
Los sueños son para disfrutarlos
hasta que uno despierta
O para seguir soñando
mientras te dejen
(Continuación del Camino
Primitivo)
Introducción
El Camino a Finisterre, viene de antiguo, de cuando los pueblos se
asomaban al fin del mundo, ante el abismo al cual caía el sol. Estremecidos
por el momento, recapacitaban. De la noche viene el día, todo renacer
está en nosotros mismos. El peregrino dejó en aquel lugar
a través de los siglos al hombre que fue para recibir al nuevo.
Quemó las ropas que lo vistieron y comenzaba una nueva vida.
Prólogo
Tras terminar con éxito y mucho sufrimiento el Camino Primitivo,
reunirme con César, amigo del alma y dejar que Jorge disfrutara
de su libertad, tras dormir una noche con sábanas y no embutido
en un saco, caliente y limpio, tras dejar descansar durante casi un día
mis atormentados tendones y mimarlos con Voltaren, despierto a la ilusión
de otro Camino por recorrer.
La compañía de dos grandísimos amigos lo va a hacer
agradable. El tiempo parece que va a ser bueno y el recorrido parece corto
y fácil, ya que ha de ser más o menos cuesta abajo, hacia
el mar. No pueden quedar muchas montañas de aquí a la costa.
21.01.06. Viernes (1+10)
Santiago-Negreira (026.42+295.30km):
Me despiertan los golpes de una paliza. Asustado, abro los ojos y lo
veo hecho ya unos zorros. Le han vuelto a dar, le han calentado bien de
verdad. Lleva el rabo doblado y los bigotes arrugados. El pobre Silvestre
ha vuelto a cobrar. Mi héroe, impertérrito, se va a su rincón
como siempre, rumiando el próximo proyecto.
César me ha despertado con la tele, con los dibujos. Qué
lujos, en la cama a las 8h y riéndome con Silvestre. Ni en casa.
Pactamos quién va a la ducha primero. Resuelto el trámite
y tras ponerme de nuevo voltarén en los tendones, bajamos a pagar
y nos tomamos un café, el mío con churritos. Mientras estamos
en ello nos comentan que Jorge ya ha pasado por aquí, que nos espera
en el Parador. A saber a qué hora habrá salido del refugio.
Es un placer pasear a estas horas por la ciudad antigua, cuando no hay
nadie salvo la magia del amanecer. En el Obradoiro la soledad es absoluta
y allí esperamos a que aparezca nuestro amigo, que algo estará
haciendo, para pasar al garaje y que nos den el permiso para acceder por
cocinas al desayuno.
Llega en compañía de otro peregrino, Pepe, que acaba de hacerse
el Francés desde Roncesvalles y continúa hacia el fín
del mundo. Hacemos las presentaciones y nos vamos a por el yantar. César
no tiene Compostela, pero lo colamos, que para el pícaro Jorge eso
es una nadería. Nos dan churros, croissants y café con leche.
Pero Jorge tiene ganas de desayunar con huevos fritos. Así que va
liando a unos y otros hasta que nos dan cuatro, uno para cada uno. Y allí
nos tienes, conociéndonos, hablando de nuestra ilusión y
de nuestro peregrinar hasta que decidimos empezar con el día en
serio. Recogemos y mientras Pepe va a hacer unos recados, salimos nosotros
alegres y a buen paso hacia el campo, en el que hace muy buen día.
Son casi las diez cuando vemos las torres de la Catedral desde las afueras.
El camino es fácil y vamos a buen ritmo. Aunque mis tendones están
algo mejor me retraso en alguna cuesta. Mis amigos, ambos, son buenos caminantes
y he de andar ligerito si no quiero retrasarlos.
Al llegar a Aguapesada, como sólo nos quedan unos 10 kilómetros,
decidimos hacer una parada en el Mesón Cruceiro para tomar algún
refresco y algo que alegre a nuestro estómago, que ya no recuerda
el desayuno. Como no hay nada de picar, César saca embutidos y pan
de su mochila mágica y nos organiza en un momento un sensacional
aperitivo. No hay nada como ir con un buen riojano. Pena que no ha traído
la bota.
Parece que mis amigos se van entendiendo. Si esto sigue así, cuando
lleguemos a Finisterre son íntimos. Pero es que ambos, cada uno
en su personalidad, son excelentes personas. Soy un afortunado porque gente
así me acepte y aprecie.
