
Con mi respeto y todo mi cariño, a las buenas gentes
gallegas que
encontré, me aconsejaron, ayudaron o simplemente
con las que me crucé y conversé en el camino
Pero con perdón, no las entiendo
Introducción
Cuando empiezo a preparar este Camino, me enfrento a la poquísima
información que existe. Unas cuantas webs que se contradicen unas
a otras en cuanto a kilometraje y rutas, y poco más.
Gracias a la excelente página de Diarios de Peregrinos:
http://diariosdeperegrinos.iespana.es/index.htm
encuentro cinco que me orientan un poco. Son antiguos, de hace más
de dos años, pero me ofrecen mucho más de lo que de momento
había conseguido.
Una peregrina gallega, guapa, encantadora, amable y bien relacionada que
conocí en el Francés en el 2004, me pasa algo más
de información.
Encuentro en mi archivo un folleto del Xacobeo que cogí en la Oficina
del Peregrino en alguna de mis peregrinaciones. Y con todo ello, lleno
de dudas, organizo este mi octavo Camino.
Prólogo
El proyecto inicial era hacer a principios de diciembre el Camino Primitivo
en compañía de Jorge
Sanchez, amigo queridísimo, peregrino profundo y uno de los
grandes viajeros del siglo XXI, seguramente el más extraordinario.
Para mí era un honor especial, un verdadero regalo de cumpleaños,
compartir esos días con él, disfrutar de su amistad y de
su sabiduría a través de una ruta que ambos ansiabamos conocer.
Y llegar juntos a darle un abrazo a Santiago. Pero los sueños a
veces se tuercen y hemos de saber aceptarlo. Jorge tuvo que irse a Rusia
y pospusimos la pequeña aventura para hacerla en enero de 2006.
Quieto no me iba a quedar. Había pensado hacía muchos meses
celebrar mi cumpleaños caminando hacia Compostela y así lo
iba a hacer.
Decidí hacer el Camino Inglés pues un buen amigo, Carlos,
me había pedido que lo iniciara en la aventura del peregrinar. Pensé
que al ser corto, podía ser bueno que empezara con esta ruta, ya
que no está muy en forma y es muy señor. A mí me atraía
personalmente por lo solitaria que parecía ser, por los paisajes
que podía ofrecer y por la ignorancia que de ella se tiene, que
soy curioso.
Así se lo expliqué a Carlos que se entusiasmó con
la idea. Eso sí, poniendo dos condiciones:
-Que se lo organizara todo yo, es decir, credenciales, traslados, ruta,
etapas, alojamiento, mochila y demás.
-Que no fueramos a dormir a albergues sino a hoteles.
Ya lo he dicho, es muy señor. Acepté y empecé a prepararlo
todo. El ir a hoteles nos permitía prescindir de muchas cosas como
saco de dormir, toalla, etcetera. La mochila pasaba a ser una bolsa ligera.
Una gozada. Ibamos a volar.
01.12.05. Jueves (0)
A La Coruña y Ferrol (004.75km):
Como decía, me encargo de todo. Por internet consigo un vuelo
regular de Iberia a La Coruña a un precio excepcional. Así
que a las 9h de la mañana de este primer día de diciembre
ya estamos en el aeropuerto. Hay mucha gente por lo que las colas para
facturar son enormes. Pero no nos queda otro remedio, llevamos los bastones
telescópicos y no los dejan llevar con el equipaje de mano. Pinchan.
Despegamos con diez minutos de retraso. Me toca ventanilla A, de babor,
es decir, mirando al sur ya que volamos hacia el oeste. Un olvido imperdonable
no haber pedido F, de estribor. Nos perdemos los Pirineos y quizá
la costa cantábrica, mi favorita. Soy de los que aún disfrutan
volando y mirando. Llevo muchos aviones en mi vida, desde que en el año
51 cogí el primero con mis padres, pero me sigue gustando volar.
Tanto o más que la primera vez. Carlos dormita mientras yo me parto
el cuello, que no es fácil mirar estando donde está la ventanilla.
Al poco de despegar empezamos a encontrar nubes, que se van espesando según
avanzamos. El tiempo previsto es el peor que podíamos esperar. Hay
una borrasca muy profunda entrando por el noroeste. En fin, galernazo del
cantábrico.
Vaya racha llevo, el domingo pasado en la marathon de San Sebastián,
el tiempo no era mejor, que en la salida todos estábamos empapados
y tiritanto, que hacía unos 2ºC, llovía a cantaros y
el viento se nos llevaba.
El capitán nos informa que en La Coruña jarrea y hace viento
fuerte. Cuando el avión empieza a descender cruzamos un par de turbulencias
y tres capas de nubes, que las cuento. El día está muy gris
pero el paisaje es precioso pasando por la ría de Ferrol para aproximarnos
al aeropuerto.
Llegamos a la hora exacta, el piloto ha debido de acelerar en el trayecto
para cumplir con el horario previsto. El vuelo ha sido perfecto. Una maravilla.
Cuando salimos en busca de un bus que nos lleve a la ciudad nos asustamos
de ver cómo llueve. Muchísimo y en horizontal por el vendaval
que sopla. Carlos recula, dice que así no se puede salir a caminar.
Le digo que no hay que adelantar acontecimientos, que mañana ya
veremos qué pasa.
Optamos por un taxi que nos deja en la estación. Carlos le pide
un teléfono al que le podamos llamar para que nos venga a buscar
al monte si hace muy malo. Mucho lujo blandiblú me parece a mí
esto. No sé.
Un trenecito de cercanías nos ha de llevar a Ferrol. Nos sentamos
en dirección de avance para tratar de ver el paisaje si la lluvia
lo permite, que no sé si lo vamos a conseguir.
Van entrando pasajeros y se van sentando en dirección contraria.
Previamente han de mover el asiento. Y contentos y satisfechos nos miran
con piedad. Deben pensar que somos guiris y no sabemos lo que hacemos.
No entiendo nada, el tren no tiene otra posibilidad de movimiento, ha de
ir hacia donde nosotros miramos. Y en efecto, arranca y así es.
Ellos tan felices, yendo hacia atrás y nosotros sin comprender nada.
Decidimos que esto es Galicia, tierra de misterios.
