07.06.99/La Voz de Galicia
·PAISANAJE·
Los que pintan algo en el Camino
El Camino atrae pintores o se los inventa. Los hay que son de nacimiento,
artistas de toda la vida que equipan la mochila como Siro carga el maletero
de su coche. Pasteles, gouache y carboncillo, pinceles, trapos y
agua de rio. Paleta y papel Cançon, mucho papel Cançon (&laqno;de
ese que cuesta un pastón»). Otros, como te digo, son pintores
inventados, que descubren su afición el día que aprenden
a ver un campo de trigo, un horizonte violeta o una puesta de sol. El Camino
le ha enseñado a Rafa &laqno;lo buenos que eran los maestros renacentistas,
lo auténticos que son los cielos que pintaron en las iglesias».
Rafa, que vive en Pamplona, nunca había hablado con las nubes.
Monseñor, en cambio, lleva años leyendo en ellas. Se ha montado
su propio museo en Mazarife y pinta retablos románicos al filo del
XXI. Monseñor es antiguo y sensible, y como ha visto muchos cirros,
muchos cúmulos, muchos estratos, pinta querubines trompeteros.
Y Alfonso, del que mucho más te contaré, porque aún
lo estoy conociendo, es vasco que mora en Mallorca y arquitecto que ha
dejado el tiralíneas para vivir de la acuarela. Hubo un tiempo que
diseñó modelos para Zara, en que levantó edificios
y decoró pisitos de soltero, pero ahora pinta mediterráneos
de gota fría, soles paleolíticos y olas rupestres. A Alfonso
se le han muerto los padres este año, &laqno;primero mamá
y luego papá, como un pajarito». Peregrina a Santiago para
librarse de la pena, &laqno;cuando lo termine, empezaré una nueva
vida y seré un hombre nuevo. Nada me volverá a doler como
ellos me dolieron». Alfonso pinta un diario del Camino, y los dibujos
le salen cada día más contentos.
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