Al pasar por el puente medieval, me detengo a hacer unas fotos. Cuando
alcanzo a mis amigos a la carrera, veo unas señales que indican
la dirección contraria a la que llevan. Se lo digo y empezamos a
dudar. Preguntamos a una chica que por allí pasa y nos indica que
sigamos todo derecho. Así lo hacemos.
Y burla burlando como le gusta decir a César, vamos haciendo kilómetros
por una carretera. Al rato empezamos los tres a dudar si vamos bien o no.
Jorge intenta parar a varios coches para preguntar, pero claro, siguen
sin hacernos caso. Pero esto no amilana a nuestro amigo que tras decirnos
aquello de la pifiaste Burt Lancaster y sortear en una casa un par
de perros que se lo quieren comer, consigue hablar con los dueños
que en efecto, nos dicen que vamos mal. Nos indican por dónde podemos
reencontrar el Camino y hacia allí nos encaminamos, retrocediendo
unos quinientos metros y cogiendo una pista forestal que cruza un pinar.
Llegamos a un conjunto de casas en el que no hay ni indicación ni
nadie a quien preguntar. Así que guiándonos por nuestro instinto
tiramos por una carretera nacional hacia donde creemos que debemos seguir.
Tras muchos kilómetros de asfalto y varios desvíos, llegamos
a nuestro objetivo a las 16h bastante desorientados y con un atracón
extra de kilómetros. El refugio es excelente, aunque los acabados
dejan que desear. De todas formas es interesante apreciar cómo ha
intervenido alguna otra mano que la del arquitecto, ya que en un edificio
moderno con buen diseño aparecen detalles muy kitch y de pésimo
gusto.
Cuando bajamos al bar a tomarnos una cañita, volvemos a comentar
que el kilómetro gallego es un concepto elástico. Hemos de
encontrar a algún natural de la tierra, culto y amable, que nos
clarifique esta duda.
Pepe, que tras muchos días de peregrinar por el Francés,
se ha reunido con su mujer, opta por ir a cenar como un señor y
darse el lujo de un hotel. Nosotros nos conformamos con un humilde bocadillo
y un agua que nos saben a gloria.
La hospitalera viene dos veces a sellarnos la credencial y a darnos la
de Finisterre. A la tercera, ya a las 22.30h, nos encuentra. Amable y cariñosa
nos explica las anécdotas y desventuras del refugio y nos da los
consejos pertinentes para la conservación del edificio y el buen
dormir.
Como el ordenador del refugio está encendido y conectado a internet,
matamos el rato poniéndonos Jorge y yo al día de correos
y visitas, que ya llevamos doce días dando tumbos por los caminos.
Terminamos tarde y nos vamos directos a la cama. Mientras me vuelvo a poner
voltarén en mis tendones, César que está con su radio
nos informa de los resultados de los partidos. Más tranquilos sabiendo
ya qué han hecho unos y otros, nos dormimos en el mejor de nuestros
sueños.
22.01.06. Sábado (2+10)
Negreira-Olveiroa (065.09+295.30km):
César le gana a Jorge y nos despierta. Parece que hagan carreras
a ver quién se levanta antes. Deben ser las ganas por
descubrir nuevas tierras, vivir un nuevo día.
Tomamos un café de máquina en el refugio y charlamos los
tres un poco, que no hay más peregrinos, esperando a que amanezca.
A las 8.25h Jorge no puede más y sale, que dice que algo ya se ve.
Al poco, cuando empieza a clarear salimos César y yo.
Y para empezar una cuesta. Me recuerda al Primitivo. Pero esta es relativamente
corta y mucho más suave. La niebla desdibuja el campo y la helada
lo priva de colores, degradándolos hacia blanco. Pero está
precioso.
Nos metemos a desayunar en el primer bar que vemos y que tarda en llegar.
Hemos hecho ya unos diez kilómetros y al menos yo voy desesperado
de hambre. Pero las alegrías hay que merecerlas, que primero hay
que subir una cuesta increíblemente dura. En verano se deben hartar
de vender refrescos, porque siendo invierno, muy temprano y con helada,
llegamos empapados en sudor.
Mientras nos tomamos unos cafés con leche, que yo aprovecho para
acompañarlo con unos cuantos sobaos, nos dice quien nos sirve que
Jorge acaba de irse y que ha dejado recado de que irá suavecito
para que le alcancemos.
Antes de seguir he de decir algo interesante, que el que avisa no es traidor.