La lluvia no para. Es un diluvio, pero lo poco que podemos ver es de una
gran belleza. Pueblo a pueblo, vamos avanzando. Hay un momento que el tren
lleva dos maquinistas. Al rato se baja uno y sigue el otro, debía
ser el cambio de turno. Es que ya todo se nos hace raro. Llegamos a Betanzos
y el que queda sale de la cabina y se va. Vamos de sorpresa en sorpresa,
disfrutamos mucho en este mundo en el que no comprendemos nada y en el
que todos nos sonríen, como si fueramos tontos.
Y aquí encontramos la solución a todos los misterios. El
tren empieza a ir para atrás. Ahora se comprende por qué
la gente pone los asientos en la posición equivocada, por qué
el maquinista se va. Nos da la risa y los viajeros asienten. Así
que cogemos el respaldo, lo cambiamos y volvemos a ir como se debe.
Empezamos nuestro peregrinar con una lección de humildad viajera.
Nunca mejor dicho aquello de "Allá donde fueres haz lo que
vieres"
En Ferrol ya, en vista de que lo llueve, decidimos comprar paraguas. Recuerdo
como Nick Crane lo primero que hizo al llegar a Compostela, antes de iniciar
su travesía de Finisterre a Estambul siguiendo la línea divisoria
continental europea, es decir, por montañas (Cordillera Cantábrica,
Pirineos, Alpes, Cárpatos, Balcanes) fué comprar un buen
paraguas. Mientras nos acercamos a paso de paseo, con las capuchas puestas,
hacia el hotel, le preguntamos a un hombre en dónde podemos conseguir
uno bueno y clásico. Tras mucho pensar nos dice:
"Esta primera, no. La segunda, tampoco. A partir de ahí,
tres calles más, a la derecha"
Es decir, 2+3, osea cinco. Pero señores, esto es Galicia. No hay
que darle más vueltas.
Allí no encontramos nada interesante. Son como para señora
o pleglables.
En el Parador, como Carlos es mayor de 60 años, nos hacen un descuento
del 35%. Nos sale baratísimo y gozamos de todas las comodidades
que ofrece, que en un día como el de hoy se agradecen. En recepción,
preguntamos de nuevo por una tienda en donde podamos conseguir paraguas
clásicos. Muy amables, nos mandan a una zapatería. No trato
de comprender, pero disfruto mucho con todas estos equívocos.
Finalmente, en una tienda de ropa encontramos paraguas fuertes y ligeros,
auténticos. Cuando salimos a estrenarlos, la lluvia ha parado, claro.
Me cuelgo el mío del cuello y con las manos en los bolsillos callejeamos
hasta la hora de cenar.
Carlos camina extraordinariamente despacio, es muy difícil permanecer
a su lado y bien que me esfuerzo. Le comento que supongo que este ritmo
es porque estamos relajados y no tenemos ninguna prisa, que mañana
irá más ligerito. Me responde que ya veremos, que lo intentará.
Se me hiela la sangre, que suelo andar a 6km/h y el no va a más
de 2km/h.
Terminamos en el salón del hotel, leyendo y escribiendo estas lineas,
mientras nos tomamos algo caliente, que hace una noche muy mala.
02.12.05. Viernes (1)
Ferrol - Pontedeume (035.89km):
Duermo bien. A las 7h estoy en el lavabo. Es noche cerrada y supongo
que no amanecerá antes de las 8.30, que estamos muy al oeste, en
el límite. Pero no soy de cama. Hace más ruido la lluvia
sobre los cristales que el agua de la ducha, es decir, hace un día
de perros.
Me bajo a desayunar y la camarera, amable y cariñosa, me felicita
cuando le doy el número de la habitación. Es mi cumpleaños.
Ayer lo comentamos en recepción al registrarnos y se lo han debido
decir. El año pasado estaba en Larrasoaña y me encontraba
fatal. Hoy estoy en Ferrol y me siento feliz.
Mientras me como medio buffet, llega Carlos. Está horrorizado de
lo que cae. Le digo que con nuestros paraguas no tenemos problemas, que
vamos a disfrutar mucho. Me mira con cara de pocos amigos.
Terminamos de desayunar y él se va a Misa a la iglesia de las Angustias,
que está en la ruta a recorrer. Que allí me espera. Mientras,
recojo todo y bajo a pagar. Allí me vuelven a felicitar y me hacen
un regalo: Un gorro de lluvia (nada más indicado) y un grabado del
Ferrol. Da gusto ir a lugares en que se cuidan las formas y te tratan amablemente.
Gracias.
Voy al muelle de Curuxeiras, que es en donde desembarcaban los que a Santiago
querían llegar. Un galernazo fortísimo azota la costa. En
el puerto se sufre en toda su intensidad. El paraguas me salva, pero el
cierre me hace un corte profundo en un dedo. Encuentro la primera señal
del Camino Inglés bajo un arco del Paseo de la Marina y lo sigo.
He de aclarar que aquí, en Galicia, las señales están
al revés que en el resto del mundo. Es decir, la dirección
correcta a seguir es la que va del punto en el que confluyen las lineas
que forman la vieira, al que están más separadas.
Subo por una callejuela que me lleva a la Iglesia de San Francisco, al
Parador y a un cruceiro. De allí, por toda la Rua Real hasta la
Praza de Armas en que tuerce por la Rua Terra hasta la Praza de la Constitución,
Canton de Molins y Praza das Angustias en donde Carlos me está esperando.
Me pregunta que si he visto su sombrero de lluvia, que el viento se lo
ha volado. Me lía y me manda a buscarlo. Ya he dicho que él
es muy señor. Y yo tonto, claro. Retrocedo hasta más allá
de la Praza de Amboaxe y afortunadamente lo encuentro, porque ya no quedaban
muchas más posibilidades. Vuelvo y se le ilumina la cara. Como a
partir de la Iglesia de las Angustias no encuentro señales, pregunto
a una farmaceutica. Muy amable, me indica la ruta verdadera y una alternativa
más corta. Elijo la auténtica y sin decirle nada a Carlos,
tiro de él hacia la Avenida del Mar.
En un punto, junto a la carretera, hay un charco enorme, de unos 70 metros
largos. Los coches al pasar levantan una ola majestuosa y preciosa que
si te alcanza te ahoga. Así que hemos de calcular, sincronizar y
pasar corriendo para que no nos coja el salpicón. Lo hacemos por
separado, para que el otro avise de si ha de acelerar. Una vez superado,
nos morimos de la risa, admirando cómo el agua vuela a una altura
inusitada con el paso de los vehículos.
