno;Siento no poder decirte Zorionak; has hecho el Camino en solitario,
quizás lo más duro ha sido tu soledad. Pero piensa que esa
soledad, te acercará a Mercedes, [...] a todos los que te quieren,
que serán muchos; a mí también me conquistaste una
parte de mi corazón.
»Que el Santo te bendiga, te de paz y felicidad. ¡Ezkarrikasko!
Tu compañero de peregrinación».
¡Muchas gracias, compañero!; en ningún momento me he
atrevido a llamarte por tu nombre, porque nuestro encuentro tuvo tanto
de providencial, que sólo Dios, tú y yo lo conocemos, y sólo
ha de servir para darle gracias y ofrecerle nuestras vidas en correspondencia
por su Amor.
Encontré alojamiento en el Hostal de San Francisco.
Después de asearme y, con esa sensación de misión
cumplida, volví a la calle.
Paseé, tranquilo, sin prisas, nadie me esperaba; además,
mi visita turística carecía de interés, ya que todo
lo monumental y típico de Santiago, en repetidas ocasiones lo había
visitado sólo y con mis amigos.
En la Rúa de Villar me senté en una terraza y tomé
un plato combinado. Por la tarde volví al Hostal a descansar, leer
y recopilar las notas de mi Camino.
A las cinco de la tarde fui a hacer un buen rato de oración a la
Catedral.
Al salir a la Plaza los gritos de ¡abuelo!, ¡abuelo peregrino!
me llenaron de alegría. Ahí estaban mis nietas.
Todas, en grupo, alegres y felices, llenando de juventud las Rúas
y las Plazas de Santiago. Charlamos un rato y luego se fueron para estudiar
cómo volver a sus casas. Perece que lo harían en tren.
Yo les dije que lo más seguro era que regresara en avión,
aprovechando el descuento de Iberia. Ahora me disponía a hacer la
gestión.
Me dirigí a una oficina de Viajes. Me atendió una señorita
amabilísima, que me cerró el vuelo IB-559 para el sábado
23 a las 20,55 h en las condiciones pactadas para peregrinos, que acrediten
la Compostela.
A continuación, busqué una cabina para comunicárselo
a mis hijos.
En el Hostal se había hospedado, también, una de las parejas
de jóvenes peregrinos con los que coincidí en varios tramos
del Camino; se alegraron mucho de verme y de que hubiéramos coincidido
incluso en la elección del Hostal. Ellos estaban encantados.
Yo les dije que ya lo conocía de otras ocasiones. Nos despedimos
por si al día siguiente no tuviéramos la ocasión de
hacerlo.
En mi habitación, traté de reunir todas las vivencias de
estos días. Eran muchas, demasiadas... y el cansancio, unido al
relajamiento propio del término de un proyecto, me sumieron en un
profundo sueño.
Sábado 23 de agosto: Santiago-Madrid
A las diez de la mañana fui a desayunar, donde solía hacerlo
siempre. Sentía una gran nostalgia y este día, a pesar de
haber amanecido luminoso y alegre, iba a ser muy largo hasta la hora de
coger el avión. Dejé mi equipaje en el Hostal y liquidé
mi cuenta.
Mi primera visita fue a la Catedral y allí me quedé ante
el Apóstol en oración y en un buen puesto para la celebración
de la Misa del Peregrino.
Subí de nuevo a dar un abrazo al Señor Santiago; bajé
a la cripta y oré frente a su tumba. No sabía salir del Templo.
Visité todas las Capillas y en todas hice mi oración, según
lo que me sugerían las imágenes y los recuerdos.
Cerca de las dos de la tarde paseé buscando dónde comer.
Todos los Restaurantes estaban llenos; por fin, en el Mesón &laqno;A
Charca» vi que, al fondo, tenían mesas en una terraza. Esto
me animó y allí comí; fue una comida de capricho:
pimientos de Padrón, caldo gallego y sardinas asadas.
Después fui por la Alameda a tomar café y a pasear por los
jardines de la Herradura.
Era hermoso disfrutar de esa panorámica de la ciudad, que paso a
paso -unos 600.000 pasos-, gané a los pies del Apóstol Santiago.
Una y otra vez paseé mi vista sobre tanta historia amalgamada, su
configuración y su entorno, hasta los valles de la Mahía
y del Ulloa.
Quería que esta imagen perdurase en la retina de mis ojos y en lo
profundo de mi ser.
Bajé al Hostal y me calcé, una vez más, la mochila,
pero el bordón y sombrero se quedaron ahí para dar servicio
a quien pudiera precisarlos.
Por la Rúa Nova, lentamente, caminé hasta la c/ General Pardiñas.
De ahí salía el autobús, que me trasladaría
al Aeropuerto.
En la acera de enfrente, a la sombra, había un carrito de helados;
compré uno de limón. Sentado en la acera lo saboreé.
Al poco llegaba el autobús.
Una gran nostalgia embargó mi alma. No sabría, a punto fijo,
definir su causa. En fin, con el paso del tiempo, el análisis tranquilo
de mi hazaña iría descubriendo los frutos que la simiente
divina fue depositando en lo profundo de mi ser.
El Camino fue el tiempo y el espacio, posiblemente el terreno abonado,
para que el divino Sembrador hiciera su trabajo.
El avión se retrasó una hora en salir; no me importó
nada. Tan sólo pensaba en que mis hijos estarían impacientes.
Yo, desde luego, todo lo contrario.
Ya, en el avión, recé y, durante el viaje, empecé
a sentir ganas de verme en Madrid. No sabía quién o quienes
me estarían esperando, pero me urgía el poder abrazarles
a todos.
Al llegar, todavía tuve que esperar más de veinte minutos
hasta que pudimos recoger el equipaje y salir.
Todos, estaban todos, hasta Fernando. ¡Qué alegría
tan inmensa!
A todos quería abrazar y besar y me faltaban brazos, manos y boca
para conseguirlo.
Me encontraron bastante bien de aspecto; pensaban que vendría delgado
y agotado.
Marcos me cogió la mochila y dijo que pesaba mucho.
Me miraban y yo, como un niño, gozaba y andaba al ritmo del Camino.
Me gritaron: ¡pero dónde vas tan deprisa!
Yo ni me daba cuenta.
En casa, habían preparado la recepción con bebidas, canapés
y otras lindezas. Querían que les contara mi aventura.
Hablé y hablé, pero eran tantas las cosas vividas durante
el Camino que les prometí poner por escrito el Diario, cuyas notas
traía en borrador.
Algún día se lo dejaría para que lo leyeran y se animaran.
A partir de ahora ya no es mío, sino de todo el que, sinceramente,
desee pasar de lo trivial a lo importante, de lo superficial a lo profundo,
de lo rutinario a lo sublime.
[1] Juan José Alonso Escalona es licenciado en Filosofía
y Letras, doctor en Psicología por la Academia delle Scienze di
Roma y publicista en todas sus vertientes. Ha realizado en dos ocasiones
el Camino de Santiago, y las reflexiones que hemos publicado durante el
Año Santo Compostelano de 2004 (que terminamos entrado el año
2005) corresponden a su andadura en 1997.
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