Si se continúa el Camino a partir de este punto, siguiendo religiosamente
las flechas, te das un paseo largo y bonito, con un par de cuestas para
entretener el caminar. Pero si nada más salir por la puerta tiras
hacia la izquierda, por la carretera, ganas cosa de diez minutos. Y lo
comprobamos yendo cada uno por un lado, cubriendo y cronometrando el recorrido.
Quedan avisados los caminantes y demás víctimas peregrinas.
Así que burla burlando, César aprieta el paso para alcanzar
a Jorge, pero él ha debido de poner el turbo porque no hay forma
de divisarle. Poco a poco el camino se va haciendo bonito según
nos vamos internando por los campos, alejándonos de la carretera.
La falta de señales hace que empecemos a sospechar que nos hemos
perdido. Sí, otra vez. Al cabo de un buen rato nos encontramos con
un cazador en un paraje muy agradable y sereno. Le preguntamos y nos dice
que vamos mal, que hace cosa de unos 4 kilómetros que nos hemos
confundido. Así que media vuelta y a desandar lo hecho. Nos hemos
regalado unos 8km, si no más. Que quien no tiene cabeza ha de tener
pies, ya lo dice el refrán.
De nuevo en la carretera no entendemos por qué nos hemos metido
por esa desviación. Estaba clarísimo, señaladísimo.
No podemos culpar a nadie de nuestro error salvo a nosotros mismos. Seguro
que íbamos hablando de chicas o de fútbol y en la pasión
uno pierde el norte. Hemos perdido una hora larga y hemos alargado una
etapa de por sí ya extensa.
En Santa Mariña paramos a comer algo, que ya llevamos muchas horas
dale que te pego. Allí encontramos a Pepe, que al igual que nosotros
se ha pedido un bocadillo y un refresco para ir matando las amarguras del
día. Le contamos de Jorge, que va en cabeza y de nuestras desventuras.
Nos tranquiliza pues lleva un maravilloso mapa con el que a partir de ahora
no vamos a tener ningún problema.
Seguimos caminando con alegría, que el comer anima mucho, por lo
menos conmigo lo hace. Como Pepe es gallego, amable, culto y tiene un maravilloso
sentido del humor, le preguntamos sobre el concepto elástico del
kilómetro en estas tierras. Con una sonrisa nos lo confirma. Y nos
aclara que el coeficiente a aplicar varía con la simpatía
que puedas despertar en el nativo interpelado. Es decir, a mayor simpatía,
menor es la distancia que cubre el concepto. Si les resultas desagradable,
pueden colocarte una maldición en longitud. Lo bueno es que si analizas
matemáticamente esta explicación, resulta que aquellos que
te odian te acortan el kilómetro pues te ponen mayor número
teniendo que recorrer la misma distancia que aquellos a los que les caes
bien y te dicen una menudencia. Pero son los encantos de Galicia, su magia.
Llegamos a Olveiroa sobre las 17,15h. El refugio, restaurado por el mismo
arquitecto que adecuó el de Ribadixo, es extraordinario en todos
sus conceptos. Nos sorprende gratísimamente. Al rato aparece Jorge,
radiante de felicidad con un perol de leche de vaca recién ordeñada.
Repite que es deleitosa, haciendo un inteligente juego de palabras con
el gallego y el castellano. Mientras vamos probándola, que de verdad
que está rica, nos cuenta de cómo estaba ya preocupado por
nuestra tardanza. Se muere de la risa al saber de nuestros rodeos.
Aparece Puri, cariñosa y encantadora hospitalera que nos está
preparando un caldo para cenar. Sorprendidos por su simpatía le
proponemos que se escape con nosotros. Contenta por el halago, nos dice
con maravillosa sencillez que no puede, que está casada.
Mientras nosotros estábamos con ella, que nos enseña las
dependencias adjuntas al albergue, Pepe ha hablado con su mujer y unos
amigos que al rato se presentan con mil viandas con las que nos preparan
una maravillosa cena. A César hay que sentarlo porque dada su natural
bondad se desvive por los presentes y no nos come. Jorge alegra y ameniza
la tertulia contando de sus aventuras por los 505 países del mundo
que conoce. Yo, más sencillo de experiencias y personalidad, me
dedico a probar un poco de todo, repitiendo para que nada sobre y se estropee.
Que hacer un feo está muy mal.
Contentos, felices de haber rematado así tan sensacional jornada,
nos vamos a la cama con la agridulce sensación de pensar que mañana
llegaremos a Finisterre y con ello habremos logrado nuestro objetivo, pero
que allí terminará esta pequeña aventura que para
Jorge y para mí dura ya más de dos semanas.