Aunque no hay demasiadas señales del Camino, las que existen son
muy lógicas. Además aparecen señales de GR, quizá
el GR50, que hacen que la ruta sea más fácil de seguir. La
primera señal con kilometraje es la del 114.996. Si, así
de exacto. Ahora bien ¿es la distancia a la puerta de la Catedral?
¿a la entrada de la ciudad? ¿a dónde? ¿Es en
linea recta y se calcula por GPS o recoge todos los vericuetos, subidas
y bajadas que hacen entretenido el caminar? Es una duda que siempre he
tenido y que nadie me ha sabido resolver hasta ahora
El Camino va todo el rato por al lado de la ría. Aunque se pasan
zonas industriales y urbanas, a la derecha siempre queda la belleza del
mar entrando en la tierra fertil y verde de Galicia.
Se pasa por el Monasterio de San Martiño de Xubia, en el que los
canecillos de los ábsides merecen una parada. Tras él viene
una cuestecita en la que he de arrastrar a Carlos. De allí no hay
nada al molino de mareas de As Aceas de Lembeie, en el que me entretengo
haciendo fotos mientras le doy ventaja a mi compañero.
Pasamos por Neda y seguimos camino adelante. En el refugio de peregrinos
perdemos un poco la orientación y un abuelete muy cariñoso
nos pone en situación.
El día ha ido mejorando. Hemos pasado de un amanecer con galerna
fuerte a una especie de txirimiri suavecito. Con el paraguas vamos
en la gloria.
Al rato, nos perdemos. Seguimos una flecha clarísima y no vemos
un puentecito que cruza un riachuelo. Un senderito nos lleva al huerto,
nunca mejor dicho. Volvemos sobre nuestros pasos y cuando vamos hacia un
bar a preguntar por dónde sigue el Camino, lo reencontramos. Pero
Carlos ya va muy justo, así que entramos a tomarnos algo. Pido un
café con leche y me vuelven a poner un cortado. En Galicia si quieres
uno como el que estamos acostumbrados a tomar en otras partes, hay que
pedirlo grande. Sino, te dan uno pequeñito.
Preguntamos cuánto queda hasta Pontedeume y oimos todas las versiones.
Desde 10 a 32 kilómetros. Ya no sé qué pensar. Me
asusto al ver el paso que lleva mi compañero y se lo comento. Le
digo que así no llegamos. Se deprime pensando en que pueden quedar
muchas horas más de caminata y baja aún más el ritmo.
Ya arrastra los pies y la cara es de profunda desolación. No sé
qué hacer para animarle y para que acelere. Mal asunto. Y para colmo
arrecia la lluvia.
Caminamos entre perros ladradores y chalets enormes, Todos los edificios
son, salvo contadísimas excepciónes, tan feos como grandes.
Aquí hay mucho dinero, pero la arquitectura, desgraciadamente, es
mediocre.
Llevamos algunas horas andando y estamos frente a donde salimos. Hemos
hecho un montón de kilómetros para llegar a donde desemboca
el puente que cruza la ría por su parte más amplia. Es decir,
los coches hacen unos tres kilómetros y nosotros dieciseis mil para
llegar al mismo lugar. Ellos tardan tres minutos y nosotros horas. No es
frustrante pero no puedes evitar pensar en ello.
A partir de Fene hay unos cuantos trozos por los que se camina por senderos
de Eucaliptus. Hasta ahora, todo el camino ha sido por asfalto. Empiezo
a notarlo. Creo que tengo un principio de ampolla en cada talón
y me empieza a doler la pierna derecha. A Carlos no me atrevo a mirarlo.
Tras unas cuantas subidas, llegamos a la autopista. Parece ser que aquí
antes te la hacían cruzar. Si, cruzarla, así de bestia. Ahora
la flecha señala hacia abajo por donde se pasa, pero todavía
está la alambrada rota por donde los peregrinos pasaban para intentar
atravesarla sin que algún coche los mandara directamente con Santiago,
por la vía rápida.
Antes de llegar a Cabanas nos encontramos dos señoras paseando.
Les pregunto y me responden que no queda ni tres cuartos de hora. O menos.
A Carlos se le ilumina la cara y como que le entran fuerzas. Nos aconsejan
otra ruta más corta, pero prefiero seguir por la verdadera. Me lleva
un rato convencerle. Es definitivo el ¿y si nos perdemos?
Vamos bajando hacia Pontedeume por otro sendero de eucaliptus y más
caminos comarcales asfaltados. Pasamos el Chalet Mazatlan y llegamos al
viejo molino. Al rato nos sale el perro negro tuerto del que habla Fernando
Pazos en su diario, pero ya está muy mayor y no tiene ganas de guerra.
Eso sí, nos mira y remira hasta que opta por perdonarnos la vida.
Llegando a la playa de la Magdalena Carlos ya es un zombie. Está
pálido y demacrado. Le digo que vaya haciendo, que yo he de ver
la playa, fotografiarla, meter los pies en el agua, perderme por el pinar.
Lo alcanzo justo en el cruceiro que hay antes del puente y me lo llevo
a tomar un algo que lo reanime. No me va a llegar y estamos al lado.
Al rato salimos y seguimos las señales, como venimos haciendo desde
hace muchos kilómetros, de un PRG (Pequeño Recorrido Gallego),
es decir, dos rayas una amarilla y otra blanca. Estas nos llevan por una
subida endiablada que nos ofrece una vista maravillosa de Pontedeume. Pero
entonces nos damos cuenta de que nos estamos alejando de nuestro destino.
Nos dejamos caer, que tela con la bajadita, hasta que alcanzamos el puente,
lo cruzamos y buscamos un cuarto en el primer hotel que vemos.
