
El Camino Fonseca
por Jorge Sánchez
INTRODUCCIÓN
Tras haber realizado en años anteriores el Camino Aragonés
(desde Jaca), el Francés (desde Saint Jean Pied de Port), el Primitivo
(desde Oviedo), el Portugués (desde Oporto), el Finisterre hasta
el faro, parte de la Ruta de la Plata (desde Sevilla a Zafra) y del Camino
Inglés (desde La Coruña), pensé que ya era hora de
acometer el Camino Mozárabe, que en teoría comienza en Granada,
o bien Córdoba, y enlaza en Mérida con la Ruta de la Plata,
que unía en tiempos de los Romanos las ciudades de Mérida
(Emérita Augusta) con Astorga (Asturica Augusta), para, en Granja
de la Moreruela, seguir su propio derrotero atravesando la provincia de
Zamora para penetrar en Galicia por la provincia de Orense.
Sin embargo, al llegar a Salamanca me enteré de que el tramo comprendido
entre esa ciudad y Santiago de Compostela, y que discurre a través
de Orense, se llama Camino Fonseca, nombre de un Obispo. Luego, ya en la
provincia de Zamora, a ese Camino le llamaban Sanabrés, y una vez
en Galicia ya no volvería a leer Camino Fonseca, ni Camino Sanabrés,
ni tampoco Camino Mozárabe, sino... ¡Ruta de la Plata!
Sea cual fuere, el nombre de Camino Fonseca para ese fragmento del Camino
Mozárabe, me gustó. Miré en Internet y en la mejor
página "güeb" dedicada al Camino, la de Javier Serrano:
http://www.euskalnet.net/diariosdeperegrinos/index.htm
encontré este enlace:
http://212.128.144.60/~cf/
y averigüé que el Obispo Fonseca fue un personaje de armas
tomar que mantenía correspondencia con Erasmo de Rótterdam.
Nació en 1476 en Santiago de Compostela y tuvo una gran importancia
en la historia de España, ejerciendo cierta influencia sobre el
Emperador Carlos I. Actuó como mecenas y gracias a él se
erigió en Santiago un Colegio que se convertiría en la actual
Universidad de Santiago de Compostela. Murió en Alcalá de
Henares en 1534, pero sus restos mortales yacen en Salamanca.
Luego especulé que, el nombre de Fonseca dado a ese Camino, sea
probablemente debido a un peregrino de Mérida, llamado Petronilus,
según colegí al leer un opúsculo gratuito, editado
por la Oficina de Turismo de Salamanca, titulado: "Codex Petronilus.
Caminando entre conchas y estrellas", y que constituía un fragmento
del "Libro Primero de Petronilus el Alquimista, publicado en el Año
de Gracia de 1765", que versa sobre el peregrinaje de Petronilus,
donde menciona con gran respeto al Obispo Fonseca.
Petronilus se detuvo tres días en Salamanca, que describe como "ciudad
de las encinas, del ganado, de los molinos y de los estudiantes y escuderos
de perfil liviano y ausentes de carnes". Estimó tanto Salamanca
que afirmó: "quienes la visitan sin apreciar lo que su aire
esconde, lo que sus sabios y escritores dicen, lo que sus edificios recuerdan,
no han estado nunca en ella, sólo pasaron, sin que la ciudad por
ellos pasara ni dejara mella".
Petronilus escribió en su libro que solo es caminante quien la sabiduría
busca, quien aprecia lo que el Camino le ofrece, quien se funde con los
que a su paso encuentra. Y concluye con estos versos:
"Es caminante quien mueve sus pies y su cabeza, y sus esperanzas,
empeñando su tiempo, soñando con lo venidero, gustando siempre
de lo que a sus ojos llega.
¡Alabado sea el sol que ilumina y las piedras que permanecen!
Bendición al peregrino que, a través del Camino de las estrellas,
se encuentra sin buscar, recorre los senderos sin descuidar el paso y sin
añorar el destino".