23.01.06. Domingo (3+10)
Olveiroa-Finisterre (099.77+295.30km):
Nos levantamos a las 7h. No hemos dormido muy bien. Ayer cenamos demasiado.
Me he encontrado, debería decir chocado, con Jorge dos veces en
el baño. Desayunamos en el refugio con la poca leche que nos sobró
anoche y un poco de pan que aún quedaba.
Cuando salimos los cuatro, todavía está oscuro y la niebla
protege las formas.Hablando, César, Pepe y yo nos perdemos nada
más coger el Camino. Jorge que es el más listo nos salva,
nos avisa de que vamos mal, de que vamos de mal en peor. Dice que vaya
grupito de peregrinos diplomados formamos, perdiéndonos en cada
recodo. Cuánta razón tiene.
Hoy la esperanza de ver el mar nos anima a todos. El día va aclarando
y las nieblas se disipan con la mañana. El sol luce en todo su esplendor
cuando llegamos a un pueblo en el que nos tomamos un café. Jorge
hace rato que ha desaparecido por delante, que se sentía desaprovechado.
Desayunamos tranquilos y seguimos el Camino que hoy es suave y agradable.
El café nos ha sentado muy bien, pero diría que se nos ha
subido a la cabeza. César dice que no es la bebida sino la forma
del vaso lo que nos ha afectado, porque según seguimos camino nos
encontramos primero las líneas de la carreterita por la que vamos
casi en la cuneta, con sus prohibidos adelantar, y demás. Es como
si la hubieran hecho para bicis en un sentido y camiones en el otro, ya
que una dirección es como cinco veces más ancha que la otra.
Pero no acaban ahí las sorpresas, que luego encontamos piedras verdes
justo al pasar por una fábrica. No sé lo que son, pero me
llevo un par, espero que no sean radioactivas o me voy a poner como una
central.
Un poco más adelante, un cruceiro, antiguo e interesante, se yergue
en medio de otra carretera, en el mismísimo centro. Y al rato, Pepe
nos enseña en una enorme piedra petroglifos antiquísimos,
prehistóricos, que no están señalizados. Qué
día llevamos. Se nos está subiendo la magia de Galicia a
la cabeza. Y en estas estábamos cuando nos cruzamos con un caminante,
natural del lugar, que nos dice que un tal Jorge le ha dicho que nos dijera
que nos espera en el cíber del próximo pueblo. Es que me
da la risa, son demasiadas emociones para quien vive en una gran ciudad,
fría y amarga, sosa ella.
La vista del mar en un día tan seco y soleado, después de
haber caminado tantos y tantos kilómetros, después de haber
sudado las cuestas astures, es como un regalo maravilloso que acogemos
con gritos de alegría.
Llegamos a Cee y allí encontramos a César que ha dicho que
se adelantaba para localizar a Jorge. Reunidos los cuatro, nos tomamos
unas cañitas, que venimos sudando. Nos invitan a tapitas y ya casi
nos dábamos por comidos cuando Pepe, que conoce la zona por haber
trabajado durante años por aquí, sugiere un paseo por la
costa hasta llegar a Corcubión, en donde nos lleva al Club Náutico
a comer. Nos ponemos como brutos con una tortillita de patatas deliciosa,
unos chipirones a la plancha que estando riquísimos le sientan mal
a Jorge y una caldeirada maravillosa de pulpo. Pepe nos invita al vinito,
delicioso.
El problema es levantarnos cuando terminamos. Son las 16h. César
y Jorge imponen un ritmo endiablado en la durísima cuesta que hay
nada más iniciar la salida. Pepe resopla por todas partes y me comenta
que es de locos caminar de esta forma, que él es médico y
esto no es sano. Sólo le puedo contestar que llevo así desde
Oviedo y que no me voy a quejar ahora, hoy, que hasta me he podido peinar.
Al rato hemos de buscar un súper para comprar algún refresco
para Jorge, que va hecho polvo, como si se le hubiera cortado la digestión.
Nos comenta que ya lo sabía, que los chipirones le sientan mal desde
siempre, pero como estaban tan ricos no se ha podido negar a acabárselos.
Cuánta razón tiene, estaban buenísimos.
Resuelto el problema, recuperado nuestro queridísimo amigo, seguimos
a buen paso. Tiramos César y yo hasta llegar a la entrada de Finisterre
en que se nos unen nuestros compañeros. Cuando no queda ni un kilómetro
aprieto el paso en un rush muy de final olímpica, para demostrarme
que aún puedo a pesar de mis lesiones y edad y sobre todo, para
hacerles la foto de la llegada.