La recepcionista que nos atiende es amable y guapa. Y tiene los ojos más
bonitos que he visto en mi vida. Me quedo embrujado mientras me va pidiendo
datos. Se da cuenta de que es mi cumpleaños y me felicita. Me voy
al cuarto como atontado. Carlos sube absolutamente destrozado. Se ducha
y se acuesta. Está muerto. Cuando el baño queda libre me
doy una reconfortante, relajante y larguísima ducha. Me miro los
pies y como tengo dos pequeñas ampollas bajo el callo del talón,
me pongo un compeed en cada pie. A ver qué pasa, que no es facil
la solución. Y me bajo a hablar con la ojazos. Con la disculpa de
qué hay que ver, dónde puedo cenar, etcetera, me pierdo en
la admiración de su belleza.
Baja Carlos, y nos vamos a cenar donde me ha indicado. Volvemos pronto,
que los kilómetros y la lluvia pesan. Como hace frío, la
recepcionista me sube una manta. Me tiemblan las rodillas de verla en mi
cuarto.
03.12.05. Sábado (2)
Pontedeume - Miño - Betanzos (061.01km):
Duermo bien. Me despierto tarde, está ya amaneciendo. Miro por
la ventana y le digo a Carlos que hace bueno, que está casi despejado.
Dice que no me cree y se da la vuelta. Le digo que no sea vago, que ya
es muy tarde. Me responde que está agotado.
Me voy a la ducha y mientras me visto y recojo las cosas le digo que me
bajo a desayunar, que si no quiere seguir, nos vemos en Santiago. Que lo
que no podemos hacer es salir a las 12. Y me voy.
En recepción hay una chica muy amable, pero echo de menos los ojos
que me sonreían anoche. Le pido que me vaya preparando la cuenta,
que en cuanto desayune, le pago y me voy.
Cuando estoy terminando el café que me han servido con las tostadas,
aparece Carlos. Parece que aunque no muy animado, si está más
activo que ayer noche. Mientras desayuna, pago y paso a recogerlo. Me voy
a hacer unas fotos del puente mientras él lo cruza. Cuando nos damos
cuenta ya hemos pasado el cruceiro y estamos en plena subida. Durísima,
me recuerda la salida de Villafranca del Bierzo por el camino duro, por
el que pone que sólo es para buenos caminantes. Y no se acaba.
Sube y sube y sube. En un momento estamos a una gran altura. Como el día
es bastante bueno, podemos admirar la vista de Pontedeume, la ría
y los montes que lo rodean. Merece la pena sudar para llegar aquí.
El camino que nos indica el PRG está asfaltado, pero al menos va
entre maravillosos bosques de eucaliptus y en algún momento atravesamos
algún sendero, lleno de hojarasca y castañas. En un recodo
sale volando una rapaz enorme. No me da tiempo a verla bien, pero es un
animal grande y poderoso.
Hay algo que no me gusta y no me refiero al lentísimo paso de mi
compañero. Hay algo que me da mala espina. Mi sentido de la orientación
me empieza a avisar. No quiero comentar nada para no crear pánico,
pero algo no va bien. Continuamos subiendo más y más hasta
que llegamos al Mallo do Salto, tras haber subido durante unos 7km según
mi podómetro. Allí, las señales indican un giro de
90º a la derecha. Nos internamos en un bosque maravilloso por un estrechísimo
sendero que serpentea por entre los eucaliptus y maleza. Una maravilla
con los rayos del sol atravesando el boscaje, creando un juego de luces
y sombras extraordinario. Y ya no sube, empieza a bajar.
Pero la alegría nos dura poco. Termina el sendero y las señales
nos indican girar otros 90º a la derecha y tomar una pista forestal
sin gracia.
Ahora ya no es que haya algo que me preocupe, ahora estoy seguro de que
vamos mal y se lo digo a Carlos. A los pocos metros nos cruzamos con una
carreterita que es la que hemos usado para subir. Y las indicaciones marcan
hacia abajo, hacia el origen. Me enfado mucho conmigo mismo, por no pensar
dos veces el camino que he cogido, por confundirme dos veces, ayer y hoy,
en el mismo sitio, por no preguntar. No tengo disculpa, no tengo perdón.
Carlos, tratando de quitar importancia al error, lo que es muy de agradecer,
me machaca. No calla y sin querer me está haciendo más daño
que si me dijera que soy imbécil, que es lo que soy. Le digo que
haga el favor de callar, que estoy de muy mal humor.
Oigo ruidos, me vuelvo y veo un perrillo que nos viene siguiendo desde
hace rato. Se viene con nosotros. He de gritarle, asustarle y hacer como
que le tiro una piedra, para que vuelva hacia su casa antes de que se pierda.
Los ojos del animal acaban conmigo. Me deja hecho polvo, pero consigo que
se vaya, aunque va con el rabo entre las piernas, como yo.
Me volvería a casa.
A las 13.30h llegamos a Pontedeume, unas cuatro horas después de
haber salido. Nos hemos dado una paliza subiendo y bajando, hemos hecho
unos 12km, según mi podómetro, para nada. También
indica la velocidad a la que hemos caminado, a menos de 3km/h.
Estoy de los nervios.
Dejo a Carlos que se recupere tomando un poleo en un bar y busco la ruta.
Está allí mismo, enfrente mío. Para morirse. La sigo
y sube a la iglesia de Santiago que visito. A partir de allí, unos
escalones te llevan monte arriba por una cuesta que dicen que es bastante
dura.
Bajo a la carrera. El pueblo es bonito, hay mercado y está animado.
Hace buen día y es fiesta. Las gentes están tomando el aperitivo
en las terrazas.
Cuando le cuento a Carlos lo que hay, dice que él se coge un taxi,
que él ya ha hecho los 10km que quiere hacer al día. Me deprime
su planteamiento pero lo acepto. Analizo lo que yo he de hacer y veo que
si salgo ahora, que ya son casi las 14h, no llego ni de noche, porque no
sé cuántos kilómetros hay hasta Betanzos, que no hay
forma de averiguarlo. Así que le propongo que vayamos en taxí
hasta Miño y allí sigamos camino. Acepta y cogemos uno.
Qué bien se va en coche...
El taxista es amable y cariñoso. Nos dice que a partir de donde
nos deje, el camino es fácil, todo llano. Añade que no queda
mucho, unos nueve kilómetros. Mi compañero se anima. Nos
cobra 9 euros y tras recomendarnos un lugar para tomar algo, se va.
Nos tomamos una fuente de chorizo y unas cervezas. Carlos come muy muy
deprisa, a una velocidad inaudita. La verdad es que me deja con las ganas,
que apenas puedo coger un par de trozos. Al menos tengo la cañita,
que esa es mía mía.