Claro, el peregrinaje de Petronilus era un viaje de iniciación.
En aquellos siglos no había turistas, ni deportistas que hacen hoy
el Camino para practicar senderismo.
Desde hace varios años realizo los Caminos en compañía
de otros peregrinos y amigos, a los cuales he conocido durante el Camino
mismo, a saber: César, de Santo Domingo de la Calzada, que es, como
se suele decir, un trozo de pan, un compañero bonachón al
que conocí durante el Camino de Finisterre. Alfonso, un pintor bilbaíno
y apasionado del surfing y del Camino (ver su magnífica web dedicada
al Camino:
www.biescasvignau.com
con quien coincidí durante el Camino Aragonés. Y, esta vez,
venía un primerizo, Miguel Ángel, un periodista deportivo
barcelonés (del Diario AS). Los cuatro nos encontramos el 14 de
Enero del año 2008 en Salamanca para iniciar al día siguiente
el peregrinaje a Santiago.
El albergue era magnífico, nuevo, situado en la zona monumental
de la ciudad, vecino al Parque de Calixto y Melibea. Se llamaba "Casa
de la Calera", y constituyó todo un lujo para nosotros. Era
gratuito, pero dejamos 6 euros de donativo ante la gentileza de la hospitalera.
Primer día, 15 de Enero, Martes. Salamanca - El Cubo de Tierra
del Vino. 36 kilómetros
Las salidas de las ciudades siempre son tediosas. Recordaba las de Burgos
y León en el Camino Francés. Sin embargo, la de Salamanca
se nos hizo muy corta. Y así, pronto abandonamos la ciudad acompañados
por el típico simpatizante de los peregrinos, un señor de
setenta y tres años, llamado Eulogio, que nos estaba esperando en
un bar, como hacía cada mañana, para unirse a los peregrinos
y mostrarles los cambios que el Camino ha sufrido debido a las obras de
las carreteras nuevas, en este caso, una autovía. Nos contó
que ya había realizado diez peregrinajes a Santiago. Nos dio consejos
sobre los lugares que íbamos a atravesar, así como información
útil sobre los albergues a lo largo del Camino Fonseca. Unos diez
kilómetros más adelante nos dejó y regresó
a Salamanca, a pie.
A las tres horas de marcha hicimos una parada en un poblado llamado Calzada
de Valdunciel para tomarnos en un bar una tapa de tortilla y una cerveza,
cosa que se convertiría en costumbre cotidiana. Tras ello proseguimos
el Camino.
No hacía un frío excesivo, pero la mayoría del Camino
transcurrió por carretera, lo que para Alfonso y para mí
sería una tortura. César y Miguel Ángel seguían
frescos como lechugas, al ser más jóvenes. Alfonso nos catalogaba
por décadas. Él entraba en la de los sesenta años,
yo en la de los cincuenta, Miguel Ángel en la de los cuarenta, y
César en la de los treinta.
Los últimos kilómetros fueron mortales de necesidad. Cuando
por fin divisamos El Cubo de Tierra del Vino, entramos en un bar, llamado
Santo Domingo, para tomar otra cerveza y descansar los pies. Allí
nos informaron de que las llaves del albergue las custodiaba el alguacil,
palabra que nos encantó por ser poco utilizada en las regiones donde
vivíamos, y nos hizo recordar las viejas películas de Oeste.
Tras buscarlo por varios barres, como nos habían aconsejado, por
fin dimos con él; se llamaba Felipe. El albergue era de pago, 6
euros, pero las camas disponían de sábanas, algo inusual
en los albergues del Camino. Cuando entramos en el albergue comprobamos
estupefactos que en el ala anexa del mismo edificio se hallaba... ¡un
tanatorio!
Tan pronto vi la cama, me tumbé y me quedé dormido como un
tronco. Mis compañeros, viendo que era peligroso dormir vestido
sobre la colcha, me taparon con mantas para que no cogiera frío
y, de no haberme despertado, allí me habría quedado frito,
hasta la mañana. Haciendo un gran esfuerzo les acompañé
al Bar Santo Domingo para la cena, que sería contundente, a base
de conejo en pepitoria, además de barata gracias a unos bonos que
nos entregó el alguacil Felipe para que nos hicieran descuento.