No consigo sacarles más de 30 metros, pero me da la posibilidad
de inmortalizar el momento. Lo he conseguido de milagro, pero me he ganado
tres cervecitas por lo menos. O más, depende de cómo se lo
plantee.
Mientras Pepe va a un apartamento que le han dejado unos amigos, nosotros
vamos al refugio e intentamos que César le diga cosas bonitas a
la hospitalera mientras nos sella. Vuelve Pepe y salimos disparados hacia
el faro. A mí me fallan las fuerzas y me quedo atrás, tengo
un bajón brutal y camino por aquello de que llego o reviento.
Paramos a ver una iglesia interesantísima al comenzar la subida.
En ella me recupero un poco y casi puedo mantener el ritmo de mis compañeros.
Está oscureciendo y queremos ver la caída del sol sobre el
mar.
Al pasar por los bloques que forman el modernísimo cementerio, pienso
que es un extraordinario lugar y concepto, en el que no me importaría
reposar eternamente. Comenta Pepe que los lugareños no lo aceptan,
precisamente por las razones que a mí me gusta. Así es el
mundo, por eso se hicieron los colores.
Arriba, en el kilómetro 00.00, celebramos con alegría el
haberlo conseguido, que Jorge y yo sabemos el esfuerzo que nos ha costado
llegar hasta aquí. Atrás quedan un sinfín de penalidades
y esfuerzos que el atardecer nos hace olvidar.
Tras mirar a occidente, horizonte tras el cual viven nuestros sueños,
el mar se confunde con el cielo según la tarde va cayendo. Meditar
cada uno en un momento como este se hace inevitable, el silencio nos sobrecoge
a cada uno en su intimidad hasta que el frío de la noche atlántica,
las estrellas del fin del mundo, nos invitan a volver a la realidad.
Como expresión de la vuelta a la normalidad tras terminar nuestro
recorrido, bajamos por una oscuridad peligrosa hacia el pueblo y refugio.
Vamos en silencio, que los finales siempre son íntimos.
Poco queda por contar, salvo una cena sencilla y deliciosa los cuatro juntos,
rememorando las aventuras y desventuras de este caminar, proyectando nuevos
caminos, dejando ahora que hemos llegado que las ilusiones vuelen en busca
de nuevos objetivos.
Las literas del refugio nos recogen una noche más, la última.
Nos entristece separarnos, dejar que el tiempo y la distancia permanezca
entre nosotros. Pero el futuro está ahí, es nuestro y lo
vamos a disfrutar.
23.01.06. Domingo (3+10)
Finisterre-Santiago (105.72+300.25km):
Me despierto muy temprano. He dormido muy muy bien, de un tirón.
Supongo que he roncado de verdad. Me visto silenciosamente y cuando me
dispongo a despertar a mis amigos, veo que César no está.
Sorprendido llamo a Jorge, que está en el mejor de los sueños.
Tengo por un momento una tentación, vengarme de las catorce veces
que me ha llamado y metido prisa por la mañana, cada alba. Me apetece
decirle aquello de deprisa deprisa, que ya salimos, vamos vamos, venga,
pero me puede la amistad y el cariño y lo llamo suavemente, hasta
que vuelve al mundo de los vivos.
También se sorprende de la ausencia de César. Y en ellas
estamos cuando se nos ilumina la bombilla de las ideas perversas. Ya está,
claro, se ha escapado con la hospitalera. Será sinvergüenza...
En ese momento, cuando nos estamos muriendo de la risa, aparece nuestro
caballerete, sereno y tranquilo, con cara de aquínohapasadonada.
Nos abalanzamos sobre él y le inquirimos
- ¿Qué tal, golfo...?
- No nos esperábamos esto de ti....
- Hacernos esto el último día...
- Qué calladito te lo tenías ¿eh?
ante lo que, perplejo que no dormido, nos dice que no entiende nada.
Y claro, nos lo pone en bandeja para que sigamos tomándole el pelo,
que llegamos al bar de enfrente nosotros apretándole, riéndonos
y él defendiéndose. Que las magdalenas y el café se
nos atragantan a los tres de las risas.