Salimos, él animado y yo mosqueado por lo del chorizo que ha volado,
y enseguida encontramos las señales. Me entretengo haciendo unas
fotos en la antigua estación de Miño-Castro y cuando trato
de alcanzar a Carlos, veo que no ha visto la señal que indica un
giro de 180º al pasar el puente azul sobre la vía y se va por
el camino equivocado. Le llamo pero no me oye y he de acelerar para alcanzarlo.
Menos mal que camina muy despacio. Seguimos, pasando cerca de la playa,
junto a un pazo antiguo y enorme hasta llegar a Ponte do Porco en donde
me vuelvo a entretener sacando fotos. Cuando me doy cuenta, Carlos ha avanzado
muchos metros y de las tres posibildades que podía tomar, me da
la impresión que ha cogido la peor, que va por el arcén de
la general. Lo alcanzo casi en el alto, empapado ya en sudor por la persecución
y le comento mis dudas. Nos acercamos a unas casas y allí, en un
colmado preguntamos. Nos dicen que vamos bien, derechitos a Betanzos. Le
insisto en que estamos haciendo el Camino Inglés y entonces responde
que vamos muy mal. Que tras pasar el puente hay que tirar a la izquierda.
Vaya día llevamos.
Vuelta atrás, que hemos de retroceder más de un kilómetro
largo.
De vuelta en el Ponte, rebuscando encontramos la señal en el asfalto
bastante desfigurada por el tráfico. Nos metemos en el monte y enseguida
empieza un repecho, que yo calificaria de tres botas o más, que
nos hace sudar. Pasamos la autopista por encima y sale el sol. Uso el paraguas
de sombrilla. Estoy encantado con él. Me estoy aficionando a su
uso, yo que he aguantado siempre los chaparrones a pelo. Me debo estar
haciendo mayor y me aburgueso. Debe ser eso.
Pues no. Es que me gusta.
Llegamos a un bosque y un hombre nos dice que ya no quedan más cuestas
hasta Betanzos. Le pregunto por la de Matacabalos y nos responde que es
la que ya hemos pasado, que no nos queda más de 45 minutos. Bueno,
al menos una buena noticia en un día de errores.
Nos despedimos y al rato empieza otra cuesta que esta ya debe ser de cuatro
botas por lo menos. El hombre tenía humor, pero negro. A saber cuántas
horas nos quedan de camino. Como lo vea le voy a decir un par de palabritas.
A Carlos también se las voy a tener que decir, que ya renquea desde
hace un buen rato. Lleva cara de zombie y arrastra los pies. O lo animo
o lo tengo que abandonar en el próximo cementerio, que es el de
San Pantaleón de las Viñas, en donde una placa dice lo siguiente:
SANTA MISIÓN
DIOS SIEMPRE TE VE, DIOS TE JUZGARÁ
PRONTO A SU TRIBUNAL TE LLAMARÁ
PIENSA AMENUDO QUE EL PECADO A JE-
SÚS, LA MUERTE HA DADO, VIDA BREVE,
MUERTE CIERTA, DEL MORIR LA HORA ES
INCIERTA, UN ALMA, UN ALMA SOLA TIENES
HÁY QUE SERÁ DE TÍ SI LA PIERDES, LA
VIDA ACTUAL PRONTO ACABARÁ, LA ETER-
NIDAD JAMÁS CONCLUIRÁ.
INDULGENCIAS CONCEDIDAS A LA SANTA
CRUZ: PLENARIA CONFESANDO Y COMUL-
GANDO, EL DÍA DE LA ERECCIÓN DE LA STA.
CRUZ, PARCIALES DE 5 AÑOS Y 5 CUAREN-
TENAS, A LOS QUE REZASEN 5 P.N. EN ME-
MORIA DE LAS LLAGAS DE N.S. JESUCRISTO,
7 AÑOS Y 7 CUARENTENAS A LOS QUE RE-
ZASEN 7 AVES MARÍAS, EN MEMORIA DE LOS
7 DOLORES DE LA VIRGEN.
15 DE MAYO 1907 Y 1922
RESTAURADA EL 30 DE AGOSTO DE 1936
A partir de ahí, la carreterita por la que vamos comienza a caer
hasta llegar al llano, un buen rato después. Preguntamos a un hombre
y nos dice que quedan unos 6km hasta Betanzos, que hemos de pasar la cuesta
de Matacabalos, que es muy mala. Que tenemos para dos horas, por lo menos.
Como coja al primer hombre, lo mato. Al taxista también.
Nos enfrentamos a la temida cuesta y resulta que no es para tanto. No le
pondría más de dos botas, a pesar de que empiezo a estar
cansado. Carlos ha pasado de zombie a estado letargico preagonizante. Ya
no hay quien lo haga avanzar. Hace horas que no habla. Vamos a tardar cuatro
horas si seguimos así.
El paisaje es increíblemente verde según nos acercamos a
Chantada. Un vergel maravilloso de la mágica Galicia. Empieza a
llover, primero una fina llovizna que acaba siendo un buen chaparrón.
Con el paraguas ni me entero y es lo que corresponde al paisaje, húmedo,
que hace de las hortensias Hidrangea Grandiflora matas maravillosas
de increible volumen.
Del alto comenzamos a bajar hacia Betanzos, en cuya proximidad la cuesta
se hace inclinadísima y te exige lo máximo de unos músculos
que ya van cansados. La pierna derecha me duele muchísimo a causa
de algún pinzamiento.
Al cruzar el puente sobre el río Mandeo nos enfrentamos al Arco
da Ponte Vella. Allí preguntamos por el centro para buscar un hotel.
Nos mandan por una calle empinadísima. A Carlos no lo arrastro ni
prometiendole una cañita y un plato de chorizo. Lo llevo unos dos
kilómetros atrás.
En la plaza de los hermanos García preguntamos por un hotel. Nos
mandan al Garelos en donde todo es muy electrónico. Tanto es así
que no tienen sello para la Credencial.
Nos duchamos, Carlos descansa un poco y lo acompaño a la iglesia
de Santo Domingo en donde quedamos que lo recojo al salir de Misa, que
quiero ver lo mucho que hay que visitar y he de ir a sellar las Credenciales
en alguna parte.