Segundo día, 16 de Enero, Miércoles. El Cubo de Tierra
del Vino - Zamora. 33 kilómetros
Esa mañana yo me sentía algo mejor, aunque las plantas de
los pies me ardían. César me regaló unos calcetines
gruesos que me aliviaron en parte el dolor.
Alfonso estaba peor que yo, había contraído una tendinitis,
así que se vio imposibilitado de caminar ese día. Decidió
tomar un autobús a Zamora y descansar, con la idea de reincorporarse
al grupo al día siguiente.
Devolvimos las llaves del albergue/tanatorio al alguacil Felipe y emprendimos
el Camino los demás, es decir, César, Miguel Ángel
y yo.
También ese día caminaríamos muchos kilómetros
por asfalto y mis pies me atormentaban. Pero seguiría como fuera.
Ya se sabe que, en el Camino, los tres primeros días son cruciales.
Una vez transcurridos, o te vuelves a casa o vences el dolor.
El Camino estaba bien señalizado y atravesamos algunos poblados
pintorescos. En cierto momento nos detuvimos ante un letrero que indicaba
que estábamos recorriendo tierras pobladas por los Cistercienses,
que desde el siglo XII erigían monasterios a lo largo del Camino.
Uno de tales letreros me impresionó, pues decía: SISTER VIATOR,
que significa en latín: Detente Viajero. La palabra viajero ha marcado
mi destino y el solo oírla me hace estremecer, desde que en mi infancia,
cuando viajaba al pueblo de mi madre, Alcañiz, en la provincia de
Teruel, oyera por los altavoces de la estación ferroviaria: ¡Viajeros
al tren!
Llegamos a media tarde a Zamora y al cruzar el Río Duero nos encontramos
con Alfonso, que caminaba con cierta dificultad. Nos hizo de cicerone y,
como Zamora no se ganó en una hora, empleamos al menos tres horas
en visitarla. Alfonso, que ya llevaba allí todo el día y
acabó por conocer bien la ciudad, nos mostró las bellezas
de Zamora, como las muchas iglesias, sin dejarse ni una, el interior de
la Catedral, la Oficina de Información y Turismo para recoger folletos
del Camino, etc. Finalmente, ante la ausencia de albergues para peregrinos
en Zamora (nos avisaron de que para Febrero del 2008 ya habría uno
abierto), nos instalamos en una pensión mediocre donde nos cobraron
12 euros por persona por una cama en una habitación doble con el
baño en el pasillo.
Alfonso estaba apesadumbrado. Él, que era la Alma Máter de
todos los peregrinajes que habíamos emprendido juntos en el pasado,
que nos deleitaba con sus ocurrencias llenas de ingenio y humor, nos comunicaba
que se rendía; no había podido sobreponerse a su tendinitis
y regresaba a casa con el corazón contrito. Pero prometió
reencontrarse con nosotros en Galicia en un par de semanas, justo el tiempo
que nos tomaría a los demás alcanzar la sagrada Santiago.
Tercer día, 17 de Enero, Jueves. Zamora - Riego del Camino. 35
kilómetros
Esa mañana partimos apenados por la ausencia del bueno de Alfonso,
probablemente el mejor conocedor español del Camino. Perdíamos
un entrañable amigo. Pero el peregrinaje seguía, que es lo
primordial.