Y en esas estábamos cuando Jorge, que no para, que no calla, descubre
que quien nos sirve, dueño del local, ha sido timonel durante muchísimos
años en el Hamburg, barco que ahora se llama Máximo Gorki
y en el cual se va a embarcar la próxima semana para ir del Puerto
del Callao hasta la Isla Pitcairn, la del motín de la Bounty.
Y si no los callamos, que hasta postal del trasatlántico le regala,
perdemos el bus que nos ha de llevar a Santiago para volver a casa, que
ya está aparcado frente al refugio.
Al subir y acomodarnos, volvemos a la carga contra César, que si
le dará pena dejar a la hospitalera abandonada, etcétera.
No paramos de reírnos. Y para variar, Jorge no calla, preguntando
de todo a todos, incluyendo al conductor.
Cuando todos los chicos que van al cole a otro pueblo llegan a su destino,
nos despachamos a gusto con los pasajeros que quedan. No dejamos a ninguno,
que a todos hablamos, Jorge de líder y voz cantante.
Hay mucha niebla en la carretera y el chófer va despacito y con
cuidado. En una curva nos encontramos con un coche volcado, pues seguramente
se le ha ido en el hielo que hay en la umbría.
Al llegar a Compostela, Jorge sale disparado para ver si encuentra a su
sobrino Isaac, al que perdimos al término del Primitivo, en Palas
de Rei. Hoy ha de coger el avión a las 13h y ha quedado con él
frente a la Catedral a las 10.30h. De cualquier forma, Jorge habría
salido como un tiro, que vive deprisita.
Mientras César y yo nos acercamos paseando hacia la ciudad antigua
en un día que promete ser despejado y soleado, nos llama Quim, otro
amigo queridísimo, que ayer terminó su Camino. Lo empezamos
juntos en Somport un 03.03.03, hace ya casi tres años, y fue cuando
ambos conocimos a nuestro Jorge, el derviche veloz. Lo ha ido haciendo
a trocitos, cuando ha ido teniendo tiempo.
Nos encontramos en la plaza del Obradoiro y nos damos un abrazo emocionado.
Reunidos con Jorge que no ha encontrado a Isaac y al cual suponemos todos
ya en el aeropuerto, los cuatro nos vamos a tomar un cafelito al Dakar
a la espera de la Misa del Peregrino.
En ella nos vuelven a sentar en uno de los bancos situados en el altar.
Vuelvo a defenderme diciendo que ya no somos peregrinos, que es un pecado
de vanidad, que se nos va a notar, pero vuelvo a perder y oigo la misa
bajo la atenta mirada de la monja que acostumbra a cantar y supongo que
observado por los asistentes al oficio, porque sigo con el pantalón
roto por mil partes, lo que me permite enseñar medio cuerpo. Quim,
que es un valiente, hace la lectura.
Acabada la Ceremonia, el sacerdote se acerca a nosotros. Como resulta que
todos somos de la península se queda desconsolado pues se le veía
con ganas de hablar idiomas. Si le llega a tirar de la lengua a Jorge,
hubiéramos hecho alguna risa.
Como Casa Manolo sigue cerrada por vacaciones, nos tomamos primero un vinito
y un chorizo en un bar y luego nos vamos todos a comer un menú de
peregrino a donde Jorge nos lleva, que le encanta hacer de guía
y pastor.
Tomamos café en el Casino y hoy no nos dormimos. Muertos de la risa
le preguntamos a César si no anda con sueño. Nos responde
con cara de santo.
Llega el momento de ir pensando en subir hacia el aeropuerto. Nos despedimos
de nuestro riojano tras quedar con él para hacer el Camino Portugués
el próximo mes de diciembre o a lo más tardar, en enero.
Un enorme abrazo sella el pacto.
Anécdotico es que volamos los tres separados porque aunque vamos
tanto Jorge, como Quim y como yo a la misma ciudad, los tres nos pedimos
ventana, que nos gusta mirar. Y así, viendo las montañas
desde el cielo en una tarde preciosa de luz y color, termina nuestra pequeña
aventura, días que recordaré con cariño, por los paisajes,
por la gastronomía y por la satisfacción de haber superado
todas las dificultades y flojeras con las que hube de enfrentarme.
Pero lo mejor, por mucho, fue la amistad y cariño que mis compañeros
me ofrecieron.
Gracias Amigos (y lo escribo con mayúsculas a propósito,
naturalmente)
Buen Camino
Alfonso
alf@ibernet.com
http://www.biescasvignau.com
Mi agradecimiento a:
Jorge Sanchez
César Villar
Pepe Rey
Quim Margenat


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