Encuentro todas las iglesias cerradas y he de hacer fotos del exterior
y no consigo que nadie me ponga un sello. Así que vuelvo al rato
y mi compañero me dice que el sacerdote está en la sacristía
, que aproveche para llevarle la credencial. Hago cola, que hay mucha señora
con ruegos y preguntas y cuando al rato me toca, me dice que no me puede
sellar, que el sello lo tiene arriba, y mira al cielo. Como es tierra de
misterios, no le pregunto más, le agradezco y salgo.
Vamos tomar una cañita a los bares de la plaza y allí tampoco
tienen sello. La cosa se está poniendo dificil. Nos recomiendan
un restaurante para tomar lo típico de la tierra, el Pulpeiro, y
nos recibe, acomoda y sirve un camarero que si llega a ser más chulo
se cae a la piscina. Creía que ya no quedaban de estos tipos por
la geografía. Cuando le pedimos cosas de la tierra nos mira con
desprecio y nos ofrece gambas al ajillo. Insistimos y conseguimos que con
mala cara y desgana nos sirva unos mejillones en vinagreta de la casa,
que Carlos liquida casi antes de que los pueda tocar, un pulpo a feira
que vuela de igual forma y del que apenas puedo probar bocado, y una merluza
a la romana con patatas por la que lucho desesperadamente, que envidia
con desesperación a la que hacía mi madre. Así que
un poco de los nervios y absolutamente frustado por el servicio y por lo
que casi no he comido, pago y salgo sin dejar propina. Seguimos sin probar
lo de la tierra. Y sin sello.
De allí a la cama, que ha sido un día muy largo. Carlos está
totalmente agotado. Dos días han acabado con él. Yo estoy
muy desanimado por las circustancias. La culpa es mía por aceptar
un trabajo que no sé hacer. Doy por acabado este Camino.
04.12.05. Domingo (3)
Betanzos - Mesón do Vento (074.01km):
Duermo mal y me despierto al amanecer con fiebre. Está muy nublado
y llueve. Me duermo. Me vuelvo a despertar a las 9h y me encuentro fatal.
Ha despejado un poco. Me ducho y me bajo a desayunar. Carlos sigue durmiendo.
Ya me da igual, he perdido la ilusión y parece ser que la salud.
Cuando llega, mientras él desayuna y yo repito café para
entonarme, le comento que podríamos coger un taxi que nos deje directamente
a unos 10km de Bruma. Se le ilumina la cara y coge la idea al vuelo.
Como ahora nos sobran horas, propongo visitar la villa, que siendo domingo
quizá podamos entrar a las iglesias que ayer encontré cerradas.
Y quizá consigamos un sello, que seguimos sin él.
Salimos a hacer el turista y vamos viendo la Iglesia de Santiago (cerrada
por obras) la de Santa María de Azougue (maravillosa) y la de San
Francisco (exquisita) con el sepulcro de O Bo (interesantísimo)
Seguimos sin sello puesto que en cada una no hay nadie más que los
santos de las imágenes.
Volvemos a la plaza a tomar un café y a buscar algo más de
información para seguir. Preguntamos a una camarera y nos dice que
en menos de media hora estamos en Bruma. Le repito que vamos andando y
entonces nos cuenta que ella es de la tierra, que la conoce bien, que nos
dejemos de flechas y al salir de la villa tiremos hacia el norte. Le explico
que Santiago está hacia el sur. Ella insiste en su ruta. No le discuto,
que en esta tierra es imposible. Pagamos los cafés y pregunto por
el cuartel de la Guardia Civil, pues es la última posibilidad de
sellar.
Carlos dice que me encargue yo, que el se va un rato al hotel a descansar.
Jo, me siento como un sherpa-mayordomo.
En el cuartelillo no me entienden. Al principio se mosquean pero a base
de repetirlo amablemente y con mil sonrisas, lo comprenden y finalmente
acceden. Saco las credenciales y tras no se cuántas horas de lucha,
la Benemérita me salva. Lo he conseguido, tengo el sello del lugar.
Paso a recoger a Carlos y perdido en mis flojeras y frustraciones nos vamos
hacia la parada de taxis. Le preguntamos al primero, le explicamos bien
lo que queremos, con el plano le enseñamos el punto en el que la
general se cruza con el Camino, metemos las mochilas y arrancamos.
Qué bien se va en coche.
Vamos hablando. Por cada pregunta que le hacemos, nos contesta a otras
que no sé quien enuncia. Es un dialogo de besugos. Vamos haciendo
kilómetros hasta que se mete en el arcén a la izquierda y
nos dice que de ese punto a Bruma no queda nada. Le preguntamos por dónde
está el Camino y responde que no tiene ni idea. Mira que le hemos
enseñado veces el plano y hemos insistido. No ha servido de nada.
Nos cobra 13 euros y se va.
Como aquí no hay quien se entienda, me pongo el lanza destellos
y, yo delante, cogemos el arcén izquierdo hacia Monte do Vento.
Llueve bastante, pero con el paraguas no me entero.
La carretera es una cuesta larga y dura que nos hace sudar. En coche supongo
que en tercera se debe subir en la gloria, pero andando se ve el mundo
de otro color, sobre todo con fiebre y mochila.
En el alto llueve a cántaros y el viento empieza a soplar fuerte.
Ahora entiendo el por qué del nombre del lugar, porque según
nos acercamos el aire azota con más fuerza. Estoy cogiendo frío,
pero es que ya voy enfermo y cualquier cosa me va a destemplar, no le doy
más vueltas.
Seguimos camino y tras algunos kilómetros encontramos el mojón
del Inglés que marca el 45.493. Estamos en el Concello de Carral,
en Santa María de Beira. Lo tomamos y poco nos dura la alegría
pues tras unos tramos de sendero nos devuelve a la general.
Encontramos un bar-estanco, que no quiere decir que esté seco sino
que vende tabaco y sellos. Entramos y mientras Carlos toma un poleo para
entrar en calor, yo pido unas cuantas magdalenas y un vaso de leche caliente.
La camarera nos recuerda un par de anécdotas de peregrinas que por
aquí han pasado en otros años y nos pregunta por nosotros.