Ese día noté que mis dos compañeros, Miguel Ángel
y César, habían creado una gran complicidad gracias al deporte,
y se enzarzaban por el Camino en largas charlas, que luego seguían
en los albergues antes de dormir, discutiendo los pormenores de la biografía
de algún futbolista, nadador, o lo que fuera. César parecía
un periodista más y conocía como nadie a todos los jugadores
de fútbol, del equipo que fueran, los goles marcados en cada partido
y en qué minuto, así como a todos los atletas y eventos deportivos
del mundo, desde Juegos Olímpicos hasta concursos de petanca. No
en vano trabajaba de recepcionista de noche en un hotel de Santo Domingo
de la Calzada y tenía muchas horas que matar, lo que aprovechaba
para leerse de "pe a pa" todos los diarios deportivos, hasta
los que se distribuyen gratuitamente por las calles. Incluso, en el presente
Camino, se quedaba dormido en el albergue con los auriculares de su radio
enchufados oyendo los programas deportivos. Yo, durante el Camino, o bien
me quedaba atrasado o a veces me adelantaba mientras ellos platicaban,
ya que ni leo ningún tipo de periódico, jamás, ni
me interesa en absoluto el fútbol u otro tipo de deporte comercializado
(con la sola excepción del juego/ciencia del ajedrez). Precisamente
uno de esos días César oyó por su radio la noticia
de la muerte en Reykiavik de Bobby Fischer, el que fuera campeón
mundial de ajedrez, y luego lo leímos en los periódicos.
Todos lamentamos su muerte, especialmente yo, y la congoja me duraría
hasta el día siguiente.
Paramos en Montamarta, que estaba en fiestas; celebraban San Antón.
Y allí en la salida se erguía una impactante iglesia, situada
sobre una colina, adonde fuimos para visitarla, ya que discurría
por el Camino. Se llamaba Ermita de Santa María del Castillo. Medio
pueblo estaba celebrando la Misa, y fuera se hallaban un par de corderitos
que, probablemente, sacrificarían para festejar el santo. Justo
al marcharnos, Miguel Ángel comenzó a reírse sin remedio.
Le pregunté cuál era motivo de su hilaridad, y me señaló
la placa de la puerta del cementerio, donde estaba escrito:
"Al salir cerrar la puerta".
Y, claro, él lo interpretó como una broma de la Castilla
profunda, pues los muertos no pueden salir del cementerio, y menos cerrar
la puerta.
Al alcanzar Riego del Camino nos comunicaron que las llaves del albergue
las poseía la alcaldesa, llamada Dorita, a quien fuimos a buscar
al patio de su casa. El albergue era la antigua residencia de la profesora
del lugar, pero debido a la despoblación de tantas aldeas de Castilla,
la escuela se había cerrado.
Dorita era una mujer muy carismática. Nos explicó su lucha
para combatir la avaricia del pueblo vecino que les administraba el dinero
de la Junta de Castilla y León, y les entregaba menos del previsto,
y de sus esfuerzos para que un monumento romano del pueblo, medio en ruinas,
fuera cuidado por el Gobierno y aportara fondos para ello. Como era tan
encantadora, le firmamos el manifiesto de ayuda a ese monumento romano
y le hicimos un donativo generoso por pasar la noche en el albergue, que
en principio era gratuito. Ella sería "el personaje del día".
En el primero fue Eulogio, y en el segundo el alguacil Felipe.
Había una cafetería en la carretera, llamada Bar Pepe, la
única del pueblo, que no sobrepasaba los 150 habitantes. Allí
nos trataron muy bien y nos prepararon una cena a precio moderado. La camarera,
Conchi, era una noble castellana, como suele ser la gente de pueblo, y
nos pidió un favor para cuando llegáramos a Santiago. Nos
rogó:
- Por favor, pedid para que la salud de mi madre se restablezca. La acaban
de hospitalizar y sufro mucho por ella. Yo no quiero nada para mí,
solo para ella ¡Por favor, pedidle al Apóstol que la ayude!
El albergue era frío, no disponía de calefacción,
pero gracias a las mantas dormimos calentitos.
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(El resto de este diario será pronto editado en un libro, que contribuirá
a arrojar más luz sobre el sorprendente y poco conocido Camino Fonseca)
Otros diarios de este mismo Camino:
2008. Enero. Alfonso Biescas
2008. Enero. Miguel
Ángel Santos
2008. Enero. César
Villar