INTRODUCCION
El Camino de Santiago es la vía de peregrinaje más antigua
del mundo cristiano, pues ni siquiera Jerusalén o Roma llegarían
a consolidar una ruta. A los creyentes que viajaban a los lugares sagrados
de Jerusalén se les denominaba palmeros, y los que iban a Roma con
el mismo propósito eran llamados romeros. Peregrino era un término
que sólo se aplicaba a aquél que se dirigía a Santiago
de Compostela.
Desde hace más de un milenio no ha cesado el constante flujo
de peregrinos que cruzan los Pirineos con el objetivo de rezar ante la
tumba del Apóstol Santiago. Según algunas crónicas
antiguas, entre los siglos XII y XV, de 250.000 a 500.000 personas efectuaban
anualmente el peregrinaje a pie o a caballo en cada sentido. Claro, que
no todos eran verdaderos peregrinos. Se conocen muchos casos de malandrines,
de amigos de lo ajeno, mozas de vida alegre, mendigos profesionales, tahúres,
aficionados impenitentes a empinar el codo, y todo tipo de aventureros
que simplemente anhelaban conocer mundo. Pero también de reyes y
princesas, artistas, escultores, canteros, constructores de catedrales,
alquimistas, santos y papas, héroes e hidalgos.
En la actualidad, la mayorÌa realizan el peregrinaje a pie a
Santiago como una ofrenda, muchos como un sacrificio, otros por motivos
lúdicos, algunos como un reto, unos pocos como un aprendizaje, y
raros son los que lo hacen como una iniciación. Yo lo emprendí
principalmente por imperativo viajero. Había empleado 30 años
de mi vida en recorrer la totalidad de los países del mundo, (194
en el año 2003), y efectuado tres largas circunvalaciones a nuestro
planeta. Sentía que ya "tocaba" dedicarme a España
y, claro está, teniendo el Camino de Santiago tan a tiro de piedra,
era ineludible acometerlo si quería conocer mejor mi país.
Sólo ahora constato que ese deber hizo que lo subestimara. Mas,
por fortuna, rectifiqué a tiempo y pude entonces apreciar su inesperada
e inconmensurable riqueza cultural, histórica, espiritual, y sobre
todo humana, hasta tal punto que me subyugó irremediablemente, ya
que, debo reconocerlo, comencé el Camino como un viajero pero lo
concluí como un peregrino.
El Camino puede transformar la vida de quien lo ejecuta incluso desde
los primeros días. En mi caso, yo experimenté una enajenación
de mis sentidos tan temprano como en mi segundo día de peregrinaje.
Al caminar, contemplaba extasiado la belleza de las plantas, árboles
y flores, a quienes respetaba como seres vivos, como personas. Consideraba
maravillado la traslación de los astros por la bóveda celeste,
y escuchaba los trinos de las aves con embeleso. Todo tenía magia;
a los pájaros, como género, los consideraba "héroes"
por haber sabido sobrevivir en la Naturaleza durante millones de años,
y me imaginaba a sus ancestros antidiluvianos cuando tomaron la sabia decisión
de desear volar para adaptarse a la vida salvajemente cambiante. Los sentía
como seres inteligentes, y admiraba la vida que los permeaba. Días
más tarde leería que en el monasterio navarro de San Salvador
de Leire, su abad desapareció y lo dieron por muerto. Cuando reapareció,
al cabo de trescientos años, relató a sus correligionarios
que había pasado todo ese tiempo en una cueva arrobado por el canto
de un ruiseñor, meditando sobre el misterio de la eternidad. Se
llamaba San Virila, y creyó que habían transcurrido apenas
unas horas.
Y, si es verdad que las almas que desarrollan las gentes virtuosas van
al cielo, veía el firmamento como un lugar sagrado, así como
la Tierra, pues al andar sobre ella la sentía como una "máquina"
que, sirviéndose del hombre, fabricaba esa sustancia sutil que tal
vez sea muy necesaria al Universo para nutrirse.
El Camino de Santiago no es comparable a ningún otro peregrinaje
existente en el mundo, por lo que mis vivencias acumuladas en otras situaciones
análogas no me sirvieron de mucho. Durante el transcurso de mis
viajes fui monje en un monasterio budista zen al norte de Kyoto, conviví
con los anacoretas seguidores de Shiva en una cueva del Himalaya, compartí
veladas con monjes lamaístas tibetanos en un templo de Sikkim, donde
pernoctaba, presencié las danzas derviches mevlevis de Konya, participé
en el Kumba Mela hind de la ciudad india de Allahabad, trabajé en
un kibbutz de estrictas reglas judías al sur de Jerusalén,
etc. Pero todas estas experiencias no me "calaron" tan profundamente
como el Camino de Santiago. Por ello, hoy me atrevo a afirmar que toda
persona nacida en el mundo de la cultura occidental que lo realice, aunque
sea en vehículo, le ayudará a comprender mejor sus raíces,
su esencia, y a sí mismo.
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