Así tiene qué contar a los que vengan detrás. Nos
comenta que el Camino pasa lejos. Salimos y justo enfrente, en una farola
hay pintada una flecha amarilla de más de un metro. Los misterios
de Galicia nos sorprenden allá por donde pasamos.
Seguimos las señales que nos llevan por el arcén. Cuando
pasamos por la central eléctrica, me acerco a la verja y le hago
unas fotos. Salta una alarma y se dispara un guirigay de sirenas increíble.
Cruzo la carretera y sigo a buen paso, que aún me va a caer un paquete.
Por la carretera un coche para y se me acerca. Me pregunta si he visto
a un can. Si no recuerdo mal en el diario de Fernando Pazos que tanto me
ha ayudado, contaba que le habían preguntado lo mismo aproximadamente
por el mismo lugar. Casualidad. O misterio, que uno ya no sabe qué
pensar en esta tierra.
Son las 15.30 cuando llegamos al Mesón do Vento. Entramos en el
hotel de la gasolinera y nos dan una habitación. Está muy
caliente pero se agradece con el día que hace fuera. Carlos se baja
a llamar a casa y yo me quedo dormido cuando me echo en la cama. Estoy
muy flojo. Me duele mucho la pierna derecha por el pinzamiento y el tobillo
izquierdo de andar durante tres días por el asfalto.
Me despierto a las 16.15h y me bajo al bar. Tengo sed y hambre. Me dan
el peor pincho de tortilla que he probado en mi vida. Es enorme, pero me
lo acabo. A buen hambre, ya se sabe.
Nos pasamos la tarde en el bar, ensordecidos por la televisión y
ahumados por la chimenea. Aburrido de estar tantas horas sentado, de oir
tantos tiros, recuerdo a Schoppenhauer cuando escribió:
La inteligencia del hombre es inversamente proporcional a la capacidad
que tiene de producir o soportar ruidos
No sé si es cierto lo de la inteligencia, pero seguro que sí
existe una relación con la sensibilidad y la cultura.
Me subo a la habitación a leer. He de abrir la ventana y cerrar
los radiadores porque el calor que hace en la habitación es insoportable.
Al rato me ducho y bajo para cenar. Al fín nos dan comida casera
y de la tierra, que nos entona.
Subimos pronto a dormir porque estamos aburridísimos y yo además
con fiebre. Llueve a cántaros de nuevo. Me quedo frito en cuanto
me lavo la boca.
05.12.05. Lunes (4)
Mesón do Vento - Sigüeiro - Santiago (095.66km):
Cuando amanece cae agua desesperadamente. Como no me encuentro bien, que
sigo con fiebre, Carlos duerme y supongo que vamos a hacer lo mismo que
ayer, es decir, diez kilómetros pelones, me doy media vuelta y aprovecho
para descansar y tratar de sacarme el malestar del cuerpo.
Cuando vuelvo a despertar ya son las 9.05h. He dormido bien y me encuentro
algo mejor, pero me averguenzo de llevar esta vida de turistino,
nombre que daba Jesús, el hospitalero de Nájera, a aquellos
peregrinos que van con coche de apoyo y hacen algunos kilómetros
al día, sin forzarse demasiado, sin ensuciar las botas de paseo.
Estoy deprimido y frustrado. Cuando pienso en el Camino que estoy haciendo
se me suben los colores de vergüenza. Esta vez sí que no me
estoy ganando la Compostela.
Bajo a desayunar y espero a Carlos, que lo he dejado en lo más dulce
de sus sueños. Mientras, hojeo la prensa, que en Galicia siempre
es de derechas. Cuando aparece, aprovecho para pagar, recoger todo y organizar
el día. Desde la habitación puedo ver un impresionante arco
iris perfectamente definido que ocupa todo el espacio, un arco de medio
punto perfecto. Trato de hacer fotos pero no me cabe en la cámara.
Es enorme y maravilloso.
Reunidos en el bar, quedamos en hacer 10km, porque Carlos no puede hacer
más. Pregunto por un taxi y me dan un número. Llamo, no me
entienden y me cuelgan. Normal, es Galicia. Preguntamos de nuevo a la chica
de la barra y nos dice que si seguimos camino, antes de un kilómetro
encontramos el Mesón Ruta que tiene servicio de taxi ¿Qué
querrá decir con esto? Miedo me da pensarlo, pero arriesgamos y
vamos hacia donde nos ha indicado. Y esta vez es cierto, pues enseguida
un mesón nos ofrece un taxi. Como lleva GPS le indico lo mismo que
al chofer de ayer. Aunque también contesta lo que quiere a nuestras
preguntas, nos lleva exactamente al lugar en donde el Camino se cruza con
la carretera. Perfecto. El sendero va entre bosques y túneles de
vegetación. Disfruto estos kilómetros. Hace cierto sol entre
nubes, me encuentro mejor y Carlos va bastante animado lo que hace que
camine un poco más ligero. Va despejando y he de quitarme ropa,
que voy empapado en sudor. Es curioso pero en el Camino Inglés no
hay bostas de vacas, no huele como el Francés en el que el barro
está mezclado con las heces desde O Cebreiro hasta casi Santiago.
En algunos trozos, la agradable pista florestal que nos lleva entre bosques
de eucaliptus me recuerda a la que acaba en San Juan de Ortega.
A pesar de todo, el sonido de la general que debe ir paralela a nuestro
sendero y muy cerca de él, se deja oir rompiendo parte del encanto
del bosque, anulando sus sonidos más intimos.
Dejo ir a Carlos delante, para adecuarme a su paso. Es que no sé
caminar tan despacio. Así me entretengo en mis cosas, admirando
la naturaleza, la belleza del lugar, los aromas del campo, parando cada
pocos metros para seguir otros pocos y alcanzarle. Y pasarle a veces, cuando
veo algo interesante y así le puedo dedicar el doble de tiempo sin
que se me pierda de vista y quizá de ruta.
Mientras hago fotos en un precioso puentecillo de madera, me alcanza. Da
un resbalón en el musguillo que hace que casi caiga a tierra. Se
habría dado un golpe de muerte, tremendo, de ambulancia. Se me ponen
los pelos de punta sólo de pensarlo. Le ayudo a terminar de cruzar.
Y vuelvo ya más tranquilo a mis fotos. El lugar es idílico.
La bruma brota de los troncos de los árboles al sentir estos el
calor del sol.
Pero la alegría me dura poco. No llevamos ni 45 minutos andando
desde que el taxi nos ha dejado y ya estamos entrando en Sigüeiro.
El mundo se me cae a los pies ¿Qué hago aquí todo
el día?
Son las 12.48h. Le digo a Carlos que me voy a tomar un café, que
para mí esto es muy difícil. En el bar que encontramos, hablando
de lo que nos vamos a aburrir, de que no sé qué podemos hacer
en un lugar tan pequeño durante tantas horas, le sugiero que podríamos
seguir un poco más, hasta el Hotel Castro, del que habla Fernando
Pazos, que además está mejor que el de Sigüeiro, según
dice. Parece ser que está a unos 7km. Acepta y salimos con intención
de hacer lo que se pueda.
Salimos a las13.07h. El tiempo ha mejorado y casi luce el sol. A la salida
del pueblo, tras cruzar el puente, nos desviamos hacia la izquierda y entramos
en una carreterita asfaltada, camino fácil. Vamos tranquilitos,
como siempre. Nos cruzamos con una furgoneta que a los pocos metros frena
y pone marcha atrás hasta llegar a Carlos que es el que va más
adelantado. Nos pregunta el buen hombre si estamos haciendo el Camino Inglés.
Le decimos que sí. Nos responde que entonces vamos mal, que en la
iglesia de Barciela, que hemos dejado unos cien metros atrás, deberíamos
habernos desviado a la derecha. Se lo agradecemos en el alma y retrocedemos.
En efecto, la señal cerámica de la vieira estaba bien a la
vista, pero con el sol en los ojos, que vamos hacia el sur, no se ve.
Naturalmente este camino está en cuesta, hacia arriba. Una de las
mejores pistas para no perderse caminando a Santiago, es elegir siempre
la bifurcación que está más en cuesta. Txemari decía
que Santiago estaba muy arriba. Nunca supe si se refería a su posición
en el cielo o a la topográfica.
Seguimos caminando por senderos bonitos, boscosos, húmedos y frondosos.
Carlos va poco a poco bajando el ritmo y empieza a tomar el disfraz de
zombie. Sé lo que viene después. Tirar de él, intentar
que llegue y no dejar que se hunda. Es un ejercicio agotador para él
y de enorme paciencia para mí. He de ir detrás para empujarlo
verbal y físicamente. Si no lo tuviera como pared que me impide
avanzar, lo dejaría atrás muy rápidamente.
No sé si es este ritmo cansino o un pinzamiento, o ambos, pero la
pierna derecha me duele un barbaridad. Es como si me la quemaran por donde
hay más substancia, por el cuatriceps. Voy intentando colocar la
mochila de diferentes formas para evitar que vaya a más. Voy a acabar
como las mujeres de la tierra en siglos pasados, que llevaban la lechera
en la cabeza. Es que ya no sé cómo ponermela. Qué
desastre.
A partir de un punto, el bosque deja de ser tal para convertirse en Polígono
Industrial, Cementerio y finalmente barriadas de Santiago. Esto anima a
Fernando y hace que ya decida aguantar como sea hasta llegar.
Al cabo de un buen rato vemos las torres de la Catedral. La proximidad
nos anima y aunque seguimos caminando muy lentamente, parece que mi amigo
pisa con más fuerza. Parece mentira lo que puede la mente, la ilusión.
Como siempre, según te acercas más escasas son las señales.
Hasta que desaparecen. Hemos de preguntar y nos dan todo tipo de consejos
tipo por aquí llegarán antes.
Poco a poco nos vamos acercando pasando por la Porta da Pena, plaza
Martiño Pinario, iglesia de San Miguel dos Agros y la rúa
de Troia. Al llegar a la famosa casa de la novela, a Carlos se le ilumina
la cara. Vuelve a la vida, resucita. Sonríe primero y comienza a
hablar. Lo que decía, la fuerza de la ilusión.
Nos bajamos hasta el Obradoiro para intentar entrar por la puerta principal
y que el Pórtico de la Gloria nos reciba. Son las 17.25h. Tanto
la plaza como la Catedral están bastante vacías, lo que es
una alegría para el recogimiento.
Bajo a la cripta, y tras una breve meditación subo a abrazar al
Santo. Le pido perdón por haber hecho el mariquita, que ya sé
que esta peregrinación no es de verdad, que es de medias tintas.
También le he de pedir perdón por perder la paciencia en
algunos momentos. Y por muchas otras cosas.
De allí vamos a la Oficina del Peregrino a que nos den las Compostelas.
Consigue Carlos su primera con gran ilusión y yo la séptima
lleno de vergüenza, pues el podómetro marca 95.66km. No me
la merezco.
Bueno, quizá mi mérito esté en haberle traído
a él hasta aquí, pues aunque contento, está hecho
polvo. Calculo que hoy ha caminado unos 22km y eso para él es mucho
más de su límite.
Buscamos habitación y nos vamos a tomar un vinito para celebrarlo.
Fernando pide una tapa de chorizo que yo prácticamente sólo
huelo. Pero me parece bien. Es parte del ejercicio, del desarrollo interior
que este Camino me ha exigido.
Cenamos y nos acostamos. Hace mucho frío y ambos vamos tocados,
él al límite de sus fuerzas, yo recuperandome de mis fiebres
y flojeras.
Epílogo
Cuando en el inicio de la Misa del Peregrino nos citan, estoy en paz.
Conmigo mismo y con Carlos, al que sigo queriendo como a un verdadero amigo.
A lo largo de estos días me ha hecho comprender muchas cosas, me
ha ayudado a aceptar otras. Vaya desde aquí mi agradecimiento profundo,
mi gratitud por todo lo que me ha enseñado, por lo que he aprendido.
Al terminar la Misa, antes de ir a comer a Casa Manolo, me acerco a una
tienda y me compro una ristra de chorizo casero gallego picante. Me lo
envuelven bien y lo guardo en la mochila.
Este es para mí, este me lo como yo.
Es que lo del chorizo no se lo perdono.
Buen Camino
Alfonso
alf@ibernet.com
http://www.biescasvignau.com
Mi agradecimiento a:
Pablo Pidal
Antonio Díaz del Río
Carlos Olmo Bosco
y en especial a
Fernando Pazos


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